Read synchronized with  English  Russian 
Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 85.
< Prev. Chapter  |  Next Chapter >
Font: 

Entonces salió el jurado, cuyos nombres eran el señor Ciego, el señor Malo, el señor Malicioso, el señor Lujurioso, el señor Libertino, el señor Impetuoso, el señor Altivo, el señor Enemigo, el señor Mentiroso, el señor Cruel, el señor Aborrecedor de la Luz, el señor Implacable, y cada uno de ellos dio su veredicto particular contra él, y después unánimemente decidieron declararle culpable ante el juez. Y el primero de ellos, el señor Ciego, el presidente, dijo, yo veo claramente que este hombre es un hereje. Entonces dijo el señor Malo, ¡sacad a este hombre de la tierra! Sí, dijo el señor Malicioso, puesto que odio su presencia. Entonces, dijo el señor Lujurioso, yo no lo podría soportar. Ni yo, dijo el señor Libertino, porque siempre condenaría mi conducta. Colgadlo, colgadlo, dijo el señor Impetuoso. Un desgraciado estropajo, dijo el señor Altivo. El corazón se me levanta contra él, dijo el señor Enemigo. Es un bribón, dijo el señor Mentiroso. Colgarle es demasiado bueno para él, dijo el señor Cruel. Quitémosle de delante, dijo el señor Aborrecedor de la Luz. Entonces dijo el señor Implacable, aunque me dieran todo el mundo, no me podría reconciliar con él; por tanto declarémosle culpable de muerte».
(Pillrims Progresa.)

Cuando el inmortal Bunyan traza este cuadro de las pasiones persecutorias que proclaman el veredicto de culpabilidad, ¿quién se apiada del Fiel? Esta es una rara y bendita suerte que muchos grandísimos hombres no han alcanzado, el de saberse inocente ante una multitud condenatoria... estar seguros de que se nos acusa solamente de lo bueno que hay en nosotros. Lo lamentable es el destino del hombre qué no puede llamarse mártir, incluso aunque se persuada de que los hombres que lo apedrean no son más que bajas pasiones encarnadas... que sabe que es apedreado no por profesar el bien sino por no ser el hombre que pretendía ser.

Este es el estado de conciencia que marchitaba a Bulstrode mientras hacía los preparativos para marcharse de Middlemarch, e irse a terminar su golpeada vida en ese triste refugio, entre la indiferencia de caras nuevas. La delicada y caritativa circunstancia de su mujer lo había liberado de un temor, pero no podía ocultarle la presencia de ser todavía un tribunal ante el cual se retraía de la confesión y el deseado amparo. Las equivocaciones consigo mismo acerca de la muerte de Raffles habían mantenido el concepto de una Omnisciencia a la que él invocaba, sin embargo tenía un temor sobre sí que no se dejaba exponer a los juicios mediante una confesión completa a su mujer: los hechos que había lavado y diluido con argumentación y motivación interna, y por los cuales parecía comparativamente fácil alcanzar invisible perdón... ¿que nombre les daría ella? Que ella silenciosamente siempre llamaría á sus actos asesinato era lo que no podía soportar. Se encontraba protegido por su duda: encontraba fuerza para enfrentarse con ella por el hecho de que su mujer no tenía tódavía seguridad para pronunciar sobre él esta peor condenación. Algún día, quizá cuando se estuviera muriendo, se lo contaría todo: en la profunda sombra de ese tiempo, cuando ella le cogiera la mano en la acogedora oscuridad, tal vez le escucharía sin retirarse de su tacto. Quizá: pero la ocultación había sido la costumbre de su vida, y esta ansia de confesión no tenía poder contra el temor de una más profunda humillación.

Estaba lleno de tímida solicitud por su mujer, no sólo porque él mereciera algún duro juicio por parte de ella, sino porque sentía una honda aflicción a la vista de su sufrimiento. La señora Bulstrode había mandado a sus hijas a un pensionado en la costa, a fin de que esta crisis les estuviese oculta lo más posible. Libre por su ausencia de la intolerable necesidad de justificar su pena o de observar la asombrosa sorpresa de las niñas, la señora Bulstrode podía vivir sin coacción con el dolor que cada día teñía su pelo de blanco y hacía languidecer sus párpados.

«Dime todo lo que quisieras que hiciese, Harriet», le había dicho Bulstrode; «quiero decir, con respecto a los arreglos de la propiedad. Tengo intención de no vender la tierra que tengo en esta vecindad, sino dejártela a ti como previsión para el futuro. Si tienes algún deseo en estos asuntos, no me lo ocultes».

Unos días después, al volver de una visita de casa de su hermano, empezó a hablarle a su marido de un asunto que había tenido hacía tiempo en el pensamiento.

-Me gustaría hacer algo por la familia de mi hermano, Nicholas; y creo que estamos obligados a compensar a Rosamond y su marido. Walter dice que el señor Lydgate debe irse de la ciudad, y que su clientela no le va a servir de casi nada, y les queda muy poco para asentarse en ninguna parte. Yo me pasaría sin algo para nosotros, con el fin de compensar a la pobre familia de mi hermano.

La señora Bulstrode no quiso acercarse más a los hechos que con la frase de «hacer algo por, sabiendo que su marido la entendería. Él tenía una razón particular, de la que ella no estaba al corriente, para retroceder ante la sugerencia. El señor Bulstrode vaciló antes de decir.

-No es posible llevar a cabo tu deseo en la forma que tú propones, Harriet. El señor Lydgate ha rehusado virtualmente todo posterior servicio de mi parte. Me ha devuelto las mil libras que le presté. La señora Casaubon le ha adelantado la suma para este propósito. Aquí está la carta.

La carta pareció sorprender severamente a la señora Bulstrode. La mención del préstamo de la señora Casaubon pareció un reflejo de este sentimiento público que encontraba natural que todo el mundo evitara relacionarse con su marido. Se quedó callada por algún tiempo, y las lágrimas le cayeron una después de otra mientras la barbilla le temblaba al secárselas. Bulstrode, sentado delante de ella, estaba desconcertado a la vista de esta faz demacrada por el dolor, que dos meses antes aparecía lozana y floreciente. Se había envejecido para guardar una triste compañía con los rasgos marchitos de su marido. Impulsado a hacer un esfuerzo para consolarla, dijo:

-Hay otro modo, Harriet, de que pueda prestar un servicio a la familia de tu hermano, si tú quieres tomar parte en él, y me parece que sería beneficioso para ti: sería una forma ventajosa de cuidar la tierra que deseo que sea tuya.

La señora Bulstrode estaba atenta. -Garth pensó una vez en emprender la administración de Stone Court para colocar ahí a tu sobrino Fred. El ganado iba a permanecer como está, e iban a pagar a una cierta participación de los beneficios en vez de una renta ordinaria. Esto sería un comienzo deseable para un joven, junto con su empleo a las órdenes de Garth. ¿Te satisface la idea?

-Sí me gustaría -dijo la señora Bulstrode con una nueva energía-. El pobre de Walter está tan hundido; haría lo que estuviese en mi mano para ayudarle antes de que me vaya. Hemos sido siempre muy buenos hermanos.

-Debes hacerle la proposición a Garth por ti misma, Harriet -dijo el señor Bulstrode, no gustándole lo que tenía que decir, pero deseando el fin que tenía a la vista, por otras razones además del consuelo para su mujer-, debes manifestarle que la tierra es virtualmente tuya, y que no necesita despachar conmigo. Las comunicaciones pueden hacerse mediante Standish. Digo esto, porque Garth dejó de ser mi agente. Puedo poner en tus manos un papel que él mismo redactó exponiendo las condiciones; y tú puedes proponer la renovación de las mismas. No creo que deje de aceptar cuando tú le propones el asunto para bien de tu sobrino.