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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 82.
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Mi pena está delante y mi dicha detrás.
(SHAKESPEARE: Sonetos.)

Es evidente que los exiliados se nutren mucho de la esperanza, y no es probable que permanezcan en el destierro a menos que estén obligados a ello. Cuando Will Ladislaw se desterró de Middlemarch no había puesto mayor obstáculo a su regreso que su propia resolución, que no era una barrera de hierro, sino un simple estado de ánimo dispuesto a derretirse en un minuto con otros estados de ánimo y terminar inclinándose, sonriendo, y dejando paso con cortés facilidad. A medida que pasaban los meses, le parecía más difícil explicarse por qué no se precipitaba hacia Middlemarch... simplemente por el hecho de saber algo de Dorothea; y si en esta fugaz visita sucediera, por una extraña coincidencia, que se encontrara con ella, no había razón para avergonzarse de un inocente viaje que de antemano había supuesto que no debía realizar. Ya que se encontraba irremediablemente separado de ella, seguramente que se aventuraría a presentarse en su vencindario: y en cuanto a los sospechosos amigos que mantenían sobre ella una guardia de dragón... con el paso del tiempo sus opiniones parecían menos importantes.

Y apareció una razón que no tenía nada que ver con Dorothea, que hacía que el viaje a Middlemarch fuese una especie de deber filantrópico. Will había prestado una desinteresada atención por la posible instalación de un nuevo Plan de colonización del Lejano Oeste y la necesidad de fondos para realizar un buen diseño le había estimulado a debatir consigo mismo si no sería de utilidad hacer uso del ofrecimiento que Bulstrode, instándole que destinara aquel dinero que le había ofrecido para llevar a cabo un esquema que de seguro sería muy beneficioso. El asunto le parecía muy dudoso a Will, y su repugnancia a entrar de nuevo en relación con el banquero pudiera haber hecho que lo rechazara rápidamente, de no habérsele venido a la imaginación la probabilidad de que su proposición pudiera quedar mejor determinada con una visita a Middlemarch.

Este fue el objetivo que Will se planteó como razón para venir. Había pensado confiarse a Lydgate, y debatir con él la cuestión del dinero, y había pensado divertirse unas cuantas tardes durante su estancia con mucha música y cháchara con la bella Rosamond, sin olvidar a sus amigos de la rectoría de Lowick... si la rectoría estaba cerca de Lowick Manor no era culpa suya. Había desatendido a los Farebrother antes de marcharse, debido a la orgullosa resistencia a la posible acusación de buscar indirectamente alguna entrevista con Dorothea; pero el hambre nos amansa y Will había estado muy hambriento de la visión de cierta forma y el sonido de cierta voz. Nada le compensaba... ni la ópera, ni la conversación con entusiastas políticos o la aduladora recepción -en oscuros rincones- de su nueva mano en los artículos de fondo.

Así que había venido barruntando con confianza cómo estarían las cosas en su mundillo familiar, sospechando que no encontraría sorpresas en su visita. Sin embargo había hallado este mundo monótono en unas condiciones terriblemente dinámicas en el que incluso el chismorreo y el lirismo se habían vuelto explosivos; y el primer día de su visita se había convertido en el momento más fatal de su vida. La mañana siguiente se sintió tan acosado por la pesadilla de las consecuencias, temía tanto los resultados inmediatos que se le aparecían por delante... que al ver mientras desayunaba, la llegada del coche de Riverston, salió precipitadamente y tomó asiento, confiando evitar, al menos durante un día, la necesidad de hacer o decir algo en Middlemarch. Will Ladislaw se encontraba en una de esas confusas crisis que son más frecuentes de lo que uno puede imaginarse, según la superficial independencia de juicio de los hombres. Había encontrado a Lydgate, por quien sentía el más sincero respeto, en una situación que merecía su más franca y declarada comprensión; y la razón por la qué, a pesar de este merecimiento, hubiera sido mejor para Will haber evitado una mayor intimidad, e incluso contacto con Lydgate, era precisamente de una clase que hacía que este camino pareciese imposible. Para una persona de un temperamento tan susceptible como Will, desprovisto por naturaleza de una región mental de indiferencia, presto a transformar todo lo que sucediera en un apasionado drama... la revelación de que Rosamond hubiera basado su felicidad en parte dependiendo de él establecía una dificultad que su explosión de ira para con ella había agravado enormemente. Odiaba su propia crueldad, y sin embargo temía mostrar su completo desenojo: debía volver a ella; la amistad no podía cortarse súbitamente; y su desdicha era una fuerza que él temía. Y por todo lo demás no quedaban más promesas de disfrute en la vida que tenía por delante que si le hubiesen cortado las piernas y tuviera que andar con muletas. Por la noche estuvo debatiendo acerca de coger la diligencia no hacia Riverstone, sino hacia Londres, dejando una nota a Lydgate en la que le daría una razón provisional de su huida. Pero había firmes cables que lo refrenaban de esta abrupta partida: la nublada felicidad al pensar en Dorothea, la destrucción de esta principal esperanza que había permanecido a pesar de la reconocida necesidad de renunciar, constituían para él una desgracia demasiado grande para resignarse a ella, yéndose enseguida a una distancia que implicaba también la desesperación.

Así pues no tomó una decisión más severa que la de coger el coche de Riverstone. Volvió de allí cuando todavía era de día, ya que se había decidido a ir a visitar a Lydgate este mismo atardecer. El Rubicón, sabemos, era una corriente muy insignificante de ver; su significación estaba por entero en ciertas condiciones invisibles; Will sintió como si se viera obligado a cruzar su pequeña zanja y confín, y lo que vio más allá no fue un imperio sino una descontenta sumisión.

Pero nos sucede a veces en nuestra vida ordinaria que somos testigos de la salvífica influencia de una naturaleza noble, de la divina -eficacia redentora que puede ocultarse en un acto de amistad hacia los demás. Si Dorothea, después de su noche de angustia, no se hubiera dirigido a casa de Rosamond... acaso hubiera sido una mujer que hubiera ganado un alto prestigio por su discreción, pero no hubiera sido tan bueno para aquellos tres que estaban juntos ante el hogar de la casa de Lydgate a las siete y media de la tarde.

Rosamond estaba preparada para la vista de Will, y le recibió con una lánguida frialdad que Lydgate achacó a su agotamiento nervioso, y que no podía suponer que tuviera ninguna relación con Will. Y mientras estaba sentada en silencio inclinada sobre una labor, él la disculpó inocentemente, de un modo indirecto, pidiéndole que se recostara hacia atrás y descansara. Will se sentía incómodo con la necesidad de desempeñar el papel de amigo que aparecía como por primera vez y saludaba a Rosamond, mientras sus pensamientos se ocupaban en los sentimientos de ella desde aquella escena de ayer, que parecía todavía encerrarlos inexorablemente a ambos, como la penosa visión de la doble decencia. Ocurrió que Lydgate no tuvo que salir para nada de la habitación; pero cuando Rosamond sirvió el té, y Will se acercó para cogerlo, ella le puso un papelito doblado en el platito. El lo vio y se hizo con él rápidamente, pero al dirigirse a la fonda no tenía ansiedad para desdoblarlo. Lo que Rosamond le había escrito probablemente profundizaría la dolorosa impresión de la tarde. Sin embargo, lo abrió y lo leyó a la luz de la vela de la cama. Sólo había estas pocas palabras, escritas con su letra precisa y fluida...:

«Se lo he dicho a la señora Casaubon. No guarda ya ninguna sospecha acerca de usted. Se lo dije porque vino a verme y estuvo muy amable. Ahora no tendrá usted nada que reprocharme. No le habré causado a usted ninguna contrariedad.»

El efecto de estas palabras no fue completamente de gozo. A medida que Will se detenía en ellas con exaltada imaginación, sentía que las mejillas y las cejas le ardían al pensar en lo que había pasado entre Dorothea y Rosamond...; en la incertidumbre de hasta qué punto Dorothea podía sentir todavía ofendida su dignidad al habérsele ofrecido una explicación de la conducta de él. Todavía podía quedar en su conciencia una alterada relación con él que constituyera una irremediable diferencia..., un defecto duradero. Con la actividad de su fantasía se colocó en un estado de duda parecido al de un hombre que se ha escapado de la desgracia durante la noche y se encuentra en un terreno desconocido y en la oscuridad. Hasta ese desgraciado ayer -excepto aquel momento de vejación de tiempo atrás en la misma habitación y ante la misma presencia-, toda la visión de ellos, todo el pensamiento de ellos respecto de cada uno, había permanecido como en un mundo aparte, donde el sol caía sobre altos y blancos lirios, donde el diablo no espiaba, y ninguna otra alma entraba. Pero ahora... ¿querría Dorothea encontrarle de nuevo en ese mundo?