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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 7.
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Piacere popone Vuol la sua stagione
(Proverbio italiano.)

El señor Casaubon, como era de esperar, pasó mucho tiempo en Tipton Grange durante estas semanas, y el retraso que el noviazgo suponía en el progreso de su gran obra -La clave para todas lar mitologías-, naturalmente le hacía esperar con mayor ansia el feliz término del mismo. Pero había aceptado la demora deliberadamente habiendo determinado que había llegado el momento de adornar su vida con los encantos de una compañía femenina, de iluminar la nostalgia que la fatiga solía esparcir sobre los intervalos en sus estudios con el juego de la fantasía femenina, y afianzar en ésta su edad culminante, el solaz del cuidado femenino durante sus años de declive. De ahí que decidiera abandonarse a la corriente del sentimiento y tal vez se sorprendiera de encontrar cuán tremendamente superficial era el riachuelo. Así como en las regiones secas el bautismo por inmersión sólo puede llevarse a cabo simbólicamente, igualmente el señor Casaubon encontró que la aspersión era lo más cercano al zambullido que su corriente podía proporcionarle. Concluyó que los poetas habían exagerado con mucho la fuerza de la pasión masculina. Sin embargo, comprobó con gusto que la señorita Brooke mostraba un ardiente y sumiso cariño que prometía cumplir las previsiones más gratas que del matrimonio tenía el señor Casaubon. Un par de veces se le cruzó por la mente la idea de que Dorothea poseyera alguna deficiencia que explicara la moderación en el abandono que él sentía; pero era incapaz de discernir esa deficiencia o de imaginarse una mujer que le satisfaciera más; quedaba, pues, claro que no había más razón que las exageraciones de la tradición humana.

-¿No me podría ir preparando para ser más útil? -le dijo Dorothea una mañana al principio de su noviazgo-. ¿No podría aprender a leerte en alto en latín y griego, como hacían las hijas de Milton con su padre, sin entender lo que leían?

-Me temo que te sería muy tedioso -dijo el señor Casaubon sonriendo-, además, si bien recuerdo, las jóvenes que has mencionado consideraron el ejercicio en lenguas desconocidas como motivo de rebelión contra el poeta.

-Sí, pero en primer lugar eran niñas muy traviesas, de lo contrario hubieran estado orgullosas de ayudar a semejante padre, y en segundo lugar, podían haber estudiado por su cuenta y enseñarse a entender lo que leían, y entonces les hubiera resultado interesante. Confío en que tú no esperes que yo sea ni traviesa ni tonta.

-Espero que seas todo cuanto una exquisita joven puede ser en todas las posibles relaciones de la vida. Naturalmente que sería una enorme ventaja si pudieras copiar las letras griegas, y a ese fin estaría bien empezar leyendo un poco.

Dorothea interpretó esto como un preciado permiso. No le hubiera pedido al señor Casaubon que le enseñara las lenguas, temiendo por encima de todas las cosas el hacerse pesada en lugar de útil; pero no era sólo por pura devoción hacia su futuro marido que quería saber latín y griego. Esas parcelas del saber masculino se le antojaban un punto de partida desde el que toda verdad se podía ver con mayor claridad. En su condición actual, constantemente dudaba de sus propias conclusiones, porque se daba cuenta de su propia ignorancia: ¿cómo iba a estar segura de que las casitas de una sola habitación no eran para la gloria de Dios cuando hombres que conocían a los clásicos parecían conciliar la indiferencia por las casitas con el celo por la gloria? Tal vez incluso fuera necesario el hebreo -al menos el alfabeto y algunas raíces- a fin de llegar al meollo de las cosas y juzgar a fondo las obligaciones sociales del cristianismo. Y no había alcanzado ese punto de renuncia en el cual hubiera estado satisfecha con tener un marido sabio. Quería ¡pobrecilla! ser sabia ella misma. Ciertamente, pese a toda su supuesta inteligencia, la señorita Brooke era muy ingenua. Celia, cuya mente no se había considerado nunca demasiado vigorosa, veía con mucha más presteza el hueco de las pretensiones de mucha gente. Tener, en general, pocos sentimientos, parece constituir la única seguridad contra sentir demasiado en situaciones determinadas. Sin embargo, el señor Casaubon consintió en escuchar y enseñar durante una hora, como un maestro de niños pequeños, o, mejor dicho, como un novio, para quien las elementales dificultades e ignorancia de su novia poseen una tierna pertinencia. A pocos sabios les hubiera disgustado enseñar el alfabeto en estas circunstancia. Pero la misma Dorothea se sorprendió y desanimó ante su propia estulticia, y las respuestas que obtuvo a ciertas tímidas preguntas acerca del valor de los acentos griegos le produjeron la dolorosa sospecha de que tal vez fuera cierto que aquí se encontraban secretos sin posibilidad de explicación para la mente de una mujer.

El señor Brooke no albergaba dudas a ese respecto y se expresó con su acostumbrada energía un día en el que entró en la biblioteca durante la lectura.

-Pero bueno, Casaubon, estudios tan profundos como los clásicos y las matemáticas, y todo eso, exigen demasiado de una mujer... demasiado ¿sabe?

-Dorothea simplemente está aprendiendo a leer los caracteres -dijo el señor Casaubon eludiendo la pregunta-. Tuvo la delicada idea de prestarse a servir de ahorro para mis ojos.

-¡Ah, bueno!, si no lo entiende..., puede que no sea tan malo. Pero hay una ligereza en la mente femenina, un pronto... para la música, las bellas artes y ese tipo de cosas... las mujeres deberían estudiar eso, hasta cierto punto..., pero también sólo someramente, ¿sabe? Una mujer debe poderse sentar y tocar o cantar una buena melodía inglesa. Eso es lo que a mí me gusta, aunque lo he oído casi todo. He estado en la ópera de Viena: Gluck, Mozart, todos ellos. Pero en música soy conservador..., no así en las ideas. Me quedo con las viejas melodías.

-Al señor Casaubon no le agrada el piano y yo me alegro de que así sea -dijo Dorothea, cuyo desprecio por la música doméstica y las bellas artes femeninas debe perdonársele teniendo en cuenta la nadería y tintineo en que principalmente consistían en ese oscuro periodo. Sonrió y alzó los ojos hacia su prometido con mirada de agradecimiento. Si constantemente le hubiera estado pidiendo que tocara «La última rosa del verano» hubiera tenido que hacer acopio de toda su resignación-. Dice que en Lowick sólo existe un viejo clavicordio, y está cubierto por libros.

-Bueno, ahí le vas a la zaga a Celia, hija. Celia toca muy bien y siempre está dispuesta a ello. Pero puesto que a Casaubon no le gusta, no importa. De todas formas, es una pena que no tenga usted pequeñas distracciones de ese tipo, Casaubon: no está bien tener el arco siempre tenso, ¿sabe?... no está bien.

-Nunca pude considerar una distracción el que me atormentaran los oídos con ruidos planeados -dijo el señor Casaubon-. Una melodía muy oída produce el ridículo efecto de conseguir que las palabras en mi mente realicen una especie de minueto para seguir el compás, un efecto apenas tolerable, diría yo, una vez rebasada la adolescencia. En cuanto a las formas de música más importantes, dignas de acompañar celebraciones solemnes, e incluso de ejercer una influencia educativa, según la concepción antigua, no digo nada, pues no estamos tratando de ellas.

-No, pero yo sí disfrutaría con música de ese tipo -dijo Dorothea-. Cuando volvíamos a casa de Lausana, mi tío nos llevó a escuchar el gran órgano de Friburgo, y me hizo llorar.

-Pues eso no es sano, hija mía -dijo el señor Brooke-. Casaubon, desde ahora estará en sus manos; debe enseñarle a mi sobrina a tomarse las cosas con más serenidad, ¿verdad Dorothea?

Concluyó con una sonrisa, pues no quería herirla, pero pensando que tal vez, puesto que no quería saber nada de Chettam, lo mejor era que se casara pronto con un tipo sobrio como Casaubon.

«Pero es extraordinario», se dijo a sí mismo mientras salía de la habitación, «es extraordinario que se haya prendado de él. De todas formas, la boda es buena. Hubiera sacado los pies del tiesto de haberme opuesto a ella, diga lo que diga la señora Cadwallader. Es bastante seguro que este Casaubon llegará a obispo. Fue muy enjundioso ese folleto suyo sobre la cuestión católica. Se merece un deanato como poco. ¡Le deben un deanato por lo menos!».

Y aquí he de reivindicar una reflexión filosófica comentando que, en esta ocasión, poco pensaba el señor Brooke en el discurso radical que, más adelante, se vería obligatorio a hacer sobre los ingresos de los obispos. ¿Qué historiador elegante desaprovecharía una asombrosa oportunidad de señalar que sus héroes no previenen la historia del mundo, ni siquiera sus propias acciones? Por ejemplo, que Enrique de Navarra, siendo un bebé protestante, poco pensaba en convertirse en un monarca católico; o que Alfredo el Grande, cuando medía sus laboriosas noches por las velas consumidas, no se imaginaba futuros caballeros midiendo sus días ociosos con relojes. He aquí una mina de verdad, la cual, por mucho que se la trabaje, probablemente sobreviva a nuestro carbón.

Pero del señor Brooke haré otro comentario, tal vez menos avalado por los precedentes, a saber, que de haber sabido de antemano lo de su discurso, quizá tampoco hubiera importado mucho. Una cosa era pensar con gusto en que el marido de su sobrina tuviera pingües ingresos eclesiásticos, y otra hacer un discurso liberal: y es una mente muy estrecha la que no alcanza a ver un tema desde diversos puntos de vista.