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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 78.
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Ojalá fuera ayer y yo estuviera en la tumba,
Con su dulce fe sirviéndome de lápida.

Rosamond y Will permanecieron inmóviles -desconociendo cuánto tiempo-, él mirando hacia el lugar donde Dorothea había estado Y ella mirándole dubitativa. Le pareció a Rosamond un tiempo infinito, en la profundidad de cuya alma apenas había tanto enojo como complacencia por lo que había sucedido. Las naturalezas superficiales sueñan con un fácil dominio sobre las emociones de los demás, confiando implícitamente en su pequeña magia para mudar las más profundas corrientes, y seguras, con bonitos gestos y observaciones, de mostrar lo que no es como si fuera. Sabía que Will había recibido un severo golpe, pero estaba poco acostumbrada a imaginarse el estado de ánimo de la otra gente excepto como material para cortar a la medida de sus propios deseos; y creía en su poder de calmar o someter. Incluso Tertius, el más contumaz de los hombres, era siempre sometido a la postre: los acontecimientos habían sido obstinados, pero Rosamond hubiera dicho todavía ahora, igual que decía antes de su matrimonio, que ella no desistía jamás de hacer lo que tenía pensado.

Extendió el brazo y puso la punta de los dedos sobre la manga de Will.

-¡No me toque! -dijo, expulsando las palabras como latigazos, apartándose de ella, y enrojeciendo y palideciendo una y otra vez, como si todo su cuerpo sintiera la comezón del dolor de un aguijón. Se volvió hacia el otro lado de la habitación y permaneció frente a ella con la punta de los dedos en los bolsillos, la cabeza hacia atrás, mirando con violencia no a Rosamond, sino a un punto separado unas pulgadas de ella.

Rosamond sé sintió muy ofendida, pero los síntomas que mostró sólo los sabía interpretar Lydgate. Se calmó súbitamente y se sentó, desatándose el sombrerito y dejándolo junto a la toquilla: Sus pequeñas manos, que tenía cogidas ante ella, estaban muy frías.

Hubiera sido mejor para Will haber cogido el sombrero y haberse ido enseguida; pero no se sintió impulsado a hacerlo; al contrario, tenía la horrorosa inclinación de permanecer y de despedazar a Rosamond con su furor. Parecía tan imposible soportar la fatalidad que ella había atraído sobre él sin desplegar su furia, como le sucedería a una pantera al tener que aguantar la herida de una jabalina sin saltar ni morder. Y, sin embargo... ¿cómo podía decirle a una mujer que estaba dispuesto a maldecirla? Estaba encolerizado por la represión de una ley que se sentía forzado a reconocer. se sentía en un peligroso equilibrio y la voz de Rosamond trajo ahora la vibración decisiva.

En tono sarcástico le dijo:

-Puede ir tranquilamente detrás de la señora Casaubon y explicarle sus preferencias.

-¡Ir detrás de ella! -estalló él, con un cortante filo en la voz-. ¿Cree usted que se volverá a mirarme, o a apreciar alguna palabra que le pueda decir jamás, con mayor interés de lo que se valora una pluma sucia?... ¡Explicar! ¡Cómo puede un hombre explicarse a expensas de una mujer!

-Puede decirle lo que le plazca -dijo Rosamond con más temblor.

-¿Supone que me apreciaría más por sacrificarla a usted? No es mujer que se envanezca porque me he hecho despreciable...; para creer que debo serle fiel a ella porque fui un cobarde para con usted.

Empezó a moverse con la inquietud de un animal salvaje que ve la presa pero no puede alcanzarla. De pronto estalló de nuevo...

-No tenía esperanzas antes -no muchas- de que pudiera suceder algo mejor. Pero tenía la certidumbre de que creía en mí. Sea lo que fuere que la gente me haya hecho o haya dicho de mí, ella me creía. ¡Esto se ha desvanecido! Ella nunca más me creerá sino una despreciable farsa... demasiado refinado para aceptar el cielo excepto con lisonjeras condiciones, y sin embargo vendiéndome a hurtadillas al diablo. Me tendrá como un encarnado insulto para ella, desde el primer momento en que nosotros...

Will se detuvo como si se hubiese encontrado cogiendo algo que no debe tirarse y destruirse. Encontró otra salida a su furor agarrándose de nuevo a las palabras de Rosamond como si fueran reptiles que debían estrangularse y arrojarse.

-¡Explicar! ¡Dígale a un hombre que explique cómo se fue al infierno! ¡Explicar mis preferencias! jamás he tenido más preferencias por ella de las que tengo por respirar. Ninguna otra mujer existe a su lado. Preferiría antes tocar su mano si ella hubiera muerto que la de ninguna otra mujer viva.

Mientras arrojaba contra ella estas armas emponzoñadas, Rosamond iba casi perdiendo el sentido de su identidad y le parecía que caminaba hacia una nueva y terrible existencia. No sentía un rechazo frío y resoluto, la reticente justificación de sí misma que había notado ante las tormentosas displicencia de Lydgate; toda su sensibilidad se convirtió en una desconcertante novedad de dolor; sintió un nuevo y aterrador receso bajo un látigo que jamás había experimentado antes. Lo que otra naturaleza sentía en oposición a la suya se estaba marcando en su conciencia a fuego y dentelladas. Cuando Will dejó de hablar Rosamond se había transformado en una imagen de doloroso sufrimiento; tenía los labios pálidos, y sus ojos ofrecían un desconsuelo sin lágrimas. De haber sido Tertius el que estaba frente a ella, esta mirada de desconsuelo le hubiera herido, y se hubiera hincado de rodillas a su lado para consolarla, con ese consuelo de sus fuertes brazos que tan a menudo había tenido en poco.

Perdonémosle a Will que no tuviera tal movimiento de piedad. No había sentido ningún lazo por esta mujer que había destrozado el tesoro ideal de su vida y se sentía inocente. Sabía que estaba siendo cruel, pero todavía no sentía en él enternecimiento alguno.

Después de haber hablado, todavía siguió moviéndose, como abstraído, y Rosamond permaneció sentada y absolutamente quieta. Por fin Will, recobrándose, tomó el sombrero y se quedó de pie irresoluto unos momentos. La había hablado de un modo que se le hacía difícil expresar cualquier frase de cortesía; y no obstante, ahora que había llegado el momento de separarse de ella sin más palabras, se retrajo como si se tratara de una brutalidad; se sintió reprimido y embotado en su ira. Se acercó hacia la repisa de la chimenea, puso su brazo encima y aguardó en silencio sin apenas saber el qué. El fuego vengativo todavía ardía dentro de él y no podía pronunciar una palabra de retractación; pero sin embargo aparecía en su mente el hecho de que habiendo venido a ese hogar en el que había gozado de una acariciadora amistad había encontrado la desgracia sentada en él ...: de repente se le reveló un trasfondo que residía tanto fuera de la casa como dentro de ella. Y lo que parecía un presentimiento le oprimía como con lentas pinzas... que su vida pudiera quedar esclavizada por esta desamparada mujer que se había abandonado sobre él con la espantosa tristeza de su corazón. Pero se encontraba en hosca rebeldía contra el hecho que su rápida aprensión le había prefigurado, y cuando sus ojos se fijaron en la frustrada faz de Rosamond le pareció que él era el más digno de comprensión de los dos: porque el dolor debe entrar en la glorificada vida del recuerdo antes de que se vuelva compasión.

Y así permanecieron muchos minutos, uno frente al otro, separados, en silencio: el rostro de Will mostrando su mudo enojo y el de Rosamond su muda aflicción. La pobre no tenía fuerza para contestar con apasionamiento alguno; el tremendo colapso de la ilusión hacia lo que había forzado toda su esperanza la había conmovido profundamente, su pequeño mundo estaba en ruinas, y ella se encontraba tambaleando en medio como una conciencia desatinada.

Will deseaba que hablase y aportase alguna sombra suavizadora a su cruel discurso, que parecía estar mirándolos a los dos burlándose de cualquier intento de resucitar la amistad.

Pero ella no dijo nada, y al fin, haciendo un desesperado esfuerzo, le preguntó:

-¿Puedo pasar a ver a Lydgate esta tarde?

-Como le parezca -contestó Rosamond con voz apenas perceptible.

Y entonces Will se fue sin que Martha supiera nunca que había estado allí.

Después de haberse ido, Rosamond trató de incorporarse pero cayó sentada, de nuevo desfalleciendo. Al recobrarse se sintió demasiado mal para esforzarse en tocar la campanilla, y permaneció imposibilitada hasta que la chica, sorprendida por su larga ausencia, pensó por primera vez en buscarla en las habitaciones del piso bajo. Rosamond dijo que se había sentido súbitamente mal y mareada y deseaba que la ayudase a subir al piso superior. Allí se echó sobre la cama con la ropa puesta, y se quedó en un aparente letargo, como le había sucedido antes en un memorable día de dolor.

Lydgate volvió más pronto de lo que esperaba, hacia las cinco y media, y la encontró allí. El hecho de encontrarla enferma, desterró todos sus otros pensamientos. Cuando le tocó el pulso, los ojos de su mujer le miraron con más detención de lo que había hecho durante mucho tiempo, como sí sintiera alguna satisfacción de que estuviera allí. El se dio cuenta de la diferencia en un movimiento, y sentándose a su lado la rodeó con su brazo cariñosamente, y acercándose le dijo:

-Pobre Rosamond, ¿es que algo te ha perturbado?

-Agarrada a él empezó a gemir y llorar histéricamente, y durante una hora no cesó de tranquilizarla y atenderla. Él se imaginó que Dorothea había ido a verla, y que todo este efecto sobre su sistema nervioso, que evidentemente implicaba algún acercamiento hacia él, era debido a las recientes impresiones que esa visita había despertado.