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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 74.
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«Concédenos la gracia de que podamos envejecer juntos»
(Libro de Tobías: Oración matrimonial.)

En Middlemarch una mujer no podía permanecer mucho tiempo ignorante de la mala opinión que el pueblo tenía de su marido. Ninguna íntima amiga podía llevar tan lejos la amistad como para dar a la esposa una clara información del desagradable acontecimiento, conocido o creído, sobre su marido; pero cuando una mujer con los pensamientos muy desocupados los empleaba súbitamente en algo penosamente negativo hacia sus vecinos, entraban en juego varios impulsos morales que tendían a estimular la manifestación. La sinceridad era uno. Ser sincero, en la fraseología de Middlemarch, significaba valerse de la primera oportunidad para dar a conocer a tus amistades que no participabas de una optimista opinión de su capacidad, su conducta o su posición; y una sinceridad firme jamás esperaba que la consultaran. Después venía además, el amor a la verdad..., una amplia frase, pero que en este contexto significaba una viva objeción a ver que una mujer era más feliz de lo que justificaba la opinión que se tenía de su marido, o que manifestaba demasiada satisfacción en su suerte: la pobre debería ser advertida de que si conociese la verdad se complacería menos consigo misma, y con las cenas ligeras que daba para sus invitados. Por encima de todo existía la consideración para la mejora moral de una amiga, llamada a veces su alma, que probablemente se vería beneficiada por penosas advertencias, expresadas en compañía de miradas pensativas hacia los muebles y un tono que implicara que el que hablaba no quisiera decir lo que tenía en la mente, para no herir los sentimientos de la que escuchaba. En conjunto, se puede decir que una ardiente caridad estaba activa para que las conciencias virtuosas hicieran desdichada a su vecina, para bien suyo.

Apenas había mujeres en Middlemarch cuyos infortunios matrimoniales, en distintos sentidos, pudieran despertar más esta actividad moral que Rosamond y su tía Bulstrode. La señora Bulstrode no era objeto de antipatía, y nunca había injuriado a nadie conscientemente. Los hombres la había considerado siempre como una mujer hermosa y agradable, y se tenía por uno de los signos de hipocresía de Bulstrode el hecho de que hubiera escogido a una vigorosa Vincy, en vez de una pálida y melancólica persona apropiada a su baja estimación del placer terrenal. Cuando se reveló el escándalo en torno a su marido, exclamaron: «¡Pobre mujer! Es tan honrada como el día... nunca sospechó nada malo de él, pueden estar seguras.» Las mujeres que intimaban con ella hablaban mucho de «la pobre Harriet», se imaginaban cuáles serían sus sentimientos cuando lo llegara a saber todo, y se hacían conjeturas acerca de lo que ya sabría. No había ninguna disposición despectiva hacia ella; más bien era una activa benevolencia ansiosa de asegurar lo que sería bueno que ella sintiera en estas circunstancias, lo que naturalmente mantenía la imaginación ocupada en su reputación e historia desde la época en que era Harriet Vincy hasta ahora. Con el examen de la señora Bulstrode y su situación era inevitable asociar a Rosamond, cuyas perspectivas se hallaban en el mismo deterioro que el de su tía. Rosamond era más severamente criticada y menos compadecida, aunque a ella también, como miembro de la buena y antigua familia de los Vincy, que había sido siempre conocida en Middlemarch, se la consideraba como la víctima de un matrimonio con un intruso. Los Vincy tenían sus debilidades, pero eran superficiales: no había nunca en ellos nada que descubrir. La señora Bulstrode fue defendida de tener semejanza alguna con su marido. Las faltas de Harriet eran sólo suyas.

-Siempre ha sido vanidosa -dijo la señora Hackbutt, mientras preparaba el té para una pequeña concurrencia-, aunque se ha acostumbrado a meter la religión por delante, para concordar con su marido; se ha empeñado en levantar la cabeza por encima de Middlemarch dando a conocer que invita a los clérigos y sabe Dios quién de Riverston y esos lugares.

-Apenas podemos culparla por eso -dijo la señora Sprague-, porque pocas de las mejores gentes del pueblo se interesaban por relacionarse con Bulstrode, y tenía que tener a alguien que se sentara a su mesa.

-El señor Thesiger siempre lo apoyó -dijo la señora Hackbutt-. Me figuro que ahora se arrepentirá.
-Pero en el fondo nunca le apreció... todo el mundo sabe eso -añadió la señora Toller-. El señor Thesiger no exagera nunca. Se ajusta a la verdad del Evangelio. Sólo los clérigos como el señor Tyke, que quieren utilizar himnarios disidentes y defienden este aspecto bajo de la religión, han encontrado a Bulstrode aceptable.

-Creo que el señor Tyke está muy angustiado por él -dijo la señora Hackbutt.

-Y bien lo puede estar: dicen que los Bulstrode han mantenido casi absolutamente a la familia Tyke.

-Y naturalmente es un descrédito para su doctrina -dijo el señor Sprague, que era anciano y anticuado en sus opiniones-. La gente no se preciará de ser metodista en Middlemarch durante mucho tiempo.

-Yo opino que no debemos imputar a su religión las malas acciones de la gente -dijo la señora Plymdale, con su cara de halcón, que había permanecido escuchando hasta ahora.

-Claro, nos estamos olvidando -dijo la señora Sprague- que no debemos hablar de esto delante de usted. -Estoy segura de que no tengo razones para ser parcial -dijo la señora Plymdale sonrojándose-. Es cierto que el señor Plymdale ha estado siempre en buenas relaciones con el señor Bulstrode, y que Harriet Vincy era amiga mía mucho antes de casarse con él. Pero siempre he mantenido mis opiniones y le he dicho en lo que se equivocaba, pobrecilla. No obstante, en cuanto a la religión, debo decir que el señor Bulstrode pudo haber hecho lo que ha hecho, y aún peor, sin ser un hombre de religión alguna. No digo que no haya habido demasiado de eso... a mí me gusta la moderación. Pero la verdad es la verdad. Los hombres que juzgan en las sesiones judiciales no son demasiado religiosos, supongo.

-Bien -dijo la señora Hackbutt, cambiando de tercio con habilidad-, lo que puedo decir es que creo que debería separarse de él.

-Yo no diría eso -contestó la señora Sprague-. Lo aceptó para lo bueno y para lo malo, ya se sabe.

-Pero «lo malo» nunca puede significar encontrarse con que tu marido merece ir a la cárcel -dijo la señora Hackbutt-. Imagínese vivir con un hombre así. Estaría convencida de que me iba a envenenar.

-Cierto. Yo pienso que es una invitación al delito que hombres así sean cuidados y atendidos por buenas mujeres -manifestó la señora de Tom Toller.

-Y la pobre Harriet ha sido una buena mujer -añadió la señora Plymdale-. Ella se figura que su esposo es el mejor de los hombres. Bien es verdad que nunca le ha negado nada.

-Bueno, ya veremos lo que hace -dijo la señora Hackbutt-. Supongo que la pobre criatura no sabe nada todavía. Espero y confío en que no la veré, porque me horrorizaría tener que decir algo de su marido. ¿Creen que le habrá llegado algún indicio?

-Yo diría que no -dijo la señora de Tom Toller-. Sabemos que está enfermo, y que no ha salido de casa desde la reunión del jueves; pero ella estuvo con sus hijas en la iglesia ayer, y estrenaban sombreros toscanos. El suyo con una pluma. Nunca he observado que su religión tuviera nada que ver con su indumentaria.

-Siempre lleva modelos muy pulcros -dijo la señora Plymdale, un poco picada-. Y esta pluma se la tiñó en espliego pálido para que estuviera a tono. Hay que admitir que a Harriet le gusta hacer las cosas bien.

-En cuanto a que sepa lo ocurrido, no podrá ignorarlo mucho tiempo -dijo la señora Hackbutt-. Los Vincy lo saben, pues el señor Vincy estuvo en la reunión. Será un serio golpe para él. Está su hija implicada además de su hermana.

-Sí, es verdad -comentó la señora Sprague-. Nadie supone que el señor Lydgate pueda seguir con la cabeza alta en Middlemarch; las cosas están feas con lo de las mil libras que recibió justo al morir ese hombre. Esto produce escalofríos.

-El orgullo siempre acaba derribado -añadió la señora Hackbutt.

-No lo siento tanto por la que era Rosamond Vincy como por su tía -dijo la señora Plymdale-. Esa chica se merecía una lección.

-Supongo que los Bulstrode se irán a vivir al extranjero -dijo la señora Sprague-. Es lo que se suele hacer cuando ocurre algo vergonzoso en una familia.

-Y buen golpe que será para Harriet -añadió la señora Plymdale-. Si alguna vez hemos visto a una mujer hundida, ésta será ella. Lo siento de corazón. Con todas sus faltas, hay pocas mujeres mejores. Desde niña ha tenido los más exquisitos modales; ha tenido siempre buen corazón, y es abierta como el día. Se pueden mirar sus cajones siempre que quieras... los tiene siempre igual de ordenados. Y así ha educado a Kate y a Ellen. Figúrense lo duro que será para ella ir a vivir entre forasteros.

-El doctor dice que eso es lo que les recomendaría a los Lydgate que hicieran -dijo la señora Sprague-. Dice que Lydgate debiera haberse quedado con los franceses.

-Eso es lo que le iría bien a Rosamond, diría yo -añadió la señora Plymdale-, tiene esa especie de ligereza. Le viene de su madre, no de su tía Bulstrode, que siempre le dio buenos consejos, y, por lo que se me alcanza, hubiera preferido que se hubiese casado con otro.

La señora Plymdale estaba en una situación que le causaba alguna complicación de sentimientos. No sólo existía su intimidad con la señora Bulstrode, sino también una provechosa relación comercial entre la gran tintorería Plymdale y el señor Bulstrode, que por un lado la hubiera inclinado a desear que la versión más amable sobre el banquero fuese la verdadera, pero por el otro, la hacía más temerosa de parecer que paliaba su culpabilidad. Además la reciente alianza de su familia con los Toller la había llevado a conectar con el mejor círculo, cosa que la complacía casi completamente salvo en la inclinación a aquellos serios aspectos que ella creía que eran los mejores en otro sentido.

La conciencia de la sagaz mujercita se veía algo perturbada en el ajuste de estos «mejores» opuestos, así como en sus aflicciones y satisfacciones por los últimos acontecimientos, que probablemente humillarían a los que necesitaban ser humillados, pero que también caerían pesadamente sobre su buena amiga cuyas faltas hubiera preferido ver en un trasfondo de prosperidad.

La pobre señora Bulstrode, mientras tanto, no se había visto más perturbada por la calamidad que se avecinaba que por la bulliciosa agitación de la secreta inquietud siempre presente en ella desde la última visita de Raffles a The Shrubs. Que ese odioso hombre hubiera llegado enfermo a Stone Court, y que su marido se hubiera decidido a permanecer allí y atenderle, se lo explicaba por el hecho de que a Raffles se le había empleado y ayudado en tiempos anteriores, y esto establecía un lazo de benevolencia hacia él en su degradada inasistencia; y desde entonces la señora Bulstrode se había sentido inocentemente animada por las esperanzadoras palabras de su marido acerca de su propia salud y capacidad para continuar atendiendo el negocio. La calma vino a perturbarse cuando Lydgate lo llevó enfermo a su casa desde la reunión, y a pesar de la consoladora seguridad de los días siguientes, la señora Bulstrode lloraba a solas por la convicción de que su marido no sufría sólo de enfermedad corporal, sino de algo que afligía su mente. No la dejaba que le leyese y apenas que se sentara con él, pretextando una susceptibilidad nerviosa a los ruidos y movimientos; no obstante sospechaba que al encerrarse solo en la habitación su esposo deseaba ocuparse de sus papeles. Estaba segura de que algo había ocurrido. Quizás alguna pérdida cuantiosa de dinero, de la cual la mantenía ignorante. No atreviéndose a preguntar a su esposo, se lo dijo a Lydgate, el quinto día después de la reunión, cuando no había salido de casa sino para ir a la iglesia.

-Señor Lydgate, séame franco: deseo saber la verdad. ¿Le ha sucedido algo al señor Bulstrode?

-Una especie de contusión nerviosa -dijo Lydgate con tono evasivo. Sentía que no le tocaba a él hacer la penosa revelación.

-Pero ¿qué la ha producido? -continuó la señora Bulstrode, mirándole directamente con sus ojos oscuros.

-A menudo existe un ambiente venenoso en los salones públicos -contestó Lydgate-. Los hombres fuertes pueden soportarlo, pero se manifiesta en las personas en proporción a la delicadeza de su constitución. Con frecuencia es imposible determinar el preciso momento de un ataque... o mejor, determinar por qué cede la energía en un momento particular.

La señora Bulstrode no quedó satisfecha con la respuesta. Permaneció en ella la creencia de que a su marido le había sucedido alguna desgracia de la cual ella debía permanecer ignorante; y su modo de ser se oponía firmemente a esta ocultación. Pidió a sus hijas que se quedaran con su padre y se fue a la ciudad a hacer algunas visitas, confiando en que si se sabía que algo malo había sucedido en los negocios del señor Bulstrode lo notaría o se enteraría de ello.

Fue a casa de la señora Thesiger, que no estaba, y entonces se dirigió a casa de la señora Hackbutt, al otro lado del cementerio. La señora Hackbutt la vio venir desde una ventana de arriba, y recordando su anterior alarma por el temor de encontrarse con la señora Bulstrode, se sintió casi obligada en consecuencia a mandar decir que no se hallaba en casa; pero en contra de eso sentía un fuerte deseo por la emoción de una entrevista en la que estaba decidida a no hacer la menor alusión a lo que tenía en el pensamiento.

Por ello, la mujer del banquero se vio acompañada a la sala de estar, y la señora Hackbutt se acercó a ella, con los labios más tirantes y frotándose las manos más de lo usual en ella, precauciones adoptadas en contra de una franqueza de expresión. Estaba dispuesta a no preguntar cómo se sentía el señor Bulstrode.

-Hace casi una semana que no he estado en ninguna parte salvo en la iglesia -empezó la señora Bulstrode después de unas frases introductorias-. Pero el señor Bulstrode se puso tan enfermo en la reunión del martes que no he querido salir de casa.

La señora Hackbutt se frotó el dorso de una mano con la palma de la otra que tenía sobre el pecho, y dejó que sus ojos divagaran por el dibujo de la alfombra.

-¿Estuvo el señor Hackbutt en esa reunión? -insistió la señora Bulstrode.

-Sí, sí -contestó la señora Hackbutt con la misma actitud-. Creo que la tierra se comprará por suscripción. -Esperemos que no haya más casos de cólera para enterrar en ella -dijo la señora Bulstrode-. Es un castigo espantoso. Pero siempre pienso que Middlemarch es un lugar muy sano. Supongo que es la costumbre de vivir aquí desde la infancia, pero nunca he visto otra ciudad en la que me gustara más vivir, y especialmente morir.

-No le quepa duda de que me alegraría de que viviera siempre en Middlemarch, señora Bulstrode -dijo la señora Hackbutt con un ligero suspiro-. No obstante, debemos aprender a resignarnos respecto de la suerte que nos toca. Aunque estoy segura de que en esta ciudad siempre habrá gentes que la desearán bien.

La señora Hackbutt deseaba decir «si quiere mi consejo, sepárese de su esposo», pero parecía claro que la pobre mujer no sabía nada del trueno que estaba a punto de caer sobre su cabeza, y ella no podía hacer nada más que prepararla un poco. La señora Bulstrode se sintió de pronto helada y temblorosa; evidentemente había algo desusado detrás de este discurso de la señora Hackbutt; pero aunque había salido con el deseo de informarse a fondo, se encontró incapaz de proseguir con su valiente propósito, y desviando la conversación con una pregunta sobre los jóvenes Hackbutt pronto se despidió diciendo que iba a visitar a la señora Plymdale. En su camino hacia allí trató de imaginarse que pudo haber habido alguna infrecuente y calurosa contienda entre el señor Bulstrode y alguno de sus usuales oponentes..., acaso el señor Hackbutt fuera uno de ellos. Esto lo explicaría todo.

Pero mientras se hallaba conversando con la señora Plymdale esta consoladora explicación ya no parecía sostenible. «Selina» la recibió con tal patética afectividad y disposición para dar edificantes respuestas sobre los tópicos más comunes que ello apenas podía responder a una simple disputa, la consecuencia más importante de la cual había sido la perturbación de la salud del señor Bulstrode. Ya de antemano la señora Bulstrode había pensado que prefería consultar a la señora Plymdale antes que a ninguna otra persona; pero ante su sorpresa se encontró con que una antigua amiga no es siempre aquella a la cual es más fácil hacer confidencias; se alzaba la barrera de recordadas comunicaciones habidas en otras circunstancias... había la aprensión a ser compadecida e informada por quien hacía largo tiempo le había concedido la superioridad. Porque ciertas palabras misteriosamente apropiadas que la señora Plymdale dejó caer acerca de su resolución de no volver jamás la espalda a sus amistades convencieron a la señora Bulstrode de que lo que había sucedido debió de ser alguna calamidad, y en vez de sentirse dispuesta a decir con su natural franqueza «¿Qué es lo que tienes en el pensamiento?» se encontró ansiosa por irse antes de enterarse de algo más explícito. Empezó a tener una agitadora certeza de que el infortunio significaba algo más que una mera pérdida de dinero, siendo vivamente sensible al hecho de que Selina ahora, igual que la señora Hackbutt antes, evitó advertir lo que decía de su marido, igual que hubieran evitado advertir un defecto personal.

Se despidió con nerviosa precipitación y mandó al cochero que la llevara al almacén del señor Vincy. En este corto trayecto su temor se acumuló tanto debido a la sensación de oscuridad, que cuando entró en la oficina privada en donde su hermano estaba sentado ante la mesa de trabajo, le temblaban las rodillas y su rubicunda faz de siempre estaba mortalmente pálida. Parecido efecto causó en él la presencia de su hermana; se levantó del asiento para recibirla, la cogió de la mano, y dijo con su impulsiva brusquedad:

-¡Dios te ayude, Harriet! Lo sabes todo.

Este momento fue acaso peor que todos los siguientes. Contenía la concentrada experiencia que en las grandes crisis emocionales revela la tendencia de una naturaleza, y profetiza el último acto que pondrá fin a la lucha intermedia. Sin el recuerdo de Raffles, hubiera podido pensar tan sólo en una ruina monetaria, pero ahora, con el aspecto y las palabras de su hermano, se precipitó por su mente la idea de alguna culpabilidad de parte de su esposo; ... entonces, bajo la presión del terror, le vino la imagen de su marido expuesto al infortunio; ...y entonces, después de un instante de una abrasadora vergüenza en el que sólo sintió los ojos del mundo, con un salto del corazón se encontró al lado de su esposo, en una dolorosa pero no recriminante confraternidad con la vergüenza y el aislamiento. Todo esto sucedió en su interior en un instante... al tiempo que se hundía en la silla y levantaba los ojos hacia su hermano, que estaba de pie junto a ella.

-No sé nada, Walter. ¿De qué se trata? -dijo con desmayo.

Su hermano le contó todo con sinceridad y en frases cortas, advirtiéndole que el escándalo iba mucho más allá de las pruebas, especialmente con referencia a la muerte de Raffles.

-La gente siempre habla -dijo él-. Incluso si un hombre ha sido liberado por el jurado, la gente habla, y mueve la cabeza y guiña los ojos... y mientras el mundo sea mundo, a menudo da igual ser culpable o no. Es un golpe destructor y desacredita tanto a Lydgate como a Bulstrode. No pretendo decir cuál es la verdad. Sólo que ojalá no hubiéramos oído nunca los nombres de Bulstrode o de Lydgate. Mejor hubieras seguido siendo una Vincy toda la vida, y lo mismo Rosamond.

La señora Bulstrode no contestó.

-Pero debes soportarlo lo mejor que puedas, Harriet. La gente no te culpa a ti. Y yo permaneceré a tu lado sea lo que sea que decidas hacer -añadió su hermano con rudeza pero con bien intencionado afecto.

-Dame el brazo para acompañarme el coche, Walter -dijo la señora Bulstrode-. Me siento muy débil.

Y al llegar a casa se vio obligada a decirle a su hija: -No me encuentro bien, cariño; voy a echarme. Ocúpate de tu padre. Déjame descansar. No cenaré.

Se encerró en la habitación. Necesitaba tiempo para acostumbrarse a su mutilada conciencia, su pobre y cercenada vida, antes de poder andar con firmeza por el lugar que le habían asignado. Una nueva luz inquisidora había caído sobre la reputación de su marido y no podía juzgarle con indulgencia: los veinte años en los que había creído en él y lo había venerado por razón de sus sigilos volvieron con detalles que los hicieron parecer odiosos engaños. Se había casado con ella ocultando esa pasada mala vida y a la señora Bulstrode no le quedaba fe para declararle inocente de lo peor que se le imputaba. Su honrada y ostentosa naturaleza convertían la participación de un merecido deshonor en algo tan amargo como podía ser para cualquier mortal.

Pero esta mujer defectuosamente educada, cuyas frases y hábitos eran un extraño amasijo, disponía de un espíritu leal. Al hombre cuya prosperidad había compartido durante casi media vida, y que invariablemente la había apreciado... ahora que el castigo había caído sobre él, no le era posible de ningún modo abandonarlo. Hay un abandono que se sienta en la misma mesa y se acuesta en la misma cama con el alma abandonada, marchitándola más con su desamorosa proximidad. La señora Bulstrode sabía, al cerrar la puerta, que la abriría presta a bajar hacia su desdichado marido y consolar su pena, y decir de su culpa que se lamentaría y que no le haría reproches. Pero necesitaba tiempo para cobrar fuerzas; necesitaba sollozar su adiós a toda la alegría y orgullo de su vida. Cuando se decidió a bajar, se preparó con algunos pequeños actos que podían parecer bobos para un severo espectador; eran su forma de expresar a todas las personas visibles e invisibles que había empezado una nueva vida en la que aceptaba la humillación. Se quitó todos sus adornos y se puso un sencillo vestido negro, y en vez de llevar su suntuosa toca y sus largas lazadas de pelo, se peinó el cabello liso hacia abajo y se lo cubrió con un discreto gorrito, que la hizo parecer de pronto una antigua metodista.

Bulstrode, que sabía que su mujer había salido y había regresado diciendo que no se encontraba bien, pasó el tiempo en una agitación similar a la de ella. Había esperado ansiosamente que se enterara por otros de la verdad y había asentido a esta probabilidad como algo más fácil para él que una confesión. Pero ahora que imaginaba había llegado el momento de estar enterada, esperaba el resultado con agustia. Sus hijas se habían visto obligadas a dejarle solo, y aunque les había permitido prepararle algo de comer no lo había tocado. Se sentía perecer lentamente en una despiadada desventura. Acaso no vería ya jamás el rostro de su mujer con aspecto afectuoso. Y, si se volvía hacia Dios, no parecía haber otra contestación que la presión retibutiva.

Eran las ocho de la tarde cuando la puerta se abrió y entró su esposa. No se atrevió a mirarla. Estaba sentado, con los ojos bajos, y cuando la señora Bulstrode se acercó hacia él le pareció más pequeño, tan marchito y encogido le encontró. Un movimiento de nueva compasión y vieja ternura pasó por ella como una gran ola, y poniendo una mano en la que él tenía en el brazo del sillón, y la otra sobre su hombro, dijo con gravedad pero con cariño:

-Mírame Nicholas.

Él levantó los ojos con un poco de sorpresa y la miró medio asombrado por un momento: su faz pálida, su distinto vestido de luto, el temblor en sus labios, todo decía «lo sé»;,y sus manos y sus ojos permanecieron dulcemente sobre él. El rompió a llorar y ambos lloraron juntos, ella sentada a su lado. No podían hablarse todavía de la vergüenza que soportaba con él, o de los hechos que la habían traído sobre ambos. La confesión de Bulstrode fue silenciosa, y la promesa de fidelidad de su mujer también fue silenciosa. Abierta como era ella, sin embargo evadió las palabras que hubieran expresado su mutuo sentimiento del mismo modo que hubiera evadido las chispas de fuego. Ella no pudo decir «¿Cuántas cosas no son sino mentiras y falsas sospechas?», y él no dijo «Soy inocente».