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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 72.
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Las almas llenas son espejos dobles:
Proyectan por delante un panorama
Eterno de belleza duradera,
Repitiendo las cosas que pasaron.

La impetuosa generosidad de Dorothea, que hubiera saltado de inmediato para reivindicar a Lydgate de la sospecha de haber sido sobornado con dinero, sufrió un melancólico frenazo cuando se puso a considerar todas las circunstancias del caso a la luz de la experiencia del señor Farebrother.

-Es un asunto delicado de tocar -dijo el vicario-. ¿Cómo podemos empezar a investigarlo? Debe hacerse públicamente mediante el juez y el forense, o privadamente preguntándoselo a Lydgate. En cuanto al primer procedimiento no hay fundamento sólido para avanzar, de otro modo Hawley lo hubiera adoptado; y en cuanto a exponer el asunto a Lydgate, confieso que me retraigo. Seguramente se lo tomaría como un insulto fatal. Más de una vez he experimentado la dificultad de hablar con él sobre asuntos personales. Y uno debería conocer la verdad de su conducta de antemano para confiar en obtener un buen resultado.

-Estoy convencida de que su conducta no ha sido delictiva; yo creo que la gente suele ser mejor de lo que creen sus vecinos -dijo Dorothea. Algunas de sus más intensas experiencias de los dos últimos años habían predispuesto su pensamiento en contra de las desfavorables interpretaciones de los otros, y por primera vez se sintió algo descontenta con el señor Farebrother. Le disgustó esta cautelosa ponderación de las consecuencias, en vez de una fe ardiente en los esfuerzos de la justicia y la gracia, que triunfarían por su fuerza emotiva. Dos días después, él comía en la casona con su tío y los Chettam, y cuando procedían a tomar el postre, hubieron salido los criados del comedor, y el señor Brooke empezaba a dormitar, Dorothea volvió sobre el asunto con renovada vivacídad:

-El señor Lydgate entendería que si sus amigos oían una calumnia acerca de él su primer deseo fuera el de justificarle. ¿Para qué vivimos si no es para hacernos la vida más fácil los unos a los otros? Yo no puedo ser indiferente ante los apuros de un hombre que me ha aconsejado en mi aflicción y me ha atendido en mi enfermedad.

El tono y el estilo de Dorothea no eran menos enérgicos de lo que habían sido tres años antes cuando se hallara presidiendo la mesa de su tío, y desde entonces su experiencia le había proporcionado más derecho para expresar su decidida opinión. Pero Sir James Chettam ya no era el tímido y condescendiente pretendiente; era el ansioso cuñado, con una devota admiración por su hermana política, pero con una constante alarma a fin de que no cayera bajo alguna nueva ilusión casi tan mala como casarse con Casaubon. Sonreía mucho menos; cuando decía «en efecto», era más una introducción a una opinión disconforme de lo que había sido en aquellos sumisos días de soltería; y Dorothea halló para sorpresa suya que debía disponerse a no tenerle miedo, tanto más puesto que era su mejor amigo. Ahora no estaba de acuerdo con ella.

-Pero Dorothea -dijo en tono de protesta-, no puedes pretender organizar la vida de un hombre de este modo. Lydgate debe de saber... al menos pronto llegará a saber, a qué atenerse. Si se puede justificar, lo sabrá. Debe actuar por sí mismo.

-Creo que sus amigos deben aguardar hasta que encuentren una oportunidad -añadió el señor Farebrother-. Es posible, yo he sentido a menudo tanta debilidad en mí mismo que puedo concebir incluso en un hombre de una honrada disposición, como siempre he creído que es Lydgate, que sucumba a la tentación de aceptar un dinero que se le ofrecía más o menos indirectamente como soborno para asegurar su silencio sobre hechos escandalosos ocurridos hace tiempo. Digo que puedo concebir esto, en el caso de hallarse bajo apremiantes circunstancias... de haber sido acosado como estoy seguro de que Lydgate ha sido. No me creería nada peor de él excepto bajo una prueba rigurosa. Pero ahí está la terrible Némesis persiguiendo a algunos errores, de modo que es siempre posible para aquéllos que lo quieran, considerarlos como un delito: no hay prueba en favor del hombre fuera de su propia conciencia y aseveración.

-¡Qué cruel! -dijo Dorothea, cogiéndose las manos-. ¿Y no quisiera usted ser la persona que creyera en la inocencia de este hombre, aunque el resto del mundo lo desmintiera? Además, el carácter de un hombre habla por él de antemano.

-Pero, mi querida señora Casaubon -dijo el señor Farebrother sonriendo indulgentemente ante su ardor-, el carácter no está cortado en mármol; no es algo sólido e inalterable. Es algo vivo y cambiante, y puede contraer enfermedades como sucede con nuestros cuerpos.

-Entonces puede ser rescatado y curado -dijo Dorothea-. Yo no temería preguntarle al señor Lydgate por la verdad con el fin de ayudarle. ¿Por qué iba a tener miedo? Ahora que no voy a tener la tierra, James, podría hacer lo que el señor Bulstrode propuso, y ocupar su lugar sufragando los gastos del hospital; y debo consultar al señor Lydgate, para saber a ciencia cierta cuáles son las perspectivas para hacer el bien de acuerdo con los planes actuales. Es la mejor oportunidad del mundo para que le pida su confianza, y él podría decirme cosas que tal vez lo aclararían todo. Entonces todos podríamos ponernos a su lado y sacarle de la dificultad. Los hombres glorifican todo tipo de valentía menos la que pueden mostrar a favor de sus vecinos más cercanos -los ojos de Dorothea tenían una húmeda brillantez, y los cambiantes tonos de su voz despertaron a su tío, que empezó a escuchar.

-Es cierto que una mujer puede atreverse a expresar impulsos de simpatía que difícilmente tendrían aceptación si los expresáramos nosotros, los hombres -dijo el señor Farebrother, casi convertido por el ardor de Dorothea.

-Ciertamente, una mujer está obligada a ser cautelosa ,y a escuchar a quienes conocen el mundo mejor que ella -dijo Sir James, frunciendo un poco el ceño-. Hagas lo que hagas al final, Dorothea, deberías refrenarte ahora, y no empeñarte en mezclarte en este asunto de Bulstrode. No sabemos todavía cómo puede terminar. ¿Está de acuerdo conmigo? -terminó, mirando al señor Farebrother.

-Creo que sería mejor esperar -contestó éste.

-Sí, sí, hija -dijo el señor Brooke, no sabiendo exactamente en qué punto de la conversación se había incorporado, pero aportando una opinión que fue generalmente aceptada-. Es fácil llegar demasiado lejos, ¿sabes? No debes dejar que tus ideales te avasallen. Y respecto a apresurarte a poner dinero en según qué planes..., esto no iría bien ¿sabes? Garth me ha apurado mucho con las reparaciones, desagües y estas cosas; con una cosa y otra estoy muy mal de dinero. Debo detenerme. En cuanto a usted, Chettam, se está gastando una fortuna con esa vallas de roble alrededor de su heredad.

Dorothea, sometiéndose con dificultad a este desaliento, se fue con Celia a la biblioteca, que era su usual sala de estar.

-Y ahora, Dodo, escucha lo que dice James -dijo Celia-, de otro modo te meterás en un lío. Siempre lo hiciste, y siempre lo harás, cuando te propones hacer lo que te place. Y pienso que es una bendición ahora que tengas a James para pensar por ti. Te deja hacer tus planes, sólo que impide que te engañen. Y ahí está la ventaja de tener un hermano en vez de un marido. Un marido no te dejaría hacer tus planes.

-¡Como si yo necesitara un marido! -dijo Dorothea-. Yo sólo quiero que no me refrenen los sentimientos en cada momento -la señora Casaubon todavía carecía de la disciplina de no romper en lágrimas de indignación.

-Vamos, vamos, Dodo -contestó Celia, con un acento gutural más pronunciado que de costumbre-, te contradices continuamente: primero dices una cosa y después otra. Solías someterte al señor Casaubon vergonzosamente; me figuro que hubieras dejado de venir aquí si te lo hubiera pedido.

-Claro que me sometía a él, porque era mi deber; era mi sentimiento hacia él -añadió Dorothea mirando por el prisma de sus lágrimas.

-¿Entonces por qué no puedes considerar que sea tu deber someterte un poco a lo que James desea? -dijo Celia con cierta severidad en su argumento-. Porque él sólo desea lo bueno para ti. Y los hombres siempre saben más acerca de todo, aparte de lo que saben mejor las mujeres.

Dorothea se rió y olvidó un poco sus lágrimas.

-Bueno, me refiero a los niños y esas cosas -agregó Celia-. Yo no cedería ante James cuando supiera que está equivocado como tú solías hacer con el señor Casaubon.