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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 70.
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Nuestras acciones viajan de lejos con nosotros,
Y lo que hemos sido constituye lo que somos.

Lo primero que hizo Bulstrode cuando Lydgate se hubo marchado de Stone Court fue examinar los bolsillos de Raffles, que imaginaba contendrían de seguro señales en forma de factura de hotel de los lugares en los que se había detenido, caso de que hubiera mentido al decir que venía directamente desde Liverpool porque estaba enfermo y no tenía dinero. Encontró varias facturas en la cartera, pero ninguna con fecha posterior a las Navidades, salvo una datada aquella mañana. Esta estaba arrugada junto con un anuncio de feria de caballos en un bolsillo de la levita y reflejaba el coste de la estancia de tres días en una posada de Bilkley, donde se celebraba la feria, una ciudad por lo menos a cuarenta millas de Middlemarch. La factura era elevada y puesto que Raffles no llevaba equipaje, parecía probable que hubiera dejado el baúl como pago a fin de ahorrar dinero para el viaje pues el monedero estaba vacío y sólo tenía unas monedas sueltas en los bolsillos.

A Bulstrode le invadió una sensación de tranquilidad ante aquellas muestras de que Raffles efectivamente se había mantenido alejado de Middlemarch desde su memorable visita durante las Navidades. Lejos, y entre personas desconocidas para Bulstrode, ¿qué satisfacción podría obtener la vena crucificante y presuntuosa de Raffles al contar viejos escándalos de un banquero de Middlemarch? ¿Y qué daño le iba a ocasionar aunque hablara? Lo principal ahora era vigilarle mientras existiera el peligro de aquel delirar inteligible, aquel inexplicable impulso por hablar que parecía haberse puesto en marcha con Caleb Garth, y Bulstrode estaba muy inquieto no fuera a surgir un impulso semejante ante Lydgate. Se quedó en vela con él toda la noche, ordenándole al ama de llaves que se acostara vestida a fin de estar preparada cuando la llamara, aduciendo su propia incapacidad para conciliar el sueño, y su afán por llevar a cabo las instrucciones del médico. Y así lo hizo aunque Raffles pedía coñac incesantemente y declaraba que se hundía..., que la tierra se hundía debajo de sus pies. Estuvo inquieto e insomne pero seguía temeroso y manejable. Al ofrecérsele los alimentos que Lydgate dispusiera, que rechazó, y negársele otras cosas que pidió, pareció concentrar todo su terror en Bulstrode, suplicándole que depusiera su ira, su venganza matándole de hambre, y jurando que no le había dicho a ningún mortal ni una palabra en su contra. Bulstrode pensó que no hubiera querido que Lydgate oyera ni siquiera esto, pero una señal más alarmante de la alternancia irregular en su delirio fue que, al amanecer, Raffles pareció repentinamente imaginarse que había allí un médico, al cual se dirigía diciendo que Bulstrode quería matarle de inanición por venganza cuando él no había revelado nada.

A Bulstrode le sirvieron bien su sentido de la autoridad y su fuerza de voluntad. Este hombre de aspecto delicado, de trastornos nerviosos, encontró el estímulo preciso en aquellas agotadoras circunstancias y durante esa noche y mañana difíciles, al tiempo que ofrecía el aspecto de un cadáver animado a quien le había sido devuelto el movimiento pero sin calor vital, manteniendo el dominio por pura y gélida impasibilidad, su mente trabajaba intensamente pensando contra qué debía protegerse y qué le proporcionaría seguridad. Al margen de las oraciones que pudiera elevar, de las manifestaciones internas que se hiciera respecto de la condición espiritual de aquel desgraciado y de la obligación que él mismo tenía de someterse al castigo divino asignado y no desearle el mal al prójimo... traspasando todo este esfuerzo por condensar las palabras en un sólido estado mental, se imponían y extendían con irresistible realidad las imágenes de los sucesos que él deseaba. Y a la zaga de esas imágenes venía la disculpa. Bulstrode no podía sino desear la muerte de Raffles y ver en ella su propia liberación. ¿Qué importaba la muerte de este desdichado? Era impenitente... pero ¿acaso no eran impenitentes los delincuentes públicos?..., sin embargo la ley decidía su destino. Si la Providencia concediera la muerte en este caso, no existía pecado en contemplarla como un desenlace deseable..., si él no la apresuraba..., si hacía escrupulosamente lo que estaba mandado. Incluso aquí podría haber un error; las prescripciones humanas eran cosas falibles: Lydgate había dicho que en ocasiones un tratamiento había acelerado la muerte... por qué no iba a hacerlo su propio método. Pero claro, en cuestiones del bien y del mal, la intención lo era todo.

Y Bulstrode se dispuso a mantener separadas sus intenciones de sus deseos. Interiormente declaró que tenía la intención de obedecer las órdenes. ¿Por qué se le habría ocurrido preguntarse sobre la validez de estas órdenes? Era tan sólo una vulgar treta del deseo, que se aprovecha de cualquier escepticismo irrelevante, encontrando mayor amplitud en la incertidumbre de los efectos, en la oscuridad que parece una ausencia de la ley. No obstante, obedeció las órdenes.

Su angustia revertía constantemente a Lydgate, y el recuerdo de lo que ocurriera entre ellos la mañana anterior iba acompañado de sentimientos que no se habían visto suscitados durante la escena real. En aquel momento le importaron muy poco los dolidos comentarios de Lydgate respecto al sugerido cambio en el hospital o la actitud que pudiera provocar hacia él lo que el banquero entendía como una negativa justificada a una petición un tanto desorbitada. Consciente de que probablemente se había granjeado la enemistad de Lydgate, revivió ahora la escena con el deseo de conciliarse con él o, más bien, crear en el médico un fuerte sentimiento de obligación personal. Lamentó no haber hecho al momento un sacrificio económico incluso poco razonable. Pues en el caso de que se produjeran desagradables sospechas o si los delirios de Raffles proporcionaban alguna información, Bulstrode hubiera sentido que tenía el apoyo de Lydgate al haberle hecho un favor tan enorme. Pero las lamentaciones llegaban tal vez demasiado tarde.

Extraño y penoso conflicto el del alma de este hombre infeliz que durante años había deseado ser mejor de lo que era..., que había disciplinado sus egoístas pasiones vistiéndolas de severos ropajes, de modo que había caminado envuelto en ellas como si fueran un coro devoto, hasta que ahora el terror surgía entre ellas y las impedía cantar, extrayendo a vez gritos vulgares por salvarse.
Era casi mediodía cuando Lydgate llegó: era su intención haber ido antes pero dijo que le habían entretenido, y Bulstrode observó su aspecto abatido. Pero inmediatamente se dedicó al paciente y preguntó con detalle por cuanto había transcurrido. Raffles estaba peor, apenas ingería alimento alguno, pasaba casi todo el tiempo despierto y deliraba incesantemente, pero seguía sin mostrarse violento. Contrariamente a los temores de Bulstrode apenas hizo caso de la presencia de Lydgate, y continuó hablando o murmurando incoherentemente.

-¿Qué le parece? -preguntó Bulstrode en privado. -Ha empeorado.

-¿Tiene menos esperanzas?

-No, sigo pensando que puede recuperarse. ¿Se va a quedar usted aquí? -dijo Lydgate mirando a Bulstrode con abrupta interrogación que intranquilizó al banquero, aunque en realidad no obedecía a ninguna clase de sospecha.

-Creo que sí -dijo Bulstrode controlándose y hablando con decisión-. La señora Bulstrode está al tanto de las razones que me retienen aquí. La señora Abel y su marido tienen poca experiencia como para dejarles solos y este tipo de responsabilidades no cae dentro de los servicios que deben prestarme. Supongo que tendrá nuevas instrucciones para mí.

La principal instrucción nueva de Lydgate era suministrar dosis de opio extremadamente moderadas caso de que el insomnio se prolongara durante muchas horas. Había tomado la precaución de traerse el opio y le dio a Bulstrode indicaciones minuciosas respecto a las dosis y el momento en el que debían cesar. Insistió en el riesgo de no pararlas a tiempo y repitió su orden de no darle alcohol al paciente.

-Por lo que veo -concluyó-, lo único que temería en este caso seria la narcotización. Puede salir adelante incluso sin tomar mucho alimento. Tiene todavía mucha fuerza.

-Usted también parece enfermo, señor Lydgate..., algo muy insólito, incluso sin precedentes en usted yo diría -observó Bulstrode mostrando una solicitud tan distinta de su desinterés del día anterior como diferente de su habitual angustia egolátrica era su actual despreocupación por el cansancio-. Me temo que esté apurado.

-Lo estoy -dijo Lydgate con brusquedad, el sombrero en la mano y dispuesto a marcharse.

-Algo nuevo, me temo -dijo inquisitivamente Bulstrode-. Siéntese, por favor.

-No, gracias -dijo Lydgate con altivez-. Ayer mencioné mi situación. No tengo nada que añadir salvo que desde entonces se ha llevado a cabo el embargo de mi casa. Una frase corta puede encerrar muchos problemas. Le deseo muy buenos días.

-Espere, señor Lydgate, espere -dijo Bulstrode-. He estado reconsiderando el tema. Ayer me cogió por sorpresa y lo enfoqué superficialmente. La señora Bulstrode está inquieta por su sobrina y yo mismo lamentaría un cambio calamitoso en su situación. Son muchas las peticiones que se me hacen, pero reconsiderando, pienso que es justo que incurra en algún pequeño sacrificio antes que dejarle a usted desasistido. Creo que dijo que mil libras le bastarían para librarle absolutamente de todas las cargas permitiéndole recuperarse ¿no?

-Sí -dijo Lydgate, imponiéndose a todo otro sentimiento una inmensa alegría interior-, eso saldaría todas mis deudas y me dejaría un remanente. Podría entonces ver la forma de economizar en nuestra manera de vivir. Y con el tiempo quizá la consulta se remonte.

-Si espera usted un momento, señor Lydgate, le firmaré un cheque por esa cantidad. Soy consciente de que la ayuda, para ser efectiva en estos casos, debe ser total.

Mientras Bulstrode escribía, Lydgate se volvió hacia la ventana pensando en su hogar... en la vida bien comenzada que se salvaba de la frustración, sus buenos propósitos aún enteros.

-Puede darme un recibo a mano por esto, señor Lydgate -dijo el banquero acercándosele con el cheque-. Y espero que con el tiempo esté en condiciones de írmelo devolviendo. Entretanto, me complace mucho pensar que estará usted libre de nuevas dificultades.

-Le estoy muy agradecido -dijo Lydgate-. Me ha devuelto la perspectiva de trabajar con alegría y la posibilidad de hacer el bien.

Le pareció un gesto natural en Bulstrode que hubiera reconsiderado su negativa, pues se correspondía con el lado más munífico de su carácter. Pero al poner al trote su jamelgo para llegar a casa cuanto antes y contarle la buena noticia a Rosamond y cobrar el cheque para pagar al agente de Dover, cruzó por su mente con una desagradable impresión como una negra bandada de mal augurio, el pensamiento del contraste que habían obrado en él unos meses... de que estuviera encantado de estar bajo una fuerte obligación personal... de estar encantado de obtener dinero de Bulstrode. El banquero sintió que había hecho algo para neutralizar una causa de desazón, pero no estaba mucho más tranquilo. No midió la cantidad de motivos envenenados que le habían hecho desear la buena voluntad de Lydgate, pero allí estaban, activamente presentes, como un agente irritante en la sangre. Un hombre jura, pero no desecha los medios para romper su juramento. ¿Acaso tiene clara intención de romperlo? En absoluto; pero los deseos que tienden a quebrantarlo obran opacamente en él, encontrando el camino hasta su imaginación, y relajan sus músculos justo en los momentos en los que se repite por enésima vez los motivos para haber jurado. Raffles recuperándose con rapidez, volviendo al uso libre de sus odiosos poderes... ¿cómo podía Bulstrode desear eso? Raffles muerto era la imagen que le producía una liberación y rezaba indirectamente por ese modo de escapar, suplicando que, de ser posible, los días que le quedaban aquí en la tierra estuvieran ausentes de la amenaza de una ignominia que le destrozaría completamente como instrumento al servicio de Dios. La opinión de Lydgate no estaba del lado de que estas preces fueran atendidas y a medida que avanzaba el día, Bulstrode se iba sintiendo más irritado ante la persistencia de la vida de este hombre a quien hubiera deseado ver hundiéndose en el silencio de la muerte: la imperiosa voluntad despertó impulsos asesinos contra aquella vida bruta, sobre la que la voluntad, por sí sola, no tenía dominio. Se dijo interiormente que estaba demasiado cansado de modo que no se quedaría aquella noche con el enfermo sino que le dejaría con la señora Abel, quien, de ser necesario, avisaría a su marido.

A las seis, Raffles, tras escasos ratos de un sueño perturbado, de los cuales despertaba con renovada inquietud y constantes gritos de que se hundía, Bulstrode comenzó a administrarle el opio, siguiendo las indicaciones de Lydgate. Al cabo de media hora o más llamó a la señora Abel y le dijo que se sentía incapaz de seguir atendiendo al enfermo. Debía dejarle a su cuidado y procedió a repetirle las indicaciones de Lydgate respecto a la cantidad de las dosis. La señora Abel no había tenido conocimiento de las recetas de Lydgate, se había limitado a preparar y traer lo que Bulstrode pedía, haciendo lo que éste indicaba. Preguntó ahora qué más debía hacer aparte de administrar el opio.

-Nada por el momento, salvo ofrecerle sopa o agua de soda. Consúlteme si precisa nuevas instrucciones. Si no hay un cambio importante no vendré a la habitación durante el resto de la noche. Si lo necesita, llame a su marido. Debo irme a la cama.

-Buena falta le hace dormir, señor, ya lo creo -dijo la señora Abel- y tomarse algo más nutritivo de lo que ha comido hasta ahora.

Bulstrode se marchó no sin cierta inquietud respecto de lo que Raffles pudiera decir en su delirio, que había adquirido una incoherencia murmurante poco propicia a la credibilidad. En cualquier caso debía arriesgarse. Bajó primero al salón de madera, y empezó a considerar el mandar ensillar el caballo y regresar a casa a la luz de la luna, desentendiéndose de los asuntos terrenales. A continuación deseó haberle pedido a Lydgate que se pasara de nuevo esa noche. Tal vez diera una opinión diferente y pensara que Raffles entraba en una fase menos alentadora del optimismo. ¿Debía mandar llamar a Lydgate? Si de verdad Raffles estaba empeorando lentamente y se iba muriendo, Bulstrode pensaba que podía acostarse y dormirse dando gracias a la Providencia. Pero ¿estaba realmente peor? Lydgate podría venir y decir que simplemente evolucionaba como era de esperar y que poco a poco se quedaría dormido profundamente y mejoraría. ¿De qué servía mandarle llamar? A Bulstrode le horrorizaba pensar en aquel resultado. No había idea u opinión que le impidiera ver la probabilidad de que una vez se recuperara, Raffles continuaría siendo el mismo de antes, con un renovado vigor para mortificar, obligándole a llevarse a rastras a su mujer para que pasara el resto de su vida alejada de sus parientes y de su lugar natal y portando en su corazón una alienante sospecha contra él.

Llevaba hora y media de angustiado pensar ante el resplandor del fuego de la chimenea cuando un repentino pensamiento le hizo levantarse y encender la vela que había bajado consigo. El pensamiento era que no le había dicho a la señora Abel cuándo debían cesar las dosis de opio.

Cogió la vela pero se quedó inmóvil un largo rato. Tal vez le hubiera ya dado más de lo prescrito por Lydgate. Pero en el estado de cansancio actual era excusable que se hubiera olvidado una parte de las indicaciones. Subió las escaleras con la vela en la mano sin saber si debía ir directamente a su habitación y acostarse o entrar en la del enfermo y rectificar la omisión. Se detuvo en el pasillo, el rostro vuelto hacia el cuarto de Raffles y le oyó gemir y murmurar. Luego, no dormía. ¿Cómo saber si no sería mejor desobedecer las instrucciones de Lydgate puesto que Raffles aún no había conciliado el sueño?

Se dirigió a su habitación. Antes de que hubiera acabado de desvestirse, la señora Abel llamó a la puerta; la abrió unos centímetros para oírla hablar en voz baja.

-Perdone, señor, pero ¿no debería darme un poco de coñac o algo para ese pobre hombre? Siente que se va y no quiere tomar nada más... y de poco le serviría aunque lo hiciera..., sólo el opio. Y dice y repite que se va hundiendo.

Ante su sorpresa el señor Bulstrode no respondió. Libraba una pugna consigo mismo.

-Creo que se morirá por falta de sustento si sigue así. Cuando cuidé del pobre señor Robisson, tenía que darle oporto y coñac constantemente, y un buen vaso cada vez -añadió la señora Abel con un toque de admonición en la voz.

De nuevo el señor Bulstrode guardó silencio y ella continuó:

-No es momento de ahorrar cuando la persona está a las puertas de la muerte, y estoy segura de que usted no lo querría así, señor. De lo contrario le daría nuestra propia botella de ron que tenemos guardada. Pero habiéndole velado usted tanto y con todo lo que ha hecho por él...

Llegado este punto una llave asomó por la abertura de la puerta y el señor Bulstrode dijo con voz ronca:

-Esta es la llave del armario; allí encontrará suficiente coñac.
Muy temprano por la mañana..., alrededor de las seis..., el señor Bulstrode se levantó y pasó un tiempo rezando. ¿Hay alguien que suponga que las oraciones son necesariamente cándidas..., que van necesariamente a la raíz de las acciones? Las oraciones son palabras inaudibles, y las palabras son representativas: ¿quién se puede representar tal y como es, incluso en sus propias reflexiones? Bulstrode todavía no había desentrañado mentalmente las confusas inclinaciones de las últimas veinticuatro horas.

Escuchó en el pasillo y oyó una respiración estertorosa y difícil. Salió a pasear al jardín y observó la escarcha sobre la hierba y las tiernas hojas primaverales. Cuando regresó a la casa le soreprendió ver a la señora Abel.

-¿Cómo está su paciente? Dormido, ¿no? -dijo intentando dotar su voz de cierta animación.

-Está profundamente dormido señor -dijo la señora Abel-. Se fue durmiendo poco a poco entre las tres y las cuatro. ¿Haría el favor de ir a verle? No me ha parecido peligroso dejarle solo. Mi marido se ha ido al campo y la niña está en la cocina.

Bulstrode subió. A primera vista supo que Raffles no dormía el sueño de la reparación sino aquel que se hunde más y más en el abismo de la muerte.

Echó una ojeada a la habitación y vio una botella que aún contenía algo de alcohol y la ampolla de opio casi vacía. Escondió la ampolla y se llevó la botella de coñac que volvió a guardar en el armario.

Mientras desayunaba reflexionó si debía ir a Middlemarch de inmediato o esperar a que llegara Lydgate. Decidió esperar y le dijo a la señora Abel que prosiguiera con sus quehaceres... él velaría junto a la cama del enfermo.
Mientras velaba y contemplaba cómo el enemigo de su paz se hundía irrevocablemente en el silencio, se sintió más tranquilo que nunca durante los últimos meses. Tenía calmada la conciencia bajo el ala envolvente del secreto, que en ese momento parecía un ángel enviado a consolarle. Sacó su agenda para revisar varias notas respecto de los arreglos que había planeado y en parte llevado a cabo ante la perspectiva de marcharse de Middlemarch, y consideró en qué medida seguiría adelante con ellos o los revocaría, ahora que su ausencia sería breve. Quizá su temporal retirada de la dirección de algunos negocios resultaran una adecuada ocasión para llevar a cabo algunas economías que seguía considerando deseables, y confiaba en que la señora Casaubon continuara asumiendo gran parte de los gastos del hospital. Así fueron pasando los minutos, hasta que un cambio en el respirar estertoroso fue lo suficientemente marcado como para atraer su atención hacia la cama, obligándole a pensar en la vida que desaparecería y que en tiempos estuvo subordinada a la suya... que en tiempos fuera lo bastante rastrera como para actuar según él ordenara. Fue la alegría pasada lo que ahora le empujó a sentirse contento por que aquella vida acabara.

¿Y quién podría decir que la muerte de Raffles se había visto precipitada? ¿Quién sabía lo que le hubiera salvado? Lydgate llegó a las diez y media, a tiempo de contemplar el último aliento. Cuando entró en la habitación Bulstrode observó una repentina expresión en el rostro del médico que indicaba no tanto sorpresa cuanto el reconocimiento de no haber juzgado acertadamente. Permaneció un rato en silencio junto a la cama, su miradá fija sobre el moribundo, pero con esa aplacada actividad en el gesto que indicaba que estaba librando un debate interno.

-¿Cuándo se inició este cambio? -dijo, mirando a Bulstrode.

-No le velé anoche -dijo Bulstrode-. Estaba demasiado cansado y le dejé al cuidado de la señora Abel. Dijo que cayó dormido entre las tres y las cuatro. Cuando yo entré antes de las ocho estaba casi como ahora.

Lydgate no hizo más preguntas; observó en silencio hasta que dijo:

-Todo ha terminado.

Esa mañana Lydgate se encontraba en un estado de recuperada esperanza y libertad. Había emprendido su trabajo con su antigua animación, y se sentía con fuerzas para soportar todas las deficiencias de su vida matrimonial. Y era consciente de que Bulstrode había sido su benefactor. Pero este caso le inquietaba. No esperaba que terminara así. Y sin embargo no sabía cómo preguntarle a Bulstrode sin que pareciera que le ofendía. ¿Y si le preguntara al ama de llaves? Al fin y al cabo, el enfermo estaba muerto. No parecía ser de gran utilidad el insinuar que le había matado la imprudencia o la ignorancia de alguien. Y, al fin y al cabo, bien podía él estar equivocado.

Lydgate y Bulstrode regresaron juntos a Middlemarch, hablando de muchas cosas... principalmente el cólera y las probabilidades que tenía de aprobarse la ley de reforma en la Cámara de los Lores, así como de la firme decisión de las uniones políticas. No dijeron nada sobre Raffles, salvo que Bulstrode mencionó la necesidad de procurarle una tumba en el cementerio de Lowick, puesto que, por lo que se le alcanzaba, el pobre no tenía parientes a excepción de Rigg, el cual, había dicho, le era hostil.

Al regresar a casa Lydgate recibió la visita del señor Farebrother. El vicario no había estado en la ciudad el día antes pero la noticia de que había un embargo sobre la casa de Lydgate había llegado a Lowick por la tarde, siendo su portador el señor Spicer, zapatero y sacristán, quien a su vez la sabía por su hermano, el respetable campanero de Lowick Gate. Desde la noche en la que Lydgate bajara de los billares con Fred Vincy, el señor Farebrother había pensado en él con pesimismo. El jugar en el Dragón Verde una vez o incluso más podría ser una insignificancia en otro hombre, pero en Lydgate constituía una de las varias muestras de que se estaba convirtiendo en una persona distinta. Empezaba a hacer cosas por las que anteriormente había sentido un desprecio casi excesivo. Fuera lo que fuera lo que tuvieran que ver en este cambio ciertas insatisfacciones matrimoniales, que algunos tontos chismorreos le habían insinuado, el señor Farebrother creía que estaba relacionado principalmente con las deudas que cada vez más abiertamente se decía que tenía, y empezó a temer que fuera ilusoria cualquier idea respecto de que a Lydgate le respaldara ningún recurso o ningún pariente. El rechazo que encontró en su primer intento de granjearse la confianza de Lydgate le predisponía poco hacia un segundo acercamiento; pero esta noticia de que el embargo era un hecho le decidió a vencer ese recelo.

Lydgate acababa de despedir a un paciente indigente por el que se interesaba mucho y se adelantó con la mano extendida y una animación que sorprendió al señor Farebrother. ¿Sería ésta otra altiva negativa a su ayuda y comprensión? Daba igual: le ofrecería tanto una como otra.

-¿Cómo está Lydgate? He venido porque me dijeron algo que me inquietó sobre usted -dijo el vicario, en el tono de un buen hermano pero sin el mínimo toque de reproche. Ambos se hallaban ya sentados y Lydgate dijo inmediatamente:

-Creo que sé a lo que se refiere. Oyó decir que había un embargo sobre la casa, ¿no?

-Sí. ¿Es cierto?

-Lo era -dijo Lydgate con aire de liberación, como si no le importara hablar del tema ahora-. Pero ha pasado el peligro; la deuda está saldada. He superado mis dificultades: estaré libre de deudas y capaz, espero, de poder empezar de nuevo con mejores planes.

-Cuánto me alegra oír eso -dijo el vicario, echándose hacia atrás en la silla y hablando con la grave rapidez que a menudo sigue a la desaparición de una carga-. Me gusta más eso que todas las noticias que pueda traer el Times. Confieso que venía muy apesadumbrado.

-Le agradezco mucho que lo haya hecho -dijo Lydgate, con cordialidad- Puedo disfrutar más de la amabilidad puesto que estoy más feliz. La verdad es que he estado muy abatido. Me temo que seguirán doliéndome los cardenales una buena temporada -añadió, sonriendo con cierta tristeza-, pero por el momento sólo noto el alivio de no estar con el agua al cuello.

El señor Farebrother guardó silencio un momento y dijo a continuación con seriedad:

-Mi querido amigo, permítame hacerle una pregunta. Discúlpeme si me tomo esa libertad.

-No creo que me vaya a preguntar nada que pueda ofenderme.

-Entonces..., lo necesito para quedarme del todo tranquilo..., ¿no habrá..., incurrido..., para pagar sus deudas..., en otra que le atormentará posteriormente?

-No -dijo Lydgate, ruborizándose levemente-. No hay razón para que no se lo diga..., puesto que es la verdad..., que es Bulstrode la persona con la que estoy en deuda. Me ha hecho un adelanto muy generoso..., mil libras..., y no le urge que se lo devuelva.

-Sí, es verdaderamente generoso -dijo el señor Farebrother, forzándose a elogiar al hombre que le disgustaba. Su delicadeza rehuyó incluso el pensamiento de que siempre le había advertido a Lydgate que evitara cualquier vinculación personal con Bulstrode, y añadió inmediatamente-: Y Bulstrode debe interesarse lógicamente por su bienestar después de que usted ha trabajado con él de un modo que probablemente haya menguado sus ingresos en lugar de incrementarlos. Me alegra pensar que ha actuado en consecuencia.

Lydgate se sintió incómodo ante estas amables inferencias. Acentuaban más la intranquilidad que había empezado a asomar débilmente tan sólo unas horas antes de que los motivos para la repentina generosidad de Bulstrode, tan a la zaga de la indiferencia más fría, pudieran ser fruto del mero egoísmo. Dejó pasar las amables suposiciones. No podía contar la historia del préstamo, pero la tenía más presente que en ningún otro momento, así como el dato que el vicario había ignorado con gran delicadeza; que esta relación de deuda personal con Bulstrode era lo que en otros tiempos había estado más decidido a evitar.

Y en lugar de responder empezó a hablar de su economía futura y de cómo consideraba ahora su vida desde un punto de vista distinto.

-Montaré un consultorio -dijo-. Creo que hice un esfuerzo equivocado en ese sentido. Y si a Rosamond no le importa cogeré un aprendiz. No me gustan estas cosas pero si las llevas a cabo noblemente no tienen por qué ser degradantes. Me he visto muy mortificado al empezar y eso hará que los pequeños coscorrones me parezcan cosa de nada.

¡Pobre Lydgate! El «Si a Rosamond no le importa» que había dicho involuntariamente como parte de su pensamiento, era una muestra significativa del yugo que soportaba. Pero el señor Farebrother, cuyas esperanzas entraban briosas en la misma corriente que las de Lydgate, y desconocía de él algo que pudiera suscitar un presentimiento melancólico, le dejó con una calurosa felicitación.