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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 69.
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«Si has oído una palabra, que muera contigo».
(Eclesiástico. )

El señor Bulstrode seguía sentado en su despacho del banco alrededor de las tres del mismo día en que recibiera allí a Lydgate cuando entró el empleado para decirle que tenía preparado el caballo y que el señor Garth estaba fuera y deseaba verle.

-Por supuesto -dijo Bulstrode, y Caleb entró-. Le ruego que se siente, señor Garth-, continuó el banquero con su voz más suave. Me alegro de que haya llegado a tiempo de encontrarme aún aquí. Sé que usted valora hasta los minutos.

-Bueno -dijo Caleb afablemente, ladeando un poco la cabeza y dejando el sombrero en el suelo mientras se sentaba. Bajó la vista inclinándose un poco hacia adelante y descansando sus largas manos entre las piernas, mientras movía cada dedo sucesivamente como si compartieran algún pensamiento que llenaba su amplia y tranquila frente.

El señor Bulstrode, como todos cuantos conocían a Caleb, estaba habituado a su parsimonia cuando abordaba cualquier tema que consideraba importante y esperaba que se refiriera a la compra de algunas casas en Blindman's Court, para derribarlas, pues ese sacrificio de propiedades quedaría ampliamente recompensado con la entrada de aire y luz en aquel lugar. Eran las propuestas de este tipo lo que a veces hacía que Caleb resultara molesto para quienes le contrataban; pero normalmente había encontrado a Bulstrode favorable a sus proyectos de mejoras y se llevaban bien. Sin embargo, cuando volvió a hablar fue para decir con voz bastante baja:

-Vengo de Stone Court, señor Bulstrode.

-Espero que no haya encontrado nada raro -dijo el banquero-, yo mismo estuve allí ayer. Abel ha hecho rendir bien a los corderos este año.

-Pues sí -dijo Caleb levantando la vista con expresión seria-, sí hay algo raro... un forastero que está muy enfermo, a mi entender. Necesita un médico y por eso he venido. Se llama Raffles.

Vio el impacto que sus palabras causaban en Bulstrode. El banquero había pensado que sus temores le hacían estar excesivamente pendiente de este tema como para que le cogiera por sorpresa, pero se había equivocado.

-¡Pobrecillo! -dijo en tono compasivo, aunque los labios le temblaban ligeramente-. ¿Sabe cómo ha llegado hasta allí?

-Le llevé yo mismo -dijo Caleb quedamente-, le llevé en mi calesín. Se había bajado de la diligencia e iba por la curva de la barrera de peaje cuando le alcancé. Recordó que me había visto con usted en una ocasión en Stone Court, y me pidió que le llevara. Vi que estaba enfermo, y me parecía que era lo correcto, cobijarle bajo un techo. Y ahora creo que no debería perder usted tiempo en buscar quien le atienda -Caleb recogió el sombrero del suelo así que concluía y se levantó lentamente de la silla.

-Por supuesto -dijo Bulstrode, cuya mente se encontraba muy activa-. Tal vez me hiciera usted el favor, señor Garth de avisar al señor Lydgate al pasar... o, ¡espere!..., quizá esté en el hospital. Enviaré a un criado a caballo primero con una nota y yo me dirigiré a Stone Court.

Bulstrode escribió una rápida nota y salió para entregársela él mismo al criado. Cuando volvió, Caleb seguía de pie, con una mano sobre el respaldo de la silla y el sombrero en la otra. El principal pensamiento de Bulstrode era «Tal vez Raffles sólo le habló a Garth de su enfermedad. A Garth le sorprenderá, como la vez anterior, que este desharrapado afirme tener intimidad conmigo, pero seguramente no sabrá nada. Y está en buenas relaciones conmigo... puedo serle útil».

Ansiaba alguna confirmación de esta esperanzadora conjetura, pero el haber preguntado sobre lo que Raffles había hecho o dicho hubiera supuesto una manifestación de su temor.

-Le estoy muy agradecido, señor Garth -dijo con su habitual tono cortés-. El criado estará de vuelta en breve y entonces yo mismo iré a ver qué se puede hacer por esta infeliz criatura. ¿Tenía usted que hablarme de algún otro asunto? Si es así le ruego que tome asiento.

-Gracias -dijo Caleb, indicando con un gesto de la mano que declinaba la invitación-. Debo decirle, señor Bulstrode, que he de pedirle que ponga sus asuntos en otras manos. Le estoy muy agradecido por la generosidad con la que accedió al... arrendamiento de Stone Court y todos los demás asuntos. Pero debo dejarlo.

Una certeza atravesó el alma de Bulstrode como una cuchillada.

-Esto es muy repentino, señor Garth -fue todo lo que pudo decir de momento.

-Lo es -dijo Caleb-. Pero es definitivo. Debo dejarlo. Hablaba con una firmeza muy suave, pero pudo ver que Bulstrode parecía acobardarse ante aquella suavidad, que su rostro se apergaminaba y que desviaba la mirada de los ojos que descansaban sobre él. Caleb sintió por él una enorme lástima, pero no hubiera podido valerse de ningún pretexto para explicar su decisión, aunque hubiera servido de algo. -Entiendo que se ha visto empujado a esto por algunas calumnias que sobre mí ha proferido ese infeliz -dijo Bulstrode, deseoso ahora de conocer toda la verdad.

-Así es. No puedo negar que obro de acuerdo con lo que le oí decir.

-Es usted un hombre consciente, señor Garth... un hombre, confio, que se siente responsable ante Dios. No querrá perjudicarme estando demasiado dispuesto a dar crédito a la calumnia -dijo Bulstrode intentando dar con algún razonamiento que se adaptara a la mentalidad de Caleb-. Es una razón muy pobre para romper una relación que creo podría ser mutuamente beneficiosa.

-No perjudicaría a nadie si pudiera evitarlo -dijo Caleb-, ni siquiera aunque pensara que Dios haría la vista gorda. Confio en que siempre me apiadaré de mi prójimo. Pero, señor..., me veo obligado a pensar que este Raffles no ha mentido. Y no sería feliz trabajando con usted o beneficiándome gracias a usted. Va en contra de todo lo que pienso. Debo rogarle que busque otro administrador.

-Está bien, señor Garth. Pero al menos tengo derecho a saber lo peor que ha dicho de mí. Debo saber la sórdida oratoria de la que puedo ser víctima -dijo Bulstrode, en quien la ira empezaba a mezclarse con la humillación ante este hombre tranquilo que renunciaba a beneficiarse.

-Es innecesario -dijo Caleb, con un gesto de la mano, inclinando un poco la cabeza y sin desviarse del tono que poseía la piadosa intención de no herir a aquel hombre digno de compasión-. Lo que me ha dicho jamás saldrá de mis labios, salvo que algo que ahora desconozco me obligara a ello. Si llevó usted una vida deshonrosa para lucrarse, y con el engaño privó a otros de sus derechos para enriquecerse aún más, me atrevo a afirmar que se arrepiente... le gustaría retroceder y no puede: eso debe ser muy duro -Caleb hizo una pausa y sacudió la cabeza-, no soy yo quien deba hacerle la vida aún más difícil.

-Pero lo hace... me la hace aún más difícil -dijo Bulstrode con un grito de súplica-. Me la hace más difícil al darme la espalda.

-No me queda otro remedio -dijo Caleb, con aún mayor suavidad y alzando la mano-. Lo lamento. No le juzgo diciendo «él es un malvado y yo un virtuoso». Dios me libre. No lo conozco todo. Un hombre puede hacer el mal y luego salirse de él a fuerza de voluntad, aunque no pueda limpiar su vida. Ese es un duro castigo. Si ese es su caso... lo siento mucho por usted. Pero tengo un sentimiento en mi interior que me impide seguir trabajando con usted. Eso es todo, señor Bulstrode. Todo lo demás está enterrado, por lo que a mí respecta. Buenos días.

-¡Un momento, señor Garth! -dijo Bulstrode precipitadamente-. ¿puedo confiar entonces en su solemne promesa de que no repetirá a hombre o mujer..., aunque hubiera algo de verdad en ello... lo que de momento es una maligna representación?

Caleb sintió que le nacía la ira y dijo indignado: -¿Por qué se lo iba a haber dicho si no pensara hacerlo? No le tengo miedo. Semejantes historias no tentarán jamás mi lengua.

-Discúlpeme... estoy nervioso... soy víctima de este hombre irrefrenado.

-¡Espere un momento! Tendrá que pensar si no contribuyó usted a empeorarle cuando se aprovechó de sus vicios.

-Comete conmigo una injusticia al creerle demasiado aprisa -dijo Bulstrode, abrumado, como en una pesadilla, por la incapacidad de negar rotundamente lo que Raffles hubiera podido decir, al tiempo que suponía para él un alivio el que Caleb no le exigiera una clara negativa.

-No -dijo Caleb, levantando la mano como disculpándose-, estoy dispuesto a rectificar mi opinión cuando se demuestre que es equivocada. No le privo de ninguna oportunidad. En cuanto a hablar, lo considero un crimen exponer el pecado de un hombre salvo que tenga claro que debe hacerse para salvar al inocente. Así es como pienso, señor Bulstrode, y lo que digo, no tengo que jurarlo. Muy buenos días.

Unas horas más tarde, cuando ya estaba en casa, Caleb le dijo como de pasada a su esposa que habían surgido unas pequeñas diferencias con Bulstrode y en consecuencia había descartado la idea de hacerse cargo de Stone Court, así como del resto de los asuntos del banquero.

-Quería intervenir demasiado, ¿no? -dijo la señora Garth suponiendo que a su marido le habían tocado su punto sensible y no se le permitió seguir su criterio respecto de materiales y formas de trabajo.

-Bueno... -dijo Caleb agachando la cabeza y moviendo gravemente la mano, y la señora Garth supo que era una indicación de que no pensaba hablar más del tema.

En cuanto a Bulstrode, cogió su caballo casi inmediatamente y partió hacia Stone Court, ansioso de llegar allí antes que Lydgate.

Tenía la mente llena de imágenes y conjeturas, que eran un lenguaje para sus miedos y esperanzas, del mismo modo que los demás oímos tonos en las vibraciones que sacuden todo nuestro sistema. La profunda humillación que le había supuesto el conocimiento de Caleb Garth sobre su pasado, así como el que rechazara su patronazgo, fluctuaba y casi daba paso a la sensación de seguridad ante el hecho de que fuera Garth y no otro hombre a quien se confiara Raffles. Se le antojó una especie de prueba de que la Providencia pretendía rescatarle de peores consecuencias, quedando así abierto el camino a la esperanza del secreto. Que Raffles estuviera enfermo, que le hubieran llevado a Stone Court y no a otro lugar... el corazón de Bulstrode palpitaba ante la visión de las probabilidades que estos sucesos provocaban. Si resultara que se liberaba del peligro de la deshonra... si pudiera respirar con entera libertad... consagraría su vida más que nunca.

Elevó mentalmente esta promesa como para suscitar el resultado deseado... intentó confiar en la fuerza de aquella resolución devota... su fuerza para provocar la muerte. Sabía que debía decir «Hágase tu voluntad», y lo dijo con frecuencia. Pero subsistía el intenso deseo de que la voluntad de Dios fuera que muriera aquel hombre odiado.

Sin embargo, al llegar a Stone Court no pudo contemplar el cambio en Raffles sin que le impactara. De no ser por su palidez y debilidad Bulstrode hubiera calificado el cambio de trastorno mental. En lugar del caracter fanfarrón y mortificador mostraba un vago e intenso terror y parecía querer aplacar la ira de Bulstrode por la desaparición del dinero... le habían robado..., le habían quitado la mitad. Sólo había ido allí porque estaba enfermo y alguien le perseguía... venían tras él: no le había dicho nada a nadie, había mantenido la boca cerrada. Bulstrode, desconociendo el significado de estos síntomas, interpretó esta nueva susceptibilidad nerviosa como un medio para obtener del atemorizado Raffles una confesión verdadera, y le acusó de mentir al afirmar que no había dicho nada, puesto que acababa de contárselo al hombre que le había traído a Stone Court en su calesín. Raffles negó esto con solemnes juramentos, siendo la verdad que tenía rotos los vínculos de la memoria y que su atemorizado y minucioso relato a Caleb Garth había sido fruto de un conjunto de impulsos visionarios que volvieron luego a sumirse en la oscuridad.

A Bulstrode se le volvió a encoger el corazón ante esta señal de que no podía imponerse a la mente de aquel desgraciado y que no podía confiar en ninguna palabra de Raffles respecto a lo que más ansiaba conocer, es decir, si era verdad que había guardado silencio con todo el mundo de los alrededores salvo Caleb Garth. El ama de llaves le había dicho claramente que desde que el señor Garth se marchara, Raffles había pedido cerveza, tras lo cual no había pronunciado palabra, dando la impresión de estar muy enfermo. Por ese lado se podía concluir que no existía ninguna revelación. La señora Abel, como los demás criados de The Shrubs, pensaba que el extraño ser pertenecía a la desagradable «parentela» que forman parte de los problemas de los ricos; en un primer momento atribuyó el parentesco al señor Rigg, y donde había bienes, la insistente presencia de moscones como éste parecia algo natural. Cómo podía ser, al tiempo, «parentela» de Bulstrode no estaba tan claro, pero la señora Abel coincidía con su marido en que «la saber», pensamiento que albergaba para ella un gran alimento mental de forma que con un movimiento de la cabeza despachó ulteriores especulaciones.

Lydgate llegó en menos de una hora. Bulstrode le recibió a la puerta del salón forrado de madera, donde se encontraba Raffles, y dijo:

-Le he llamado, señor Lydgate, para atender a un infeliz que hace muchos años estuvo a mi servicio. Después se marchó a América para regresar posteriormente a una vida de disipación y ocio. Al ser indigente, me siento obligado con él. Estaba lejanamente relacionado con Rigg, el dueño anterior de este lugar, y por ello llegó hasta aquí. Creo que está muy enfermo; parece tener la mente afectada, me siento obligado a hacer todo lo posible por él.

Lydgate, que tenía muy impreso el recuerdo de su última conversación con Bulstrode, no se sentía inclinado a proferir palabras innecesarias y se limito a hacer un gesto con la cabeza como respuesta; pero en el momento de entrar a la habitación se volvió de forma espontánea y preguntó:

-¿Cómo se llama? -el conocer los nombres formaba tanta parte del bienhacer del médico como del político.

-Raffles, John Raffles -dijo Bulstrode, que esperaba que, fuere lo que fuese de Raffles, Lydgate no llegaría a saber más de él.

Cuando hubo examinado a fondo al paciente y considerado el caso, Lydgate ordenó que se le metiera en la cama y se le mantuviera allí en el mayor silencio posible, y a continuación pasó con Bulstrode a otra habitación.

-Veo que es un caso serio -dijo el banquero antes de que Lydgate comenzara a hablar.

-No..., y sí -dijo Lydgate algo dudoso-. Es difícil pronunciarse respecto a los posibles efectos de complicaciones que vienen de hace muchos años; pero es un hombre de constitución muy fuerte. Yo diría que este ataque no va a ser fatal, aunque su organismo está en una situación delicada, claro. Se le debe vigilar y atender bien.

-Me quedaré yo mismo -dijo Bulstrode-. La señora Abel y su marido no tienen experiencia. No me cuesta nada quedarme aquí esta noche si usted me hace el favor de llevarle una nota a la señora Bulstrode.

-No creo que sea necesario -dijo Lydgate-. Parece lo bastante dócil y austado, aunque podría volverse menos manejable. Pero hay un hombre en la casa, ¿no?

-En más de una ocasión me he quedado aquí alguna noche para estar solo -dijo Bulstrode como con indiferencia-. Estoy dispuesto a hacerlo hoy. La señora Abel y su esposo me podrán ayudar si fuera preciso.

-Muy bien. En ese caso solamente le tengo que dar las indicaciones a usted -dijo Lydgate, sin que le sorprendieran las pequeñas manías de Bulstrode.

-Entonces, ¿cree usted que hay esperanzas? -dijo Bulstrode, cuando Lydgate terminó de dar las instrucciones.

-Sí, salvo que resultara que había otras complicaciones que de momento no he detectado -dijo Lydgate-. Puede pasar a una fase peor, pero no me sorprendería que mejorara en unos días si se sigue el tratamiento que he prescrito. Tiene que haber mucho rigor. Recuerde que no debe darle alcohol, aunque lo pida. Es mi opinión que a muchas personas en su estado les mata antes el remedio que la enfermedad. De todos modos, pueden surgir nuevos síntomas. Volveré mañana por la mañana.

Lydgate se marchó tras esperar la nota que debía entregar a la señora Bulstrode sin hacer, en principio, ninguna conjetura sobre la historia de Raffles, sino repasando la controversia recientemente renovada por la publicación de la abundante experiencia del doctor Ware en América respecto del método adecuado para tratar casos de envenenamiento por alcohol como el que tenía entre manos. A Lydgate ya le interesaba este tema desde su estancia en el extranjero y estaba muy en contra de la práctica extendida de permitir el alcohol y de administrar grandes dosis de opio, y había actuado con frecuencia y con éxito según su convicción.

-Está muy mal este hombre -pensó-, pero aún le quedan muchos arrestos. Debe ser un beneficiario de la caridad de Bulstrode. Es curiosa la dureza y la ternura que compone la forma de ser de las personas. Bulstrode parece el ser más incomprensivo del mundo con ciertas personas y sin embargo se ha tomado muchísimas molestias y gastado un montón de dinero en actos de caridad. Supongo que tendrá algún baremo mediante el cual descubre por quién se interesan los cielos... y ha decidido que no soy uno de ellos. Esta vena de amargura procedía de una fuente caudalosa y se fue ensanchando en la corriente de sus pensamientos a medida que se acercaba a Lowick Gate. No había vuelto desde su cita con Bulstrode por la mañana, pues el criado del banquero le encontró en el hospital y por primera vez regresaba a casa sin nada en la recámara que le permitiera mantener una esperanza de conseguir el suficiente dinero como para salvarle de la inminente desaparición de cuanto hacía tolerable su vida de casado... todo cuanto les salvaba a él y a Rosamond de ese árido aislamiento en el que se verían obligados a reconocer cuán poco consuelo eran el uno para el otro. Era más llevadero prescindir de recibir ternura que ver que la suya no podía compensarle a su mujer la falta de otras cosas. Los golpes a su orgullo procedentes de humillaciones pasadas y venideras eran muy intensos, pero apenas los diferenciaba del dolor más agudo aún que los dominaba: el dolor de prever que Rosamond llegaría a considerarle principalmente como la causa de su desencanto o infelicidad. Nunca le habían gustado las provisionalidades de la pobreza y jamás con anterioridad habían formado parte de sus perspectivas, pero empezaba ahora a imaginarse cómo dos criaturas que se amaban y poseían un arsenal de pensamientos en común, podrían reírse del mobiliario andrajoso y de los cálculos sobre si podían comprar mantequilla y huevos. Pero esa visión poética de la pobreza le parecía tan lejana como la despreocupación de la edad de oro; en la mente de la pobre Rosamond no había suficiente lugar para que el lujo le pareciera poco importante. Se bajó del caballo con tristeza y entró en la casa, sin esperar más alegría que la que le proporcionara la cena y pensando que antes de que terminara la velada sería conveniente contarle a Rosamond su petición y fracaso ante Bulstrode. Más valía no perder tiempo en prepararla para lo peor.

Pero la cena hubo de esperarle largo rato hasta que pudo tomársela. Al entrar descubrió que el agente de Dover ya había puesto un hombre en la casa y cuando preguntó por la señora Lydgate le dijeron que estaba en su habitación. Subió y la encontró tumbada en la cama, pálida y silenciosa, sin que ni un solo gesto respondiera a las palabras o miradas de su marido. Se sentó junto a la cama e inclinándose sobre ella dijo casi con un grito de súplica:

-¡Perdóname, mi pobre Rosamond, por este horror! Por lo menos, sigámonos queriéndonos.

Ella le miró en silencio, el rostro lleno de desesperación, pero las lágrimas empezaron a inundar sus ojos azules y los labios le temblaron. Aquel hombre fuerte había tenido que soportar demasiado aquel día. Apoyó la cabeza junto a la de su esposa y sollozó.

Lydgate no la impidió marcharse a casa de su padre temprano a la mañana siguiente... le parecía que ya no debía oponerse a sus inclinaciones. Volvió al cabo de media hora diciendo que papá y mamá deseaban que se quedara con ellos mientras las cosas siguieran en este calamitoso estado. Papá había dicho que no podía hacer nada respecto de la deuda... si pagaba ésta, llegarían media docena más. Sería mejor que volviera con sus padres hasta que Lydgate le hubiera encontrado una casa cómoda.

-¿Tienes alguna objeción, Tertius?

-Haz lo que quieras -dijo Lydgate-. Pero las cosas no harán crisis inmediatamente. No hay prisa.

-No me iré hasta mañana -dijo Rosamond-. Tengo que hacer el equipaje.

-Yo esperaría un poco más... nunca se sabe lo que puede ocurrir -dijo Lydgate con amargura-. Puede que me rompa el cuello y eso te facilitaría las cosas.

Era una desgracia para Lydgate, así como para Rosamond, que su ternura por ella, que era tanto un impulso emocional como una bien meditada decisión, se viera inevitablemente interrumpida por estos prontos de indignación sarcástica o recriminatoria. Ella los consideraba totalmente gratuitos y el rechazo que esta acusada severidad le suscitaba tenía el peligro de convertir en inaceptable la ternura más perseverante de su esposo.

-Veo que no deseas que me vaya -dijo con gélida docilidad-. ¿Por qué no lo dices sin esa agresividad? Me quedaré hasta que me digas lo contrario.

Lydgate no dijo más y salió a hacer la ronda de sus pacientes. Se sentía golpeado y hundido y había una oscura línea bajo sus ojos que Rosamond no había visto antes. No podía mirarle. Con esa forma que tenía Tertius de tomarse las cosas, no hacía si no ponérselo más difícil a ella.