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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 6.
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La lengua de mi dama es cual la hoja del prado,
Que te corta al golpearla con la mano ociosa.
Fino cortar es función suya:
ella divide con filo espiritual la semilla del mijo,
Y hace ahorros que resultan intangibles.

Al salir el carruaje del señor Casaubon por la verja, detuvo la entrada de un faetón tirado por una dama detrás de la cual iba sentada una criada. Es dudoso que el reconocimiento fuera mutuo, pues el señor Casaubon miraba distraídamente al frente; pero la dama tenía la vista aguda y saludó con un «¿Cómo está usted?» en el momento preciso. A pesar de su gorro ajado y viejo echarpe de lana, era evidente que la guardesa la consideraba un personaje importante por la inclinación profunda que hizo al entrar el pequeño faetón.

-Y bien, señora Fitchett, ¿qué tal ponen sus gallinas ahora? -dijo la dama morena y de ojos oscuros en un tono de voz decididamente cincelado.

-Pues lo que es poner, bien, señora, pero les ha dado por comerse sus propios huevos. No me dejan vivir en paz. -¡Vaya caníbales! Véndalas baratas cuanto antes. ¿A Cómo va el par? Tenga en cuenta que no se pueden comer aves de mal carácter a precios muy altos.

-Pues, a media corona. No puedo dárselas por menos. -¡Media corona, en estos días! Venga, venga, son para el caldo del domingo del rector. Ya se ha comido todas las nuestras que me sobran. Recuerde, señora Fitchett, que con el sermón queda ya medio pagada. Llévese una pareja de pichones míos a cambio, son una preciosidad. Tiene que venir a verlos. Usted no tiene pichones entre sus palomas.

-Está bien, señora, mi marido irá a verlos después del trabajo. Es muy aficionado a las cosas nuevas; así la complacerá a usted.

-¡Complacerme a mí! Será el mejor negocio que haya hecho en su vida. ¡Un par de pichones eclesiásticos por una pareja de malvadas aves españolas que se comen sus propios huevos! ¡Vaya presumiros están hechos usted y Fitchett! El faetón avanzó al son de las últimas palabras, dejando a la señora Fitchett riéndose y moviendo la cabeza con un «¡Claro, claro!», de lo cual se desprendía que hubiera encontrado la campiña más aburrida si la esposa del rector hubiera sido menos lenguaraz y tacaña. Lo cierto era que tanto los granjeros como los trabajadores de las parroquias de Freshitt y de Tipton hubieran sentido una triste falta de conversación de no ser por las historietas referentes a lo que decía y hacía la señora Cadwallader: dama de incomensurable alcurnia, descendiente, por así decirlo, de condes desconocidos, nebulosos como el amasijo de matices heroicos, que esgrimía su pobreza, recortaba precios y hacía chistes de la manera más campechana, pero de una forma que dejaba siempre claro quién era. Una dama así impregnaba de amabilidad vecinal tanto el rango como la religión, y mitigaba los sinsabores del diezmo inconmutado. Una personalidad mucho más ejemplar, con infusiones de agria dignidad, no hubiera mejorado la comprensión de los vecinos sobre los Treinta y nueve Artículos, y hubiera sido menos unificadora socialmente. El señor Brooke, enfocando los méritos de la señora Cadwallader desde diferente punto de vista, dio un pequeño respingo al serle anunciado su nombre en la biblioteca, donde estaba sentado solo.

-Veo que ha tenido aquí a nuestro Cicerón de Lowick -dijo, sentándose cómodamente, aflojándose el echarpe un poco y mostrando una figura delgada, pero bien hecha-. Sospecho que usted y él están tramando malas políticas, de lo contrario no vería tanto a ese animado señor. Informaré en contra de usted: recuerde que ambos son personajes sospechosos desde que apoyaron a Peel en lo de la Ley Católica. Le diré a todo el mundo que se presentará por Middlemarch con los liberales cuando dimita el viejo Pinkerton y que Casaubon le va a ayudar de forma soterrada: sobornando a los votantes con panfletos y abriendo las tabernas para distribuirlos. Venga, ¡confiese!

-Nada de eso -dijo el señor Brooke, sonriendo y limpiándose las gafas, pero en el fondo sonrojándose un poco ante la acusación-. Casaubon y yo no hablamos mucho de política. No se inquieta demasiado por el lado filantrópico de las cosas y todo eso. Sólo le interesan los asuntos de la iglesia. Y esa, ya sabe, no es mi línea de acción.

-¡Vaya si lo sé! Amigo mío, sé de sus andanzas. ¿Quién vendió su trocito de tierra a los papistas en Middlemarch? Estoy segura de que la compró a propósito. Es usted un perfecto Guy Faux. ¡Veremos si no queman una efigie suya este próximo 5 de noviembre! (1). Humphrey no quería venir a pelearse con usted por eso, así que he venido yo.

-Está bien. Estaba preparado para ser perseguido por no perseguir... no perseguir, ¿sabe?

-¡Ya empezamos! Vaya charlatanería se ha preparado para las elecciones. Mire, no deje que le engatusen, mi querido señor Brooke. Los hombres siempre hacen el ridículo cuando hacen discursos: no hay más solución que estar del lado adecuado y poder así pedir que bendigan su carraspeo y palabrería. Será su perdición, se lo advierto. Será la comidilla y el blanco de las opiniones de todos los partidos, y todos le acribillarán.

-Eso es lo que espero, ¿sabe? -dijo el señor Brooke, reacio a demostrar cuán poco le complacía este esbozo profético-, lo que espero por ser un hombre independiente. En cuanto a los liberales, no es probable que ningún partido enganche a quien va con los pensadores. Ese hombre podrá ir con ellos hasta un punto, ¿sabe?..., hasta un punto. Pero eso es lo que ustedes las señoras nunca entienden.

-¿Qué no entendemos? ¿Lo de su cierto punto? Pues no, no lo entendemos. Me gustaría saber cómo puede tener alguien un cierto punto si no pertenece a ningún partido, lleva una vida errante y jamás le da la dirección a sus amigos. «Nadie sabe dónde estará Brooke; no se puede contar con Brooke»... eso es lo que la gente dice de usted, si le soy sincera. Así, que, por favor, siente la cabeza. ¿Es que le gustaría ir a las sesiones con todo el mundo desconfiando de usted, con una mala conciencia y los bolsillos vacíos?

-No tengo intención de discutir de política con una dama -dijo el señor Brooke con aire de sonriente indiferencia, pero sintiéndose desagradablemente consciente de que este ataque de la señora Cadwallader había abierto la campaña defensiva a la que le habían expuesto algunas imprudencias-.
(1) Costumbre popular inglesa por la que en la noche del 5 de noviembre se queman monigotes. Conmemora la llamada «conspiración de la pólvora», o intento de volar el Parlamento en el siglo XVII.
El suyo no es un sexo de pensadores, ¿sabe?... vanum et wutabile semper.. Cosas así. No conoce usted a Virgilio. Yo conocí... -el señor Brooke reflexionó a tiempo que no había conocido personalmente al poeta clásico-, iba a decir el pobre Stoddart. Eso es lo que él decía. Ustedes las señoras siempre están en contra de una actitud independiente... el que a un hombre le interese sólo la verdad y ese tipo de cosas. No hay otro lugar en el país donde la opinión sea más limitada que aquí. No me refiero a que tiren piedras, pero... se necesita a alguien que tenga una línea independiente, y si yo no la tomo ¿quién lo hará?

-¿Que quién lo hará? Pues cualquier rastacueros que carezca de cuna y de posición. La gente de solera debería consumir en casa sus memeces independentistas y no airearlas. ¡Y más usted que va a casar a su sobrina, que es como una hija, con uno de nuestros mejores hombres! Sería una cruel incomodidad para Sir James; sería muy duro para él si usted ahora diera un giro y enarbolara la bandera liberal.

El señor Brooke dio otro respingo interior, pues no bien se había decido el compromiso de Dorothea que se le habían pasado por la mente las posibles mofas que haría la señora Cadwallader. Puede que resultara fácil para los observadores ignorantes decir «Pues peléese con la señora Cadwallader»; pero ¿dónde va a ir un caballero rural que se pelea con sus vecinos más antiguos? ¿Quién podría saborear el fino sabor del nombre Brooke si se empleaba sin ton ni son, como un vino sin marca? La verdad es que el hombre sólo puede ser cosmopolita hasta cierto punto.

-Espero que Chettam y yo seamos siempre buenos amigos, pero lamento decir que no es probable que se case con mi sobrina -dijo el señor Brooke, viendo con alivio por la ventana que Celia estaba a punto de entrar.

-¿Por qué no? -dijo la señora Cadwallader con una aguda nota de sorpresa en la voz-. Hace apenas quince días que usted y yo hablábamos de ello.

-Mi sobrina ha elegido a otro pretendiente. Le ha escogido, ¿sabe? Yo no he tenido nada que ver en el asunto. Yo hubiera preferido a Chettam, y hubiera dicho que Chettam era el hombre que cualquier mujer elegiría. Pero nunca se sabe en estas cosas. Su sexo es caprichoso, ¿sabe? -Pero, ¿con quién me está diciendo que va a dejar que se case? -la mente de la señora Cadwallader pasaba rápida revista a las posibilidades de elección de Dorothea.

Pero en este momento entró Celia, resplandeciente tras su paseo por el jardín, y el intercambio de saludos le ahorró al señor Brooke la necesidad de contestar inmediatamente. Se levantó con precipitación y con un «Por cierto, he de hablar con Wright de los caballos» salió presuroso de la habitación.

-Mi querida niña, ¿qué es esto? ¿Qué es esto del compromiso de tu hermana? -dijo la señora Cadwallader. -Está prometida al señor Casaubon -dijo Celia, recurriendo, como de costumbre, a la exposición más simple del hecho, y disfrutando de la oportunidad de hablar a solas con la mujer del rector.

-Pero, ¡qué espanto! ¿Desde cuándo?

-Sólo lo sé desde ayer. Se van a casar dentro de seis semanas.

-Pues bueno, hija mía, que disfrutes de tu cuñado. -Lo siento tanto por Dorothea.

-¿Que lo sientes? Pero, es cosa suya ¿no?

-Sí; dice que el señor Casaubon tiene un alma grande. -No lo pongo en duda.

-Pero señora Cadwallader, no creo que pueda ser muy agradable casarse con un hombre de alma muy grande. -Bueno, hija, pues ya estás avisada. Ya sabes el aspecto que tienen; cuando venga el siguiente y quiera casarse contigo, no le aceptes.
-Estoy segura de que no lo haría.

-Bien, con uno así en la familia basta. ¿Así que tu hermana nunca se interesó por Sir James Chettam? ¿Qué habrías dicho tú de tenerle como cuñado?

-Me hubiera gustado mucho. Estoy segura de que hubiera sido un buen marido. Lo único -añadió Celia con un leve sonrojo (a veces parecía sonrojarse al respirar)- es que no creo que le fuera a Dorothea.

-¿No vuela lo suficientemente alto?

-Dolo es muy estricta. Piensa todo tanto y es tan especial con todo lo que se dice. Sir James nunca pareció gustarla.

-Pues debe haberle alentado. Eso no es muy encomiable. -Por favor, no se enfade con Dodo; ella no ve las cosas. Le gustaba tanto la idea de las casitas, y la verdad es que a veces fue un poco brusca con Sir James; pero él es tan agradable que ni se dio cuenta.

-Bueno -dijo la señora Cadwallader, poniéndose el echarpe y levantándose como con prisa-. Debo ir directamente a ver a Sir James y comunicarle esto. Debe haberse traído a su madre y he de pasar a visitarla. Tu tío nunca se lo dirá. Esto es una desilusión para todos, hija. Los jóvenes deberían pensar en sus familias cuando se casan. Yo senté un mal ejemplo, me casé con un clérigo pobre, convirtiéndome en objeto de compasión de los De Bracys, obligada a obtener con estratagemas mis trozos de carbón y a rogarle al cielo mi sustento. Pero Casaubon tiene bastante dinero, todo hay que decirlo. En cuanto a su alcurnia, supongo que tendrá tres cuartas partes de jibia negra y una de comentarista rampante. Por cierto, antes de que me vaya, hija, tengo que hablar con vuestra señora Carter sobre pasteles. Quiero enviarle a mi joven cocinera para que aprenda. La gente pobre como nosotros, con cuatro hijos, no nos podemos permitir el lujo de una buena cocinera, ¿sabes? Espero que la señora Carter me haga ese favor. La cocinera de Sir James es una auténtica fiera.

En menos de una hora, la señora Cadwallader había convencido a la señora Carter y llegado a Freshitt Hall, que estaba cerca de su propia rectoría, siendo su marido residente en Freshitt y teniendo un coadjutor en Tipton.

Sir James Chettam había regresado del corto viaje que le había mantenido ausente un par de días, y se había cambiado, con la intención de ir a caballo a Tipton Grange. El caballo le esperaba a la puerta cuando la señora Cadwallader llegó y él apareció inmediatamente, fusta en mano. Lady Chettam aún no había vuelto, pero la misión de la señora Cadwallader no podía despacharse en presencia de los mozos, de modo que pidió que se la llevara al cercano invernadero para ver las plantas nuevas. En una parada contemplativa, dijo:

-Tengo para usted una gran sorpresa; espero que no esté tan enamorado como parece.

De nada servía protestar ante la manera que tenía la señora Cadwallader de exponer las cosas, pero el rostro de Sir James se mutó ligeramente y sintió una vaga alarma. -Creo verdaderamente que Brooke se va a poner en ridículo después de todo. Le acusé de tener intención de presentarse por Middlemarch con los liberales y puso cara de tonto y no lo negó. Habló de la línea independiente y las bobadas usuales.

-¿Nada más? -dijo Sir James con gran alivio. -¿Acaso -dijo la señora Cadwallader en tono más áspero-, acaso le gustaría verle convertido en hombre público de esa forma... una especie de memo político?

-Creo que tal vez se le pudiera disuadir. Le disgustarían los gastos.

-Eso mismo le dije yo. Es vulnerable a la razón en ese punto... unos granitos de sentido común en una onza de tacañería. La tacañería es una cualidad vital en las familias: es la manía más segura que puede adoptar la locura. Y algo de locura tiene que correr por la familia Brooke o no veríamos lo que estamos a punto de ver.

-¿El qué? ¿Brooke presentándose por Middlemarch? -Peor que eso. La verdad es que me siento un poco responsable. Siempre le dije que la señorita Brooke sería una esposa estupenda. Sabía que estaba llena de tonterías... todas esas simplezas metodistas. Pero estas cosas se les pasan a las chicas. Sin embargo, por una vez, me han cogido por sorpresa.

-¿Qué quiere decir, señora Cadwallader? -dijo Sir James. Su temor de que la señorita Brooke se hubiera escapado para unirse a la Hermandad Moravia(2) o alguna secta descabellada que la buena sociedad desconocía, quedaba un poco paliado por el conocimiento de que la señora Cadwallader siempre exageraba para peor-. ¿Qué le ha ocurrido a la señorita Brooke? Le ruego me lo diga.

-Está bien. Está prometida -la señora Cadwallader hizo una pausa, observando en el rostro de su amigo la expresión de profundo dolor que intentaba ocultar con una nerviosa sonrisa mientras se fustigaba las botas; enseguida añadió-: prometida a Casaubon.
(2) Comunidades cristianas fundadas en Bohemia en el siglo xv bajo la inspiración de jan Hus.
Sir James dejó caer la fusta y se agachó para recogerla. Tal vez su rostro nunca había acumulado anteriormente tanta repulsión concentrada como cuando se volvió hacia la señora Cadwallader y repitió:

-¿Casaubon?

-Así es. Ya sabe ahora a lo que venía.

-¡Por todos los santos! ¡Es espantoso! ¡Si es una momia! (Ha de comprenderse el punto de vista del rival lozano y decepcionado.)

-Dice que tiene un alma muy grande. ¡Querrá decir una gran vesícula donde le castañeteen los garbanzos!

-Pero, ¿quién le manda casarse con un viejo solterón como él? -dijo Sir James-. Si tiene un pie en la tumba. -Supongo que su intención será sacarlo.

-Brooke no debería permitirlo; debería insistir en que esto se aplazara hasta que ella fuera mayor de edad. Cambiaría de opinión entonces. ¿Para qué sirve un tutor?

-¡Cómo si se le pudiera arrancar una decisión a Brooke! -Cadwallader podría hablarle.

-¡Ni pensarlo! Humphrey encuentra a todo el mundo encantador. No consigo que injurie a Casaubon. Incluso habla bien del obispo, aunque yo le digo que es antinatural en un clérigo beneficiado: ¿qué se puede hacer con un marido que presta tan poca atención al decoro? Yo procuro ocultarlo lo mejor que puedo injuriando a todo el mundo personalmente. ¡Vamos, vamos, anímese! De buena se ha librado deshaciéndose de la señorita Brooke, una joven que le hubiera exigido ver las estrellas por el día. En confianza, la pequeña Celia vale el doble, y es probable que después de todo, sea el mejor partido. Esta boda con Casaubon es tanto como meterse en un convento.

-Por lo que a mí respecta, es por la señorita Brooke por quien pienso que sus amigos deberían ejercer su influencia. -Bueno, Humphrey no lo sabe aún. Pero cuando se lo diga, tenga por seguro que dirá «¿Por qué no? Casaubon es un buen tipo... y joven... suficientemente joven.» Estos seres tan caritativos no distinguen el vinagre del vino hasta que se lo han bebido y les ha dado un cólico. De todos modos, si yo fuera hombre, preferiría a Celia, sobre todo a falta de Dorothea. La verdad es que ha estado usted cortejando a la una y se ha ganado a la otra. Le admira casi tanto como un hombre espera que se le admire. Si no fuera yo quien le dijera esto, creería que es una exageración. ¡Adiós!

Sir James ayudó a la señora Cadwallader a subir al faetón y después montó su caballo. No pensaba renunciar a su paseo por las malas noticias de su amiga; cabalgaría con mayor rapidez en otra dirección que no fuera la de Tipton Grange.

Pero, ¿por qué se afanaba tanto la señora Cadwallader por el matrimonio de la señorita Brooke? ¿Por qué, cuando se frustraba una boda en la que le gustaba pensar que había tenido mano, habría de iniciar directamente los principios de otra? ¿Existía alguna ingeniosa trama, algún oculto curso de acción que una cuidadosa observación telescópica revelara? En absoluto: un telescopio podría haber barrido las parroquias de Tipton y Freshitt, el área recorrida por la señora Cadwallader en su faetón, sin presenciar entrevista alguna que levantara sospecha, o escena de la que no regresara con idéntica e imperturbable viveza de ojos y el mismo arrebolamiento. De hecho, si ese útil vehículo hubiera existido en los días de los Siete Sabios, uno de ellos sin duda habría comentado que no se puede saber mucho acerca de las mujeres siguiéndolas cuando van en sus faetones. Incluso enfocando una gota de agua bajo el microscopio nos encontramos haciendo interpretaciones que resultan bastante toscas, pues mientras que bajo una lente débil podemos creer ver un ser exhibiendo una activa voracidad en la cual otros seres más pequeños toman parte activa como si de diferentes contribuciones se tratara, una lente más potente revela ciertos diminutos pelillos que forman vórtices para estas víctimas mientras el consumidor espera pasivamente su clientela de costumbre. De la misma manera, metafóricamente hablando, una lente potente aplicada a las actividades casamenteras de la señora Cadwallader, demostrará un juego de diminutas causas que producen lo que podría llamarse vórtices de pensamiento y de palabra que le proporcionaban el alimento que ella requería.

Su vida era de una sencillez rural, totalmente exenta de secretos enrarecidos, peligrosos o de otro modo importantes, y no estaba conscientemente afectada por los grandes asuntos del mundo. Estos le interesaban tanto más cuando le eran comunicados por cartas de parientes de alcurnia: la forma en que los fascinantes hijos menores se habían echado a perder casándose con sus amantes; la rancia idiotez del pequeño Lord Tapir, los furibundos y gotosos cambios de humor del viejo Lord Megatherium; el cruce exacto de genealogías que había traído una corona a una nueva rama y abierto las relaciones del escándalo... Estos eran tópicos de los cuales retenía detalles con suma precisión, y los reproducía en una estupenda almalgama de epigramas, de los cuales ella misma disfrutaba inmensamente, puesto que creía en el buen linaje y el mal linaje con igual certeza que en la caza y las plagas. Jamás hubiera renegado de alguien por motivos de pobreza: un De Bracy que se viera obligado a comer en una jofaina le hubiera parecido un ejemplo conmovedor que merecía la pena exagerar, y me temo que los vicios aristocráticos del mismo no la hubieran horrorizado. Pero sus sentimientos contra los ricos vulgares constituían una especie de odio religioso; probablemente habían hecho su dinero a base de altos precios al por menor, y la señora Cadwallader detestaba los precios altos de todo cuanto no se pagara en especie en la rectoría: esas personas no formaban parte del diseño de Dios al crear el mundo, y su acento era un dolor para el odio. Una ciudad en la que abundaban semejantes monstruos apenas era más que una comedia pobre, y que no podía ser tenida en cuenta en un proyecto civilizado del universo. Aquella dama que se sienta inclinada a juzgar con dureza a la señora Cadwallader debería pocear en la comprensión de sus propios maravillosos puntos de vista y asegurarse de que proporcionan acomodo a todas las vidas que tienen el honor de coexistir con la suya.

Con una mente así, activa como el fósforo, dando a bocados la forma precisa a cuanto se le ponía a tiro, ¿cómo iba a pensar la señora Cadwallader que las señoritas Brooke y sus perspectivas matrimoniales le eran ajenas? Sobre todo cuando durante años había sido su costumbre reñir al señor Brooke con la franqueza más amistosa y, en confianza, hacerle saber que le consideraba un pobre ser. Desde que las jóvenes llegaran a Tipton, había planeado la boda de Dorothea con Sir James, y de haberse llevado a cabo hubiera estado segura de que era gracias a ella. El hecho de que no se efectuara después de que ella lo hubiera preconcebido le producía una irritación con la que todo pensador simpatizará. Era el diplomático de Tipton y Freshitt y que ocurriera algo a pesar suyo constituía una ofensiva irregularidad. En cuanto a extravagancias como ésta de la señorita Brooke, la señora Cadwallader no tenía paciencia para soportarlas, y se daba ahora cuenta de que su opinión sobre la chica se había visto infectada por la débil tolerancia de su marido: esos caprichos metodistas, ese aire de ser más piadosa que el rector y el coadjutor juntos, provenían de una enfermedad más profunda y constitucional de lo que la señora Cadwallader había estado dispuesta a creer.

-Sin embargo -se dijo la señora Cadwallader primero a sí misma y posteriormente a su marido-, la doy por perdida; había la posibilidad de haberse casado con Sir James, de que se hubiera convertido en una mujer cuerda y sensata. El jamás le hubiera llevado la contraria, y cuando no se contradice a una mujer, deja de tener motivos para obstinarse en sus absurdos. Pero ahora le deseo suerte con su camisa de saco. Así pues, la señora Cadwallader debía determinar otra alianza para Sir James, y habiendo decidido que sería la menor de las señoritas Brooke, no podía haber habido un movimiento más hábil hacia el éxito de su plan que la insinuación al barones de que había causado una impresión en el corazón de Celia. Pues no era uno de esos caballeros que suspiran por la inalcanzable manzana de Safo que se ríe desde la rama más alta, ni por los encantos que sonríen como el puñado de prímulas en el acantilado, Inalcanzables para la mano ansiosa.

No tenía sonetos por escribir, y no le podía antojar agradable el no ser el objeto de preferencia de la mujer que él había escogido. El mero conocimiento de que Dorothea había elegido al señor Casaubon había mermado su afecto y moderado su intensidad. Aunque Sir James era un deportista, tenía por las mujeres otros sentimientos que por los urogallos y los zorros, y no consideraba a su futura esposa a la luz de una presa, valiosa principalmente por la emoción de la caza. Tampoco estaba tan versado en los hábitos de las razas primitivas como para sentir que un combate ideal por ella, hacha de guerra en mano, por así decirlo, fuera necesario para la continuidad histórica del vínculo matrimonial. Al contrario, poseyendo la afable vanidad que nos liga a aquellos que nos quieren y nos hace rechazar a quienes nos son indiferentes, así como una naturaleza bondadosa y agradecida, la mera idea de que una mujer tenía una atención con él tejía pequeñas hebras de ternura desde su corazón hasta el de ella.

Sucedió que, tras haber cabalgado Sir James bastante aprisa durante media hora en dirección opuesta a Tipton Grange, redujo el paso, y finalmente cogió una carretera que le llevaría de vuelta por un atajo. Diversos sentimientos forjaron en él la decisión de acercarse después de todo a Tipton Grange, como si nada nuevo hubiera ocurrido. No podía dejar de alegrarse de no haber hecho la petición y verse rechazado; la mera educación amistosa exigía que pasara a ver a Dorothea por lo de las casitas, y ahora felizmente la señora Cadwallader le había preparado para ofrecer su enhorabuena, de ser necesario, sin demostrar excesivo aturdimiento. Lo cierto es que no le gustaba renunciar a Dorothea, le resultaba muy penoso; pero había algo en la resolución de hacer esta visita de inmediato y vencer todo atisbo de sentimiento que constituía una especie de pungimiento y revulsivo. Y sin que reconociera el impulso claramente, también pesaba el saber que Celia estaría allí, y que debía prestarle mayor atención de lo que había hecho hasta entonces.

Nosotros los mortales, hombres y mujeres, devoramos muchas desilusiones entre el desayuno y la cena, refrenamos el llanto y palidecen nuestros labios, y, en respuesta a las preguntas, decimos: «¡Nada, no pasa nada!» El orgullo nos ayuda; y el orgullo no es mala cosa cuando sólo nos impulsa a esconder nuestro dolor, no a herir a los demás.