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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 67.
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El alma está ahora en guerra civil;
El acuerdo ha sido arrojado del trono
Por la clamorosa necesidad,
Y el orgullo, que es su gran visir,
Hace con ella pacto, y desempeña
La flexible misión de mensajero
Y diestro apologista de rebeldes hambrientos.

Felizmente Lydgate había terminado perdiendo en los billares, saliendo sin ánimos de atacar de nuevo por sorpresa a la fortuna. Al contrario, se sintió molesto consigo mismo al día siguiente cuando hubo de pagar cuatro o cinco libras por encima de sus ganancias, y cargar con la desagradable visión de la imagen que había dado, no sólo codeándose con los hombres del Dragón Verde, sino comportándose igual que ellos. Un filósofo que apuesta apenas se distingue de un inculto en las mismas circunstancias: la diferencia provendrá principalmente de las reflexiones posteriores, y en ese sentido Lydgate rumió desagradablemente. Su razón le señaló cómo el asunto hubiera podido desembocar en la ruina por un leve cambio de escenario... de haber entrado en una casa de juego, donde la suerte se podía asir con ambas manos en lugar de cogerla con el índice y el pulgar. De todas formas, aunque la razón ahogaba el deseo de jugar, permaneció en él la sensación de que, de tener garantizada la suerte en la dosis requerida, le hubiera gustado jugar antes que aceptar la alternativa que empezaba a imponérsele como inevitable.

Esa alternativa era dirigirse al señor Bulstrode. Lydgate se había vanagloriado tantas veces ante sí mismo y ante otros de ser totalmente independiente de Bulstrode, a cuyos planes se había prestado exclusivamente porque le permitían llevar a cabo sus conceptos de labor profesional y de provecho público; tantas veces, en su relación personal, había mantenido su orgullo la sensación de que estaba poniendo a un buen uso social a aquel banquero prepotente, cuyas opiniones consideraba despreciables y cuyos motivos a menudo le parecían una absurda mezcla de impresiones contradictorias, que se había creado grandes obstáculos teóricos contra una petición considerable en beneficio propio.

No obstante, a principios de marzo sus asuntos se hallaban en ese punto en el que los hombres empiezan a decir que juraron desde la ignorancia y a percatarse de que la actuación que habían calificado de imposible en ellos se va convirtiendo en manifiestamente posible. Con la desagradable garantía de Dover a punto de vencer, los ingresos de la clientela absorbidos de inmediato por las deudas atrasadas, la posibilidad, si llegaba a saberse lo peor, de que les negaran los suministros diarios a cuenta, y sobre todo, la imagen de descontento de Rosamond persiguiéndole constantemente, Lydgate empezó a ver que debería rebajarse y pedirle ayuda a alguien. En un principio había considerado escribir al señor Vincy, pero preguntándole a Rosamond averiguó que, como sospechara, ella ya había acudido a su padre en dos ocasiones, la última después de la desilusión producida por Sir Godwin, y papá había dicho que Lydgate debía apañárselas. «Papá dijo que con un mal año tras otro, comerciaba cada vez más con capital prestado, y había tenido que renunciar a muchos caprichos: no podía prescindir ni de cien libras. Dijo: que se lo pida a Bulstrode: siempre han sido uña y carne.»

Lo cierto era que el propio Lydgate había llegado a la conclusión de que si tenía que terminar por pedir un préstamo sin interés, su relación con Bulstrode, más que con cualquier otra persona, podría proporcionarle un derecho que no era estrictamente personal. Indirectamente Bulstrode había contribuido al fracaso de su consulta, y también se había sentido gratamente satisfecho de contar con un socio médico para sus planes: pero, ¿quién de nosotros se ha visto reducido a la dependencia de Lydgate sin intentar creer que tiene derechos que aminoran la humillación de pedir? Era cierto que últimamente parecía haber disminuido el interés de Bulstrode por el hospital; pero su salud había empeorado y mostraba síntomas de una afección nerviosa profunda. Por lo demás no presentaba cambios: siempre había sido extremadamente educado, pero Lydgate había observado en él desde el principio una marcada frialdad respecto de su matrimonio y otras circunstancias personales, una frialdad que prefería a cualquier familiaridad entre ellos. Retrasaba su intención día a día, debilitado su hábito de actuar de acuerdo con sus conclusiones por la repugnancia a cualquier conclusión posible y los actos que exigiera. Veía con frecuencia al señor Bulstrode pero no intentó aprovechar ninguna ocasión para sus motivos personales. En un momento pensó, «Escribiré una carta: lo prefiero a una tortuosa conversación»; en otro, pensó, «No, si hablara con él podría dar marcha atrás ante cualquier signo negativo».

Pasaban los días y la carta no se escribía ni se buscaba la entrevista. Al huir de la humillación de una actitud de dependencia hacia Bulstrode, su imaginación empezó a familiarizarse con otra medida aún menos parecida a su forma de ser. Empezó a considerar espontáneamente si sería posible llevar acabo la pueril idea de Rosamond que tantas veces le había enfadado, a saber, marcharse de Middlemarch sin pensar en lo que vendría después. Surgía la pregunta... «¿Habría alguien que me comprara la consulta, incluso ahora con lo poco que vale? Así, podría llevarse a cabo la subasta como preparación necesaria para marcharme.»

Pero en contra de este paso, que seguía considerando un despreciable abandono de su trabajo actual, una desviación avergonzada de lo que era real y pudiera convertirse en un canal cada vez más ancho para una actividad digna, y todo ello para empezar de nuevo sin destino justificado, existía un obstáculo: que el comprador, caso de existir, podía tardar en presentarse. ¿Y después? Rosamond, en una vivienda humilde, aunque fuera en la mayor de las ciudades o la más lejana, no encontraría la vida que la salvara de la tristeza y le salvara a él del reproche de haber sumido en ella a su esposa. Pues cuando un hombre se encuentra al pie de la colina del éxito, puede quedarse allí mucho tiempo a pesar de su competencia profesional. En el clima británico, no hay incompatibilidad entre la intuición científica y una vivienda amueblada: la incompatibilidad se da principalmente entre la ambición científica y una esposa que rechaza esa clase de residencia.

Pero en medio de sus titubeos, la oportunidad vino a decidirle. Una nota del señor Bulstrode le pidió a Lydgate que fuera a verle al banco. últimamente se había manifestado en el banquero una tendencia hipocondríaca, y la falta de sueño, que no era más que una ligera acentuación de un síntoma dispépsico habitual, se le había antojado como síntoma de una posible demencia. Quería consultar con Lydgate sin más tardanza esa misma mañana, aunque no podía añadir nada nuevo a lo que el médico ya sabía. Escuchó atentamente cuanto le dijo Lydgate para tranquilizarle, si bien esto también era mera repetición, y este momento en que Bulstrode recibía la opinión médica con un sentimiento de alivio parecía hacer más fácil de lo que Lydgate había pensado de antemano, el comunicarle una necesidad personal. Había estado insistiendo en lo bueno que le resultaría al señor Bulstrode desentenderse un poco de los negocios.

-Se ve que cualquier esfuerzo mental, por leve que sea, puede afectar a una constitución delicada -dijo Lydgate llegado el punto de la consulta en el que los comentarios suelen pasar de lo particular a lo general-, cuando observamos la profunda huella que deja la ansiedad durante un tiempo, incluso en los jóvenes y vigorosos. Yo soy muy fuerte por naturaleza y sin embargo me he visto muy afectado últimamente por una acumulación de problemas.

-Supongo que una constitución en el estado debilitado de la mía sería especialmente propensa a caer víctima del cólera, caso de que nos llegara al distrito. Y desde su aparición en Londres, haríamos bien en asediar el trono divino con peticiones de protección -dijo el señor Bulstrode, sin intención de soslayar la alusión de Lydgate, sino verdaderamente preocupado por sí mismo.

-En todo caso, usted ha asumido su parte de responsabilidad a la hora de tomar precauciones en la ciudad, y ese es el mejor modo de pedir protección -dijo Lydgate, resintiendo tanto más la metáfora incompleta y la lógica defectuosa de la religión del banquero por su aparente sordera ante los problemas ajenos. Pero su mente había recogido el movimiento largo tiempo gestado en busca de ayuda, y no pensaba interrumpirse. Añadió-: la ciudad ha hecho mucho respecto de la limpieza y la búsqueda de medios materiales, y creo que si nos llegara el cólera, incluso nuestros enemigos tendrán que admitir que la organización del hospital resultaría de utilidad pública.

-Cierto -dijo el señor Bulstrode con cierta frialdad-. Respecto de lo que usted dice, señor Lydgate, sobre que ceda un poco en mi ocupación mental, llevo algún tiempo pensando en algo... en algo muy concreto. Estoy considerando retirarme al menos temporalmente de la dirección de gran parte de mis negocios, sean de tipo benéfico o comercial. También pienso cambiar mi residencia durante un tiempo; probablemente cierre o alquile The Shrubs y me vaya a algún lugar cercano a la costa previa información acerca de la salubridad, por supuesto. ¿Aconsejaría usted esta medida?

-Por supuesto -dijo Lydgate recostándose en la silla con impaciencia mal disimulada ante los ojos pálidos y preocupados del banquero y su intensa alarma personal.

-Desde hace tiempo pienso que debería hablar este tema con usted en relación a nuestro hospital -continuó Bulstrode-. En las circunstancias que he expresado, debo, por supuesto, dejar toda participación personal en el funcionamiento, y va en contra de mi sentido de la responsabilidad continuar aportando una considerable cantidad a una institución que no puedo atender y, en cierta medida, dirigir. Por tanto, caso de que prospere mi decisión de abandonar Middlemarch, retiraré del nuevo hospital cualquier otra ayuda que la que se mantendrá por el hecho de haber sido yo quien corrió principalmente con los gastos de su edificación, aparte de haber contribuido a su funcionamiento con ulteriores cantidades importantes.

Cuando Bulstrode, según su costumbre, hizo una pausa, Lydgate pensó, «Debe tal vez haber perdido bastante dinero». Era la explicación más plausible al pequeño discurso que producía un cambio alarmante en sus esperanzas.

-Me temo que será difícil remediar la pérdida para el hospital -respondió.

-Pues sí -dijo Bulstrode, con el mismo tono suave y decidido-, excepto mediante algún cambio de planes. La única persona con quien se puede contar definitivamente para aumentar su contribución es la señora Casaubon. He hablado con ella del tema y le he indicado, como le indico a usted ahora, que será necesario lograr un apoyo más generalizado para el nuevo hospital, mediante un cambio de sistema.

Hubo otra pausa, pero Lydgate guardó silencio.

-El cambio al que me refiero es una fusión con la enfermería, de forma que el nuevo hospital se considere un anexo especial de la antigua institución, con el mismo consejo de administración. Asimismo, será preciso que se unifique la dirección médica. De esta forma se eliminará cualquier dificultad respecto del mantenimiento del nuevo establecimiento; los intereses benéficos de la ciudad dejarán de estar divididos.

El señor Bulstrode había bajado la vista desde el rostro de Lydgate a los botones de su levita e hizo una nueva pausa. -Sin duda es un buen plan respecto al mantenimiento del hospital -dijo Lydgate con un punto de ironía en su tono de voz-. Pero no creo que se pueda esperar de mí que me sienta entusiasmado con él puesto que uno de los primeros resultados será que los otros médicos trastornarán o interrumpirán mis métodos, aunque sólo sea porque son los míos.

-Personalmente, y como usted sabe, señor Lydgate, yo valoro enormemente la oportunidad de procedimientos nuevos e independientes que usted ha puesto diligentemente en práctica: el plan original, lo confieso, significaba mucho para mí, siempre sometido a la voluntad divina. Pero puesto que la providencia me exige una renuncia, así lo hago.

Bulstrode demostraba una habilidad bastante desesperante en su conversación. La metáfora incompleta y la lógica defectuosa que habían suscitado el desprecio de Lydgate eran muy consistentes con una forma de exponer los hechos que hacían que al médico le resultara difícil manifestar su indignación y desilusión. Tras una rápida reflexión, se limitó a preguntar:

-¿Qué dijo la señora Casaubon?

-Esa es la otra cosa que quería decirle -dijo Bulstrode que había preparado muy a fondo su explicación pastoral-. Como usted sabe, es una mujer de disposición sumamente generosa, y, afortunadamente en posesión... no diré de una gran fortuna, pero sí de fondos muy sobrados. Me ha informado que pese a que había destinado la mayor parte de esos fondos a otro menester, está dispuesta a considerar si no podría reemplazarme a mí respecto del hospital. Pero desea tiempo suficiente para madurar sus ideas sobre el tema y le he dicho que no hay prisa, que de hecho, mis planes aún no están totalmente decididos.

Lydgate estaba a punto de decir «Si la señora Casaubon le sustituye habría una ganancia y no una pérdida». Pero la losa que pesaba sobre su mente detuvo esa jovial ingenuidad y respondió:

-Entonces, entiendo que puedo tratar el tema con la señora Casaubon.

-Exactamente; ese es su deseo. Dice que su decisión dependerá en gran parte de lo que usted le diga. Pero no por el momento; tengo entendido que se dispone a salir de viaje. Tengo aquí su carta -dijo el señor Bulstrode sacándola y leyendo-: «De momento estoy ocupada. Voy a Yorkshire con Sir James y Lady Chettam y las conclusiones a las que llegue respecto de algunas tierras que he de ver allí pueden afectar mis posibilidades de contribuir al hospital». Por tanto, señor Lydgate, no hay ninguna premura en este asunto, pero quería advertirle de antemano de lo que pudiera suceder.

El señor Bulstrode volvió a guardar la carta en el bolsillo y cambió de actitud, como cerrando el asunto. Lydgate, cuya renacida esperanza respecto al hospital no hacía más que subrayar los hechos que la envenenaban, supo que, si había de buscar ayuda, debía hacerlo en ese momento y con decisión.

-Le quedo muy agradecido por ponerme tan al corriente -dijo con voz firme pero entrecortando las palabras lo que demostraba que le costaba pronunciarlas-. Mi profesión es lo más importante para mí, y había identificado el hospital con el mejor uso que de momento puedo hacer de mis conocimientos. Pero el mejor uso no coincide siempre con el éxito económico. Todo lo que ha hecho impopular al hospital ha contribuido, junto con otras causas -pienso que están todas relacionadas con mi celo profesional- a hacerme impopular como médico. Principalmente tengo pacientes que no pueden pagarme. Serían los que más me gustan si yo no tuviera que pagar a nadie -Lydgate esperó un poco pero Bulstrode se limitó a asentir mientras le miraba fijamente, y el médico continuó de la misma forma entrecortada como si mordiera algo a disgusto.

-He incurrido en dificultades económicas de las que no veo la manera de salir, salvo que alguien que confía en mí y en mi futuro me adelantara una cantidad sin otra garantía. Cuando llegué aquí me quedaba muy poca fortuna. No tengo perspectivas de dinero por parte de mi familia. Mis gastos, a consecuencia de mi matrimonio, han sido mucho más grandes de lo que esperaba. El resultado en este momento es que necesitaría mil libras para salir adelante. Me refiero para librarme del riesgo de tener que vender todos mis bienes como garantía de la deuda más importante... además de saldar otras deudas... y guardar un pequeño remanente que nos mantenga un poco por delante de nuestros exiguos ingresos. Es de todo punto imposible que el padre de mi esposa proporcione semejante adelanto. Esa es la razón de que mencione mi situación a... al único otro hombre que puede considerarse que tiene alguna relación personal con mi prosperidad o mi ruina.

A Lydgate le repelió oírse a sí mismo. Pero ya había hablado y lo había hecho de forma inequívocamente directa. El señor Bulstrode respondió sin premura pero también sin vacilar.

-Me apena, si bien no me sorprende esta información, señor Lydgate. Por mi parte, siento su vinculación a la familia de mi cuñado, que siempre ha sido de hábitos pródigos y que ya está muy en deuda conmigo por contribuir a mantenerles en su posición actual. Yo le aconsejaría, señor Lydgate, que en lugar de contraer nuevas obligaciones y continuar una lucha de dudoso resultado, simplemente se declarara en bancarrota.

-Eso no mejoraría mis perspectivas -dijo Lydgate levantándose y hablando con amargura-, aunque en sí fuera algo más agradable.

-Nos ponen a prueba constantemente -dijo el señor Bulstrode-, pero ése, señor mío, es nuestro sino aquí, y un correctivo necesario. Le recomiendo que sopese mi consejo.

-Muchas gracias -dijo Lydgate, sin saber muy bien lo que decía-. Le he entretenido demasiado. Buenos días.