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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 66.
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Una cosa es que nos tienten,
Escalo, Y otra es caer.
(Medida por medida.)

Lydgate tenía ciertamente buenas razones para reflexionar sobre lo que le reportaba su profesión como contrapeso a sus cuitas personales. Ya no disponía de la suficiente energía para la investigación espontánea y el pensamiento especulativo, pero junto al lecho de sus pacientes los llamamientos directos a su criterio y a su comprensión aportaban el impulso necesario para sacarle de su ensimismamiento. No era simplemente ese arnés benéfico de la rutina que permite a los tontos vivir respetablemente y a los infelices vivir con tranquilidad; era una exigencia constante de nuevas e inmediatas aplicaciones del pensamiento, así como de tener en cuenta las necesidades y angustias de los demás. Muchos de nosotros, al echar la vista atrás, diríamos que el ser más amable que hemos conocido fue un médico, o tal vez aquel cirujano cuyo fino tacto, guiado por una bien informada percepción, nos socorrió con una caridad más sublime que la de los taumaturgos. Algo de esa caridad doblemente bendita seguía siempre a Lydgate en su trabajo en el hospital o en las casas particulares, sirviéndole mejor que cualquier opiato para tranquilizarle y sostenerle en sus ansiedades y su sensación de degeneración mental.

Sin embargo, la sospecha del señor Farebrother respecto del opiato era cierta. Bajo la primera amarga presión de dificultades previstas y la primera percepción de que su matrimonio, si no había de ser una soledad uncida, debía convertirse en un continuo esfuerzo por seguir amando sin que le inquietara demasiado el que le amaran, Lydgate había probado una o dos veces una dosis de opio. Pero carecía de un deseo hereditario por tan fugaces escapatorias de las guaridas de la miseria. Era fuerte, podía beber bien pero no le interesaba, y cuando los hombres a su alrededor bebían alcohol, él tomaba agua con azúcar, pues sentía una despectiva lástima por la agitación que producían incluso las primeras fases de la bebida. Lo mismo le ocurría con el juego. Había visto jugar mucho en París, observándolo como si fuera una epidemia, y no se sentía más tentado por ganancias así que por el alcohol. Se había dicho a sí mismo que las únicas ganancias que le interesaban debían obtenerse mediante un proceso consciente de elevadas y difíciles combinaciones que tendieran hacia un resultado positivo. El poder que codiciaba no se podía representar mediante unos dedos afanosos asiendo un montón de monedas, ni por el triunfo medio salvaje medio idiota en los ojos de quien abarca entre sus brazos las desventuras de veinte alicaídos compañeros.

Pero así como había probado el opio, empezó ahora a pensar en el juego no por afán de emociones sino por una especie de añoranza por una forma tan fácil de obtener dinero, que no conllevaba el pedir y no traía responsabilidades. De haber estado entonces en Londres o en París, es probable que tales pensamientos, secundados por la oportunidad, le hubieran llevado a una casa de juego, ya no para observar a los jugadores sino para observarles con consanguínea avaricia. La repugnancia se hubiera visto vencida por la perentoria necesidad de ganar, si la suerte era próvida y le dejaba. Un incidente que tuvo lugar no mucho después de que descartara la vaga noción de obtener ayuda de su tío fue una poderosa indicación del resultado que pudiera haber surtido cualquier oportunidad real de ganar.

El billar del Dragón Verde era el refugio constante de determinado grupo, la mayoría de cuyos componentes, como nuestro conocido señor Bambridge, eran tenidos por hombres disolutos. Era aquí donde el pobre Fred Vincy había contraído parte de su memorable deuda, al perder dinero en apuestas y verse obligado a pedirle dinero a su alegre acompañante. En Middlemarch se sabía abiertamente que de aquella forma se ganaba y se perdía mucho dinero; y la consiguiente fama del Dragón Verde como lugar de disipación naturalmente acrecentaba la tentación de visitarlo. Es probable que los asiduos, como los iniciados en la masonería, desearan que algo más emocionante se guareciera allí en secreto, pero no eran una comunidad cerrada y muchos ciudadanos respetables mayores, además de los jóvenes, se pasaban de vez en cuando por la sala de billar para ver lo que ocurría. Lydgate, que poseía la musculatura precisa además del gusto por el billar, había cogido el taco una o dos veces en el Dragón Verde en los primeros días de su llegada a Middlemarch; más adelante no dispuso ni del solaz para el juego ni de la inclinación por la clientela. Sin embargo, una noche hubo de buscar allí al señor Bambridge. El tratante se había comprometido a buscarle un comprador para el único caballo bueno que le quedaba, que Lydgate había decidido sustituir por un jamelgo barato esperando obtener veinte libras con este apeamiento, pues toda pequeña cantidad le interesaba ahora como ayuda para alimentar la paciencia de sus proveedores. Le ahorraría tiempo subir de pasada a la sala de billares.

El señor Bambridge aún no había llegado pero seguro que aparecería, le explicó su amigo el señor Horrock; y Lydgate se quedó, jugando una partida para pasar el tiempo. Esa noche tenía ese brillo especial en los ojos y la insólita vivacidad que una vez observara en él el señor Farebrother. El hecho excepcional de su presencia se comentó mucho en la sala, que estaba bastante llena y donde varios espectadores, así como algún jugador, apostaban animadamente. Lydgate estaba jugando bien y se sentía confiado; las apuestas continuaban a su alrededor y ante la rápida consideración de la probable ganancia que podría doblar la suma ahorrada con el caballo, empezó a apostar por su propio juego, ganando una y otra vez. El señor Bambridge ya había entrado pero Lydgate no se fijó en él. No sólo estaba exaltado con su juego sino que se empezaba a plantear el ir al día siguiente a Brassing, donde se jugaba a mayor escala y donde, con un poderoso zarpazo al cebo del diablo, podría llevárselo sin quedar atrapado en el anzuelo, comprando así su liberación de los requerimientos diarios.

Seguía ganando cuando entraron dos nuevas visitas. Una de ellas era un Hawley, joven recién llegado de estudiar Derecho en Londres, y el otro era Fred Vincy, que últimamente había pasado varias noches en este antiguo refugio suyo. El joven Hawley, un consumado jugador de billar, aportó frescura al taco. Pero Fred Vincy, sorprendido de ver a Lydgate y asombrándole el que apostara con aire exaltado, permaneció alejado del círculo en torno a la mesa.

Ultimamente, Fred había estado recompensando su seriedad con un poco de relajamiento. Llevaba seis meses trabajando a fondo con el señor Garth en tareas al aire libre, y por mor de una severa disciplina casi había superado su defectuosa caligrafía, disciplina tal vez un poco menos rígida dado que con frecuencia se llevaba a cabo por las noches en casa del señor Garth bajo la mirada de Mary. Pero durante la última quincena, Mary se había quedado en la rectoría de Lowick con las señoras puesto que el señor Farebrother estaba en Middlemarch llevando a cabo unos planes parroquiales. Fred, a falta de cosas más agradables que hacer, había entrado en el Dragón Verde, en parte para jugar al billar, en parte para saborear de nuevo las antiguas conversaciones sobre caballos, deportes y otras generalidades, desde un punto de vista no del todo reglamentario. No había ido de caza ni una sola vez esta temporada, no poseía caballo propio, desplazándose principalmente con el señor Garth en su calesín, o sobre la sobria jaca que Caleb podía prestarle. Fred empezaba a pensar que era un poco demasiado esto de enderezarle con más rigidez que si hubiera sido un clérigo. «Te diré algo señorita Mary... va a resultar más árduo aprender agrimensura y a dibujar planos de lo que hubiera sido escribir sermones -la había dicho, queriendo que advirtiera lo que hacía por ella-; y respecto a Hércules y Teseo, a mi lado no fueron nada. Se divertían y jamás aprendieron una caligrafía de contable.» Y ahora que Mary estaba fuera unos días, Fred, como cualquier otro perro fuerte que no puede deshacerse del collar, había arrancado la argolla de su cadena para hacer una pequeña escapada, sin intención de ir muy lejos ni muy rápido. No podía existir motivo para no jugar al billar, pero estaba decidido a no apostar. En cuanto al dinero, Fred tenía ahora el heroico propósito de ahorrar la mayor parte de las ochenta libras que el señor Garth le ofrecía, y devolverlas, lo cual podía hacer con facilidad renunciando a los gastos inútiles, puesto que tenía ropa en demasía y no tenía manutención que pagar. De esa forma podría, en un año, avanzar mucho en la devolución de las noventa libras de las que había privado a la señora Garth, desgraciadamente en un momento en el que le eran más necesarias que ahora. Sin embargo, hay que reconocer que esta noche, la quinta de sus recientes visitas a la sala de billar, Fred no tenía en el bolsillo pero sí en la mente las diez libras que pensaba quedarse del salario de medio año (teniendo por delante el placer de llevarle treinta libras a la señora Garth cuando Mary volviera a estar en casa) -diez libras en la mente como un fondo del cual poder arriesgar algo si surgía la oportunidad de una buena apuesta. ¿Y por qué? Pues porque ¿cuál era la razón para que no cogiera alguna moneda cuando éstas volaban a su alrededor? No volvería a caminar mucho por esa senda, pero a un hombre le gusta asegurarse, y a los libertinos aún más, de cuánta maldad podría hacer si quisiera, y de que si se abstiene de ponerse enfermo, o de convertirse en un mendigo, o de expresarse con la máxima libertad que los exiguos límites de la capacidad humana permiten, no es porque sea un tonto. Fred no entró en las razones formales, que son una manera muy artificial e inexacta de representarse la vuelta cosquilleante de un antiguo hábito, y los caprichos de la sangre joven; pero esa noche le rondaba una sensación profética de que cuando empezara a jugar empezaría también a apostar... de que bebería ponche y, en general, se prepararía para sentirse «algo mustio» por la mañana. Es en movimientos indefinibles como estos que a menudo comienza la acción.

Pero lo último que a Fred se le hubiera pasado por la imaginación era que vería a su cuñado Lydgate -acerca del cual no había descartado por completo su antigua opinión de que era un pedante muy consciente de su superioridad-, muy animado y apostando, tal y como podría haberlo hecho él mismo. A Fred le impactó más de lo debido el hecho de saber vagamente que Lydgate estaba endeudado y que su padre le había denegado su ayuda, y su propio impulso de sumarse a la partida se vio de pronto frenado. Fue una extraña inversión de actividades: el rostro claro y los ojos azules de Fred, normalmente vivos y despreocupados y dispuestos a atender cuanto encerrara una promesa de diversión, aparecían ahora involuntariamente serios y casi avergonzados, como ante la visión de algo inadecuado; mientras que Lydgate, que solía emanar un aire de fuerza serena y esconder cierta reflexividad tras incluso la más pendiente atención, actuaba, observaba, y hablaba con esa exaltada conciencia puntual que recuerda a un animal de fieros ojos y uñas retráctiles. Lydgate, apostando por sus propias jugadas, había ganado dieciséis libras, pero la llegada del joven -Hawley había cambiado las tornas. Realizaba jugadas de primera calidad, y empezó a apostar contra Lydgate cuya tensión nerviosa se vio transferida de una simple confianza en sus propios movimientos a desafiar las dudas que sobre los mismos abrigaba otra persona. El desafío era más emocionante que la confianza pero menos seguro. Continuó apostando por su juego pero fallaba con frecuencia. No obstante siguió, pues tenía la mente tan encajonada en la profunda sima del juego como si hubiera sido el mirón más ignorante de la sala. Fred se dio cuenta de que Lydgate perdía con rapidez y se encontró en la situación desconocida de ingeniarse algo mediante lo cual, sin ser ofensivo, pudiera desviar la atención de Lydgate y tal vez sugerirle una razón para marcharse. Vio que otros observaban el inusitado comportamiento de su cuñado y se le ocurrió que tal vez el simple acto de tocarle el codo y llevárselo a un lado un minuto bastara para sacarle de su ensimismamiento. No se le ocurrió nada más brillante que la osada improbabilidad de decir que quería ver a Rosy y deseaba saber si se encontraba en casa, y se disponía a lanzarse a aquel desesperadamente ingenuo ardid cuando se le acercó un camarero con el mensaje de que el señor Farebrother estaba abajo y quería hablar con él.

A Fred le sorprendió y no del todo gratamente, pero enviando recado de que bajaría al momento, se acercó con renovado impulso a Lydgate y con un «¿Puedo hablar contigo un momento?» se lo llevó a un lado.

-Farebrother me acaba de mandar recado de que quiere hablar conmigo. Está abajo. Pensé que te gustaría saber que estaba aquí por si tenías algo que decirle.

Fred se había aferrado a aquel pretexto para hablar porque no podía decir «Estás perdiendo miserablemente y todo el mundo te está mirando; más vale que te vayas». Pero la inspiración no le hubiera servido mejor. Lydgate no había advertido la presencia de Fred hasta ese momento y su repentina aparición anunciándole al señor Farebrother tuvo el efecto de un golpe fuerte.

-No, no -dijo Lydgate-, no tengo nada especial que decirle. Pero... se acabó el juego... tengo que irme... sólo entré para ver a Bambridge.

-Bambridge está ahí pero está montando un cirio... no creo que sea momento para negocios. Baja conmigo a ver a Farebrother. Supongo que querrá armármela y tú me escudarás -dijo Fred con cierta diplomacia.

Lydgate se sentía avergonzado pero no podía dejarlo traslucir negándose a ver a Farebrother, de modo que bajó. Se limitaron a darse la mano y a hablar de la helada y cuando los tres hubieron alcanzado la calle, el vicario parecía bien dispuesto a despedirse de Lydgate. Claramente su propósito inmediato era hablar con Fred a solas y dijo con suavidad:

-Te interrumpí, joven, porque he de hablar contigo urgentemente. ¿Me acompañas andando hasta St. Botolph? Hacía una noche hermosa; el cielo estaba cuajado de estrellas y el señor Farebrother sugirió que dieran una vuelta para llegar hasta la vieja iglesia por la carretera de Londres. Lo siguiente que dijo fue:

-Creía que Lydgate nunca iba al Dragón Verde.

-Y yo también -dijo Fred-. Pero dijo que había ido a ver a Bambridge.

-Entonces, ¿no estaba jugando?

Fred no se había propuesto decirlo pero ahora se vio obligado a contestar:

-Sí. Pero supongo que sería algo accidental. No le había visto antes.

-¿Así que has estado frecuentando los billares últimamente?

-Bueno, he venido como unas cinco o seis veces. -Creí que tenías buenas razones para haber dejado ese hábito.

-Claro. Usted lo sabe -dijo Fred, a quien no le gustaba verse catequizado de aquella forma-. Se lo conté todo.

-Supongo que eso me autoriza a hablar del asunto. Existe entre nosotros una relación de amistad, ¿no?... yo te he escuchado a ti y tú estarás dispuesto a escucharme á mí. Ahora me toca a mí; ¿puedo hablar un poco de mí mismo?

-Estoy en deuda con usted, señor Farebrother -dijo Fred atenazado por incómodas conjeturas.

-No voy a negar que tienes cierta deuda conmigo. Pero te voy a confesar Fred, que he estado tentado de invertirla guardando silencio esta vez. Cuando alguien me dijo «El joven Vincy ha vuelto a la mesa de billar todas las noches... no aguantará mucho la brida», tuve tentaciones de hacer lo opuesto de lo que estoy haciendo... callarme y esperar a que rodaras de nuevo por la pendiente... primero apostando, y luego...

-No he hecho ninguna apuesta -dijo Fred precipitadamente.

-Me alegro de saberlo. Pero como te decía, mi inclinación era observar y verte coger el camino equivocado, colmar la paciencia de Garth, y perder la mejor oportunidad de tu vida... la oportunidad que hiciste esfuezos difíciles por conseguir. Adivinarás el sentimiento que suscitó en mí esa tentacion... estoy convencido de que lo conoces. Estoy seguro de que sabes que la satisfacción de tu afecto se interpone en la consecución del mío.

Hubo una pausa. El señor Farebrother parecía esperar un reconocimiento de aquel hecho, y la emoción que se filtraba en el tono de su hermosa voz dotaba de solemnidad a sus palabras. Pero ningún sentimiento podía acallar la alarma de Fred.

-No iba a renunciar a ella -dijo tras una ligera vacilación: no era momento de simular generosidad.

-Claro que no, cuando eras correspondido. Pero las relaciones de este tipo, aun cuando vienen de atrás, son siempre susceptibles de cambio. No me resulta difícil concebir que pudieras obrar de forma que aflojaras los lazos que la unen a ti... hay que recordar que sólo está ligada a ti condicionalmente... y que en ese caso, otro hombre, que puede enorgullecerse de tener cierto ascendiente sobre ella, podría granjearse el sólido lugar en su corazón, además de en su mente, que tú habías dejado escapar. No me resulta en absoluto difícil concebir tal resultado -repitió el señor Farebrother con insistencia-. Existe un compañerismo en la afinidad de gustos que pudiera imponerse incluso a la más larga de las asociaciones.

A Fred le pareció que el ataque del señor Farebrother no hubiera sido más cruel de haber poseído pico y garras en lugar de su hábil lengua. Tenía la terrible convicción de que tras esta hipótesis existía la certeza de algún cambio en los sentimientos de Mary.

-Claro que sé lo fácil que es que todo acabe -dijo con voz preocupada-. Si Mary compara... -se interrumpió, no queriendo desvelar todos sus sentimientos, y continuó con la ayuda de un poco de amargura-. Pero creía que era usted amigo mío.

-Y lo soy, por eso estamos aquí. Pero me he sentido muy inclinado a no serlo. Me he dicho a mí mismo, «si hay la probabilidad de que ese joven se perjudique, ¿por qué has de interferir? ¿Acaso no vales tanto como él? ¿Acaso los diecisiete años que le sacas, durante los que has ayunado mucho, no te dan más derecho que a él a satisfacer tus afectos? Si hay la posibilidad de que se eche a perder... pues déjale... tal vez tampoco pudieras impedírselo... y recoge el beneficio».

Hubo una pausa durante la cual a Fred le recorrió un incómodo escalofrío. ¿Qué vendría a continuación? Temía escuchar que Mary sabía algo... le parecía que estaba oyendo una amenaza más que una advertencia. Cuando el vicario habló de nuevo había un cambio en su voz, como una transición alentadora a un tono mayor.

-Pero anteriormente mis intenciones habían sido mejores, y finalmente las he retomado. Pensé que nada mejor para atarme a ellas, Fred, que el decirte lo que había estado pensando. Y ahora, ¿me entiendes? Quiero que la hagas feliz, y que tú también lo seas, y si existe la posibilidad de que una advertencia por mi parte pueda impedir el riesgo de lo contrario... pues ya la he hecho.

La voz del vicario decayó con sus últimas palabras. Hizo una pausa. Estaban en una esquina de césped donde la carretera se desviaba hacia St. Botolph y extendió la mano, como indicando que la conversación había terminado. Fred se conmovió de una forma desconocida. Alguien muy sensible a la contemplación de un acto hermoso ha dicho que produce en el cuerpo una especie de escalofrío regenerador, y le hace a uno sentirse dispuesto a empezar una vida nueva. Ese efecto inundó a Fred Vincy en buena medida.

-Intentaré ser merecedor de esto -dijo interrumpiéndose antes de poder añadir, «de usted tanto como ella». Entretanto el señor Farebrother había hecho acopio de impulso suficiente para agregar algo más.

-No debes figurarte Fred, que piense que por el momento haya disminuido su preferencia por ti. Tranquilízate; si sigues recto, lo demás no se desviará.

-Nunca olvidaré lo que ha hecho -respondió Fred-. No puedo decir nada que merezca la pena... sólo que procuraré que su bondad no se vea malgastada.

-Es bastante. Buenas noches, y Dios te bendiga.

Así se despidieron. Pero ambos deambularon mucho rato antes de abandonar el cielo estrellado. Gran parte de los pensamientos de Fred se podrían resumir en las palabras «Hubiera sido bueno para Mary casarse con Farebrother... pero ¿si me quiere más a mí y yo soy un buen marido?».

Tal vez los del señor Farebrother se pudieran concentrar en un único encogimiento de hombros y un pequeño parrafo, «¡Pensar en el papel que una pequeña mujer puede jugar en la vida de un hombre, de forma que renunciar a ella puede ser una muy buena imitación del heroismo y conquistarla una disciplina!»