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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 62.
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Érase un caballero de bajo linaje,
Que amaba a la hija del rey de Hungría.
(Romance antiguo.)

Will Ladislaw estaba ahora empeñado en ver a Dorothea otra vez y marcharse de Middlemarch. La mañana siguiente a la inquietante escena con el señor Bulstrode, le escribió una breve carta explicando que diversas razones le habían retenido en la localidad más tiempo del que esperara y pidiéndole permiso para ir a Lowick a la hora que ella fijara del primer día posible, pues estaba deseoso de marcharse pero reacio a hacerlo en tanto no la hubiera visto. Dejó la carta en el despacho, con órdenes al recadero de llevarla a Lowick Manor y aguardar una respuesta.

A Ladislaw le resultaba violento pedir nuevas palabras de despedida. Su adiós anterior había tenido lugar en presencia de Sir James Chettam y se había anunciado como el último, incluso ante el mayordomo. Hiere la dignidad de un hombre reaparecer cuando no se espera que lo haga: un primer adiós encierra patetismo, pero regresar para una segunda despedida proporciona la apertura de una comedia e incluso era posible que flotaran en el aire punzantes comentarios desdeñosos respecto de los motivos de Will para seguir en Middlemarch. De todos modos, le resultaba más satisfactorio para sus sentimientos tomar el camino más directo para ver a Dorothea que recurrir a cualquier ardid que pudiera dar un aire de casualidad a un encuentro que él quería dejar muy claro ante ella que había deseado. Cuando se despidió de ella la vez anterior, ignoraba hechos que daban un nuevo aspecto a la relación entre ambos, y abrían una brecha mayor de lo que Will esperaba. No sabía nada respecto de la fortuna particular de Dorothea y estando poco habituado a estos asuntos, daba por sentado que, según el codicilo del señor Casaubon, casarse con él, Will Ladislaw, significaría que Dorothea consentía en quedarse en la penuria. Eso no era lo que él podía desear ni siquiera en lo más hondo de su corazón, incluso en el caso de que Dorothea hubiera estado dispuesta a tan duro contraste por él. Y además, existía ahora el nuevo aguijón de las revelaciones acerca de la familia de su madre, que, caso de saberse, supondrían un motivo añadido para que los familiares de Dorothea le consideraran absolutamente indigno de ella. La secreta esperanza de que pudiera volver tras algunos años con la sensación de que al menos poseía una valía personal equivalente a la fortuna de Dorothea parecía ahora la vaga continuación de un sueño. Sin duda este cambio justificaría su petición de que le recibiera una vez más.

Pero Dorothea no estaba en casa esa mañana para recibir la nota de Will. Como resultado de una carta de su tío anunciando su intención de estar de vuelta en casa al cabo de una semana, había ido primero a Freshitt para comunicar la noticia con la intención de continuar hasta Tipton Grange y transmitir ciertas órdenes que le daba su tío, pensando, como él decía, que «un poco de actividad mental de este tipo es bueno para una viuda».

Si Will Ladislaw hubiera podido oír algunos de los comentarios que se dijeron aquella mañana en Freshitt Hall hubiera sentido que se confirmaban todas sus sospechas respecto de la predisposición de algunas personas a reírse ante su remoloneamiento en marcharse. Sir James, efectivamente, aunque tranquilizado en cuanto a Dorothea, había estado pendiente de los movimientos de Ladislaw y tenía un informador adiestrado en el señor Standish, al que había hecho necesariamente partícipe de este asunto. El hecho de que Ladislaw se hubiera quedado en Middlemarch casi dos meses después de anunciar su partida inmediata exacerbaba las sospechas de Sir James, o al menos, justificaba su aversión por el «joven» que consideraba superficial, veleidoso y propenso a demostrar esa imprudencia que va con una situación libre de lazos familiares o de una profesión seria. Pero acababa de saber algo por Standish que, si bien justificaba aquellas suposiciones acerca de Will, ofrecía el medio de anular todo peligro respecto de Dorothea.

Insólitas circunstancias pueden hacernos ser muy diferentes de nosotros mismos: hay condiciones en las que la persona más majestuosa se ve obligada a estornudar, y nuestras emociones se ven igualmente sujetas de forma incongruente.

El bueno de Sir James se parecía tan poco a sí mismo aquella mañana que se sentía irritantemente ansioso por hablar con Dorothea sobre un tema que normalmente esquivaba como si fuera una cuestión vergonzosa para ambos. No podía recurrir a Celia como intermediaria porque no quería que ésta supiera el tipo de chismorreo que tenía en la mente; y antes de que Dorothea casualmente llegara había intentado imaginarse cómo, con su timidez y su inhábil lengua, iba a poder ni siquiera iniciar su conversación. La llegada inesperada de Dorothea le hizo desistir de sus intentos por decir nada desagradable: pero la desesperación le sugirió un medio y envió a un mozo al otro lado del parque, en un caballo sin ensillar, con una nota a lápiz para la señora Cadwallader, que conocía ya el chisme y a quien no comprometería el repetirlo tantas veces como fuera preciso.

Dorothea se había visto retenida con el buen pretexto de que esperaban al señor Garth a quien quería ver antes de una hora, y aún estaba hablando con Caleb en el paseo de gravilla cuando Sir James, alerta a la llegada de la esposa del rector, la vio venir y salió a recibirla con las sugerencias necesarias.

-¡Es suficiente! ¡Entiendo! -dijo la señora Cadwallader-. Usted será inocente. Yo ya soy tan malvada que nada me puede hacer peor.

-No es que tenga ninguna importancia -dijo Sir James, disgustándole que la señora Cadwallader entendiera demasiado-. Pero sería conveniente que Dorothea supiera que existen razones para que no le vuelva a ver, y yo no se lo puedo decir. Usted lo hará más fácilmente.

Y así fue. Cuando Dorothea se despidió de Caleb y se dirigió hacia ellos, resultó que la señora Cadwallader había cruzado el parque por pura casualidad, sólo para hablar un ratito con Celia del niño. ¿Así que el señor Brooke regresaba? Estupendo... regresaba completamente curado, era de esperar, de esa fiebre parlamentaria y de pionero. Y a propósito del Pioneer... alguien había profetizado que pronto sería como un delfín agonizante, y adoptaría todos los colores a falta de saber cómo continuar, porque el protegido del señor Brooke, el brillante y joven Ladislaw se marchaba o se había marchado ya. ¿Lo sabía Sir James?

Caminaban los tres por la gravilla lentamente y Sir James, volviéndose para fustear un matorral, dijo que había oído algo.

-¡Pues es todo falso! -dijo la señora Cadwallader-. Ni se ha ido ni parece que lo vaya a hacer; el Pioneer mantiene su color y el señor Orlando Ladislaw está dando lugar a un escándalo verdísimo por pasarse la vida gorgoriteando con la esposa de su amigo Lydgate, quien me aseguran es una preciosidad. Parece que nadie puede entrar en esa casa sin encontrar a este joven tumbado en la alfombra o cantando junto al piano. Pero ya se sabe, las gentes de las ciudades industriales son siempre poco recomendables.

-Empezó usted diciendo señora Cadwallader, que uno de los rumores era falso y creo que éste también lo es -dijo Dorothea con indignación-, al menos, estoy convencida de que es una mala interpretación. No quiero oír ninguna maldad sobre el señor Ladislaw; ya ha padecido demasiadas inusticias.

Cuando Dorothea se emocionaba de verdad, le importaba muy poco lo que pudieran pensar de sus sentimientos; y aunque hubiera podido reflexionar, hubiera considerado mezquino guardar silencio ante palabras injuriosas para Will por miedo a que la malinterpretaran a ella. Tenía el rostro encendido y le temblaban los labios.

Sir James, observándola, se arrepintió de su ardid; pero la señora Cadwallader, a la altura de cualquier circunstancia, extendió las palmas de las manos y dijo:

-Dios lo quiera hija mía... me refiero a que fueran mentira todas las cosas falsas que se cuentan. Pero es una pena que el joven Lydgate se haya casado con una de estas jovencitas de Middlemarch. Teniendo en cuenta que es el hijo de alguién podía haberse buscado una mujer con sangre buena en las venas, y no demasiado joven, que hubiera tolerado su profesión. Ahí está Clara Harfager, por ejemplo, cuyos familiares no saben qué hacer con ella y tiene una dote. Entonces la hubiéramos podido tener entre nosotros. Pero ¡en fin!... de nada sirve ser prudente por los demás. ¿Dónde está Celia? ¿Les parece que entremos?

-Sigo hacia Tipton Grange -dijo Dorothea con altivez-. Adiós.

Sir James no pudo decir nada al acompañarle hasta la calesa. No estaba nada contento con el resultado de una estratagema que le había supuesto cierta humillación secreta de antemano.

Dorothea pasó por entre los setos de bayas y los campos de maíz trillados sin ver ni oír nada de cuanto la rodeaba. Brotaron las lágrimas y le cayeron por las mejillas pero ni se dio cuenta. Parecía que el mundo se volvía feo e inhóspito y no había lugar para su confianza. «¡No es cierto, no es cierto!» era la voz interior que escuchaba, pero todo el tiempo, un recuerdo en torno al cual siempre había sentido cierta inquietud se le imponía... el recuerdo de aquel día en que encontró a Will Ladislaw con la señora Lydgate y escuchara su voz acompañada del piano.

«Dijo que jamás haría nada que yo no aprobara... ojalá le hubiera dicho que desaprobaba aquello», se decía la pobre Dorothea, sitiendo una extraña alternancia entre la ira y la ardiente defensa de Will. «Todos procuran desprestigiarle ante mí, pero no me importa el dolor si no es culpable. Siempre creí en su bondad.» Estos fueron sus últimos pensamientos antes de observar que la calesa pasaba bajo el arco junto a la caseta de los guardeses de Tipton Grange, momento en el que se apresuró a secarse los ojos y pensar en los encargos. El cochero pidió permiso para llevarse los caballos durante media hora porque algo le pasaba a una herradura; y Dorothea, con la sensación de que iba a descansar, se quitó los guantes y el sombrero mientras reclinada contra una estatua del vestíbulo hablaba con el ama de llaves. Finalmente dijo:

-Tengo que quedarme aquí un ratito, señora Keil. Iré a la biblioteca y le haré una nota con las indicaciones de mi tío, si me abre las contraventanas.

-Están ya abiertas, señora -dijo la señora Keil, siguiendo a Dorothea que iba caminando según hablaba-. El señor Ladislaw está allí buscando algo.

(Will había ido a recoger una carpeta con sus bocetos que había echado a faltar al hacer su equipaje y no quería dejar olvidada.)

A Dorothea le dio un vuelvo el corazón como si la hubieran golpeado pero no se la vio arredrarse: a decir verdad, la sensación de que Will estaba allí fue de momento muy gratificante, como la vista de algo precioso que se había perdido. Al llegar a la puerta le dijo a la señora Kell:

-Pase delante y dígale que estoy aquí.

Will había encontrado la carpeta y la había puesto sobre la mesa al fondo de la habitación para ojear los bocetos y disfrutar mirando la memorable obra de arte cuya relación con la naturaleza le resultaba demasiado misteriosa a Dorothea. Sonreía aún mientras ordenaba los bocetos al pensar que tal vez encontrara una carta suya esperándole en Middlemarch cuando la señora Kell, ya junto a él, dijo:

-Viene la señora Casaubon, señor.

Will se dio la vuelta y al instante entraba Dorothea. Se encontraron frente a frente cuando la señora Kell cerraba la puerta; se sostuvieron la mirada mutuamente y la conciencia del encuentro se vio desbordada por algo que suprimió las palabras. No fue la turbación lo que les mantuvo en silencio, pues ambos sentían que la separación estaba cercana, y ante una triste despedida no existe el retraimiento.

Dorothea se dirigió automáticamente hacia la silla de su tío junto al escritorio, y Will, tras sacársela un poco, se alejó unos pasos permaneciendo de pie frente a ella.

-Por favor, siéntese -dijo Dorothea, cruzando las manos sobre el regazo-; me alegro de que estuviera aquí -Will pensó que el rostro de Dorothea tenía el mismo aspecto que cuando le dio la mano por primera vez en Roma; la toca de viuda, sujeta al sombrero, había sido quitada junto con éste, y Will pudo ver que había estado llorando. Pero el atisbo de ira en el malestar de Dorothea había desaparecido al verle; cuando antes se encontraban cara a cara, había estado acostumbrada a sentir una confianza y la alegre libertad que llega con el entendimiento mutuo, y ¿cómo iban a impedir esto de repente las palabras de la gente? Dejemos que la música que puede adueñarse de nuestros cuerpos y llenar el aire de alegría suene de nuevo... ¿qué importa que se le pusieran pegas en su ausencia?

-He enviado una carta hoy a Lowick Manor solicitando verla -dijo Will, sentándose frente a ella-. Me marcho de inmediato y no podía hacerlo sin hablar de nuevo con usted.

-Pensé que nos habíamos despedido cuando vino a Lowick hace muchas semanas... pensaba marcharse entonces -dijo Dorothea, temblándole un poco la voz.

-Sí, pero entonces ignoraba cosas que sé ahora... cosas que cambian mis sentimientos respecto al futuro. Cuando la vi la otra vez soñaba con volver algún día. Ahora... no creo que lo haga nunca -Will se detuvo.

-¿Y quería que yo supiera las razones? -dijo Dorothea tímidamente.

-Sí -dijo Will impetuosamente, sacudiendo la cabeza y apartando de ella la mirada con el rostro irritado-. Claro que sí. Me han insultado burdamente ante usted y ante otros. Ha habido insinuaciones mezquinas sobre mi carácter. Quiero que sepa que bajo ninguna circunstancia me hubiera rebajado... bajo ninguna circunstancia hubiera dado la oportunidad a nadie de decir que buscaba dinero con el pretexto de buscar... otra cosa. No se necesitaba ninguna otra salvaguarda contra mí... bastaba con la del dinero.

Will se levantó de la silla con las últimas palabras y se dirigió... no supo dónde; pero fue al ventanal más cercano, que, como ahora, se encontraba abierto por esta época un año atrás, cuando él y Dorothea estuvieron hablando de pie. Todo su corazón simpatizaba con la indignación de Will y sólo quería convencerle de que ella no había sido injusta con él, mientras él parecía darle la espalda como si ella también fuera parte de ese mundo inhóspito.

-Sería muy duro por su parte suponer que jamás le atribuí mezquindad alguna -empezó Dorothea. Y a continuación, con su habitual ardor, deseando convencerle, se apartó de la silla y se colocó frente a él en su antiguo sitio de la ventana diciendo-: ¿Es que piensa que he desconfiado de usted alguna vez?

Al verla allí Will dio un respingo y se alejó unos pasos del ventanal desviando la mirada. A Dorothea le dolió este movimiento que seguía a la ira previa de su tono de voz. Estaba a punto de decir que a ella le resultaba tan duro como a él y que se encontraba inútil; pero aquellas características extrañas de su relación que ninguno de los dos podía mencionar la hacían temerosa de decir demasiado. En estos momentos no creía que, en cualquier caso, Will se hubiera querido casar con ella y tenía miedo de pronunciar palabras que insinuaran al creencia. Se limitó a decir con seriedad, y recurriendo a sus últimas palabras:

-Estoy segura de que jamás se necesitó salvaguarda alguna contra usted.

Will no respondió. En el tempestuoso vaivén de sus sentimientos estas palabras de Dorothea le parecieron cruelmente neutrales y tras su explosión de ira ofrecía ahora un aspecto pálido y triste. Se dirigió a la mesa y ató la carpeta mientras Dorothea le observaba a distancia. Estaban malgastando estos últimos momentos juntos en un penoso silencio. ¿Qué podía Will decir puesto que lo que primaba obstinadamente en su cabeza era el apasionado amor que sentía por Dorothea y que se había prohibido manifestar? ¿Qué podía decir ella puesto que no podía ofrecerle su ayuda... puesto que estaba obligada a quedarse el dinero que debía ser de Will... puesto que hoy no parecía responder como antaño a su absoluta confianza y afecto?

Pero finalmente Will dejó la carpeta y volvió junto a la ventana.

-He de irme -dijo, con esa mirada peculiar que en ocasiones acompaña a la amargura como si los ojos se hallaran cansados y quemados de mirar demasiado de cerca una luz.

-¿Qué hará en la vida? -dijo Dorothea con timidez-. ¿Siguen sus intenciones siendo las mismas que cuando nos despedimos anteriormente?

-Sí -dijo Will con un tono que parecía rechazar el tema por poco interesante-. Trabajaré en lo primero que surja. Supongo que uno se habitúa a trabajar sin felicidad ni esperanza.

-¡Qué palabras tan tristes! -dijo Dorothea peligrosamente cerca del llanto. A continuación, intentando sonreír, añadió-: solíamos coincidir en que nos parecíamos al exagerar demasiado las cosas.

-No he exagerado mis palabras ahora -dijo Will apoyándose contra el ángulo que hacía la pared-. Hay cosas que un hombre sólo las puede pasar una vez en la vida; y en algún momento sabe que lo mejor ya le ha ocurrido. Lo que me importa más que cualquier otra cosa me está absolutamente prohibido... no me refiero sólo a que está fuera de mi alcance sino que, aunque estuviera a mi alcance, me lo prohiben mi propio orgullo y mi propio honor... todo aquello que me hace respetarme a mí mismo. Por supuesto, seguiré viviendo como un hombre que hubiera visto el cielo en sueños.

Will se detuvo, pensando que a Dorothea no le sería posible no entender aquello: de hecho pensaba que se estaba contradiciendo y ofendiendo a su propia estima al hablar con tanta claridad; pero de todas formas... en justicia no se podía decir que era cortejar a una mujer el decirle que jamás la cortejaría. Había que admitir que era una manera fantasmagórica de hacer la corte.

Pero la mente de Dorothea recorría velozmente el pasado con una visión bien distinta de la de Will. La idea de que ella fuera lo que más le importaba a Will la hizo vibrar un instante, pero vino la duda: el recuerdo de lo poco que habían experimentado juntos se tomó pálido y encogido frente al recuerdo que sugería cuánto mayor podía haber sido la relación entre Will y otra persona con la que hubiera tenido un trato constante. Todo cuanto había dicho podía referirse a esa otra relación y lo que había entre él y ella quedaba totalmente explicado por lo que Dorothea siempre considerara como simple amistad y los crueles impedimentos impuestos por el injurioso acto de su marido. Dorothea permaneció de pie en silencio, los ojos bajos en actitud soñadora, mientras se le agolpaban imágenes que dejaban la terrible certeza de que Will se estaba refiriendo a la señora Lydgate. Pero ¿por qué terribles? Will quería que ella supiera que también a este respecto su conducta había sido intachable.

Ladislaw no se sorprendió ante su silencio. También su mente trabajaba con afán mientras la contemplaba y pensaba absurdamente que algo debía suceder para impedir su despedida... algún milagro que evidentemente sus palabras deliberadas no iban a producir. Pero, después de todo ¿acaso le quería Dorothea? No podía fingir ante sí mismo que preferiría que ella no sufriera por ese motivo. No podía negar que un secreto anhelo de confirmación por parte de Dorothea se hallaba en la raíz de todas sus palabras.

Ninguno supo el tiempo que permanecieron así. Dorothea levantaba la vista y estaba a punto de hablar cuando se abrió la puerta y entró el lacayo diciendo:

-Los caballos están listos señora, para marcharnos cuando quiera.

-Enseguida -dijo Dorothea. Y volviéndose hacia Will dijo-: Tengo que dejarle una nota al ama de llaves. -Debo irme -dijo Will cuando la puerta se hubo cerrado nuevamente, acercándose a ella-. Me marcharé de Middlemarch pasado mañana.

-Ha actuado usted bien en todo -dijo Dorothea en tono bajo, sintiendo que la opresión en el corazón le impedía hablar.

Extendió la mano y Will la tomó por un instante sin hablar pues sus palabras le habían parecido cruelmente frías e impropias de ella. Sus miradas se encontraron pero la de Will reflejaba descontento y la de Dorothea sólo contenía tristeza. Se dio la vuelta y cogió la carpeta bajo el brazo.

-Nunca he sido injusta con usted, por favor, acuérdese de mí -dijo Dorothea, reprimiendo un incipiente sollozo.

-¿Por qué dice eso? -dijo Will enrabietado-. Como si no corriera más bien el peligro de olvidar todo lo demás. En aquel momento Will tuvo un movimiento de ira contra ella que le empujó a marcharse de inmediato. Para Dorothea fue todo como un relámpago... sus últimas palabras... su saludo distante cuando alcanzó la puerta... la sensacion de que Will ya no estaba allí. Se dejó caer en la silla y por unos momentos permaneció allí como una estatua, mientras las imágenes y las emociones se agolpaban. Primero fue la alegría, a pesar de las amenazadoras secuencias que la seguían..., la alegría fruto de la impresión de que realmente era a ella a quien Will amaba y renunciaba, que en verdad no había otro amor menos permisible, más digno de culpa, del que el honor le hiciera alejarse. De todos modos estaban separados, pero... Dorothea respiró profundamente y sintió que las fuerzas le volvían... podía pensar en él sin restricciones. En ese momento fue fácil soportar la separación: la primera sensación de amar y de ser amada excluía el pesar. Fue como si se hubiera derretido una presión dura y gélida, y la conciencia de Dorothea tuvo espacio para extenderse; su pasado volvía a ella con una interpretación más amplia. La alegría no se veía mermada -quizá fuera más completa en ese momento- por la despedida irrevocable, pues no había reproches, ni había que imaginarse el asombro desdeñoso asomando en las miradas o los labios de nadie. Will había actuado desafiando el reproche y transformando el asombro en respeto.

Cualquiera que la observara hubiera podido advertir que le recorría un pensamiento fortalecedor. Al igual que cuando la fuerza inventiva trabaja con placentera tranquilidad cualquier pequeña demanda sobre la atención se resuelve perfectamente como si sólo fuera una rendija abierta a la luz del sol, le fue ahora fácil a Dorothea escribir las instrucciones. Sus últimas palabras al ama de llave se dijeron en tono alegre, y cuando se sentó en la calesa los ojos le brillaban y tenía las mejillas sonrosadas bajo el triste sombrero. Echó hacia atrás los pesados velos de viuda y miró al frente, preguntándose qué camino habría tomado Will. Estaba en su carácter sentirse orgullosa de que Will fuera intachable y por sus sentimientos corría la frase: «Hice bien en defenderle».

El cochero acostumbraba a llevar a sus tordos a buen paso pues el señor Casaubon se impacientaba y no disfrutaba con lo que le apartaba de su escritorio y deseaba llegar al final de sus viajes, con lo que a Dorothea la traqueteaban ahora con presteza. El paseo resultaba agradable pues la lluvia caída durante la noche se había llevado el polvo y el cielo azul parecía lejano, muy lejos de la región de las grandes nubes que flotaban agrupadas. La tierra tenía el aspecto de un lugar feliz bajo el vasto cielo y Dorothea deseaba alcanzar a Will y verle una vez más.

Al doblar un recodo del camino, ahí estaba, con la carpeta bajo el brazo; pero al minuto siguiente le estaba adelantando al tiempo que él levantaba el sombrero y Dorothea sintió una punzada al encontrarse sentada allí en una especie de exaltación, dejándole a él atrás. No pudo volverse para mirarle. Fue como si una hueste de objetos indiferentes les hubiera separado y obligado a recorrer sendas diferentes, alejándoles cada vez más el uno del otro y convirtiendo en inútil mirar atrás. Le fue tan imposible hacer cualquier gesto que pudiera significar «¿Hemos de separarnos?» como le hubiera resultado parar la calesa para esperarle, ¡qué cantidad de razones se agolpaban en su interior contra cualquier movimiento de su pensamiento hacia un futuro que pudiera alterar la decisión de este día!

«Sólo quisiera haberlo sabido antes... quisiera que él lo supiera... entonces podríamos ser felices pensando el uno en el otro aunque estemos separados para siempre. Y ¡si hubiera podido tan sólo darle el dinero para hacerle todo más fácil!» eran los anhelos que se le imponían insistentemente. Y sin embargo, tal era el peso que sobre ella ejercía el mundo a pesar de la independencia que le daba su energía, que junto a esta idea de un Will necesitado de tal ayuda y en desventaja frente al mundo, siempre surgía la visión de lo inadecuado de una más estrecha relación entre ellos que subyacía en la opinión de cuantos estaban vinculados a ella. Comprendía al máximo la urgencia de los motivos que impulsaban la conducta de Will. ¿Cómo podía él soñar con que Dorothea desafiara la barrera que su esposo había alzado entre ellos? ¿Cómo podía Dorothea decirse a sí misma que la desafiaría?

La certeza de Will, así que la calesa empequeñecía con la distancia, encerraba mayor amargura. Hacía falta muy poco para amargarle cuando estaba bajo de ánimo, y ver a Dorothea adelantándole en la calesa mientras él se sentía como un pobre diablo arrastrándose en busca de una situación en el mundo que, en su actual estado de ánimo ofrecía poco que le apeteciera, hacía que su conducta pareciera una simple necesidad, suprimiendo el apoyo de la decisión libre. Al fin y al cabo, no tenía la seguridad de que Dorothea le amara ¿podía alguien fingir que en ese caso estaba contento de que el sufrimiento recayera todo de su parte?

Pasó esa velada con los Lydgate; a la siguiente se había marchado.