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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 5.
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Los grandes estudiosos se encuentran con frecuencia aquejados de gota, catarros, reumas, caquexia, bradipepsia, ojos enfermos, cálculos, cólicos, indigestiones, estreñimiento, vértigo, gases, tisis, y todas aquellas enfermedades que provienen de permanecer demasiado tiempo sentado: en su mayoría son delgados, enjutos, con mal color... y todo por desmesurados esfuerzos y extraordinario estudio. Si no creen la verdad de esto, observen las obras del gran Tostado y Tomás de Aquino, y díganme si esos hombres no se esforzaron.

BURTON, Anatomía de la melancolía, pág. 1, s. 2)

Esta fue la carta del señor Casaubon.
«Estimada señorita Brooke. Tengo la autorización de su tutor para dirigirme a usted sobre un tema de sin par significación para mí. Confío no estar equivocado al reconocer alguna más honda correspondencia que la de la circunstancia entre el hecho de que la conciencia de una carencia en mi propia vida surgiera contemporáneamente con la posibilidad de conocerla a usted. Pues a la primera hora de haberla conocido, tuve la impresión de su eminente y tal vez exclusiva idoneidad para cubrir esa carencia (vinculada, puedo añadir, a tal actividad del afecto que ni siquiera las preocupaciones de una labor en demasía especial como para ser desatendida podían ininterrumpidamente disimular); y cada sucesiva oportunidad de observación ha proporcionado a dicha impresión mayor profundidad al convencerme más enfáticamente de esa idoneidad que yo había preconcebido, evocando, en consecuencia, más decisivamente ese afecto al cual acabo de referirme. A mi entender, nuestras conversaciones le habrán expuesto a usted lo suficientemente el tenor de mi vida y mis aspiraciones, tenor, soy conciente, poco adecuado al orden de mentes más vulgar. Pero he discernido en usted una elevación de pensamiento y una capacidad de entrega que hasta el momento no había concebido fuera compatible ni con la temprana flor de la juventud ni con aquellas delicadezas de su sexo que puede decirse que a un tiempo obtienen y confieren distinción cuando se combinan, como sucede admirablemente en usted, con las cualidades mentales anteriormente indicadas. Confieso que rebasaba mis esperanzas encontrar esta rara combinación de elementos tanto sólidos como atractivos, adaptados a proporcionar ayuda en tareas más serias, así como encanto en las horas de ocio; y de no ser por mi encuentro con usted (el cual, permítame decirlo de nuevo, confío no fuera superficialmente coincidente con presagiadas carencias, sino providencialmente relacionado con ellas, como etapas consecutivas a la consumación del plan de una vida), probablemente hubiera terminado mis días sin intentar aliviar mi soledad mediante una unión matrimonial. Tal es, mi estimada señorita Brooke, la exacta declaración de mis sentimientos, y confío en su indulgencia al osar ahora preguntarle hasta qué punto los suyos son de naturaleza tal que confirmen mi gozoso presentimiento. Consideraría el mayor de los regalos de la providencia el que me aceptara como su esposo y guardián terrenal de su bienestar. A cambio, puedo al menos ofrecerle un cariño no disipado hasta el momento y la fiel dedicación de una vida que, por muy corta que haya sido en resultados, no contiene páginas anteriores en las que, si desea remitirse a ellas, pudiera hallar constancia de nada que justificadamente la entristeciera o avergonzara. Aguardo la manifestación de sus sentimientos con un ansia que correspondería a la sabiduría (de ser ello posible) distraer mediante una labor más ardua que la usual. Pero en este orden de experiencias soy aún joven, y, al columbrar una posibilidad desfavorable, no puedo por menos que sentir que resignarse a la soledad será más difícil tras la iluminación temporal de la esperanza. Cualquiera que sea el desenlace, siempre tendrá usted mi sincera devoción.
EDWARD CASAUBON.»
Dorothea tembló mientras leía esta carta; luego cayó de rodillas, escondió el rostro y se echó a llorar. No podía rezar ante la riada de solemne emoción en la que los pensamientos se tornaban vagos y las imágenes flotaban inciertas; sólo podía abandonarse, con el sentimiento infantil de descansar sobre el regazo de una conciencia divina que sostenía la suya propia. Así permaneció hasta la hora de vestirse para la cena. ¿Cómo podía ocurrírsele examinar la carta, observarla críticamente como profesión de amor? Toda su alma estaba poseída por el hecho de que una vida más amplia se abría ante ella: era una neófita a punto de entrar en un grado más alto de iniciación. Iba a tener espacio para las energías que se removían inquietas bajo la nebulosidad y presión de su propia ignorancia y la nimia perentoriedad de los hábitos del mundo.

Ahora podría dedicarse a obligaciones grandes, pero al tiempo concretas; ahora se le permitiría vivir continuamente a la luz de una mente que pudiera reverenciar. En esta esperanza no estaba ausente el destello del gozo orgulloso -la jubilosa sorpresa juvenil de ser elegida por el hombre al que había escogido su admiración. Toda la pasión de Dorothea se vio trasegada a través de una mente que luchaba por conseguir una vida ideal. Y el resplandor de su niñez transfigurada recayó sobre el primer objeto que encajó en su nivel. El ímpetu con el que la inclinación se convirtió en decisión se acrecentó por esos pequeños sucesos del día que habían provocado su disconformidad con las circunstancias actuales de su vida.

Después de cenar, mientras Celia tocaba un «aire con variaciones», un pequeño tintineo que simbolizaba la parte estética de la educación de una joven, Dorothea subió a su habitación para contestar la carta del señor Casaubon. ¿Por qué habría de demorar la respuesta? La escribió tres veces, no porque quisiera cambiar la expresión sino porque escribía con una letra inusitadamente incierta, y no soportaba que el señor Casaubon pensara que tenía una caligrafía mala o ilegible. Se preciaba de tener una escritura en la que cada letra se distinguía sin grandes conjeturas, y tenía la intención de aprovechar bien este talento para economizar los ojos del señor Casaubon. Tres veces escribió:
«Mi estimado señor Casaubon. Le estoy muy agradecida por quererme y creerme digna de ser su esposa. No puedo desear mayor felicidad que aquella que sea una con la suya. Si dijera más no haría sino repetir lo mismo con mayor extensión, pues no puedo en este momento pensar en otra cosa que la de poder ser toda la vida, su
DOROTHEA BROOKE.»
Más tarde siguió a su tío hasta la biblioteca para darle la carta, a fin de que puediera enviarla por la mañana. Se quedó sorprendido, pero sólo lo manifestó guardando unos minutos de silencio durante los cuales recolocó varios de los objetos de su escritorio, finalmente quedándose en pie de espaldas al fuego, las gafas caladas y mirando en la dirección de la carta de Dorothea.

-¿Has pensado esto bien, hija? -dijo por fin.

-No tuve que pensar mucho, tío. No conozco nada que pudiera hacerme vacilar. Si cambiara de opinión sería por algo importante y totalmente nuevo para mí.

-¡Ah! Entonces, ¿le has aceptado? ¿Chettam no tiene ninguna oportunidad? ¿Te ha ofendido Chettam? Ya sabes..., ofendido. ¿Qué es lo que no te gusta de Chettam?

-No hay nada que me guste de él -dijo Dorothea con cierto ímpetu.

El señor Brooke echó la cabeza y los hombros hacia atrás, como si alguien le hubiera lanzado un ligero misil. Dorothea sintió un remordimiento y al punto dijo:

-Me refiero como esposo. Es muy amable, y bondadoso con lo de las casitas. Y tiene muy buena intención. -Pero tú quieres un estudioso y ese tipo de cosas, ¿no?

Bueno, lo llevamos en la familia. Yo también lo tenía... ese amor por la sabiduría... ese interesarse por todo... quizá demasiado... me llevó demasiado lejos; aunque ese afán no suele darse en la línea femenina; o corre subterráneo, como los ríos de Grecia... sale en los hijos. Hijos listos, madres listas. Hubo un tiempo, en que yo me interesé mucho por eso. Sin embargo, hija, siempre dije que la gente debe hacer lo que quiera en estos asuntos, al menos hasta cierto punto. Como tutor tuyo no podía consentir un mal matrimonio. Pero Casaubon es presentable: su posición es buena. Aunque me temo que Chettam se sentirá dolido, y la señora Cadwallader me echará a mí la culpa.

Esa noche, por supuesto, Celia no supo nada de lo ocurrido. Atribuyó el ensimismamiento de Dorothea y la evidencia de otros lloros desde que llegaran a casa al mal humor que le había provocado el asunto de Sir James Chettam y las edificaciones, y tuvo cuidado de no incurrir en más ofensas: una vez dicho lo que quería, Celia no se sentía inclinada a retomar los temas desagradables. Era su forma de ser desde pequeña, el no pelearse nunca con nadie y simplemente observar con asombro cuando se peleaban con ella y se hinchaban como pavos, dispuesta a jugar con todos tan pronto se les pasara. Por cuanto a Dorothea, también desde siempre solía encontrar fallos en las palabras de su hermana, aunque Celia argumentara interiormente que no hacía más que exponer cómo eran las cosas exactamente: ni era su costumbre ni podía inventarse cosas por propia iniciativa. Pero lo mejor que tenía Dodo era que nunca se enfadaba durante mucho tiempo. Ahora, a pesar de que casi no se habían hablado en toda la tarde, cuando Celia dejó a un lado su labor con la intención de marcharse a la cama, procedimiento en el que siempre era la primera, Dorothea, que estaba sentada en un escabel, incapaz de concentrarse en nada salvo la meditación, dijo con el tono musical que en momentos de profundo pero quedo sentimiento convertían sus palabras en un hermoso recital:

-Celia, cariño, ven a darme un beso -extendiendo los brazos abiertos al tiempo que hablaba.

Celia se arrodilló para estar a la misma altura, y la besó suavemente mientras Dorothea la rodeaba dulcemente con los brazos y, con gesto serio, imprimía un beso en cada mejilla.

-No te acuestes tarde, Dodo, estás muy pálida esta noche; vete pronto a la cama -dijo Celia con sosiego y sin asomo de sentimentalismo.

-No, cariño, soy muy, muy feliz -dijo Dorothea con fervor.

-Tanto mejor -pensó Celia-. Pero qué forma tan rara tiene Dodo de pasar de un extremo a otro.

Al día siguiente, durante el almuerzo, el mayordomo, al entregarle algo al señor Brooke dijo:

Jonas ha vuelto, señor, y ha traído esta carta.

El señor Brooke leyó la carta y, a continuación, mirando a Dorothea, dijo:

-Casaubon, hija mía... vendrá a cenar; no se detuvo a escribir nada más..., nada más, ya sabes.

No podía extrañarle a Celia que se le avisara a su hermana de antemano que vendría un invitado a cenar; pero al seguir su mirada la misma dirección que la de su tío, le chocó el peculiar efecto que la noticia tuvo sobre Dorothea. Fue como si algo parecido al reflejo de una iluminada ala blanca hubiera recorrido sus facciones, culminando en uno de sus insólitos sonrojos. Por primera vez se le ocurrió a Celia que tal vez hubiera algo más entre el señor Casaubon y su hermana que el gusto de aquél por la conversación erudita y el de ella por escuchar. Hasta el momento, había aparejado la admiración por este «feo» y sesudo conocido con la admiración en Lausana por Monsieur Liret, igualmente feo y sesudo. Dorothea aún no se había cansado de escuchar al viejo Monsieur Liret cuando Celia ya tenía los pies helados y no podía soportar más ver cómo se le movía la piel de la calva. ¿Por qué, pues, no iba a hacerse extensivo su entusiasmo al señor Casaubon igual que a Monsieur Liret? Y parecía lógico que todos los hombres estudiosos consideraran a los jóvenes desde el punto de vista del maestro.

Pero ahora Celia se asustó de verdad ante la sospecha que se le había cruzado por la mente. No era frecuente que se viera tomada así por sorpresa; su maravillosa rapidez en observar un cierto orden de signos solía prepararla para esperar las manifestaciones externas que la interesaban. No es que se imaginara en este momento que el señor Casaubon fuera ya un pretendiente aceptado; simplemente había empezado a repelerle la posibilidad de que algo en la mente de Dorothea pudiera inclinarse hacia semejante resultado. Esto era algo que realmente podría llegar a molestarla de Dodo; bien estaba no aceptar a Sir James Chettam, pero ¡casarse con el señor Casaubon! ¡Vaya idea! Celia sintió una especie de vergüenza entremezclada con un sentido del absurdo. Pero quizá se podría disuadir a Dodo, si es que rayaba en semejante extravagancia; la experiencia había demostrado hartas veces que se podía contar con la impresionabilidad de su hermana. Era un día húmedo, y no iban a salir a pasear, de manera que ambas subieron a su cuarto de estar donde Celia observó que Dorothea, en lugar de ocuparse en algo con su acostumbrada diligencia, simplemente apoyó el codo sobre un libro abierto y miró por la ventana al enorme cedro, plateado por la humedad. Celia se aplicó al juguete que estaba haciendo para los hijos del coadjutor sin intención de abordar precipitadamente ningún tema.

En ese momento Dorothea pensaba que sería deseable que Celia supiera el considerable cambio que la posición del señor Casaubon había experimentado desde que visitara la casa por última vez; no parecía justo mantenerla en la ignorancia de lo que necesariamente habría de afectar su relación con él; pero resultaba imposible no rehuir decírselo. Dorothea se culpó de cierta mezquindad en esta timidez: siempre le resultaba odioso sentir cualquier pequeño temor o pesar acerca de sus acciones, pero en este momento buscaba toda la ayuda posible a fin de no temer lo corrosivo de la prosa llana de Celia. Su pensamiento se vio interrumpido, así como eliminada la dificultad de la decisión, por la voz pequeña y un tanto gutural de Celia que, en su tono usual, comentó:

-¿Viene alguien más a cenar, además del señor Casaubon?

-Que yo sepa, no.

-Espero que haya alguien más. Así no le oiré comerse la sopa de aquella manera.

-¿Qué hay de notable en cómo come la sopa?

-Por favor, Dodo, ¿es que no oyes cómo sorbe la cuchara? ¿Y te has fijado en cómo parpadea los ojos antes de hablar? No sé si Locke lo haría, pero lo siento por los que se sentaran enfrente de él si es que lo hacía.

-Celia -dijo Dorothea, con enfática seriedad-, te ruego que no hagas más comentarios de ese tipo.

-Pero, ¿por qué no? Son bien ciertos -respondió Celia que tenía sus razones para insistir, aunque empezaba a sentirse un poco asustada.

-Hay muchas cosas que son ciertas y que sólo las mentes más vulgares comentan.

-Pues en ese caso pienso que las mentes vulgares deben ser bastante útiles. Creo que es una lástima que la madre del señor Casaubon no tuviera una mente más vulgar: le hubiera educado mejor -Celia estaba bastante atemorizada y dispuesta a salir corriendo ahora que había lanzado esta pequeña jabalina.

Los sentimientos de Dorothea habían ido formando una avalancha y no cabía ya una más pausada preparación. -Conviene que te diga, Celia, que estoy prometida al señor Casaubón.

Es probable que Celia no hubiera palidecido tanto nunca. De no ser por su habitual esmero de lo que tenía en las manos la pierna del hombrecito de papel que estaba haciendo se hubiera visto lesionada. Al momento puso a un lado la frágil figura y se quedó perfectamente quieta durante unos segundos. Cuando habló tenía la voz quebrada.

-Dodo, espero que seas muy feliz -su cariño de hermana no podía por menos que imponerse en estos momentos a cualquier otro sentimiento, y sus temores eran fruto del afecto.

Dorothea seguía dolida y agitada.

-Entonces, ¿está completamente decidido? -dijo Celia con un asombrado susurro-. ¿Y el tío lo sabe?

-He aceptado la proposición del señor Casaubon. Trajo la carta que la contenía. El lo sabía de antemano.

-Te pido disculpas si he dicho algo que te molestara, Dodo -dijo Celia con un sollozo. Nunca pensó que se sentiría así. Había algo fúnebre en todo el asunto y el señor Casaubon era como el clérigo que oficiaba, acerca del cual parecía indecoroso hacer ningún comentario.

-No importa, Kitty, no te apenes. Tú y yo nunca admiraríamos a las mismas personas. Yo a veces también molesto de la misma forma; tiendo a hablar con demasiada firmeza de quienes me disgustan.

Pese a esta magnanimidad, Dorothea aún estaba herida, quizá tanto por el velado asombro de Celia como por las pequeñas críticas que le había hecho. Por descontado que nadie en Tipton vería este matrimonio con agrado. Dorothea no conocía a nadie que opinara como ella respecto de la vida y las cosas más óptimas que ofrecía. Sin embargo, antes de finalizar la noche estaba muy feliz. Durante la hora de téte-à-téte con el señor Casaubon le habló con mayor libertad de la que jamás hubiera sentido antes, llegando a manifestarle su alegría ante el pensamiento de dedicarse a él y de saber cómo podía compartir e impulsar sus grandes objetivos. Al señor Casaubon le embargó un gozo desconocido (¿a qué hombre no?) ante este irrefrenado ardor juvenil: no le sorprendió (¿a qué novio sí?) ser el destinatario.

-Mi querida joven... señorita Brooke... ¡Dorothea! -dijo, apretándole la mano entre las suyas-, es ésta una felicidad mayor de la que jamás pensara me estuviera reservada. Que pudiera encontrarme con una mente y una persona tan rica en esa mezcla de virtudes como para hacerme desear el matrimonio estaba lejos de mi imaginación. Posee todas, no, más que todas, las cualidades que siempre he considerado como las excelencias características de la mujer. El gran encanto de su sexo es su capacidad para un ardiente y sacrificado afecto, y en él es donde vemos su idoneidad para redondear y completar la existencia del nuestro propio. Hasta el presente he conocido pocos placeres salvo aquellos más áridos; mis satisfacciones han sido las del solitario estudioso. Me he sentido poco inclinado a cortar flores que se ajaran en mis manos, pero ahora las recogeré gustoso para depositarlas sobre su pecho.

Ningún discurso podría haber tenido una intención más honrada: la frígida retórica del foral era tan sincera como el ladrido de un perro o el graznar de un grajo amoroso. ¿No sería precipitado concluir que no había pasión detrás de esos sonetos a Delia que se nos antojan como la leve música de una mandolina?

La fe de Dorothea proporcionó todo aquello que las palabras del señor Casaubon dejaron por decir: ¿qué creyente vislumbra una perturbadora omisión o infelicidad? El texto, tanto si es de profeta como de poeta, se expande hasta admitir lo que queramos introducirle, e incluso su mala gramática es sublime.

-Soy muy ignorante, le asombrará mi ignorancia –dijo Dorothea-. Albergo tantos pensamientos que pueden estar equivocados... y ahora se los podré comunicar todos, y preguntarle por ellos. Pero -añadió con pronta imaginación sobre los probables sentimientos del señor Casaubon-, no le molestaré demasiado; sólo cuando se sienta dispuesto a escucharme. A menudo debe de estar cansado prosiguiendo sus propios temas. Mucho prosperaré con que me acerque usted a ellos.

-¿Cómo podría ahora perseverar en senda alguna sin su compañía? -dijo el señor Casaubon depositando un beso en la cándida frente, y sintiendo que el cielo le había deparado una bendición adaptada en todo a sus especiales necesidades. Se estaba viendo inconscientemente afectado por el encanto de una naturaleza carente por completo de escondidas maquinaciones encaminadas tanto a efectos inmediatos como a fines más lejanos. Era esto lo que hacía aparecer a Dorothea tan joven, y, según ciertos jueces, tan tonta, a pesar de su supuesta inteligencia: como por ejemplo, en este momento, que se echaba, metafóricamente hablando, a los pies del señor Casaubon y le besaba los cordones anticuados como si de un papa protestante se tratara. No pretendía en absoluto que el señor Casaubon se preguntara si la merecía, sino que simplemente se preguntaba a sí misma con ansiedad cómo podría llegar a merecerle a él. Antes de que partiera al día siguiente, se había decidido que la boda tendría lugar al cabo de seis semanas. ¿Por qué no? La casa del señor Casaubon estaba a punto. No era una rectoría, sino una mansión considerable, con muchas tierras. La rectoría estaba habitada por el coadjutor, a cargo de quien corrían todas las obligaciones salvo el sermón dominical.