Read synchronized with  English  Russian 
Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 56.
< Prev. Chapter  |  Next Chapter >
Font: 

Cuán bien nacido y amaestrado es quien
No está bajo el mandato del otro;
Cuya armadura es su honrado pensamiento,
Y la verdad su superior destreza.
Este hombre es libre del servilismo
De la esperanza en subir y el temor de caer.
Señor de sí mismo, aunque no de terrenos
Aunque no tenga nada, él lo posee todo.
(SIR HENRY WOTTON.)

La confianza de Dorothea en los conocimientos de Caleb Garth que se había iniciado al saber que aprobaba su proyecto de casitas, aumentó con rapidez durante su estancia en Freshitt, ya que Sir James la había animado a recorrer a caballo las dos propiedades en compañía suya y de Caleb quien, admirado a su vez, le dijo a su esposa que la señora Casaubon tenía para los negocios una cabeza poco frecuente en una mujer. Hay que recordar que para Caleb «negocios» no significaba jamás transacciones monetarias, sino la habilidosa dedicación a una tarea.

-¡Muy poco frecuente! -repitió Caleb-. Dijo algo que yo solía pensar cuando era joven: «señor Garth, si llego a vieja, me gustaría sentir que he mejorado una gran extensión de tierra y que he construido muchas casitas de buena calidad, porque es un trabajo sano mientras se hace y, una vez concluido, las personas han salido beneficiadas». Esas fueron sus palabras: es así como ve las cosas.

-Pero espero que de una forma femenina -dijo la señora Garth, medio sospechando que la señora Casaubon no sostuviera el verdadero principio de la subordinación.

-¡Ni te imaginas cuánto! -dijo Caleb moviendo la cabeza-. Te gustaría oírla hablar, Susan; habla con unas palabras tan sencillas y tiene una voz que parece música. ¡Bendito sea Dios! me recuerda a trozos del Mesías... «e inmediatamente apareció un ejército de la hueste celestial alabando a Dios y diciendo...»; su voz tiene un tono que complace.

A Caleb le gustaba mucho la música y cuando se lo podía permitir iba a escuchar cualquier oratorio de las proximidades, regresando con un profundo respeto por la grandiosa estructura de tonos, que le hacía sentarse con aire de meditación mirando al suelo e impregnando sus manos extendidas de una gran cantidad de palabras inexpresadas.

Con este buen entendimiento surgido entre ambos, era lógico que Dorothea le pidiera al señor Garth que se encargara de todos los asuntos relacionados con las tres granjas y las numerosas viviendas ligadas a Lowick Manor; y lo cierto era que sus esperanzas de conseguir trabajo para dos años se iban cuajando. Como él mismo decía, «los negocios procrean». Y una forma de negocios que empezaba entonces a procrear era la construcción de ferrocarriles. Una línea en proyecto tenía que pasar por la parroquia de Lowick donde hasta entonces el ganado había pastado en una paz no truncada por el asombro: y así sucedió que los albores de las luchas de la red de ferrocarriles entraron a formar parte de los asuntos de Caleb Garth, decidiendo el curso de esta historia respecto de dos personas que le eran queridas.

El ferrocarril submarino puede tener sus dificultades, pero el fondo del mar no está dividido entre diversos terratenientes con derecho a indemnizaciones por daños no sólo materiales sino sentimentales. En la circunscripción del condado a la que pertenecía Middlemarch el ferrocarril era un tema tan apasionante como la ley de reforma o los inminentes horrores del cólera y eran las mujeres y los terratenientes quienes mantenían las opiniones más firmes. Las mujeres, tanto mayores como jóvenes, consideraban peligroso y presuntuoso viajar en máquinas de vapor y se oponían a ello diciendo que nada las induciría a subirse a un vagón; los terratenientes, por su parte, diferían en sus argumentos tanto como el señor Solomon Featherstone difería de Lord Medlicote, pero sin embargo coincidían en que de vender la tierra, fuese a un Enemigo de la humanidad, fuese a una compañía obligada a comprar, estas perniciosas agencias deberían tener que pagar un precio muy alto a los propietarios por el permiso para causar daño a la raza humana.

Pero las mentes más lentas, como las del señor Solomon y la señora Waule, ambos ocupantes de tierra propia, tardaron mucho en llegar a esta conclusión, deteniéndose ante la vívida imagen de lo que sería partir Big Pasture en dos, convirtiéndolo en dos pizcos de tres esquinas, lo cual no sería nada; mientras que los puentes y los pagos elevados eran algo demasiado remoto e increíble.

-Las vacas perderán los terneros, hermano -dijo la señora Waule en tono de profunda melancolía- si el ferrocarril pasa por Near Close: y no me extrañaría que lo mismo le sucediera a la yegua si estuviera preñada. Mal asunto el que desbaraten la propiedad de una viuda y la ley no haga nada. ¿Qué les va a impedir que corten a diestro y siniestro una vez empiecen? Está claro que yo no puedo luchar.

-Lo mejor sería no decir nada y encomendar a alguien que les largara a palos cuando vinieran espiando y midiendo -dijo Solomon-. Tengo entendido que la gente de Brassing hizo eso. Si se supiera la verdad, se sabría que todo eso de que están obligados a pasar por aquí es un cuento. Que se vayan a trocear otra parroquia. Y no creo en pagos para compensar el que vengan un montón de canallas a pisotearte los sembrados. ¿Dónde está el bolsillo de una compañía?

-El hermano Peter, Dios le perdone, sacó dinero de una compañía -dijo la señora Waule-. Pero fue por el manganeso. No fue para que los ferrocarriles te volaran en pedazos.

-Bueno Jane, lo que sí está claro -concluyó el señor Solomon, bajando cautelosamente la voz- es que cuantas más pegas les pongamos más nos pagarán por dejarles continuar, si es que han de venir de todos modos.

Este razonamiento del señor Solomon tal vez fuese menos sólido de lo que imaginaba, teniendo su astucia respecto del trazado del ferrocarril más o menos la misma relación que la astucia de un diplomático respecto del enfriamiento general o catarro del sistema solar. Pero se dispuso a actuar de acuerdo con su punto de vista de manera altamente diplomática fomentando la sospecha. Su terreno era el más alejado del pueblo y las viviendas de los trabajadores eran o bien casitas aisladas o formaban un villorrio llamado Frick, donde un molino de agua y unas canteras componían un pequeño centro de lento y laborioso trabajo.

En ausencia de una idea concreta respecto de lo que era un ferrocarril, la opinión pública de Frick estaba en su contra, pues la mente humana en aquel verde rincón carecía de la proverbial tendencia a admirar lo desconocido, imaginando más bien que con toda probabilidad le sería adverso a los pobres y que la única actitud prudente en estos casos era desconfiar. Ni siquiera el rumor de la reforma había despertado esperanzas milenarias en Frick al no existir una promesa definitiva de la misma concretada en algo como pienso gratis para engordar el cerdo de Hiram Ford, o un tabernero del Weights and Scales que fabricara cerveza de balde, o una oferta de los tres terratenientes más cercanos para subir los jornales durante el invierno. Y sin ventajas claras de este tipo, la reforma estaba a la par con las fantasmadas de los buhoneros, una insinuación para que cualquier avezado desconfiara. Las gentes de Frick no pasaban hambre y estaban menos dados al fanatismo que a la vigorosa sospecha, menos dispuestos a creer que el cielo les atendía que a considerar a los cielos dispuestos a engullirles... disposición evidente en el propio clima.

Así pues, la mentalidad de Frick era justo la adecuada para la labor del señor Solomon, dado que tenía mayor abundancia de ideas del mismo tipo y un recelo sobre el cielo y la tierra mejor alimentado y de mayor holganza.

En aquella época, Solomon era supervisor de carreteras y a menudo pasaba en sus rondas por Frick, en su lenta jaca, para ver a los trabajadores sacar la piedra, deteniéndose con misteriosa deliberación, lo que hubiera, equivocadamente, inducido a cualquiera a pensar que eran otros los motivos para quedarse y no la simple falta de impulso para moverse. Tras mirar largo rato cualquier trabajo que estuviera en marcha, levantaba un poco la vista y miraba al horizonte; finalmente agitaba un poco la brida, fusteaba el caballo y se ponía en marcha lentamente. La manilla de las horas de un reloj era rápida en comparación con el señor Solomon, que tenía la grata sensación de que podía permitirse ser lento. Tenía la costumbre de detenerse y mantener charlas cautelosas y algo chismosas con cuantos se encontrara en el camino, y gustaba especialmente de oír noticias que ya sabía, sintiéndose con ventaja sobre cualquier narrador al no creérselas del todo. Sin embargo, un día entró en conversación con Hiram Ford, un carretero, y él mismo aportó información. Quería saber si Hiram había visto gente con estacas e instrumentos espiando por las cercanías; se denominaban a sí mismos gente del ferrocarril, pero a saber lo que eran, o las intenciones que traían. Lo menos que pretendían era trocear la parroquia de Lowick entera.

-Pues entonces no habrá movimiento de un sitio a otro -dijo Hiram, pensando en su carro y sus caballos.
-Ni pizca -dijo el señor Solomon-. ¡Mira que trocear tierra buena como la de esta parroquia! Que se vayan a Tipton, digo yo. Pero a saber lo que hay en el fondo de todo esto. Argumentan que es por el comercio, pero a la larga serán las tierras y los pobres los perjudicados.

-Serán tipos de Londres -dijo Hiram que tenía la vaga noción de Londres como un centro hostil contra el campo. -Pues claro que sí. Y he oído que en algunas zonas de Brassing, la gente se les echó encima cuando estaban espiando y les rompieron esos artilugios para mirar qué llevaban y les hicieron largarse, así que se lo pensarán mejor antes de volver.

-Apuesto a que fue divertido -dijo Hiram, cuya diversión se veía muy mermada por las circunstancias.

-Yo no me metería con ellos -dijo Solomon-. Pero hay quien dice que el país ha visto ya sus mejores días y la prueba está en estos tipos, pateando arriba y abajo y queriéndolo trocear todo para hacer ferrocarriles; y todo para que el comercio grande se engulla al pequeño y no quede en el campo ni un solo tiro ni un solo látigo que restallar.

-Ya les restallaré yo el látigo en las orejas antes de llegar a esas -dijo Hiram, mientras Solomon, agitando la brida, se puso en marcha.

No es preciso cuidar la simiente de las ortigas. La ruina que el ferrocarril causaría a aquellos campos se comentó no sólo en el Weights and Scales sino en las eras donde la abundancia de braceros ofrecía unas oportunidades para hablar que surgían poco durante el año agrícola.

Una mañana, no mucho después de la charla sostenida entre el señor Farebrother y Mary Garth, en la que ella le confesara sus sentimientos por Fred Vincy, sucedió que su padre hubo de ir a la granja de Yoddrell, en dirección a Frick: tenía que medir y valorar un trozo de tierra que pertenecía a Lowick Manor y quedaba a desmano y que Caleb pensaba vender ventajosamente para Dorothea (hay que confesar que tendía a obtener los mejores precios posibles de las compañías de ferrocarriles). Dejó la calesa en la granja de Yoddrell mientras caminaba con su ayudante y la cinta de medir hacia el escenario de su trabajo, se encontró con el grupo de empleados de la compañía que recomponían su nivel de alcohol. Les dejó tras una corta charla, comentando que le volverían a alcanzar donde iba a medir. Era una de esas mañanas grises postreras a unas lluvias ligeras y que resultan deliciosas alrededor del mediodía, cuando las nubes se abren un poco y los setos y los senderos huelen dulcemente a tierra.

Para Fred Vincy, a caballo por aquellas sendas, el olor hubiera sido más agradable de no estar preocupado por los inútiles esfuerzos por imaginarse qué podía hacer, con su padre a un lado esperando que entrara de inmediato en la Iglesia y con Mary al otro amenazando abandonarle si lo hacía, al tiempo que el mundo laboral no mostraba un ávido afán por un joven carente de capital y especialización. Todo resultaba aún más duro dado que su padre, contento de que Fred ya no fuese un rebelde, se mostraba de un excelente humor con él y le había encomendado este agradable paseo con el fin de ver unos galgos. Incluso cuando hubiera decidido lo que iba a hacer, aún quedaría la tarea de decírselo a su padre. Pero había que admitir que la decisión, que era lo que venía antes, constituía la labor más ardua: ¿qué ocupación secular podía existir para un joven (cuya familia no le podía conseguir un «nombramiento») que fuera digna al tiempo que lucrativa y que no precisara de ningún conocimiento específico? A caballo por los senderos de Frick en este estado de ánimo, y aminorando el paso mientras pensaba en si debería pasar por la rectoría de Lowick para visitar a Mary, podía ver por encima de los setos los distintos campos. De pronto un ruido llamó su atención, y vio, en la parte más lejana de un campo a su izquierda, seis o siete hombres con camisolas y horcas en las manos avanzando agresivamente hacia los cuatro agentes del ferrocarril que les hacían frente, mientras Caleb y su ayudante cruzaban apresuradamente el campo para unirse al grupo amenazado. Fred, detenido unos momentos por tener que buscar la verja, no pudo galopar hasta el lugar antes de que el grupo de las camisolas, cuya labor de airear el heno no había sido muy diligente tras la cerveza del mediodía, hicieran retroceder, a punta de horca, a los hombres con levita, mientras el ayudante de Caleb Garth, un chico de diecisiete años que se había adueñado de la cerveza restante por orden de Caleb, había sido abatido y yacía aparentemente inconsciente. Los de las levitas llevaban ventaja a la hora de correr y Fred les cubrió la retirada poniéndose delante de los de las camisolas y abalanzándose contra ellos con suficiente rapidez como para desmantelar su persecución.

-¿Qué diablos os proponéis? -gritó Fred persiguiendo al disperso grupo en zig zag y restallando a izquierda y a derecha con la fusta-. Os denunciaré a todos ante el juez. Habéis tumbado al muchacho y lo mismo está muerto. Como no os andéis con ojo os colgarán a todos en la próxima sesión judicial -dijo Fred, que más tarde se reía con gusto recordando sus palabras.

Los trabajadores habían sido obligados a cruzar el portillo y entrar en su era, y Fred ya había frenado el caballo cuando Hiram Ford, observando que se encontraba a una prudente distancia se giró y profirió un desafío que ignoraba que fuese homérico.

-Es usted un cobarde, sí señor. Bájese del caballo y nos las veremos. Lo que pasa es que no se atreve a venir sin el caballo y la fusta. Si no, ya le daría yo, vaya que si le daría...

-Aguarda un momento a que vuelva y me las veo con cada uno de vosotros si queréis -dijo Fred que confiaba en la capacidad que tenía cuando boxeaba con sus estimados hermanos. Pero en aquel momento quería regresar junto a Caleb y el joven abatido.

El muchacho se había torcido el tobillo y le dolía mucho, aunque por lo demás estaba ileso, y Fred le subió al caballo para que pudiera ir hasta la finca de Yoddrell donde le cuidarían.

-Que metan el caballo en el establo, y diles a los peritos que pueden volver a recoger sus trastos -dijo Fred-. El terreno está despejado.

-No, no -dijo Caleb-. Aquí hay una rotura. Tendrán que dejarlo por hoy, y casi que más vale. Toma, Tom, pon estas cosas delante de ti en el caballo. Te verán venir y se volverán.

-Me alegro de haber estado aquí tan oportunamente, señor Garth -dijo Fred mientras Tom se marchaba-. A saber qué hubiera ocurrido si la caballería no llega a tiempo.

-Sí, sí, fue una suerte -dijo Caleb con aire ausente y mirando hacia el lugar donde había estado trabajando cuando le interrumpieron-. Pero... maldita sea... esto es lo que pasa cuando la gente es imbécil... me entorpecen el trabajo. No me puedo apañar sin alguien que me ayude con la cinta de medir. ¡En fin! -se dirigía ya hacia el lugar con aire contrariado, como si hubiera olvidado la presencia de Fred cuando de pronto se volvió y dijo muy deprisa-. ¿Tienes algo que hacer hoy, joven?

-No, señor Garth. Le ayudaré con mucho gusto... ¿puedo? -dijo Fred con la sensación de que estaría cortejando a Mary al ayudar a su padre.

-Pero no deberá molestarte agacharte y pasar calor. -No me molesta nada. Pero antes voy a vérmelas con ese forzudo que me ha desafiado. Voy a darle una buena lección. No tardo ni cinco minutos.

-¡Tonterías! -dijo Caleb con su tono más autoritario-. Hablaré yo con los hombres. Es pura ignorancia. Alguien les ha estado contando mentiras y los pobres bobos se las creen.

-Iré con usted, entonces -dijo Fred.

-No, no, quédate donde estás. No quiero tu joven fogosidad. Sé cuidar de mí mismo.

Caleb era un hombre fuerte y sabía poco de miedos salvo el de herir a otros y el de tener que hacer discursos. Pero en este momento pensó que era su obligación lanzar una pequeña arenga. Había en él una extraña mezcla, producto de haber bregado siempre mucho, de ideas muy severas respecto a los trabajadores y la indulgencia para con ellos. Consideraba que una buena jornada de trabajo bien hecho era parte del bienestar de estos, al igual que el principal componente de su propia felicidad; pero también poseía un fuerte sentido de la camaradería. Cuando avanzó hacia los jornaleros, éstos no habían aún reanudado el trabajo sino que mantenían esa especie de agrupación rural que consiste en estar medio de lado y guardar entre sí una distancia de unos dos metros. Hoscamente miraron a Caleb, que avanzó con rapidez, una mano en el bolsillo y la otra por entre los botones del chaleco y se detuvo entre ellos con su aire amable cotidiano.

-Pero bueno, muchachos, ¿qué es esto? -empezó adoptando frases cortas como de costumbre, que para él estaban llenas de sentido por ser fruto de muchas ideas soterradas, como las abundantes raíces de una planta que apenas consigue asomar la cabeza por encima del agua-. ¿Cómo podéis haber cometido semejante error? Alguien os ha estado mintiendo. Creíais que esos hombres querían haceros daño.

-¡Ajá! -fue la respuesta, proferida por cada uno a intervalos correspondientes a su grado de despabilamiento. -¡Qué tontería! ¡Pero si no es eso! Están viendo por dónde tiene que pasar el ferrocarril. Y, muchachos, no podéis frenar la vía; se hará tanto si os gusta como si no. Y si lucháis contra ello no haréis más que buscaros problemas. La ley permite a esos hombres entrar en esta tierra. El propietario no puede decir nada en contra y si os metéis con ellos os las veréis con el alguacil y el juez Blakesley, y los grilletes y la cárcel de Middlemarch. Y os podríais encontrar ya en esas si alguien os denunciara.

Caleb se detuvo aquí y tal vez ni el mejor orador hubiera podido escoger mejor el momento o las imágenes para la ocasión.

-Pero venga, no teníais mala intención; alguien os ha dicho que el ferrocarril era una mala cosa. Y eso es una mentira. Puede hacer un poco de daño aquí o allí, a esto o aquello, igual que pasa con el sol en el cielo. Pero el ferrocarril es una buena cosa.

-¡Ya! Bueno para que los señorones hagan dinero -dijo el viejo Timothy Cooper, que se había quedado aireando el heno mientras los otros se habían ido de escapada-. He visto muchas cosas desde que era joven... la guerra y la paz, los canales, el viejo rey Jorge, y el regente, y el nuevo rey Jorge, y el otro, que tiene un nombre diferente, y nada ha cambiado para los pobres. ¿De qué les han servido los canales? No les han traído ni carne ni tocino, ni dinero para ahorrar, como no lo hicieran a base de morirse de hambre. Los tiempos han empeorado para los pobres desde que yo era joven. Y lo mismo pasará con el ferrocarril; sólo servirá para que el pobre siga aún más a la cola. Pero los que se entrometen son unos insensatos, y así se lo he dicho a estos muchachos. Este es un mundo para los peces gordos, sí señor. Pero usted está con ellos, señor Garth, vaya si lo está.

Timothy era un enjuto y viejo trabajador, del tipo que aún perduraba en aquellos tiempos, que tenía sus ahorros en un calcetín, vivía en una casita solitaria, no se dejaba convencer por la oratoria, y con tan poco espíritu feudal y tal desconfianza, como si no le fuera del todo ajena la edad de la razón y los derechos del hombre. Caleb se encontraba en la difícil postura que conoce toda persona que, en épocas oscuras y sin la ayuda de un milagro, haya intentado razonar con la gente del campo que están en posesión de una verdad innegable que ellos conocen a través de un duro proceso emocional, y que pueden dejar caer como el garrote de un gigante sobre el pulcro razonamiento acerca del beneficio social que ellos no notan. Caleb carecía de labia, incluso aunque hubiera deseado utilizarla, y además, estaba acostumbrado a enfrentarse a las dificultades cumpliendo noblemente con su trabajo. Así pues, respondió:

-No importa, Tim, que no tengas una buena opinión de mí, eso ni va ni viene. Puede que las cosas vayan mal para los pobres, tienes razón; pero no quiero que estos muchachos las empeoren. Tal vez el ganado lleve una pesada carga, pero no le ayudará tirarla a la cuneta cuando es en parte su propio pienso.

-Sólo queríamos divertirnos un poco -dijo Hiram, que empezaba a ver las consecuencias-. Sólo queríamos eso.

-Bueno, pues, prometedme que no lo volveréis a hacer y me encargaré de que no os denuncie nadie.

-Yo no he enredado nunca y no tengo por qué prometer nada -dijo Timothy.

-Pero el resto sí. Tengo tanto trabajo como cualquiera de vosotros y no tengo tiempo que perder. Prometedme que no armaréis camorra sin que tenga que venir el alguacil.

-Bueno, bueno, no armaremos follón..., por nosotros que hagan lo que quieran -fueron las fórmulas de compromiso que pudo arrancarles Caleb, quien se apresuró a regresar junto a Fred, que le había acompañado, y le observaba desde el portillo.

Se pusieron a trabajar y Fred ayudó con afán. Se había animado y se rio a gusto al resbalarse en la tierra húmeda cercana al seto y mancharse los magníficos pantalones de verano. ¿Qué le había alegrado, el éxito de su ataque o la satisfacción de ayudar al padre de Mary? Algo más. Los percances de la mañana habían contribuido a forjar en su paralizada imaginación una ocupación que tenía varios atractivos. No estoy segura de que ciertas fibras de la mente del señor Garth no reanudaran su antigua vibración por precisamente ese fin que ahora se le revelaba a Fred. Pues el accidente eficaz no es más que la pizca de fuego que cae donde hay aceite y estopa, y a Fred siempre se le antojó que fue el ferrocarril lo que proporcionó el toque necesario. Pero prosiguieron en silencio salvo en las ocasiones en que la labor precisaba de palabras. Finalmente, cuando hubieron concluido y se marchaban, el señor Garth dijo:

-No hace falta ser licenciado para hacer este tipo de trabajo, ¿verdad, Fred?

-Ojalá me hubiera dedicado a ello antes de pensar en licenciarme -respondió Fred. Hizo una pausa y añadió con cierto titubeo-: ¿Cree usted que soy demasiado mayor para aprender su oficio, señor Garth?

-Mi oficio es muy diverso, hijo -dijo el señor Garth sonriendo-. Una gran parte de cuanto sé sólo llega con la experiencia, no se puede aprender como se aprenden las cosas de los libros. Pero aún eres lo suficientemente joven como para cimentar -Caleb pronunció la última frase con énfasis, pero se detuvo un tanto dudoso, pues últimamente había tenido la impresión de que Fred había decidido entrar en la Iglesia.

-¿Cree usted, entonces, que podría hacer algo de provecho si lo intentara? -preguntó Fred con mayor animación.

-Eso depende -respondió Caleb, ladeando la cabeza y bajando la voz, con el aire de quien está convencido de estar diciendo algo profundamente religioso-. Debes estar seguro de dos cosas: debes amar tu trabajo y no estar deseando que acabe para que empiece la diversión. Y la otra: no debes avergonzarte de él y pensar que sería más honroso para ti hacer otra cosa. Debes sentirte orgulloso de tu trabajo, y de aprender a hacerlo bien y no estar siempre diciendo «Hay esto y aquello...», «si tuviera esto o o lo otro me iría mejor». No daría un céntimo por alguien, fuera lo que fuera -aquí Caleb frunció los labios en un gesto amargo y chasqueó los dedos-, lo mismo me da primer ministro que bardador, si no hace bien lo que emprende.

-No creo que pudiera sentir eso siendo clérigo -dijo Fred, con la intención de dar un paso adelante en la conversación.

-Pues entonces, hijo, déjalo -dijo Caleb bruscamente-, de lo contrario nunca te sentirás a gusto. O si estás a gusto, serás un pobre hombre.

-Eso es casi lo mismo que opina Mary -dijo Fred sonrojándose-. Supongo que conoce mis sentimientos por Mary, señor Garth. Espero que no le disguste el que siempre la haya querido más que a nadie, y que jamás querré a nadie como a ella.

La expresión de Caleb se fue dulcificando visiblemente a medida que Fred hablaba. Pero movió la cabeza con solemne lentitud y dijo:

-Entonces aún es más serio, Fred, si pretendes hacerte cargo de la felicidad de Mary.

-Ya lo sé, señor Garth -dijo Fred con vehemencia-, y por ella haría cualquier cosa. Ella dice que jamás se casará conmigo si entro en la Iglesia, y si la pierdo, seré el ser más desgraciado del mundo. De verdad, si encontrara alguna otra profesión o negocio, cualquier cosa para la que sirviera, trabajaría a fondo y merecería la aprobación de usted. Me gustaría algo que tuviera que ver con la vida al aire libre. Sé mucho ya sobre tierra y ganado. Sabe, solía creer, aunque me crea un necio por ello, que tendría mi propia tierra. Estoy convencido que no me costaría aprender cosas de ese tipo, sobre todo si de alguna forma le tuviera a usted para orientarme.

-Despacio, hijo -dijo Caleb, la imagen de Susan ante sus ojos-. ¿Qué le has dicho a tu padre de todo esto?

-De momento nada; pero debo hacerlo. Sólo estoy esperando a ver qué puedo hacer en lugar de entrar en la Iglesia. Siento mucho desilusionarle, pero a un hombre de veinticuatro años se le debería permitir juzgar por sí mismo. ¿Cómo iba yo a saber a los quince lo que me convendría hacer ahora? Mi educación ha sido un error.

-Pero escucha, Fred -dijo Caleb- ¿estás seguro de que Mary te quiere y de que se casaría contigo?

-Le pedí al señor Farebrother que hablara con ella porque a mí me lo había prohibido... no sabía qué otra cosa podía hacer -dijo Fred disculpándose-. Y él dice que tengo fundamentos para la esperanza si consigo una posición digna... es decir, fuera de la Iglesia. Supongo, señor Garth que pensará que es injustificable que le moleste e incomode a usted con mis propios sentimientos sobre Mary antes de haberme labrado un porvenir. Por supuesto que no tengo ni el más mínimo derecho... es más, tengo ya con usted una deuda que jamás podré saldar, ni siquiera cuando le haya podido devolver dinero.

-Sí, hijo mío, sí que tienes derecho -dijo Caleb, en tono cargado de emoción-. Los jóvenes siempre tienen derecho a que los viejos les ayuden a salir adelante. Yo fui joven una vez y tuve que apañármelas sin mucha ayuda, pero la hubiera agradecido, aunque no hubiera sido más que por sentirme acompañado. Pero tengo que pensar. Ven mañana a mi oficina, a las nueve. A la oficina, ¿eh?

El señor Garth no daba pasos importantes sin consultar a Susan, pero hay que confesar que antes de llegar a casa ya había tomado una decisión. Respecto de un gran número de asuntos sobre los que otros hombres resultan firmes y obstinados, Caleb era el ser más manejable del mundo. Nunca sabía qué carne elegir, y si Susan hubiera dicho que debían vivir en una casa de cuatro habitaciones para ahorrar, hubiera contestado «allá vamos», sin entrar en más detalles. Pero donde los sentimientos y el criterio de Caleb se pronunciaban con claridad, estos se imponían, y pese a la docilidad y timidez de sus reproches, todos a su alrededor sabían que, en aquellas ocasiones excepcionales en las que elegía algo, era tajante. Lo cierto es que nunca decidía serlo salvo en interés de otra persona. La señora Garth resolvía noventa y nueve asuntos, pero en el número cien sabía que habría de realizar la tarea singularmente difícil de renunciar a sus principios y convertirse en subordinada.

-Ha salido como yo pensaba, Susan -dijo Caleb cuando se encontraron a solas por la noche. Ya había contado la aventura que desembocara en la colaboración de Fred en su trabajo, pero callándose el ulterior resultado-. Los chicos se quieren... me refiero a Fred y Mary.

La señora Garth dejó la labor sobre el regazo y fijó con ansiedad su mirada penetrante en su marido.

-Fred me lo contó todo cuando terminamos el trabajo. No aguantaría ser clérigo, y Mary dice que de serlo no se casará con él. Y al chico le gustaría trabajar conmigo y dedicarse al negocio. Y estoy decidido a aceptarle y hacer de él un hombre.

-¡Caleb! -exclamó la señora Garth en tono grave que manifestaba su resignado asombro.

-Es algo hermoso -dijo Caleb, acomodándose firmemente contra el respaldo de la butaca y agarrando los brazos de la misma-. Me traerá complicaciones, pero creo que podré sacarle adelante. El chico quiere a Mary y un amor verdadero es una gran cosa para una buena mujer, Susan. Encarrila a muchos atolondrados.

-¿Te ha dicho Mary algo de esto? -preguntó la señora Garth, íntimamente un poco dolida de tener que ser informada.

-Ni una palabra. En una ocasión le pregunté por Fred, le di unas advertencias. Pero me aseguró que jamás se casaría con un hombre indolente o comodón... no hemos vuelto a decir nada. Pero parece que Fred le pidió al señor Farebrother que hablara con ella porque Mary se lo había prohibido al chico directamente y el vicario ha descubierto que ella le quiere, pero dice que no debe ser clérigo. Fred está muy enamorado de Mary, eso lo veo claro, y me hace tener una buena opinión del chico... y siempre nos gustó, Susan.

-Creo que es una pena -dijo la señora Garth.

-¿Por qué una pena?

-Porque Mary podría haberse casado con un hombre que vale veinte Fred Vincys.

-¿Ah sí? -dijo Caleb sorprendido.

-Estoy convencida de que el señor Farebrother la quiere y pensaba pedirle matrimonio; pero claro, ahora que Fred le ha utilizado de mensajero, se pone punto final a esa mejor perspectiva -las palabras de la señora Garth contenían una severa precisión. Estaba contrariada y desilusionada, pero también decidida a no proferir palabras inútiles.

Caleb guardó silencio algunos minutos, lleno de sentimientos encontrados. Fijó la vista en el suelo y movió las manos y la cabeza como acompañando alguna argumentación interna. Finalmente dijo:

-Eso me hubiera hecho sentirme muy feliz y orgulloso, Susan, y me hubiera alegrado mucho por ti. Siempre he tenido la sensación de que la vida que llevas no ha estado a tu altura. Pero me aceptaste a mí, aunque era un hombre muy corriente.

-Escogí al hombre mejor y más inteligente que jamás conociera -dijo la señora Garth, convencida de que ella nunca se hubiera enamorado de alguien que no diera la talla.

-Bueno..., quizá había quien pensara que podías haberte casado mejor. Pero hubiera sido peor para mí. Y eso es lo que me afecta mucho de Fred. El chico es bueno en el fondo, y tiene cabeza para salir adelante si se le encamina, y quiere y respeta a mi hija por encima de todo, y ella le ha hecho algún tipo de promesa, dependiendo de cómo se encarrile. Tengo en mis manos el alma de ese joven y, con la ayuda de Dios, haré cuanto pueda por él. Es mi obligación, Susan.

La señora Garth no era muy dada al llanto, pero una lágrima le cayó por la mejilla antes de que su esposo terminara de hablar. Era el fruto de diversos sentimientos, entre los que había mucho afecto y cierta contrariedad. Se la limpió con presteza mientras decía:

-Pocos hombres aparte de ti considerarían que es su deber aumentar de esa manera sus problemas, Caleb.

-Eso no quiere decir nada... lo que otros piensen me da igual. Tengo un sentimiento interno muy claro y lo seguiré y espero que me acompañe tu corazón, Susan, a la hora de allanarle las cosas a Mary, pobre hija.

Caleb, recostado en la butaca, miró a su esposa con angustiada súplica. Ella se levantó y le besó diciendo:

-¡Dios tebendiga, Caleb! Nuestros hijos tienen un buen padre. Pero salió a darse un hartón de llorar para compensar la parquedad de sus palabras. Estaba segura que el comportamiento de su marido sería mal interpretado, y respecto de Fred se sentía realista y poco esperanzada. Al final, ¿qué tendría más visión de futuro, su realismo o la ardiente generosidad de Caleb?

Cuando Fred llegó a la oficina a la mañana siguiente, hubo de pasar una prueba para la que no estaba preparado. -Vamos a ver, Fred -dijo Caleb-, tendrás trabajo de oficina. Casi siempre he hecho yo personalmente la mayor parte del trabajo escrito, pero necesito ayuda y como quiero que entiendas la contabilidad y te enteres de los valores, pienso prescindir de otro empleado. Así que ponte a ello. ¿Qué tal vas de caligrafía y aritmética?

A Fred le dio un vuelco el corazón; no había pensado en trabajo de oficina, pero estaba decidido y dispuesto a no arredrarse.

-No me asusta la aritmética, señor Garth: siempre se me dio bien. Y creo que conoce mi letra.

-Veamos -dijo Caleb, cogiendo la pluma, examinándola cuidadosamente y pasándosela a Fred, bien mojada, junto con una hoja de papel rayado-. Cópiame una o dos líneas de esta valoración, con los números al final.

Existía en aquellos tiempos la opinión de que era indigno de un caballero el que escribiera de manera legible o con una letra mínimamente apropiada para un oficinista. Fred escribió las líneas requeridas con una letra tan decorosa como la de cualquier vizconde u obispo del momento: las vocales todas iguales y las consonantes diferenciadas tan sólo en ir para arriba o para abajo, los trazos de una borrosa solidez, y las letras despreciando la línea recta -en resumen, un manuscrito de esa venerable especie fácil de interpretar cuando sabes de antemano el contenido de las palabras.

Así que Caleb observaba, su rostro fue mostrando una creciente decepción, pero cuando Fred le entregó el papel profirió como un rugido y procedió a golpear la hoja vigorosamente con el dorso de la mano. El trabajo mal hecho, como aquel, hacía desaparecer la docilidad de Caleb.

-¡Maldita sea! -bramó-. ¡Pensar que éste es un país donde la educación de un hombre puede costar cientos y cientos de libras para dar estos resultados! -continuó en tono más patético, subiéndose las gafas y mirando al desafortunado amanuense-. Que el señor se apiade de nosotros, Fred, ¡pero no puedo soportar esto!

-¿Qué puedo hacer, señor Garth? -dijo Fred muy desanimado no sólo ante la valoración de su escritura sino ante la posibilidad de que le englobaran con los oficinistas.

-¿Que qué puedes hacer? Pues aprender a hacer las letras y que las palabras formas líneas rectas. ¿De qué sirve escribir si nadie entiende lo que escribes? -preguntó Caleb con energía, preocupado ante la mala calidad del trabajo-. ¿Es que hay tan poco trabajo en el mundo que hay que mandar rompecabezas por todo el país? Pero así es como sé educa a la gente. No sé cuánto tiempo perdería con algunas cartas que me envían si Susan no me las descifrara. Es indignante -y Caleb tiró el papel.

Un extraño que se asomara a la oficina en aquel momento se hubiera preguntado cuál era el drama que existía entre el indignado hombre de negocios y el joven apuesto cuya tez clara se iba salpicando de manchas mientras se mordía el labio con humillación. Fred luchaba contra diversos pensamientos. El señor Garth se había mostrado tan amable y alentador al principio de su entrevista, que la gratitud y la esperanza alcanzaron un momento álgido y la caída fue proporcional. No se le había ocurrido pensar en hacer trabajo de oficina, de hecho, como la mayoría de los jóvenes caballeros, quería un trabajo carente de partes desagradables. No puedo decir cuáles hubieran sido las consecuencias si Fred no se hubiera ya prometido a sí mismo ir a Lowick y decirle a Mary que se había comprometido a trabajar con su padre. No quería defraudarse a sí mismo en ese punto.

-Lo siento mucho -fue lo único que acertó a decir. Pero el señor Garth ya se iba aplacando.

-Tendremos que valernos de lo que tenemos, Fred -continuó recobrando su tono calmoso habitual-. Todo el mundo puede aprender a escribir. Yo aprendí solo. Ponte a ello con voluntad, y continúa por la noche si no te basta con el día. Tendremos paciencia, hijo. Callum continuará de momento con los libros mientras tú aprendes. Pero ahora me tengo que ir -dijo Caleb levantándose-. Debes decirle a tu padre nuestro acuerdo. Cuando sepas escribir me ahorrarás el sueldo de Callum, y puedo pagarte ochenta libras el primer año, y más después.

Cuando Fred dio a sus padres las explicaciones necesarias el efecto que surtieron en ambos fue una sorpresa que se le quedó muy grabada en la memoria. Fue directamente desde la oficina del señor Garth al almacén, comprendiendo acertadamente que la forma más respetuosa de comportarse con su padre era dándole la dolorosa noticia de la manera más seria y formal posible. Además, quedaría más claro que la decisión era definitiva si la entrevista tenía lugar durante las horas más solemnes de su padre, que siempre eran las que pasaba en su habitación privada del almacén.

Fred fue directamente al grano y expresó brevemente lo que había hecho, así como sus propósitos, manifestando al final que lamentaba ser causa de disgusto para su padre y asumiendo la culpabilidad de sus propias deficiencias. El pesar era auténtico y le inspiró a Fred palabras sencillas y llenas de sentimiento.

El señor Vincy escuchó con profunda sorpresa sin tan siquiera proferir una exclamación, silencio que, dado su temperamento impaciente, era síntoma de insólita emoción. No se sentía contento con el comercio aquella mañana y la amargura reflejada en sus labios se fue intensificando a medida que escuchaba. Cuando Fred concluyó hubo una pausa de casi un minuto, durante la cual el señor Vincy recolocó un libro sobre la mesa y giró la llave del cajón ostensiblemente. A continuación miró fijamente a su hijo y dijo:

-Así que, finalmente te has decidido ¿no?

-Sí, padre.

-Muy bien; pues persiste. No tengo más que decir. Has tirado por la borda tu educación y has descendido socialmente cuando yo te había proporcionado los medios para ascender, eso es todo.

-Siento mucho que no estemos de acuerdo, padre. Creo que puedo ser tan caballero con la ocupación que he escogido como si me hubiera hecho clérigo. Pero le agradezco el querer hacer todo lo posible por mí.

-Muy bien; no tengo nada que añadir. Me lavo las manos respecto de ti. Sólo espero que cuando tengas un hijo propio te recompense mejor tus desvelos.

Fred se sintió dolido. Su padre estaba empleando esa injusta ventaja que todos poseemos cuando nos encontramos en una situación triste y contemplamos nuestro propio pasado como si simplemente formara parte de esa tristeza. La verdad es que los deseos del señor Vincy respecto de su hijo habían encerrado una buena dosis de orgullo, desconsideración y egoísmo insensato. Pero el padre seguía teniendo un gran peso y Fred tenía la sensación de que le desterraban con una maldición.

-Confío en que no se oponga a que siga en casa -dijo al ponerse en pie para marcharse-, me llegará el sueldo para pagar mi manutención, como por supuesto deseo hacer.

-¡Al diablo la manutención! -dijo el señor Vincy rehaciéndose ante el enojo producido por la idea de que hiciera falta una aportación de Fred para su sustento-. Tu madre querrá que te quedes, por supuesto. Pero que quede claro que no seguiré proporcionándote un caballo; y te pagarás el sastre. Me imagino que cuando pagues de tu bolsillo podrás prescindir de uno o dos trajes.

Fred remoloneaba; quedaba algo por decir. Por fin se decidió.

-Espero que me dé la mano, padre, y me perdone por el disgusto que le he causado.

Desde su sillón el señor Vincy lanzó una rápida mirada a su hijo que se le había acercado, y extendió la mano, diciendo precipitadamente:

-Sí, sí, no hablemos más de esto.

Fred tuvo con su madre una exposición y explicación mucho más extensa, pero ella se mostró inconsolable al tener ante sí lo que quizá a su esposo no se le había ocurrido: la certidumbre de que Fred se casaría con Mary Garth; que, en adelante, la vida de la señora Vincy se vería estropeada por una perpetua invasión de Garths y sus costumbres, y que su adorado hijo, con su hermoso rostro y su pelo elegante «mucho más que el de cualquier otro vástago de Middlemarch», estaba abocado a contagiarse de aquella familia en lo anodino de su aspecto y la dejadez en su vestir. Le parecía que había una conspiración de los Garth para hacerse con el deseable Fred, pero no osó extenderse sobre ese tema, porque una mera alusión bastó para que su hijo montara en cólera contra ella como jamás lo hiciera anteriormente. La señora Vincy tenía un carácter demasiado dulce para demostrar enojo, pero sintió que su felicidad había quedado mellada, y durante algunos días, el mero hecho de mirar a Fred la hacía llorar un poco, como si su hijo fuera el blanco de alguna profecía maléfica. Tal vez tardara más en recuperar su buen humor habitual porque Fred la había advertido contra que reabriera de nuevo este punto delicado con su padre, quien había aceptado la decisión de su hijo al tiempo que le perdonaba. Si su esposo se hubiera mostrado airado contra su hijo, la señora Vincy se hubiera visto empujada a la defensa de Fred. Fue al final del cuarto día cuando el señor Vincy le dijo:

-Ven, Lucy, mujer, no estés tan desanimada. Siempre malcriaste al chico y siempre lo harás.

-Nada me había disgustado tanto antes, Vincy -dijo su esposa, empezándole a temblar de nuevo la hermosa garganta y la barbilla- sólo su enfermedad.

-Bueno, bueno, no tiene ninguna importancia. Debemos esperar problemas con nuestros hijos. No lo pongas aún más difícil mostrándote tan alicaída.

-Está bien -dijo la señora Vincy, alentada por esta apelación y recomponiéndose con una ligera sacudida como si fuera un pájaro que asienta su plumaje.

-No podemos preocuparnos sólo por uno -dijo el señor Vincy, queriendo combinar alguna protesta con la alegría doméstica-. Tenemos a Rosamond además de Fred.

-Sí, pobrecilla. Cuánto he sentido que perdiera al niño. Pero lo ha superado muy bien.

-¿El niño? Peor es que veo que Lydgate se está destrozando la consulta y, además, según he oído, endeudándose también. Dentro de poco tendré aquí a Rosamond contándome alguna bonita historia. Pero de mí no sacarán dinero, eso te lo aseguro. Que le ayude su familia. Nunca me gustó esa boda. Pero es inútil hablar. Llama para que traigan unos limones y anímate, Lucy. Mañana os llevaré a ti y a Louisa a Riverston.