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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 55.
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¿Tiene ella sus faltas?
Yo quisiera
Que también tú las tuvieras.
Son el mosto
Más fructífero del mejor vino.
Mejor, son el fuego más regenerador
Que ha transformado el denso y negro
Elemento en un cristal que lleva al sol.

La juventud es la estación de la esperanza, a menudo sólo lo es en el sentido de que nuestros mayores se sienten esperanzados respecto a nosotros, pues no hay tan dispuesta a creer que sus emociones, separaciones y decisiones son las últimas de su especie. Cada crisis parece definitiva, sólo por el hecho de ser nueva. Nos dicen que a los más viejos habitantes del Perú no cesan de inquietarles los terremotos, pero es probable que vean más allá de cada sacudida y piensen que quedan muchos por delante.

A Dorothea, aún en esa época de la juventud en la que los ojos de largas y espesas pestañas siguen, tras su lluvia de lágrimas, tan límpidos y descansados como una flor de pasión recién abierta, la despedida de Will Ladislaw de aquella mañana le pareció el final de su relación personal. Se sumergía en la distancia de años desconocidos, y si algún día regresaba, sería un hombre diferente. El estado mental de Will -su altiva decisión de anular de antemano cualquier sospecha de que haría el papel de aventurero menesteroso en busca de una mujer rica- se escapaban por completo a la imaginación de Dorothea y, sin ninguna dificultad, había interpretado su comportamiento suponiendo que, como a ella, el codicilo del señor Casaubon le parecía una burda y cruel prohibición a cualquier amistad activa entre ellos. El gozo juvenil que experimentaban al hablarse y decirse lo que a nadie más le interesaría oír, había terminado para siempre, convirtiéndose en un tesoro del pasado. Esta era precisamente la razón para que Dorothea se recreara en ello sin la menor reserva interior. También había muerto aquella felicidad singular, y en su sombría y silenciosa cámara daría rienda suelta al apasionado dolor del que ella misma se sorprendía. Por primera vez descolgó la miniatura de la pared y la puso ante ella, gustando de fundir a aquella mujer a quien se había juzgado con excesiva dureza con el nieto a quien su propio corazón y criterio defendían. Quien haya disfrutado de la ternura de una mujer ¿podrá reprocharle a Dorothea que tomara el pequeño cuadro ovalado en la palma de la mano y lo acunara contra su mejilla como si ello pudiera calmar a la criatura que había sufrido una condena injusta? Desconocía entonces que era el Amor quien la había visitado brevemente, como en un sueño antes de despertar, las alas llenas de los colores de la mañana; que era el Amor de quien se despedía con sollozos mientras que el inocente rigor del obligado día desterraba su imagen. Sólo sentía que en su destino había algo irrevocablemente desatinado y perdido, lo que facilitó que pudiera plasmar sus pensamientos sobre el futuro en decisiones. Las almas ardientes, dispuestas a construir sus vidas futuras, tienden a comprometerse a cumplir sus propias visiones.

Un día en que fue a Freshitt a cumplir su promesa de quedarse a pasar la noche y ver cómo se bañaba el bebé, la señora Cadwallader fue a cenar, pues el rector se hallaba en una excursión pesquera. Era una noche cálida e incluso en el delicioso cuarto de estar, desde cuya ventana abierta el hermoso y vetusto césped descendía hacia el estanque de nenúfares y los montículos bien cuidados, hacía el suficiente calor para que Celia, con su traje de muselina blanca y suaves bucles se compadeciera de lo que debía sentir Dodo con su traje negro y apretada toca. Pero esto no fue hasta que no concluyeron ciertos episodios relacionados con el bebé y su mente quedó libre de intranquilidades. Llevaba un tiempo sentada abanicándose cuando dijo con su voz tranquila y un poco gutural:

-Dodo, cariño, quítate esa toca, por favor. Estoy segura de que esa vestimenta te tiene que poner enferma. -Estoy ya tan acostumbrada a ella... es como una especie de concha -dijo Dorothea sonriendo-. Me siento un poco desnuda cuando no la llevo.

-Tengo que quitártela: nos da calor a todos -dijo Celia, dejando el abanico a un lado y dirigiéndose a Dorothea. Constituía un tierno cuadro ver a esta dama menuda vestida de blanco desabrochándole la toca de viuda a su hermana, más majestuosa, y dejándola sobre una silla. Justo en el instante en que los rizos y trenzas color castaño quedaron liberados, Sir James entró en la habitación y dijo «¡Ah!» con satisfacción.

-He sido yo, James -dijo Celia-. No hace falta que Dodo haga de su luto semejante esclavitud; no tiene por qué llevar más esa toca delante de su familia.

-Mi querida Celia -dijo Lady Chettam-, una viuda debe guardar luto por lo menos un año.

-No si se casa antes -dijo la señora Cadwallader que experimentaba cierto placer sorprendiendo a su buena amiga, la madre de Sir James. Este se sintió molesto y se inclinó para jugar con el perro maltés de Celia.

-Espero que eso ocurra en contadas ocasiones -dijo Lady Chettam en un tono disuasorio de semejantes ocurrencias-. Ninguna de nuestras amistades se ha comprometido de esa manera excepto la señora Beevor y le resultó muy doloroso a Lord Grinsell que lo hiciera. Su primer marido reunía muchas pegas!, lo cual hizo que la sorpresa fuera aún mayor. Y fue severamente castigada por ello. Dicen que el capitán Beevor la arrastraba por los pelos y la amenazaba con pistolas cargadas.

-¡Claro, si eligió mal! -dijo la señora Cadwallader que estaba de un humor decididamente perverso-. En esos casos, el matrimonio siempre es malo, sea el primero o el segundo. La prioridad es una mala recomendación para un marido si carece de otra. Yo preferiría tener un buen segundo esposo que un primero indiferente.

-Hija mía, esa lengua tuya tan inteligente te pierde -dijo Lady Chettam-. Estoy segura de que serías la última mujer que se casara prematuramente, si falleciera nuestro querido rector.

-No prometo nada, podría ser una economía necesaria. Creo que no es ilegal volverse a casar, de lo contrario bien podríamos ser hindúes en vez de cristianos. Claro que si una mujer acepta al hombre inadecuado tiene que sufrir las consecuencias, y una que repite la equivocación se merece cuanto le ocurra. Pero si puede casarse con alguien de buena cuna, buena presencia y valentía... cuanto antes mejor.

-Creo que el tema de nuestra conversación está muy mal elegido -dijo Sir James con gesto de desagrado-. ¿Por qué no lo cambiamos?

-Que no sea por mí, Sir James -dijo Dorothea dispuesta a no dejar pasar la oportunidad de liberarse de ciertas soslayadas referencias a estupendos partidos-. Si están hablando por mí, les aseguro que no hay tema que me resulte más indiferente e impersonal que el de unas segundas nupcias. No me afecta más que si hablaran de mujeres que van a la caza de zorros: tanto si es admirable que lo hagan como si no lo es, no las seguiré. Dejen que la señora Cadwallader disfrute con ese tema tanto como con cualquier otro.

-Mi querida señora Casaubon -dijo Lady Chettam con su tono más regio-, espero que no creyera que le hacía alguna alusión a usted cuando mencioné a la señora Beevor. Fue tan sólo un ejemplo que se me ocurrió. Era la hijastra de Lord Grinsell; él se casó con la señora Teveroy en segundas nupcias. ¿Cómo iba a haber alguna alusión a usted?

-No, no -dijo Celia-. Nadie eligió el tema; ha sido todo por la toca de Dodo. La señora Cadwallader no hizo más que decir la verdad. Una mujer no se puede casar llevando una toca de viuda, James.

-¡Calla, hija, calla! No volveré a causar ofensa. Ni siquiera haré mención de Dido y Zenobia. Así que ¿de qué vamos a hablar? Yo por mi parte descarto la discusión sobre la naturaleza humana, porque esa es la naturaleza de las esposas de los rectores.

Más tarde, cuando la señora Cadwallader se hubo marchado, Celia le dijo en privado a Dorothea:

-La verdad, Dodo, quitarte la toca te hizo ser tú misma de nuevo, y por más de un motivo. Manifestaste tu opinión como solías hacer, cuando se decía algo que te disgustaba. Pero no entendí bien si fue a causa de James o de la señora Cadwallader.

-De ninguno de los dos -dijo Dorothea-. James habló movido por su delicadeza hacia mí, pero estaba equivocado al suponer que me molestaba lo que decía la señora Cadwallader. Sólo me molestaría de existir una ley que me obligara a aceptar cualquier ejemplar de buena cuna y presencia que ella o cualquier otra persona me recomendara.

-Pero Dodo, lo cierto es que, si volvieras a casarte, tanto mejor que tuviera alcurnia y hermosura -dijo Celia pensando que al señor Casaubon le habían dotado pobremente de ambas cualidades y que no estaría de más advertir a Dorothea a tiempo.

-No te preocupes, Kitty. Tengo ideas muy diferentes respecto de mi vida. No me volveré a casar -dijo Dorothea acariciando la barbilla de su hermana y observándola con afectuosa indulgencia. Celia acunaba a su hijo, y Dorothea había ido a darle las buenas noches.

-¿De verdad... estás decidida? -dijo Celia-. ¿Con absolutamente nadie..., aunque fuera lo más maravilloso? Dorothea movió lentamente la cabeza en sentido negativo.

-Con absolutamente nadie. Tengo planes estupendos. Me gustaría coger una gran extensión de terreno, drenarlo y hacer una pequeña colonia, donde todos trabajasen y trabajasen bien. Conocería a todo el mundo y sería su amiga. Voy a consultar detenidamente con el señor Garth, él me puede decir casi todo lo que quiero saber.

-Pues si tienes un plan, Dodo, serás feliz -dijo Celia-. Quizá al pequeño Arthur le gusten los planos cuando crezca y te podrá ayudar.

A Sir James se le informó esa misma noche de que Dorothea estaba decidida a no casarse con nadie y se iba a dedicar a «toda clase de planes» como hacía antaño. Sir James no hizo comentario. Íntimamente había algo repulsivo en un segundo matrimonio y ningún enlace le impediría sentirlo como una especie de profanación de Dorothea. Era consciente de que el mundo consideraría absurdo ese sentimiento, sobre todo tratándose de una mujer de veintiún años, siendo la costumbre de «el mundo» dar por seguro y cercano el segundo matrimonio de una viuda joven y sonreír significativamente si la viuda actuaba así. Pero si Dorothea decidía desposarse con la soledad, Sir James opinaba que la resolución le sentaría bien a su cuñada.