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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 54.
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Negli occhi porta la mia donna
Amore; Per che si fa gentil ciò ch'ella mira:
Ov'ella passa, ogni uom ver lei si gira,
E cui saluta fa tremar lo core.
Sicchè, bassando il viso, tutto smore,
E d'ogni suo dictto allor sospira:
Fuggon dinanzi a lei Superbia ed Ira:
Aiutatemi, donne, a farle onore.
Ogni dolcezza, ogni pensiero umile
Nasce nel core a chi parlar la sente;
Ond'è beato chi prima la vide.
Quel ch'ella par quand'un poco sorride,
Non si può dicer, nè tener a mente,
Si è nuovo miracolo gentile.
(DANTE, La hita Nuova.)

Aquella preciosa mañana en la que los almiares de Stone Court perfumaban con imparcialidad el aire como si el señor Raffles hubiera sido un invitado digno del más exquisito incienso, Dorothea volvía de nuevo a Lowick Manor. Freshitt se había vuelto un poco opresivo después de tres meses: sentarse como modelo para una Santa Catalina y mirar con arrobo al hijo de Celia no satisfacía demasiadas horas del día, y permanecer en presencia de tan significante criatura con tenaz desinterés era algo qué no se le hubiera permitido a una hermana sin hijos. Dorothea gustosa, hubiera podido llevar al niño en brazos dos kilómetros si hubiera hecho falta y quererle aún más por el esfuerzo realizado; pero para una tía que no considera a su pequeño sobrino como Buda y no sabe hacer con él más que admirarlo, su comportamiento tiende a resultar monótono y el interés en su observación limitado.

Esta posibilidad se le escapaba a Celia que pensaba que la viudedad sin hijos de Dorothea encajaba muy bien con el nacimiento del pequeño Arthur (así llamado en atención al señor Brooke).

-Dodo es el tipo de persona a quien le da igual no tener nada suyo... ¡ni hijos ni nada! -le dijo Celia a su esposo-. Y si hubiera tenido un niño jamás hubiera podido ser tan encanto como Arthur, ¿verdad, James?

-No, si se hubiera parecido a Casaubon -dijo Sir James, consciente de cierta insinuación en su respuesta y de mantener una opinión absolutamente privada respecto de las perfecciones de su primogénito.

-¡Claro que no! ¿Te imaginas? La verdad es que ha sido una bendición -dijo Celia-, y creo que le va a ir muy bien a Dodo ser viuda. Puede querer a nuestro hijo como si fuera suyo y puede seguir teniendo las ideas que quiera.

-Es una pena que no haya sido reina -dijo el devoto Sir James.

-Pero entonces, ¿qué habríamos sido nosotros? Tendríamos que haber sido otra cosa -dijo Celia, objetando a tan laborioso ejercicio de la imaginación-. Me gusta más como es.

Por tanto, cuando descubrió que Dorothea preparaba su vuelta definitiva a Lowick, Celia enarcó las cejas con disgusto y con su tranquilidad y poca pretensión típicas lanzó su punzada de sarcasmo.

-¿Qué vas a hacer en Lowick, Dodo? Tú misma dices que no hay nada que hacer, que todo el mundo es tan limpio y vive tan bien que te pones muy melancólica. Y aquí has sido tan feliz, yendo por Tipton con el señor Garth y metiéndote en los peores traspatios. Y ahora que el tío está en el extranjero tú y el señor Garth podríais hacer lo que quisiérais; y estoy segura de que James hace cuanto le pides.

-Vendré a menudo y además, así comprobaré mejor cuánto crece el niño -dijo Dorothea.

-Pero no verás cómo le bañamos -dijo Celia-, y ésa es la mejor parte del día -le parecía tan duro que Dodo se marchara pudiendo quedarse que casi hizo un puchero. -Mi querida Kitty, vendré a pasar una noche sólo para verlo -dijo Dorothea-, pero ahora quiero estar sola, y en -mi propia casa. Quiero conocer mejor a los Farebrother, y hablar con el señor Farebrother sobre lo que hay que hacer en Middlemarch.

La innata fuerza de voluntad de Dorothea ya no se transformaba en decidida sumisión. Tenía muchas ganas de estar en Lowick y estaba decidida a marcharse, sin sentirse obligada a comunicar todas las razones. Pero cuantos la rodeaban estaban en desacuerdo. Sir James se sentía muy dolido y propuso que todos emigraran a Cheltenham durante unos meses con el arca sagrada, también llamada cuna: en aquellos tiempos un hombre no sabía qué más proponer si Cheltenham quedaba rechazado.

La viuda Lady Chettam, que acababa de regresar de la ciudad de ver a su hija, deseaba que al menos se escribiera a la señora Vigo invitándola a aceptar el puesto de dama de compañía de la señora Casaubon: no era pensable que Dorothea, viuda joven, tuviera la intención de vivir sola en la casa de Lowick. La señora Vigo había sido lectora y secretaria de personajes reales, y en cuanto a conocimientos y sensibilidad ni siquiera Dorothea podría ponerle pegas.

En privado, la señora Cadwallader dijo:

-Convéncete de que te volverás loca sola en aquella casa, hija. Tendrás visiones. Todos tenemos que esforzarnos un poco por mantenernos cuerdos, y llamar a las cosas por el mismo nombre que los demás. Claro que para los segundones y las mujeres sin dinero, el volverse loco es una especie de solución porque entonces alguien les cuida. Pero tú no debes caer en eso. Supongo que aquí te aburres un poco con nuestra buena Lady Chettam, pero piensa en lo pesada que tú misma podrías resultarles a los demás si siempre hicieras de reina de la tragedia y te tomaras todo por lo sublime. Sentada sola en esa biblioteca de Lowick podrías llegar a pensar que riges la metereología; debes rodearte de personas que no te creyeran, aunque se lo dijeras. Esa suele ser una buena medicina para bajar los humos.

Jamás llamé a nada por el mismo nombre que los que me rodean -dijo Dorothea con firmeza.

-Y supongo que habrás descubierto tu error, hija mía -dijo la señora Cadwallader-, y eso es prueba de cordura. Dorothea captó la punzada, pero no le dolió.

-No -dijo- sigo pensando que la mayoría de las personas se equivocan respecto a muchas cosas. Se debe poder estar cuerdo y no obstante pensar eso, ¿no?, puesto que la mayoría de las personas a menudo han tenido que cambiar de parecer.

La señora Cadwallader no le dijo más a Dorothea sobre aquel punto, pero a su esposo le comentó:

-Le hará mucho bien casarse de nuevo en cuanto sea decoroso, si es que consiguiéramos rodearla de gente apropiada. A los Chettam no les gustaría, claro está. Pero yo veo claramente que un marido es lo idóneo para centrarla. Si no fuéramos tan pobres invitaría a Lord Triton. Algún día será marqués y no se puede negar que Dorothea sería una buena marquesa. Está más guapa que nunca de luto.

-Mi querida Elinor, deja, por favor en paz a la pobre mujer. Estas maquinaciones no sirven de nada -dijo el apacible rector.

-¿Que no sirven de nada? ¿Cómo se hacen las bodas si no juntando a hombres y mujeres? Y es una pena que su tío se zafe y cierre Tipton Grange justo ahora. Es el momento de que en Tipton Grange y Frehitt Hall invitaran a varios buenos partidos. Lord Triton es exactamente la persona: lleno de planes para hacer feliz a la gente de una manera un tanto simplona. Eso le iría estupendamente a la señora Casaubon.

-Deja que la señora Casaubon escoja por sí misma, Elinor.

-¡Esas son las bobadas que decís vosotros los sabios! ¿Cómo va a escoger si no tiene dónde elegir? La elección de una mujer suele significar aceptar al único hombre que tiene a mano. Créeme, Humphrey. Si sus parientes no se lo toman en serio, ocurrirán cosas peores que lo de Casaubon.

-¡Por el amor de Dios, Elinor, no toques ese tema! Es un asunto espinoso para Sir James y se ofendería mucho si se lo mencionaras gratuitamente.

-Nunca lo he hecho -dijo la señora Cadwallader, abriendo las manos-. Celia me dijo lo del testamento desde el principio, sin que yo le preguntara nada.

-Ya, ya, pero quieren acallar el asunto y tengo entendido que el joven se marcha de esta vecindad.

La señora Cadwallader guardó silencio, pero inclinó la cabezo signifícativamente tres veces hacia su marido con una expresión muy sarcástica en sus ojos oscuros.

- A pesar de los reproches e intentos por convencerla, Dorothea mantuvo su decisión firmemente. Así pues, a finales de junio, las contraventanas se abrieron en Lowick Manor y la mañana entró suavemente en la biblioteca, iluminando las hileras de cuadernos del mismo modo que ilumina el cansino páramo cuajado de grandes piedras, mudos testigos de una fe olvidada; y el atardecer cargado de rosas entró silencioso en la salita azul verdosa donde Dorothea solía estar. Al principio se paseó por todas las habitaciones, interrogándose sobre los dieciocho meses de su vida de casada y prosiguiendo sus pensamientos como si se tratara de un discurso que su marido tenía que oír. Más tarde se detuvo en la biblioteca y no descansó hasta no haber dispuesto todos los cuadernos como se imaginó que él hubiera querido verlos, en secuencia ordenada. Incluso cuando, mentalmente indignada, regañaba con él y le decía que era injusto, la piedad que había sido el principal motivo para refrenarse durante su vida en común, seguía impregnando la imagen de su esposo. Una pequeña acción de Dorothea tal vez produzca una sonrisa, por supersticiosa. Guardó y selló cuidadosamente el «Listado sinóptico para uso de la señora Casaubon» escribiendo dentro en el sobre:

«No podría usarlo. ¿No ves ahora que no podría someter mi alma a la tuya, trabajando inútilmente en algo que no creo? Dorothea.»

Dejó el sobre en su propio escritorio.

Aquel coloquio silencioso tal vez fuera más intenso porque subyaciente a él y atravesándolo se imponía el profundo deseo que realmente había motivado su regreso a Lowick. El deseo era ver a Will Ladislaw. No veía el bien que pudiera resultar de un encuentro: estaba impotente, con las manos atadas, por haber intentado compensarle por la injusticia que le había deparado el destino. Pero su alma ansiaba verle. ¿Cómo podía ser de otro modo? Si en los días en que existía el encantamiento, una princesa hubiera visto a un animal cuadrúpedo, de los que viven en rebaños, acudir a ella una y otra vez con una mirada humana de preferencia y súplica, ¿en qué pensaría durante sus viajes? ¿qué buscaría cuando los rebaños pasaran junto a ella? Sin duda aquella mirada que la había encontrado y que ella reconocería. La vida no sería más que oropel de noche o basura de día si el pasado no afectara a nuestro espíritu empujándolo hacia el brotar de anhelos y perseverancias. Era cierto que Dorothea quería conocer mejor a los Farebrother, y sobre todo hablar con el nuevo rector, pero también lo era que, recordando lo que Lydgate dijera acerca de Will Ladislaw y la menuda señorita Noble confiaba en que Will iría a Lowick a ver a la familia Farebrother. El primer domingo, antes siquiera de entrar a la iglesia, Dorothea le vio como le viera la última vez que estuvo allí, solo en el banco del vicario; pero cuando entró su figura había desaparecido.

Entre semana, cuando iba a visitar a las damas en la rectoría, escuchaba en vano por si dejaban caer alguna palabra sobre Will; pero parecía que la señora Farebrother hablaba de todas las personas de dentro y de fuera del vecindario menos de él.

-Es probable que algunos de los feligreses de Middlemarch del señor Farebrother vengan a escucharle alguna vez a Lowick. ¿No le parece a usted? -dijo Dorothea despreciándose un tanto por el motivo oculto de la pregunta.

-Lo harán si son sabios, señora Casaubon -dijo la anciana señora-. Veo que aprecia usted la predicación de mi hijo. Su abuelo materno fue un excelente clérigo, pero su padre se dedicó al derecho: fue, sin embargo un hombre ejemplar y honrado, razón por la cual nunca hemos sido ricos. Dicen que la Suerte es mujer y caprichosa. Pero en ocasiones es una mujer buena y le da a quien se lo merece, que es el caso suyo, señora Casaubon, que le ha dado a mi hijo un beneficio.

La señora Farebrother retomó su punto con una satisfecha dignidad ante su pequeño intento de oratoria, pero no era esto lo que Dorothea quería oír. ¡Pobrecilla! Ni siquiera sabía si Will Ladislaw seguía en Middlemarch, y no había nadie a quien se atreviera a preguntar, salvo a Lydgate. Pero en este momento no podía ver a Lydgate a no ser que lo hiciera llamar o fuera en su busca. Quizá Will Ladislaw, enterado de la extraña cláusula en su contra otorgada por el señor Casaubon, había pensado que era mejor que no volvieran a encontrarse, y tal vez ella estuviera equivocada al desear un encuentro al que todos los demás parecían oponerse con contundentes razones. No obstante, al final de aquellas sabias reflexiones y con la naturalidad con que llega un sollozo tras contener el aliento, venía el «aún lo deseo». Y el encuentro tuvo lugar, pero de una manera formal e inesperada.

Una mañana, alrededor de las once, Dorothea estaba sentada en su salita; ante ella un mapa de las tierras anexas a Lowick y otros papeles que debían ayudarla a hacer una relación exacta de sus ingresos y demás cuestiones económicas. No se había aún puesto a trabajar sino que estaba sentada con las manos cruzadas sobre el regazo, mirando por la avenida de tilos hasta los lejanos campos. Cada hoja descansaba a la luz del sol, la familiar escena permanecía inmutable y parecía reflejar la perspectiva de su vida, llena de un bienestar sin propósito -sin ningún propósito salvo que su propia energía encontrara razones para una actuación apasionada. La toca de viuda de aquellos tiempos constituía un marco ovalado para su rostro, que ceñía como una corona; el vestido era un experimento sobre la exuberancia de crespón; pero esta solemnidad de atuendo sólo conseguía que su rostro pareciera más joven, con una lozanía recobrada y el dulce e inquisitivo candor de sus ojos.

Su ensoñación se vio interrumpida por la entrada de Tantripp que vino a decirle que el señor Ladislaw se encontraba abajo y pedía permiso para ver a la señora si no era demasiado temprano.

-Le veré -dijo Dorothea levantándose al punto-. Que pase al cuarto de estar.

El cuarto de estar era para Dorothea la habitación más neutral de la casa, la que menos asociaba con las vicisitudes de su vida de casada: el damasco hacía juego con el enmaderado, que era blanco y dorado; había dos espejos largos y mesas vacías, en resumen, una habitación donde no había preferencias por sentarse en un lugar u otro. Estaba justo debajo de su propia salita y también tenía un mirador que daba a la avenida. Pero cuando Pratt hizo pasar allí a Will Ladislaw, el ventanal estaba abierto y un alado visitante que entraba y salía con típico zumbido sin importarle el mobiliario, hacía que la habitación pareciese menos formal y desusada.

-Me alegro de verle aquí de nuevo, señor -dijo Pratt deteniéndose para ajustar un estor.

-Sólo he venido a despedirme, Pratt -respondió Will, que deseaba que hasta el mayordomo supiera que tenía demasiado orgullo como para seguir cerca de la señora Casaubon ahora que era una viuda rica.

-Lo lamento mucho, señor -dijo Pratt retirándose. Por supuesto, como criado al que no se le contaba nada, conocía el dato que Ladislaw aún ignoraba y había sacado sus conclusiones; es más, estuvo plenamente de acuerdo con Tantripp, su prometida, cuando ésta dijo: «Tu amo estaba celoso como un mono y sin ninguna razón. O no la conozco, o la señora pica más alto que el señor Ladislaw. La doncella de la señora Cadwallader dice que va a venir un lord que se va a casar con ella cuando se quite el luto.»

Will no tuvo mucho tiempo de pasearse con el sombrero en la mano antes de que entrara Dorothea. El encuentro difirió mucho del primero en Roma cuando Will había estado confuso y Dorothea tranquila. En esta ocasión el primero se sentía infeliz, pero decidido, mientras que ella se encontraba en un estado de turbación que no podía ocultar. Justo antes de cruzar la puerta Dorothea había sentido que este encuentro tan deseado resultaba finalmente, demasiado difícil, y cuando vio a Will avanzar hacia ella, el intenso rubor que era insólito en la señora Casaubon coloreó sus mejillas con dolorosa prontitud. Ninguno supo cómo fue, pero ninguno de los dos habló. Dorothea extendió la mano un instante y a continuación se sentaron junto a la ventana, ella en un sofá y él en otro enfrente. Will se encontraba particularmente incómodo: le chocaba en Dorothea que el mero hecho de haber enviudado ocasionara tal cambio en su manera de recibirle, y no conocía otra razón que hubiera podido afectar su anterior relación salvo que, como su imaginación le dictó al momento, los parientes de Dorothea le hubieran estado envenenando la mente con sus recelos hacia él.

-Espero no haberme tomado demasiadas libertades viniendo a visitarla -dijo Will-; no soportaba la idea de marcharme de aquí e iniciar una nueva vida sin verla para despedirme.

-¿Demasiadas libertades? Claro que no. Me hubiera parecido inicuo por su parte no querer verme -dijo Dorothea, su hábito de hablar con total franqueza abriéndose paso por entre la incertidumbre y confusión-. ¿Se marcha inmediatamente?

-Creo que muy pronto. Tengo la intención de ir a Londres y hacerme abogado, ya que, dicen, es la preparación necesaria para todas las facetas de la vida pública. Habrá mucho trabajo político que hacer a la larga y pienso intentar llevar a cabo parte de él. Otros hombres que carecen de familia y de dinero han conseguido labrarse una posición honrosa.

-Y eso hará que sea aún más honrosa -dijo Dorothea con ardor-. Además es usted un hombre muy dotado. Sé por mi tío lo bien que habla en público, hasta el punto de que todos lamenten cuando acaba, y la claridad con que explica las cosas. Y se preocupa de que la justicia llegue a todos. Me alegro mucho. Cuando estábamos en Roma, pensé que sólo le importaban la poesía y el arte y las cosas que adornan la vida de quienes tenemos dinero. Pero ahora sé que le interesa el resto del mundo.

-Mientras hablaba Dorothea había ido perdiendo la turbación y recobrando su manera de ser habitual. Miró a Will a los ojos, llena de satisfacción y confianza.

-¿Aprueba entonces el que me marche durante años y no vuelva hasta haberme labrado una posición en el mundo? -dijo Will intentando reconciliar el máximo de orgullo con el máximo esfuerzo por obtener de Dorothea una manifestación de afecto fuerte.

No supo cuánto tardó en contestar. Había vuelto la cabeza y miraba por la ventana a los rosales que parecían encerrar los estíos de todos los años que Will estaría ausente. No era un comportamiento juicioso. Pero Dorothea nunca estudiaba sus gestos y sólo pensó en aceptar la triste necesidad que la separaba de Will. Sus primeras palabras acerca de sus intenciones parecían aclararlo todo: supuso que Will conocía la actitud final del señor Casaubon hacia él y le había impactado de la misma forma que a ella. Will no había sentido por ella más que amistad, nunca había pensado nada que justificara lo que Dorothea consideraba como un ultraje de su marido hacia los sentimientos de ambos: y esa amistad seguía existiendo. Algo que podría llamarse un quedo sollozo interior se produjo en Dorothea antes de que dijera, con una voz pura que sólo tembló con las últimas palabras, como si fuera fruto de su líquida flexibilidad:

-Sí, debe de estar bien hacer lo que dice. Me alegraré mucho cuando sepa que ha conseguido que se reconozca su valía. Pero deberá tener paciencia. Quizá se precise mucho tiempo.

Will nunca supo bien cómo evitó echarse a sus pies cuando Dorothea profirió el «mucho tiempo» con su suave temblor. Solía decir que el horrible color y tacto del vestido de crespón bastaron, probablemente, como fuerza controladora. Sin embargo, permaneció quieto y sentado y sólo dijo: -No sabré de usted nunca. Y se olvidará de mí.

-No -dijo Dorothea-. Nunca le olvidaré. Nunca me he olvidado de nadie a quien he conocido. En mi vida no ha habido multitudes y no parece probable que las haya. Y tengo mucho sitio para los recuerdos en Lowick, ¿no le parece? -Dorothea sonrió.

-¡Dios mío! -exclamó Will apasionadamente, levantándose con el sombrero aún en las manos y caminando hacia una mesa de mármol donde se dio la vuelta de repente apoyándose contra ella. La sangre se le había agolpado en el rostro y en el cuello, y casi parecía irritado. Le había dado la impresión de que eran dos seres que lentamente se iban convirtiendo en mármol, en presencia el uno del otro, en tanto que sus corazones seguían vivos y sus ojos anhelantes. Pero era inevitable. Jamás consentiría que este encuentro, al que había acudido con amarga decisión, concluyera con una confesión que pudiera interpretarse como un pedirle a Dorothea su fortuna. Además, era cierto que Will temía el resultado que tal confesión surtiera sobre la propia señora Casaubon.

Ella le miró con preocupación desde donde estaba sentada, temiendo que quizá sus palabras hubieran encerrado algo de ofensivo. Pero subsistía al tiempo el pensamiento respecto a la probable necesidad de Will y la imposibilidad que ella tenía para ayudarle. ¡De haber estado su tío en casa, de alguna manera hubiera podido mediar para ayudarle! Fue esta preocupación por las penurias económicas de Will mientras ella disfrutaba de lo que hubiera debido tocarle a él lo que la indujo a decir, al ver que ni hablaba ni la miraba:

-Me pregunto si quisiera quedarse con la miniatura que está colgada arriba -me refiero a la preciosa miniatura de su abuela. No creo que esté bien que la tenga yo si la quisiera usted. Se parecen extraordinariamente.

-Es usted muy amable -dijo Will con irritación-. No; no tengo ningún interés. No es muy consolador tener el retrato de uno mismo. Lo sería más si otros quisieran tenerlo.

-Pensé que le gustaría alimentar su recuerdo... pensé... -Dorothea se interrumpió al instante, alertada de pronto de la conveniencia de evitar la historia de la tía Julia-, que le gustaría tener la miniatura como un recuerdo de familia.

-¿Por qué iba a querer eso si no tengo nada más? Quien tiene una maleta por único haber debe guardar sus recuerdos en la cabeza.

Will hablaba al azar, dando rienda suelta a su irritación; era un poco demasiado desesperante el que en esos momentos le ofrecieran el retrato de su abuela. Pero sus palabras hirieron a Dorothea de forma especial. Se levantó, y con un punto de indignación además de altivez dijo:

-De los dos, es usted el más feliz, señor Ladislaw, por no tener nada.

Will se sorprendió. Cualquiera que fuera el sentido de las palabras, el tono parecía de despedida, y abandonando su postura de apoyo en la mesa dio unos pasos hacia ella. Sus ojos se encontraron, pero con una extraña e inquisitiva seriedad. Algo separaba sus mentes y cada uno hubo de preguntarse qué pasaba por la del otro. Will jamás había creído tener derecho a las propiedades que Dorothea había heredado y hubiera precisado una larga explicación para poder entender lo que ella sentía en esos momentos.

-Nunca hasta ahora había considerado que el no poseer nada fuera una desgracia -dijo-. Pero la pobreza puede ser tan mala como la lepra, si nos separa de lo que más queremos.

Las palabras emocionaron a Dorothea y la hicieron ablandarse. Respondió en tono de triste solidaridad.

-El dolor llega de tantas formas... Hace dos años no lo sabía, me refiero a las maneras insospechadas en las que nos llegan los contratiempos, atándonos las manos y obligándonos a guardar silencio cuando desearíamos hablar. Solía despreciar un poco a las mujeres por no moldear más sus propias vidas y no hacer cosas mejores. Me gustaba mucho hacer lo que quería, pero casi he desistido -concluyó, sonriendo juguetonamente.

-Pues yo no he desistido de hacer lo que quiero, pero casi nunca puedo hacerlo -dijo Will. Se encontraba a un metro de ella, la mente llena de impulsos y resoluciones contradictorias, anhelando alguna prueba clara de que ella le amaba y al tiempo temiendo la posición en la que dicha prueba le pondría-. Puede que lo que uno más quiere esté rodeado de condiciones intolerables.

En este momento entró Pratt y dijo:

-Señora, Sir James Chettam está en la biblioteca.

-Dígale que pase aquí -dijo Dorothea al instante. Fue como si la misma descarga eléctrica les hubiera afectado a los dos: Will y Dorothea sintieron cada uno el peso del orgullo y no se miraron mientras esperaron la entrada de Sir James. Tras darle la mano a Dorothea, Sir James dirigió la mínima inclinación de cabeza a Ladislaw, quien correspondió exactamente, y a continuación volviéndose hacia Dorothea dijo:

-Debo despedirme, señora Casaubon, y probablemente por mucho tiempo.

Dorothea extendió la mano y se despidió con cordialidad. La sensación de que Sir James despreciaba a Will y no se estaba portando con educación, provocó en ella una actitud resuelta y digna y no dejó traslucir ni un ápice de turbación. Y cuando Will hubo salido de la habitación, miró a Sir James con un autocontrol tan sereno, diciendo «¿Cómo está Celia?» que su cuñado hubo de comportarse como si nada le hubiera amohinado. ¿Y de qué serviría comportarse de otro modo? Sir James rechazaba tanto la asociación, incluso mentalmente, de Dorothea con Ladislaw como su posible amante, que él mismo hubiera querido evitar una muestra externa de desagrado que hubiera confirmado la molesta posibilidad. Si alguien le hubiera preguntado la razón de su rechazo, no estoy segura de que su primera respuesta hubiera sido ni más extensa ni más concreta que «¡ese Ladislaw!» si bien tras reflexionar tal vez esgrimiera que el codicilo del señor Casaubon, vetando, o en su caso, penalizando, el matrimonio de Dorothea con Will, bastaba para descartar cualquier relación entre ellos. Su aversión era tanto más fuerte puesto que se sentía incapacitado para intervenir.

Pero Sir James constituía una fuerza insospechada por él mismo. Su entrada en aquel momento supuso la representación de los principales motivos que impulsaron al orgullo de Will a convertirse en una fuerza repelente, apartándole de Dorothea.