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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 53.
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No es más que una superficial precipitación la que deduce insinceridad de lo que los ajenos llaman inconsistencia, sustituyendo por un mecanismo muerto de «quizás» y «en consecuencia» los millares de sanguijuelas vivas y ocultas por medio de las cuales la creencia y la conducta forjan un apoyo mutuo.

El señor Bulstrode, cuando esperaba cobrar un nuevo interés por Lowick, había tenido, naturalmente, un deseo especial por que el nuevo clérigo de la parroquia fuera uno de su total aprobación; y entendió como un castigo y una advertencia dirigida contra sus propias limitaciones, así como las de la nación en general, el hecho de que, aproximadamente en torno al momento en que tuvo en su poder las escrituras que le convertían en el propietario de Stone Court, el señor Farebrother se asentara en la pintoresca iglesita y predicara su primer sermón a la feligresía de granjeros, jornaleros y artesanos del lugar. No era que el señor Bulstrode tuviera la intención de frecuentar la iglesia de Lowick o de residir en Stone Court en un futuro cercano: había comprado la magnífica granja y la hermosa casa simplemente como un retiro que poco a poco quizá ampliara respecto de la tierra y embelleciera respecto de la vivienda, hasta que la gloria divina creyera oportuno que él la tomara como residencia, retirándose parcialmente de sus actuales esfuerzos en la dirección de los negocios y decantando más hacia el lado de la verdad evangélica el peso de las propiedades rurales locales, que tal vez la Providencia incrementara con ocasiones imprevisibles de nuevas compras. Parecía ser un fuerte espaldarazo en este sentido la sorprendente facilidad con que había obtenido Stone Court, cuando todos esperaban que el señor Rigg Featherstone se aferrara a ella como el jardín del Edén, que era lo que el pobre Peter en persona había esperado, pues con frecuencia y en su imaginación, había levantado la vista por entre la tierra cubierta de césped que le techaba y, sin la obstrucción de la perspectiva, había visto a su heredero de cara de rana disfrutando de la hermosa casa para sorpresa y desilusión perpetuas de otros supervivientes.

Mas, ¡cuán poco sabemos aquello que constituye para nuestros vecinos el paraíso! Juzgamos a partir de nuestros propios deseos, y nuestros vecinos no son siempre lo suficientemente sinceros como para mostrar ni el mínimo indicio de los suyos. El frío y juicioso Joshua Rigg no había permitido que su padre percibiera que Stone Court era para él otra cosa que el principal bien, y por supuesto deseaba ser su propietario. Pero así como Warren Hastings observaba el oro y pensaba en comprar Daylesford, Joshua Rigg observaba Stone Court y pensaba en comprar oro. Tenía una muy clara e intensa visión del bien más importante de su herencia, pues la vigorosa avaricia también heredada había adquirido una forma especial por mor de la circunstancia: su principal bien era ser cambista. Desde su primer empleo como chico de los recados en un puerto de mar, había mirado los escaparates de los cambistas como otros muchachos miran los escaparates de las pastelerías; la fascinación se había ido convirtiendo gradualmente en una pasión honda y especial; tenía la intención, cuando fuera propietario, de hacer muchas cosas, una de las cuales era casarse con una joven de buena posición; pero todo esto eran accidentes y alegrías de las que podía prescindir la imaginación. El placer que su alma codiciaba de verdad era tener una tienda de cambista en un muelle muy frecuentado, estar rodeado de cerraduras de las que él tuviera las llaves, y tener un aspecto de sublime frialdad al manejar las monedas de todos los países, mientras la impotente avaricia le miraba con envidia desde el otro lado de una celosía de hierro. La fuerza de esa pasión había constituido un motor que le permitió dominar los conocimientos necesarios para satisfacerla. Y cuando otros pensaban que se había establecido de por vida en Stone Court, el propio Joshua pensaba que se acercaba el momento en el que se establecería en el muelle norte con el mejor surtido de cajas fuertes y cerraduras.

Basta. Estamos interesados en la venta que de su tierra hace Joshua Rigg desde el punto de vista del señor Bulstrode y éste lo interpretó con una alentadora dispensa portadora tal vez de una sanción al propósito que llevaba algún tiempo acariciando sin ningún estímulo exterior; así lo interpretó, sin excesiva confianza, dando gracias con cauta fraseología. Sus dudas no surgían de las posibles relaciones del suceso con el destino de Joshua Rígg, que pertenecía a las desconocidas regiones que no abarcaba el gobierno de la providencia, salvo tal vez de una manera colonial imperfecta; surgían de la reflexión de que dicha dispensa pudiera ser un castigo para el propio señor Bulstrode, como resultaba evidente que lo era la entrada del señor Farebrother en la rectoría de Lowick.

Esto no era lo que el señor Bulstrode le decía a nadie para engañarle: era lo que se decía a sí mismo -un modo tan auténtico de explicar los acontecimientos como pueda ser cualquier teoría que tengamos los demás, caso de discrepar con él. Pues el egoísmo que impregna nuestras teorías no afecta a la sinceridad de las mismas, sino que, por el contrario, cuanto más satisfecho queda nuestro egoísmo, más fuerte nuestra fe.

En cualquier caso, fuera como recompensa o como castigo, el señor Bulstrode era el propietario de Stone Court apenas quince meses después de morir Peter Featherstone, y lo que éste diría «si fuese digno de saberlo» se había convertido para sus desolados parientes en inagotable y consolador tema de conversación. Ahora las tornas se habían vuelto contra el querido hermano fallecido, y contemplar la frustración de su astucia por la astucia superior de las cosas en general suponía para Solomon una delicia. La señora Waule obtuvo un triunfo melancólico al demostrarse que no daba buenos resultados el crear falsos Featherstone y desheredar a los auténticos; y la hermana Martha, al recibir la noticia en Chalky Flats, dijo: «¡Anda, anda! Así que, después de todo, no le gustó demasiado la idea de los asilos al Todopoderoso.»

La afectuosa señora Bulstrode estaba especialmente contenta con las ventajas que probablemente supondría para la salud de su esposo la compra de Stone Court. Eran pocos los días en que su marido no iba allí a caballo para observar con el administrador alguna parte de la finca, y la caída de la tarde en aquel silencioso lugar era deliciosa, cuando los nuevos almiares, recientemente levantados, despedían aromas que se mezclaban con el aliento del viejo y frondoso jardín. Una tarde, cuando el sol estaba aún en el horizonte y ardía en lámparas doradas entre las grandes ramas del nogal, el señor Bulstrode detuvo el caballo un momento ante la verja principal y esperó a Caleb Garth, a quien había citado para pedir su opinión acerca del desagüe del establo, y que se encontraba en aquel momento aconsejando al administrador en el patio de almiares.

El señor Bulstrode sabía que estaba en buena disposición espiritual y más sereno que de costumbre por la influencia de su inocente distracción. Doctrinalmente estaba convencido de que él carecía totalmente de mérito; pero ese convencimiento doctrinal se puede sostener sin dolor alguno cuando la sensación de la falta de mérito no adopta en la memoria una forma clara, reavivando el cosquilleo de la vergüenza y la punzada del remordimiento. Es más, puede mantenerse con enorme satisfacción cuando la profundidad de nuestros pecados no es más que la medida para calcular la profundidad de nuestro perdón, y prueba palpable de que somos instrumentos especiales de la intención divina. La memoria tiene tantos caprichos como el carácter, y varía sus escenarios como un diorama. En este momento el señor Bulstrode se sentía como si la luz del sol fuera la misma de aquellas lejanas tardes en las que era un hombre muy joven y salía a predicar más allá de Hishbury. Y con gusto hubiera acogido ahora la perspectiva de aquellos actos de exhortación. Los textos seguían allí, así como su propia facilidad para comentarlos. Su breve sueño quedó interrumpido por la llegada de Caleb Garth, también a caballo, que estaba sacudiendo la brida para volver a caminar cuando exclamó:

-¡Cielo santo! ¿Quién es ese tipo de negro que viene por el sendero? Es como uno de esos hombres que ves rondando después de las carreras.

El señor Bulstrode hizo darse la vuelta al caballo y miró hacia el camino, pero no contestó. El que llegaba era nuestro ligeramente conocido señor Raffles, cuyo aspecto no presentaba más cambio que el que producía un traje negro y una cinta de crespón en el sombrero. Estaba ya a unos pocos metros de los jinetes que vieron el reconocimiento reflejado en su rostro mientras levantaba el bastón y, mirando todo el tiempo al señor Bulstrode, exclamaba finalmente:

-¡Demontre, Nick, si eres tú! ¡No podría equivocarme, aunque estos veinticinco años nos han ido jugando sus jugarretas a los dos! ¿Cómo estás? ¿A que no esperabas verme por "aquí? Vamos, esa mano.

Decir que la actitud del señor Raffles era de agitación sería tan sólo una manera de decir que era por la tarde. Caleb Garth vio que el señor Bulstrode luchó y titubeó un instante y que terminó extendiendo la mano con frialdad y diciendo:

-Desde luego no esperaba verle en este remoto lugar. -Bueno, le pertenece a un hijastro mío -dijo Raffles, adoptando una actitud fanfarrona-. Ya había venido a verle antes. No me sorprende verte a ti, amigo, porque recogí una carta... lo que tú llamarías algo providencial. Pero es una gran suerte encontrarte porque no tengo ningún interés en ver a mi hijastro: no es cariñoso y su pobre madre ha muerto. A decir verdad, he venido por el cariño que te tengo, Nick: vine a por tu dirección porque... ¡mira! -Raffles sacó del bolsillo un papel arrugado.

Casi cualquier otro hombre que no fuera Caleb Garth se hubiera sentido tentado de permanecer allí un poco más para oír todo lo posible acerca de alguien cuya relación con Bulstrode parecía apuntar a episodios en la vida del banquero tan diferentes de cuanto de él se conocía en Middlemarch que debían tener naturaleza de secreto e incitar la curiosidad. Pero Caleb era especial: ciertas tendencias humanas que suelen ser fuertes estaban casi totalmente ausentes de su mente, y una de éstas era la curiosidad respecto de asuntos personales. Sobre todo si era algo deshonroso lo que se iba a averiguar de otro hombre, Caleb prefería no saberlo: y si tenía que decirle a un subordinado que se habían descubierto sus malas acciones se sentía más violento que el culpable. Espoleó, pues su caballo y dijo:

-Buenas tardes, señor Bulstrode; debería irme marchando a casa -y partió al trote.

-No pusiste la dirección completa en esta carta -continuó Raffles-. No es propio del hombre de negocios de primera que solías ser. «The Shrubs»... puede ser cualquier sitio: ¿vives cerca, no? Has cortado completamente con Londres... tal vez seas un señor terrateniente... y tengas una mansión rural a la cual invitarme. ¡Cielos, cuántos años han pasado! La anciana debe llevar mucho tiempo muerta... descansando en paz sin el dolor de saber lo pobre que era su hija ¿eh? Pero, ¡caramba! estás muy pálido y desvaído, Nick. Venga, si vas a casa te acompaño andando.

Ciertamente, la habitual palidez del señor Bulstrode se había convertido en un tono casi cadavérico. Cinco minutos antes, la extensión de su vida había estado sumergida en la luz del atardecer que iluminaba aquella mañana recordada: el pecado parecía asunto de doctrina y penitencia interna, la humillación un ejercicio de dormitorio, el valor de sus acciones una cuestión de punto de vista personal ajustado únicamente por relaciones espirituales y concepciones de los propósitos divinos. Y ahora, por mor de una horrenda magia, aquella figura rubicunda y desentonante se había alzado ante él con indómita solidez; un pasado incorporado con el cual su imaginación no había contado como castigo. Pero el pensamiento del señor Bulstrode trabajaba y no era hombre que actuara o hablara precipitadamente.

-Iba a casa -dijo-, pero puedo retrasarme un poco. Y usted, si le parece puede descansar aquí.

-Gracias -dijo Raffles con una mueca-. No tengo interés por ver a mi hijastro. Prefiero ir contigo a casa. -Su hijastro, si es que era el señor Rigg Featherstone, ya no está aquí. Ahora yo soy el dueño.

Raffles abrió mucho los ojos y lanzó un largo silbido de sorpresa antes de decir:

-En ese caso, no tengo ninguna objeción. Ya he andado bastante desde que bajé de la diligencia. Nunca fui muy andarín, ni jinete tampoco. Lo que a mí me gusta es un vehículo elegante y una buena jaca. Siempre me he sentido desmañado en una silla de montar. ¡Vaya sorpresa agradable te debes haber llevado al verme, amigo! -continuó mientras se dirigían a la casa-. Tú no lo dices, pero nunca te satisfizo tu buena suerte... siempre pensabas en mejorarla... tuviste verdadero talento para mejorar tu suerte.

Al señor Raffles parecía divertirle enormemente su propio ingenio, y andaba con una fanfarronería que pudo con la piadosa paciencia de su acompañante.

-Si recuerdo bien -observó el señor Bulstrode con gélidá voz-, nuestra relación, hace muchos años, no tenía el grado de intimidad que se está usted arrogando ahora, señor Raffles. Cualquier cosa que desee usted de mí le será otorgada con mayor facilidad si evita un tono de familiaridad que no existía en nuestra anterior relación y que más de veinte años de distanciamiento apenas justifican.

-¿No te gusta que te llamen Nick? Pues yo siempre te he llamado Nick en mi corazón y, aunque te perdí de vista, te seguí queriendo en el recuerdo. ¡Caramba!, mis sentimientos por ti han ido madurando como un buen coñac. Espero que tengas un poco en la casa. Josh me llenó bien la petaca la última vez.

El señor Bulstrode aún no había aprendido del todo que ni siquiera el deseo de coñac era tan intenso en Raffles como el deseo de atormentar, y que la menor insinuación de enojo siempre le servía de estímulo. Pero, cuando menos, quedaba claro que era inútil cualquier otra objeción y el señor Bulstrode, al darle instrucciones al ama de llaves para que alojara al huésped, tenía un decidido aire de tranquilidad.

Cabía el consuelo de pensar que el ama de llaves había estado también al servicio de Rigg y tal vez aceptara la idea de que el señor Bulstrode hospedaba a Raffles por el mero hecho de ser un amigo del dueño anterior. Cuando en el salón de paredes de madera hubo bebida y comida ante el visitante y ningún testigo en la habitación, el señor Bulstrode dijo:

-Sus costumbres y las mías difieren tanto, señor Raffles, que apenas es posible que disfrutemos de nuestra mutua compañía. Por tanto, lo más prudente para ambos será separarnos cuanto antes. Puesto que dice que quería verme, probablemente pensará usted que tenía que tratar algún asunto conmigo. Pero dadas las circunstancias le invitaré a pasar aquí la noche y yo volveré temprano mañana por la mañana... antes del desayuno concretamente, momento en el que podré atender cualquier comunicación que desee hacerme.

-Con muchísimo gusto -dijo Raffles-, es un lugar cómodo... un poco aburrido para mucho rato, pero lo soportaré por una noche, con este coñac tan bueno y la perspectiva de verte de nuevo por la mañana. Eres mucho mejor anfitrión que mi hijastro; pero Josh me tenía cierto rencor por haberme casado con su madre; y entre tú y yo nunca hubo más que amabilidad.

El señor Bulstrode, confiando en que la extraña mezcla de jovialidad y desdén en la actitud de Raffles fuera en buena medida el resultado del coñac, se había propuesto esperar hasta que estuviera sobrio antes de malgastar más palabras en su huésped. Pero regresó a casa con una visión terriblemente lúcida de la dificultad que habría para llegar con este hombre a un acuerdo en el que se pudiera confiar permanentemente. Era inevitable que quisiera librarse de John Raffles, aunque su reaparición no pudiera considerarse externa al plan divino. El espíritu del mal podía haberlo enviado para amenazar la subversión del señor Bulstrode como instrumento del bien; pero entonces la amenaza debía haber sido permitida y era un nuevo tipo de castigo. Fue una hora de angustia muy diferente para él de las horas en las que su lucha había sido privada, y que habían terminado con la sensación de que sus secretos delitos habían sido perdonados, y aceptados sus servicios. Aquellos delitos, incluso cuando fueron cometidos, ¿no habían sido medio bendecidos por ser su deseo el dedicarse, él mismo y cuanto poseía, a impulsar los planes divinos? ¿E iba, después de todo, a convertirse simplemente en piedra obstaculizadora y roca de ofensa? Pues, ¿quien entendería la labor que había en su interior? ¿Quién, cuando surgiera el pretexto de descargar oprobio sobre él, no confundiría toda su vida así como las verdades que había abrazado, haciendo de todo ello un montón de infamias?

En sus meditaciones más íntimas, la costumbre de toda la vida hacía que la mente del señor Bulstrode revistiera sus terrores más egoístas con referencias doctrinales a fines sobrehumanos. Pero incluso mientras hablamos y meditamos acerca de la órbita de la tierra y el sistema solar, lo que sentimos y aquello a lo que ajustamos nuestros movimientos es la estabilidad del suelo y los cambios del día. Y ahora, junto a la sucesión automática de frases teóricas -tan nítido e íntimo como el escalofrío y el dolor que preceden a la fiebre cuando comentamos el dolor abstracto- surgía el pronóstico de la deshonra ante sus vecinos y ante su propia esposa. Pues el dolor, así como la valoración pública de la deshonra, dependen de las aspiraciones previas. Para aquellos hombres que sólo aspiran a escapar de la felonía, nada que no sea el banquillo de los acusados supone una deshonra. Pero el señor Bulstrode había apuntado a ser un cristiano eminente.

No eran más de las siete y media de la mañana cuando de nuevo llegaba a Stone Court. La añosa y hermosa casa en ningún momento había parecido tanto un hogar delicioso; florecían los grandes lirios blancos; las capuchinas, sus hojas plateadas a causa del rocío, cubrían, hasta perderse en la lejanía, el muro bajo de piedra; los mismos ruidos del entorno encerraban un latido de tranquilidad. Pero todo estaba mancillado para el dueño al acercarse por el camino de gravilla y mientras aguardaba que bajara el señor Raffles con quien estaba condenado a desayunar.

No tardaron en encontrarse sentados juntos en el salón ante el té y las tostadas que era cuanto Raffles tomaba a esa hora temprana. La diferencia entre el estado matutino y vespertino de éste no era tan grande como su compañero imaginara, incluso tal vez tuviera un mayor deseo de atormentar dado que estaba menos exaltado. Sus modales sin duda resultaban más desagradables a la luz de la mañana.

-Puesto que tengo poco tiempo, señor Raffles -dijo el banquero, que apenas pudo hacer otra cosa que tomar algún sorbo de té y partir la tostada sin comérsela-, le agradeceré que me indique cuanto antes la razón de querer verme. SuPongo que tendrá un hogar en alguna parte al cual desea regresar.

-Pero, si un hombre tiene corazón, ¿no es lógico que quiera ver a un viejo amigo, Nick?, no puedo evitar llamarte Nick, siempre te llamábamos el joven Nick cuando supimos que querías casarte con la vieja viuda. Algunos decían que tenías un parecido familiar con el viejo Nick (1), pero de eso tuvo la culpa tu madre por llamarte Nicholas. ¿Es que no te alegras de verme otra vez? Esperaba que me invitaras a quedarme contigo en algún bonito lugar. Mi propio hogar está deshecho ahora que ha muerto mi mujer. No estoy apegado a ningún lugar, igual me da instalarme aquí que en cualquier otro sitio.

-¿Puedo preguntarle por qué volvió de América? Consideré que el enorme deseo que manifestó de marcharse allí, cuando se le proporcionó una suma adecuada, suponía un compromiso de permanecer allí de por vida.

-Nunca he sabido que el deseo de ir a un sitio fuera lo mismo que el deseo de quedarse. Pero estuve allí unos diez años; no me apeteció quedarme más. Y no pienso volver, Nick -y el señor Raffles guiñó lentamente el ojo mientras miraba al señor Bulstrode.

-¿Quiere dedicarse a algún negocio? ¿Qué hace ahora? Pues muchas gracias, pero me dedico a disfrutar cuanto puedo. Ya no me interesa trabajar. De hacer algo sería en el ramo del tabaco o algo así, cosas que proporcionan una compañía agradable. Pero no sin un contante que me respalde. Eso es lo que quiero: no soy tan fuerte como antes, Nick, aunque tenga mejor color que tú. Quiero un contante.

-Se le podría proporcionar si se comprometiera a mantenerse alejado -dijo el señor Bulstrode con tal vez demasiada ansia en su tono.

-Eso será según me convenga -dijo Raffles con serenidad-. No veo motivo para no hacer unas cuantas amistades por esta zona. No me avergüenzo de mí mismo ante nadie. Dejé la maleta en el portazgo cuando me apeé, muda de lino, auténtico, ¡palabra de honor!, no sólo pecheras y puños; y con este traje de luto, con tirillas y todo eso, te haría quedar bien entre los peces gordos de aquí -el señor Raffles había apartado la silla y se inspeccionaba, sobre todo las tirillas. Su objetivo primordial era molestar a Bulstrode, pero verdaderamente pensaba que su aspecto actual produciría una buena impresión, y que no sólo era de buen ver e ingenioso sino que vestía de luto con un estilo que sugería sólidas relaciones.

(1) Old Nick es el diablo. [N. de la T.]

-Si pretende de algún modo depender de mí, señor Raffles -dijo Bulstrode tras una pequeña pausa-, tendrá que acoplarse a mis deseos.

-¡Por supuesto! -dijo Raffles con burlona cordialidad-. ¿Acaso no lo hice siempre? ¡Cielos!, bien que me utilizaste y bien poco que saqué yo en limpio. Desde entonces a menudo he pensado que mejor me hubiera ido si le hubiera dicho a la vieja que habían encontrado a su hija y a su nieto: hubiera estado más de acuerdo con mis sentimientos, tengo un punto débil en el corazón. Pero a estas alturas habrás ya enterrado a la anciana y ya todo le da igual. Y tú hiciste fortuna de aquel asunto rentable que contaba con tantas bendiciones. Eres un pez gordo, compras tierras, eres un bajá rural. ¿Sigues siendo un disidente, no? ¿Sigues siendo un devoto? ¿O te has pasado a la Iglesia anglicana porque es más elegante?

Esta vez el guiño lento y el leve asomo de lengua del señor Raffles fue peor que una pesadilla porque encerraba la certeza de que no era tal sino un azote muy real. El señor Bulstrode sintió unas náuseas estremecedoras y guardó silencio, pero consideraba con diligencia si no sería mejor dejar que Raffles hiciera lo que quisiera y simplemente desafiarle por calumniador. No tardaría en mostrarse lo bastante infame como para que la gente dejara de creerle. «Pero no cuando cuenta de ti una fea verdad», le dijo una conciencia lúcida. Y de nuevo: no parecía malo mantener a Raffles alejado; pero el señor Bulstrode se resistía a mentir directamente negando afirmaciones ciertas. Una cosa era echar la vista atrás sobre pecados perdonados, aún más, explicar una dudosa conformidad con las costumbres relajadas, y otra adentrarse deliberadamente en el terreno de la obligación de mentir.

Pero puesto que Bulstrode no hablaba, Raffles continuó perorando, como manera de aprovechar el tiempo al máximo.

-Yo no he tenido tan buena suerte como tú ¡caray! Las cosas me fueron fatal en Nueva York; esos yanquis son unos desaprensivos y un hombre de sentimientos caballerosos no tiene nada que hacer con ellos. Me casé al volver..., una mujer agradable en el ramo del tabaco... me apreciaba mucho..., pero el negocio era limitado, como decimos nosotros. La había instalado en eso un amigo hacía muchos años; pero había un hijo de más en todo el asunto. Josh y yo nunca nos llevamos bien. De todos modos saqué el máximo provecho de la situación y siempre he bebido en buena compañía. Todo en mi vida ha sido honrado; soy tan claro como el día. No te enfadarás porque no te haya buscado antes, me aqueja un mal que me hace ir algo lento. Pensé que seguías comerciando y rezando en Londres y no te encontré allí. Pero ya ves que te he sido enviado, Nick... tal vez como una bendición para ambos.

El señor Raffles concluyó con un jocoso resoplido: no había hombre que se sintiera intelectualmente más superior a la hipocresía religiosa. Y si se puede llamar intelecto a la astucia que opera con los sentimientos más mezquinos de los hombres, él poseía su pedazo, pues bajo la forma brusca y bravucona con la que hablaba al señor Bulstrode, había una evidente selección en sus comentarios, como si fueran otras tantas jugadas de ajedrez. Entretando, el señor Bulstrode había decidido su jugada y dijo con decisión:

-Haría bien en reflexionar, señor Raffles, en que es posible extralimitarse en el esfuerzo por obtener ventajas desmedidas. Pese a no tener para con usted obligación alguna, estoy dispuesto a proporcionarle una renta anual con regularidad, en pagos cuatrimestrales, siempre y cuando usted prometa permanecer alejado de este vecindario. En sus manos está la elección. Si insiste en quedarse aquí, aunque sea por poco tiempo, no obtendrá nada de mí. Negaré conocerle.

-Ja, ja! -dijo Raffles con una afectada risotada-, eso me recuerda al bromista del ladrón que sé negó a reconocer al policía.

-Sus alusiones sobre mí son papel mojado -dijo Bulstrode con ira-, la ley nada tiene contra mí ni por mediación suya ni de otra persona.

-No entiendes un chiste, amigo mío. Tan sólo quise decir que yo nunca negaría conocerte a ti. Pero hablemos en serio. Tu pago cuatrimestral no me va del todo. Me gusta ser libre.

Aquí Raffles se levantó y caminó un poco por la habitación, balanceando las piernas y adoptando un aire de profunda meditación. Finalmente se paró frente a Bulstrode y dijo:

-¡Ya sé! Dame un par de cientos... vamos, eso es poco... y me iré... ¡palabra de honor!... recogeré mi maleta y me marcharé. Pero no renunciaré a mi libertad por una cochina renta anual. Iré y vendré donde me plazca. Quizá me interese estar lejos y mantener correspondencia con un amigo; quizá no. ¿Tienes aquí el dinero?

-No, tengo cien -dijo Bulstrode sintiendo que la liberación inmediata de Raffles era un alivio demasiado grande como para rechazarlo sobre la base de futuras incertidumbres-. Le mandaré las otras cien si me deja una dirección.

-No, esperaré aquí hasta que las traigas -dijo Raffles-. Daré un paseo tomaré algo y para entonces estarás de vuelta.

El cuerpo enfermizo del señor Bulstrode, destrozado por las tribulaciones que había pasado desde la noche anterior, le hacía sentirse abyectamente en poder de este hombre desentonante e invulnerable. En aquel momento se aferró a un reposo temporal al precio que fuera. Se estaba poniendo en pie para hacer lo que había sugerido Raffles cuando éste último dijo, levantando el dedo como recordando algo de repente:

-Intenté encontrar a Sarah otra vez, aunque no te lo dijera; me remordía la conciencia aquella joven tan bonita. No la encontré, pero averigüé el apellido de su marido y lo anoté. Pero perdí la agenda, maldita sea. De todos modos, si lo volviera a oír lo reconocería. Retengo las facultades como en mis mejores tiempos, pero los nombres se me escapan ¡caramba! A veces soy como un maldito formulario de impuestos antes de rellenarlo. De todas formas, si sé algo de ella y de su familia, te lo diré Nick. Querrás hacer algo por ella ahora que es tu hijastra.

-Indudablemente -dijo el señor Bulstrode con la acostumbrada mirada sostenida de sus ojos gris claro-; aunque eso podría mermar mis posibilidades de ayudarle a usted.

Al salir de la habitación Raffles guiñó un ojo lentamente hacia la espalda del señor Bulstrode y luego se volvió hacia la ventana para ver cómo se alejaba a caballo el banquero... virtualmente en sus manos. Sus labios se fruncieron esbozando primero una sonrisa para abrirse a continuación en una breve carcajada triunfal.

-Pero, ¿cómo demonios se llamaba? -dijo de pronto, medio en alto, rascándose la cabeza y frunciendo el entrecejo. Ni le había importado ni había pensado en su desmemoria hasta que se le ocurrió en el transcurso de su invención de molestias para con Bulstrode.

-Empezaba por ele; creo recordar que casi todo eran eles -prosiguió, con la sensación de que le volvía el escurridizo apellido. Pero era un asidero demasiado leve y pronto se cansó de esta persecución mental, pues pocos hombres se impacientaban más con una ocupación solitaria o tenían mayor necesidad de hacerse oír constantemente que el señor Raffles. Prefería ocupar su tiempo en agradable conversación con el administrador y el ama de llaves, de quien obtuvo cuanta información quiso acerca de la posición del señor Bulstrode en Middlemarch.

Después de todo, sin embargo, siguió habiendo un aburrido espacio de tiempo que tuvo que aliviar con pan, queso y cerveza, y cuando se halló sentado a solas en el salón con este abastecimiento, de pronto se dio una palmada en la rodilla y exclamó: « Ladislaw!»

La acción de la memoria que había tratado de poner en marcha y que, desesperado, había abandonado, se había completado de repente sin un esfuerzo consciente -experiencia común, grata como un estornudo completo, aunque el nombre que se recuerde carezca de valor. Raffles sacó inmediatamente la agenda y apuntó el nombre, no porque esperara tener que usarlo sino simplemente por no sentirse perdido si lo necesitaba en algún momento. No pensaba decírselo a Bulstrode: no obtendría de ello ningún beneficio y para una mente como la del señor Raffles siempre existe en un secreto la posibilidad de algún beneficio.

Estaba satisfecho del éxito obtenido y a las tres de ese mismo día ya había recogido su maleta en el portazgo y subido a la diligencia, aliviando los ojos del señor Bulstrode de una fea mancha negra en el paisaje de Stone Court, pero sin librarle del temor de que la mancha negra pudiera reaparecer y convertirse en parte inseparable de su propia chimenea.