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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 51.
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La parte es también naturaleza,
Y tú verás, por el rigor de la lógica,
Cómo ambas se acomodan: muchos en uno
Y uno en muchos; todo no es algo,
Ni algo es lo mismo que cualquiera:
El género contine las especies, ambas son grande o pequeño;
Un género es el más grande, el otro más bien pequeño;
Cada especie también se diferencia,
Ésta no es aquélla, y él no fue nunca tú,
Aunque ésta y aquélla son síes, y tú y él
Seáis como uno es a uno, o tres son a tres.

A Will Ladislaw aún no le había llegado ningún cotilleo respecto al testamento del señor Casaubon; el aire parecía inundado con la disolución del Parlamento, y las próximas elecciones, como las antiguas ferias y verbenas, estaban colmadas de los griteríos rivales de los espectáculos itinerantes, por lo que se prestaba poca atención a ruidos más privados. Estaban a punto de celebrarse las famosas «elecciones secas» en las que el calado del sentimiento público se pudo medir por el bajo nivel de consumición de alcohol. Ladislaw era una de las personas más ocupadas del momento y, aunque tenía siempre presente la viudedad de Dorothea, distaba tanto de querer que le hablaran del tema que cuando Lydgate le buscó para contarle lo ocurrido acerca del beneficio de Lowick, le respondió un tanto ariscamente:

-¿Por qué me tiene que meter en este asunto? Nunca veo a la señora Casaubon y no es probable que tenga la ocasión, puesto que ella vive en Freshitt. Yo nunca voy allí. Es territorio de los conservadores donde ni yo ni el Pioneer somos mejor recibidos que un furtivo y su escopeta.

El hecho era que Will estaba más susceptible desde que observara que el señor Brooke, en lugar de querer, como antes, que visitara Tipton Grange más de lo que quería el propio Will, parecía ahora ingeniárselas para que fuera allí lo menos posible. Era ésta una desmañada concesión del señor Brooke a la indignada recriminación de Sir James Chettam, y Will, alerta a la mínima insinuación en aquel sentido, concluyó que le mantenían alejado de aquella casa por causa de Dorothea. ¿Recelarían de él los parientes de Dorothea? Sus temores eran infundados: muy equivocados estaban si pensaban que se iba a presentar como un aventurero indigente tratando de grangearse los favores de una mujer rica.

Hasta este momento Will no se había percatado bien del abismo que existía entre él y Dorothea; hasta este momento en que él llegaba al borde del precipicio y la veía al otro lado. No sin cierta rabia interna, comenzó a pensar en marcharse de la vecindad: le sería imposible, en adelante, mostrar cualquier interés por Dorothea sin quedar expuesto a desagradables inculpaciones... tal vez incluso en la mente de la propia Dorothea, que otros intentaran emponzoñar.

-Estamos separados para siempre -dijo Will-. No estaría más alejada de mí de estar yo en Roma. -Pero lo que denominamos desesperación con frecuencia no es más que el anhelo doloroso de la esperanza no alimentada. Había abundantes razones para que no se fuera... razones públicas para no dejar su puesto en este momento de crisis, el señor Brooke en la estacada cuando precisaba de «preparación» para las elecciones y cuando había que llevar a cabo, directa e indirectamente, mucha petición de votos. Will no quería dejar las fichas en el momento más interesante de la partida de ajedrez; y cualquier candidato reformista, aunque tuviera el cerebro y el tuétano reblandecidos en consonancia con sus modales de caballero, podía contribuir a conseguir la mayoría. Preparar al señor Brooke y mantener en él firme la idea de que debía comprometerse a votar en favor de la ley de reforma electoral en vez de insistir en su propia independencia y en la posibilidad, de retirarse a tiempo, no era tarea fácil. La profecía del señor Farebrother de un cuarto candidato «en la manga» aún no se había cumplido y ni la sociedad de candidatos parlamentarios ni ningún otro grupo al acecho de asegurar más mayoría reformista encontraba motivos válidos para interferir mientras existiera un segundo candidato reformista como el señor Brooke, que podía pagarse todos sus gastos; de manera que la contienda se libraba entre Pinkerton, el viejo parlamentario conservador, Bagster, el nuevo candidato liberal ganador de las últimas elecciones y Brooke, el futuro parlamentario independiente que había de comprometerse únicamente en esta ocasión. El señor Hawley y su grupo concentrarían todo su esfuerzo en que volviera Pinkerton y el éxito del señor Brooke dependería de votantes que hicieran que Bagster se quedara atrás o de la transformación de votos conservadores en votos reformistas. Esto último, claro está, sería preferible.

La perspectiva de poder cambiar el voto constituía una confusión peligrosa para el señor Brooke; la impresión que tenía de que se podía captar a los indecisos a base de afirmaciones ambiguas, así como su tendencia a aceptar argumentos opuestos cuando surgían en su memoria le daba mucho trabajo a Will Ladislaw.

-Usted sabe que hay tácticas en estos asuntos -decía el señor Brooke-; acuerdos de toma y daca -atemperamiento de las propias ideas- decir «Algo de verdad hay en lo que usted dice», y todo eso. Estoy de acuerdo con usted en que es esta una ocasión especial... el país con una voluntad propia... alianzas políticas... todo eso..., pero a veces somos demasiado tajantes al cortar. Por ejemplo, esas familias con diez libras: ¿por qué diez? Sí, hay que trazar la línea en algún sitio..., pero, ¿por qué precisamente en diez? Es una pregunta difícil, si lo pensamos bien.

-Naturalmente que lo es -exclamaba Will con impaciencia-. Pero si va usted a esperar hasta que se plantee una reforma perfectamente lógica, deberá usted presentarse como un revolucionario en cuyo caso me temo que Middlemarch no le elegiría. En cuanto a podas, no creo que sea tiempo de recortar nada.

El señor Brooke acababa siempre dándole la razón a Ladislaw, a quien seguía considerando una especie de Burke sazonado de Shelley; pero tras un intervalo, la sabiduría de sus propios métodos volvía a reafirmarse, y, seducido de nuevo, se lanzaba a emplearlos con gran optimismo. En aquella fase

(1) La Ley de Reforma de 1832 no extendió el derecho al voto a todos los ciudadanos varones, sino solamente a quienes ocupaban una propiedad de diez libras o más al año.

el señor Brooke se encontraba muy animado, animación que le sostenía incluso ante las cuantiosas entregas de dinero; su poder de convicción y persuasión no habiendo sido aún puesto a prueba por algo de mayor dificultad que la perorata como presidente de una junta, la presentación de otros oradores, o el diálogo con algún votante de Middlemarch, de los cuales salía con la sensación de que era un estratega nato y de que era una pena que no se hubiera dedicado antes a este tipo de cosas. Sin embargo, tenía cierta conciencia de fracaso con el señor Mawmsey, un destacado representante en Middlemarch de ese gran poder social, el tendero al por menor, y, naturalmente, uno de los votantes más dudosos del distrito -dispuesto personalmente a proporcionar té y azúcar de la misma calidad a reformistas y antirreformistas, así como a coincidir imparcialmente con ambos, al tiempo que estaba convencido, como los burgueses de antaño, de que esta necesidad de elegir miembros para el Parlamento suponía una gran carga para la ciudad; pues, aunque el dar esperanzas a todos los partidos de antemano no revestía ningún peligro, finalmente surgiría la dolorosa necesidad de defraudar a personas respetables cuyos nombres constaban en sus libros. Estaba acostumbrado a recibir grandes encargos del señor Brooke de Tipton Grange, pero también había muchos miembros del comité de Pinkerton cuya opinión tenía de su parte un enorme peso ultramarinista. El señor Mawmsey, imaginándose que el señor Brooke, al no ser muy «espabilado de mente», disculparía mejor a un tendero que votara en contra suya por presión, había hecho ciertas confidencias en su trastienda.

-Respecto a la reforma, caballero, enfóquela bajo el punto de vista de una familia -dijo, haciendo sonar el cambio que tenía en el bolsillo y sonriendo con afabilidad-. ¿Mantendrá a la señora Mawmsey, permitiéndola criar a seis hijos pequeños cuando yo falte? Hago una pregunta ficticia, pues conozco la respuesta. Pues bien. Mi pregunta es qué debo hacer, como marido y como padre, cuando se me acercan ciertos caballeros y me dicen, «Haga usted lo que quiera, Mawmsey, pero si vota en contra nuestra, compraré en otro sitio; cuando endulzo mi té me gusta pensar que beneficio al país manteniendo a los comerciantes que votan adecuadamente». Esas mismísimas palabras me han dicho, desde la misma silla en la que usted está sentado. No me refiero a que las dijera su honorable persona, señor Brooke.

-Ya, ya, ya..., eso es tener la mente muy estrecha. Mientras mi mayordomo no se queje de su mercancía, señor Mawmsey -dijo el señor Brooke conciliadoramente-, mientras no oiga yo que manda usted azúcar y especias de mala calidad..., cosas así..., no le diré que compre en otro sitio.

-Señor, soy su humilde servidor y le quedo muy agradecido -dijo el señor Mawmsey, con la sensación de que la política se despejaba un tanto-. Sería un placer votar por un caballero que habla de manera tan noble.

-De todas formas, señor Mawmsey, saldría ganando si se pusiera de nuestro lado. Esta reforma afectará a todos con el tiempo... es una medida totalmente popular... Una especie de abecé, ¿sabe?, que tiene que venir antes de que el resto pueda llegar. Estoy de acuerdo con usted en que debe enfocarlo bajo un punto de vista familiar, pero recuerde... la cosa pública. Somos todos una familia ¿sabe?... es un mismo armario. Un voto, por ejemplo puede contribuir al destino de los hombres del Cabo... nunca se sabe la repercusión de un voto -concluyó el señor Brooke con la sensación de estar un poco perdido, pero disfrutando aún. Pero el señor Mawmsey respondió en torno cortante:

-Me perdonará usted, pero eso es algo que no me puedo permitir. Cuando voto tengo que saber lo que estoy haciendo; debo considerar cuáles serán los efectos sobre mi caja y mi libro mayor, se lo digo con todo respeto. Admito que los precios son imprevisibles, y que después de comprar pasas -que son artículos perecederos- bajan de repente... yo mismo nunca he entendido los entresijos de todo esto, lo cual es una buena lección para el orgullo humano. Pero en cuanto a una familia, confío en que haya un deudor y un acreedor; eso no lo cambiará la reforma porque de lo contrario, votaría por que las cosas se queden como están. Hablando personalmente, pocos hombres deben tener menos necesidad de cambio que yo, es decir, hablando por mí y por mi familia. No soy de los que no tienen nada que perder, me refiero en cuanto a la respetabilidad, tanto en la parroquia como en asuntos privados, y de ningún modo con respecto a usted mismo y sus costumbres, las cuales tuvo la bondad de decir que no modificaría, le vote o no le vote, en tanto que sean satisfactorios los artículos que le envíe a usted.

Tras esta conversación, el señor Mawmsey subió a su casa y fanfarroneó ante su mujer de haberle ganado la partida a Brooke, de Tipton Grange, y que ahora ya no le importaba tanto ir a votar.

El señor Brooke se abstuvo en ésta ocasión de alardear de sus tácticas ante Ladislaw, quien, por su parte, se conformaba con persuadirse a sí mismo de que la captación de votos sólo le concernía desde un punto de vista meramente argumentativo y de que no manipulaba máquinas más tortuosas que el conocimiento. El señor Brooke tenía, necesariamente, sus agentes, que comprendían la naturaleza del votante de Middlemarch y el modo de alistar su ignorancia del lado de la ley de reforma, modos asombrosamente parecidos a los métodos para alistarla del lado contrario. Will se tapaba los oídos. En ocasiones el Parlamento, como el resto de nuestra vida, incluyendo el comer y el vestir, apenas podrían proseguir si nuestra imaginación fuera demasiado activa respecto de sus procesos. Abundaban en el mundo los hombres con las manos sucias dispuestos a hacer los trabajos sucios, y Will se convencía a sí mismo de que su participación en la tarea de sacar adelante al señor Brooke sería completamente limpia.

Pero Will abrigaba muchas dudas acerca del éxito que tendría con aquel modo de contribuir a la mayoría favorable a la reforma. Había escrito muchos discursos y guiones para discursos, pero había empezado a observar que la mente del señor Brooke, si tenía que soportar la carga de recordar cualquier línea de pensamiento, solía abandonar ésta, corría en su busca, y difícilmente regresaba. Reunir documentos es una manera de servir al país y otra, recordar el contenido de un documento. ¡No! El único modo de conseguir que el señor Brooke pensara en los argumentos correctos en el momento oportuno era ejercitarlos a fondo hasta que ocuparan todo el espacio en su cerebro. Pero aquí se topaba con la dificultad de hallar ese espacio, dada la previa acumulación de sinfín de cosas. El propio señor Brooke comentaba que sus ideas le entorpecían cuando hablaba.

En cualquier caso, el entrenamiento de Ladislaw iba a ser puesto a prueba próximamente, pues antes del día en que se nombraría a los candidatos, el señor Brooke tenía que presentarse ante los respetables electores de Middlemarch desde el balcón del Ciervo Blanco, que daba ventajosamente a una esquina de la plaza del mercado, dominando una gran esplanada por delante y dos calles convergentes. Era una hermosa mañana de mayo y todo parecía esperanzador: había ciertas perspectivas de un entendimiento entre el comité de Bagster y el de Brooke, al que el señor Bulstrode, el señor Standish como abogado liberal y algunos fabricantes como el señor Plymdale y el señor Vincy prestaban una solidez que casi compensaba al señor Hawley y sus asociados que se reunían a favor de Pinkerton en el Dragón Verde. El señor Brooke, consciente de haber debilitado las maledicencias del Trumpet en su contra gracias a las reformas como terrateniente que había llevado a cabo en los últimos seis meses, y oyendo que le vitoreaban un poco al entrar en la ciudad, sintió que se le aligeraba considerablemente el corazón bajo el chaleco amarillo. Pero respecto a ocasiones críticas, a menudo sucede que todos los momentos parecen cómodamente lejanos hasta que llega el último.

-Esto tiene buen aspecto, ¿no? -dijo el señor Brooke mientras se acumulaba el gentío-. Al menos tendré un público abundante. Me gusta esto... un público así, compuesto por mis propios vecinos, ¿sabe?

Al contrario que el señor Mawmsey, los tejedores y los curtidores de Middlemarch jamás habían considerado al señor Brooke vecino suyo, y no sentían por él más afecto que si hubiera llegado en una caja desde Londres. Pero escucharon sin gran alboroto a los oradores que presentaron al candidato, aunque uno de ellos, un personaje político de Brassing que vino a explicarle a Middlemarch su deber, habló tantísimo que resultaba alarmante pensar qué podría decir a continuación el candidato. Entretanto, el gentío iba creciendo y cuando el personaje político se acercaba al final de su discurso, el señor Brooke percibió un notable cambio en sus sensaciones mientras todavía toqueteaba el monóculo, enredaba con los documentos que tenía delante e intercambiaba comentarios con su comité, como un hombre a quien le traía sin cuidado el momento de comparecer.

-Me tomaré otra copa de jerez, Ladislaw -dijo con aire tranquilo a Will que se encontraba justo detrás de él y al punto le dio el supuesto fortificador. Fue una decisión poco feliz; el señor Brooke era hombre abstemio y beber de un trago una segunda copa de jerez a corto intervalo de la primera supuso una sorpresa para su organismo, el cual procedió a dispersar sus energías en lugar de concentrarlas. Os ruego ten compasión de él: ¡son tantos los caballeros ingleses que en al hacer discursos por motivos absolutamente personales!... mientras que el señor Brooke quería servir a su país presentándose como candidato al Parlamento, lo cual, evidentemente, también se puede hacer por motivos personales, pero que, una vez tomada la decisión, inexorablemente exige hacer discursos.

No era el principio del discurso lo que inquietaba al señor Brooke: eso, estaba convencido, iría bien; saldría perfecto, igual de ordenado que una serie de pareados de Pope. El embarcar sería fácil, pero resultaba alarmante la imagen de mar abierto que podía venir a continuación. «Y el tema de las preguntas», susurraba el demonio que empezaba a despertar en su estómago, «alguien puede preguntar sobre los plazos de la ley.»

-Ladislaw -continuó en voz alta-, páseme las notas sobre los plazos.

Cuando el señor Brooke salió al balcón, los vítores fueron lo bastante altos como para contrarrestar los alaridos, gruñidos, bramidos y otras manifestaciones de teoría adversa, que eran tan moderadas que el señor Standish (perro viejo) comentó al oído de quien tenía al lado.

-No las tengo todas conmigo. Hawley debe tener algún otro plan.

De todos modos, los vítores eran estimulantes y ningún candidato podía presentar un aspecto más afable que el señor Brooke, con las notas en el bolsillo del pecho, la mano izquierda sobre la barandilla del balcón y la derecha jugueteando con el monóculo. Lo chocante de su aspecto eran el chaleco amarillo, el pelo rubio muy corto, y su fisonomía neutral. Empezó con cierta confianza.

-¡Caballeros... electores de Middlemarch!

Esto era algo tan apropiado que parecía natural que siguiera una pequeña pausa.

-Es un placer inusitado encontrarme aquí..., nunca me he sentido tan orgulloso y feliz..., nunca, ¿saben?

Era una valiente forma de expresarse, pero no exactamente la adecuada, pues, desgraciadamente, el empiece perfecto se había evaporado... incluso los pareados de Pope pueden ser sólo «derrumbamientos, desapariciones», cuando el miedo nos atenaza y el jerez se precipita por nuestras ideas con la rapidez del humo. Ladislaw, de pie junto al ventanal y detrás del orador pensó «Se ha acabado. La única esperanza que queda, ya que lo mejor no siempre da resultado, es que, por una vez el farfulleo dé resultado». Entretanto, el señor Brooke, perdido completamente el hilo, recayó sobre sí mismo y sus méritos, tema siempre apropiado y elegante para un candidato.

-Soy vecino vuestro, amigos míos..., hace tiempo que me conocéis como juez de paz..., siempre me interesaron los problemas públicos..., la maquinaria, por ejemplo, y el acabar con la maquinaria..., a muchos de vosotros os incumbe todo lo de la maquinaria y últimamente me he interesado por eso. Eso de romper las máquinas no debe hacerse: las cosas han de seguir adelante... el comercio, la industria, los negocios, el intercambio de materias primas... todo eso... ha de seguir adelante desde Adam Smith. Debemos echar una ojeada a todo el orbe: «Observación con una perspectiva extensa», debemos mirar a todas partes «desde China hasta Perú», como dice alguien... creo que es Johnson en The Ixambler(2). Eso es lo que yo he hecho hasta cierto punto... no hasta Perú, pero no siempre me he quedado en casa... vi que eso no era bueno. He llegado hasta el cercano Oriente, donde van algunos de los productos de Middlemarch... y luego en el Báltico. El Báltico, sí.

Poceando de esta forma en sus recuerdos, el señor Brooke podía haber proseguido cómodamente y regresar de los mares más lejanos sin problema alguno de no ser porque el enemigo había organizado un diabólico ardid. En un abrir y cerrar de ojos, casi enfrente del señor Brooke y a unos diez metros se alzó por encima de los hombros de la multitud una imagen suya: chaleco amarillo, monóculo y fisonomía neutral pintada sobre un trapo; y por el aire, como el canto de un

(2) Se trata en realidad de las dos primeras líneas del poema de Samuel Johnson, escrito en imitación de la décima sátira de Juvenal, Vanidad de lar desear humanar (1749).

cucú, surgió un eco, una imitación titiritesca de sus palabras. Todo el mundo alzó la vista hacia las ventanas abiertas de las casas en las esquinas de las calles convergentes, pero o bien estaban vacías o llenas de oyentes divertidos. El eco más inocente tiene algo de pérfida burla cuando repite a un orador serio e insistente, y este eco no era inocente en absoluto: si no repetía con la precisión de un eco natural, elegía con perversión las palabras empleadas. Cuando llegó a «el Báltico, sí», las risas que recorrían el público se convirtieron en una carcajada general que, de no ser por el efecto apaciguador de la solidaridad y esa gran causa pública que el enmarañamiento de las cosas había indentificado con «Brooke de Tipton», hubieran contagiado incluso a su propio comité. El señor Bulstrode preguntó, con reprensión, qué estaba haciendo la nueva policía; pero resultaba difícil capturar una voz, y un ataque a la efigie del candidato hubiera sido equívoco ya que, probablemente, la intención de Hawley era que apedrearan el trapo.

El mismo señor Brooke no estaba en situación de percatarse de nada con presteza salvo de una desaparición general de sus ideas: incluso le silbaban un poco los oídos, y era la única persona que no había percibido con nitidez ni el eco ni la imagen de sí mismo. Hay pocas cosas que aprisionen más la percepción que la angustia por lo que tenemos que decir. El señor Brooke oyó las risotadas, pero ya esperaba de parte de los conservadores ciertos esfuerzos por perturbar, y en estos momentos se encontraba aún más exaltado por la cosquilleante sensación de que su preámbulo perdido volvía para traerle de regreso del Báltico.

-Eso me recuerda -continuó, metiendo una mano en el bolsillo con aire sosegado-, que se necesitará un precedente..., aunque nunca necesitamos un precedente para hacer lo que está bien... ahí está Chatham, por ejemplo; no puedo decir que yo hubiera apoyado a Chaahhm3, o a Pitt, Pitt el joven... no era hombre de ideas, y necesitamos ideas.

-¡Al demonio con sus ideas! Queremos la ley -rugió una áspera voz entre el gentío.

Al instante, el invisible cristobita, que había ido siguiendo

3 William Pitt (170$-78), primer conde de Chatham, estadista y orador inglés, padre de Pitt el joven.

al señor Brooke, repitió «¡Al demonio con sus ideas! Queremos la ley». La risotada fue mayor que nunca y por primera vez el señor Brooke, al estar callado, oyó claramente el eco burlón, pero parecía ridiculizar a quien le había interrumpido y, visto así, resultaba alentador, de forma que contestó atentamente:

-Algo de razón tiene usted, amigo mío, ¿para qué nos reunimos si no es para decir lo que pensamos?... libertad de opinión, libertad de prensa, libertad... ese tipo de cosa. Bien, la ley, pues... -aquí el señor Brooke hizo una pausa para ponerse el monóculo y sacar las notas del bolsillo con la sensación de estar siendo práctico y dar detalles. El cristobita invisible continuó:

-Tendrá usted la ley, señor Brooke, por competición preelectoral, y un escaño a la puerta del Parlamento, a pagar contra reembolso, cinco mil libras siete chelines y cuatro peniques.

El señor Brooke, sumido en un mar de carcajadas, se sonrojó, dejó caer el monóculo, y mirando desconcertado a su alrededor, vio la imagen suya que habían aproximado aún más. Al momento siguiente la contempló dolorosamente cubierta de manchas de huevos. Se soliviantó un tanto y alzando la voz dijo:

-Las payasadas, las jugarretas, ridiculizar la verdad... todo eso está muy bien... -un desagradable huevo cayó sobre el hombro del señor Brooke al tiempo que el eco decía «todo eso está muy bien»; llegó a continuación una retahíla de huevos, dirigidos principalmente a la imagen, pero en ocasiones dando al original como por casualidad. Un reguero de nuevos espectadores empujaban por entre la multitud: silbidos, pitidos, aullidos y pífanos aumentaron la algarada porque había gritos y forcejeos por acallarlos. Ninguna voz hubiera sido lo bastante potente para imponerse al alboroto y el señor Brooke, desagradablemente ungido, abandonó el campo. La frustración hubiera sido menos desesperante de ser menos juguetona e infantil: un asalto serio del que el periodista hubiera podido afirmar que «puso en peligro las costillas del avezado», o le permitiera dar un testimonio respetuoso de que «las suelas del orador se veían por encima de la barandilla», tal vez lleve parejo mayores consuelos.

El señor Brooke regresó a la habitación donde se encontraba el comité diciendo con toda la despreocupación que pudo:

-Esto es una pena, ¿saben? Poco a poco hubiera conseguido su atención..., pero no me dieron tiempo. Ya habría llegado a lo de la ley... -añadió, mirando a Ladislaw-. De todas formas, todo saldrá bien en el nombramiento de candidatos.

Pero no había unanimidad respecto de que las cosas fueran a salir bien; por el contrario, el comité estaba muy serio y el personaje político de Brassing escribía con afán, como si pergenara nuevos ardides.

-Ha sido Bowyer -dijo el señor Standish evasivamente-. Estoy tan seguro como si lo hubiera anunciado. Es un ventrílocuo extraordinario y ¡vive Dios! lo ha hecho estupendamente. Hawley le ha estado invitando a cenar últimamente: hay una mina de talento en Bowyer.

-Pues nunca me ha hablado usted de él, Standish, o yo le hubiera convidado a mi casa -dijo el pobre señor Brooke, que había hecho mucho de anfitrión por el bien de su país.

-No hay en todo Middlemarch tipo más vil que Bowyer -dijo Ladislaw con indignación-, pero parece que siempre hayan de ser los viles quienes cambien las tornas.

Will estaba de muy mal humor consigo mismo además de con su «jefe» y fue a encerrarse a sus habitaciones medio decidido a abandonar al Pioneer y al señor Brooke simultáneamente. ¿Por qué había de quedarse? Si el abismo infranqueable que existía entre él y Dorothea había de superarse, antes se debería a su partida y a la obtención de un puesto totalmente diferente que a su permanencia en Middlemarch, acumulando un merecido desprecio como subordinado de Brooke. Vino a continuación el sueño juvenil de los milagros que podría hacer en... cinco años, por ejemplo: los escritos políticos, los discursos políticos, estarían más valorados ahora que la vida pública iba a ser más amplia y nacional, y podrían llegar a darle tanto prestigio que no seria ya como pedirle a Dorothea que descendiera hasta él. Cinco años: si tan sólo tuviera la seguridad de que Dorothea se interesaba por él más que por otros; si pudiera tan sólo darle a entender que se mantendría apartado hasta poder confesar su amor por ella sin rebajarse... entonces podría marcharse tranquilo a iniciar una carrera que a los veinticinco parecía lo suficientemente plausible según el orden natural de las cosas, donde el talento trae la fama y la fama todas las demás cosas maravillosas. Sabía hablar y escribir; podía dominar la materia que quisiera, y tenía la intención de ponerse siempre del lado de la razón y la justicia, a lo que aportaría todo su entusiasmo. ¿Por qué no habría de alzarse un día sobre los hombros de la masa y sentir que se había ganado a pulso esa distinción? Sin duda se marcharía de Middlemarch, iría a Londres y se prepararía para ser célebre estudiando derecho.

Pero no sería inmediatamente: no hasta que entre él y Dorothea hubiera habido algún tipo de comunicación. No podía estar satisfecho hasta que ella supiera que no se casaría con ella aún en el caso de ser el hombre de su elección. Por tanto debía seguir en su puesto y soportar al señor Brooke un poco más.

Pero pronto tuvo motivos para sospechar que el señor Brooke se le había anticipado al deseo de poner fin a su relación. Delegaciones del exterior y voces desde el interior concurrieron para inducir a ese filántropo a adoptar una medida más enérgica de lo usual por el bien de la humanidad: retirarse en favor de otro candidato, a quien legaba las ventajas de su maquinaria electoral. Él mismo la denominaba una medida enérgica, pero alegaba que su salud era menos resistente a la agitación de lo que imaginara.

-Estoy incómodo a causa del pecho... y no es conveniente excederse en eso -le dijo a Ladislaw al explicarle su decisión-. Debo frenar un poco. El pobre Casaubon fue una advertencia, ¿sabe? He tenido que hacer importantes adelantos, pero he abierto una brecha. Esto de hacer campaña electoral es una labor un tanto tosca, ¿no es así, Ladislaw? No me extrañaría que estuviera usted cansado. De todos modos, hemos abierto una brecha con el Pioneer.. hemos encarrilado las cosas. Alguien más normal que usted puede continuarlo ahora... alguien más normal, ¿sabe?

-¿Quiere usted que lo deje? -dijo Will, sonrojándose de inmediato, mientras se levantaba de la mesa y daba unos pasos con las manos en los bolsillos-. No tiene más que decírmelo.

-Respecto a querer, mi querido Ladislaw, ya sabe usted que tengo una buenísima opinión sobre su capacidad. Pero por lo que hace al Pioneer, he estado consultando con algunas personas de nuestro lado y se inclinan por encargarse ellos del periódico, con lo que me estarían indemnizando hasta cierto punto. Y en esas circunstancias quizá usted prefiriera dejarlo... encontrar mejores oportunidades. Esas personas quizá no le consideraran a usted tanto como lo he hecho yo, como si fuera mi alter ego, mi mano derecha..., aunque siempre esperé de usted que hiciera algo más. Estoy pensando en ir a Francia una temporadita. Pero le escribiré las cartas que quiera, ¿sabe?... para Althorpe y gente así. Conozco a Althorpe4.

-Le estoy sumamente agradecido -dijo Ladislaw con orgullo-. Puesto que va dejar el Pioneer no tengo por qué molestarle con los pasos que vaya a dar. Tal vez me quede aquí de momento.

Cuando el señor Brooke se hubo marchado, Will se dijo a sí mismo, «el resto de la familia le ha estado presionando para que se libre de mí, y ya no le importa que me vaya. Me quedaré el tiempo que quiera. Me marcharé por propia decisión y no porque ellos me teman».