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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 50.
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«Este lolardo nos quiere predicar.»
«Por el alma de mi padre que no lo hará»,
Dijo el marinero, «aquí no debe predicar.
No debe ni glosar ni enseñar el evangelio aquí.
Nosotros lo dejamos todo en las manos de Dios»,
Dijo él. Sembraría algunas dificultades.
(Los Cuentos de Canterbury.)

Casi una semana llevaba Dorothea a salvo en Freshitt Hall sin haber hecho preguntas peligrosas. Cada mañana se sentaba con Celia en el más bonito de los cuartos de estar del piso de arriba, el que daba a un pequeño invernadero. Celia, toda de blanco y lavanda como un ramillete de violetas de dos colores, contemplaba las proezas del bebé que resultaban tan indescifrables para su inexperiencia que toda conversación se veía interrumpida por sus súplicas para que la nodriza oracular las interpretara. Dorothea se sentaba junto a ella, vestida de luto, con una expresión que provocaba a Celia por considerarla demasiado triste: pues no sólo estaba muy bien el bebé, sino que, cuando un marido había sido en vida tan aburrido e incómodo, y además... ¡en fin! Sir James, por supuesto, le había contado todo a Celia con la enérgica recomendación de que era importante que Dorothea no lo supiera antes de que fuera inevitable.

Pero el señor Brooke tenía razón cuando predijo que Dorothea no permanecería por mucho tiempo inactiva cuando se le había asignado una tarea; conocía el contenido del testamento de su esposo redactado cuando se casaron y su mente, tan pronto tuvo clara conciencia de su situación, se ocupó en silencio con lo que debía hacer, como dueña de Lowick Manor, con el patronazgo del beneficio eclesiástico que iba unido a la propiedad.

Una mañana, cuando su tío realizaba su habitual visita, si bien con insólita celeridad de modales que disculpó diciendo que era muy probable que el Parlamento se disolviera ya en breve, Dorothea dijo:

-Tío, convendría ahora que considerara quién debe recibir el beneficio de Lowick. Una vez arreglado lo del señor Tucker, nunca oí a mi esposo mencionar a ningún clérigo como sucesor suyo. Creo que debería tener las llaves de Lowick para poder ir y examinar los papeles de mi marido. Puede que haya en ellos algo que arroje alguna luz sobre sus deseos.

-No hay ninguna prisa, hija -respondió con tranquilidad el señor Brooke-. Ya tendrás tiempo de ir, si quieres. Pero ojeé los que había en los escritorios y los cajones... y no había nada... nada más que ya sabes, temas profundos... además del testamento. Nada corre ninguna prisa. En cuanto al beneficio eclesiástico, ya se ha interesado alguien... y yo diría que es una solicitud muy recomendable. Me han recomendado mucho el señor Tyke... ya tuve algo que ver con su anterior nombramiento. Tengo entendido que es un hombre muy apostólico... justo el tipo de persona que te iría bien, hija.

-Me gustaría saber más acerca de él, tío, y juzgar por mí misma, si es que el señor Casaubon no ha dejado nada escrito sobre su deseo. Tal vez haya añadido algo a su testamento... puede que me haya dejado instrucciones -dijo Dorothea, que todo el tiempo había estado pensando en esta posibilidad con relación a la obra de su marido.

-No hay nada acerca de la rectoría, hija... nada -dijo el señor Brooke, levantándose para marcharse y extendiendo la mano hacia sus sobrinas-, ni acerca de sus investigaciones, ¿sabes? No hay nada de eso en el testamento.

A Dorothea le temblaron los labios.

-Vamos, hija, no debes pensar aún en esas cosas. Ya habrá tiempo.

-Me encuentro bien, tío y he de esforzarme. -Bueno, bueno, ya veremos, pero ahora debo irme... tengo un montón de trabajo... hay crisis..., crisis política, ¿sabes? Y aquí tienes a Celia y su hombrecito... ahora eres tía, ¿sabes? y yo soy una especie de abuelo -dijo el señor Brooke, con tranquila premura, deseoso de marcharse y decirle a Chettam que no sería culpa suya (del señor Brooke) si Dorothea insistía en revisarlo todo.

Dorothea se recostó en la butaca cuando su tío hubo salido de la habitación y miró pensativamente sus manos cruzadas.

-¡Mira Dodo! ¡Mírale! ¿Has visto nunca nada igual? -dijo Celia con su tono pacífico.

-¿Decías, Kitty? -dijo Dorothea levantando los ojos distraídamente.

-¿Que qué decía? Pues el labio superior; mira cómo lo frunce como si quisiera poner caras. ¿No es una maravilla? Puede que hasta tenga sus pequeñas ideas. Cómo me gustaría que estuviera aquí la nodriza. Por favor, ¡míralo!

Una lágrima que llevaba tiempo acumulándose rodó por la mejilla de Dorothea al levantar la vista e intentar sonreír.

-No estés triste, Dodo; dale un beso al niño. ¿Qué es lo que te tiene tan ensimismada? Estoy segura que hiciste cuanto pudiste y mucho más. Ahora deberías estar feliz.

-¿Crees que Sir James me llevaría a Lowick? Quiero revisarlo todo... para ver si dejó algo escrito para mí. -No debes ir hasta que el señor Lydgate te diga que puedes. Y todavía no lo ha dicho (tenga, nodriza... llévese al niño y paséelo por la galería). Además, como siempre, vuelves a equivocarte, Dodo..., lo veo y me molesta.

-¿En qué me equivoco, Kitty? -preguntó Dorothea dócilmente. Casi estaba dispuesta ahora a considerar a Celia más juiciosa que ella misma y se preguntaba con cierto temor cuál sería esa idea equivocada. Celia percibió su ventaja y estaba decidida a utilizarla. Nadie conocía ni sabía tratar a Dodo como ella. Desde que naciera su hijo, Celia había adquirido un nuevo concepto de su solidez mental y de su juicio sosegado. Parecía claro que donde había un niño las cosas iban suficientemente bien y que por lo general, el error era sólo una simple ausencia de esa fuerza equilibrante.

-Veo clarísimamente lo que estás pensando, Dodo -dijo Celia-. Quieres averiguar si hay algo desagradable que debas hacer ahora, por el simple hecho de que el señor Casaubon así lo quisiera. Como si no hubieras estado ya lo bastante incómoda antes. Y él no se lo merece, ya lo verás. Se ha portado muy mal. James está furioso con él. Y es mejor que te lo diga yo, para que te vayas preparando.

-Celia -suplicó Dorothea-, me angustias. Dime ahora mismo de lo que se trata-. Le pasó por la mente que el señor Casaubon hubiera dejado sus propiedades a otra persona... lo que no resultaría tan angustioso.

-Pues le ha añadido un codicilo al testamento que indica que se te quitarán las propiedades si te casaras... bueno, quiero decir...

-Eso no tiene ninguna importancia -dijo Dorothea interrumpiendo con ímpetu.

-Pero sólo si te casaras con el señor Ladislaw, con nadie más -prosiguió Celia con calmosa tenacidad-. Por supuesto que, por un lado, no tiene ninguna importancia porque nunca te casarías con el señor Ladislaw, pero eso sólo agrava el comportamiento del señor Casaubon.

Dorothea se sonrojó vivamente, pero Celia administraba lo que creía una realista dosis de hechos. Eran las fantasías de Dorothea lo que había dañado tanto su salud. Y por tanto continuó, con su tono neutro como si comentara los trajecitos de su hijo.

-Eso dice James. Dice que es algo abominable e impropio de un caballero. Y jamás hubo mejor juez que James. Es como si el señor Casaubon quisiera que la gente pensara que tú querrías casarte con el señor Ladislaw... lo cual es ridículo. Pero James dice que era para impedir que el señor Ladislaw quisiera casarse contigo por tu dinero... como si se le pudiera ocurrir pedírtelo. ¡La señora Cadwallader dice que sería como si te casaras con un italiano que tuviera ratones blancos! Pero he de ir a ver al niño -añadió Celia, sin el menor cambio de tono, cubriéndose con un chal y marchándose con paso ágil.

A Dorothea se le había pasado el sofoco para entonces y se recostó desfallecida sobre la butaca. Hubiera podido comparar su experiencia de ese momento con una inconcreta y alarmada conciencia de que su vida cobraba una nueva forma, que era presa de una metamorfosis en la que la memoria se negaba a acoplarse al despertar de nuevos órganos. Todo cambiaba de aspecto: la conducta de su esposo, sus propios sentimientos de obligación para con él, las pugnas entre los dos... y aún más, toda su relación con Will Ladislaw. Su mundo estaba sumido en un estado de cambio convulsivo; lo único que podía decirse con claridad a sí misma era que debía esperar y repensar las cosas. Un cambio la aterraba como si hubiera sido un pecado: la violenta sacudida de repulsión hacia su esposo, que había albergado pensamientos ocultos que tal vez hubieran pervertido cuanto ella hacía y decía. Luego fue consciente de otro cambio que también la hizo temblar: un extraño y repentino anhelo por Will Ladislaw. Jamás se le había ocurrido pensar que, bajo ninguna circunstancia, Will pudiera ser su amante; considérese, pues el efecto de la inesperada revelación de que otro pudiera pensar en él en esos términos... de que tal vez él mismo fuera consciente de esa posibilidad, y esto con la apresurada, abigarrada visión de unas condiciones poco adecuadas y de preguntas que no se resolverían con prontitud.

Parecía haber transcurrido mucho tiempo -no sabía cuánto- hasta que oyó decir a Celia:

-Ya es suficiente, ama; ahora se quedará tranquilo en mi regazo. Váyase a comer y que Garratt se quede en la habitación contigua. Lo que yo creo, Dodo -Celia prosiguió, observando tan sólo que Dorothea estaba recostada en la butaca con actitud, al parecer, pasiva-, es que el señor Casaubon era un rencoroso. No me gustó jamás y a James tampoco. Siempre pensé que tenía las comisuras de la boca muy rencorosas. Y ahora que se ha comportado así, estoy convencida de que la religión no te exige que te inquietes por él. Es una bendición que Dios se lo haya llevado y debieras estar agradecida. No hay que lamentarse, ¿verdad, hijo mío? -le dijo Celia confidencialmente a ese inconsciente centro y equilibrio del mundo, que poseía los más magníficos puños, completos incluso hasta las uñas, y pelo suficiente, cuando se le quitaba el gorro para hacer... ni se sabe qué; en resumen, era Buda con aspecto occidental.

La llegada de Lydgate se anunció en medio de esa crisis y una de las primeras cosas que dijo fue:

-Me temo que no está usted tan bien como antes, señora Casaubon; ¿la ha inquietado algo? Déjeme tomarle el pulso. -La mano de Dorothea tenía una frialdad marmórea.

-Quiere ir a Lowick a revisar los papeles -dijo Celia-. No debe, ¿verdad?

Lydgate guardó unos minutos de silencio. A continuación dijo, mirando a Dorothea:

-No lo sé mucho. En mi opinión, la señora Casaubon debería hacer aquello que la tranquilice más. Y esa tranquilidad no procederá siempre de la prohibición de actuar.

-Gracias -dijo Dorothea, haciendo un esfuerzo-. Estoy segura de que es un consejo muy prudente. Son tantas las cosas a las que debo atender así que, ¿por qué he de seguir aquí sentada sin hacer nada? -A continuación, con un esfuerzo por hablar de temas que no estuvieran relacionados con su turbación, añadió bruscamente:

-Creo que usted conoce a todo el mundo en Middlemarch, señor Lydgate. Le tendré que pedir que me cuente muchas cosas. He de ocuparme de cosas serias ahora. Tengo que conceder un beneficio eclesiástico. Usted conoce al señor Tyke y a... -pero el esfuerzo fue demasiado para Dorothea y rompió en llanto.

Lydgate le dio unas sales.

-Déjela hacer lo que quiera -le dijo a Sir James, por quien preguntó antes de salir de la casa-. Creo que más que otras recetas lo que necesita es libertad total.

El tener que atender a Dorothea en los días de su alterado estado mental le había permitido a Lydgate formarse ciertas conclusiones verdaderas respecto de los infortunios de la señora Casaubon. Estaba seguro de que padecía tensiones y conflictos debidos a la auto represión y que era probable que en las actuales circunstancias se sintiera presa de otro tipo de clausura casi igual a aquel del que acababa de liberarse.

El consejo de Lydgate fue tanto más fácil de seguir para Sir James al averiguar que Celia ya le había contado a Dorothea el desagradable dato del testamento. Ahora ya era inevitable, ya no había razón para retrasar más los asuntos importantes, de modo que al día siguiente Sir James accedió al momento a la petición de Dorothea de que la llevara a Lowick.

-No tengo el menor deseo de quedarme allí por el momento -dijo Dorothea-, no lo podría soportar. Soy mucho más feliz en Freshitt con Celia y podré pensar mejor lo que se debe hacer en Lowick viéndolo desde lejos. También me gustaría quedarme una temporada en Tipton Grange con mi tío, y recorrer los viejos paseos y estar con la gente del pueblo.

-Pero aún no. Tu tío tiene huéspedes políticos, y es mejor que estés al margen de estas cosas -dijo Sir James que pensaba en Tipton Grange como la guarida del joven Ladislaw. Pero no medió palabra entre él y Dorothea respecto al ofensivo codicilo del testamento: ambos sentían que no era posible mencionarlo. Sir James era muy recatado, incluso entre los hombres, a la hora de hablar de temas desagradables y Dorothea, por otro lado, de haberse referido al asunto, no hubiera podido decir lo único que en ese momento hubiera deseado, pues le parecía que habría sido una prueba añadida de la injusticia de su marido. Sin embargo sí quería que Sir James tuviera conocimiento de lo que tuvo lugar entre ella y su marido acerca del derecho moral de Will Ladislaw a las propiedades, pues pensaba que, entonces, le quedaría muy claro a su cuñado que el extraño y poco delicado codicilo que había redactado su esposo respondía principalmente a su enconada resistencia por admitir la idea de aquellos derechos y no simplemente a sentimientos personales de los cuales resultaba más dificil hablar. Además, hay que admitirlo, Dorothea deseaba que esto se supiera por el bien de Will, puesto que sus amigos parecían considerarle tan sólo como el destinatario de la caridad del señor Casaubon. ¿Por qué habían de compararle a un italiano con ratones blancos? La cita de la señora Cadwallader parecía una caricatura burlesca dibujada en la oscuridad por un dedo malicioso.

En Lowick, Dorothea rebuscó en todos los escritorios y cajones, todos los lugares en los que su esposo pudo guardar escritos privados, pero no encontró nada dirigido a ella salvo la «Tabulación Sinóptica» que probablemente tan sólo fuera la primera de las muchas instrucciones que pensara dejarla. Como en todo lo demás, el señor Casaubon, al adjudicarle esta tarea a Dorothea, había sido lento y titubeante, tan agobiado al planificar la transmisión de su trabajo como lo estuviera al llevarlo a cabo, con la sensación de moverse plúmbeamente en un medio abotargante y oscuro: su desconfianza en la capacidad de Dorothea para ordenar lo que él había preparado tan sólo quedaba paliada por su desconfianza en otros redactores. Pero finalmente la personalidad de Dorothea le había proporcionado un punto de confianza: era capaz de hacer cuanto se proponía, y el señor Casaubon se la imaginaba muy bien trabajando bajo los grilletes de la promesa de edificarle una tumba con su nombre. (No es que el señor Casaubon denominara tumba a los futuros volúmenes; los llamaba «Clave para todas las mitologías».) Pero los meses se le habían adelantado dejando sus planes tan sólo esbozados: sólo había tenido tiempo de pedir esa promesa mediante la cual pretendía retener sobre la vida de Dorothea su frío control.

Aquel control se había desvanecido. Obligada por una promesa dada desde lo más hondo de su compasión Dorothea hubiera sido capaz de asumir una labor que su criterio le susurraba era inútil para todo salvo esa consagración de la fidelidad que es una utilidad suprema. Pero ahora, su criterio, en lugar de verse controlado por una obediente devoción, resultaba activado por el amargo descubrimiento de que en su pasada unión se agazapaba la oculta distancia del secreto y la sospecha. El hombre vivo y que sufría ya no estaba frente a ella para despertar su piedad; sólo quedaba el recuerdo de una dolorosa sumisión a un marido cuyos pensamientos resultaban ser más indignos de lo que ella pensara, cuyas desorbitadas exigencias habían cegado incluso el esmerado cuidado que tenía para con su propio carácter, y le hicieron destruir su propio orgullo al escandalizar a hombres de honor corriente. En cuanto a las propiedades que eran el símbolo de esa unión rota, con gusto hubiera querido estar libre de ellas, y poseer tan sólo la fortuna inicial que había recibido como dote de no ser por la existencia de los deberes vinculados a ser dueño que no debía rehuir. Muchas eran las difíciles preguntas que insistían en plantearse respecto de esta propiedad: ¿no estaba en lo cierto al pensar que la mitad de éstas debían ir a parar a Will Ladislaw? Pero, ¿no resultaba ahora imposible que llevara a cabo ese acto de justicia? El señor Casaubon había adoptado medidas cruelmente eficaces para impedírselo: incluso con la indignación que en su corazón se levantaba contra él, cualquier acto que pareciera una triunfante evasión de los propósitos de su marido la repugnaba.

Tras recoger papeles de asuntos que deseaba examinar, volvió a cerrar con llave los cajones y los escritorios -todos carentes de mensajes personales para ella- carentes de toda indicación de que, durante los pensamientos solitarios de su esposo, su corazón se hubiera acercado a ella para pedir disculpas o explicaciones; regresó a Freshitt con la sensación de que no se había roto el silencio en torno a la última cruel exigencia y la última injuriosa imposición de su poder.

Dorothea intentó pensar ahora en sus obligaciones inmediatas, una de las cuales era de índole tal que los demás estaban empeñados en no dejarla olvidar. Lydgate había captado con interés su referencia al beneficio eclesiástico y tan pronto pudo retomó el tema, viendo la posibilidad de reparar el voto que anteriormente diera con mala conciencia.

-En lugar de hablarle sobre el señor Tyke -dijo-, quisiera hacerlo sobre otro hombre, el señor Farebrother, el vicario de St. Botolph. Su beneficio actual es paupérrimo y le proporciona muy menguados medios para él y su familia. Viven con él su madre, su tía y su hermana y de él dependen. Creo que no se ha casado nunca por esa razón. Jamás he oído predicar a nadie tan bien, con una elocuencia tan fácil y sencilla. Hubiera podido predicar en St. Paul's Cross después de Latimer. Habla igual de bien sobre cualquier tema, de forma original, clara y sencilla. Creo que es una persona extraordinaria; debiera haber llegado más lejos.

-¿Y por qué no lo ha hecho? -preguntó Dorothea, interesada ahora por todos los que no habían alcanzado sus aspiraciones.

-Es una pregunta difícil -dijo Lydgate-. Yo mismo encuentro que es inusitadamente complicado hacer que funcionen las cosas: hay demasiados hilos que tiran simultáneamente. Farebrother a menudo insinúa que equivocó su profesión; necesita más campo del que se le ofrece a un clérigo pobre, y me imagino que carece de otros recursos que le ayuden económicamente. Le gusta mucho la historia natural y otras materias científicas y le resulta difícil reconciliar estas aficiones con su posición. No le sobra dinero -apenas le llega, y eso le ha inducido a jugar a las cartas... Middlemarch es un gran lugar paa el whist. juega por dinero y gana bastante. Eso, claro, le relaciona con personas que no están a su altura y le hace volverse negligente respecto a ciertas cosas; y sin embargo, a pesar de ello, considerado en conjunto, es uno de los hombres más intachables que ha conocido jamás. No hay en él ni veneno ni doblez, lo que a menudo acompaña a un aspecto externo más correcto.

-Me pregunto si sufre su conciencia por ese hábito -dijo Dorothea-; si desearía poderlo dejar.

-No me cabe ninguna duda de que lo dejaría si se hallara en una mejor situación económica: ya agradecería poder dedicar el tiempo a otras cosas.

-Mi tío dice que se habla del señor Tyke como un hombre apostólico -dijo Dorothea meditativamene. Hubiera querido, de ser posible, volver a los tiempos del celo primitivo, y sin embargo, el señor Farebrother la impulsaba a rescatarle de aquella forma de obtener su dinero al azar.

-No pretendo afirmar que Farebrother sea apostólico -dijo Lydgate-. Su posición no es exactamente la de los apóstoles: es tan sólo un clérigo entre los feligreses cuyas vidas debe intentar mejorar. En la práctica, se me antoja que lo que hoy en día se llama apostólico es una impaciencia por todo aquello en lo que el ministro no constituye la figura principal. Veo algo de eso en el señor Tyke en el hospital: una buena parte de su doctrina consiste en pinchar bien para que la gente sea desagradablemente consciente de su presencia. Además, ¡un hombre apostólico en Lowick! Debería pensar, como San Francisco, que es menester predicarles a los pájaros.

-Es verdad -dijo Dorothea-. Es difícil imaginarse qué ideas sacan nuestros granjeros y trabajadores de las enseñanzas. He estado leyendo un volumen de sermones del señor Tyke: y ese tipo de predicación no serviría de nada en Lowick... me refiero a hablar de predestinación y las profecías en el Apocalipsis. Siempre he pensado en las diversas maneras en que se enseña el cristianismo y cuando encuentro una que lo presenta de manera más amplia que las demás, me aferro a ella como la más cierta... quiero decir, aquella que incluye el mayor bien de toda clase y acoge a la mayor cantidad de gente como partícipes. Siempre será mejor perdonar demasiado que condenar demasiado, pero me gustaría ver al señor Farebrother y oírle predicar.

-Hágalo -dijo Lydgate-. Confío en el efecto que producirá. Es muy querido, pero también tiene sus enemigos: siempre existirán personas que no pueden perdonar al hombre capaz si es distinto de ellas. Y ese asunto de ganar dinero con las cartas es un verdadero borrón. Usted claro, no ve a mucha gente de Middlemarch, pero el señor Ladislaw, que ve con gran frecuencia al señor Brooke, es muy amigo de las ancianitas del señor Farebrother y se alegrará de cantar las alabanzas del vicario. Una de las viejecitas, la señorita Noble, la tía, es un pintoresco y maravilloso retrato de la bondad más absoluta, y Ladislaw hace de caballero y a veces la acompaña. Un día les encontré en una callejuela: ya conoce el aspecto de Ladislaw, una especie de Dafnis con abrigo y chaleco; y esta minúscula solterona iba colgada de su brazo... parecían una pareja salida de una comedia romántica. Pero la mejor prueba es ver y oír a Farebrother.

Afortunadamente Dorothea se encontraba en su cuarto de estar particular cuando tuvo lugar esta conversación y nadie estaba presente para hacer que le resultara dolorosa la inocente referencia de Lydgate a Ladislaw. Como era su costumbre en cuestiones de cotilleo, Lydgate había olvidado por completo el comentario de Rosamond de que creía que Will idolatraba a la señora Casaubon. En ese momento sólo le preocupaba lo que pudiera recomendar a la familia Farebrother y deliberadamente había hecho hincapié en lo peor para así adelantarse a las objeciones. Apenas había visto a Ladislaw en las semanas transcurridas desde la muerte del señor Casaubon y no le había llegado ningún rumor advirtiéndole de que el secretario particular del señor Brooke era un tema peligroso con la señora Casaubon. Cuando se hubo marchado, el esbozo que de Ladislaw hiciera el médico siguió presente en la imaginación de Dorothea, compartiendo terreno con el tema del beneficio eclesiástico de Lowick. ¿Qué estaría pensando Will Ladislaw de ella? ¿Tendría conocimiento del hecho que sonrojaba las mejillas de Dorothea como nada había conseguido hasta entonces? ¿Y cómo se sentiría al saberlo? Pero ante ella se levantaba con toda claridad la figura de Will sonriéndole a la viejecita. ¡Un italiano con ratones blancos! Por el contrario, Will era una criatura que comprendía los sentimientos de todo el mundo y podía asumir los pensamientos angustiosos de los demás en lugar de imponer los suyos con férrea resistencia.