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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 48.
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Es cierto que las horas doradas
Se tornan grises y ya no danzan más,
Y vanamente se esfuerzan en correr:
Veo sus blancas trenzas flotando al viento...
Sus caras macilentas al mirarme,
Volviéndose lentas, en su constante
Asirse alrededor, y empujadas por la tormenta.

La desolación de Dorothea cuando abandonó la iglesia provenía fundamentalmente de advertir que el señor Casaubon estaba decidido a no dirigirle la palabra a su primo y que la presencia de Will en el servicio había servido para acusar más la distancia que les separaba. Que Will fuera le parecía perfectamente excusable, incluso lo consideraba como un gesto amistoso hacia la reconciliación que ella misma llevaba tiempo deseando. Probablemente habría imaginado, al igual que ella misma, que si él y el señor Casaubon podían encontrarse de una manera natural, se darían la mano y tal vez reanudaran la relación de amistad. Pero ahora Dorothea se sentía privada de aquella esperanza. Will había sido desterrado más lejos que nunca, pues esta imposición que se negaba a reconocer debía haber recrudecido la amargura del señor Casaubon.

No se había encontrado muy bien esa mañana, padeciendo alguna dificultad al respirar, y por ello no había predicado; a Dorothea, por tanto, no le sorprendió que estuviera muy callado durante el almuerzo y menos aún, que no se refiriera a Will Ladislaw. Ella por su parte no creía poder volver a tocar el tema. Los domingos solían pasar por separado las horas entre el almuerzo y la cena, el señor Casaubon en la biblioteca dormitando casi todo el tiempo y Dorothea en su gabinete, distrayéndose por lo general con alguno de sus libros predilectos. Había un pequeño montoncito de ellos en la mesa junto al mirador, libros de distintas clases, desde Heródoto, al que estaba aprendiendo a leer con el señor Casaubon, hasta su antiguo compañero Pascal y el Año Cristiano de Keble (1). Pero hoy abrió uno tras otro sin poder leer ninguno. Todo resultaba monótono: los prodigios anteriores al nacimiento de Ciro, las antigüedades judías... ¡Dios mío!... los epigramas devotos... los ritmos sagrados de sus himnos favoritos... todos eran tan insignificantes como una canción golpeada sobre la madera; incluso las flores primaverales y la hierba desprendían un apagado escalofrío bajo las nubes de la tarde que ocultaban intermitentemente el sol; incluso los pensamientos consoladores que se habían convertido en hábito parecían estar impregnados del tedio de largos días futuros durante los cuales seguirían escoltándola como únicos compañeros. La pobre Dorothea estaba sedienta de otra, o mejor dicho, una más completa compañía, y la sed nacía del esfuerzo perpetuo que exigía de ella su vida de casada. Constantemente trataba de ser lo que su esposo deseaba que fuera sin poder jamás descansar en la satisfacción del señor Casaubon por lo que ya era. Las cosas que a ella le gustaban, aquellas que espontáneamente le apetecían, parecían eternamente excluidas de su vida, pues si tan sólo venían cedidas y no compartidas por su marido era casi como si le hubieran sido negadas. Acerca de Will Ladislaw habían existido diferentes puntos de vista entre ellos desde el principio, desembocando, puesto que el señor Casaubon había rechazado tan tajantemente la inquietud de Dorothea respecto de los derechos de Will a la propiedad familiar, en la convicción de que ella tenía razón y su marido estaba equivocado, pero que nada podía hacer. Esta tarde, esa impotencia se hacía más entumecedora que nunca: añoraba objetivos que le fueran entrañables, para los que ella también resultara entrañable. Añoraba una tarea que fuera directamente beneficiosa como el sol y la lluvia, y ahora parecía que, cada vez más, estaba destinada a vivir en una tumba, donde se encontraban las herramientas para una fantasmagórica labor que produciría unos resultados que jamás verían la luz. Hoy, desde la puerta de la tumba, había visto a Will Ladislaw adentrándose en el lejano mundo de cálida actividad y compañerismo, volviendo el rostro hacia ella al alejarse.

(1) John Keble (1792-1866), poeta y profesor de la Universidad de Oxford y uno de los impulsores del Movimiento de Oxford dentro de la Iglesia Anglicana. El año cristiano, poemario religioso publicado en 1827, alcanzó un gran éxito.

Los libros no servían. Pensar no servía. Era domingo y no podía disponer del carruaje para ir a ver a Celia que hacía poco había dado a luz. No había refugio contra el desasosiego y el vacío espiritual, y Dorothea hubo de soportar su mal humor como hubiera aguantado una jaqueca.

Después de la cena, a la hora en la que solía comenzar a leer en voz alta, el señor Casaubon propuso que entraran en la biblioteca donde, dijo, había dicho que encendieran el fuego y prepararan las luces. Parecía haberse animado y estar pensando con concentración.

En la biblioteca, Dorothea observó que había reordenado una fila de cuadernos sobre una mesa y que se disponía a coger un volumen familiar, que le entregó, y que contenía un índice de los demás.

-Te quedaré muy agradecido, amor mío -dijo sentándose-, si en lugar de otra lectura, esta noche lees esto en voz alta con un lápiz en la mano y donde yo diga «marca», haces una cruz. Es el primer paso en una labor de criba que hace tiempo tengo pensada y a medida que avancemos te podré indicar ciertos principios de selección mediante los cuales confío que podrás tener una participación inteligente en mi labor.

Esta propuesta no era más que una señal, añadida a otras muchas desde la memorable entrevista con Lydgate, de que la inicial reticencia del señor Casaubon por dejar que Dorothea trabajara con él había dado paso a una disposición opuesta, es decir, a exigir de ella un gran interés y dedicación.

Tras leer y marcar durante dos horas, dijo:

-Vamos a subirnos el cuaderno, y también el lápiz, por favor, y en caso de que leamos esta noche, podremos continuar esta labor. Confío en que no te resulte fatigosa.

-Siempre prefiero leer lo que tu prefieras escuchar -respondió Dorothea expresando una verdad muy sencilla, pues lo que más temía era emplearse en leer o cualquier otra cosa que le dejara tan indiferente como de costumbre.

Era una prueba de la fuerza con la que ciertas características de Dorothea impresionaban a quienes la rodeaban el que su marido, pese a todos sus celos y suspicacia, hubiera acumulado una confianza implícita en la integridad de sus promesas así como en la capacidad de su mujer para dedicarse a su idea personal de lo justo y lo mejor. Y últimamente, el señor Casaubon había empezado a considerar que estas cualidades eran su posesión particular y quería absorberlas por completo.

Hubo lectura nocturna. Dorothea, con su cansancio juvenil, se había dormido pronto y profundamente: la despertó una sensación de luz que en un principio le pareció la fugaz visión del atardecer tras escalar una empinada colina. Abrió los ojos y vio a su marido que envuelto en la cálida bata se sentaba en la butaca junto a la chimenea donde aún brillaban las brasas. Había encendido dos velas, confiando en que Dorothea se despertaría, pero reacio a levantarla por medios más directos.

-¿Estás mal, Edward? -preguntó su mujer, levantándose inmediatamente.

-Siento un poco de malestar si estoy tumbado. Me sentaré aquí un rato.

Dorothea echó unos leños al fuego, se puso una bata y dijo:

-¿Quieres que te lea?

-Te agradecería mucho que lo hicieras, Dorothea -dijo el señor Casaubon, una mayor docilidad que de costumbre impregnando su usual cortesía-. Estoy desvelado y con la mente extraordinariamente lúcida.

-Temo que la agitación sea demasiado para ti -dijo Dorothea, recordando las precauciones de Lydgate.

-No, no tengo conciencia de estar demasiado agitado. Pensar es fácil -Dorothea no se atrevió a insistir y leyó durante una hora o más del mismo modo que lo había hecho antes, pero avanzando más deprisa. El señor Casaubon tenía la mente más despierta y parecía anticipar lo que venía, bastándole una leve indicación verbal para decir «es suficiente, márcalo» o «pasa al siguiente apartado, omitiré el segundo apéndice sobre Creta». Dorothea estaba asombrada de la rapidez con la que la mente de su esposo recorría el terreno por el que llevaba años arrastrándose. Finalmente dijo:

-Cierra ya el cuaderno, amor mío. Mañana continuaremos. Lo he retrasado demasiado y tengo ganas de verlo acabado. Pero habrás observado que el principio que guía mi selección es el de dar una ilustración adecuada y no desproporcionada de cada una de las tesis enumeradas en la introducción, tal y como está esbozada ahora. ¿Te has percatado bien de eso, Dorothea?

-Sí -respondió Dorothea con cierto temblor en la voz, y angustia en el alma.

-Y ahora creo que puedo descansar un poco -dijo el señor Casaubon. Se volvió a echar y rogó a Dorothea que apagara las velas. Cuando ella también se hubo acostado y sólo los débiles rescoldos de la chimenea rompían la oscuridad, el señor Casaubon dijo:

-Antes de que me duerma, debo pedirte algo, Dorothea.

-¿Qué? -dijo Dorothea con un miedo en el corazón. -Quiero saber expresamente si, en caso de mi muerte cumplirías mis deseos: si evitarías hacer algo que yo desaprobaría y te afanarás en hacer lo que yo hubiera deseado.

A Dorothea no le cogió de sorpresa: muchos incidentes la habían llevado a deducir que su marido albergaba intenciones que podrían suponer para ella nuevos yugos. No respondió al momento.

-¿Te niegas a ello? -dijo el señor Casaubon, su tono algo más cortante.

-No, no me niego aún -dijo Dorothea con voz clara, afirmándose en ella la necesidad de libertad-, pero es demasiado solemne, no creo que esté bien, prometer algo cuando ignoro a lo que me obligará. Haría todo lo que el afecto me sugiriera sin necesidad de prometerlo.

-Pero estarías actuando bajo tu criterio: yo te pido que obedezcas el mío; tú te niegas.

-¡No, no! -suplicó Dorothea, destrozada por temores encontrados-. Pero, ¿podrías esperar y reflexionar un poco? Deseo con toda mi alma hacer cuanto te sirva de consuelo, pero no puedo hacer promesas tan repentinamente, y menos aún prometer que haré algo que ignoro.

-¿No puedes entonces confiar en la naturaleza de mis deseos?

-Dame hasta mañana -dijo Dorothea en tono de súplica.

-Hasta mañana entonces -respondió el señor Casaubon.

Al poco oyó que su marido dormía, pero para ella se había acabado el sueño. Mientras se obligaba a permanecer quieta para no molestarle, su mente libraba un conflicto en el que la imaginación alineaba sus fuerzas primero a un lado y luego al otro. No pensaba que la autoridad que su esposo quería ejercer sobre sus acciones futuras estuviera relacionada con algo que no fuera su trabajo inconcluso. Pero veía con nitidez que el señor Casaubon esperaba de ella que se dedicara a cribar aquellas heterogéneas pilas de material que debían convertirse en dudosa ilustración de principios aún más dudosos. La pobre criatura desconfiaba ya totalmente de la validez de esa clave que había constituido la ambición y los esfuerzos de la vida de su marido. No era de sorprender que, pese a su escasa formación, el criterio de Dorothea en este punto fuera más certero que el del señor Casaubon, pues ella comparaba sin prejuicios y con un juicio sano las probabilidades en las que él había arriesgado todo su egoísmo. Y ahora se imaginaba los días, meses y años que debería invertir en desbrozar lo que podían denominarse momias destrozadas y fragmentos de una tradición que era en sí misma un mosaico forjado de ruinas destruidas, clasificándolas como alimento para una teoría que ya nacía raquítica como el hijo de un duendecillo. Es indudable que el error vigoroso que se persigue con tenacidad ha mantenido con vida a los embriones de la verdad: la búsqueda de oro siendo al mismo tiempo un interrogante sobre las sustancias, consigue que el cuerpo de la química esté preparado para recibir su alma y nazca Lavoisier. Pero era improbable que la teoría del señor Casaubon de los elementos que constituían la semilla de todas las tradiciones se dañara accidentalmente con otros descubrimientos: flotaba entre flexibles conjeturas sin más solidez que esas etimologías que parecen fuertes por la semejanza entre los sonidos, hasta que se demostró que esa semejanza las hacía imposibles: era un método de interpretación que no se verificaba por la necesidad de formar nada que produjera colisiones más fuertes que una elaborada descripción de Gog y Magog. tan libre de interrupciones como un plan para hilvanar estrellas. ¡Y Dorothea había tenido que frenar tantas veces su fatiga y su impaciencia en esta dudosa tarea de adivinar acertijos en la que se había convertido aquel compartir de conocimientos sublimes que iba a haber hecho de su vida algo más digno! Comprendía ahora muy bien por qué su esposo se había aferrado a ella, posiblemente como la última esperanza que quedaba de que sus esfuerzos cobraran alguna vez una forma bajo la cual pudieran darse a conocer al mundo. En un principio había parecido como si el señor Casaubon quisiera mantenerla alejada de cualquier conocimiento detallado de lo que él hacía; pero gradualmente, la terrible estrechez de la necesidad humana..., la perspectiva de una muerte demasiado rápida...

Y llegado este punto la piedad de Dorothea se desvió de su propio futuro hasta el pasado de su marido..., más aún, a su actual y dura pugna con un destino que había surgido de aquel pasado: la labor en solitario, la ambición respirando dificultosamente bajo la presión de la desconfianza en sí mismo; la meta que retrocedía y los miembros cada vez más pesados; ¡y ahora, finalmente, la espada que temblaba sobre su cabeza! ¿Y acaso no había querido casarse con él para ayudarle en la terea de su vida? Pero había imaginado la labor del señor Casaubon como algo más grande, algo a lo que consagrarse por su propio valor en sí. ¿Sería, pues justo, incluso aunque sirviera para mitigar el dolor de su marido... sería posible, aunque ella se lo prometiera... trabajar sin fruto, como en una noria?

Y sin embargo, ¿podía negarse? ¿Podía decir «Me niego a satisfacer esa voracidad?». Era negarse a hacer por él, muerto, lo que seguramente haría por él de seguir vivo. Si vivía, como Lydgate había dicho que era posible, quince años o aún más, Dorothea sin duda pasaría sus días ayudándole y obedeciéndole.

De todos modos, existía una profunda diferencia entre la devoción a los vivos y aquella indefinida promesa de devoción a los muertos. Mientras viviera, el señor Casaubon no podía reclamar nada contra lo que ella no fuera libre de protestar o incluso rehusar. Pero -la idea cruzó su mente más de una vez, aunque Dorothea no pudiera creerlo- ¿acaso no tendría su marido la intención de exigir de ella algo que ella no hubiera imaginado, puesto que le pedía que acatara sus deseos sin explicar exactamente cuáles eran éstos? No, el señor Casaubon había entregado su corazón a su trabajo, ese era el fin por el que su agostada vida tenía que verse complementada por la de su esposa.

Y ahora, si ella dijera, «¡No!, si te mueres, no tocaré tu trabajo», estaría aplastando aquel corazón herido.

Cuatro horas se debatió Dorothea en este conflicto, hasta sentirse enferma y desconcertada, incapaz de decidir, rezando en silencio. Desvalida como una criatura que ha llorado y buscado demasiado tiempo, se durmió muy de mañana y cuando despertó, el señor Casaubon ya se había levantado. Tantripp le dijo que su marido había leído ya las oraciones, había desayunado y se encontraba en la biblioteca.

-Nunca la he visto tan pálida, señora -dijo Tantripp, una fornida mujer que había estado con las dos hermanas en Lausana.

-¿Es que he tenido alguna vez mucho color? -dijo Dorothea con una leve sonrisa.

-Bueno, si no con buen color sí que estaba usted como una rosa. Pero, ¿qué se puede esperar si está usted siempre oliendo esos libros de cuero? Descanse un poco esta mañana, señora. Déjeme decir que está usted enferma y que no puede bajar a encerrarse en la biblioteca.

-¡Ni hablar! Debo darme prisa -dijo Dorothea-. El señor Casaubon me necesita hoy en especial.

Al bajar estaba segura de que prometería cumplir los deseos de su marido, pero eso llegaría más entrado el día, no de momento.

Cuando Dorothea entró en la biblioteca el señor Casaubon se volvió ante la mesa sobre la que estaba colocando unos libros y dijo:

-Te esperaba, amor mío. Hubiera querido empezar a trabajar de inmediato, pero me encuentro ligeramente indispuesto, debido, sin duda, a la excesiva agitación de ayer. Voy a caminar un poco por el jardín ya que el aire es hoy más templado.

-Me alegro -dijo Dorothea-. Anoche temí que hubieras trabajado demasiado.

-Me gustaría quedarme tranquilo respecto de lo último que hablamos, Dorothea. Espero que puedas ahora darme una respuesta.

-¿Puedo acompañarte en tu paseo dentro de un momento? -dijo Dorothea obteniendo así un pequeño respiro. -Estaré en el paseo de los tejos durante la próxima media hora -respondió el señor Casaubon, saliendo a continuación.

Dorothea, sintiéndose muy cansada, llamó para pedirle a Tantripp que trajera algo de abrigo. Llevaba sentada unos minutos, sin moverse, pero sin que hubiera rebrotado el conflicto anterior; presentía que sencillamente diría «Sí» a su propia sentencia: estaba demasiado débil, demasiado asustada ante la posibilidad de inflingirle a su marido un afilado golpe como para hacer otra cosa que no fuera someterse totalmente. Inmóvil, dejó que Tantripp le pusiera el sombrero y el chal, una pasividad inusual en ella que gustaba de vestirse sola.

-¡Dios la bendiga, señora! -dijo Tantripp con un irrefrenable gesto de ternura hacia aquella hermosa y dulce criatura por la que se sentía incapaz de hacer nada más ahora que había terminado de atarle el sombrero.

Fue demasiado para la tensión de Dorothea y se echó a llorar, apoyada en el brazo de Tantripp. Pero pronto se contuvo, se secó las lágrimas y salió por la puerta de cristal al jardín.

-¡Ojalá todos los libros de esa biblioteca fueran una catacumba donde meter a tu amo -le dijo Tantripp a Pratt, el mayordomo, al encontrarle en el comedor. Había estado en Roma visitando las antigüedades, como sabemos, y siempre se negaba a llamar al señor Casaubon otra cosa que «tu amo» cuando hablaba con los demás criados.

Pratt se rió. Apreciaba a su amo, pero sentía más afecto aún por Tantripp.

Cuando Dorothea se encontró en los senderos de gravilla, se detuvo junto al grupo más cercano de árboles, dudando, como hiciera en una ocasión anterior, aunque por una razón diferente. Entonces había temido que no fuera grato su afán por compartir la soledad de su esposo; ahora le asustaba dirigirse al lugar donde preveía que debía comprometerse a compartir algo que rehuía. No la empujaba a ello ni la ley ni la opinión del mundo, sólo el carácter de su marido y su propia compasión, no el yugo real del matrimonio, sino el ideal que de él tenía. Veía con nitidez toda la situación, y sin embargo estaba encadenada: no podía golpear el alma abatida que suplicaba. Si eso era debilidad, entonces Dorothea era débil. Pero iba pasando la media hora y debía apresurarse. Cuando entró en el paseo de los tejos no vio a su esposo; pero el paseo tenía curvas y prosiguió, esperando ver la figura envuelta en la capa azul que, junto con un abrigado gorro de terciopelo constituía su atuendo para salir al jardín los días de frío. Se le ocurrió que podía estar descansando en el cenador, hacia el que la senda se desviaba un poco. Al doblar el ángulo le vio sentado en el banco cercano a una mesa de piedra. Apoyaba en ella los brazos, sobre los que descansaba la frente, tirando así hacia adelante la capa, que ocultaba completamente su rostro.

-Anoche se agotó -se dijo Dorothea, pensando en un principio que dormía y que el cenador era demasiado húmedo para descansar. Pero luego recordó que recientemente le había visto adoptar esa actitud cuando le leía, como si la encontrara más cómoda que otras, y que en ocasiones, además de escuchar, también hablaba con el rostro en esa posición. Entró en el cenador y dijo:

-Ya estoy aquí Edward; estoy preparada.

Él no hizo caso y Dorothea pensó que debía dormir profundamente. Puso una mano sobre su hombro y repitió: -¡Estoy preparada!

Él siguió inmóvil y con un repentino y confuso temor Dorothea se inclinó hacia él, le quitó el gorro de terciopelo y acercó la mejilla a la cabeza de su marido, exclamando en tono angustiado:

-¡Despiértate, querido, despiértate! Escúchame. He venido para darte una respuesta.

Pero Dorothea no pudo dar su respuesta.

Más avanzado el día, Lydgate se encontraba sentado junto a su cama mientras Dorothea deliraba, pensando en voz alta y recordando lo que había cruzado por su mente la noche anterior. Le reconocía y le llamaba por su nombre, pero parecía creer conveniente explicárselo todo, y una y otra vez le rogaba a Lydgate que se lo transmitiera a su marido.

-Dígale que estaré con él enseguida: estoy dispuesta a prometer lo que quiere. Pero es que, pensar en ello era tan espantoso... que he caído enferma. No muy enferma. Pronto estaré mejor. Dígaselo.

Pero nunca más ya se rompería el silencio en los oídos de su marido.