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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 45.
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Es el carácter de muchas cabezas el exaltar los tiempos de sus antepasados y despotricar contra la maldad del presente. Algo esto, no obstante, que no pueden hacer bien sin recurrir a la ayuda y la sátira de tiempos pasados, condenando los vicios de su propia época mediante la expresión de los vicios de épocas que ensalzan, lo que no puede sino demostrar la existencia de vicios en ambas. Por tanto, Horacio, Juvenal y Persio, no fueron profetas, aunque sus escritos parecían dirigirse y apuntar a nuestro tiempo.
(SIR THOMAs BROWNE, Pseudodoxia Epidemica.)

Como otras oposiciones, la oposición al nuevo hospital de las fiebres que Lydgate esbozara a Dorothea debía enfocarse desde distintos puntos de vista. Él la leía como una mezcla de envidias y necios prejuicios. El señor Bulstrode veía en ella no sólo celos profesionales contra Lydgate sino la determinación de contrariarle a él mismo, impulsada fundamentalmente por un odio contra esa religión vital por la cual él se había esforzado en ser un representante lego y efectivo, odio que ciertamente encontraba otros pretextos que la religión y que eran fáciles de encontrar en la maraña de las actividades humanas. Esas podían denominarse las opiniones ministeriales. Pero las oposiciones disponen del ilimitado abanico de objeciones que no necesitan detenerse en la frontera del conocimiento sino que pueden nutrirse eternamente con la vastedad de la ignorancia. Lo que la oposición en Middlemarch decía respecto del nuevo hospital y su administración tenía mucho de eco, pues el cielo se ha encargado de que no todo el mundo sea creador, pero existían diferencias que representaban todos los matices sociales entre la educada moderación del doctor Minchin y las tajantes afirmaciones de la señora Dollop, la propietaria de La jarra en Slaughter Lane.

Las propias afirmaciones de la señora Dollop fueron convenciéndola cada vez más de que el doctor Lydgate pensaba dejar morir a la gente en el hospital, eso si no la envenenaba, para así poder despedazarles sin ni siquiera pedir permiso, pues de todos era conocido que había querido trocear a la señora Goby, mujer tan respetable como cualquiera en Parley Street, con fortuna propia antes de casarse..., mal asunto para un médico que, si había de servir para algo, debiera saber lo que le ocurría a uno antes de morirse en lugar de tener que hurgar por dentro cuando ya habías muerto. Si eso no era suficiente razón, la señora Dollop quería saber cuál era; pero entre su auditorio prevalecía la sensación de que la opinión de la señora Dollop era un baluarte, y que si lo derribaban, no habría límite al despedazamiento de cuerpos como había quedado claro en el caso de Burke y Hare (1) con sus emplastos de pez... ¡no querían negocios semejantes en Middlemarch!

Y que no se piense que para la profesión médica la opinión mantenida en el La jarra de Slaughter Lane careciera de importancia: aquella rancia y auténtica taberna -La jarra primera se conocía por el nombre de Casa Dollop- era el refugio de un importante club benéfico que pocos meses antes había votado si no debían trocar a su médico de siempre, el doctor Gambit, por «este doctor Lydgate», capaz de realizar las más asombrosas curaciones y de recuperar a personas totalmente desahuciadas por otros profesionales. Pero Lydgate perdió por el voto de dos miembros, quienes por razones privadas sostenían que esta facultad de resucitar a personas casi muertas era una recomendación dudosa y podía interferir con los deseos de la providencia. Sin embargo, en el transcurso del año, la opinión pública había experimentado un cambio, del cual era un exponente la unanimidad en la taberna.

Mucho más de un año antes, cuando se desconocían las facultades de Lydgate, los juicios sobre las mismas estaban naturalmente divididos, dependiendo de un sentido de la probabilidad -situado tal vez en la boca del estómago o en la glándula pineal- y diferiendo en sus veredictos, pero no

(1) Asesinos que proporcionaban cadáveres para el estudio anatómico. Uno de ellos fue ahorcado en 1829.

por ello menos valioso como guía ante la total ausencia de pruebas. Pacientes con enfermedades crónicas o cuyas vidas hacía tiempo se habían desgastado, como la del viejo Featherstone se sintieron de inmediato tentados de probar al nuevo médico; asimismo, muchos a quienes les disgustaba pagar las facturas del médico vieron con alegría la oportunidad de abrir cuenta con un nuevo doctor y mandarle llamar sin recelos si la fiebre de sus hijos precisaba medicación, ocasiones en las que los médicos antiguos con frecuencia se mostraban hoscos; y así, todos cuantos empleaban a Lydgate, sostenían que era inteligente. Algunos consideraban que podría hacer más que otros «en lo referente al hígado»; mucho mal no haría el tomarse alguno de sus frascos de pócimas ya que, aunque resultaran inútiles siempre se podía volver a las píldoras purificadoras que, si bien no hacían desaparecer el tono amarillento, al menos le mantenían a uno vivo. Pero ésas eran personas de menor importancia. Las buenas familias de Middlemarch, por supuesto, no iban a cambiar de médico sin razones feacientes, y todos los que habían tenido al señor Peacock estaban reacios a aceptar a un hombre nuevo simplemente porque era su sucesor, alegando que «era improbable que fuera como Peacock».

Pero no llevaba Lydgate mucho en la ciudad que ya corrían suficientes detalles sobre él como para generar esperanzas mucho más específicas o intensificar las diferencias hasta convertirlas en bandos, perteneciendo algunos de los detalles a ese orden impresionante que oculta por completo el significado, como es el caso de la estadística sin criterio comparativo, pero que nos llega entre signos de exclamación. Los metros cúbicos de oxígeno que ingiere un adulto anualmente -¡menudo escalofrío hubiera recorrido los círculos de Middlemarch! «¡Oxígeno! nadie sabe lo que es eso... con estas cosas no es de sorprender que el cólera haya llegado a Danzig. ¡Y sigue habiendo personas que consideran inútiles las cuarentenas!»

Una de las noticias que pronto se rumorearon fue que Lydgate no preparaba medicamentos. Ello resultaba ofensivo tanto para los doctores cuyas prerrogativas parecían quedar violadas, como para los médicos-farmacéuticos entre los que se incluía; y muy poco tiempo antes podrían haber contado con tener la ley de su parte contra alguien que, sin ser doctor en medicina por Londres, se atrevía a cobrar honorarios sin que fuera como pago por las medicinas. Pero Lydgate carecía de la experiencia que le hubiera hecho prever que su modo de actuar podía resultar aún más ofensivo para los legos y fue lo bastante imprudente como para ofrecer una explicación apeada y precipitada de sus motivos al señor Mawmsey, un importante tendero del Top Market quien, aún no siendo paciente suyo, le preguntó afablemente sobre el tema, indicándole que deterioraba el prestigio de los médicos y era un constante perjuicio para el público el que la única forma de que vieran remunerado su trabajo fuera mediante la extensión de largas facturas de pociones, píldoras y jarabes.

-Así es como médicos muy trabajadores pueden llegar a ser casi tan perniciosos como los curanderos -dijo Lydgate algo atolondradamente-. Para ganarse el sustento han de sobremedicar a los vasallos del rey y es ese un mal tipo de traición, señor Mawmsey, mina el organismo de manera fatal.

El señor Mawmsey no sólo era capataz (hablaba con Lydgate debido a una cuestión de los salarios en el campo), sino que además era asmático y tenía una familia creciente con lo que, desde un punto de vista médico, aparte del suyo propio, era hombre importante; a decir verdad, era un tendero excepcional, cuya cabellera disponía en forma de piramide allamarada y cuya deferencia como comerciante al por menor era del tipo cordial y alentador, jocosa y con cierta educada temperancia a la hora de manifestar su capacidad intelectual. Había sido la amistosa jocosidad del señor Mawmsey al preguntarle lo que sentara la pauta para la respuesta de Lydgate. Pero queden advertidos los prudentes contra dar explicaciones con demasiada rapidez: alargar la suma multiplica las fuentes del error, para aquellos que al hacer la operación es seguro que se equivocarán.

Lydgate sonrió al concluir su explicación al tiempo que ponía el pie en el estribo y el señor Mawmsey se rió más que si hubiera sabido quiénes eran los vasallos del rey, diciendo «Buenos días» con el aire de quien lo ve todo muy claramente. Pero lo cierto es que sus puntos de vista quedaron mellados. Llevaba años pagando facturas en las que cada artículo quedaba muy especificado, de forma que por cada medía corona y dieciocho peniques sabía que había recibido algo medible. Lo había hecho complacido, incluyéndolo entre sus responsabilidades como esposo y padre y considerando una factura más larga de lo habitual como un honor a mencionar. Además, encima de los descomunales beneficios que los medicamentos le habían reportado a él y su familia, había disfrutado del placer de formarse una certera opinión respecto a sus efectos inmediatos y podía hacer comentarios inteligentes para orientar al señor Gambit, un facultativo un poco por debajo de Wrench o Toller socialmente hablando, y muy apreciado como partero, sobre cuyas habilidades en otros puntos el señor Mawmsey tenía una muy pobre opinión, pero que recetando, solía decir en voz baja, era el mejor.

Aquí yacían razones más hondas que las palabras superficiales de un recién llegado, que parecían aún más inconsistentes en el salón de encima de la tienda cuando le fueron repetidas a la señora Mawmsey, mujer acostumbrada a gran respeto por ser madre prolífica, generalmente asistida con mayor o menor frecuencia por el señor Gambit, y sujeta a eventuales ataques que precisaban del doctor Minchin.

-¿Acaso este señor Lydgate está diciendo que no sirven para nada los medicamentos? -dijo la señora Mawmsey, que tendía a arrastrar las palabras-. Pues ya me gustaría que me dijera cómo iba yo a poder aguantar las épocas de feria sin tomar una medicina vigorizante desde un mes antes. ¡Piensen en lo que tengo que proporcionarles a los clientes -llegado este punto, la señora Mawmsey se volvió hacia una amiga íntima que se sentaba a su lado- una empanada grande de ternera, un solomillo relleno, un redondo de vaca, jamón, lengua, etcétera, etcétera! Aunque la que mejor me va es la mezcla rosa, no la marrón. Me sorprendes, señor Mawmsey; mira que tener la paciencia de escucharle, con la experiencia que tienes. Yo le hubiera dicho inmediatamente que parecía mentira que supiera tan poco.

-Ni hablar -dijo el señor Mawmsey-, no iba yo a darle mi opinión. Mi lema es oírlo todo y sacar mis conclusiones. Pero no sabía él con quién estaba hablando. A mí no me enredan así como así. A menudo la gente pretende decirme cosas, cuando bien podían estar diciendo, «Mawmsey eres un imbécil». Pero yo me sonrío, y templo todas las gaitas. Si las medicinas nos hubieran perjudicado a mí y a la familia, ya lo hubiera descubierto a estas alturas.

Al día siguiente, al señor Gambit se le comunicó que Lydgate iba diciendo que las medicinas no servían de nada.

-¿Ah sí? -dijo, alzando las cejas con cautelosa sorpresa. (Era un hombre fornido y bronco con un gran anillo en el dedo anular).- ¿Y cómo piensa curar a sus pacientes?

-Eso mismo digo yo -contestó la señora Mawmsey que habitualmente daba peso a sus comentarios recalcando los pronombres-. ¿Es que se piensa que la gente le va a pagar por ir a verles y marcharse?
La señora Mawmsey había recibido múltiples visitas del señor Gambit, incluidos detallados pormenores de sus propios hábitos corporales y otros asuntos; pero evidentemente él sabía que no había ninguna insinuación en este comentario ya que jamás había cobrado ni por su tiempo libre ni por sus narraciones personales. De manera que contestó bromeando:

-Bueno, Lydgate es un joven muy apuesto.

-Pero no seré yo quien utilizará sus servicios -respondió la señora Mawmsey-, los demás, que hagan lo que quieran.

De aquí que el señor Gambit pudiera salir de la tienda principal de ultramarinos sin miedo a la rivalidad, pero no carente de la sensación de que Lydgate era uno de esos hipócritas que intentan desacreditar a otros al anunciar públicamente su propia honradez y que tal vez les mereciera la pena a algunos ponerle en evidencia. Sin embargo, el señor Gambit tenía una consulta satisfactoria muy impreganada de los aromas del comercio al por menor, lo que significaba que prevalecía el cobro en especies sobre el pago en metálico. Y no creía que le mereciera la pena poner a Lydgate en evidencia hasta que no supiera cómo hacerlo. Era cierto que no tenía muchos recursos de educación y había tenido que abrirse paso contra un gran desprecio profesional; pero no era peor partero por llamar «pumones» al aparato respiratorio.

Otros médicos se sentían más capaces. El señor Toller compartía la mejor clientela de la ciudad y pertenecía a una rancia familia de Middlemarch: había Tollers en la práctica de la abogacía y todas las demás profesiones por encima de los comerciantes al por menor. Al contrario de nuestro irascible amigo Wrench, se tomaba muy tranquilamente las cosas que supuestamente habrían de molestarle, siendo hombre educado, suavemente chistoso, con una buena casa, aficionado a la caza cuando se terciaba, muy amigo del señor Mawmsey y hostil hacia el señor Bulstrode. Puede parecer extraño que siendo poseedor de hábitos tan plácidos, favoreciera el tratamiento heroico, que consistía en sangrar, aplicar ventosas y matar de hambre a sus pacientes con apasionado desprecio del ejemplo personal que daba; pero la incongruencia favorecía su prestigio entre sus pacientes que frecuentemente comentaban que el señor Toller tenía hábitos indolentes, pero ponía tratamientos tan activos como pudiera desearse: nadie, decían, dotaba a su profesión de mayor seriedad; tardaba un poco en llegar, pero cuando se presentaba, hacía algo. En su propio círculo era un predilecto y cuanto insinuaba en detrimento de alguien destacaba más por el tono de despreocupada ironía con el que lo decía.

Lógicamente se cansó de sonreír y decir «¡ah!» cuando se le comunicaba que el sucesor del señor Peacock no tenía la intención de preparar medicamentos y un día en que el señor Hackbutt hizo referencia a ello después de una cena y mientras tomaban el vino, el señor Toller dijo riendo:

-Así Dibbits podrá deshacerse de los medicamentos mohosos. Aprecio al pequeño Dibbitts, me alegro de que tenga suerte.

-Le entiendo, Toller -respondió el señor Hackbutty soy de su misma opinión. Aprovecharé la ocasión para expresarme a ese respecto. Un hombre de medicina debe ser responsable de la calidad de los medicamentos que toman sus pacientes. Esa es la razón de ser del sistema de cobro por ellos; y no hay nada más ofensivo que esta ostentación de reforma cuando no hay mejora real.

-¿Ostentación, Hackbutt? -dijo el señor Toller sarcásticamente-. Yo no lo veo así. No se puede ser ostentoso de aquello en lo que nadie cree. Tampoco hay reforma alguna en este asunto: la cuestión es si el beneficio económico de los medicamentos se lo paga al médico el boticario o el paciente y si habrá que pagar más por lo que se llama asistencia.

-¡Claro, claro! Unas de esas malditas versiones nuevas de los camelos de siempre -dijo el señor Hawley, pasándole la botella de vino al señor Wrench.

El señor Wrench, que por lo general era abstemio, a menudo bebía con cierta libertad en las cenas a las que se le invitaba, irritándose aún más como consecuencia.

-En cuanto a camelos, Hawley -dijo-, ésa es palabra fácil de lanzar. Contra lo que yo lucho es la forma en la que los médicos están tirando piedras contra su propio tejado y alborotando por todo el país como si un médico de cabecera que prepara medicamentos no pudiera ser un caballero. Rechazo con desprecio la acusación. Y opino que lo que es una perrería poco caballerosa es presentarse entre los miembros de tu profesión con innovaciones que son una calumnia contra procedimientos avalados por el tiempo. Eso es lo que yo digo, y estoy dispuesto a sostenerlo contra cualquiera que me contradiga. -El tono de voz del señor Wrench había ido subiendo.

-Siento no poder complacerle en ese punto, Wrench -dijo Hawley, metiéndose las manos en los bolsillos del pantalón.

-Mi querido amigo -dijo el señor Toller interviniendo conciliadoramente y mirando al señor Wrench-, a los doctores les están chinchando más que a nosotros. Si hablamos de dignidad, ese es tema para Minchin y Sprague.

-¿Acaso la jurisprudencia médica no aporta nada contra estas infracciones -dijo el señor Hackbutt, con desinteresado afán de aportar su talento-. ¿Qué dice la ley de esto, Hawley?

-Por ese lado no hay nada que hacer -dijo el señor Hawley-. Lo estuve mirando para Sprague. Sólo te estrellarías contra la decisión de un maldito juez.

-¡Bah! ¿Para qué necesitamos la ley? -dijo el señor Toller. Por lo que se refiere a su clientela, es un intento absurdo. No habrá paciente a quien le guste... desde luego a ninguno de los de Peacock, acostumbrados a la reducción de líquidos. Páseme el vino.

La predicción del señor Toller se cumplió en parte. Si el señor y la señora Mawmsey, que no pensaban acudir a Lydgate, estaban inquietos por su supuesta declaración en contra de los medicamentos, era inevitable que aquellos que la llamaban vigilaran con inquietud para verificar que utilizaba todos los medios a su alcance» en el caso. Incluso el bueno del señor Powderell, quien en su constante caridad interpretativa se sentía dispuesto a respetar a Lydgate más por lo que parecía su consciente búsqueda de un tratamiento mejor, se vio asaltado por la duda durante el ataque de erisipela que padeció su mujer, y no pudo dejar de mencionarle a Lydgate que en ocasión parecida el señor Peacock le había administrado unas píldoras que sólo podían definirse por el asombroso efecto que surtieron al restablecer a la señora Powderell, antes de San Miguel, de una enfermedad contraída durante el calurosísimo mes de agosto. Finalmente, dividido entre el deseo de no herir a Lydgate y la inquietud por que no faltaran «medios», indujo a su esposa en privado a que tomara las píldoras purificadoras de Widgeon, una medicina muy apreciada en Middlemarch, y que atacaba todas las enfermedades de raíz porque actúa de inmediato sobre la sangre. Esta medida cooperativa no debía mencionársele a Lydgate, y ni siquiera el propio señor Powderell tenía mucha confianza en los resultados, aunque esperaba que se viera auxiliada por una bendición celestial.

Pero en esta etapa incierta de su iniciación, Lydgate se vio asistido por lo que nosotros los mortales denominamos precipitadamente la buena suerte. Supongo que ningún médico llegó nunca a ningún lugar nuevo sin efectuar curaciones que sorprendieron a algunos, curaciones que pueden denominarse testimonios de la fortuna y merecen tanto respeto como las escritas o las impresas. Varios fueron los pacientes que sanaron bajo la atención de Lydgate, algunos de ellos incluso se recuperaron de enfermedades peligrosas; y se comentó que el nuevo médico con sus métodos nuevos al menos tenía el mérito de devolver a la vida a personas con un pie en la tumba. Las tonterías que en tales ocasiones se decían resultaban tanto más irritantes para Lydgate ya que proporcionaban precisamente el tipo de prestigio que desearía un hombre incompetente y poco escrupuloso y que le era atribuido por la antipatía de otros colegas con la finalidad de que favoreciera la máxima ignorancia. Pero incluso su altiva franqueza se vio frenada por la lucidez de que era tan inútil luchar contra las interpretaciones de la ignorancia como dar manotazos a la niebla; y la «buena suerte» insistía en hacer uso de esas interpretaciones.

En una ocasión, la señora Larcher se sintió caritativamente preocupada por los síntomas alarmantes de su asistenta, y le pidió al doctor Minchin, que pasaba a verla a ella, que la reconociera al punto y le extendiera un certificado para la enfermería. Tras examinarla, el doctor redactó su diagnóstico de un tumor, recomendando a la portadora del mismo, Nancy Nash, en calidad de enferma externa. De camino a la enfermería, Nancy pasó por su casa y permitió que el corsetero y su mujer, en cuyo ático se alojaba, leyeran el informe del doctor Minchin, lo que la convirtió en tema de compasivas conversaciones en las tiendas vecinas de Churchyard Lane por padecer un tumor en principio del tamaño y dureza de un huevo de pato, pero que así que avanzó el día adquirió las dimensiones de un puño. La mayoría de los oyentes coincidían en que habría que extirparlo, pero unos habían oído hablar del aceite y otros del cocimiento de la grama como cosas adecuadas para ablandar y reducir cualquier bulto del cuerpo si se tomaban en cantidades suficientes: el aceite porque lo enmollecía y la grama porque lo desgastaba.

Entretanto, resultó que Nancy se presentó en la enfermería uno de los días en que Lydgate estaba allí. Tras hacerle unas preguntas y reconocerla, Lydgate le susurró al interno: «No es un tumor; es un calambre.» Le recetó un emplasto y un jarabe y la mandó a casa a descansar, dándole al tiempo una nota para la señora Larcher, quien, dijo Nancy, era su mejor patrona, testimoniando que precisaba una buena alimentación.

Pero al poco, Nancy, en su ático, empeoró considerablemente al, efectivamente, ceder el supuesto tumor ante el emplasto, pero tan sólo para localizarse en otro lugar del cuerpo con mayor irritación y dolor. La mujer del corsetero fue en busca de Lydgate quien siguió atendiendo a Nancy en su casa durante quince días hasta que se recuperó con su tratamiento y volvió al trabajo. Pero en Church Lane y en otras calles se continuó hablando del caso como de un tumor y así lo describía incluso la señora Larcher; pues cuando se le informó al doctor Minchin del asombroso éxito de Lydgate, aquél se sintió naturalmente reacio a decir «No era un caso de tumor y yó estaba equivocado al así diagnosticarlo», sino que respondió «¡Hombre, claro! Vi que era un caso de cirugía, aunque no mortal». No obstante, cuando preguntara en la enfermería por la mujer que había recomendado dos días antes, le había molestado interiormente saber por el interno, un jovenzuelo a quien le dolía molestar a Minchin impunemente, exactamente lo que había sucedido. En privado Minchin comentó que era impropio de un médico generalista contradecir el diagnóstico de un doctor de forma tan descarada, coincidiendo posteriormente con Wrench en que Lydgate resultaba desagradablemente indiferente en asuntos de etiqueta. Lydgate no hizo del asunto motivo para hacerse valer o (muy en especial) para despreciar a Minchin, pues entre personas de igual cualificación a menudo se dan tales rectificaciones. Pero el rumor pronto extendió este asombroso caso del tumor, no muy diferenciado del cáncer y considerado tanto más horrible por pertenecer al tipo de los móviles, hasta el punto de que muchos de los prejuicios contra el método de Lydgate respecto a los medicamentos se vieron vencidos por su maravillosa habilidad en la pronta recuperación de Nancy Nash, que se había estado retorciendo del dolor que le producía un tumor duro y pertinaz, que hubo de ceder finalmente.

¿Qué podía hacer Lydgate? Resulta ofensivo decirle a una dama cuando expresa su admiración ante tu maestría, que está de todo punto equivocada y que su asombro es una necedad. Y adentrarse en la descripción de la naturaleza de la enfermedad no hubiera hecho más que aumentar sus desacatos para con el decoro profesional. Así pues, hubo de apechugar con la promesa del éxito que le otorgaba esa ignorante adulación a la que se le escapa toda cualidad válida.

En el caso de un paciente más conspicuo, el señor Borthrop Trumbull, Lydgate reconocía haberse mostrado superior a un médico corriente, aunque también aquí ganó una ventaja equívoca. El locuaz subastador había contraído pulmonía, y siendo antiguo paciente del señor Peacock, mandó llamar a Lydgate, a quien había expresado su intención de patrocinar. El señor Trumbull era hombre fornido, buen paciente sobre el que ensayar la teoría expectante: observar el curso de una interesante enfermedad cuando se la deja a sí misma lo más posible, de forma que se puedan ir anotando las etapas como guía en el futuro. A juzgar por cómo describía sus sensaciones, Lydgate infirió que a Trumbull le gustaría gozar de la confianza de su médico y asimismo figurar como partícipe de su propia curación. El subastador oyó, sin gran sorpresa, que era la suya una constitución que (siempre con la debida vigilancia) podía encargarse de sí misma y ofrecer así un magnífico ejemplo de una enfermedad con todas sus fases claramente delineadas, y, también, que probablemente poseyera la rara fortaleza mental para, voluntariamente, convertirse en el ensayo de un procedimiento racional, convirtiendo de esta forma el desarreglo de sus funciones pulmonares en algo beneficioso para la sociedad.

El señor Trumbull aceptó de inmediato, afirmando enérgicamente que una enfermedad suya era una ocasión extraordinaria para la ciencia médica.

-Pierda cuidado; no está hablando usted con un completo ignorante de la vis medicatrix -dijo con su habitual superioridad de expresión que la dificultad para respirar teñía un tanto de patetismo. Y valientemente continuó la abstinencia de medicamentos, muy reconfortado por el uso del termómetro que daba a entender la importancia de la fiebre, por el convencimiento de que proporcionaba elementos para el microscopio así como por el aprendizaje de múltiples palabras nuevas que parecían adecuadas a la dignidad de sus secreciones. Pues Lydgate era lo bastante agudo como para depararle algunas explicaciones técnicas.

Como se puede suponer, el señor Trumbull se levantó de la cama muy dispuesto a hablar de una enfermedad durante la que había dejado clara su fortaleza mental además de su buena constitución, y no fue remiso en otorgarle crédito al médico que había discernido la calidad del paciente al que trataba. El subastador no era hombre poco generoso y gustaba de dar a cada uno lo suyo, convencido de podérselo permitir. Se había hecho con las palabras «método expectante» y las repetía constantemente junto con otras frases eruditas como acompañamiento de la afirmación de que Lydgate «sabía una o dos cosas más que el resto de los doctores, y conocía mucho mejor que la mayoría de sus colegas los secretos de su profesión».

Esto había sucedido antes de que el asunto de la enfermedad de Fred Vincy proporcionara un terreno personal más definido a la enemistad que el señor Wrench sentía por Lydgate. El recién llegado ya amenazaba con ser una molestia como rival y de hecho ya resultaban molestas sus críticas prácticas o sus reflexiones acerca de sus extenuados y mayores colegas, que habían estado ocupados con cosas mejores que las ideas experimentales. Su clientela se había extendido por una o dos zonas y desde el principio, los rumores sobre su alcurnia habían desembocado en frecuentes invitaciones, de forma que los demás médicos se le encontraban en las cenas de las mejores casas. Y no se ha constatado que la obligación de coincidir con alguien que te desagrada culmine siempre en un mutuo apego. Apenas nunca se daba entre ellos tanta unanimidad como al opinar que Lydgate era un arrogante jovenzuelo, dispuesto sin embargo a arrastrarse servilmente ante Bulstrode a fin de destacar. El hecho de que el señor Farebrother, cuyo nombre abanderaba el partido opuesto a Bulstrode, siempre defendiera a Lydgate y le convirtiera en su amigo, se achacaba a la inexplicable forma que tenía Farebrother de luchar en ambos bandos.

Había pues, abundante preparación para el estadillo de indignación profesional ante el anuncio de las leyes que el señor Bulstrode estaba haciendo para la dirección del hospital nuevo, que resultaban tanto más desesperantes, puesto que no existía, de momento, la posibilidad de obstaculizar sus deseos ni sus gustos, dado que todos salvo Lord Medlicote se habían negado a contribuir al edificio argumentando que preferían subvencionar la antigua enfermería. El señor Bulstrode hizo frente a todos los gastos y había dejado de lamentar que estuviera comprando el derecho a poner en marcha sus ideas de mejora sin impedimentos de parte de colaboradores cargados de prejuicios; pero había tenido que invertir grandes sumas y la construcción se había demorado. Caleb Garth se había encargado de ello, fracasando durante el proceso, y antes de que se comenzara el equipamiento interior se había retirado ya de la gestión del asunto; y cuando se refería al hospital solía decir que fuera como fuera Bulstrode, le gustaban la buena carpintería y la sólida albañilería y que entendía tanto de desagües como de chimeneas. La verdad es que el hospital se había convertido en algo de sumo interés para Bulstrode y con gusto hubiera seguido invirtiendo una fuerte suma anual a fin de poderlo dirigir dictatorialmente sin ninguna junta directiva. Pero tenía otra predilección que también precisaba de dinero para su realización: deseaba comprar tierras en el vecindario de Middlemarch y por lo tanto quería obtener considerables contribuciones para el mantenimiento del hospital. Entretanto, definió su plan de administración. El hospital quedaría para las fiebres de todo tipo; Lydgate sería el director jefe de los servicios médicos para así poder tener total libertad para proseguir las investigaciones comparadas cuya importancia le habían demostrado sus estudios, especialmente los de París, mientras que los demás médicos visitantes tendrían una influencia consultiva, pero ningún poder para contravenir las decisiones finales de Lydgate; la administración general quedaría exclusivamente en manos de cinco directores asociados con el señor Bustrode, que poseerían un número de votos proporcionales a su contribución, con la junta misma encargada de cubrir cualquier vacante y excluyendo que un enjambre de pequeños contribuyentes pudieran participar en el gobierno del hospital.

Hubo una negativa inmediata por parte de todos los médicos de la ciudad para convertirse en médicos visitantes del Hospital de Fiebres.

-Muy bien -le dijo Lydgate al señor Bulstrode-, tenemos un magnífico cirujano internista y farmacéutico, un tipo sensato y con unas manos maravillosas; haremos que Webb, de Crabsley, tan buen médico rural como cualquiera de ellos, venga dos veces en semana, y caso de alguna operación excepcional, que venga Protheroe desde Brassing. Yo tendré que trabajar más, eso es todo, y he renunciado ya a mi puesto en la enfermería. El plan saldrá adelante a pesar de ellos y entonces se alegrarán de incorporarse. No pueden durar las cosas tal y como están: pronto vendrán toda clase de reformas y en ese momento puede que los jóvenes quieran venir a estudiar aquí. -Lydgate se encontraba muy animado.

-Puede estar seguro de que no me echaré atrás, señor Lydgate -dijo el señor Bulstrode-. Mientras le vea llevando a cabo elevados propósitos con vigor, tendrá todo mi apoyo. Y tengo la humilde confianza de que las bendiciones que hasta ahora han asistido mis esfuerzos en contra del espíritu perverso de esta ciudad no me abandonarán. No dudo en poder conseguir directores adecuados para que me asistan. El señor Brooke de Tipton ya me ha dado su consentimiento así como la promesa de una contribución anual. No me ha especificado la suma... seguramente no será grande. Pero será un miembro útil de la Junta.

Tal vez la definición de un miembro útil fuera la de alguien que no suscitara nada y siempre votara de acuerdo con el señor Bulstrode.

Así las cosas, la aversión médica hacia Lydgate apenas se disimulaba. Ni el doctor Sprague ni el doctor Minchin decían que les desagradaban los conocimientos de Lydgate ni su inclinación por mejorar el tratamiento; lo que les disgustaba era su arrogancia, lo cual nadie podía del todo negar. Sugerían que era insolente, pretencioso y dado a las innovaciones imprudentes por amor al aparato y el bullicio que constituyen la esencia del fantoche.

Una vez la palabra fantoche había saltado al ruedo, no se pudo retirar. En aquellos días el mundo andaba inquieto con los prodigios del señor St. John Long(2), «noble y caballero» que declaraba extraer un fluido como el mercurio de las sienes de un paciente.

Un día, el señor Toller le comentó sonriendo a la señora Taft, que «Bulstrode había encontrado en Lydgate un hombre a su gusto; a un fantoche en lo religioso debían gustarle otros tipos de fantoches».

-Me imagino que sí -dijo la señora Taft, reteniendo al tiempo en la cabeza la cifra de treinta puntos-; hay tantos así. Recuerdo al señor Cheshire, con sus hierros, intentando enderezar a la gente cuando el Todopoderoso los había hecho encorvados.

-No, no -dijo el señor Toller-, Cheshire estaba bien, todo claro y sin tapujos. Pero ahí tenemos a St. John Long, ésa es la clase de individuo al que llamamos fantoche, anunciando curaciones por sistemas que nadie conoce; un tipo que quiere armar bulla simulando que profundiza más que otras personas. El otro día fingió horadar el cerebro de un hombre y obtener mercurio de el.

-Jesús! ¡Qué manera de entrometerse en la salud de la gente! -dijo la señora Taft.

Después de esto, en varios lugares se afirmó que Lydgate jugaba con la salud de gente respetable para sus propios fines, por lo que no sería de extrañar que en sus alocados experimentos hiciera lo que le diera la gana con los pacientes del hospital. Sobre todo, cabía esperar, como había dicho la pa trona de La jarra, que descuartizara los cadáveres atolondradamente. Pues Lydgate, tras atender a la señora Goby, que había muerto, al parecer, de una enfermedad cardiaca de sintomatología poco clara, pidió permiso con excesiva osadía a sus parientes para abrir el cuerpo, incurriendo así en una ofensa que pronto rebasó Parley Street, donde dicha señora había vivido muchos años de unos ingresos tales que convertían la asociación de su cuerpo con las víctimas de Burke y Hare en un flagrante insulto a su memoria.

(2) Curandero juzgado por homicidio en 1830.

Aquel era el estado de las cosas cuando Lydgate tocó el tema del hospital con Dorothea. Como se ve, sobrellevaba con mucho garbo la enemistad y los ñoños errores de concepto, consciente de que, en parte, obedecían al considerable éxito que iba obteniendo.

-No conseguirán echarme -dijo, hablando confidencialmente en el despacho del señor Farebrother-. Tengo aquí una buena oportunidad para alcanzar los fines que más me interesan, y estoy bastante seguro de poder ganar lo suficiente para cubrir nuestras necesidades. Con el tiempo podré llevar una vida tranquila: no me seducen las cosas externas a mi hogar y a mi trabajo. Y cada vez estoy más convencido de que será posible demostrar el origen homogéneo de todos los tejidos. Raspail(3) y otros van por la misma senda y yo he estado perdiendo el tiempo.

-No tengo el poder de la profecía sobre ese punto -respondió el señor Farebrother, que había estado fumando su pipa pensativamente mientras Lydgate hablaba-, pero respecto a la hostilidad en la ciudad, la capeará si es usted prudente.

-¿Cómo puedo ser prudente? -preguntó Lydgate-; me limito a resolver lo que se me presenta. Al igual que Vesalio, no puedo evitar la ignorancia y el rencor de la gente. Es imposible cuadrar la conducta propia con las estúpidas conclusiones que nadie puede prever.

-Cierto, pero no me refería a eso, sino a otras dos cosas. Primero, manténgase lo más apartado posible de Bulstrode. Evidentemente puede usted continuar haciendo una buena

(3) Frangois Raspail (1794-1878), científico y político radical francés. Perfeccionó el microscopio y realizó descubrimientos sobre la célula viva, de ahí el interés de Lydgaté.

labor con su ayuda, pero no se ate a él. Tal vez el que lo diga yo suene a sentimientos personales, y reconozco que hay un buen componente de eso, pero los sentimientos personales no siempre están equivocados si se reducen a las impresiones que los convierten en una simple opinión.

-Bulstrode no me importa nada -dijo Lydgate despreocupadamente-, salvo en los temas públicos. En cuanto a unirme demasiado a él, no le aprecio lo bastante como para eso. Pero ¿cuál era la otra cosa a la que se refería? -preguntó Lydgate, que se acunaba la pierna cómodamente y no se sentía muy necesitado de consejo.

-Pues a ésta. Encárguese -experto crede- encárguese de que no le maniaten las cuestiones de dinero. Sé, por algo que dijo el otro día, que le disgusta que yo juegue a las cartas por dinero. Tiene toda la razón. Pero procure alejarse de la necesidad de precisar pequeñas sumas de dinero de las que no dispone. Quizá esté hablando innecesariamente, pero a un hombre le gusta asumir la superioridad sobre sí mismo exponiendo el mal ejemplo que da y sermoneando sobre él.

Lydgate encajó con mucha cordialidad las indicaciones del señor Farebrother, aunque difícilmente las hubiera aceptado de nadie más. No pudo por menos que recordar que recientemente había incurrido en algunas deudas, pero habían parecido inevitables y su intención ahora era la de mantener una casa de la manera más sencilla posible. Pasaría mucho tiempo antes de que el mobiliario que debía, o incluso la reserva de vino, tuvieran que renovarse.

Eran muchos los pensamientos que le animaban en aquel momento... y justificadamente. Ante las mezquinas hostilidades, a un hombre consciente de su entusiasmo por unos objetivos dignos le sostiene el recuerdo de los grandes trabajadores que tuvieron que abrirse paso, no sin heridas, y que revolotean en su mente como santos patrones, ayudando de forma invisible. Una vez en casa, la misma tarde en que charlara con el señor Farebrother, Lydgate tenía las largas piernas estiradas en el sofá, la cabeza echada hacia atrás y las manos entrelazadas sobre la nuca conforme a su postura favorita para pensar, mientras Rosamond, sentada al piano, tocaba una melodía tras otra, de las que su esposo sólo sabía (¡como el emotivo elefante que era!) que encajaban con su estado de ánimo como si de melodiosas brisas de mar se tratara.

Había algo magnífico en el aspecto de Lydgate en ese momento y cualquiera se hubiera sentido impulsado a apostar por su éxito. En sus ojos oscuros y en su boca y en su frente había esa placidez que deriva de la plenitud del pensamiento contemplativo -la mente que no busca sino que contempla y la mirada como llena de lo que hay detrás de ella.

Al poco rato Rosamond dejó el piano y se sentó en una silla cerca del sofá, frente a su marido.

-¿Ha tenido suficiente música, mi señor? -dijo, cruzando las manos y adoptando una actitud de sumisión.

-Sí, cariño, si estás cansada- dijo Lydgate con dulzura volviendo hacia ella la mirada, pero sin cambiar de postura. La presencia de Rosamond en ese momento quizá no era más que una cucharada añadida al lago y su instinto femenino en estas cuestiones no era tardo.

-¿Qué es lo que te tiene tan ensimismado? -preguntó, inclinándose hacia adelante y aproximando el rostro al de su marido.

Lydgate movió las manos y las puso suavemente detrás de los hombros de Rosamond.

-Estoy pensando en un gran hombre, que tenía más o menos mi misma edad hace trescientos años, y ya había iniciado una nueva era en la anatomía.

-No lo adivino -dijo Rosamond moviendo la cabeza-. En el colegio de la señora Lemon solíamos jugar a adivinar personajes históricos, pero no anatomólogos.

-Yo te lo diré. Se llamaba Vesalio. Y la única manera de llegar a saber tanta anatomía como supo era robando cadáveres por la noche de los cementerios y lugares de ejecución.

-¡Oh! -dijo Rosamond, un gesto de desagrado pasándole por el bonito rostro-. Me alegro mucho de que no seas Vesalio. Se me antoja que hubiera podido encontrar algún sistema menos horrible.

-Pues no -prosigió Lydgate demasiado entusiasmado como para prestar mucha atención a la respuesta de su esposa-. Sólo podía obtener un esqueleto completo robando del patíbulo los blanqueados huesos de un criminal, enterrándolos primero y desenterrándolos después poco a poco y a escondidas durante la noche.

-Confío en que no sea uno de tus grandes héroes -dijo

Rosamond medio en broma, medio preocupada-, de lo contrario ya te veo levatándote a media noche para ir al cementerio de St. Peter. Tú mismo me dijiste cómo estaba la gente de enfadada con lo de la señora Goby. Ya tienes suficientes enemigos.

-También los tuvo Vesalio, Rosy. No es de extrañar que las antiguallas médicas de Middlemarch estén celosas cuando algunos de los mejores médicos del momento se opusieron a Vesalio porque habían creído en Galeno y él demostró que Galeno estaba equivocado. Le llamaron mentiroso y monstruo ponzoñoso. Pero la realidad del esqueleto humano estaba de su parte, de forma que él rió el último.

-¿Y qué le ocurrió después? -preguntó Rosamond con ligero interés.

-Bueno, pues tuvo que luchar bastante hasta el final. Y en un momento determinado le hartaron lo suficiente como para que quemara una buena parte de su obra. Luego, cuando venia de Jerusalén para ocupar una cátedra en Padua, naufragó. Tuvo una muerte muy triste.

Hubo una pequeña pausa antes de que Rosamond dijera: -¿Sabes, Tertius? A menudo deseo que no hubieras sido médico.

-No, Rosy, no digas eso -exclamó Lydgate atrayéndola hacia sí-. Eso es como decir que desearías haberte casado con otro hombre.

-En absoluto. Eres lo bastante inteligente para cualquier cosa. Podrías haberse dedicado a otra profesión. Y todos tus primos de Quallingham piensan que has descendido socialmente en relación con ellos al escoger tu profesión.

-¡Los primos de Quallingham se pueden ir al infierno! -exclamó con desdén Lydgate-. Es típico de su insolencia que te dijeran algo así.

-De todos modos -dijo Rosamond-, a mí no me parece una bonita profesión, cariño. -Sabemos cuánta silenciosa perseverancia tenía en sus opiniones.

-Es la profesión más hermosa del mundo, Rosamond -dijo Lydgate con gravedad-. Y afirmar que me amas sin amar al médico que llevo dentro es lo mismo que decir que te gusta comer melocotones pero te disguta su sabor. No lo vuelvas a decir, cariño, porque me hiere.

-Está bien, doctor Seriote -dijo Rosamond haciendo aparecer sus hoyuelos-. En el futuro declararé que me apasionan los esqueletos, los ladrones de cadáveres y los restos dentro de los tubos de ensayo, las peleas con todo el mundo que terminan en una muerte miserable.

-No, no, no es tan malo como eso -dijo Lydgate, renunciando a la regañina y acariciándola con resignación.