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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 44.
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No ratearé la costa, navegaré
Mar adentro, guiado por las estrellas.

Cuando Dorothea, paseando con Lydgate por entre los macizos de laureles del hospital nuevo, supo por el médico que no había síntomas de cambio en la salud del señor Casaubon salvo una ansiedad mental de conocer la verdad sobre su enfermedad, guardó silencio durante unos minutos, ponderando si habría dicho o hecho algo para suscitar esta nueva angustia. Lydgate, reacio a dejar pasar una oportunidad para impulsar un proyecto acariciado, se atrevió a decir:

-No sé si alguien ha llamado su atención y la de su esposo respecto de las necesidades de nuestro nuevo hospital. Las circunstancias me hacen parecer un tanto egoísta al abordar el tema, pero no es culpa mía; y mi insistencia obedece a que otros médicos luchan en contra de esta institución. Tengo entendido que suele interesarse por estas cosas, pues recuerdo que cuando tuve el placer de conocerla en Tipton Grange antes de que se casara me estuvo preguntando por cómo se veía afectada la salud de los pobres por las miserables condiciones de sus casas.

-Es cierto -dijo Dorothea animándose-. Le quedaré muy agradecida si me dice en qué puedo ayudarle a mejorar las cosas. Ese tipo de actividades se han ido quedando arrinconadas desde mi matrimonio. Quiero decir -dijo, tras un leve titubeo-, que la gente de nuestro pueblo vive con cierta comodidad, y he tenido demasiadas cosas en la cabeza como para hacer más averiguaciones. Pero aquí, en un lugar como Middlemarch, debe haber mucho por hacer.

-Está todo por hacer-dijo Lydgate con brusca energía-. Y este hospital es una obra espléndida que se debe enteramente a los esfuerzos del señor Bulstrode y en gran medida a su dinero. Pero un sólo hombre no puede hacerlo todo en un proyecto de esta envergadura. Contaba, claro está, con que se le ayudara. Y ahora, ciertas personas que quieren que fracase han iniciado una batalla mezquina y rastrera contra el hospital.

-¿Qué razones pueden tener para ello? -preguntó Dorothea con ingenua sorpresa.

-En primer lugar, fundamentalmente la impopularidad del señor Bulstrode. La mitad de la ciudad casi que se tomaría molestias con tal de contrariarle. En este estúpido mundo la mayoría de la gente jamás piensa que merece la pena hacer algo si no lo hace su grupito. No conocí a Bulstrode hasta que llegué aquí. Le miro con imparcialidad y veo que tiene algunas ideas buenas, que ha iniciado cosas que yo puedo utilizar para el bien público. Si un buen número de los hombres mejor formados se pusieran a trabajar con la convicción de que sus observaciones podrían contribuir a reformar la doctrina y práctica de la medicina, pronto veríamos cambios a mejor. Esa es mi opinión. Creo que negándome a trabajar con el señor Bulstrode le estaría dando la espalda a la oportunidad de hacer más extensiva mi profesión.

-Estoy completamente de acuerdo con usted -dijo Dorothea, cautivada al instante por la situación que esbozaban las palabras de Lydgate-. Pero, ¿qué tienen en contra del señor Bulstrode? Sé que mi tío es bastante amigo suyo.

-A la gente le disgusta su tono religioso -respondió Lydgate escuetamente.

-Razón de más para despreciar semejante oposición -dijo Dorothea, enfocando los asuntos de Middlemarch a la luz de las grandes persecuciones.

-Para ser justos, tienen otras objeciones contra él: es déspota y poco sociable, y se dedica al comercio, sector que tiene quejas propias que yo desconozco. ¿Pero qué tendrá eso que ver con el tema de si no sería bueno establecer aquí un hospital mejor que cualquiera de los del condando? Sin embargo, el principal motivo de la oposición es que haya puesto en mis manos la dirección médica. Yo, por supuesto, me alegro. Me brinda la oportunidad de hacer un buen trabajo, y soy consciente de que he de responder justificadamente a la elección que de mí hizo. Pero el resultado es que todos los médicos de Middlemarch se han empeñado en luchar contra el hospital y no sólo se niegan a colaborar ellos mismos, sino que intentan ensombrecer todo el asunto o impedir las donaciones.

-¡Qué mezquindad! -exclamó Dorothea con indignación.

-Supongo que hay que contar con abrirse camino a codazos: apenas se puede hacer nada sin luchar. Y la ignorancia, de las gentes de por aquí es portentosa. No alardeo sino de haber aprovechado ciertas oportunidades que no le llegaron a todo el mundo; pero no hay manera de acallar la ofensa de ser joven y recién llegado y de saber un poco más que los habitantes de siempre. De todas formas, si pienso que soy capaz de poner en marcha mejores métodos de tratamiento, si pienso que puedo continuar ciertas observaciones e investigaciones que pueden constituir un beneficio definitivo para la práctica de la medicina, sería un despreciable adulador si permitiera que se interpusiera en ello cualquier consideración de comodidad personal. Y mi camino está mucho más claro desde el momento en que no existe sueldo en cuestión que haga sospechosa mi perseverancia.

-Me alegro de que me haya contado esto, señor Lydgate -dijo Dorothea con cordialidad-. Estoy segura de poderle ayudar un poco. Tengo algo de dinero y no sé qué hacer con él, lo que a veces me resulta incómodo. Puedo prescindir de doscientas libras al año para un hermoso objetivo como éste. ¡Qué contento debe sentirse de conocer cosas que sabe harán mucho bien! Cómo me gustaría despertarme por las mañanas con ese convencimiento. ¡Parece como si fueran muchas las molestias que se toma la gente sin que de ellas salga nada muy positivo!

Había un dejo de melancolía en las últimas palabras de Dorothea. Pero al punto añadió con más animación:

-Por favor, venga a Lowick y cuéntenos más sobre todo esto. Hablaré de ello con el señor Casaubon. Ahora debo volver a casa.

Dorothea habló con su marido durante la velada y dijo que le gustaría donar doscientas libras al año -disponía de setecientas anuales, equivalentes a su propia fortuna, recibidas como dote al casarse. El señor Casaubon se limitó a comentar que aquella suma podría ser desproporcionada en relación a otras buenas obras, pero cuando, en su ignorancia, Dorothea rechazó la sugerencia, él accedió. No le importaba al señor Casaubon gastar dinero y no era reacio a darlo. Si en alguna ocasión se interesaba por el dinero era a través de otra pasión y no porque codiciara las posesiones materiales.

Dorothea le dijo que había visto a Lydgate y le transmitió el fondo de la conversación mantenida con él acerca del hospital. El señor Casaubon no hizo ninguna pregunta, pero estaba seguro de que Dorothea deseaba conocer lo sucedido entre él y Lydgate. «Sabe que lo sé», dijo la insistente voz interna; pero aquel incremento de conocimiento tácito no hizo más que disminuir la confianza entre ellos. Él desconfiaba del cariño de Dorothea y ¿qué soledad hay mayor que la de la desconfianza?