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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 42.
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¡Cuánto podría yo despreciar a este hombre,
Si la caridad no me lo impidera!
(SHAKESPEARE, Enrique VIII.)

Una de las visitas profesionales que Lydgate hizo al poco de volver de su luna de miel fue a Lowick, como resultado de una carta en la que se le pedía que fijara una hora para su visita.

El señor Casaubon no le había formulado a Lydgate pregunta alguna respecto a la índole de su enfermedad y ni siquiera había delatado ante Dorothea inquietud alguna respecto a cuánto podía ésta acortar su trabajo o su vida. En este punto, como en todos los demás, rehuía la lástima y si agria era la sospecha de que se le compadecía por una suerte intuida o conocida a su pesar, la idea de provocar una muestra de compasión admitiendo francamente su inquietud o su pena le resultaba forzosamente intolerable. Toda mente altiva tiene algún conocimiento de esta experiencia y tal vez sólo se supere con un sentimiento de compañerismo lo suficientemente profundo como para hacer que todos los esfuerzos por aislarse parezcan ruines y mezquinos en lugar de exaltadores.

Pero el señor Casaubon ahora rumiaba algo a través de lo cual la cuestión de su salud y su vida obsesionaban su silencio con mucha mayor importunidad incluso que a través de la inmadurez otoñal de su paternidad literaria. Es cierto que esta última podría llamarse su ambición central, pero hay clases de paternidad literaria en las que, con diferencia, el resultado es la intranquila susceptibilidad acumulada en la conciencia del autor -se descubre el río por ciertas vetas en medio de un depósito largamente acumulado de incómodo barro. Así ocurría con las arduas tareas intelectuales del señor Casaubon. Su resultado más característico no era la «Clave para todas las mitologías» sino la morbosa conciencia de que otros no le otorgaban el lugar que no había demostrado merecer, una eterna y sospechosa conjetura de que las opiniones sobre él no eran favorables, una melancólica ausencia de entrega en sus esfuerzos por sobresalir y una apasionada resistencia a confesarse que no había logrado nada.

Así pues, la ambición intelectual que otros decían le había absorbido y resecado no constituía ninguna seguridad contra las heridas, y menos aún contra las que procedían de Dorothea. Y había empezado a imaginarse posibilidades para el futuro que le resultaban más amargas aún que nada en lo que hubiera pensado antes.

Contra ciertos hechos estaba impotente: la existencia de Will Ladislaw, su desafiante permanencia en el vecindario de Lowick y su irrespetuosa actitud mental respecto de quien poseía una sólida y auténtica erudición; contra la personalidad de Dorothea, que constantemente adoptaba nuevas formas de frenética actividad e incluso en la sumisión y en el silencio ocultaba fervientes razones en las que resultaba irritante ni siquiera pensar; contra ciertas ideas y gustos que se habían adueñado de su mente en relación con temas que él no podía de forma alguna comentar con ella. No podría negarse que Dorothea era la joven más hermosa y virtuosa que hubiera podido tomar por esposa, pero una joven que había resultado ser algo más problemática de lo que él imaginara. Le cuidaba, le leía, se anticipaba a sus gustos y se mostraba solícita respecto de sus sentimientos, pero había penetrado en la mente del señor Casaubon la certeza de que ella le juzgaba y que su devoción de esposa era como una expiación penitencial por sus incredulidades, acompañada de un poder de comparación por mor del cual él mismo y sus actos destacaban demasiado como parte de las cosas en general. Su enojo pasó como el vapor por encima de todas las tiernas manifestaciones de cariño de Dorothea, para aferrarse a ese mundo desagradecido al que ella le había acercado.

¡Pobre señor Casaubon! Este sufrimiento era más difícil de soportar porque parecía una traición: la joven criatura que le idolatrara con absoluta confianza pronto se había tornado en esposa crítica y tempranas muestras de oposición y resentimiento habían producido una impresión que ni la ternura ni la sumisión posteriores pudieron borrar. Para su suspicaz interpretación, el actual silencio de Dorothea constituía una rebelión reprimida; un comentario que él no anticipara se convertía en la aseveración de una superioridad consciente; sus templadas respuestas poseían una irritante cautela y cuando accedía, ello era un esfuerzo condescendiente de tolerancia. La tenacidad con la que el señor Casaubon pugnaba por ocultar este drama interior lo convertía en más real aún, de la misma forma en la que oímos con mayor nitidez lo que no queremos que otros oigan.

En lugar de sorprenderme ante este resultado fruto de la desdicha del señor Casaubon, me parece muy corriente. ¿Acaso una pequeña mota muy cercana a nuestra visión no elimina la gloria del mundo dejando tan sólo un margen mediante el cual vemos la mota? No conozco mota tan pesada como la propia persona. ¿Y quién, si el señor Casaubon hubiera deseado exponer su descontento, su sospecha, de que ya no se le adoraba sin crítica hubiera podido negar que se fundaba sobre buenas razones? Al contrario, cabría añadir una fuerte razón, que ni él mismo había considerado explícitamente, a saber, que no era adorable sin reservas. Lo sospechaba, sin embargo, al igual que sospechaba otras cosas, sin confesarlo, y, al igual que el resto de nosotros, sentía que hubiera sido muy consolador el tener una compañera que jamás lo hubiera descubierto.

Esta penosa susceptibilidad en relación con Dorothea estaba preparada ya incluso desde antes de que Will Ladislaw regresara a Lowick y lo que ocurrió desde entonces había activado desesperadamente la capacidad de construcción de sospecha del señor Casaubon. A todos los hechos que conocía, añadía hechos imaginarios, tanto presentes como futuros que se fueron convirtiendo en aún más reales que aquéllos porque despertaban una mayor antipatía, una amargura más predominante. La sospecha y los celos de las intenciones de Will Ladislaw, las sospechas y los celos de las impresiones de Dorothea, llevaban a cabo incesantemente su labor tejedora. Resultaría injusto para con él suponer que hubiera podido entrar en una burda malintepretación de Dorothea; sus propios hábitos mentales y su conducta, tanto como la franca altura de la personalidad de Dorothea le ponían a salvo de tal error. De lo que estaba celoso era de la opinión de su mujer, del rumbo que pudiera dar a las críticas de su mente activa, y las posibilidades futuras a las que éstas podían conducirla. En cuanto a Will, aunque hasta su última carta desafiante no tenía nada concreto que pudiera alegar contra él formalmente, creía tener garantías para creer que era capaz de cualquier ingenio que pudiera fascinar a un temperamento rebelde y una indisciplinada impulsividad. Estaba convencido de que Dorothea era el motivo de su regreso de Roma y su decisión de asentarse en la zona, y era lo suficientemente agudo como para imaginarse que Dorothea había fomentado inocentemente este rumbo. Estaba muy claro que se encontraba favorablemente predispuesta hacia Will y a ser receptiva a sus sugerencias: nunca habían tenido un tété-à-téte del cual ella no hubiera salido con alguna nueva y conflictiva impresión, y la última entrevista que el señor Casaubon recordaba (Dorothea, a su regreso de Freshitt Hall había guardado silencio por primera vez sobre su encuentro con Will) había desembocado en una escena que provocó en él mayor ira contra ambos de la que jamás conociera. La exposición de Dorothea de sus ideas sobre el dinero, en la oscuridad de la noche, no habían hecho sino introducir en la mente de su esposo una mezcla de presentimientos más odiosos.

Y existía el susto reciente dado a su salud y que siempre tenía tristemente presente. Por supuesto que estaba muy repuesto. Había recobrado su capacidad de trabajo usual; la enfermedad pudo obedecer a simple cansancio, podían aún quedarle veinte años de logros por delante que justificarían los treinta años de preparación. Esa perspectiva se veía endulzada por un sabor a venganza contra los precipitados desdenes de Carp y Compañía, pues incluso cuando el señor Casaubon paseaba su vela entre las tumbas del pasado, esas figuras modernas se alzaban en medio de la débil luz e interrumpían su diligente exploración. Convencer a Carp de su error, de forma que hubiera de tragarse sus propias palabras con una fuerte indigestión, sería el grato accidente de la triunfal paternidad literaria, que ni la perspectiva de vivir para épocas futuras en la tierra y para la eternidad en los cielos podía excluir como objeto de contemplación. Así pues, dado que la previsión de su propia dicha ilimitada no podía anular la amargura de los celos y el rencor, resulta menos sorprendente el que la probabilidad de una felicidad pasajera para otras personas, cuando él mismo debiera haber entrado en la gloria, no tuviera un efecto potencialmente endulzante. Si resultara cierto que llevaba dentro alguna minante enfermedad, habría muchas oportunidades de que algunos estuvieran más felices cuando él se hubiera marchado, y si una de esas personas era Will Ladislaw, el señor Casaubon se oponía tanto a ello que parecía como si el enojo fuera a formar parte de su existencia incorpórea.

Es ésta una forma muy escueta y por tanto incompleta de exponer el caso. El alma humana se mueve por muchos conductos y como sabemos, el señor Casaubon poseía un sentido de la rectitud y un honroso orgullo por satisfacer los requisitos del honor que le impulsaban a encontrar otros motivos para su conducta que no fueran los celos o el rencor. El señor Casaubon exponía el caso de la siguiente manera:

«Al casarme con Dorothea Brooke me tuve que hacer cargo de su bienestar caso de que yo muriera. Pero el bienestar no se consigue mediante una holgada e independiente posesión de la propiedad; al contrario, pueden surgir ocasiones en las que una posesión tal pudiera exponerla a mayores peligros. Es fácil presa para cualquier hombre que sepa tocar adecuadamente bien su afectividad, bien su quijotesco entusiasmo. Y cerca anda un hombre con precisamente esa intención, un hombre sin otros principios que el capricho pasajero, y que además, siente una animosidad personal hacia mí, de ello estoy convencido, una animosidad alimentada por la conciencia de su ingratitud y de la que se ha ido desfogando ridiculizándome, de lo cual estoy tan seguro como si le hubiera oído. Incluso si vivo no dejaré de estar inquieto respecto de lo que pueda intentar Ladislaw mediante la influencia indirecta. Este hombre ha logrado que Dorothea le escuche, ha encandilado su atención; evidentemente ha intentado impresionarla con la idea de que tiene derechos al margen de cuanto yo he hecho por él. Si muero, y espera al acecho que ello ocurra, la convencerá para que se case con él. Eso sería calamitoso para ella y un triunfo para él. No es que Dorothea lo creyera una calamidad, él conseguiría que se creyera cualquier cosa; y ella tiende a los apegos desmedidos, a los que internamente me reprocha no corresponder y ya ocupa su mente con los infortunios de Ladislaw. Él piensa en una fácil conquista y en apoderarse de mi nido. ¡Pero eso lo impediré yo! Semejante matrimonio sería fatal para Dorothea. ¿Acaso ha perseverado él en algo salvo por oposición? En cuanto a conocimiento siempre ha intentado despampanar a bajo precio. Respecto a la religión podría ser, siempre y cuando le conviniera, el fácil eco de las vaguedades de Dorothea. ¿Cuándo fue la falsa erudición desvinculada de la negligencia? Desconfío totalmente de su moral y es mi obligación impedir la realización de sus propósitos.»

Las disposiciones que hiciera el señor Casaubon al casarse le dejaban abierta la posibilidad de tomar importantes medidas, pero al pensar en ellas su mente calibraba tanto las probabilidades de su propia vida que el deseo de calcularlas con la máxima precisión venció por fin su altivo silencio y le empujó a pedir a Lydgate su opinión sobre la naturaleza de su enfermedad.

Le había mencionado a Dorothea que había citado a Lydgate en Lowick a las tres y media y, en respuesta a su angustiada pregunta de si se sentía enfermo respondió:

-No, simplemente deseo su opinión respecto de ciertos síntomas habituales. No hace falta que tú le veas, amor mío. Daré órdenes de que le conduzcan al paseo de los tejos, donde estaré, como siempre, haciendo un poco de ejercicio.

Cuando Lydgate entró en el paseo vio al señor Casaubon que se alejaba lentamente con las manos a la espalda según su costumbre, y la cabeza inclinada hacia delante. Era una tarde preciosa, las hojas de los erguidos tejos caían silenciosas sobre las sombrías plantas de hoja perenne, mientras las luces y las sombras dormían unas junto a otras: no había más ruido que el graznido de los grajos, una nana para el oído acostumbrado a ello o como esa última y solemne canción de cuna que son los cantos funerarios. Lydgate, consciente de su cuerpo fuerte en la plenitud de su vida sintió cierta compasión cuando la figura que en breve alcanzaría se dio la vuelta, y al avanzar hacia él mostró con aún más claridad los signos de un envejecimiento prematuro -los hombros vencidos del estudioso, las piernas enjutas, y las melancólicas líneas de la boca. «Pobre hombre», pensó, «otros a sus años son como leones; sólo se puede decir de su edad que ha alcanzado la madurez total».

-Señor Lydgate -dijo el señor Casaubon con su invariable cortesía-, le estoy muy agradecido por su puntualidad. Si le parece, podemos conversar mientras paseamos. -Espero que su deseo de verme no obedezca a la reaparición de síntomas desagradables -dijo Lydgate, llenando la pausa.

-No de forma inmediata, no. Para explicar este deseo mío debo mencionar -lo que en otras circunstancias no sería preciso decir- que mi vida, insignificante en otros aspectos colaterales, adquiere una posible importancia debido a que están inacabados los trabajos que han ocupado mis mejores años. En resumen, hace años que tengo entre manos una obra que quisiera dejar en condiciones de que al menos fuera dada a la imprenta por..., otros. De tener la certeza de que esto es lo máximo a lo que puedo aspirar razonablemente, esa certeza me resultaría útil a la hora de delimitar mis esfuerzos al tiempo que guiaría, tanto positiva como negativamente, el curso de mi actividad.

Llegado este punto el señor Casaubon se detuvo, retiró una mano de la espalda y la introdujo entre los botones de la levita. Para una mente con larga experiencia ante el destino humano casi nada podría resultar más interesante que el conflicto interno reflejado en aquel parlamento medido y solemne que pronunciara con la habitual cantinela y movimiento de cabeza. ¿Acaso hay muchas situaciones más sublimemente trágicas que la lucha del alma contra la exigencia de renunciar a una obra que ha constituido el sentido de su vida, un sentido que desparecerá igual que las aguas que van y vienen donde nadie las necesita? Pero para los demás no había nada de sublime en el señor Casaubon, y Lydgate, que sentía cierto desprecio por la vana erudición, advirtió que su compasión se teñía un tanto de comicidad. De momento estaba demasiado poco familiarizado con el desastre como para adentrarse en el patetismo de un destino donde todo está por debajo del nivel de la tragedia salvo el apasionado egoísmo del que lo padece.

-¿Se refiere a los posibles obstáculos por su falta de salud? -dijo, deseoso de facilitar el propósito del señor Casaubon que parecía estar coagulado por alguna indecisión.

-Eso mismo. No me ha sugerido que los síntomas que, he de reconocerlo, observó con escrupuloso esmero, fueran los de una enfermedad mortal. Pero de ser así, quisiera saber la verdad sin reservas y ruego que me comunique con exactitud sus conclusiones: se lo pido como una demostración de amistad. Si puede decirme que mi vida no se ve amenazada por otros accidentes que los normales, me alegraré por los motivos que le he indicado. De no ser así, el saber la verdad me es de aún mayor importancia.

-En ese caso no puedo vacilar en cuanto a mi línea de conducta -dijo Lydgate-, pero lo primero que he de aclararle es que mis conclusiones son doblemente inciertas, no sólo debido a mi falibilidad sino porque las enfermedades del corazón son algo muy difícil sobre lo que predecir. En cualquier caso, apenas se puede aumentar apreciablemente la tremenda incertidumbre de la vida.

El señor Casaubon se sobresaltó visiblemente, pero demostró su conformidad con una inclinación.

-Creo que padece usted lo que se llama una degeneración grasa del corazón, enfermedad que descubrió y analizó Laennec, el hombre que no hace tantos años nos proporcionó el estetoscopio. El tema precisa de mucha experiencia aún y de una observación prolongada. Pero después de lo que me ha dicho es mi obligación comunicarle que en esta enfermedad es frecuente que la muerte se produzca de forma repentina. Pero al tiempo, no se puede predecir tal resultado. Su estado podría compaginarse con una vida relativamente tranquila durante otros quince años o incluso más. No puedo añadir más información a esto salvo algunos datos anatómicos o médicos que dejarían las expectativas de vida en el mismo punto.

El instinto de Lydgate era lo bastante sutil como para advertirle de que el lenguaje directo, exento de toda ostentosa precaución, sería recibido por el señor Casaubon como una muestra de respeto.

-Se lo agradezco, señor Lydgate -dijo el señor Casaubon tras una pequeña pausa-. Tengo que preguntarle una última cosa: ¿le comunicó usted a la señora Casaubon lo que acaba de decirme?

-En parte... me refiero al posible proceso -Lydgate se disponía a explicar por qué se lo había contado a Dorothea pero el señor Casaubon, con inconfundibles deseos de concluir la conversación, agitó la mano levemente y dijo de nuevo «Gracias» procediendo a comentar la particular belleza del día.

Lydgate, seguro de que su paciente prefería estar solo, se marchó enseguida y la negra figura cori las manos a la espalda y la cabeza inclinada hacia adelante continuó caminando por el sendero donde los oscuros tejos proporcionaban una muda compañía para su tristeza y las pequeñas sombras de pájaro y hoja que traspasaban velozmente las islas de luz lo hacían en silencio como en presencia de una desgracia. Aquí había un hombre que por primera vez se encontraba ahora contemplando los ojos de la muerte; que atravesaba uno de esos escasos momentos de la experiencia en que descubrimos la verdad de lo cotidiano, que es tan diferente de lo que llamamos conocerlo como diferente es la visión de las aguas sobre la tierra de la delirante visión del agua. que no se puede obtener para refrescar la lengua reseca. Cuando el común «Todos hemos de morir» se convierte de repente en la nítida conciencia del «he de morir... y pronto», la muerte nos atenaza y sus dedos son crueles; quizá después venga y nos rodee con sus brazos como hiciera nuestra madre,, y nuestro último momento de turbia percepción terrena tal vez sea como el primero. Ahora, para el señor Casaubon era como si de pronto se encontrara en la oscura orilla del río y oyera el chapoteo del remo que se acerca, sin distiriguir las siluetas, pero aguardando la llamada. En tales momentos, la mente no cambia el sesgo de toda una vida sino que: se lo lleva en la imaginación al otro lado de la muerte, echando la vista atrás, quizá con la calma divina de la caridad, quizá con las mezquinas ansiedades del egoísmo. Los actos del señor Casaubon nos darán una indicación de cuál era su sesgo. Se tenía por ser, con ciertas reservas eruditas y personales, un cristiano creyente respecto a la estimación del presente y las esperanzas del futuro. Pero, aunque la llamemos esperanza lejana, lo que nos esforzamos por satisfacer es un deseo inmediato; la situación futura en aras a la cual los hombres se arrastran por las calles de la ciudad ya existe en su imaginación y en su amor. Y el deseo inmediato del señor Casaubon no era la comunión y la luz con la divinidad desprovistas de todo cóndicionamiento terreno; sus anhelos, pobre hombre, se aferraban, desdibujados y apeados, a lugares umbríos.

Dorothea, que había estado pendiente de la marcha de Lydgate, salió al jardín, con el impulso de dirigirse de inmediato hacia su esposo. Pero vaciló, temerosa de ofenderle con una presencia no deseada, pues su ardor, constantemente rechazado, servía, junto con su fina memoria, para aumentar su miedo, del mismo modo que la energía reprimida se convierte en estremecirniento. Así pues, deambuló lentamente por entre los grupos de árboles más cercanos hasta que le vio avanzar hacia ella. Entonces se le acercó, y podría haber representado a un ángel enviado del cielo portando la promesa de que las pocas horas restantes estarían llenas del amor fiel que se intensifica con el sufrimiento comprendido. La mirada de su marido fue tan gélida que Dorothea sintió crecer su timidez no obstarite se volvió y cogió del brazo al señor Casaubon.

Éste retuvo las manos a la espalda permitiendo que el dúctil brazo de su esposa cogiera el suyo con dificultad.

Para Dorothea, había algo horrible en la sensación que le supuso aquella dura indiferencia. Palabra fuerte, pero no demasiado; es en estos actos llamados trivialidades que se desperdician para siempre las semillas de la felicidad, hasta que hombres y mujeres ven a su alrededor, con rostros demacrados, la desolación que ellos mismos han ocasionado y dicen, la tierra no produce cosechas de dulzura... denominando conocimiento a su propia negativa. Se preguntarán por qué, en nombre de la, virilidad, el señor Casaubon había de comportarse así. Hay que tener en cuenta que su mente rechazaba la conmiseración: han observado alguna vez el efecto que produce sobre esas mentes la sospecha de que lo que las presiona como dolor pueda en realidad ser una fuente de satisfacción, presente o futura, para el ser que ya incurre en ofensa por el hecho de compadecer? Por otra parte, conocía poco las sensaciones, de Dorothea y no se le había ocurrido que, en una situación como la actual, fueran comparables en intensidad a las suyas propias ante las críticas de Carp.

Dorothea no retiró el brazo, pero no osó hablar. El señor Casaubon no dijo, «Deseo estar solo», pero se encaminó en silencio hacia la casa y al cruzar por la puerta de cristal del lado este Dorothea retiró el brazo, deteniéndose sobre el felpudo a fin de dejar completa libertad a su marido, que entró en la biblioteca, donde se encerró a solas con su dolor.

Dorothea subió al gabinete. El mirador abierto dejaba entrar la serena gloria de la tarde en la avenida, donde los tilos proyectaban largas sombras. Pero Dorothea estaba ajena al escenario. Se tumbó sobre una silla sin percatarse de que se encontraba en medio de los rayos deslumbrantes del sol; si ello suponía una incomodidad, ¿cómo saber que no formaba parte de su sufrimiento interior?

Su reacción fue una cólera rebelde más fuerte que cualquier otra que sintiera desde su matrimonio. En lugar de lágrimas brotaban las palabras.

-¿Qué he hecho..., qué soy..., para que me trate así? Nunca sabe lo que pienso... nunca le interesa. ¿De qué sirve nada de cuanto yo haga? Desea no haberse casado nunca conmigo.

Empezó a oírse a sí misma y guardó silencio. Como quien se ha perdido y se encuentra cansado, permaneció sentada y se le impusieron de golpe todos los senderos de su esperanza juvenil que jamás ya volvería a encontrar. Y con la misma nitidez y bajo la luz de la infelicidad vio su soledad y la de su esposo -cómo caminaban separados de forma que ella se veía obligada a escudriñarle. Si él la hubiera acercado a sí mismo, Dorothea jamás le hubiera escudriñado, jamás se hubiera preguntado «¿Merece la pena vivir por él?» sino que le habría considerado sencillamente parte de su propia vida. Ahora se decía con amargura «Es culpa suya, no mía». En la sacudida que había sufrido todo su ser, la compasión se había venido abajo. ¿Era culpa suya el haber creído en él... el haber creído en su valía? Y ¿qué era él exactamente? Era muy capaz de valorarlo... ella que esperaba sus miradas temblorosa y encerraba lo mejor de su alma en una prisión, realizando sólo visitas a escondidas para así ser lo bastante insignificante como para gustarle. En crisis como ésta, algunas mujeres empiezan a odiar.

El sol estaba ya muy bajo cuando Dorothea pensó que en lugar de volver a bajar le enviaría recado a su marido de que no se encontraba bien y prefería quedarse arriba. Nunca con anterioridad había permitido deliberadamente que su resentimiento rigiera de esta manera su conducta, pero en esta ocasión se sentía incapaz de verle de nuevo sin comunicarle sus verdaderos sentimientos y debía esperar hasta poder hacerlo sin interrupciones. Tal vez le asombrara y doliera su recado. Estaría bien que así fuera. Su ira le decía, como suele hacer la ira, que Dios estaba con ella, que todo el paraíso, aunque estuviera repleto de almas observándoles, estaba de su parte. Se disponía a tocar la campanilla cuando llamaron a la puerta.

El señor Casaubon le comunicaba que cenaría en la biblioteca. Deseaba estar completamente solo durante la velada ya que tenía mucho trabajo.

-En ese caso no cenaré, Tantripp.

-Pero señora, ¡déjeme subirle algo!

-No; no me encuentro bien. Déjame todo preparado en el vestidor, pero por favor no me molestes otra vez. Dorothea permaneció sentada, casi inmóvil, en su meditativa lucha, mientras el atardecer se fue transformando lentamente en noche. Pero la lucha se modificaba constantemente, como la de un hombre que empieza con movimientos de ataque y termina venciendo su deseo de hacerlo. La energía que impulsaría un delito no es mayor que la requerida para una sumisión decidida cuando la costumbre noble del alma se reafirma. El pensamiento con el que Dorothea había salido al encuentro de su esposo, la convicción de que éste había preguntado sobre la posible detención de su obra y que la respuesta le había roto el corazón no podía tardar en alzarse junto a la imagen del señor Casaubon cual sombrío instructor que observaba la ira de Dorothea con triste amonestación. Le costó una letanía de imaginados pesares y gritos silenciosos llegar a la conclusión de que tal vez ella fuera la bendición para aquellas penas, pero al fin llegó la sumisión decidida; y cuando la casa estuvo en silencio y supo que se acercaba la hora en la que el señor Casaubon acostumbraba a retirarse a descansar, abrió suavemente la puerta de su habitación, aguardando en la oscuridad hasta que subiera por la escalera con una luz en la mano. Si no subía pronto pensaba bajar ella, incluso a riesgo de sufrir otro despecho. Ya no volvería a esperar otra cosa de él. Pero oyó que se abría la puerta de la biblioteca y lentamente, la luz fue avanzando por la escalera sin que las pisadas sobre la alfombra produjeran ningún ruido. Cuando tuvo a su marido ante ella, observó que su rostro estaba aún más demacrado. Se sobresaltó ligeramente al verla y ella le dirigió sin hablar una mirada suplicante.

-¡Dorothea! -exclamó, en tono de suave sorpresa-. ¿Me estaba esperando?

-Sí, no quería molestarte.

-Ven, amor mío, ven. Eres joven y no necesitas alargarte la vida con vigilias.

Cuando Dorothea advirtió la queda y amable melancolía de estas palabras, sintió algo parecido al agradecimiento que nos brota cuando hemos evitado por muy poco herir a una criatura lisiada. Cogió a su marido de la mano y continuaron juntos por el amplio corredor.