Read synchronized with  English  Russian 
Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 3.
< Prev. Chapter  |  Next Chapter >
Font: 

Cuenta, diosa, lo que ocurrió después que Rafael, al apacible arcángel...
Eva Escuchó atenta este relato y se llenó de admiración y reflexión profunda,
Al oír cosas tan raras y elevadas.
(El Paraíso perdido, L. vil.)
Al señor Casaubon se le había ocurrido pensar en la señorita Brooke como una esposa adecuada para él, ésta ya tenía plantadas en su mente las razones que podrían inducirla a aceptarle, razones que por la tarde del día siguiente habían brotado y florecido. Habían mantenido una larga conversación por la mañana mientras Celia, que no gustaba de la compañía de las verrugas y la palidez del señor Casaubon, se había escapado a la vicaría para jugar con los mal calzados, pero alegres hijos del coadjutor.

Para entonces, Dorothea había buceado en el depósito cencido de la mente del señor Casaubon, viendo allí reflejada en vaga y laberíntica extensión cada una de las cualidades que ella misma aportaba: le había revelado gran parte de su propia experiencia y, a su vez, había sido informada por él de la amplitud de su gran obra, también de extensión atractivamente laberíntica. Había sido tan instructivo como «el apacible arcángel» de Milton: y con atisbos arcangélicos le contó cómo se había impuesto demostrar (lo que ciertamente ya se había intentado antes, si bien no con la profundidad, equidad comparativa y eficacia de organización a la que el señor Casaubon aspiraba) que todos los sistemas míticos o fragmentos míticos erráticos del mundo eran corrupciones de una tradición revelada originariamente. Una vez conquistada la posición auténtica y tras hacerse fuerte en ella, el inmenso campo de las construcciones míticas se volvía inteligible, o mejor dicho, luminoso, con la luz reflejada de las correspondencias. Pero recolectar entre esta gran cosecha de verdad no era tarea ni fácil ni rápida. Sus notas ya constituían un formidable número de volúmenes, pero la labor cimera consistiría en condensar estos resultados, voluminosos y aún acumulantes, y conseguir que, al igual que la primera vendimia de los libros hipocráticos, cupieran en una pequeña repisa. Al explicarle esto a Dorothea, el señor Casaubon se expresaba casi como lo hubiera hecho con un colega, pues carecía de la habilidad de hablar de distintas maneras. Es cierto que cuando empleaba una frase en latín o griego siempre daba con minuciosidad el equivalente inglés, pero es probable que hubiera hecho esto en cualquier caso. Un culto clérigo de provincias acostumbra a creer que sus conocidos son lores, caballeros, y otros hombres nobles y dignos con exiguos conocimientos de latín».

Dorothea se sentía totalmente cautivada por la amplitud de este concepto. Aquí había algo que rebasaba la trivialidad literaria del colegio de señoritas; aquí estaba un Bossuet (1) viviente cuyo trabajo reconciliaría el saber absoluto con la piedad sin reservas; aquí se encontraba un moderno Agustín que reunía las glorias del doctor y del santo.

(1) Jacques Bénigne Bossuet (1627-1704), predicador francés famoso por su elocuencia. Sus disputas teológicas con los protestantes tuvieron cierta influencia en Inglaterra.

La santidad no destacaba con menos claridad que la sabiduría, pues cuando Dorothea sentía la necesidad de comunicar sus pensamientos sobre ciertos temas de los que no podía hablar con nadie que hubiera visto hasta entonces en Tipton (en especial la importancia secundaria de las formas eclesiásticas y los artículos de fe en comparación con esa religión espiritual, esa inmersión del ser en comunión con la perfección divina que le parecía ver expresada en la mejor literatura cristiana de épocas remotas), encontraba en el señor Casaubon un oyente que la comprendía al instante, que podía asegurarla de su propia conformidad con ese punto de vista, siempre que estuviera debidamente templado por una sabia moderación, y podía citar ejemplos históricos desconocidos anteriormente para ella.

-Piensa conmigo -se decía Dorothea-, o, mejor dicho, abarca un mundo entero, del cual mi pensamiento no es más que un pobre y despreciable espejo. Aparte de sus sentimientos, toda su experiencia... ¡qué lago comparado con mi pobre charco!

La señorita Brooke argumentaba desde palabras y disposiciones con no menos decisión que otras jóvenes de su edad. Los signos son cosas pequeñas y medibles, pero las interpretaciones son ilimitadas, y en jóvenes de naturaleza dulce y ardiente, cada signo suele producir asombro, esperanza, fe, amplios como un cielo y coloreados por una difusa parquedad de sustancia en la forma de sabiduría. Y no siempre se engañan en exceso; el propio Simbad pudo dar con una descripción verdadera gracias a una suerte favorable, y un razonamiento equivocado puede llevar, en ocasiones, a los pobres mortales a conclusiones acertadas: arrancando a gran distancia del punto verdadero y caminando por vueltas y revueltas, de vez en cuando llegamos justo donde debiéramos. No porque la señorita Brooke fuera precipitada en su confiar debe deducirse claramente que el señor Casaubon fuese inmerecedor de esta confianza.

Se quedó un poco más de lo que tenía pensado, ante la leve presión de una invitación del señor Brooke, el cual no ofrecía mayor señuelo que sus propios documentos sobre el destrozo de las máquinas y la quema de almiares(2). El señor Casaubon fue llevado a la biblioteca para que los contemplara amontonados, mientras su anfitrión cogía primero uno y después otro, leyendo de ellos en voz alta de manera indecisa y alternante, pasando de una página sin terminar a otra con un «¡Esto, esto, aquí, aquí!» arrinconándolos todos finalmente para abrir el diario de sus viajes juveniles.

-Mire, aquí está todo sobre Grecia, Ramnunte, las ruinas de Ramnunte; bien, usted es un gran helenista; no sé si se habrá dedicado mucho a la topografía, pero yo he pasado una eternidad descifrando estas cosas, ¡Ah! ¡El Helicón! ¡Escuche! «Partimos a la mañana siguiente para el Parnaso, el Parnaso de doble pico.» Todo este volumen es sobre Grecia, ¿sabe? -el señor Brooke concluyó, pasando el pulgar transversalmente por el borde de las hojas al tiempo que extendía las manos mostrando el libro.

La presencia del señor Casaubon era digna aunque bastante triste; se inclinaba ligeramente cuando correspondía y evitaba, en la medida de lo posible y sin caer en la impaciencia o la irrespetuosidad, mirar todos los documentos, consciente de que esta falta de coherencia estaba vinculada a las instituciones rurales, así como de que el hombre que le conducía por este estricto correteo mental no era tan sólo un anfitrión amable, sino un terrateniente y custos rotulorum(3). ¿Acaso su aguante se veía apoyado por la reflexión de que el señor Brooke era el tío de Dorothea?

Lo cierto es que parecía cada vez más empeñado en conseguir que Dorothea hablara con él, en que se explayara, como Celia se decía a sí misma; y cuando la miraba, a menudo se le iluminaba el rostro con una sonrisa como un pálido sol invernal. La mañana siguiente, antes de partir, y mientras daba un agradable paseo por el camino de gravilla, le había mencionado que sentía la desventaja de la soledad, la necesidad de esa alegre compañía con la que la presencia de la juventud puede iluminar o variar las severas penas de la madurez.
(2) El destrozo de máquinas de fábricas lo habían iniciado en Inglaterra los luditas (1811-16), seguidores de Ned Ludd. Incidentes de este tipo se repitieron en épocas de crisis económica.
(3) Guardián de los archivos.
Y profirió este comentario con la misma cuidadosa precisión de un emisario diplomático cuyas palabras serían atendidas con unos resultados. Efectivamente, el señor Casaubon no estaba habituado a esperar tener que repetir o revisar sus comunicaciones de tipo práctico o personal. Consideraba suficiente el referirse a las inclinaciones que deliberadamente hubiera manifestado el 2 de octubre con la simple mención de esa fecha; su rasero era su propia memoria, que era un volumen donde el vide supra podría reemplazar la repeticiones, y no el usual borrador que sólo conserva escritos olvidados. Pero en esta ocasión no era probable que la confianza del señor Casaubon se viera traicionada, pues Dorothea escuchaba y retenía cuanto él decía con el ansioso interés de las naturalezas frescas y jóvenes para las que cada variación en la experiencia supone una época.

Eran las tres del hermoso día de brisa otoñal cuando el señor Casaubon partió hacia su rectoría en Lowick, a tan sólo cinco millas de Tipton, y Dorothea, que llevaba puestos el sombrero y el chal, cruzó apresuradamente los arbustos y el parque a fin de poder deambular por el bosque cercano sin otra compañía visible que la de Monk, el enorme perro San Bernardo que siempre cuidaba de las jóvenes en sus paseos. Había surgido ante ella la visión juvenil de un posible futuro que ansiaba con trémula esperanza, y quería vagar por ese futuro imaginario sin que la interrumpieran. Caminó con paso ligero en el fresco aire; el color fue sonrosándole las mejillas y el sombrero de paja (que nuestros contemporáneos podrían observar con curiosidad como una obsoleta forma de cesto) un poco caído hacia atrás. Tal vez no estuviera suficientemente caracterizada si se omitiera que llevaba el pelo castaño tirante, recogido en trenzas que se enroscaban detrás, de forma que la silueta de la cabeza quedaba atrevidamente expuesta en una época en la que el sentir público exigía que la mediocridad de la naturaleza se disimulara con altas barricadas de rizos y lazos, nunca superadas por ninguna gran raza salvo la melanésica.

Era esta una característica del ascetismo de la señorita Brooke. Pero no había ni rastro de la expresión de un asceta en los grandes ojos brillantes que miraban hacia adelante, y sin ver conscientemente, absorbían dentro de la intensidad de su ánimo la gloria solemne de la tarde, con sus largas bandas de luz entre las lejanas hileras de tilos, cuyas sombras se tocaban.

Todas las personas, jóvenes y mayores (es decir, todos las personas en aquellos tiempos anteriores a la reforma), la hubieran considerado un objeto interesante de haber atribuido el ardor en sus ojos y mejillas a las recientemente despertadas imágenes usuales del amor joven: la poesía ha consagrado suficientemente las ilusiones de Cloe por Estrefón, como debe consagrarse la patética hermosura de toda confianza espontánea. La señorita Pippin adorando al joven Pumpkin y soñando con interminables horizontes de apetecida compañía constituía un pequeño drama que jamás cansaba a nuestros padres y que había adoptado un sinfín de formas. Bastaba con que Pumpkin tuviera una figura que aguantara las desventajas del frac, con su talle alto, para que todo el mundo encontrara no sólo natural sino necesario para la perfección del estado de ser mujer, que una dulce joven se convenciera al momento de la virtud de aquél, de su excepcional habilidad y, sobre todo, de su absoluta sinceridad. Pero quizá nadie que viviera entonces, sin duda nadie que viviera en Tipton, hubiera comprendido los sueños de una joven cuya idea del matrimonio venía totalmente coloreada por un exaltado entusiasmo acerca de los fines de la vida, un entusiasmo encendido principalmente por su propio fuego y que no incluía ni las delicadezas de un ajuar, ni el dibujo de la vajilla ni tan siquiera los honores y las dulces alegrías de la radiante esposa.

Se le había ahora ocurrido a Dorothea que el señor Casaubon pudiera querer hacerla su esposa, y la idea de que así fuera la enternecía con una especie de reverente gratitud. ¡Qué bondad la suya! ¡Era casi como si un mensajero alado se hubiera de pronto detenido a su lado y extendiera hacia ella sus manos! Durante un buen rato se había sentido oprimida por la confusión que pendía en su mente, como una espesa neblina de verano, respecto de su deseo de hacer de su vida algo muy eficaz. ¿Qué podía hacer, qué debía hacer ella, poco más que una mujer en ciernes, y sin embargo poseedora de una conciencia activa y una gran necesidad mental, que no se iba a ver satisfecha con una educación de jovencitas comparable a los mordisquillos y juicios de un ratón discursivo? Con cierta dosis de estupidez y presunción, hubiera podido pensar que una joven cristiana con fortuna debiera encontrar su ideal de vida en las obras benéficas del pueblo, en el patrocinio del clero más humilde, en la lectura atenta de Personajes femeninos de las Escrituras, desplegando la experiencia íntima de Sara según la ley Mosaica y de Dorcas según el Evangelio, cuidando de su alma bordando en su propio tocador, y todo ello con el telón de fondo de un eventual matrimonio con un hombre que, si bien menos severo que ella en cuanto a su involucración en asuntos religiosamente explicables, pudiera ser objeto de sus oraciones y exhortado oportunamente. Pero este conformismo le estaba vedado a la pobre Dorothea. La intensidad de su disposición religiosa, la coacción que ejercía sobre su vida, era tan sólo un aspecto de una naturaleza ardiente, teórica e intelectualmente consecuente; y con una naturaleza así, forcejeando en el carril de una educación estrecha, encerrada por una vida social que no parecía ofrecer más que un laberinto de insignificantes vías, una cercada confusión de pequeños caminos que no llevaban a ninguna parte, el resultado no podía por menos que parecer exageración al tiempo que inconsistencia. Quería justificar con el conocimiento más completo aquello que a ella le parecía lo mejor y no vivir en una fingida aceptación de reglas según las que jamás se actuaba. En esta ansiedad anímica se vertía por el momento toda su pasión juvenil; la unión que la atraía era aquella que la rescataría de la sujeción adolescente a su propia ignorancia y le proporcionaría la libertad de la sumisión voluntaria a un guía que la llevara por la senda más grandiosa.

«Lo aprendería todo» -se decía a sí misma, mientras avanzaba con rapidez por el camino de herradura que cruzaba el bosque. «Tendría la obligación de estudiar a fin de ayudarle más en sus grandes obras. Nuestras vidas no tendrían nada de trivial. Las cosas cotidianas serían para nosotros las más importantes. Sería como casarse con Pascal. Aprendería ayer la verdad a la misma luz que los grandes hombres. Y sabría lo que debería hacer, cuando fuera más mayor; vería cómo era posible llevar una vida importante aquí, ahora, en Inglaterra. Hoy por hoy no tengo la seguridad de estar haciendo ningún tipo de bien; todo parece como si me enfrentara a una misión con gentes cuya lengua desconozco, -salvo el construir buenas viviendas, claro. ¡Cómo me gustaría conseguir que la gente de Lowick estuviera bien alojada! Dibujaré diversos planos mientras tengo tiempo.»

Dorothea se contuvo de pronto, reprochándose la presunción con que contaba con sucesos inciertos, pero la aparición en una curva del sendero de un jinete al trote le evitó cualquier esfuerzo interior por desviar la dirección de sus pensamientos. El cuidado alazán y los dos setters no permitían dudar de que el jinete era Sir James Chettam. Vio a Dorothea, desmontó al punto del caballo y tras dárselo al mozo, avanzó hacia ella sosteniendo en el brazo algo blanco que provocaba el animado ladrido de los dos setters.

-¡Qué maravilloso encontrarla, señorita Brooke! -dijo, levantando el sombrero y dejando ver el cabello rubio y levemente ondulado-. Esto me adelanta el placer que esperaba.

A la señorita Brooke le molestó la interrupción. Este afable baronet, un muy adecuado marido para Celia, exageraba la necesidad de hacerse agradable a la hermana mayor. Incluso un posible cuñado puede resultar una opresión si continuamente presupone un entendimiento demasiado bueno contigo, y está de acuerdo aun cuando le contradices. El pensamiento de que el baronet había incurrido en el error de cortejarla a ella no podía tomar forma: Dorothea empleaba toda su actividad mental en creencias de otro tipo. En cualquier caso, en este momento resultaba de todo punto inoportuno y sus manos llenas de hoyuelos harto desagradables. La irritación la hizo sonrojarse al devolverle el saludo con cierta altivez.

Sir James interpretó el rubor de la manera más gratificante para él y pensó que nunca había visto a la señorita Brooke tan hermosa.

-He traído un pequeño solicitante -dijo-, o mejor dicho, lo traigo para ver si se le admite antes de que se exponga su solicitud.

Mostró el objeto blanco que llevaba bajo el brazo: era un diminuto cachorro maltés, uno de los juguetes más ingenuos de la naturaleza.

-Me duele ver estas criaturas que se crían para servir de mero capricho -dijo Dorothea, cuya opinión se forjaba en ese mismo instante (como suele ocurrir) bajo el influjo de la irritación.

-Pero, ¿por qué? -preguntó Sir James mientras continuaba andando.

-Creo que a pesar de todos los mimos que se les dispensan, no son felices. Son demasiado desvalidos, sus vidas son demasiado frágiles. Una comadreja o un ratón que se procura su propio sustento es más interesante. Quiero pensar que los animales que nos rodean tienen almas algo similares a las nuestras, y o bien llevan a cabo sus pequeños quehaceres o nos hacen compañía, como Monk. Pero esos animales son parásitos.

-Cómo me alegro de saber que no le gustan -dijo el bueno de Sir James. Yo nunca tendría uno, pero a las damas les suelen gustar estos perros malteses. Toma, John, llévate este perro, ¿quieres?

El censurable cachorro, cuyo morro y ojos eran igualmente negros y expresivos, fue de este modo quitado de en medio, puesto que la señorita Brooke había decidido la conveniencia de que no hubiera nacido. Pero sintió la necesidad de explicarse.

-No debe juzgar los sentimientos de Celia por los míos. Creo que a ella sí le gustan estos animalillos. Tuvo un pequeño terrier una vez, al cual quería mucho. A mí me entristecía porque temía pisarlo. Soy bastante corta de vista.

-Siempre tiene su propia opinión de las cosas, señorita Brooke, y siempre es una opinión buena.

¿Qué posible respuesta había para tan necio piropeo? -Sabe, la envidio en eso -dijo Sir James mientras proseguían al paso rápido que marcaba Dorothea.

-No entiendo bien lo que quiere decir.

-Su capacidad de formarse una opinión. Yo puedo hacerlo con las personas. Sé cuándo me gustan. Pero en otros temas, créame, a menudo me cuesta decidir. Se oyen cosas muy sensatas desde posturas enfrentadas.

-O se nos antojan sensatas. Tal vez no distingamos siempre entre lo sensato y lo insensato.

Dorothea sintió que estaba siendo descortés.

-En efecto -dijo Sir James-, pero usted sí parece tener la capacidad de distinguir.

-Al contrario. A menudo soy incapaz de decidir. Pero eso es por ignorancia. La conclusión correcta está ahí de todos modos, aunque yo sea incapaz de verla.

-Creo que muy pocos la verían con más rapidez. Sabe, Lovegood me decía ayer que tiene usted la mejor idea del mundo para un plan de viviendas -pensaba que era algo asombroso, viniendo de una joven. De verdadero genus, para emplear su expresión. Dijo que usted quería que el señor Brooke construyera otro grupo de casitas, pero le daba la impresión de que era improbable que su tío consintiera. Verá, esa es una de las cosas que yo quiero hacer, me refiero en mi propia finca. Estaría encantado de llevar a cabo ese plan suyo, si me dejara verlo. Ya sé que es enterrar el dinero, por eso la gente pone pegas. Los trabajadores nunca podrán pagar un alquiler que lo haga rentable. Pero al fin y al cabo, merece la pena hacerlo.

-¡Pues claro que merece la pena! -dijo Dorothea con energía, olvidando su leve irritación previa-. Creo que todos aquellos que permitimos que los arrendatarios vivan en esas pocilgas que vemos a nuestro alrededor merecemos que nos echen de nuestras hermosas casas con un látigo de pequeñas colas. Su vida en sus casitas podría ser más feliz que la nuestra si fueran auténticas casas, dignas de seres humanos de quienes esperamos obligaciones y afecto.

-¿Me enseñará sus planos?

-Sí, por supuesto que sí. Supongo que tendrán muchos defectos. Pero he examinado todos los planos de casitas en el libro de Loudon y he escogido lo que me ha parecido mejor. ¡Cómo me alegraría iniciar aquí el modelo! Creo que en lugar de tener a Lázaro a la puerta, lo que debiéramos desterrar son esas casuchas como pocilgas.

Dorothea estaba de un humor excelente ahora. Sir james, como cuñado, construyendo en su hacienda casitas modelo, y luego, tal vez, otras construidas en Lowick, y más y más imitaciones en otros lugares ¡sería como si el espíritu de Oberlin(4) hubiera pasado por los municipios embelleciendo la pobreza!

Sir james vio todos los planos y se llevó uno sobre el que consultar a Lovegood. También se llevó una complacida sensación de estar haciendo grandes progresos con respecto a la buena opinión de la señorita Brooke. No se le ofreció a Celia el cachorro maltés, omisión que Dorothea recordó posteriormente con sorpresa, pero por la cual se culpó a sí misma: había monopolizado a Sir James. Aunque, después de todo, era un alivio el que no existiera cachorro que pudiera pisarse.

(4) J. F. Oberlin (1770-1826), Filántropo alsaciano.

Celia estaba presente mientras se examinaron los planos y observó el entusiasmo de Sir james. «Piensa que a Dodo le interesa y a ella sólo le interesan sus planos. Y sin embargo, no estoy segura de que le rechazara si pensara que la iba a dejar organizarlo todo y llevar a cabo sus ideas. ¡Y qué incómodo estaría Sir James! ¡Cómo aborrezco las ideas!

Recrearse en este aborrecimiento era el lujo privado de Celia. No osaba confesárselo a su hermana abiertamente, pues ello significaría exponerse a una demostración de que, de una u otra forma, estaba en lucha con la bondad. Pero cuando las oportunidades no eran peligrosas, tenía un modo indirecto de comunicarle a Dorothea su conocimiento negativo y de apearla de su éxtasis recordándole que la gente estaba atónita y no atenta. Celia no era impulsiva: lo que tuviera que decir podía esperar, y siempre lo manifestaba con la misma serena y escueta ecuanimidad. Cuando la gente hablaba con energía y énfasis, ella se limitaba a observarles el rostro y los gestos. No entendía cómo gente educada se avenía a cantar y abrir las bocas en la ridícula manera que ese ejercicio vocal exigía.

No habían transcurrido muchos días cuando el señor Casaubon volvió de visita una mañana, durante la cual se le invitó de nuevo a cenar y a pasar la noche a la semana siguiente. Así, Dorothea sostuvo otras tres conversaciones con él, y quedó convencida de que sus primeras impresiones habían sido justas. Era todo cuanto se imaginó desde un principio: casi todo lo que decía parecía un espécimen de una mina, o la inscripción en la puerta de un museo que podría dar paso a los tesoros de épocas pasadas. Esta confianza en su riqueza mental ahondaba y profundizaba tanto más la inclinación de Dorothea, puesto que ahora era obvio que ella era el motivo de las visitas. Este hombre educado tenía la condescendencia de pensar en una joven, y tomarse las molestias de hablar con ella, no con piropos absurdos, sino apelando a su entendimiento, y, en ocasiones, aportando ayuda constructiva. ¡Qué maravillosa compañía! El señor Casaubon parecía incluso inconsciente de la existencia de las trivialidades, y nunca dispensaba ese charloteo de los hombres pesados que es igual de aceptable que el pastel de bodas con olor a armario. Hablaba de aquello que le interesaba, o permanecía en silencio, inclinando la cabeza con educada tristeza. Esto le parecía a Dorothea una autenticidad adorable y una abstinencia religiosa de la artificiosidad que desgasta el alma con esfuerzos de fingimiento. Admiraba la superior elevación religiosa del señor Casaubon con la misma reverencia que admiraba su inteligencia y sabiduría. Él asentía a sus expresiones de devoción y, por lo general, añadía una cita adecuada; se permitió decir que había experimentado algunos conflictos espirituales en su juventud; en resumen, Dorothea vio que en este punto podía contar con comprensión y consejo. En uno, y solamente en uno, de sus temas favoritos quedó defraudada. Al señor Casaubon no pareció interesarle la construcción de casitas y desvió la conversación hacia la extremada estrechez que tenían las viviendas de los antiguos egipcios, como si frenara un nivel en exceso alto. Cuando se hubo marchado, Dorothea reflexionó con inquietud sobre esta indiferencia que el señor Casaubon había mostrado, ejercitó mucho la mente con argumentos extraídos de las diferentes condiciones climáticas que modifican las necesidades humanas y de la reconocida maldad de los déspotas paganos. ¿No debería exponerle al señor Casaubon estos argumentos cuando viniera de nuevo? Pero una mayor reflexión le indicó que sería una presunción el exigir su atención sobre tal tema; no podría desaprobar el que ella se ocupara de esto en momentos de ocio, como otras mujeres se ocupaban de sus bordados y vestidos; no se lo impediría cuando... Dorothea se sintió avergonzada al sorprenderse especulando de esta forma. Pero su tío había sido invitado a pasar un par de días en Lowick. ¿Era razonable suponer que el señor Casaubon disfrutaba con la compañía del señor Brooke en sí misma, con o sin documentos?

Entretanto, esa pequeña desilusión la hizo disfrutar tanto más de la disposición de Sir James Chettam por poner en marcha las mejoras deseadas. Venía con mucha mayor frecuencia que el señor Casaubon y Dorothea dejó de encontrarle desagradable desde que se mostrara más serio; había entrado con gran habilidad práctica en las cuentas de Lovegood y se mostraba encantadoramente dócil. Dorothea proponía construir un par de casitas a las cuales cambiar dos familias cuyas viejas casuchas podrían entonces derribarse para construir otras nuevas en su lugar. «En efecto», dijo Sir James, y Dorothea le tomó muy bien la palabra.

Verdaderamente, estos hombres que tenían tan escasas ideas espontáneas podían resultar miembros muy útiles de la sociedad bajo una adecuada dirección femenina... ¡si acertaban con la elección de sus cuñadas! Es difícil decir si no había cierta terquedad en su sostenida ceguera ante la posibilidad de que otro tipo de elección estuviera sobre el tapete con relación a ella. Pero en este momento, la vida de Dorothea estaba llena de esperanza y actividad: no sólo pensaba en sus planos, sino que estaba sacando muchos libros eruditos de la biblioteca y leyendo precipitadamente muchas cosas (a fin de poderse mostrar un poco menos ignorante al hablar con el señor Casaubon), mientras no cesaban de atenazarla serias dudas respecto de si no estaría sobrevalorando estos pequeños quehaceres, contemplándolos con esa complacencia que es el destino final de la ignorancia y la estupidez.