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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 37.
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«Feliz aquella que está tan segura
De sí misma, tranquilo el corazón,
Que no le tienta nada el mejorar,
Ni siente miedo que ocurra lo peor,
Sino que cual navío con firmeza
Divide de las olas el furor
Y mantiene su curso invariable:
No la aparta de él la tempestad,
Ni los falsos halagos del buen tiempo.
Esta seguridad no ha de temer
El rencor de los tercos enemigos,
Ni el favor de los amigos buscar;
Sino que en su firme estabilidad
No se inclina ni por uno ni por otro.
Feliz aquella que está tan segura,
Y más feliz aquél a quien quiera ella.»
(SPENSER.)

La duda apuntada por el señor Vincy de si tan sólo se trataba de las elecciones generales o era el fin del mundo lo que se avecinaba, ahora que había muerto Jorge IV, que el Parlamento se había disuelto, que Wellington y Peele se encontraban generalizadamente desprestigiados y que el nuevo rey se deshacía en excusas, era una débil muestra de las incertidumbres de la vida de provincias del momento. A la mortecina luz de las casas rurales, ¿cómo iban las gentes a discernir sus propios pensamientos en medio de la confusión de un gobierno conservador que adoptaba medidas liberales, de nobles y electores conservadores que ansiaban elegir a liberales antes que a los amigos de los ministros desleales, y del griterío exigiendo remedios que parecían tener una connotación misteriosamente remota con intereses privados y resultaban sospechosos por el apoyo de vecinos desagradables? Los compradores de los periódicos de Middlemarch se encontraban en una situación anómala: durante la conmoción respecto a la cuestión católica, muchos habían repudiado el Pioneer (que llevaba un lema de Charles James Fox(1) e iba en el carro del progreso) por haber tomado partido con Peel acerca de los papistas, mancillando así su liberalismo al tolerar el jesuitismo y a Baal. Pero estaban poco satisfechos con el Trumpet, el cual, a partir de sus aldabonazos contra Roma y en medio de la flaccidez generalizada de la opinión pública (nadie sabía quién apoyaría a quién) había debilitado sus soplidos.

Era un periodo, según un destacado artículo del Pioneer, en el que las acuciantes necesidades del país bien pudieran contrarrestar una reticencia por la acción pública de parte de aquellos hombres cuyas mentes habían adquirido, debido a una larga experiencia, amplitud además de concentración, decisión además de tolerancia, despego además de energía; en resumen, todas esas cualidades que en la melancólica experiencia de la humanidad han sido las menos dispuestas a compartir vivienda.

Al señor Hackbutt, cuya fluida verborrea se extendía con más amplitud que de costumbre en esos tiempos y dejaba mucha incertidumbre respecto de su cauce último, se le oyó decir en la oficina del señor Hawley que el artículo en cuestión «emanaba» de Brooke de Tipton, y que Brooke había comprado en secreto el Pioneer hacía unos meses.

-Eso significa alguna diablura, ¿no? -dijo el señor Hawley-. Ahora tiene el capricho de ser un personaje popular, después de pendulear aquí y allí como una tortuga extraviada. Peor para él. Le tengo echado el ojo desde hace tiempo. Vamos a zarandearle. Es un nefasto terrateniente. ¿Quién la mandará a un viejete rural barbillear a una panda de ciudadanos insignificantes? En cuanto a su periódico, espero que sea él mismo el que lo escribe. Valdría la pena lo que cuesta.

-Tengo entendido que tiene a un joven brillante que se lo dirige, que escribe artículos de fondo de la mejor calidad, a la altura de cualquier periódico londinense. Tiene la intención de comprometerse mucho en lo de la reforma.

-Lo que tiene que hacer Brooke es reformar sus alquileres; es un maldito tacaño y todos los edificios de su hacienda

(1) Charles James Fox (1749-1806), estadista y orador inglés del partido de los «Whigs» o liberales.

se están yendo al traste. Supongo que este jovenzuelo será algún rebotado de Londres.

-Se llama Ladislaw. Dicen que es descendiente de extranjeros.

-Conozco el tipo -dijo el señor Hawley-, será un infiltrado. Empezará aparatosamente con los derechos del hombre y acabará asesinando a alguna joven. Ese es el estilo.

-Debe admitir que hay abusos, Hawley -dijo el señor Hackbutt, vislumbrando un desacuerdo político con su abogado-. Yo mismo jamás apoyaría puntos de vista extremados, de hecho estoy con Huskisson, pero no puedo hacerme el sordo ante las consideraciones de que la no representación de las grandes ciudades...

-¡Al diablo con las grandes ciudades! -exclamó el señor Hawley, impaciente ante las largas exposiciones-. Sé un poco demasiado respecto a las elecciones de Middlemarch. Aunque anularan mañana todos los condados controlados por un solo individuo e incluyeran todas las ciudades crecientes del reino, sólo aumentarían los gastos para entrar en el Parlamento. Me baso en hechos.

La aversión del señor Hawley ante la idea de que el Pioneer estuviera dirigido por un espía y de que Brooke se convirtiera en un político activo -como si una tortuga de indecisa trayectoria asomara con ambición su pequeña cabeza y deviniera rampante- apenas alcanzaba la irritación sentida por algunos miembros de la propia familia de Brooke. El resultado había ido supurando gradualmente, como el descubrimiento de que un vecino ha instalado una desagradable industria que estará permanentemente bajo nuestra nariz sin que contra ello haya remedio legal. El Pioneer se había comprado en secreto incluso antes de la llegada de Will Ladislaw, habiéndose presentado la oportunidad esperada en la disposición del dueño a deshacerse de una valiosa propiedad que no era rentable, y en el intervalo desde que el señor Brooke escribiera su invitación, habían ido creciendo a cubierto esas ideas iniciales de dar a conocer al mundo sus ideas, algo que el señor Brooke llevaba dentro desde sus años mozos, pero que hasta el momento permaneciera soterrado.

El proyecto recibió un gran empuje por lo gratificante de su huésped, que resultó ser aún más satisfactorio de lo que el señor Brooke anticipara. Will no sólo parecía encontrarse totalmente en casa en aquellos temas artísticos y literarios que el señor Brooke tratara en tiempos, sino que era extraordinariamente ágil en captar los aspectos interesantes de la situación política y tratarlos con ese espíritu amplio que, ayudado por una memoria adecuada, se presta a la cita y a la efectividad general del tratamiento.

-Se me antoja una especie de Shelley, ¿saben? -aprovechó la oportunidad de decir el señor Brooke pensando complacer al señor Casaubon-. No me refiero en sentido inconveniente de relajo o ateísmo o nada parecido. Estoy seguro que los sentimientos de Ladislaw son buenos..., estuvimos hablando un rato largo anoche. Pero tiene el mismo tipo de entusiasmo por la libertad, la independencia, la emancipación..., buena cosa si está bien dirigida ¿verdad? Creo que podré encauzarle bien; y me complace tanto más, puesto que es un pariente suyo, Casaubon.

Si encauzarle bien significaba algo más concreto que el resto del discurso del señor Brooke, el señor Casaubon confiaba en silencio que ello se refiriera a algún quehacer a gran distancia de Lowick. No le había gustado Will mientras le estuvo ayudando, pero había comenzado a gustarle aún menos desde que rechazara su ayuda. Así somos cuando albergamos en nuestro carácter algún atisbo de envidia: si nuestros talentos son principalmente del tipo poceador, nuestro primo libador (y que suscita nuestro reparo por serios motivos) suele despreciarnos interiormente, y cualquiera que le admire a él está haciendo de nosotros mismos una crítica lateral. Abrigando nuestra alma los escrúpulos de la rectitud, estamos por encima de la mezquindad de perjudicarle, más bien nos encaramos a sus merecidas reclamaciones con subsidios activos, y el firmarle cheques, al darnos una superioridad que él está obligado a reconocer, dota a nuestra amargura de una infusión más suave. Resultaba que ahora se le había privado al señor Casaubon de esa superioridad (limitada ahora sólo a un recuerdo) de forma repentina y caprichosa. Su antipatía por Will no surgía de la vulgar envidia de un marido otoñal; era algo más profundo, fruto de sus eternas exigencias y descontentos, y Dorothea, ahora que se hallaba presente, Dorothea, como joven esposa que había demostrado una ofensiva capacidad de crítica, necesariamente daba concreción al malestar que antes había sido indefinido.

Por su parte, Will Ladislaw sentía que su antipatía aumentaba a costa de su gratitud e invertía mucho pensamiento interno en justificar esa aversión. Sabía muy bien que Casaubon le odiaba; percibió desde su primer encuentro una amargura en los labios y un veneno en la mirada que casi hubiera justificado la declaración de guerra a pesar de los beneficios anteriores. En el pasado había estado muy en deuda con Casaubon, pero verdaderamente, el hecho de casarse con esta esposa contrarrestaba esa deuda; era una cuestión de si la gratitud que se refiere a lo que hacen por uno, no debiera ceder el paso a la indignación ante lo que se hace contra otro. Y Casaubon había perjudicado á Dorothea casándose con ella. Un hombre debería conocerse mejor y si quería desarrollar huesos grises y crujidores en una cueva, nadie le mandaba engatusar a una joven para que le acompañara. «Es el más horrible de los sacrificios de vírgenes», se decía Will a sí mismo al imaginarse el interno pesar de Dorothea como si estuviera escribiendo un lamento del coro. Pero permanecería cerca de ella, cuidaría de ella..., aunque tuviera que renunciar a todo en esta vida, la cuidaría, y ella sabría que tenía un esclavo en el mundo. Will poseía, empleando la frase de Sir Thomas Browne(2), una «apasionada prodigalidad» de afirmación tanto respecto de sí mismo como de otros. La pura verdad era que nada le tiraba tanto entonces como la presencia de Dorothea.

Pero las invitaciones formales habían escaseado, pues a Will no se le había invitado a Lowick. El señor Brooke, seguro de hacer todas aquellas cosas agradables que a Casaubon, pobrecillo, se le escapaban por estar demasiado ensimismado, había llevado a Ladislaw a Lowick en varias ocasiones (presentándole entretanto en otros lugares y a la menor oportunidad como «un joven pariente de Casaubon»). Y, aunque Will no había visto a Dorothea a solas, sus encuentros habían bastado para que ella recuperara la antigua sensación de juvenil compañerismo con alguien más inteligente y sin embargo dispuesto a dejarse influir por ella. La pobre Dorothea no había encontrado antes de su matrimonio muchas mentes receptivas a lo que más le importaba, y, como sabemos, tampoco había disfrutado de la educación

(2) Autor de Keligio Media (1642).

superior de su marido tanto como esperaba. Si se dirigía al señor Casaubon con vivo interés, él la escuchaba con aire de paciencia, como si estuviera citando del Delectau(3) que a él le era familiar desde su tierna infancia, mencionando en ocasiones con sequedad las sectas o personajes antiguos que habían mantenido ideas parecidas, como si ya fuera algo demasiado manido. Otras veces le comunicaba que estaba en un error, reafirmando lo que el comentario de Dorothea había puesto en duda.

Pero Will Ladislaw siempre parecía ver más en lo que ella decía que ella misma. Dorothea era poco vanidosa, pero tenía la necesidad de la mujer ardiente de gobernar beneficiosamente a base de alegrar a otra alma. De aquí que la mera oportunidad de ver a Will ocasionalmente era como una mirilla abierta en el muro de su prisión, proporcionándole una visión del aire soleado. Este placer empezó a anular su alarma inicial respecto de lo que su esposo pudiera opinar de la presentación de Will como huésped de su tío. Sobre este tema el señor Casaubon había permanecido mudo.

Pero Will quería hablar con Dorothea a solas y le impacientaban las circunstancias lentas. Por muy leve que fuera el intercambio terrenal entre Dante y Beatriz y Petrarca y Laura, el tiempo modifica la proporción de las cosas y en tiempos posteriores es preferible tener menos sonetos y más conversaciones. La necesidad disculpaba la estrategia, pero la estrategia estaba limitada por el terror a ofender a Dorothea. Por fin descubrió que quería hacer un boceto especial en Lowick y una mañana en la que el señor Brooke tenía que ir por esa carretera de camino a la ciudad, Will pidió que le apeara, con su cuaderno y su taburete, en Lowick, y sin anunciarse en la casa, se dispuso a dibujar desde una posición en la que forzosamente vería a Dorothea si salía a dar un paseo, y sabía que solía pasear una hora por la mañana.

Pero la estrategia se vio desmontada por el tiempo. Las nubes se acumularon con traicionera rapidez, cayó la lluvia y Will se vio obligado a refugiarse en la casa. Basándose en su relación de parentesco tenía la intención de pasar al salón y esperar allí sin que le anunciaran, y al ver a su antiguo conocido el mayordomo en la entrada, dijo:

(3) Antología de textos latinos o griegos.

-No diga que estoy aquí, Pratt. Esperaré hasta la hora de comer; sé que al señor Casaubon no le gusta que le interrumpan cuando está en la biblioteca.

-El señor ha salido; sólo está la señora Casaubon en la biblioteca. Iré a decirle que está usted aquí, señor -dijo Pratt, hombre de sonrosadas mejillas dado a la amena conversación con Tantripp y a menudo coincidiendo con ella en que debía de resultarle muy aburrido a la señora.

-Está bien. Esta maldita lluvia me ha impedido dibujar -dijo Will, sintiéndose tan feliz que simuló indiferencia con pasmosa facilidad.

Al minuto siguiente se encontraba en la biblioteca, y Dorothea salía a su encuentro esbozando su sonrisa dulce y espontánea.

-El señor Casaubon ha ido a casa del arcediano -dijo al punto-. No sé si volverá mucho antes de la hora de comer. Estaba inseguro respecto de cuánto tardaría. ¿Quería decirle algo en especial?

-No; viene a dibujar, pero la lluvia me ha obligado a entrar. De lo contrario no la hubiera molestado aún. Supuse que el señor Casaubon estaría aquí y sé que le disgustan las interrupciones a esta hora.

-Entonces estoy en deuda con la lluvia. Me alegro mucho de verle -Dorothea pronunció esas palabras comunes con la llana sinceridad de una criatura triste a quien visitan en el colegio.

-Lo cierto es que vine buscando la oportunidad de verla a solas -dijo Will, misteriosamente impulsado a ser tan llano como ella. No se detuvo para preguntarse ¿por qué no?-. Quería hablar de cosas, como hicimos en Roma. Siempre es distinto cuando hay gente delante.

-Sí -respondió Dorothea, con su tono claro, lleno de asentimiento-. Siéntese -ella tomó asiento en un sofá de otomán oscuro, los libros marrones a su espalda. Vestida con un sencillo traje de fina lana blanca y sin un sólo adorno encima salvando su anillo de boda, parecía como si hubiera hecho voto de ser distinta a las demás mujeres. Will se sentó enfrente de ella a dos metros de distancia; la luz le caía sobre el pelo rizado y el delicado, aunque petulante perfil, con sus desafiantes curvas de labios y mentón. Se miraron el uno al otro como si fueran dos flores que se abrían allí y en ese instante. Por un momento Dorothea olvidó la misteriosa irritación de su esposo por Will: hablar sin temor con la única persona receptiva que había hallado era como agua fresca para sus sedientos labios, pues al mirar hacia atrás a través de la tristeza exageraba un consuelo pasado.

-He pensado con frecuencia que me gustaría hablar de nuevo con usted -dijo al punto-. Me parece extraño la de cosas que le conté.

-Las recuerdo todas -respondió Will, invadida su alma del inexpresable gozo de sentir que se encontraba en presencia de una criatura que merecía que se la amara perfectamente. Pienso que sus propios sentimientos en ese momento eran perfectos, pues los mortales tenemos nuestros momentos divinos, cuando el amor se ve satisfecho en la plenitud del objeto adorado.

-He intentado aprender mucho desde que estuvimos en Roma -dijo Dorothea-. Sé leer un poco de latín y empiezo a entender una pizca de griego. Ahora puedo ayudar mejor al señor Casaubon. Puedo buscarle referencias y evitar que se canse la vista en muchas ocasiones. Pero es muy difícil ser erudito; parece como si la gente se desgastara en su búsqueda de los grandes pensamientos sin poderlos disfrutar por llegar a ellos demasiado extenuados.

-Si un hombre tiene la capacidad para grandes pensamientos, es probable que los alcance antes de su decrepitud -dijo Will, con irrefrenable presteza. Pero frente a ciertas sensibilidades, Dorothea era igualmente rápida y al ver el cambio en su rostro añadió inmediatamente-; pero es muy cierto que las mejores mentes a veces se fatigan en el proceso de elaboración de sus ideas.

-Usted me corrige -dijo Dorothea-. Me expresé mal. Debí decir que quienes tienen grandes pensamientos se agotan demasiado al plasmarlos. Ya desde niña me afectaba eso y siempre me pareció que me gustaría emplear mi vida en ayudar a alguien dedicado a las grandes tareas de manera que su carga se viera aliviada.

Dorothea se vio conducida hasta esta parcela de autobiografía sin la sensación de estar revelando nada. Pero jamás antes le había dicho a Will algo que esclareciera tanto su matrimonio. No se encogió de hombros y a falta de ese escape muscular pensó con mayor irritación en hermosos labios besando sagradas calaveras y otras necedades ensalzadas eclesiásticamente. También hubo de tener cuidado de que sus palabras no delataran ese pensamiento.

-Pero podría llevar esa ayuda demasiado lejos -dijo-, y agotarse usted misma. ¿No está demasiado encerrada? La veo más pálida. Sería mejor que el señor Casaubon tuviera un secretario; no le sería difícil encontrar a alguien que le hiciera la mitad del trabajo. Eso le ahorraría energías de manera más efectiva y usted sólo tendría que ayudarle de forma más llevadera.

-¿Cómo puede usted pensar eso? -exclamó Dorothea en tono amonestador-. No sería feliz si no le ayudara en su trabajo. ¿Qué haría si no? En Lowick no hay bien por hacer. Lo único que quisiera sería ayudarle aún más. Y le pone pegas a lo del secretario, así que le ruego que no lo vuelva a mencionar.

-Naturalmente que no, ahora que conozco su sentir a este respecto. Pero he oído al señor Brooke y a Sir James Chettam expresar idéntico deseo.

-Es cierto -dijo Dorothea-, pero ellos no lo entienden; quieren que monte mucho a caballo, y mande cambiar el jardín, y haga nuevos invernaderos, para ocupar mis días. Pensaba que usted entendería el que la mente tuviera otras necesidades -añadió con un toque de impaciencia-, además, el señor Casaubon no soporta oír hablar de un secretario.

-Mi error tiene su disculpa -respondió Will-. En otros tiempos estaba acostumbrado a oír hablar favorablemente al señor Casaubon de la idea de un secretario. Es más, me ofreció el puesto. Pero resulté no ser lo bastante bueno para él.

Dorothea intentaba extraer de esto una justificación para la evidente repulsa de su marido, y con juguetona sonrisa contestó:

-No era usted un trabajador lo suficientemente tenaz. -Pues no -dijo Will, sacudiendo hacia atrás la cabeza un poco al estilo de un caballo brioso. Y entonces, el viejo e irritable demonio le impulsó a pellizcar de nuevo las apolilladas alas del señor Casaubon y continuó-: y desde entonces he observado que al señor Casaubon le disgusta que nadie revise su trabajo y sepa a fondo lo que está haciendo. Está dudoso e indeciso sobre sí mismo. Puede que yo no sirva para mucho, pero le disgusto porque disiento de él.

Will no carecía de la intención de ser siempre generoso, pero nuestras lenguas son pequeños gatillos que con frecuencia se ven apretados antes de que se puedan imponer nuestras intenciones generales. Y resultaba demasiado intolerable no poder justificar ante Dorothea la aversión que el señor Casaubon sentía por él. Sin embargo, cuando hubo concluido se sintió inquieto por el efecto que en ella causarían sus palabras.

Pero Dorothea guardó un extraño silencio, sin indignarse de inmediato como había ocurrido en una situación parecida en Roma. Y la razón se encontraba a mucha profundidad. Ya no luchaba contra la percepción de los hechos sino que se estaba ajustando a su total reconocimiento, y ahora, cuando miraba sin titubeos el fracaso de su marido, y sobre todo la posible conciencia de fracaso que él tuviera, parecía mirar por la senda donde el deber se convierte en ternura. Tal vez la indiscreción de Will hubiera tropezado con una mayor severidad si la aversión que por él sentía su esposo no le hubiera recomendado de antemano a su piedad (lo cual debió resultarle doloroso hasta descubrir la razón).

No respondió de inmediato, pero después de bajar la vista meditativamente dijo con seriedad:

-Al menos en cuanto concierne a sus actos, el señor Casaubon debió vencer su aversión hacia usted, y eso es de admirar.

-Sí; ha mostrado un sentimiento de justicia en los asuntos familiares. Fue una infamia que a mi abuela la desheredaran por hacer lo que llamaban una mésalliance, aunque no había nada en contra de su marido salvo que era un refugiado polaco que se ganaba la vida dando clases.

-¡Cómo me gustaría saber de ella! -dijo Dorothea-. Me pregunto cómo encajó el cambio de riqueza a pobreza. ¿Fue feliz con su esposo? ¿Sabe usted mucho de ellos?

-No; sólo que mi abuelo era un patriota, un hombre espabilado, que hablaba varios idiomas, con sentido musical, y que se mantenía dando clases de todo tipo de cosas. Ambos murieron bastante pronto. Y nunca supe mucho de mi padre, salvo lo que me contó mi madre; pero heredó los talentos musicales. Recuerdo su andar pausado y sus largas manos, y hay un día que tengo grabado, cuando yacía enfermo y yo tenía mucha hambre y sólo quedaba un poco de pan. -¡Qué vida tan distinta de la mía! -dijo Dorothea, con vivo intéres, juntando las manos sobre el regazo-. Siempre he tenido demasiado de todo. Pero cuénteme cómo fue..., el señor Casaubon no debía conocerle entonces.

-No, pero mi padre se había dado a conocer al señor Casaubon y ese fue el último día que pasé hambre. Mi padre murió al poco tiempo y a mi madre y a mí nos cuidaron bien. El señor Casaubon siempre lo reconoció como su obligación el cuidar de nosotros dada la cruel injusticia mostrada hacia la hermana de su madre. Pero ahora le estoy contando algo que ya conoce.

En su fuero interno Will era consciente de que deseaba contarle a Dorothea lo que era bastante nuevo incluso para su interpretación de la cosas, a saber, que el señor Casaubon no había hecho más por él que saldar una deuda. Will era demasiado buena persona para sentirse cómodo en la ingratitud. Y cuando la gratitud se ha convertido en una cuestión de razonamiento, hay muchas formas de escapar a sus lazos.

-No -respondió Dorothea-; el señor Casaubon siempre ha evitado recrearse en sus actos encomiables -no sintió que la conducta de su esposo estuviera siendo depreciada, pero esta idea de lo que la justicia había exigido en sus relaciones con Will Ladislaw se le quedó aferrada a la mente. Tras una breve pausa añadió-: nunca me dijo que mantuviera a su madre. ¿Vive aún?

-No, murió en un accidente, una caída, hace cuatro años. Es curioso que mi madre también se marchara de casa, aunque no a causa de un marido. Nunca me quiso decir nada de su familia, salvo que la abandonó para seguir su camino, el teatro. Era una criatura de ojos oscuros, y cabello rizado que no parecía envejecer. Como ve, tengo sangre rebelde por ambos lados -concluyó Will, sonriendo a Dorothea alegremente mientras ella seguía mirando de frente fijamente con expresión seria, como un niño que ve un drama por primera vez.

Pero también en su rostro irrumpió una sonrisa al decir. -Supongo que esa será su disculpa por haber sido bastante rebelde a su vez; me refiero de acuerdo con los deseos del señor Casaubon. Debe recordar que no ha hecho usted lo que él creía más conveniente para usted. Y si no le gusta usted -hablaba de aversión hace un ratito-, aunque yo diría más bien si él ha mostrado hacia usted algún sentimiento de dolor, debe tener en cuenta lo sensible que se ha vuelto con el desgaste que supone el estudio. Tal vez -continuó en tono suplicante-, mi tío no le haya explicado cuán seria fue la enfermedad del señor Casaubon. Sería quisquilloso por nuestra parte, que estamos sanos y podemos sobrellevar las cosas, el hacer un mundo de las pequeñas ofensas que nos inflingen quienes soportan el peso del tormento.

-Me ha dado una lección -dijo Will-. No volveré a gruñir sobre ese tema -había en su tono una dulzura que procedía de la inconfesable felicidad de ver (de lo que Dorothea apenas era consciente) que había emprendido el viaje hacia la lejanía de la pura piedad y lealtad hacia su marido. Will estaba dispuesto a adorar esa piedad y lealtad si Dorothea se asociaba con él al manifestarlas-. He sido perverso a veces -continuó-, pero nunca más, si puedo evitarlo, haré ni diré nada que usted desapruebe.

-Eso es ser muy bueno -contestó Dorothea, con otra sonrisa abierta-. Así tendré un pequeño reino donde poder dar órdenes. Pero me imagino que pronto se alejará de mi férula. Pronto se cansará de estar en Tipton Grange.

-Ese es un tema del que quería hablarle, una de las razones por las que quería hablar con usted a solas. El señor Brooke propone que me quede en el vecindario. Ha comprado uno de los periódicos de Middlemarch y desea que lo lleve, así como que le ayude en otros menesteres.

-¿No significaría eso sacrificar mejores perspectivas? .jpreguntó Dorothea.

-Quizá, pero siempre me han achacado el pensar en las perspectivas y no decidirme por nada. Y aquí se me ha ofrecido algo. Si usted no desea que lo acepte, lo rechazaré. De otro modo preferiría quedarme en esta parte del país y no marcharme. No pertenezco a nadie en ninguna parte.

-Me gustaría mucho que se quedara -respondió Dorothea inmediatamente, con la presteza y sencillez con la que hablara en Roma. No había ni sombra de motivo por el momento que le impidiera manifestarlo.

-En ese caso me quedaré -dijo Ladislaw, sacudiendo la cabeza hacia atrás, levantándose y dirigiéndose a la ventana como para ver si la lluvia había parado.

Pero al instante siguiente y conforme a un hábito que gradualmente se iba afianzando en ella, Dorothea empezó a reflexionar que su esposo tenía otros sentimientos diferentes a los de ella y se sonrojó vivamente ante la doble violencia de haber expresado algo que pudiera estar en contra de los deseos de su marido y de tenerle que sugerir esta oposición a Will. No tenía el rostro vuelto hacia ella y eso facilitó el que dijera:

-Pero mi opinión sobre este tema cuenta poco. Creo que debería dejarse aconsejar por el señor Casaubon. Hablé pensando sólo en mis propios sentimientos, lo cual no tiene nada que ver con la verdadera cuestión. Pero ahora se me ocurre que tal vez el señor Casaubon no considere adecuada la propuesta. ¿No puede esperar y mencionárselo?

-Hoy no puedo esperar -dijo Will, interiormente asustado ante la posibilidad de que entrara el señor Casaubon-. La lluvia ha parado. Le dije al señor Brooke que no me recogiera, que prefería andar las cinco millas. Cruzaré por Halsell Cammon para ver cómo brilla la hierba mojada. Me gusta.

Se acercó a ella para darle la mano precipitadamente, deseando decir sin atreverse: «No mencione el tema al señor Casaubon.» No, no se atrevía, no podía decirlo. Pedirle que fuera menos llana y directa sería como empañar con el aliento el cristal a través del cual se quiere ver. Y siempre acechaba el otro gran temor, de empañarse él mismo y resultar opaco a sus ojos.

-Me hubiera gustado que se quedara -dijo Dorothea, con leve tristeza, al levantarse y extender la mano. Ella tenía unos pensamientos que no quería manifestar: Will no debía demorarse en consultar los deseos del señor Casaubon, pero que ella le presionara podría parecer un indebido autoritarismo.

De modo que dijeron simplemente «adiós» y Will abandonó la casa, encaminándose hacia los prados para evitar el riesgo de encontrarse con el carruaje del señor Casaubon el cual, sin embargo, no entró por la verja hasta las cuatro. Era una hora impropia de llegar a casa: demasiado temprano para lograr el apoyo moral bajo ennui de vestir su persona para la cena y demasiado tarde para desvestir su mente de la frivolidad del día y así preparase para zambullirse en la seriedad del estudio. En ocasiones semejantes solía tumbarse en un butacón en la biblioteca y dejar que Dorothea le leyera los periódicos londinenses mientras entornaba los ojos. Pero hoy rechazó ese consuelo con la observacion de que ya le habían saturado de detalles públicos. No obstante, habló con mayor viveza que de costumbre cuando Dorothea le preguntó por su fatiga, añadiendo con ese aire de esfuerzo formal que nunca le abandonaba, ni siquiera cuando no llevaba el chaleco y el corbatón:

-He tenido el gusto hoy de encontrarme con mi antiguo conocido, el doctor Spanning, y de ser alabado por alguien que, a su vez, es muy merecedor de alabanzas. Habló muy elogiosamente de mi reciente tratado sobre los misterios egipcios, utilizando términos que no sería apropiado que yo repitiera -al proferir la última frase el señor Casaubon se inclinó sobre el brazo de la butaca, moviendo la cabeza arriba y abajo, como si se tratara de un desahogo muscular en lugar de la recapitulación que no hubiera sido apropiada.

-Me alegro mucho de que hayas tenido esa satisfacción -dijo Dorothea, encantada de ver a su esposo menos cansado de lo usual a esta hora-. Antes de que llegaras había estado lamentando que no hayas estado hoy aquí.

-¿Y eso por qué? -preguntó el señor Casaubon, recostándose de nuevo.

-Porque ha estado aquí el señor Ladislaw, y ha mencionado una propuesta de mi tío sobre la cual me gustaría conocer tu opinión -sintió que sus palabras preocupaban seriamente a su esposo. Incluso con su ignorancia del mundo, abrigaba la vaga sospecha de que el puesto que le habían ofrecido a Will no era acorde con sus conexiones familiares y evidentemente, el señor Casaubon tenía derecho a que le consultaran. Este no emitió una palabra, limitándose a inclinar la cabeza.

-Ya sabes que el tío tiene muchos proyectos. Parece que ha comprado uno de los periódicos de Middlemarch y le ha pedido al señor Ladislaw que se quede y lo dirija, además de ayudarle en otras cosas.

Dorothea miró a su esposo mientras hablaba, pero éste, tras parpadear inicialmente, había cerrado los ojos como para descansarlos, al tiempo que sus labios se tensaban.

-¿Qué opinas? -preguntó con cierta timidez tras una ligera pausa.

-¿Vino el señor Ladislaw ex profeso para pedir mi opinión? -preguntó el señor Casaubon, entreabriendo los ojos y lanzándole a Dorothea una afilada mirada. Se sentía muy incómoda respecto al punto por el que preguntaba, pero se limitó a enseriar su semblante sin desviar la mirada.

-No -respondió inmediatamente-, no dijo que viniera a pedir tu opinión. Pero cuando mencionó la propuesta es que esperaba que yo te lo dijera -el señor Casaubon guardó silencio-. Temí que tuvieras alguna objeción. Pero lo cierto es que un joven de tanto talento podría serle de gran utilidad a mi tío, podría ayudarle a hacer el bien de manera más eficaz. Y el señor Ladislaw desea tener una ocupación fija. Dice que le han achacado el no buscarla y le gustaría quedarse en esta zona porque nadie se interesa por él en otra parte.

Dorothea pensó que era ésta una consideración que ablandaría a su esposo. No obstante, él siguió sin hablar y poco después ella retomó el tema del doctor Spanning y el desayuno con el arcediano. Pero el sol ya no iluminaba estos asuntos.

A la mañana siguiente, sin el conocimiento de Dorothea, el señor Casaubon envió la siguiente carta, iniciándola con «Estimado señor Ladislaw» (anteriormente siempre se había dirigido a él como «Will»):

«La señora Casaubon me informa de que le ha sido hecha una propuesta, así como (de acuerdo con una inferencia en modo alguno descabellada) de que por su parte ha sido en alguna medida aceptada, lo cual implica su habitar en esta vecindad en una capacidad que, estoy justificado en decir, afecta a mi propia posición de forma tal que convierte mi intervención no sólo en natural y justificable cuando el efecto que produce se enfoca desde la influencia del sentimiento legítimo, sino que se me impone, cuando el mismo efecto se considera a la luz de mis responsabilidades, manifestar al instante que su aceptación de la propuesta anterior resultaría altamente ofensiva para mí. Que tengo algún derecho a ejercer el veto en este asunto no creo que pueda ser negado por ninguna persona conocedora de las relaciones existentes entre nosotros, relaciones que, aunque arrumbadas en el pasado debido a su reciente proceder, no por ello quedan anuladas en su carácter de determinar antecedentes. No procederé aquí a enjuiciar el critero de nadie. Baste con señalar que hay ciertas consideraciones y conveniencias sociales que deberían impedir que un pariente relativamente próximo a mí se hiciera conspicuo en esta vecindad adoptando un estatus no sólo muy por debajo del mío sino, en el mejor de los casos, asociado a la falsa erudición de los aventureros literarios o políticos. En todo caso, un desenlace contrario forzosamente le excluiría de visitar mi casa en el futuro. Suyo atentamente
EDWARD CASAUBON»

Entretanto, el pensamiento de Dorothea pergeñaba inocentemente el mayor rencor de su marido, recreándose con una comprensión que se iba tornando en inquietud, en lo que Will contara de sus padres y abuelos. Las horas privadas de las que disponía durante el día solía pasarlas en su salita azul verdosa y se había encariñado con su pálida cursilería. Nada se había cambiado en ella abiertamente, pero con el avance del verano sobre los prados occidentales al final de la avenida de olmos, la desnuda habitación había ido almacenando en su interior esos recuerdos de una vida interior que impregnan el aire como con una nube de ángeles buenos o malos, las formas invisibles y sin embargo activas de nuestros triunfos o fracasos espirituales. Se había acostumbrado tanto a luchar y a encontrar aliento al mirar por la avenida hacia el arco iluminado desde el oeste, que la propia visión de ello había adquirido un poder de comunicación. Incluso el pálido ciervo parecía tener recuerdos en su mirada y querer transmitir un silencioso «Lo sé». Y el conjunto de delicadas miniaturas componían un público como formado por seres a quienes ya no inquietaba su suerte terrenal, pero que seguían estando humanamente interesados. Sobre todo la misteriosa «tía Julia», acerca de la cual Dorothea siempre había tenido dificultades para preguntarle a su marido.

Y ahora, desde su conversación con Will, cantidad de imágenes frescas se habían agolpado en torno a esa tía Julia que era la abuela de Will, y la presencia de la delicada miniatura, tan parecida al rostro animado que conocía, la ayudaba a concentrar su pensamiento. ¡Qué felonía, excluir a la muchacha de la protección y la herencia familiar por el simple hecho de haber elegido a un hombre pobre! Dorothea, que desde muy joven había mareado a sus mayores con preguntas acerca de cuanto la rodeaba, se había fraguado cierta independiente claridad respecto a las razones históricas y políticas que hacían que los hijos mayores tuvieran más derechos y las tierras estuvieran vinculadas. Estas razones, imprimiendo en ella cierto respeto, podían pesar más de lo que ella creía, pero aquí se presentaba una cuestión de lazos que dejaba estas razones al margen. He aquí a una hija cuya criatura -incluso según la usual imitación de las instituciones aristocráticas por parte de quienes no son más nobles que los tenderos retirados, y que no tienen más tierra que «mantener junta» que un trozo de césped y un prado- tendría un derecho prioritario. ¿Era la herencia una cuestión de gusto o de responsabilidad? Toda la energía que Dorothea tenía en su personalidad se inclinaba por la responsabilidad, por el cumplimiento de derechos fundados en nuestros propios actos, como el matrimonio y la paternidad.

Era cierto, se decía a sí misma, que el señor Casaubon estaba en deuda con los Ladislaw y que debía devolver lo que se les había usurpado. Y empezó ahora a pensar en el testamento de su esposo que hiciera cuando se casaron, dejándole a ella el grueso de sus bienes, con una cláusula caso de que tuviera hijos. Eso debía modificarse y no había tiempo que perder. Esta misma cuestión que acababa de surgir acerca de la profesión de Will Ladislaw brindaba la ocasión de recolocar las cosas debidamente. Se sentía segura de que su esposo, de acuerdo con su anterior conducta, estaría dispuesto a adoptar el punto de vista adecuado si ella, en quien recaía una injusta concentración de la propiedad, se lo proponía. El sentimiento de justicia de su marido había prevalecido y continuaría prevaleciendo sobre lo que se llamaba antipatía. Sospechaba que el señor Casaubon desaprobaba la idea de su tío y esto parecía favorecer el que se iniciara un nuevo entendimiento, de forma que en vez de que Will tuviera que emprender su vida profesional indigente y aceptara el primer empleo que se le ofrecía, se encontrara en posesión de unos ingresos justos que su marido le pagaría mientras viviera y que, mediante un cambio en su testamento, quedaran asegurados a su muerte. La clarividencia de que esto era lo que se debía hacer le pareció a Dorothea como un repentino entrar de la luz, despertándola de su anterior obtusez y su ególatra y poco curiosa ignorancia respecto de la relación de su esposo con otras personas. Will Ladislaw había rechazado la futura ayuda del señor Casaubon por razones que ya no le parecían adecuadas a Dorothea, y el señor Casaubon mismo nunca había visto con claridad cuál era su obligación. «¡Pero la verá!» dijo Dorothea. «Esa es la gran fuerza de su carácter. ¿Y qué estamos haciendo con nuestro dinero? Ni siquiera utilizamos la mitad de nuestros ingresos. Mi propio dinero no me trae más que remordimientos de conciencia.»

Esta división de la propiedad destinada a ella y que siempre había considerado excesiva, ejercía sobre Dorothea una peculiar fascinación. Estaba ciega a muchas cosas que para otros eran evidentes, inclinada, como le advirtiera Celia, a pisar por donde no debía; sin embargo su ceguera ante lo que no caía dentro de sus propios puros propósitos la mantenía a salvo junto a precipicios donde la vista hubiera resultado peligrosa debido al miedo.

Los pensamientos que habían ido cobrando vida en la soledad de su salita retuvieron toda su atención durante el día en que el señor Casaubon envió su carta a Will. Todo eran estorbos hasta que encontró la oportunidad de abrirle el corazón a su marido. Dada su mente atormentada, todos los temas debían abordarse con cautela y desde su enfermedad Dorothea jamás había borrado de su conciencia el pánico a inquietarle. Pero cuando el ardor juvenil rumia sobre la concepción de un acto inmediato, el propio acto parece echar a andar con vida propia, venciendo obstáculos ideales. El día transcurrió de manera sombría, algo no infrecuente, si bien el señor Casaubon tal vez estuviera insólitamente callado. Pero había horas nocturnas con las que se podía contar para la conversación, pues Dorothea, cuando era consciente del insomnio de su marido, había establecido la costumbre de levantarse, encender una vela, y leer hasta que se durmiera. Y esta noche ella estaba desvelada, emocionada ante sus decisiones. Su marido durmió unas horas como de costumbre, pero ella llevaba casi una hora levantada y sentada en la oscuridad antes de que él dijera:

-Dorothea, ya que está de pie ¿querrías encender una vela?

-¿Te encuentras mal, cariño? -fue su primera pregunta mientras le obedecía.

-No, no, en absoluto. Pero te agradecería, ya que estás despierta, que me leyeras unas cuántas páginas de Lowth(4).

-¿Puedo hablar contigo un poco, en vez? -preguntó Dorothea.

-Naturalmente.

-Llevo todo el día pensando en dinero..., que siempre he tenido demasiado y sobre todo, en la perspectiva de tener más aún.

-Estas, mi querida Dorothea, son disposiciones de la providencia.

-Pero si uno tiene demasiado a consecuencia de que otros se vean perjudicados, se me antoja que habría que obedecer la voz divina que nos señala cómo rectificar.

-¿Cuál es, amor mío, el alcance de tu comentario?

-Que has sido demasiado generoso en tus medidas para conmigo..., me refiero, a los bienes. Y eso me entristece.

-¿Y por qué? No tengo más que parientes relativamente lejanos.

-Me he encontrado pensando en tu tía Julia y en cómo se vio sumida en la pobreza por el simple hecho de casarse con un hombre pobre, lo cual no era una deshonra, puesto que él no era indigno. Sé que fue esa la razón de que te hicieras cargo de la educación del señor Ladislaw y mantuvieras a su madre.

Dorothea aguardó unos instantes la respuesta que la ayudaría a proseguir. No llegó, y sus palabras siguientes le parecieron más contundentes, irrumpiendo nítidas en el oscuro silencio.

-Pero creo que debíamos considerar que tiene mayores derechos; tal vez tenga derecho a la mitad de las propiedades que sé que me has cedido. Y consecuentemente, pienso que se le deberían proporcionar de inmediato. No es justo que él esté en la indigencia mientras nosotros somos ricos. Y si hay alguna pega en la propuesta que él mencionó que podría aceptar, el devolverle al lugar que le corresponde y darle la parte que le pertenece, evitaría cualquier motivo que tuviera para aceptarla.

-El señor Ladislaw seguramente te ha estado hablando

(4) Probablemente se trata de Robert Lowth (1710-87), autor de escritos teológicos.

de este tema -dijo el señor Casaubon, con una pronta e hiriente rapidez infrecuente en él.

-¡Por supuesto que no! -exclamó Dorothea con seriedad-. ¿Cómo puedes imaginar eso, si hace tan poco que ha rechazado cualquier ayuda tuya? Me temo, querido, que piensas con demasiada dureza de él. Sólo me contó un poco de sus padres, y abuelos y casi todo como fruto a mis preguntas. Tú eres tan justo y tan bueno..., has hecho todo cuanto creíste correcto. Pero tengo claro que eso no es suficiente, y debo hablar de ello al ser la persona que obtendría lo que se llama beneficio de no hacerse ese algo más.

Hubo una perceptible pausa antes de que el señor Casaubon respondiera, no tan prontamente como antes, pero con énfasis aún más incisivo.

-Dorothea, amor mío, no es ésta la primera ocasión, pero convendría que fuera la última, en la que asumes el juicio sobre temas que se te escapan. No entro ahora en la cuestión de hasta qué punto la conducta, sobre todo en materia de matrimonios, constituye una pérdida de los derechos familiares. Lo que ahora deseo que comprendas es que no acepto revisión alguna y, aún menos, órdenes, en esos temas que considero clara y exclusivamente míos. No debes inmiscuirte entre el señor Ladislaw y yo, y mucho menos alentar comunicaciones de su parte que constituyen una crítica a mi proceder.

La pobre Dorothea, oculta por la oscuridad, se sumió en un remolino de sentimientos encontrados. La alarma ante el posible efecto sobre su marido de esta ira tan firmemente manifestada, la hubiera hecho contener cualquier expresión de su propio resentimiento, aún en el caso de estar totalmente exenta de la duda y el remordimiento ante la conciencia de que pudiera haber algo de justicia en la insinuación última del señor Casaubon.

Oyendo su intranquilo respirar tras sus palabras, permaneció sentada, escuchando, asustada, desdichada, lanzando un mudo grito interno de socorro para poder soportar esta pesadilla de vida en la que el temor paralizaba todas sus energías. Pero no ocurrió nada más, salvo que ambos permanecieron despiertos mucho rato sin volver a hablar.

Al día siguiente el señor Casaubon recibió esta contestación de Will Ladislaw.

«Estimado señor Casaubon. He dedicado a su carta de ayer toda mi consideración, pero no me es posible coincidir con su punto de vista. Reconozco y agradezco profundamente su actitud hacia mí en el pasado, pero debo insistir en que una obligación de este tipo no puede, en justicia, maniatarme de la forma que usted parece esperar. Estoy de acuerdo en que los deseos de un benefactor puedan constituir una exigencia, pero siempre debe existir un límite en cuanto a la calidad de esos deseos. Posiblemente choquen con consideraciones más imperantes. Por otro lado, los deseos del benefactor pudieran imponer tal anulación en la vida de una persona que el vacío resultante fuera más cruel de lo que generosa fuese la dádiva. Sólo son ejemplos enérgicos. En el caso que nos ocupa no puedo adoptar su punto de vista sobre la repercusión que mi aceptación del trabajo -que ciertamente no es enriquecedor, pero no es deshonroso- tendrá sobre su posición, que se me antoja demasiado sólida como para verse ensombrecida. Y pese a que no creo que puedan ocurrir en nuestra relación (hasta el momento no ha sido así, desde luego), cambios que anulen las obligaciones que el pasado me impone, discúlpeme por no entender que esas obligaciones deban frenarme a la hora de utilizar la libertad natural de escoger el lugar en el que quiero vivir, así como de mantenerme mediante la ocupación legal que yo mismo escoja. Lamentando que exista esta discrepancia entre nosotros en cuanto a una relación en la que el otorgamiento de beneficio cae absolutamente de su lado, quedo, con tenaz agradecimiento, suyo
WILL LADISLAW»

El pobre señor Casaubon sintió (¿y acaso nosotros, si somos imparciales, no coincidiremos con él?) que ningún hombre estaba más justificado en su repugnancia y suspicacia que él. Estaba convencido de que el joven Ladislaw tenía la intención de desafiarle e incomodarle, ganarse la confianza de Dorothea y sembrar en su mente la irrespetuosidad, tal vez la aversión hacia su marido. Se había precisado algún motivo soterrado para justificar el repentino cambio de rumbo al rechazar la ayuda del señor Casaubon y abandonar sus viajes. Esta determinación desafiante de establecerse en la vecindad para aceptar alto tan opuesto a sus gustos anteriores como los proyectos del señor Brooke para Middlemarch, dejaba muy claro que el motivo oculto tenía alguna relación con Dorothea. Ni por un momento sospechó el señor Casaubon doblez alguna en su mujer; no sospechaba de ella. Lo que sí tenía (lo cual resultaba muy poco menos incómodo) era la absoluta convicción de que su tendencia a formarse opiniones respecto a la conducta de su esposo iba acompañada de una inclinación a considerar favorablemente a Will Ladislaw y dejarse influir por lo que él dijera. Su orgullosa reserva le había impedido rectificar su suposición de que fuera Dorothea quien originariamente pidiera a su tío que invitara a Will a su casa.

Y ahora, al recibir la carta de Will, el seño Casaubon debía considerar cuál era su obligación. Nunca hubiera sido fácil llamar a sus actos otra cosa que no fuera obligación, pero en este caso, motivos contrapuestos le arrinconaban en la inhibición.

¿Debía dirigirse al señor Brooke y exigirle a ese entrometido caballero que revocara su propuesta? ¿O debía consultar a Sir James Chettam, y conseguir su oposición a un paso que afectaba a toda la familia? El señor Casaubon sabía que en ambos casos, el éxito era igual de probable que el fracaso. Era imposible que mencionara el nombre de Dorothea en el asunto, y de no exponerle ninguna apremiante urgencia, bien podía el señor Brooke, tras un aparente acuerdo con todas las delegaciones, concluir diciendo, «¡No se preocupe, Casaubon! Tenga por seguro que el joven Ladislaw le hará justicia. Pierda cuidado, que es un acierto el que he tenido con él». Y al señor Casaubon le horrorizaba hablar del tema con Sir James Chettam, con quien no había existido nunca cordialidad y quien inmediatamente pensaría en Dorothea incluso sin hacer mención a ella.

El pobre señor Casaubon, especialmente como marido, desconfiaba de los sentimientos de cualquiera hacia el (sospechado) punto de vista de algunas personas sobre sus propias desventajas; permitir que supieran que no encontraba el matrimonio especialmente maravilloso supondría que aceptaba su (probable) desaprobación anterior. Sería tan malo como dejar que Carp, y todos en Brasenose, supieran lo retrasado que iba en su organización del material para su «Clave para todas las mitologías». Toda su vida el señor Casaubon había intentado no admitirse ni siquiera a sí mismo el resentimiento de la inseguridad y de la envidia. Y en el más delicado de todos los temas personales, la costumbre de un silencio altivo y suspicaz resaltaba aún más.

Y así el señor Casaubon permaneció en su silencio orgulloso y amargo. Pero había prohibido a Will que fuera a Lowick Manor y mentalmente preparaba otras frustraciones.