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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 35.
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Non, Je ne comprends pas de plus charmant plaisir
Que de voir d'héritiers une troupe affligée,
La maintien interdit, et la mine allongée,
Lire un long testament où pales, étonnés,
On leur laisse un bonsoir avec un pied de nez.
Pour voir au natural leur tristesse profonde,
Je reviendrais, Je crois, exprès de l'autre monde.
(REGNARD: Le Légataire Universel.)

Podemos suponer que cuando los animales entraron en el Arca por parejas, las especies aliadas debieron hacer muchos comentarios privados unas sobre las otras, y se vieron tentadas de pensar que tantas variedades alimentándose de la misma reserva de comida eran eminentemente superfluas, puesto que disminuirían las raciones. (Me temo que el papel representado por los buitres en esa escena fuera demasiado doloroso para que el arte lo reflejara, estando esos pájaros en desventaja dada la desnudez de su gaznate y careciendo, aparentemente, de ritos y ceremonias.) El mismo tipo de tentación envolvió a los Carnívoros Cristianos que conformaban el cortejo funerario de Peter Featherstone, teniendo, la mayoría de ellos, puesta la vista en una reserva limitada de la cual cada uno de ellos hubiera querido sacar el máximo provecho. Los parientes consanguineos reconocidos desde siempre asi como los emparentados por matrimonio formaban ya un nutrido grupo, el cual, multiplicado por las posibilidades, ofrecía amplitud suficiente para las celosas conjeturas y las patéticas esperanzas. La envidia por los Vincy había creado una cofradía de hostilidad entre todos cuantos tenían sangre Featherstone, de forma que, en ausencia de una clara indicación de que uno de ellos fuera a recibir más que los otros, el miedo a que el larguirucho Fred Vincy heredara la tierra necesariamente predominaba, si bien seguía dejando abundante sentimiento y solaz para envidias más desdibujadas, como las que se sentían hacia Mary Garth. Solomon encontró tiempo para comentar que Jonah no se merecía nada, y Jonah para calificar a Solomon de avaricioso; Jane, la hermana mayor, mantenía que los hijos de Martha no debían esperar recibir tanto como los pequeños Waules, y Martha, más tolerante en el tema de la progenitura, se lamentaba de que Jane fuera tan «gulafre». Estos familiares más próximos se veían lógicamente muy impresionados ante lo irrazonable de las expectativas de los primos carnales y primos segundos, y empleaban las matemáticas para calcular las enormes sumas a las que podían ascender los pequeños legados, caso que hubiera muchos de estos. Dos primos estuvieron presentes en la lectura del testamento, y un primo segundo, además del señor Trumbull. Este primo segundo era un mercero de Middlemarch, educado y de superfluas aspiraciones de la hache. Los dos primos eran hombres mayores de Brassing, uno de ellos consciente de sus derechos a cuenta del engorroso gasto en que había incurrido por mor de los regalos de ostras y otros comestibles que le hiciera a su acaudalado primo Peter. El otro, saturnino por demás, apoyaba las manos y la barbilla en su bastón y no basaba sus derechos en una actuación estrecha sino en sus méritos en general. Ambos eran intachables vecinos de Brassing que deseaban que Jonah Featherstone no viviera allí. El ingenio familiar suele ser mejor apreciado entre los extraños.

-Podéis estar seguros de que el propio Trumbull cuenta con quinientas; no me extrañaría que mi hermano se las hubiera prometido -dijo Solomon a sus hermanos, pensando en voz alta, esa tarde antes del funeral.

-¡Válgame el cielo! -dijo la pobre hermana Martha, cuya idea de los ciento se había visto habitualmente reducida a su renta impagada.

Pero por la mañana, la corriente normal de conjeturas se vio alterada por la presencia de un acompañante desconocido que había aparecido entre ellos como venido de la luna. Era el desconocido al que la señora Cadwallader había descrito como con cara de rana, un hombre de unos treinta y dos o treinta y tres años, cuyos ojos saltones, finos labios, rictus hacía abajo y cabello alisado hacia atrás sobre una frente que se hundía abruptamente encima de las cejas, ciertamente dotaban a su rostro de una fijeza de expresión braquiana. Quedaba claro que era un nuevo legatario, de lo contrario, ¿por qué había sido llamado como acompañante? Aparecían aquí nuevas posibilidades, provocando nuevas incertidumbres, que frenaron los comentarios dentro de los coches fúnebres. Todos nos sentimos humillados por el repentino descubrimiento de un hecho que ha existido muy cómodamente y tal vez nos haya estado observando en privado mientras nosotros íbamos confeccionando nuestro mundo sin contar con él. Nadie salvo Mary Garth había visto antes a este desconocido y ella sólo sabía que había venido dos veces a Stone Court antes de que el señor Featherstone se hubiera encamado y habían permanecido varias horas juntos. Había tenido la ocasión de mencionárselo a su padre y tal vez Caleb, aparte del abogado, fuera el único que examinó al desconocido con más curiosidad que disgusto o sospecha. Caleb Garth, abrigando pocas expectativas y aún menos ambición, estaba interesado en la verificación de sus propias conjeturas, y la tranquilidad con la que, medio sonriente, se acariciaba la barbilla y lanzaba inteligentes miradas como si estuviera valorando un árbol, contrastaban con la inquietud o desprecio de los otros rostros cuando el acompañante desconocido, cuyo nombre se supo que era Rigg, entró en el salón de madera y se levantó junto a la puerta para formar parte de la audiencia cuando se leyera el testamento. En ese momento, el señor Solomon y el señor Jonah habían subido con el abogado a buscar el testamento, y la señora Waule, viendo dos asientos vacíos entre ella y el señor Borthrop Trumbull tuvo el ánimo de sentarse junto a esa gran autoridad que toqueteaba sus anillos y se atusaba el cabello decidido a no dar muestras de perplejidad o sorpresa, tan comprometedoras para un hombre de talento.

-Supongo que usted conoce todo lo que ha dispuesto mi pobre hermano, señor Trumbull -dijo la señora Waule en su más lanudo susurro, acercando hacia el señor Trumbull su sombrero enlutado de crespón.

-Mi buena señora, todo cuando se me dijo fue en confianza -respondió el subastador, levantando la mano como para proteger ese secreto.

-Quizá quienes estaban seguros de su buena suerte aún se vean defraudados -continuó la señora Waule, encontrando cierto alivio en esta posibilidad.

-Las esperanzas son a menudo engañosas -dijo el señor Trumbull, aún en confianza.

-¡Ah! -exclamó la señora Waule, mirando hacia los Vincy y regresando de nuevo junto a su hermana Martha. -Es extraordinario lo reservado que era el pobre Peter -dijo con el mismo susurro-. Ninguno sabemos lo que pensaba. Confío y espero que no tuviera peor bilis de lo que pensamos, Martha.

La pobre señora Cranch era voluminosa y, al padecer de asma -una razón más para que sus comentarios fueran poco excepcionales y de carácter general-, ocurría que incluso sus susurros eran audibles y susceptibles de repentinos estallidos como los de un organillo estropeado.

Jamás fui avariciosa, Jane -respondió-, pero tengo seis hijos y he enterrado a tres y no me casé con un hombre rico. El mayor, ahí sentado, sólo tiene diecinueve años, así que imagínate. Las reservas cortas, la tierra ingrata. Pero no he rezado y rogado más que a Dios nuestro señor..., aunque donde existe un hermano soltero y otro sin hijos tras dos matrimonios, ¡cualquiera pensaría que...!

Entretanto, el señor Vincy había observado el rostro inexpresivo del señor Rigg y había sacado su cajita de rapé, guardándosela de nuevo sin abrir como una indulgencia que, por mucho que clarificara la mente, no era apropiada a la ocasión.

-No me extrañaría que el viejo Featherstone tuviera mejores sentimientos de los que le atribuimos -le comentó a su mujer al oído-. Este funeral demuestra que ha pensado en todos. Está bien que un hombre quiera que le despidan sus familiares, y si son humildes no avergonzarse de ellos. Me sentiría muy contento si hubiera dejado muchos pequeños legados. Podrían serles extraordinariamente útiles a los que van justos de dinero.

-Todo es de lo más elegante, el crespón, la seda y todo -dijo complacida la señora Vincy.

Pero lamento decir que Fred tenía dificultades para reprimir su risa, lo que hubiera resultado más inoportuno que el rapé de su padre. Fred acababa de oír cómo el señor Jonah hacía una sugerencia acerca de «un hijo del amor» y con este comentario impreso en la mente, el rostro del desconocido, que tenía enfrente, le afectó grotescamente. Mary Garth, adivinando por sus gestos y su recurso a la tos el apuro en el que se encontrara, acudió con presteza en su auxilio pidiéndole que le cambiara el sitio, de manera que Fred se encontró en una silla en la penumbra. Fred se sentía bien dispuesto hacia todos, incluido Rigg, y simpatizando con estas personas que eran menos afortunadas de lo que él se sabía, no hubiera querido por nada en el mundo comportarse mal; de todos modos, era muy fácil reírse.

Pero la entrada del abogado y los dos hermanos atrajo la atención de todos.

El abogado era el señor Standish y había llegado esa mañana a Stone Court creyendo saber perfectamente quién, antes de concluir el día, se sentiría contento y quién se habría visto defraudado. El testamento que esperaba leer era el último de tres que había redactado para el señor Featherstone. El señor Standish no era hombre que variara su comportamiento; se dirigía a todo el mundo con la misma voz grave y displicente educación, como si no viera diferencias entre ellos, hablando principalmente de la cosecha de heno que sería «estupenda, ¡vive Dios!», de los últimos boletines referentes al Rey, y del duque de Clarence, que era un auténtico marinero, justo el hombre para gobernar una isla como Bretaña.

El anciano Featherstone a menudo había pensado sentado frente al fuego que Standish se sorprendería algún día. Es cierto que si hubiera hecho lo que quería al final quemando el testamento redactado por otro abogado, no se hubiera asegurado ese fin menor. No obstante, obtuvo su placer mientras lo rumiaba. Y la verdad es que el señor Standish quedó sorprendido, aunque no lo lamentaba; más bien al contrario, disfrutaba de la curiosidad que el descubrimiento de un segundo testamento añadía al aventual asombro por parte de la familia Featherstone.

Respecto a los sentimientos de Solomon y Jonah, se mantenían en suspenso. Les parecía que el antiguo testamento debería tener alguna validez, y que podría haber suficiente entrelazamiento entre las primeras y segundas intenciones del pobre Peter como para crear interminables «litigios» antes de que nadie recibiera lo suyo, inconveniente que, al menos, tendría la ventaja de ser el mismo para todos. Por tanto, los hermanos mostraron una seriedad absolutamente neutral cuando regresaron con el señor Standish, aunque Solomon sacó de nuevo el pañuelo blanco suponiendo que en cualquier caso habría trozos emotivos, aparte de que, en un funeral, las lágrimas, por secas que fueran, siempre se servían en linón.

Tal vez la persona que sintiera una mayor emoción en estos momentos fuera Mary Garth, consciente de que había sido ella la que había determinado virtualmente la aparición de este segundo testamento que podía tener singulares consecuencias para el destino de alguno de los presentes. Nadie salvo ella sabía lo que había ocurrido aquella última noche.

-El testamento que sostengo en la mano -dijo el señor Standish, quien, sentado a la mesa en el centro de la habitación, se tomaba su tiempo para todo incluyendo la tos con la que mostraba su disposición de aclararse la voz-, fue redactado por mí mismo y firmado por nuestro difunto amigo el nueve de agosto de mil ochocientos veinticinco. Pero encuentro que existe otro posterior que yo desconocía, con fecha de veinte de julio de mil ochocientos veintiséis, apenas un año después que el anterior. Y veo que también hay -el señor Standish, caladas las gafas, repasaba cautelosamente el documento-, un codicilo a este último testamento, de fecha uno de marzo de mil ochocientos veintiocho.

-¡Dios mío! -exclamó la hermana Martha sin intención de hacerse oír, pero forzada a la articulación por la presión de las fechas.

-Empezaré leyendo el primer testamento -continuó el señor Standish-, puesto que tal parece haber sido la intención del difunto dado que no lo destruyó.

El preámbulo se hizo bastante tedioso, y varios, además de Solomon, movían la cabeza mirando al suelo. Todas las miradas evitaban encontrarse y se fijaban principalmente sobre puntos diversos del mantel o sobre la calva del señor Standish -menos la de Mary Garth. Mientras todos los demás estuvieran intentando no mirar a nada en particular, Mary podía observarles a gusto. Y ante el primer «otorgar y ceden» vio los rostros cambiar sutilmente, como si por ellos pasara una leve vibración, menos el del señor Rigg, que permaneció sentado con inalterable calma; y, de hecho, la concurrencia, preocupada por problemas más importantes y la complicación de escuchar legados que podían o no ser revocados, había dejado de pensar en él. Fred se sonrojó y al señor Vincy le resultó imposible prescindir de su caja de rapé, aunque la mantuvo cerrada.

Primero vinieron las pequeñas donaciones y ni siquiera el recuerdo de que existía otro testamento y que el pobre Peter pudo habérselo pensado mejor consiguió acallar el creciente disgusto e indignación. A uno le gusta que le traten bien en todos los tiempos, pasado, presente y futuro. Y aquí estaba Peter, capaz de, cinco años atrás, dejarles a sus propios hermanos y hermanas sólo doscientas libras a cada uno, y tan sólo cien a cada uno de los sobrinos y sobrinas; a los Garth no se les mencionaba, pero la señora Vincy y Rosamond debían recibir cada una cien libras. El señor Trumbull recibía el bastón con empuñadura de oro y cincuenta libras; la misma hermosa suma recibirían los demás primos segundos y los primos presentes, suma que, como apuntó el primo saturnino, era una herencia que ni iba ni venía. Se oyeron muchas similares ofensas contra personas ausentes, familiares problemáticos y, era de temer, indeseables. Estimándolo por encima, hasta el momento se habían adjudicado tres mil libras. ¿Dónde pensaba Peter que fuera a parar el resto del dinero..., y la tierra? ¿Y qué quedaría revocado y qué no? Y esa revocación, ¿sería para bien o para mal? Todas las emociones debían ser condicionales, y podían resultar equivocadas. Los hombres eran lo suficientemente fuertes como para mantener la compostura y el silencio en medio de esta confusión, algunos dejando caer el labio inferior y otros frunciéndolo según la costumbre de sus músculos. Pero Jane y Martha se hundieron bajo el flujo de preguntas y empezaron a llorar mientras que la pobre señora Cranch se debatía entre el consuelo de recibir siquiera las doscientas sin habérselas trabajado y la semi consciencia de que su parte era exigua. Entretanto, a la señora Waule le embargaba la sensación de ser hermana y recibir poco, mientras que otros habrían de recibir mucho. La suposición generalizada ahora era que «el mucho» recaería en Fred Vincy, pero los propios Vincy se llevaron una sorpresa cuando a Fred le fueron legadas diez mil libras en inversiones específicas: ¿acaso también iba a heredar las tierras? Fred se mordió el labio: era difícil no sonreír y la señora Vincy se sintió la más feliz de las mujeres -perdiendo de vista ante esta deslumbrante visión la posibilidad de una revocación.

Aún quedaban residuos de propiedades personales además de la tierra, pero el total se legaba a una persona, y esa persona era..., ¡oh posibilidades! ¡oh expectativas cimentadas en la gracia de un caballero «agarrado»! ¡Oh vocativos interminables que seguirían dejando en la impotencia la posibilidad de expresar en su justa medida la necedad humana!..., ese legatario era Joshua Rigg, que era asimismo el único albacea testamentario y que en adelante asumiría el nombre de Featherstone.

Una inquietud que pareció un escalofrío recorrió la habitación. Todos miraron de nuevo al señor Rigg, que no aparentó sorpresa alguna.

-Una disposición testamentaria muy curiosa -exclamó el señor Trumbull, prefiriendo por una vez que se le considerara ignorante del pasado-. Pero existe un segundo testamento: otro documento. Aún no hemos escuchado la última voluntad del difunto.

Mary Garth pensó que lo que aún les restaba por oír no era la última voluntad. El segundo testamento revocaba todo salvo los legados a las personas humildes anteriormente mencionadas (algunas variaciones de los cuales constituían la razón del codicilo), y el legado de todas las tierras incluidas en la parroquia de Loa ick, así como el ganado y los muebles de la casa, a Joshua Rigg. El resto de la propiedad debía destinarse a la fundación y subvención de asilos para ancianos, que se llamarían Asilos Featherstone, y que debían edificarse en un terreno cercano a Middlemarch ya adquirido a tal fin por el testador, siendo su deseo -así rezaba el documento- complacer a Dios nuestro Señor. Nadie de los presentes recibía ni un centavo, pero el señor Trumbull retenía el bastón con empuñadura de oro. La concurrencia tardó un rato en recuperar su capacidad de expresión. Mary no se atrevía a mirar a Fred.

El señor Vincy fue el primero en hablar -tras hacer un uso enérgico de su caja de rapé- y habló con expresiva indignación.

-¡Es el testamento más inexplicable que jamás oyera! No estaría en su sano juicio cuando lo hizo. Yo diría que este último testamento es nulo -añadió el señor Vincy, con la sensación de que esta expresión colocaba las cosas en su verdadero sitio-. ¿No le parece, Standish?

-Opino que nuestro difunto amigo siempre supo lo que se hacía -respondió el señor Standish-. Todo está en regla. Hay una carta de Clemmens de Brassing atada al testamento. Él lo redactó. Es un abogado muy serio. -

-No he observado ningún tipo de enajenación mental o aberración intelectual en el fallecido señor Featherstone -dijo Borthrop Trumbull-, pero entiendo que este testamento es excéntrico. Siempre estuve dispuesto a ayudar al pobre, y me insinuó con bastante claridad un sentimiento de obligación que se vería reflejado en el testamento. El bastón de empuñadura de oro es una farsa si se toma como su reconocimiento hacia mí; pero afortunadamente estoy por encima de consideraciones mercenarias.

-No hay nada demasiado sorprendente en el asunto -dijo Caleb Garth-. Cualquiera hubiera tenido aún más razones para preguntarse si el testamento era lo que esperaba si se hubiese tratado de un hombre abierto y sincero. Por lo que a mí respecta, ojalá no hubiera testamentos.

-¡Vaya sentimiento extraño para proceder de un cristiano! -dijo el abogado-. ¡Me gustaría saber cómo puede apoyar ese comentario, Garth!

-Bueno -dijo Caleb, inclinándose hacia adelante, juntando las puntas de los dedos y mirando al suelo meditabundo. Las palabras siempre le parecían la parte más difícil de los «negocios».

Pero aquí se hizo oír el señor Jonah Featherstone. -Mi hermano Peter siempre fue un absoluto hipócrita. Pero este testamento deja chico todo lo demás. De haberlo sabido, ni una carreta con seis caballos me sacan de Brassing. Mañana me planto un sombrero blanco y un abrigo gris. -¡Dios mío! -sollozaba la señora Cranch-, ¡con todo lo que nos ha costado el viaje, y ese pobre muchacho, sentado ahí ocioso tanto tiempo! Es la primera vez que oigo que mi hermano Peter tenía tanto interés por contentar a Dios. Aunque me quedara paralítica debo admitir que es muy duro; no puedo decir otra cosa.

-De poco la servirá allí donde se ha ido, esa es mi opinión -dijo Solomon, con una amargura asombrosamente auténtica si bien no pudo evitar que su tono fuera sibilino-. Pero tenía mala vesícula, y los asilos no podrán ocultarlo cuando ha tenido la desfachatez de demostrar su maldad hasta el final.

-Y teniendo como ha tenido siempre a su propia familia, hermanos y hermanas y sobrinos y sobrinas, y se ha sentado con ellos en la iglesia cuando le parecía oportuno venir -dijo la señora Waule-. Pudiendo dejar sus propiedades tan tranquilamente a quienes nunca han sido dados a la extravagancia o la irresponsabilidad de ninguna clase, y no siendo tampoco tan pobres como para que no hubieran podido ahorrarlo todo y aún aumentarlo. Y yo, ¡la de veces que me he molestado en venir aquí y hacer de hermana mientras él todo el tiempo iba pensando cosas que ponen los pelos de punta! Pero si el Todopoderoso lo ha permitido es que tiene la intención de castigarle por ello. Hermano Solomon, yo me marcho si me llevas.

-No deseo volver a poner los pies aquí de nuevo -dijo Solomon-. Tengo mis propias tierras y propiedades para legar a quien quiera.

-Es una pobre historia la que cuenta cómo va la suerte en el mundo -dijo Jonah-. Nunca compensa tener un poco de brio. Es mejor ser como el perro del hortelano. Pero los que no están bajo tierra pueden aprender una lección. El testamento de un imbécil es ya bastante en una familia.

-Hay más de una forma de ser un imbécil -dijo Solomon-. Yo no tiraré a la basura mi dinero y tampoco se lo legaré a los desvalidos de África. Me gustan los Featherstones que crecieron como tales y no quienes se convirtieron en Featherstone pegándose el nombre.

Solomon dirigió estos comentarios a la señora Waule en voz alta mientras se levantaba para acompañarla. El hermano Jonah se sentía capaz de mucha más mordacidad que ésta, pero pensó que era inútil herir al nuevo propietario de Stone Court hasta no estar totalmente seguro de que carecía de toda intención hospitalaria hacia hombres ingeniosos cuyo nombre estaba a punto de llevar.

El señor Joshua Rigg, mientras tanto, parecía preocuparse poco por las indirectas, pero mostró un conspicuo cambio de actitud, dirigiéndose con gran serenidad al señor Standish, al cual dirigió frías preguntas profesionales. Tenía una voz chillona y un horrible acento. Fred, en quien ya no provocaba la risa, pensaba que era el monstruo más vil que jamás hubiera visto. Pero Fred se sentía bastante enfermo. El mercero de Middlemarch esperó la oportunidad para entablar conversación con el señor Rigg se desconocía cuántos pares de piernas tendría que vestir el nuevo dueño y más valía confiar en los beneficios que en los legados. Además, el mercero, siendo primo segundo, estaba lo suficientemente alejado como para sentirse curioso.

El señor Vincy, tras su único exabrupto, había guardado un altivo silencio, aunque la preocupación fruto de desagradables sentimientos le impidió moverse hasta observar que su mujer se había acercado a Fred y lloraba quedamente mientras sostenía la mano de su predilecto. Se levantó al momento y, de espaldas a la concurrencia, le susurró:

-No te desmorones, Lucy, no hagas el ridículo delante de esta gente, mi amor -y con su acostumbrado tono sonoro añadió-: Vete a por el faetón, Fred; no tengo tiempo que perder.

Mary Garth se había estado preparando para irse con su padre. Se encontró con Fred en el recibidor y por primera vez se atrevió a mirarle. Tenía esa palidez marchita que en ocasiones cubre los rostros jóvenes, y la mano muy fría cuando se la extendió. Mary también estaba alterada; era consciente de que, fatalmente, sin pretenderlo, tal vez hubiera cambiado el destino de Fred.

-Adiós -dijo con cálida tristeza-. Sé valiente Fred. Creo de verdad que estás mejor sin el dinero. ¿De qué le sirvió al señor Featherstone?

-Todo eso está muy bien -dijo Fred, enfurruñado-. Pero ¿qué voy a hacer? Ahora me veré obligado a entrar en la Iglesia -(sabía que esto enfadaría a Mary; pues bien, que le dijera qué otra cosa podía hacer)-. Y pensé que habría podido pagar a tu padre inmediatamente y arreglarlo todo. Y a ti ni siquiera te ha dejado cien libras. ¿Qué vas a hacer ahora, Mary.

-Coger otro empleo, por supuesto, en cuanto lo encuentre. Mi padre ya tiene bastante con mantener a los demás. Adiós.

En pocos minutos Stone Court se quedó vacío de auténticos Featherstones y otras visitas de largos años. Otro desconocido se asentaba en el vecindario de Middlemarch, pero en el caso del señor Rigg Featherstone hubo más descontento con las consecuencias visibles inmediatas que especulación respecto del efecto que su presencia pudiera tener en el futuro. Nadie fue lo bastante profeta como para tener presentimientos sobre lo que aparecería tras el rastro de Joshua Rigg.

Y aquí me veo obligada, naturalmente, a reflexionar sobre el modo de elevar un tema indigno. Los paralelos históricos son asombrosamente eficaces para ello. La principal objeción a ellos es que el narrador diligente puede carecer de espacio, o (lo que a menudo es lo mismo) no pueda pensar en ellos con ningún grado de particularidad, aunque tenga la confianza filosófica de que, caso de conocerse, fueran ilustrativos. Parece un camino más corto y más fácil hacia la dignidad el observar que, puesto que jamás hubo una historia verdadera que no se pudiera contar en parábolas transformando un mono en un margrave y viceversa, cualquier cosa que yo haya o vaya a narrar acerca de la gente humilde puede ennoblecerse si se toma como una parábola, de manera que si se sacan a la luz los malos hábitos y las feas consecuencias, el lector puede encontrar el consuelo de considerarlos tan sólo figurativamente burdos, y puede sentirse virtualmente en la compañía de personas de cierto estilo. Así pues, mientras cuento las verdades respecto de los paletos rurales, no es preciso que la imaginación de mis lectores prescinda de ocuparse de los lores, y las miserables sumas que cualquier insolvente de alto nivel sentiría le quedaran de retiro pueden elevarse al nivel de alta transacción comercial por mor de la barata adición de los ceros proporcionales.

En cuanto a cualquier historia de provincias en la que los agentes tengan todos un alto rango moral, deberá esperarse a fechas muy posteriores al primer Proyecto de Ley de reforma electoral, y, como ven, Peter Featherstone murió y fue enterrado algunos meses antes de que Lord Grey tomara posesión de su cargo.