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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 34.
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PRIMER CABALLERO:
Los hombres como éste son cual plumas,
Astillas, paja, sin peso ni fuerza.

SEGUNDO CABALLERO:
Pero la levedad
También hay que contarla, y hace peso;
El poder se instala donde no hay poder;
Avanzar es ceder, y el barco a la deriva
Puede encallar porque el timonel piense
Que no tiene valor para equilibrar fuerzas.

Peter Featherstone fue enterrado una mañana de mayo. En el prosaico vecindario de Middlemarch, mayo no era siempre cálido y soleado y esta mañana particular un viento fresco esparcía las flores de los jardines cercanos por los verdes montículos del cementerio de Lowick. Sólo de cuando en cuando permitían las veloces nubes que un rayo iluminara cualquier objeto, feo o hermoso, que por casualidad se encontrara dentro de su haz dorado. En el cementerio, los objetos eran curiosamente variopintos, pues un pequeño grupo rural se había concentrado para ver el funeral. Había corrido la noticia de que iba a ser un «gran entierro»; el anciano caballero había dejado instrucciones por escrito de todo, y quería tener un funeral «mejor que el de sus superiores». Esto fue cierto, pues el viejo Featherstone no había sido un Harpagón(1) cuyas pasiones se hubieran visto devoradas por la escuálida y hambruna pasión del ahorro ni que hubiera negociado de antemano una rebaja con el de la funeraria.

(1) Protagonista de la obra de Molière El avaro (1669).

Le encantaba el dinero, pero también disfrutaba gastándoselo gratificando sus gustos peculiares, y tal vez lo amara sobre todo como medio de que otros notaran su poder de forma más o menos cómoda. Si alguien argumenta que debieron existir atisbos de bondad en el viejo Featherstone, no lo negaré. Pero he de observar que la bondad es de naturaleza modesta, de fácil disuasión, y cuando ha sido baqueteada desde joven por vicios descarados, tiende a recluirse en la mayor privacidad, de forma que quienes más fácilmente creen en ella son aquellos que construyen teóricamente a un anciano egoísta, y no quienes forman criterios más estrechos, pero basados en una relación personal. En cualquier caso, se había empeñado en tener un hermoso funeral y en obligar a ir a quienes hubieran preferido quedarse en casa. Incluso ordenó que parientes femeninos le acompañaran hasta la tumba y la pobre hermana Martha había emprendido a este fin un dificultoso viaje desde Chalky Flats. A ella y a Jane les hubiera alegrado (aunque de manera sollozante) esta muestra de que un hermano al que no le gustaba verlas en vida se mostrara prospectivamente complacido por su presencia al convertirse en testador, si la muestra no fuera equívoca al verse extendida a la señora Vincy, cuyo dispendio de un crespón muy elegante parecía llevar implícitas las expectativas más presuntuosas, agravado todo ello por el color de sus mejillas, claro indicador de que no era pariente consanguínea sino que pertenecía a esa facción, por lo general objetable, denominada familia de la esposa.

Todos nosotros somos, de una u otra manera, imaginativos, pues las imágenes son el fruto del deseo; y el pobre Featherstone, que se reía mucho de la forma en la que los demás se engatusaban unos a otros, no escapó al compañerismo de la ilusión. Al escribir el programa de su entierro no se confesó a sí mismo que el placer que le producía el pequeño drama del que formaba una parte se reducía a la anticipación. Al disfrutar con los tormentos que podía inflingir con la rigidez de su puño inerte, inevitablemente mezclaba su conciencia con esa presencia lívida e inmovil, y en la medida en que le preocupaba una vida futura, esta preocupación consistía en la gratificación dentro del ataud. Así pues, el anciano Featherstone también era, a su manera, imaginativo.

Sea como fuere, los tres carruajes de duelo se llenaron siguiendo las órdenes escritas del difunto. A caballo iban portadores del paño mortuorio ataviados con ricas cintas y crespones, e incluso los ayudantes llevaban brazaletes de luto caros y de buena calidad. La negra procesión, al desmontar, parecía aún mayor dado lo pequeño del cementerio. Los ensombrecidos rostros humanos y los atuendos negros tiritando ante el viento parecían narrar un mundo que contrastaba extrañamente con las flores y los retazos de sol sobre las margaritas. El clérigo que recibió al cortejo fue el señor Cadwallader -también por orden de Peter Featherstone, inducido a ello por motivos especiales, como de costumbre. Despreciando a los coadjutores a quienes siempre calificó de subalternos, quería que le enterrara un clérigo beneficiado. El señor Casaubon estaba descartado, no sólo porque rehusaba las obligaciones de este tipo, sino porque el señor Featherstone sentía por él una antipatía especial como rector de su propia parroquia, que poseía un gravamen sobre la tierra en forma de diezmo, así como por ser el encargado del sermón matutino que el anciano, desde su banco y bien despierto, se había visto obligado a soportar con una mueca interna. Tenía reparos a que un pastor se alzara ante él y le predicara. Pero su relación con el señor Cadwallader había sido de otro tipo: el arroyo truchero que corría por tierras del señor Casaubon pasaba también por las del señor Featherstone, de manera que el señor Cadwallader era un pastor que en lugar de predicarle, había tenido que pedirle favores. Además pertenecía a la alta burguesía que vivía a cuatro millas de Lowick, compartiendo así el mismo cielo que el del condado y otros altos cargos vagamente considerados como necesarios para el funcionamiento de las cosas. Habría una satisfacción en el hecho de que le enterrara el señor Cadwallader, cuyo propio nombre ofrecía una buena oportunidad, si se quería, de pronunciarlo mal.

Esta deferencia conferida al rector de Tipton y Freshitt era el motivo de que la señora Cadwallader fuera una del grupo que observaba el funeral del anciano Featherstone desde una de las ventanas superiores de la casa. No le gustaba visitar esa casa pero, como ella misma decía, disfrutaba viendo colecciones de extraños animales como los que se congregarían en este funeral y había convencido a Sir James y a la joven Lady Chettam para que les llevaran al rector y a ella a Lowick a fin de que la visita fuera, en conjunto, agradable.

-Iré a cualquier parte con usted, señora Cadwallader -había dicho Celia-, pero no me gustan los funerales.

-Hija mía, cuando tienes un clérigo en la familia, tienes que reajustar tus gustos. Eso hube de hacer yo muy pronto. Cuando me casé con Humphrey me dispuse a que me gustaran los sermones y empecé aficionándome a los finales. Eso pronto lo extendí a la parte central, y luego al principio, porque sin estos, no podía apreciar el final.

-Pues naturalmente -dijo majestuosamente la viuda Lady Chettam.

La ventana superior desde la que se veía bien el funeral era la de la habitación que ocupara el señor Casaubon durante el tiempo en que se le había prohibido trabajar, pero a pesar de las advertencias y las recetas casi que había reanudado ahora su acostumbrado estilo de vida así que, tras recibir cortésmente a la señora Cadwallader, había vuelto a la biblioteca para rumiar un erudito error respecto de Kus y Misraím.

De no ser por las visitas, también Dorothea se hubiera encontrado encerrada en la biblioteca, y no hubiera presenciado esta escena del funeral del viejo Featherstone, que, apartada como parecía estar de su vida, recordaría ya siempre al tocar ciertos puntos sensibles de la memoria, del mismo modo que la visión de San Pedro en Roma estaba vinculada a sus momentos de desaliento. Las escenas que constituyen cambios vitales en la suerte de nuestros vecinos son el telón de fondo de las nuestras, pero sin embargo, igual que un aspecto determinado de los campos y los árboles, las asociamos a las épocas de nuestra propia historia, y componen una parte de esa unidad que subyace en la selección de nuestra conciencia más aguda.

La nebulosa asociación de algo ajeno y poco entendido con los secretos más hondos de su existencia, parecía reflejar esa sensación de soledad que se debía a lo apasionado de la naturaleza de Dorothea. La burguesía rural de aquellos tiempos vivía un ambiente social enrarecido: diseminados en sus casas de las colinas, observaban con imperfecta discriminación los grupos apiñados que vivían más abajo. Y Dorothea no se encontraba a gusto con la perspectiva y frialdad de las alturas.

-No miraré más -dijo Celia, cuando el cortejo hubo entrado en la iglesia, situándose detrás del codo de su marido a fin de poderle rozar el abrigo con la mejilla-. Seguro que a Dodo le gusta: le encantan las cosas melancólicas y la gente fea.

-Me encanta conocer algo de las personas entre las que vivo -dijo Dorothea, que había estado observándolo todo con el interés del monje en su gira de verano-, me da la impresión de que no sabemos nada de los vecinos nuestros que no son granjeros. Uno se pregunta constantemente qué tipo de vidas llevan, cómo se toman las cosas. Le estoy muy agradecida a la señora Cadwallader por sacarme de la biblioteca.

-Y haces bien... Los granjeros ricos de Lowick son tan curiosos como los búfalos o los bisontes y me atrevería a asegurar que en misa ni los ves. Son muy distintos de los arrendatarios de tu tío o de Sir James; son monstruos..., granjeros sin terrateniente..., uno no sabe cómo clasificarles.

-La mayoría de esta gente no es de Lowick -observó Sir James-. Supongo que serán legatarios venidos de lejos o gente de Middlemarch. Me dice Lovegood que el viejo ha dejado mucho dinero además de tierras.

-¡Vaya, vaya! y habiéndo tantos hijos jóvenes que no pueden cenar por cuenta propia -dijo la señora Cadwallader-. ¡Ah! -continuó, dándose la vuelta al oír que se abría la puerta-, aquí está el señor Brooke. Ya me parecía que estábamos incompletos y he aquí la explicación. Me imagino que estará aquí para ver este extraño funeral, ¿no?

-Pues no, había venido a ver a Casaubon, a ver cómo andaba. Y a traer una noticia, hija mía, una pequeña noticia -dijo el señor Brooke, dirigiéndose a Dorothea que en este momento se acercaba a él-. Miré en la biblioteca al entrar y vi a Casaubon inmerso en sus libros. Le dije que no estaba bien: le dije «Esto no está nada bien, piense en su esposa, Casaubon». Y me prometió subir. No le conté mis noticias, le dije que tenía que subir.

-¡Ah! ya salen de la iglesia -exclamó la señora Cadwallader-. ¿Jesús, qué grupo más variopinto! El señor Lydgate, como médico, supongo. Qué mujer tan guapa, y el joven rubio debe de ser su hijo. ¿Sabe usted quiénes son, Sir James?

-Veo a Vincy, el alcalde de Middlemarch, así que seguramente sean su mujer y su hijo -respondió Sir James, mirando interrogantemente al señor Brooke quien asintió y dijo:

-Sí, una familia muy respetable..., un buen tipo Vincy, es una honra para los intereses industriales. Le ha visto usted en mi casa.

-Ah sí, uno de los de su comité secreto -dijo provocante, la señora Cadwallader.

-Pero aficionado a la caza menor -dijo Sir James, con la antipatía del que se dedica a la caza del zorro.

-Y uno de los que exprime a los pobres tejedores manuales de Tipton y Freshitt. Así está su familia de hermosa y elegante -dijo la señora Cadwallader-. Esas personas de cara aberenjenada son un contraste magnífico. ¿Jesús, parecen una colección de jarras! Miren a Humphrey, parece un arcángel feo descollando entre ellos con su sobrepelliz blanco.

-La verdad es que un funeral es algo muy serio -dijo el señor Brooke.

-Pero es que no lo voy a enfocar así. No puedo abusar de la solemnidad si no quiero que se me desgaste. Ya era hora de que este anciano se muriera y ninguna de estas personas lo siente.

-¡Qué pena! -dijo Dorothea-. Este funeral me parece la cosa más patética que he visto jamás. Es un borrón en la mañana. Me horroriza pensar que alquien puede morir sin dejar atrás ni un rastro de cariño.

Iba a continuar, pero vio entrar a su marido y sentarse al fondo. Su presencia no siempre la gratificaba, pues a menudo tenía la impresión de que interiormente desaprobaba lo que ella decía.

-Decididamente -exclamó la señora Cadwallader-, hay un rostro nuevo que ha surgido de detrás de ese hombre corpulento. Es el más extraño de todos: una cabecita pequeña con ojos saltones, como una rana. Miren. Debe correrle otra sangre por las venas.

-¡A ver, a ver! -dijo Celia, despertada su curiosidad, y empinándose por encima de la señora Cadwallader-. ¡Qué cara- tan extraña! -y, con repentina y diferente sorpresa, añadió-: Pero Dodo, ¡no me habías dicho que había vuelto el señor Ladislaw!

Dorothea se sobresaltó y todos notaron su repentina palidez al levantar la vista hacia su tío, mientras el señor Casaubon clavaba en ella su mirada.

-Vino conmigo, es mi huésped en casa -dijo el señor Brooke en tono desenfadado y asintiendo con la cabeza a Dorothea como si aquella declaración fuera justo lo que ella hubiera esperado-. Y hemos traído el cuadro en el carruaje. Sabía que le gustaría la sorpresa, Casaubon. Es su viva imagen, en forma de Aquino, claro está. Justo lo que tiene que ser. Y ya oirán al joven Ladislaw hablar sobre ello. Habla extraordinariamente bien, explicando esto y lo otro..., sabe de arte y esas cosas. Es buena compañía, te sigue en cualquier tema..., justo lo que yo llevaba tiempo necesitando.

El señor Casaubon se inclinó con frialdad, dominando su irritación, pero sólo hasta el punto de poder permanecer callado. Recordaba igual de bien que Dorothea la carta de Will habiendo observado que no se encontraba entre las que aguardaban su recuperación, y concluyendo interiormente que Dorothea le había comunicado que no viniera a Lowick, había esquivado por orgullo referirse jamás al tema. Dedujo ahora que Dorothea le había pedido a su tío que invitara a Will a Tipton Grange y ella se sintió incapaz en ese momento de ofrecer una explicación.

La mirada de la señora Cadwallader se apartó del cementerio, se percató de una representación muda que no le resultaba todo lo comprensible que hubiera deseado y no pudo dejar de preguntar.

-¿Quién es el señor Ladislaw?

-Un joven pariente del señor Casaubon -contestó al punto Sir James. Su buena disposición le hacía con frecuencia ser rápido y certero en asuntos personales, y por la mirada de Dorothea a su marido había adivinado que algo la perturbaba.

-Un joven muy agradable; Casaubon ha hecho lo imposible por él -explicó el señor Brooke-. Compensa totalmente la inversión que hizo usted en él, Casaubon -prosiguió animadamente-. Espero que se quede una buena temporada en mi casa y a ver si así hacemos algo con mis documentos. Tengo muchos datos y muchas ideas y veo que es justamente el hombre adecuado para darle forma; recuerda bien las citas, omne tulit punctum, y todo eso; saca buen partido de cada tema. Le invité hace una temporada, Casaubon, cuando usted estaba enfermo. Dorothea me dijo que aquí no podía venir nadie y me pidió que escribiera.

La pobre Dorothea pensaba que cada palabra que profería su tío era tan agradable como un grano de arena en el ojo del señor Casaubon. Ahora sería de todo punto improcedente explicar que no había sido su deseo que su tío invitara a Will Ladislaw. No podía explicarse las razones de la antipatía que por Will sentía su esposo, antipatía que tenía muy grabada en la mente por la escena de la biblioteca, pero no consideraba apropiado decir nada que alertara a los demás sobre ello. La verdad era que el señor Casaubon no se había explicado a sí mismo del todo esa mezcla de razones: en él, como en todos nosotros, la irritación buscaba antes una justificación que un conocimiento de los motivos. Pero deseaba reprimir las muestras externas y sólo Dorothea pudo discernir los cambios en el rostro de su esposo antes de que éste respondiera con más reverencias y monotonía en su tono que de costumbre:

-Es usted extremadamente hospitalario, y debo agradecerle que ejerza su hospitalidad con un pariente mío.

El funeral había concluido y el cementerio empezaba a vaciarse.

-Ahora puede verle, señora Cadwallader -dijo Celia-. Es igual que una miniatura de la tía del señor Casaubon que está colgada en el gabinete de Dorothea: bastante apuesto.

-Un hermoso brote -dijo secamente la señora Cadwallader-. ¿Y qué ha de ser su sobrino, señor Casaubon? -Perdóneme usted, no es mi sobrino, es mi primo. -Bueno, pues ya sabe -interpuso el señor Brooke-, está probando sus alas. Es el tipo de joven que despuntará. Me encantaría darle una oportunidad. Sería un buen secretario, como Hobbes, Milton, Swift. Es ese tipo de hombre. -Entiendo -dijo la señora Cadwallader-. Alguien que sabe escribir discursos.

-Voy a buscarle, ¿eh, Casaubon? -dijo el señor Brooke-. No quería entrar hasta que yo le anunciara, ¿sabe? y bajaremos a ver el cuadro. Es su vivo retrato: el tipo de pensador profundo con el dedo índice señalando la página, mientras que San Buenaventura o no sé quién, bastante recio y florido, mira hacia la Trinidad. Todo es simbólico, esa clase elevada de arte. Me gusta eso, hasta cierto punto, pero sin extremarlo..., es extenuante de seguir. Pero ese es su terreno, Casaubon. Y su pintor ha pintado bien la carne: sólida, transparente y todo eso. Estuve muy impuesto en todo eso hace tiempo. Pero voy a buscar a Ladislaw.