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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 32.
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Tomarán la sugerencia como un gato lame leche.
(SHAKPSPEARE, La Tempestad.)

La triunfante confianza del alcalde fundamentada en la insistente exigencia del señor Featherstone de que Fred y su madre no le abandonaran, era una débil emoción comparada con todo lo que alteraba los corazones de los parientes del anciano, quienes, naturalmente, manifestaban más su sentido de las relaciones familiares y eran más conspícuamente numerosos ahora que se encontraba encamado. Lógicamente: pues cuando «el pobre Peter» ocupaba su sillón en el saloncito forrado de madera, no habría habido cucarachas para las que la cocinera preparara agua hirviendo peor recibidas en un hogar que tenían razones para preferir, que esas personas cuya sangre Featherstone estaba desnutrida, no debido a su mezquindad, sino a la pobreza. El hermano Solomon y la hermana Jane eran ricos, y el candor familiar y total ausencia de falsa cortesía con la que se les solía recibir no les parecía argumento para que su hermano, ante el acto solemne de hacer testamento, pasara por alto los superiores derechos de riqueza. Al menos a ellos, nunca había sido lo bastante desnaturalizado como para echarles de la casa, y apenas parecía un gesto de excentricidad el que el anciano hubiera mantenido alejados al hermano Jonah, la hermana Martha y los demás, que no tenían ni de lejos tales derechos. Conocían la máxima de Peter, que el dinero era un buen huevo, y debía incubarse en un nido cálido.

Pero el hermano Jonah, la hermana Martha y todos los menesterosos exiliados mantenían un punto de vista diferente. Las probabilidades son tan diversas como los rostros que uno quiere ver en los calados o los empapelados: en ellos se encuentran todas las formas, desde Júpiter hasta Pepita si se buscan con talante creativo. A los más pobres y desfavorecidos, les parecía probable que puesto que Peter no había hecho nada por ellos en vida, les recordara en muerte. Jonah argumentaba que los hombres gustan de sorprender con sus testamentos, mientras que Martha decía que no debía asombrar a nadie que dejara la mayor parte de su dinero a quien menos lo esperaba. Tampoco había que pasar por alto que el hermano de uno, «tumbado allí» con hidropesía en las piernas tendría forzosamente que llegar a la conclusión de que la sangre es más espesa que el agua y, aunque no alterara el testamento, al menos quizá tuviera dinero a mano. En cualquier caso debían estar cerca algunos parientes consanguíneos, vigilando a quienes apenas eran ni parientes. Existían cosas como testamentos falsificados y testamentos en litigio que parecían tener la dorada ventaja de permitir, de alguna manera, que los no legatarios vivieran de ellos. Por otra parte, tal vez se pillara a algún no consanguíneo hurtando cosas, ¡y el pobre Peter «tumbado allí», impotente! Alguien debía estar pendiente. Pero aquí coincidían con Solomon y Jane. Asimismo, sobrinos, sobrinas y primos, argumentando con aún mayor sutileza respecto de lo que podía hacerse con un hombre que era muy capaz de «testar a su antojo» sus propiedades y regalarse grandes dosis de rarezas, sentían dadivosamente que debían ocuparse de un asunto de familia, y pensaban en Stone Court como un lugar de obligada visita. La hermana Martha, es decir, la señora Cranch, que vivía aquejada de dificultades respiratorias en Chalky Flats, no podía emprender el viaje, pero su hijo, siendo el propio sobrino del pobre Peter, podía representarla ventajosamente y vigilar bien, no fuera que su tío Jonah hiciera un uso injusto de las improbables cosas que parecía probable sucedieran. La realidad era que existía un sentimiento general que recorría las venas de los Featherstone de que todo el mundo debía vigilar a los demás, y de que fuera bueno que todo el mundo reflexionara sobre el hecho de que el Todopoderoso le observaba.

Así pues, Stone Court era el escenario de las constantes idas o venidas de uno u otro consanguíneo, y Mary Garth tenía la desagradable tarea de subir sus mensajes al señor Featherstone, que se negaba a ver a ninguno y la enviaba para abajo con la aún más desagradable tarea de comunicárselo. Como encargada de la casa, se sentía obligada, según el buen estilo de provincias, a invitarles a quedarse y comer, pero le consultó a la señora Vincy sobre la mayor consumición que se estaba llevando a cabo ahora que el señor Featherstone se encontraba encamado.

-Hija mía, cuando se trata de una última enfermedad y la propiedad, hay que hacer las cosas con generosidad. Dios sabe que yo no les escatimo todo el jamón que haya en la casa, pero guarda el mejor para el funeral. Ten siempre preparada ternera rellena y un buen queso. En casos de enfermedad terminal uno debe contar con que puede llegar gente en cualquier momento -dijo la rumbosa señora Vincy, recuperado de nuevo su tono alegre y su vistosa indumentaria.

Pero algunas visitas llegaban y no partían tras la generosa invitación a ternera y jamón. Por ejemplo, el hermano Jonah (en la mayoría de las familias existen personas así de desagradables; quizá incluso en la aristocracia haya especímenes de Brobdingnag (1), gigantescamente endeudados y engordados a un alto coste), pero como decía, el hermano Jonah, habiendo venido a menos, se mantenía fundamentalmente gracias a una vocación de la cual era lo bastante modesto como para no alardear, aunque era mucho mejor que estafar en el cambio o en el hipódromo, pero que no exigía su presencia en Brassing siempre y cuando encontrara un buen rincón en el

(1) El país de los gigantes en Los viaje de Gulliver.

que sentarse y disfrutar de buena comida. Escogió un rincón de la cocina, en parte porque le gustaba más y en parte porque no quería sentarse con Solomon, respecto del cual tenía una fuerte opinión fraternal. Sentado en una butaca estupenda y con su mejor traje, la buena pitanza siempre a la vista, tenía la cómoda sensación de estar en el centro, mezclada con fugaces indicaciones de domingo y de la barra del Hombre Verde, e informó a Mary Garth que no se alejaría de su hermano Peter mientras el pobre siguiera en esta tierra. Los problemáticos en las familias suelen ser los ingeniosos o los idiotas. Jonah era el ingenioso de los Featherstone y bromeaba con las criadas cuando se acercaban al hogar, pero parecía considerar a la señorita Garth un personaje sospechoso y la seguía con fría mirada.

Mary hubiera soportado con relativa tranquilidad este par de ojos, pero desgraciadamente estaba el joven Cranch quien, habiéndose desplazado desde Chalky Flats en representación de su madre para vigilar a su tío Jonah también creía obligación suya el quedarse, sentándose principalmente en la cocina para acompañar al tío. El joven Cranch no constituía precisamente el punto equilibrante entre el ingenioso y el idiota, inclinándose un tanto hacia el último, y bizqueando de forma que todo lo referente a sus sentimientos quedaba incierto, salvo que estos no eran de índole contundente. Cuando Mary Garth entraba en la cocina y el señor Jonah Featherstone comenzaba a seguirla con sus fríos ojos detectivescos, el joven Cranch, volviendo la cabeza en la misma dirección, parecía insistir en que Mary se fijara en su bizquera, como si fuera intencionada, como los gitanos cuando Borrow(2) les leía el Nuevo Testamento. Esto era demasiado para la pobre Mary y en ocasiones la ponía de mal humor y en ocasiones la alteraba. Un día que tuvo la oportunidad, no pudo resistirse a describirle a Fred la escena de la cocina, a quien no logró disuadir de que fuera a presenciarla al momento, haciendo como si sencillamente pasara por allí. Pero no bien se había enfrentado a los cuatro ojos que hubo de precipitarse por la puerta más próxima, que daba a la vaquería, donde, bajo el alto techo y entre los cacharros, irrumpió en una carcajada cuya resonancia se escuchó nítidamente en la cocina. Salió

(2) George Borrow (1803-81), autor de La Biblia en Fibarra (1841).

corriendo por otra puerta, pero el señor Jonah, que no había visto antes la blanca tez de Fred, sus largas piernas y rostro delicado y enjuto, preparó múltiples sarcasmos en los que estos puntos de su aspecto se combinaban ingeniosamente con los más bajos atributos morales.

-Pero bueno, Tom, tú no llevas unos pantalones tan elegantes ni tienes las piernas la mitad de largas y finas -le dijo Jonah a su sobrino guiñándole el ojo para advertirle de que el comentario encerraba algo más que lo evidente. Tom se miró las piernas, pero no despejó la duda de si prefería sus ventajas morales a un mayor largo de pierna y censurable elegancia de pantalón.

También en el salón forrado de madera había constantemente ojos que vigilaban y parientes dispuestos a «velar». Muchos llegaban, comían y partían, pero el hermano Solomon y la señora que durante veinticinco años antes de convertirse en la señora Waule fuera Jane Featherstone, le encontraron gusto a permanecer allí varias horas cada día sin otra ocupación que la de observar a la astuta Mary Garth (que tenía tanta retranca que no se la pillaba en falso) dando ocasionales muestras secas de llanto -como avance de torrentes en estaciones más húmedas- ante el hecho de no poder entrar en la habitación del señor Featherstone. La aversión del anciano por su propia familia parecía aumentar a medida que disminuía su capacidad de divertirse diciéndoles cosas mordientes. Demasiado desfallecido para picar, el veneno se le acumulaba en la sangre.

Sin acabarse de creer el mensaje que les llegaba a través de Mary Garth, se habían personado juntos a la puerta de la alcoba, vestidos de negro (la señora Waule con un pañuelo blanco en la mano a medio desplegar y ambos con semblante de un color morado luctuoso), mientras la señora Vincy, con sus mejillas sonrosadsa y las cintas rosas al viento, administraba un cordial al enfermo, y el rubio Fred, con el pelo rizado como era de esperar en un jugador, se repantingaba cómodamente en un amplio butacón.

No bien vio aparecer el anciano Featherstone a estas fúnebres figuras que desoían sus órdenes que la ira vino a fortalecerle con mayor éxito que el cordial. Estaba incorporado en la cama, y junto a él, como siempre, se encontraba el bastón con empuñadura de oro. Lo asió, blandiéndolo de un lado a otro para abarcar la mayor idea posible, como ahuyentando a los horribles espectros, y profirió con un ronco graznido:

-¡Atrás, atrás, señora Waule! ¡Atrás, Solomon!
-Pero hermano Peter... -empezó a decir la señora Waule. El hermano Solomon levantó la mano deteniéndola. Era un hombre de amplias mejillas, próximo a los setenta, con pequeños ojos furtivos, y no sólo tenía un carácter más taimado, sino que se creía mucho más agudo que su hermano Peter y poco susceptible de que sus congéneres le engañaran, habida cuenta de que éstos no podían ser ni más avariciosos ni mentirosos de lo que él sospechaba que eran. Incluso los poderes invisibles, creía, podían ser apaciguados por un suave paréntesis aquí y allí, procedentes de un hombre hacendado que podía haber sido tan indigno como otros.

-Hermano Peter -dijo con tono zalamero, pero oficiosamente grave al tiempo-, es lógico que te hable de Three Crofts y el Manganese(3). El Todopoderoso sabe lo que tengo en la mente...

-En ese caso sabe más de lo que yo quiero saber -dijo Peter, soltando el bastón en una muestra de tregua que encerraba también una amenaza, pues giró el bastón y lo colocó como para convertir la empuñadura de oro en una maza en caso de que la pugna se hiciera más íntima, concentrando la mirada en la calva de Solomon.

-Puede que haya cosas de las que te arrepientas, hermano, por no haber hablado conmigo de ellas -dijo Solomon, pero sin avanzar-. Podía quedarme contigo esta noche, y Jane también, gustosamente, y podías tomarte el tiempo que quisieras para hablar, o dejarme hablar a mí.

-Sí, sí, me tomaré el tiempo que quiera, no tienes que ofrecerme el tuyo -dijo Peter.

-Pero no puedes tomarte el tiempo que quieras para morir, hermano -empezó la señora Waule, con su tono lanudo-. Y cuando yazcas mudo, quizá te hartes de tener extraños a tu alrededor y pienses en mí y en mis hijos -pero aquí se le cortó la voz ante el conmovedor pensamiento que le estaba atribuyendo a su hermano mudo, siendo, naturalmente, toda mención a nosotros mismos, algo muy enternecedor.

(3) Compañía en la que tiene acciones Featherstone.

-En absoluto -dijo el anciano Featherstone, contradictoriamente-. No pensaré en ninguno de vosotros. Ya he hecho testamento; te repito, ya he hecho testamento -llegado este punto volvió la cabeza hacia la señora Vincy y bebió un poco más del cordial.

-Hay quien se avergonzaría de ocupar un sitio que por derecho le pertenece a otros -dijo la señora Waule, enfocando sus ojillos en la misma dirección.

-Hermana -dijo Solomon con irónica dulzura-, tú y yo no somos lo bastante finos, elegantes y ricos; debemos ser humildes y dejar que los listos nos adelanten a codazos.

Fred no pudo soportar esto y levantándose y mirando al señor Featherstone dijo:

-¿Quiere que mi madre y yo salgamos de la habitación para que usted pueda estar a solas con sus hermanos? -Siéntate te digo -dijo el anciano con brusquedad-. Quedaros donde estáis. Adiós Solomon -añadió, intentando blandir de nuevo el bastón, pero fracasando en su intento ahora que estaba dado la vuelta-. Adiós señora Waule. No volváis.

-Estaré abajo, hermano, lo quieras o no -dijo Solomon-. Yo cumpliré con mi obligación y queda por ver lo que permitirá el Todopoderoso.

-Sí, porque eso de que la propiedad salga de las familias -continuó la señora Waule-, en las que hay jóvenes formales para continuar... Pero compadezco a quienes no son así, y compadezco a sus madres. Adiós, hermano Peter.

-Recuerda Peter, que soy el mayor después de ti, y prosperé desde el principio, igual que tú, y ya tengo tierras con el nombre de Featherstone -dijo Solomon, confiando mucho en esa reflexión, como una sobre la que se pudiera hablar durante las horas nocturnas-. Por el momento me despido.

Su salida se vio aligerada ante la visión del anciano señor Featherstone calándose bien la peluca y cerrando los ojos al tiempo que abría la boca como si estuviera decidido a ser sordo y ciego.

No obstante, venían a diario a Stone Court y permanecían en su puesto de guardia, manteniendo a veces un lento y susurrante diálogo en el que la observación distaba tanto de la respuesta que cualquiera que les oyera habría pensado que escuchaba a unos autómatas parlantes, y hubiera dudado sobre si el ingenioso mecanismo funcionaría o se agarrotaría la cuerda obligándoles al silencio. Solomon y Jane hubieran sentido precipitarse: era evidente a lo que eso conducía al otro lado de la pared, en la persona del hermano Jonah.

Pero su vigía en el salón de madera se veía a veces variada por la presencia de otros invitados llegados de lejos o de cerca. Ahora que Peter Featherstone estaba encamado arriba, sus propiedades se podían comentar con toda la ilustración local que proporcionaba el lugar en sí. Algunos vecinos rurales y de Middlemarch estaban muy de acuerdo con la familia y expresaban su simpatía por sus intereses contra los Vincy, y había visitas femeninas que incluso lloraban, conversando con la señora Waule, al recordar cómo ellas mismas se habían visto defraudadas en el pasado por codicilos y matrimonios revanchistas por parte de ancianos caballeros ingratos, quienes, uno pensaría, habían sido otorgados una longevidad para hacer mejor uso de ella. Tales conversaciones se interrumpían de repente, como un órgano cuando se suelta el fuelle, si Mary Garth entraba en la habitación, y se posaban sobre ella todas las miradas como una posible legataria o alguien que podría tener acceso a las arcas.

Pero los hombres jóvenes que eran parientes o estaban vinculados a la familia, tendían a admirarla en esta problemática situación como una mujer de gran conducta y que, entre las oportunidades que se encontraban por allí, podría resultar un premio no despreciable. Por ende, recibía su parcela de cumplidos y atención.

En especial recibía estos del señor Borthrop Trumbull, un soltero distinguido de la zona que era subastador y muy introducido en la venta de terrenos y ganado. Era ciertamente un personaje público, cuyo nombre aparecía en carteles muy distribuidos y que muy bien podía compadecerse de quienes no le conocían. Era primo segundo de Peter Featherstone, quien le había tratado con mayor amabilidad que a cualquier otro pariente, siéndole útil en materia de negocios, y en el programa para el funeral que el propio anciano había dictado, había sido nombrado portador del féretro. No había en el señor Borthrop Trumbull atisbo de odiosa codicia -nada salvo un sincero sentimiento de su propia valía, la cual, sabía, en caso de rivalidad, actuaría a su favor, de manera que, si Peter Featherstone, quien por lo que hacía al propio Trumbull se había comportado igual de bien que cualquier otra alma, le dejara una buena herencia, lo único que podría decir sería que jamás había engatusado o barbilleado al anciano, sino que le había aconsejado como mejor le dictaba su experiencia, experiencia de más de veinte años desde que empezara de aprendiz a los quince, y que era improbable que arrojara conocimientos subrepticios. Su admiración distaba mucho de limitarse a su persona ya que estaba habituado tanto profesional como personalmente a disfrutar valorando las cosas a alto nivel. Era un amante de grandes frases y jamás empleaba un lenguaje pobre sin corregirse inmediatamente, lo que era una suerte dado que era bastante ruidoso y tendía a predominar, irguiéndose en pie y con frecuencia caminando mientras explicaba, estirándose el chaleco con aires de hombre que sabe lo que quiere y utilizando el dedo índice para atusarse el cabello, señalando cada serie nueva de movimientos por un previo toqueteo de sus grandes sortijas. En ocasiones había cierta fiereza en su aspecto que iba dirigida principalmente contra las falsas opiniones, las cuales son tantas a corregir en el mundo que un hombre de cierta educación y experiencia tiene forzosamente que ver su paciencia puesta a prueba. Pensaba que por lo general, la familia Featherstone era de entendimiento limitado, pero siendo un hombre de mundo y un personaje público, daba esto por sentado e incluso se acercaba a la cocina a conversar con el señor Jonah y el joven Cranch, seguro de haber impresionado mucho al último con sus preguntas sobre Chalky Flats. Si alguien hubiera comentado que el señor Borthrop Trumbull, siendo subastador, tenía que conocer la naturaleza de todas las cosas, hubiera sonreído diciéndose para sí en silencio que el comentario era bastante correcto. En general, de forma subastadora, era un hombre honrado, que no se avergonzaba de su trabajo y opinaba que «el célebre Peel, ahora Sir Robert»(4), no dejaría de reconocer su valía caso de ser presentados.

-No me importaría tomar una loncha de ese jamón y un poco de cerveza, señorita Garth, si usted me lo permite -dijo, entrando en el salón a las once y media, tras haber disfrutado del privilegio excepcional de ver al anciano Featherstone y colocándose de espaldas a la chimenea entre la señora

(4) Peel acababa de heredar el título a la muerte de su padre.

Waule y Solomon-. No es necesario que vaya usted, ya tocaré la campanilla.

-Gracias -dijo Mary-, pero tengo que ir a la cocina. -Bien, señor Trumbull, le favorecen a usted mucho. -¿Por poder ver al anciano? -dijo el subastador, jugue teando con sus anillos distraídamente-. Verá, es que ha confiado bastante en mí -y aquí apretó los labios y frunció el ceño meditativamente.

-¿Se podría preguntar lo que ha dicho nuestro hermano? -preguntó Solomon, en suave tono de humildad que le proporcionaba una sensación de lujuriosa astucia ya que, siendo hombre rico, no era necesario.

-Claro que se puede preguntar -dijo el señor Trumbull, con desenfadado sarcasmo-. Cualquiera puede interrogar. Cualquiera puede dar a sus comentarios un giro interrogatorio -continuó, la sonoridad y el estilo aumentando a la par-. Esto es lo que los buenos oradores hacen constantemente, incluso cuando no esperan una respuesta. Es lo que denominamos una figura retórica, hacer buena figura al hablar como si dijéramos -el elocuente subastador se sonrió ante su ingenio.

-No me apenaría saber que le ha recordado a usted, señor Trumbull -dijo Solomon-. Jamás me opuse a los merecedores. Son los no merecedores contra quienes estoy yo.

-¡Ah, ahí está, ¿ve? ahí está -dijo el señor Trumbull significativamente-. No se puede negar que gente no merecedora ha resultado legataria, incluso herederos universales. Así es, con las disposiciones testamentarias -de nuevo frunció los labios y arrugó un poco el ceño.

-¿Está usted asegurándome, señor, que mi hermano ha legado su tierra fuera de nuestra familia? -dijo la señora Waule sobre quien, como mujer de poca esperanza, aquellas largas palabras tenían un efecto depresivo.

-Más le valdría a cualquier hombre dejar sus tierras a la beneficencia que legárselas a según quien -observó Solomon al no recibir respuesta la pregunta de su hermana.

-¿Tierras para beneficencia? -dijo la señora Waule-. No estará usted queriendo decir eso ¿no, señor Trumbull? Sería atentar contra el Todopoderoso que le hizo prosperar. Mientras la señora Waule hablaba, el señor Borthrop Trumbull se apartó de la chimenea y caminó hacia la ventana, pasándose el dedo índice primero por el cuello, luego por las patillas y finalmente por la línea del pelo. Se dirigió después hacia la mesa de trabajo de la señorita Garth, abrió un libro que se encontraba sobre ella y leyó el título en voz alta con pomposo énfasis como si lo ofertara a la venta.

Anne of Geierrtein (pronunciado Yirstin) o «La doncella de la niebla» por el autor de Waverley -a continuación, volvió la página y comenzó con sonoridad-. «Casi han transcurrido cuatro siglos desde que los sucesos que se narran en los siguientes capítulos acontecieran en el continente» -pronunció la admirable palabra última con el acento en la primera sílaba, no por desconocimiento, sino creyendo que esta novedad realzaba la bella sonoridad que su lectura había proporcionado al conjunto.

En este momento entró la criada con la bandeja, desaparecida así la ocasión de contestar a la pregunta de la señora Waule quien, al igual que Solomon, observaba los movimientos del señor Trumbull y pensaba que la erudición interfería lastimosamente con los asuntos serios.

El señor Borthrop Trumbull en realidad no sabía nada respecto del testamento del anciano Featherstone, pero salvo que le hubieran arrestado por encubrir traición nadie hubiera conseguido que declara su ignorancia.

-Sólo me tomaré un poco de jamón y un vaso de cerveza -dijo tranquilizadoramente-. Como hombre de asuntos públicos, me tomo un piscolabis cuando puedo. Avalo este jamón -dijo, tras engullir algunos trozos con alarmante velocidad-, contra cualquier otro de los tres reinos. En mi opinión es mejor que el de Freshitt Hall y creo que soy bastante buen juez.

-Hay a quienes no les gusta que tenga tanta azúcar -dijo la señora Waule-. Pero a mi pobre hermano siempre le gustó así.

-Si hay quien exija algo mejor, está en su derecho, pero ¡bendito sea Dios!, ¡qué aroma! Ya me gustaría a mí comprar esta calidad. Es de agradecer que un caballero -aquí la voz del señor Trumbull se tiñó de emotividad- sirva este jamón.

Apartó el plato, se escanció cerveza y adelantó un poco la silla, aprovechando la ocasión para mirarse la parte interna de las piernas que acarició con aprobación, poseyendo el señor Trumbull esos aires y gestos menos frívolos y que distinguían a las razas predominantes del norte.

-Veo que tiene usted ahí una obra interesante, señorita Garth -observó cuando Mary volvió a entrar-. Es del autor de Waverley, es decir, Sir Walter Scott. Yo mismo he comprado una de sus obras..., algo muy bonito, una publicación superior, titulada Ivanhoe. Creo que no debe haber escritor que le supere fácilmente; en mi opinión tardarán en superarle. Acabo de leer un poco del principio de Anne of Jeersteen. Comienza bien. (Las cosas nunca empezaban con el señor Borthrop Trumbull, siempre comenzaban, tanto en su vida privada como en sus prospectos)-. Veo que es usted una aficionada a la lectura. ¿Está suscrita a nuestra biblioteca de Middlemarch?

-No -dijo Mary-, el señor Fred Vincy me trajo este libro.

-A mí también me gustan mucho los libros -fue la respuesta del señor Trumbull-. Tengo no menos de doscientos volúmenes en piel y presumo de que están bien seleccionados. También tengo cuadros de Murillo, Rubens, Teniers, Ticiano, Van Dyck y otros. Con gusto le prestaré cualquier cosa que quiera, señorita Garth.

-Le estoy muy agradecida -dijo Mary, disponiéndose a salir de nuevo-, pero tengo poco tiempo para la lectura. -Supongo que mi hermano le habrá dejado algo a ella en su testamento -dijo el señor Solomon en un susurro cuando se cerró la puerta tras Mary y refiriéndose con la cabeza a la señorita Garth.

-Aunque su primera mujer fue un mal partido -dijo la señora Waule-. No le aportó nada y esta joven no es más que su sobrina. Y muy altiva. Y mi hermano siempre le ha pagado un sueldo.

-Pero es una chica sensata, en mi opinión -dijo el señor Trumbull, acabándose la cerveza y poniéndose en pie con un enfático ajuste de su chaleco-. La he observado cuando mezcla las gotas de las medicinas. Está pendiente de lo que hace. Eso es muy importante en una mujer, y algo muy importante para nuestro amigo de ahí arriba, pobrecillo. El hombre cuya vida tiene algún valor debería pensar en su mujer como una enfermera; es lo que ya haría, de casarme.

Y creo que he estado soltero lo bastante como para no equivocarme en eso. Hay hombres que se tienen que casar para auparse un poco, pero cuando yo necesite eso, espero que alguien me lo diga, espero que alguien me informe. Le deseo buenos días, señora Waule. Señor Solomon. Confío en que volvamos a coincidir bajo auspicios menos tristes.

Cuando el señor Trumbull se hubo marchado tras una profunda inclinación, Solomon se acercó a su hermana y dijo:

-Puedes estar segura, Jane, de que mi hermano le ha dejado a esa chica una buena suma.

-Eso diría cualquiera, a juzgar por la forma de hablar del señor Trumbull -dijo Jane. Y tras una pausa añadió-: Habla como si no se pudiera confiar en mis hijas para dar las gotas.

-Los subastadores dicen muchas locuras -dijo Solomon-. Aunque el señor Trumbull ha hecho dinero.