Read synchronized with  English  Russian 
Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 30.
< Prev. Chapter  |  Next Chapter >
Font: 

Qui veut délasser hors de propos, larse.
(PASCAL.)

El señor Casaubon no tuvo un segundo colapso de igual intensidad que el primero, y a los pocos días recuperaba su condición habitual. Pero a Lydgate el caso le pareció requerir una gran atención. No sólo usó el estetoscopio (que no constituía en aquellos días una rutina de la práctica), sino que se sentaba en silencio junto a su paciente y le examinaba. A las preguntas sobre sí mismo del señor Casaubon respondía que el origen de la enfermedad era el error común del intelectual -una dedicación en exceso monótona y obsesiva. El remedio consistía en satisfacerse con un trabajo moderado y buscar diversos medios de relajación. El señor Brooke, que estaba presente en una ocasión, sugirió que el señor Casaubon podía pescar, como hacía Cadwallader, y tener un cuarto de desahogo donde pudiera hacer juguetes, patas de mesa y ese tipo de cosas.

-En resumen, que me está recomendando que anticipe mi segunda infancia -dijo el pobre señor Casaubon con amargura-. Todo esto -añadió, dirigiéndose a Lydgateme supondría el mismo relajo que el recoger sirga a los prisioneros de un correccional.

-Confieso -dijo Lydgate sonriendo-, que la diversión es una receta poco satisfactoria. Es como decirle a la gente que esté animada. Tal vez fuera mejor decirle que debe resignarse a aburrirse un poco antes que continuar trabajando.

-Eso, eso -dijo el señor Brooke-. Que Dorothea juegue con usted al backgammon por las noches. Y al badminton. No hay mejor juego que el badminton duante el día. Recuerdo cuando estaba de moda. Claro que quizá su vista no lo permita. Pero ha de desencorvarse, Casaubon. Tal vez podría aficionarse a algo ligero como el estudio de las conchas, eso debe ser liviano. O que Dorothea le lea cosas ligeras, Smollett 1... Roderick Random, Humph5 y Clinker. Son un poco atrevidas, pero ahora que está casada puede leerlo todo. Recuerdo que a mí me partían de risa... hay un episodio graciosísimo de los pantalones de un postillón. No tenemos ese humor ahora. Yo he probado todas estas cosas, pero quizá para usted sean algo nuevo.

«Tan nuevo como comer cardos» -hubiera sido la respuesta que se ajustaba al sentimiento del señor Casaubon. Pero se limitó a inclinar la cabeza con resignación y el debido respeto al tío de su esposa observando que sin duda las obras mencionadas habían «servido de recurso a cierto tipo de mentes».

-Verá -dijo el competente juez de paz a Lydgate cuando hubieron salido de la habitación-, Casaubon ha sido un poco estrecho, lo que le restringe mucho cuando se le prohíbe realizar su trabajo, que tengo entendido es algo muy profundo, en la línea de la investigación, ¿sabe? Eso no me pasaría nunca a mí, siempre fui muy versátil. Pero un clérigo está un poco maniatado. ¡Si le hicieran obispo!... Escribió un folleto muy bueno para Peel. Entonces tendría más posibilidades, más campo, y a lo mejor se rellenaba un poco. Pero le recomiendo que hable con la señora Casaubon. Es muy inteligente, mi sobrina. Dígale que su marido necesita animación y distracción; sugiérale alguna táctica de diversión.

Incluso sin el consejo del señor Brooke, Lydgate había decidido hablar con Dorothea. No se hallaba presente cuando su tío ofrecía sus amables sugerencias respecto de la forma de animar la vida en Lowick, pero solía encontrarse junto a su esposo y las muestras espontáneas de ansiedad que presentaban su voz y su rostro acerca de cualquier cosa tocante a su mente o su salud, componían un drama que Lydgate observaba con atención. Se dijo a sí mismo que hacía lo que debía al decirle la verdad sobre el probable futuro de su marido, pero también pensaba que resultaría interesante hablar con ella confidencialmente.

(1)Tobias Smollett (1721-71), novelista escocés. Traductor del Quyote.

Al hombre de medicina le gusta hacer observaciones psicológicas y a veces, en la persecución de tales estudios, se ve tentado con demasiada facilidad a la profecía momentánea que la vida y la muerte se encargan de desdecir. Con frecuencia había Lydgate ironizado sobre estas predicciones gratuitas y tenía en esta ocasión la intención de ser reservado.

Preguntó por la señora Casaubon, pero al decirle que había salido a pasear estaba a punto de marcharse cuando apareció con Celia, sofocadas ambas tras su lucha con el viento de marzo. Cuando Lydgate le rogó que le permitiera hablar a solas con ella, Dorothea abrió la puerta de la biblioteca al ser ésta la más cercana, sin pensar en otra cosa que lo que pudiera tener que decir sobre el señor Casaubon. Era la primera vez que entraba en la habitación desde que enfermara su esposo y el criado no había abierto las contraventanas. Pero los angostos cristales superiores de las ventanas dejaban pasar la suficiente luz para leer.

-Espero que no le moleste esta lóbrega iluminación -dijo Dorothea, en pie en el centro de la habitación-. Desde que usted prohibió los libros, la biblioteca ha quedado en desuso. Pero confío en que el señor Casaubon pueda estar pronto de vuelta en ella. ¿Cómo va progresando?

-Mucho más rápido de lo que pensé en un principio. De hecho casi que ha recobrado su estado de salud usual.

-¿No temerá usted que recaiga? -dijo Dorothea, cuya agilidad había detectado cierto significado en el tono de Lydgate.

-Es especialmente difícil pronunciarse sobre casos como éste -dijo Lydgate-. Lo único que puedo afirmar con seguridad es que habrá que vigilar mucho al señor Casaubon para que no se fuerce.

-Le ruego que hable con toda claridad -dijo Dorothea con tono suplicante-. No soportaría pensar que había algo que yo desconocía y que, de haberlo sabido, me habría hecho actuar de forma diferente -las palabras le brotaron como un sollozo: era evidente que eran la voz de alguna experiencia mental cercana.

-Siéntese -añadió, haciéndolo ella misma en la silla más próxima y quitándose el sombrero y los guantes, con un abandono instintivo de la formalidad ante el peso del futuro.

-Lo que acaba usted de decir justifica mi propio punto de vista -dijo Lydgate-. Creo que es obligación del médico evitar en lo posible lamentaciones de esa índole. Pero le ruego tenga muy en cuenta que el caso del señor Casauban es precisamente del tipo sobre el que resulta más difícil aventurar un desenlace. Tal vez pueda vivir quince años, o más, sin peor salud de la que hasta el momento ha disfrutado.

Dorothea había palidecido, y cuando Lydgate se detuvo dijo con voz queda.

-Quiere decir siempre y cuando tengamos mucho cuidado.

-Sí..., cuidado con cualquier tipo de excitación mental y el trabajo excesivo.

-Se sentiría muy mal si hubiera de abandonar su trabajo -dijo Dorothea, con presta anticipación de ese malestar. -Estoy al corriente de ello. El único medio es, directa e indirectamente, intentar moderar y variar sus ocupaciones. Si las circunstancias fueran favorables, no hay, como he dicho, peligro inminente de esa afección del corazón que creo ha sido la causa de su reciente ataque. Por otro lado, es posible que la enfermedad se desarrolle con mayor rapidez: es uno de esos casos en los que la muerte se puede presentar súbitamente. No se debe descuidar nada que pudiera verse afectado por un desenlace así.

Hubo unos minutos de silencio durante los cuales Dorothea permaneció como convertida en mármol, aunque la vida en su interior era tan intensa que jamás antes había recorrido su mente en tan escaso tiempo un abanico parecido de escenas y motivos.

-Por favor, ayúdeme -dijo finalmente, en el mismo tono quedo de antes-. Dígame qué puedo hacer. -¿Qué tal viajar por el extranjero? Tengo entendido que han estado en Roma recientemente.

Los recuerdos que invalidaban este recurso fueron una nueva corriente que sacaron a Dorothea de su pálida inmovilidad.

-Eso no serviría de nada..., sería lo peor de todo -dijo, con un asomo de infantil desaliento, mientras le corrían las lágrimas-. Nada que no le guste servirá de lo más mínimo.

-Ojalá hubiera podido ahorrarle este dolor -dijo Lydgate, profundamente conmovido, al tiempo que se preguntaba por el matrimonio de Dorothea. Mujeres como Dorothea no habían formado parte de su tradición.

-Hizo bien diciéndomelo. Le agradezco su sinceridad. -Desearía que entendiera que no le voy a aclarar la situación al señor Casaubon. Estimo que es bueno que él sepa tan sólo que no debe excederse en el trabajo y que debe seguir ciertas reglas. La ansiedad de cualquier tipo sería precisamente lo que más le perjudicaría.

Lydgate se levantó y Dorothea mecánicamente hizo lo mismo, desabrochándose la capa y quitándosela como si la ahogara. Se inclinaba Lydgate para despedirse cuando un impulso que de haberse encontrado a solas se hubiera convertido en una oración, la hizo decir con voz entrecortada:

-Es usted un hombre sabio, ¿verdad? Lo sabe todo respecto de la vida y la muerte. Aconséjame. Piense qué puedo hacer. El señor Casaubon se ha pasado la vida trabajando y mirando hacia adelante. No le interesa nada más. Y a mí no me interesa nada más...

Durante años Lydgate recordó la impresión que le produjo esta súplica involuntaria, este grito de alma a alma, sin otro conocimiento que el hecho de moverse, como naturalezas hermanas, en el mismo medio embrollado, la misma vida problemática e intermitentemente iluminada. Pero ¿qué podía decir ahora salvo que volvería a ver al señor Casaubon al día siguiente? Cuando se hubo marchado, Dorothea rompió a llorar liberando de esta forma su ahogante opresión. Recordando que no debía delatar su tristeza ante su marido se secó las lágrimas y echando un vistazo a la habitación pensó que debía decirle a la criada que la limpiara como de costumbre, ya que el señor Casaubon podría ahora querer utilizarla en cualquier momento. Sobre su mesa había cartas que no se habían tocado desde la mañana en la que cayó enfermo, entre las que, como Dorothea recordaba bien, se encontraban las del joven Ladislaw, la que iba dirigida a ella aún por abrir. El ataque, fruto de la agitación a la que la ira de Dorothea tal vez hubiera contribuido, había convertido en aún más dolorosas las asociaciones de esas cartas: tiempo habría para leerlas cuando de nuevo se viera obligada a su lectura, y no se había sentido dispuesta a ir a buscarlas a la biblioteca. Pero ahora se le ocurrió que debían desaparecer de la vista de su esposo: cualquiera que fuere el origen de la contrariedad que habían suscitado en él, no debía, a ser posible, repetirse. Leyó primero la carta dirigida a él para asegurarse de si sería o no necesario escribir a fin de impedir la ofensiva visita.

Will escribía desde Roma y comenzaba diciendo que su deuda con el señor Casaubon era demasiado profunda como para que todo agradecimiento no pareciera una impertinencia. Era evidente que si no estuviera agradecido sería el canalla más cobarde que jamás encontrara a un amigo generoso. Extenderse en palabras de gratitud sería como decir «soy honrado». Pero Will había llegado a percatarse de que sus defectos -defectos que el propio señor Casaubon había señalado con frecuencia- necesitaban, para su corrección, esa situación más adversa que la generosidad de su pariente había, hasta el momento, impedido. Confiaba en que la mejor devolución, si una devolución era posible, consistiría en demostrar la efectividad de la educación por la que estaba en deuda, y en dejar de precisar en el futuro fondos sobre los que otros pudieran tener mayores derechos. Volvía a Inglaterra a probar fortuna, al igual que tenían que hacer otros muchos jóvenes cuyo único capital residía en su cerebro. Su amigo Naumann había querido que se hiciera cargo de la «Discussión», el cuadro pintado para el señor Casaubon con cuyo permiso, y el de la señora Casaubon, Will se encargaría personalmente de llevar a Lowick. Una carta dirigida a la Poste Restante en París antes de dos semanas evitaría, si así se le requería, que llegara en un momento inoportuno. Incluía una carta para la señora Casaubon en la que continuaba una conversación iniciada en Roma sobre el arte.

Al abrir su carta, Dorothea vio que era una animada continuación de las recriminaciones de Will respecto de sus fanáticas simpatías y su falta de un sólido gozo neutral en las cosas tal y como eran, una profusión de su joven energía que resultaba imposible leer en este momento. Debía considerar de inmediato lo que tenía que hacer respecto de la otra carta, tal vez aún hubiera tiempo de impedir que Will viniera a Lowick. Dorothea terminó dándole la carta a su tío, que seguía en la casa, y rogándole que le hiciera saber a Will que el señor Casaubon había estado enfermo y que su salud no le permitía recibir visitas.

Nadie más dispuesto que el señor Brooke a escribir una carta. Su única dificultad estribaba en que fuera corta, y en este caso, sus ideas se desparramaron a lo largo de tres folios grandes más los márgenes. A Dorothea le había dicho simplemente:

-Claro que escribiré, hija. Este Ladislaw es un joven muy inteligente, me atrevo a decir que despuntará. Su carta es hermosa, indica su idea de las cosas, ¿sabes? De todos modos, le contaré lo de Casaubon.

Pero la pluma del señor Brooke era un órgano pensante que desarrollaba oraciones, en especial de tipo benévolo, antes de que el resto de su mente pudiera controlarlas. Manifestaba lamentos y proponía soluciones que, cuando el señor Brooke los leía, se le antojaban felizmente expresados, sorprendentemente adecuados, y que daban lugar a una continuación impensada anteriormente. En este caso, la pluma lamentaba tanto que el joven Ladislaw no viniera al vecindario en ese momento, a fin de que el señor Brooke pudiera conocerle mejor y pudieran repasar juntos los tan olvidados dibujos italianos (además de sentir un gran interés por un joven que se iniciaba en la vida provisto de un cúmulo de ideas), que al llegar al final de la segunda página había convencido al señor Brooke para que invitara al joven Ladislaw, puesto que en Lowick no le podían recibir, a Tipton Grange. ¿Por qué no? Encontrarían muchas cosas para hacer juntos, y era una época de grandes cambios, el horizonte político se ampliaba y, resumiendo, la pluma del señor Brooke se lanzó a un pequeño discurso que recientemente había escrito para ese órgano imperfectamente editado, el Middlemarch Pioneer. Mientras sellaba la carta, el señor Brooke se recreaba con el influjo de vagos proyectos: un joven capaz de dar forma a las ideas, la compra del Pioneer para esbozar el camino hacia una nueva candidatura, la utilización de documentos, ¿quién sabe cómo podía terminar todo ello? Puesto que Celia se casaba inminentemente, sería muy agradable compartir la mesa con un joven, al menos durante un tiempo.

Pero se marchó sin decirle a Dorothea lo que incluía la carta, pues estaba ocupada con su marido y además, estas cosas, en realidad no eran de su interés.