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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 27.
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Cante la Musa amores del Olimpo:
Sólo somos mortales, al hombre cantaremos.

Tu eminente filósofo de entre mis amigos que sabe dignificar incluso el mobiliario más feo a base de colocarlo a la serena luz de la ciencia me ha enseñado este enjundioso hecho.

El espejo, o la superficie de acero pulido que lustra la criada, tiene múltiples y minuciosos arañazos en todas direcciones... Pero poned frente a ello una vela encendida como centro de iluminación y hete aquí que los arañazos parecen recolocarse formando una serie de círculos concéntricos en torno a ese pequeño sol. Se puede demostrar que los arañazos siguen manteniendo una dirección imparcial y es sólo la vela lo que produce la halagadora ilusión de una organización concéntrica, cayendo su luz con una selección exclusivamente óptica. Estas cosas son una parábola. Los arañazos son sucesos, y la vela es el egoísmo de cualquier persona ausente en este momento, la señorita Vincy, por ejemplo.

Rosamond tenía una Providencia propia que muy amablemente la había hecho más atractiva que a otras jóvenes y que parecía haber organizado la enfermedad de Fred y el error del señor Wrench a fin de que ella y Lydgate se encontraran en una proximidad efectiva. Hubiera sido contravenir estos arreglos el que Rosamond hubiera consentido en marcharse a Stone Court o a cualquier otro lugar, como deseaban sus padres, sobre todo puesto que el señor Lydgate consideró innecesaria la precaución. Así pues, mientras que la señorita Morgan y los niños fueron enviados a la granja a la mañana siguiente de haberse declarado la enfermedad de Fred, Rosamond se negó a abandonar a papá y mamá.

Ciertamente que la pobre mamá constituía un objeto conmovedor para cualquier ser nacido de mujer, y el señor Vincy, que adoraba a su esposa, se sentía más preocupado por ella que por Fred. De no ser por la insistencia de su marido, no habría ni tan siquiera descansado; su animación se había apagado y, desinteresada por su atuendo, siempre tan fresco y juvenil, parecía un ave enferma, los ojos lánguidos y el plumaje alborotado, los sentidos sordos a todo cuanto la había interesado. El delirio de Fred, durante el que parecía alejarse de ella, le rompía el corazón. Tras su primer exabrupto contra el señor Wrench, iba por la casa en silencio, roto tan sólo por el quedo llamamiento a Lydgate. Le seguía al salir de la habitación y poniendo la mano sobre el brazo gemía «salve a mi hijo». Una vez sollozó: «Siempre ha sido bueno conmigo, señor Lydgate, jamás ha tenido una palabra áspera para con su madre» -como si el sufrimiento del pobre Fred fuera una acusación contra él. Se conmovieron las más profundas fibras del recuerdo materno, y el joven, cuya voz se tornaba más dulce cuando se dirigía a ella, se fundía con el niño a quien había amado, con un amor nuevo para ella, antes ya de que naciera.

-Tengo muchas esperanzas, señora Vincy -decía Lydgate-. Baje conmigo y hablaremos de la alimentación -de esta forma la conducía hasta la salita, donde se hallaba Rosamond, distrayéndola así un poco e incitándola a tomarse un té o un caldo que le habían preparado. Había entre él y Rosamond un constante entendimiento en estos temas. Casi siempre la veía antes de entrar en la habitación del enfermo y ella acudía a él en busca de consejo sobre qué hacer con mamá.

Su presencia de ánimo y exactitud al llevar a cabo sus indicaciones eran admirables, y no es extraordinario que la idea de ver a Rosamond empezara a mezclarse con su interés por el caso. Sobre todo, una vez hubo pasado la etapa crítica y Lydgate empezara a confiar en la recuperación de Fred. En un momento incierto había aconsejado llamar al doctor Sprague (quien hubiera preferido mantenerse neutral debido a Wrench); pero tras dos consultas, el caso quedó en manos de Lydgate y existían un sinfín de razones para hacer de él un asiduo. Iba a casa del señor Vincy por la mañana y por la tarde y poco a poco las visitas se fueron haciendo más alegres a medida que Fred se encontró simplemente débil, y no sólo necesitado de todos los mimos, sino consciente de ellos, de forma que la señora Vincy empezó a pensar que después de todo la enfermedad le había proporcionado un festival a su ternura.

Tanto el padre como la madre lo tuvieron como una razón añadida para su exaltación cuando el anciano señor Featherstone envió mensajes por Lydgate urgiendo a Fred que se repusiera pronto, puesto que él, Peter Featherstone, no podía prescindir de él y le echaba mucho de menos. El propio anciano empezaba a estar encamado. La señora Vincy le pasó los mensajes a Fred en cuanto estuvo en condiciones de oírlos, y él volvió hacia ella su rostro delicado y desvalido, afeitado el tupido pelo rubio y en el que los ojos parecían haberse agrandado, ansiando alguna palabra acerca de Mary, preguntándose lo que ella sentiría con su enfermedad. Sus labios no pronunciaron palabra alguna, pero «el oír con los ojos es patrimonio de la agudeza del amor» y la madre, en la magnanimidad de su corazón, no sólo adivinaba el anhelo de Fred, sino que estaba dispuesta a cualquier sacrificio para complacerle.

-Con tal de poder ver a mi hijo fuerte otra vez -decía, con tierna ingenuidad-. Y, ¿quién sabe?..., ¡tal vez dueño de Stone Court!.... entonces se puede casar con quien quiera.

-No si me rechazan, madre -respondía Fred. La enfermedad le había ablandado y los ojos se le llenaron de lágrimas mientras hablaba.

-Venga, venga, tómate un poco de jalea, hijo -era la respuesta de la señora Vincy, incrédula ante una negativa.

No se apartaba del lado de Fred cuando su marido no estaba en la casa, y así Rosamond se encontraba en la insólita situación de estar mucho sola. Naturalmente, a Lydgate no se le ocurría quedarse mucho tiempo con ella, y sin embargo parecía como si las breves e impersonales conversaciones que mantenían estuvieran creando esa peculiar intimidad que consiste en la timidez. Estaban obligados a mirarse cuando se hablaban, y de alguna manera ese mirarse no se podía llevar a cabo como la cosa normal que era.

A Lydgate le empezó a incomodar esa especie de concienciación, y un día bajó la vista y miró hacia otra parte, como una marioneta mal manejada. Pero esto no dio buen resultado, pues al día siguiente Rosamond bajó la vista, y consecuentemente, la próxima vez que sus miradas se encontraron fue aún más violento. La ciencia no tenía soluciones para esto y puesto que Lydgate no quería flirtear, la frivolidad tampoco parecía poder proporcionar ayuda alguna. Fue por tanto una bendición cuando los vecinos dejaron de considerar que la casa estaba bajo cuarentena y se redujeron considerablemente las oportunidades de ver a Rosamond a solas.

Pero una vez ha existido, no es fácil obviar los efectos de esa intimidad fruto de la violencia mutua, en la que cada uno percibe que el otro siente algo. Charlar acerca del tiempo y demás tópicos civilizados tiende a parecer una pobre argucia y el comportamiento no se normaliza salvo que se reconozca abiertamente una mutua fascinación -lo que por supuesto tampoco tiene por qué implicar nada ni profundo ni serio. Esta fue la forma en la que Rosamond y Lydgate encajaron con elegancia, dotando de nuevo de vivacidad a su relación. Las visitas iban y venían como de costumbre, volvió la música al salón y regresó también la acrecentada hospitalidad del señor Vincy como alcalde. Siempre que podía, Lydgate se sentaba junto a Rosamond, y se rezagaba para oírla tocar y cantar, denominándose su prisionero con la intención más absoluta de no serlo. Lo descabellado de la idea de establecerse inminente y satisfactoriamente como hombre casado era garantía más que suficiente contra el peligro. Este jugar a estar un poco enamorado era agradable y no interfería con propósitos más serios. Al fin y al cabo, el flirtear no suponía necesariamente un proceso en el que uno se chamuscara. Por su parte, Rosamond jamás antes había disfrutado tanto de sus días: estaba segura de que la admiraba alguien a quien merecía la pena cautivar y no distinguía el flirteo del amor, ni en ella ni en la otra persona. Era como si navegara con viento favorable justo hacia donde quería ir, y sus pensamientos los llenaba una hermosa casa en Lowick Gate que, con el tiempo, esperaba que se quedaría vacía. Estaba decidida, una vez casada, a deshacerse pertinentemente de cuantas visitas no le resultaban agradables en casa de su padre y amueblaba de distintas maneras una y otra vez el salón de su casa predilecta.

Por supuesto que también pensaba mucho en el propio Lydgate, que le parecía casi perfecto: si conociera las notas de forma que el arrobamiento que su música le producía hubiera sido menos parecido al de un elefante emocionado, y si hubiera podido apreciar mejor los refinamientos de su gusto en el vestir, Rosamond apenas habría podido señalar en él un defecto. ¡Qué distinto era del joven Plymdale o del señor Caius Larcher! Aquellos jóvenes no tenían ni idea de francés, ni podían hablar de ningún tema con adecuados conocimientos, salvo tal vez el comercio del transporte y el teñido, que por supuesto se avergonzaban de mencionar; eran la burguesía de Middlemarch, jubilosa con sus fustas de empuñadura de plata y corbatines de raso, pero zafia de modales y tímidamente jocosa. Incluso Fred estaba por encima de ellos, poseedor al menos del acento y las formas de un universitario. Por el contrario, a Lydgate siempre se le escuchaba, su porte era el de la educada despreocupación de la superioridad consciente, y su ropa parecía la adecuada por más de una afinidad natural y no una reflexión constante. Rosamond se enorgullecía cuando entraba Lydgate, y al acercársela con una distinguida sonrisa, tenía la sensación deliciosa de ser objeto de un envidiable homenaje. Si Lydgate hubiera sido consciente del orgullo que suscitaba en aquel delicado corazón, hubiera estado tan contento como cualquier otro hombre, aún el más ignorante respecto a la patología de los humores o el tejido fibroso: el adorar la superioridad del hombre sin tener un conocimiento demasiado preciso acerca de lo que era, constituía para él una de las actitudes más bonitas de la mente femenina.

Pero no era Rosamond una de esas desvalidas jovencitas que se delatan inconscientemente y cuyo comportamiento es el torpe resultado de sus impulsos en lugar del fruto de la sagaz cautela y el decoro. ¿Acaso os imaginais que sus pronósticos y cábalas respecto al mobiliario y la sociedad asomaban jamás en su conversación, ni siquiera con su madre? Muy al contrario, hubiera manifestado la mayor de las sorpresas y gran desaprobación de saber que otra joven había manifestado semejante inmodesta precipitación, es más, probablemente no lo hubiera creído. Pues Rosamond nunca mostraba conocimientos desfavorecedores, mostrándose siempre como esa combinación de correctos sentimientos, música, danza, dibujo, elegantes notitas a mano, álbum particular de poesías escogidas y perfecta hermosura rubia que componían la mujer irresistible para el hombre sentenciado de aquel periodo. Os ruego que no le atribuyáis maldades injustas: no urdía malvadas tramas ni cosas sórdidas o mercenarias; de hecho, jamás pensaba en el dinero salvo como algo necesario que otros siempre proporcionarían. No era su costumbre inventar falsedades y si sus comentarios no se ajustaban estrictamente a los hechos, ello obedecía a que esa no era su intención, sino que, como otros de sus elegantes atributos, tenían la finalidad de agradar. En el acabado de la alumna predilecta de la señora Lemon, la naturaleza había inspirado a numerosas artes, y la opinión general (excluida la de Fred) era que Rosamond constituía una infrecuente combinación de belleza, inteligencia y amabilidad.

A Lydgate cada vez le resultaba más agradable estar con ella. No existía ahora entre ellos turbación alguna, sino ese delicioso intercambio de influencia en sus miradas y lo que decían tenía para ellos ese exceso de significado que un tercero observa con cierto aburrimiento, pero continuaban sin tener charlas o digresiones de las que hubiera que excluir a nadie. El hecho real es que flirteaban, y Lydgate estaba convencido de que no hacían nada más. Si un hombre no podía amar y ser prudente, al menos podría flirtear y ser prudente. La verdad era que los hombres de Middlemarch, exceptuando al señor Farebrother, eran muy aburridos, y a Lydgate no le interesaban ni la política comercial ni las cartas. ¿Qué iba a hacer, pues, para distraerse? Con frecuencia le invitaban los Bulstrode, pero allí las hijas apenas habían dejado la escuela, y la ingenuidad con la que la señora Bulstrode reconciliaba la piedad y la mundanidad, lo vacuo de esta vida y el deseo por el cristal tallado, la percepción simultánea de los harapos y el damasco constituían un respiro insuficiente al peso de la invariable seriedad de su marido. A pesar de todos sus fallos, el hogar de los Vincy salía mejor parado de la comparación; además alimentaba a Rosamond, encantadora como una rosa a medio abrir y dotada de atributos para la refinada distracción del hombre.

Pero su éxito con la señorita Vincy le granjeó otros enemigos que los médicos. Una noche entró bastante tarde en el salón, después de que hubieran llegado otras visitas. La mesa de cartas había atraído a los mayores y el señor Ned Plymdale (uno de los buenos partidos de Middlemarch si bien no una de sus mejores mentes) mantenía un téte-á-téte con Rosamond. Había traído el último número de Keepsake, la maravillosa publicación en papel satinado que indicaba el progreso moderno en la época, y se consideraba muy afortunado por poder ser el primero en verla con Rosamond, deteniéndose en las damas y caballeros de brillantes mejillas y brillantes sonrisas, y llamando formidables los poemas cómicos e interesantes las narraciones sentimentales. Rosamond se mostraba condescendiente y Ned estaba satisfecho de tener en su mano lo óptimo en arte y literatura como medio de «hacerle la corte» y deleitar a una agradable joven. Asimismo tenía motivos, profundos más que visibles, para estar satisfecho de su aspecto. Para el observador superficial, su barbilla daba la impresión de desvanecerse, como si se reabsorbiera gradualmente. Y lo cierto es que le causaba ciertos problemas con el ajuste de sus corbatines de raso, a cuyo efecto resultaban útiles las barbillas en aquellos tiempos.

-Creo que la honorable señora S. se parece un poco a usted -dijo Ned. Mantuvo abierto el libro ante el retrato fascinador, mirándolo lánguidamente.

-Tiene una espalda muy grande, como si el objetivo de su pose fuera eso -dijo Rosamond sin intención satírica al tiempo que pensaba lo rojas que tenía las manos el joven Plymdale y se preguntaba por qué no venía Lydgate. Continuó bordando.

-No dije que fuera tan hermosa como usted -dijo Ned, osando levantarla vista del retrato para mirar al rival del mismo. -Sospecho que es usted un auténtico adulador -dijo Rosamond, con la certeza de que tendría que rechazar a este joven caballero por segunda vez.

Pero en este momento entró Lydgate. El libro se cerró antes de que alcanzara la esquina en la que se encontraba Rosamond y al sentarse con confianza relajada a su otro lado, la mandíbula del joven Plymdale cayó como un barómetro por el lado infausto del cambio. Rosamond disfrutó no sólo con la presencia de Lydgate, sino con el efecto que causó -le gustaba provocar los celos.

-¡Vaya un tardón está usted hecho! -dijo al darle la mano-, hace ya un ratito que mamá empezó a darle por ausente. ¿Cómo ha encontrado a Fred?

-Como de costumbre: recuperándose, pero lentamente. Quisiera que se fuera... tal vez a Stone Court, por ejemplo. Pero su madre parece poner alguna pega.

-¡Pobrecillo Fred! -dijo Rosamond con dulzura-. Encontrará a Fred tan cambiado -añadió volviéndose hacia el otro pretendiente-. El señor Lydgate ha sido nuestro ángel de la guarda durante su enfermedad.

Don Ned esbozó una sonrisa nerviosa mientras que Lydgate, cogiendo el Keepsake y abriéndolo, soltó una despectiva carcajada y alzó la barbilla como maravillándose de la estupidez humana.

-¿De qué se ríe tan irreverentemente? -preguntó Rosamond con suave neutralidad.

-Me pregunto qué resultaría más bobo de aquí, las ilustraciones o la parte escrita -respondió Lydgate tajantemente mientras ojeaba rápidamente las páginas, como si se hiciera cargo del libro en un santiamén y, a juicio de Rosamond, luciendo con gran ventaja sus grandes manos blancas.

-Observen este novio saliendo de la iglesia. ¿Han visto jamás una «imagen tan almibarada», como decían los isabelinos? ¿Habrá un mercero más afectado? Y sin embargo estoy seguro de que la historia que acompaña le convierte en uno de los mayores caballeros del país.

-Es usted tan severo que me asusta -dijo Rosamond, moderando oportunamente su diversión. El pobre Plymdale se había detenido con admiración ante este mismo grabado y su ánimo se vio alterado.

-Pues hay mucha gente muy célebre que escribe en Keepsake -dijo en tono entre tímido y airado-. Y esta es la primera vez que oigo a nadie denominarlo una bobada.

-Veo que tendré que acusarle de ser un godo -dijo Rosamond, dirigiéndose a Lydgate con una sonrisa-. Sospecho que no sabe ni una palabra acerca de Lady Blessingtonl o de L.E.U. -La propia Rosamond disfrutaba con estas escritoras, pero no se comprometía fácilmente expresando su admiración y estaba alerta a la mínima insinuación de que, según Lydgate, algo no fuera del más exquisito gusto.

-Pero imagino que el señor Lydgate conocerá a Sir Walter Scott -dijo el joven Plymdale, animado un tanto por esta ventaja.

-Bueno, no leo literatura ahora -dijo Lydgate, cerrando el libro y poniéndolo a un lado-. Leí tanto de pequeño que supongo que me bastará el resto de mi vida. Solía saberme de memoria los poemas de Scott

(1) Lady Blessington (1789-1849), autora de novelas sobre la alta sociedad y directora de la revista The Keepsake.
(2) Letitia Elizabeth Landon (1802-î8), novelista popular de la época.

-Me gustaría saber saber dónde se detuvo -dijo Rosamond-, porque así estaría segura de saber algo que usted desconoce.

-El señor Lydgate opinaría que eso no merece la pena saberlo -dijo Ned, intencionadamente cáustico.

-Al contrario -dijo Lydgate, sin asomo de irritación y sonriendo a Rosamond con desesperante confianza-. Merecería la pena saberlo por el hecho de que fuera la señorita Vincy quien me lo comunicara.
El joven Plymdale pronto se encaminó hacia la mesa de whist pensando que Lydgate era uno de los tipos más engreídos y desagradables que había tenido la mala fortuna de conocer.

-¡Qué imprudente es usted! -dijo Rosamond, interiormente encantada-. ¿Se da cuenta de que le ha ofendido? -Pero... ¿es que era el libro del señor Plymdale? Lo siento. No me di cuenta.

-Empezaré a pensar que es cierto lo que usted dijo de sí mismo cuando llegó aquí, que es usted un oso necesitado de que los pájaros le instruyan.

-Pues hay un ave que puede enseñarme cuanto quiera. ¿Acaso no la escucho con gusto?

A Rosamond le parecía que era casi como si ella y Lydgate estuvieran prometidos. Que en algún momento lo estarían era una idea que hacía tiempo llevaba en la mente y ya sabemos que las ideas, encontrándose a mano los materiales necesarios, tienden hacia un tipo de existencia más sólida. Cierto que Lydgate tenía la idea contraria de permanecer soltero, pero esto era sencillamente una sombra proyectada por otras decisiones que, a su vez, eran susceptibles de desaparición. Era casi seguro que las ciscunstancias estarían del lado de la idea de Rosamond, que tenía una actividad moldeadora y la supervisión de unos atentos ojos azules mientras que la de Lydgate estaba ciega y ajena como una medusa que se derrite sin ni siquiera darse cuenta.

Cuando llegó a casa esa noche observó sus frascos para ver cómo progresaba el proceso de maceración, sin que su interés se viera perturbado, y escribió sus notas diarias con la precisión de siempre. Los sueños de los que le resultaba difícil desprenderse eran construcciones ideales de otras cosas que no eran las virtudes de Rosamond, y el tejido primitivo seguía siendo su dulce desconocida. Además, comenzaba a interesarle la incipiente si bien medio reprimida pugna entre él y los otros médicos que probablemente se haría más patente ahora que el método de Bulstrode para llevar el hospital estaba a punto de hacerse público y había además, varios indicios alentadores de que el rechazo que hacia él sentían ciertos pacientes de Peacock se viera contrarrestado por la impresión que había causado en otras áreas. Unos días más tarde, cuando casualmente había adelantado a Rosamond en la carretera de Lowick y había desmontado del caballo para caminar junto a ella y protegerla de un boyero que pasaba, le había detenido un criado a caballo portador de un mensaje procedente de una casa de cierto rango a la que Peacock nunca había sido llamado. Era el segundo ejemplo de este tipo. Era el criado de Sir James Chettam y la casa era Lowick Manor.