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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 26.
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Él me pega y yo me quejo desesperadamente.
¡Brava satisfacción! Ojalá fuera al revés, y yo pudiera pegarle a
él mientras él Se me quejaba a mí.
(SHAKESPEARE, Troilo y Crésida.)

Pero Fred no fue a Stone Court al día siguiente por razones perentorias. Aquellas visitas a las insalubres calles de Houndsley en busca de Diamond acarrearon no sólo un mal negocio caballuno, sino la desgracia añadida de una enfermedad que durante un par de días pareció una mera depresión y dolor de cabeza, pero que al regreso de Stone Court se había agudizado tanto que, al entrar en el comedor, se echó en el sofá y en respuesta a la inquieta pregunta de su madre dijo:

-Me encuentro muy mal: creo que debe venir Wrench. Wrench vino, pero no encontró nada serio, habló de «un leve desarreglo» y no quedó en volver al día siguiente. Sentía el debido respeto por la casa de los Vincy, pero incluso los hombres más prudentes se ofuscan a veces con la rutina, y hay mañanas ajetreadas en las que hacen su labor con el brío del campanero. El señor Wrench era un hombre menudo, pulcro, bilioso, de inmaculada peluca; tenía una farragosa clientela, mal carácter, una esposa linfática y siete hijos, e iniciaba ya con retraso el recorrido de cuatro millas hasta el lado opuesto de Tipton donde había de reunirse con el doctor Minchin, pues la muerte de Hicks, el médico rural, había incrementado los pacientes de Middlemarch en esa dirección. Si yerran los grandes hombres de estado ¿por qué no lo iban a hacer los médicos insignificantes? El señor Wrench no descuidó recetar los usuales paquetitos blancos que en esta ocasión tuvieron negras y drásticas consecuencias. Su efecto no alivió al pobre Fred, quien, no obstante, reacio a creerse que «se le avecinaba una enfermedad», se levantó a su hora a la mañana siguiente y bajó con la intención de desayunar sin conseguir otro éxito que el de sentarse tiritando junto a la chimenea. De nuevo se mandó llamar al señor Wrench, pero había salido a hacer su ronda y la señora Vincy, viendo el aspecto que ofrecía su predilecto, rompió en llanto y dijo que llamaría al doctor Sprague.

-¡Bobadas, madre! ¡No es nada! -dijo Fred, extendiendo hacia ella una mano seca y febril-. Pronto estaré bien. Debí coger frío en ese horrible y húmedo viaje.

-¡Mamá! -exclamó Rosamond, que estaba sentada junto a la ventana (las ventanas del comedor daban a la muy respetable calle denominada Lowick Gate)-, ahí está el señor Lydgate hablando con alguien. Yo de ti le llamaría. Ha curado a Ellen Bulstrode. Dicen que cura a todo el mundo.

La señora Vincy corrió hacia la ventana y la abrió al instante, pensando sólo en Fred y no en el protocolo médico. Lydgate se encontraba a unos dos metros al otro lado de una valla de hierro y el ruido de la ventana le hizo volverse antes de que la señora Vincy tuviera que llamarle. A los dos minutos estaba en la habitación de la cual Rosamond salió tras mostrar cierta inquietud en consonancia con lo que entendía que era la discreción.

Lydgate hubo de oír una narración en la que la mente de la señora Vincy se concentraba con asombroso instinto en todo punto de nula importancia, sobre todo respecto a lo que el señor Wrench había dicho o no había dicho sobre volver o no. Lydgate se dio cuenta al momento de la difícil situación que esto podía crear entre él y Wrench, pero el caso era lo bastante grave como para desechar la consideración: estaba convencido de que Fred se encontraba en la fase rosácea de la fiebre tifoidea y de que había tomado las medicinas inadecuadas. Debía irse de inmediato a la cama, ser atendido por una enfermera y había que tomar ciertas precauciones sobre las que Lydgate fue muy preciso. El terror de la señora Vincy ante estas señales de peligro encontró salida en las primeras palabras que se le ocurrieron. Opinaba que «era un ultraje por parte del señor Wrench que les había atendido durante tantos años, prefiriéndole al señor Peacock que también era amigo. No podía entender por nada del mundo por qué el señor Wrench había desatendido a sus hijos más que a otros. No había hecho lo mismo con los hijos de la señora Larcher cuando tuvieron el sarampión, cosa que la señora Vincy tampoco hubiera deseado. Y si ocurriera algo...».

Llegado este punto, la señora Vincy se derrumbó y su cuello de Niobe y su rostro animado se desencajaron. Esto tenía lugar en el recibidor, fuera del alcance de los oídos de Fred, pero Rosamond había abierto la puerta del cuarto de estar y avanzó hacia ellos inquieta. Lydgate disculpó al señor Wrench diciendo que los síntomas del día anterior podían ser equívocos y que este tipo de fiebre era confusa en sus inicios; se dirigiría de inmediato al boticario a que le preparara la receta para no perder más tiempo, pero escribiría al señor Wrench comunicándose lo que se había hecho.

-Pero tiene usted que volver, tiene que continuar atendiendo a Fred. No consiento en dejar a mi hijo en manos de alguien que puede venir o no. No le guardo rencor a nadie, gracias a Dios, y el señor Wrench me salvó durante la pulmonía, pero mejor me hubiera dejado morir si... si...

-Entonces me reuniré aquí con el señor Wrench, ¿quiere? -dijo Lydgate, convencido de que Wrench no estaba preparado para llevar bien un caso como éste.

-Le ruego que se encargue de ello, señor Lydgate -dijo Rosamond en apoyo de su madre y asiéndole el brazo para llevársela.

Cuando el señor Vincy llegó a casa se enfadó mucho con Wrench, manifestando que no le importaba que no volviera a pisar su casa. Lydgate debía continuar, tanto si le gustaba a Wrench como si no. No era una broma el que hubiera fiebre en la casa. Habría que avisar a todo el mundo para que no fueran a cenar el jueves. Y no era preciso que Pritchard sacara el vino, el coñac era lo mejor contra una infección.

-Beberé coñac -añadió el señor Vincy enfáticamente, como queriendo dar a entender que no era ésta ocasión para disparar con cartuchos de fogueo-. Es un chico extraordinariamente desafortunado, este Fred. Necesitará tener suerte en el futuro para compensar todo esto, de otro modo no sé quién iba a querer tener un hijo primogénito.

-No digas eso, Vincy -dijo la madre con voz trémula-, si no quieres que me lo quiten.

-Te va a matar a preocupaciones, Lucy, eso sí lo veo claro -dijo el señor Vincy más apaciguado-. De todos modos, le haré saber a Wrench mi opinión sobre el tema -lo que el señor Vincy pensaba confusamente era que tal vez la fiebre se hubiera evitado si Wrench hubiera actuado con el debido cuidado respecto de su (la del alcalde) familia-. No soy de los que se dejan influir por el último criterio sobre los nuevos médicos o clérigos, sean hombres de Bulstrode o no. Pero Wrench sabrá lo que pienso, vaya si lo sabrá.

Wrench no se lo tomó en absoluto bien. Lydgate fue todo lo educado que su brusca personalidad le permitía, pero la educación por parte de quien te ha puesto en desventaja sólo constituye una desesperación añadida, sobre todo si la persona era ya de antemano un objeto de desagrado. Los médicos rurales constituían una especie irascible, susceptibles en cuanto al honor, y el señor Wrench era, entre ellos, uno de los más irritables. No se negó a ver a Lydgate esa tarde, pero la ocasión puso bastante a prueba su aguante. Tuvo que oír decir a la señora Vincy:
-Señor Wrench, ¿qué he hecho yo para que me trate así? ¡Mire que marcharse y no volver a venir! ¡Mi hijo podía ser ahora un cadáver!

El señor Vincy, que había estado manteniendo un avivado fuego contra la Infección enemiga, y en consecuencia se encontraba muy acalorado, se levantó cuando oyó entrar a Wrench y salió a la entrada para decirle lo que pensaba.

-¿Sabe lo que le digo, Wrench?, que esto pasa de castaño oscuro -dijo el alcalde, que últimamente había tenido que amonestar con aire oficial a los ofensores y ahora se ensanchaba metiendo los pulgares en las sisas-. ¡Permitir que la fiebre entre así como así en una casa como ésta! ¡Hay ciertas cosas que debieran ser procesables y no lo son, esa es mi opinión!

Pero es más fácil soportar los reproches irracionales que la sensación de que te están instruyendo, o, mejor dicho, la sensación de que un hombre más joven, como Lydgate, interiormente te considera falto de formación, pues «de hecho» dijo el señor Wrench posteriormente, Lydgate expuso nociones inconcretas y extranjerizantes que no se tenían en pie. Momentáneamente se tragó la ira, pero después escribió rehusando tener nada más que ver con el caso. La casa sería buena, pero el señor Wrench no iba a ceder ante nadie en un asunto profesional. Reflexionó que era harto probable que, con el tiempo, Lydgate también diera un traspié y que sus intentos poco caballerosos por desacreditar la venta de fármacos por parte de sus compañeros de profesión, también con el tiempo, se volverían contra él mismo. Lanzó hirientes comentarios sobre los trucos de Lydgate, dignos tan sólo de un curandero para granjearse una reputación ficticia entre los crédulos. Ningún médico serio empleaba esa jerga de las curas.

Era este un punto que le dolía a Lydgate todo lo que Wrench pudiera desear. El que le socavara un ignorante no sólo era humillante, sino también peligroso y no más de envidiar que la reputación de quien profetiza el tiempo. Le impacientaban las necias expectativas en medio de las cuales ha de desarrollarse toda labor, y era susceptible de perjudicarse cuanto deseara el señor Wrench por una sinceridad poco profesional.

No obstante, Lydgate quedó instalado como médico de los Vincy y el hecho fue tema de comentario general en Middlemarch. Unos dijeron que los Vincy se habían comportado de forma escandalosa, que el señor Vincy había amenazado a Wrench y que la señora Vincy le había acusado de envenenar a su hijo. Otros opinaban que había sido providencial que Lydgate pasara por allí en aquel momento, que era asombrosamente listo en materia de fiebres y que Bulstrode tenía razón en apoyarle. Muchos pensaban que el hecho mismo de que Lydgate llegara a la ciudad se debía a Bulstrode, y a la señora Taft, que se pasaba la vida contando puntos y recababa su información de fragmentos inconexos oídos entre una y otra vuelta de la labor, se le metió en la cabeza que Lydgate era hijo natural de Bulstrode, hecho que parecía justificar sus sospechas respecto de los laicos evangélicos.

Un día le comunicó esta información a la señora Farebrother, quien no dejó de contárselo a su hijo, observando: -Nada me sorprendería de Bulstrode, pero me dolería pensarlo del señor Lydgate.

-Pero madre -dijo el señor Farebrother, tras una sonora carcajada-, sabes muy bien que Lydgate viene de una buena familia del norte. Jamás había oído hablar de Bulstrode antes de llegar aquí.

-Camden, eso es satisfactorio por lo que respecta al señor Lydgate -dijo la anciana con aire de precisión-. Pero por lo que respecta a Bulstrode, el comentario pudiera ser cierto de algún otro hijo.