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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 24.
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El dolor del ofensor sólo produce Pequeño alivio
a aquel que la cruz lleva De la pesada ofensa.
(SHAKESPEARE, Sonetos.)

Lamento tener que decir que tan sólo tres días después de los felices eventos acaecidos en Houndsley, Fred Vincy caía en el peor desánimo de su vida. No es que se viera defraudado en cuanto a la posible venta de su caballo, sino que antes de que pudiera cerrar la ganga con el mozo de Lord Medlicote, este Diamond, en el que se había depositado una esperanza por valor de ochenta libras, había exhibido en la cuadra, sin el menor aviso, una terrible energía coceante, había estado a punto de matar al mozo y había concluido lisiándose gravemente al enredársele una pata en una cuerda que colgaba del techo. Esto no tenía más posibilidad de corrección que el descubrimiento del mal humor una vez efectuado el matrimonio -de lo que, por supuesto, los amigos estaban al tanto antes de la ceremonia. Por una u otra razón Fred no tuvo, en este golpe de desventura, su acostumbrada elasticidad; sencillamente era consciente de que sólo poseía cincuenta libras, que no había posibilidad por el momento de obtener más, y que el recibo de ciento sesenta le llegaría en cinco días. Aunque hubiera acudido a su padre suplicándole que evitara al señor Garth la pérdida, Fred sabía con dolor que su padre se negaría, enfadado, a salvar al señor Garth de las consecuencias de lo que denominaría favorecer la extravagancia y el engaño. Se encontraba tan abrumado que no pudo pergeñar otro proyecto que el dirigirse directamente al señor Garth y contarle la triste verdad, llevándole las cincuenta libras y asegurándole así, al menos, esa cantidad. Su padre se encontraba en el almacén y aún no conocía el incidente; cuando estuviera al tanto despotricaría de meter tan resabiada bestia en su cuadra. Antes de enfrentarse a ese contratiempo menor, Fred quería tener intacto su valor para encararse con el problema más grave. Cogió el rocín de su padre, pues había propuesto que, una vez se lo hubiese contado todo al señor Garth, iría a Stone Court a hacer lo mismo con Mary. De hecho, es probable que de no ser por la existencia de Mary y el amor que Fred sentía por ella, su conciencia no hubiera sido tan activa ni para recordar la deuda ni para obligarse a que no se apiadara de sí mismo como de costumbre posponiendo una tarea desgradable, sino actuar lo más indirecta y sencillamente posible. Mortales mucho más fuertes que Fred Vincy guardan la mitad de su rectitud en la mente del ser a quien más aman. «Se ha derrumbado el escenario de todas mis acciones», dijo un personaje antiguo cuando murió su mejor amigo, y afortunados los que obtienen un escenario donde el público les reclama una insuperable actuación. Bien diferente hubiera sido para Fred aquel momento si Mary Garth no hubiera tenido unas ideas muy claras respecto de lo que es de admirar en un carácter.

El señor Garth no estaba en su despacho y Fred continuó hasta su casa que se hallaba a las afueras de la ciudad. Era un lugar acogedor, con un huerto delante del edificio destartalado y antiguo, la mitad de madera, que antes de que la ciudad se extendiera había sido una granja, pero que ahora quedaba rodeado por los jardines privados de las gentes de la ciudad. Nos encariñamos más con nuestras casas cuando tienen, como nuestros amigos, una fisonomía propia. La familia Garth, que era bastante numerosa, pues Mary tenía cuatro hermanos y una hermana, apreciaban mucho su vieja casa de la que hacía tiempo se había vendido el mejor mobiliario. A Fred también le gustaba, y conocía de memoria incluso el desván que olía deliciosamente a manzanas y membrillos, y hasta hoy nunca se había acercado a ella sin gratas esperanzas. Pero hoy el corazón le latía con desasosiego ante la probabilidad de tener que confesarse con la señora Garth a quien temía más que al señor Garth. No es que estuviera dada al sarcasmo y a las agudezas impulsivas, como Mary. A estas alturas de maternidad, al menos, el verbo imprudente no comprometía nunca a la señora Garth, pues como ella misma afirmaba, llevó el yugo en su juventud y aprendió a controlarse. Poseía el raro don de reconocer lo inalterable y se sometía a ello sin quejas. Profunda amante de las virtudes de su esposo, pronto decidió aceptar la incapacidad de éste para velar por sus propios asuntos, enfrentándose a las consecuencias con buena cara. Había sido lo bastante magnanima como para renunciar al orgullo en materia de teteras y adornos para sus hijos y nunca vertió lamentos en los oídos de sus vecinas respecto de la escasa prudencia del señor Garth y la cantidad de dinero que podría tener de haber sido como otros hombres. Por tanto estas buenas vecinas la consideraban bien una orgullosa o una excéntrica y en ocasiones hablaban de ella a sus maridos como «la buena de tu señora Garth». A cambio, ella no se abstenía de criticarlas, poseyendo una educación más esmerada que la mayoría de las mujeres de Middlemarch y -¿dónde se halla esa mujer intachable?- inclinada a cierta rigidez hacia su propio sexo que, en su opinión, estaba destinado a la subordinación. Por otro lado, era desproporcionadamente indulgente con los fallos masculinos y a menudo se la oía decir que eran algo natural. Hay que reconocer también que la señora Garth era un poco demasiado insistente en su resistencia a lo que ella denominaba desatinos; el paso de institutriz a ama de casa se había grabado con demasiada fuerza en su conciencia y pocas veces olvidaba que mientras su sintaxis y acento eran superiores a la media de la ciudad, llevaba un gorro sencillo, cocinaba para la familia y zurcía todos los calcetines. En ocasiones había aceptado alumnos a los que instruía de modo peripatético, haciendo que la siguieran por la cocina con los libros o el pizarrín. Pensaba que era conveniente para ellos ver que sabía hacer una espuma excelente al tiempo que les corregía los errores «sin mirar», que una mujer con las mangas arremangadas podía saber cuanto era menester acerca del subjuntivo o la zona tórrida. En definitiva, que se podía tener educación y otras buenas cosas terminadas en «ón» y dignas de pronunciarse categóricamente sin necesidad de ser una muñeca inútil. Cuando hacía comentarios a este edificante fin, fruncía ligeramente el ceño, lo que anulaba la benevolencia que su rostro reflejaba y desgranaba las palabras, que salían como una procesión, en un agradable y ferviente contralto. Por supuesto que la señora Garth tenía sus rarezas, pero su carácter podía soportarlas, al igual que un muy buen vino soporta el sabor a odre.

Por Fred Vincy abrigaba un sentimiento maternal y siempre se había sentido inclinada a disculpar sus errores, si bien es harto probable que no hubiera disculpado a Mary de haberse comprometido con él, estando su hija sujeta a ese juicio más riguroso que aplicaba a su propio sexo. Pero el mismo hecho de la excepcional indulgencia que mostraba para con él hacía que a Fred le resultara ahora más difícil el inevitable bajón en su estima. Las ciscunstancias de su visita resultaron aún más aciagas de lo que había previsto, pues Caleb Garth había salido temprano para inspeccionar ciertos arreglos que se llevaban a cabo no lejos. A ciertas horas la señora Garth se encontraba siempre en la cocina, y esta mañana llevaba a cabo allí varios menesteres a un tiempo: amasaba en la pulcra mesa de pino a un lado de la espaciosa habitación, vigilaba a través de la puerta abierta los movimientos de Sally cerca del horno y la artesa de masa, y daba clase a su hijo e hija pequeños, quienes se encontraban frente a ella en la mesa, los libros y las pizarras ante ellos. Un barreño cerca del tendedero en el lado opuesto de la cocina indicaba que también estaba en marcha el lavado intermitente de cosas pequeñas.

La señora Garth, con las mangas arremangadas hasta los codos amasaba con destreza, empleando el rodillo y pellizcando la masa mientras exponía con fervor gramatical cuáles eran los puntos de vista correctos respecto de la concordancia de verbos y pronombres con «sustantivos de multitud o significado de muchos» en una escena amablemente divertida. Era el mismo tipo de mujer que Mary, de pelo rizado y rostro cuadrado, pero más bonita, con facciones más delicadas, la tez clara, una figura sólidamente maternal y una mirada extraordinariamente firme. Con su gorro de níveos volantes recordaba a la deliciosa francesa que todos hemos visto comprando en el mercado, cesta al brazo. Mirando a la madre cabría esperar que la hija acabara pareciéndosela, futura ventaja equivalente a una dote, ya que con demasiada frecuencia la madre aparece como una profecía maligna: «En breve será lo que yo soy ahora.»

-Vamos a repasar eso otra vez -dijo la señora Garth, retocando una tarta de manzana que parecía distraer a Ben, un enérgico joven de amplia frente, de la debida atención de la clase-. «Sin olvidar que el significado de la palabra implica unidad o idea de pluralidad», dime de nuevo lo que eso quiere decir, Ben.

La señora Garth, al igual que otros más célebres educadores, tenía sus recorridos favoritos, y ante un naufragio general de la sociedad hubiera intentado salvar de las aguas su «Lindley Murray».)

-Pues... significa que debes pensar lo que quieres decir -dijo Ben hoscamente-. Odio la gramática. ¿De qué sirve? -Para enseñarte a hablar y escribir correctamente, de forma que se te pueda entender -respondió la señora Garth con severa precisión-. ¿O es que quisieras hablar como el viejo Job?

-Pues sí -dijo Ben con terquedad-. Es mucho más gracioso. Dice «podí» que se entiende igual que «pude». -Pero dice «hay un baco en el jardín» en vez de «un banco» -dijo Letty con aires de superioridad-. Podrías pensar que se refería a un barco en vez de un banco.

-Pues si no eres tonta, no -dijo Ben-. ¿Cómo iba a llegar un barco hasta aquí?

-Todo esto pertenece a la pronunciación, que es la parte menos importante de la gramática -dijo la señora Garth-. Ben, esa piel de manzana es para que se la coman los cerdos. Si te la comes tú, tendré que darles tu trozo de tarta. Job sólo tiene que hablar de cosas muy sencillas. ¿Cómo crees qué ibas a poder hablar y escribir de cosas más difíciles si no supieras más gramática que él? Emplearías mal las palabras, las colocarías donde no van y en vez de hacerte entender, la gente huiría de ti por pesado. -¿Qué harías entonces?

-No me importaría. Me callaría -dijo Ben con la sensación de que éste era un punto agradable de la gramática. -Veo que te estás poniendo terco y cansino, Ben -dijo la señora Garth, habituada a semejantes argumentaciones obstructoras de parte de sus vástagos masculinos. Concluidas las tartas se dirigió al tendedero y dijo:

-Ven aquí y cuéntame la historia de Cincinato que te conté el miércoles.

-¡Me la sé! Era un campesino -dijo Ben.

-Pero..., ¡si era un romano, Ben! Déjame contarla a mí -dijo Letty, usando el codo convincentemente.

-¡Qué boba eres! Era un campesino romano y estaba arando.

-Sí, pero antes de eso -eso no viene lo primero-, la gente le quería -dijo Letty.

-Bueno, pero antes hay que decir el tipo de persona que era -insistió Ben-. Era un hombre sabio, como mi padre, y eso hacía que la gente pidiera su consejo. Y era valiente y sabía luchar. Y mi padre también, ¿verdad madre?

-Mira Ben, déjame contar a mí la historia seguida, como lo hizo madre -dijo Letty frunciendo el ceño-. Por favor, dile a Ben que se calle, madre.

-Letty, me avergüenzo -dijo su madre, escurriendo unos gorros-. Cuando empezó tu hermano debiste esperar a ver si no sabía contar la historia. ¡Pareces una maleducada, enfurruñándote y empujando como si quisieras imponerte con los codos! Estoy segura de que a Cincinato no le hubiera gustado que su hija se comportara así -la señora Garth profirió esta terrible oración con majestuosa dicción y Letty pensó que entre la locuacidad reprimida y el desprecio general, inclusive el de los romanos, la vida resultaba ya un doloroso asunto-. Venga, Ben.

-Bueno..., pues..., pues..., había muchas luchas y eran todos unos mentecatos y... no lo puedo decir igual, pero querían que un hombre fuera el capitán y el rey y todo...

-Un dictador -dijo Letty, con aire ofendido y no sin ganas de que su madre se arrepintiera.

-¡Bueno, pues un dictador! -dijo Ben con desdén-. Pero esa no es una buena palabra. No les mandaba escribir en los pizarrines.

-Vamos, vamos, Ben; no eres así de ignorante -dijo la señora Garth con cuidada seriedad-. ¡Mirad! Llaman a la puerta. Corre, Letty, vete a abrir.

Era Fred, y cuando Letty dijo que su padre no había vuelto, pero que su madre se encontraba en la cocina, Fred no tuvo alternativa. No podía variar la costumbre habitual de ir a ver a la señora Garth a la cocina si se encontraba allí trabajando, de modo que en silencio rodeó con el brazo el cuello de Letty y fueron hacia allá sin los usuales chistes y bromas.

A la señora Garth le sorprendió ver a Fred a esta hora, pero no era éste un sentimiento que gustara de expresar y se limitó a decir, prosiguiendo tranquilamente su trabajo:

-¿Tú, Fred, tan temprano? Estás muy pálido. ¿Ocurre algo?

-Quería hablar con el señor Garth -respondió Fred, poco preparado para decir más-, y con usted también -añadió tras una breve pausa, pues no abrigaba ninguna duda de que la señora Garth estaba al tanto de lo del recibo y, a la larga, habría de hablar en su presencia, si no a solas.

-Caleb volverá enseguida -dijo la señora Garth, imaginándose que existiría algún problema entre Fred y su padre-. No deberá tardar mucho porque tiene trabajo sobre la mesa que ha de acabar esta mañana. ¿Te importa quedarte conmigo mientras termino estas cosas?

-Pero no tendremos que seguir con Cincinato, ¿no? -preguntó Ben, que le había cogido a Fred la fusta y comprobaba su eficacia sobre el gato.

-No, marchaos. Pero deja la fusta. ¡Qué malísimo eres! ¡Azotar al pobre Tortoise! Te ruego que le quites la fusta, Fred.

-Dámela, Ben -dijo Fred, extendiendo la mano. -¿Me dejarás montar tu caballo hoy? -preguntó Ben, entregando la fusta con aire de no estar obligado a ello. -Hoy no, otro día. Hoy no he traído el mío.

-¿Vas a ver a Mary hoy?

-Sí, creo que sí -respondió Fred con un respingo. -Dile que venga a casa pronto para jugar a las prendas y divertirnos.

-¡Basta, basta, Ben! Vete ya -dijo la señora Garth, viendo que Fred se incomodaba.

-¿Son Letty y Ben sus únicos alumnos ahora, señora Garth? -preguntó Fred cuando se hubieron marchado los niños y se imponía decir algo para pasar el rato. No estaba seguro de si debía esperar al señor Garth o aprovechar alguna oportunidad en la conversación para sincerarse con la señora Garth, darle el dinero y marcharse.

-Tengo una, sólo una. Fanny Hackbutt viene a las once y media. No estoy obteniendo muchos ingresos actualmente -dijo la señora Garth sonriendo-. Tengo pocos alumnos. Pero he hecho mis ahorrillos para el aprendizaje de Alfred. Tengo noventa y dos libras. Ahora puede ir al señor Hanmer; tiene justo la edad.

Esto no preparaba bien el camino para la noticia de que el señor Garth estaba a punto de perder noventa y dos libras y más. Fred guardó silencio.

-Los jovenes que van a la universidad cuestan bastante más que eso -prosiguió la señora Garth inocentemente, estirando el borde de un gorro-. Y Caleb cree que Alfred acabará siendo un distinguido ingeniero: quiere darle al chico una buena oportunidad. ¡Ahí llega! Le oigo entrar. ¿Vamos con él al salón?

Cuando entraron al salón Caleb se había quitado el sombrero y se encontraba sentado frente a su mesa. -¡Hombre, Fred! -dijo con cierta sorpresa, sosteniendo la pluma en el aire y sin mojarla-. Estás aquí muy temprano -pero echando en falta la cordialidad de costumbre en el rostro de Fred añadió al punto-: ¿Sucede algo en casa? ¿Pasa algo?

-Sí, señor Garth, he venido a decirles algo que temo les hará tener de mí una mala opinión. Vengo a decirle a usted y a la señora Garth que no puedo encontrar el dinero para hacer frente al recibo. He tenido mala suerte; sólo tengo estas cincuenta libras de las ciento sesenta.

Mientras hablaba, Fred había sacado los billetes y los había depositado en la mesa, delante del señor Garth. Había ido directo al grano, sintiéndose apenado como un niño pequeño y sin recurso verbal. La señora Garth, muda y asombrada, miró a su marido buscando una explicación. Caleb se sonrojó, y tras una breve pausa dijo:

-No te lo había dicho, Susan. Avalé con mi nombre un recibo de Fred por ciento sesenta libras. Me aseguró que podría pagarlo él.

El rostro de la señora Garth experimentó un evidente cambio, pero fue como una alteración bajo la superficie del agua que permanece tranquila. Fijó en Fred su mirada diciendo:

-Supongo que le habrás pedido a tu padre el resto del dinero y te lo ha denegado.

-No -respondió Fred, mordiéndose el labio y hablando con mayor dificultad-; pero sé que sería inútil pedírselo y salvo que sirviera de algo no quisiera mezclar el nombre del señor Garth en este asunto.

-Esto llega en un mal momento -dijo Caleb, con su habitual titubeo, mirando los billetes y tocando tímidamente los papeles-. Con las Navidades tan próximas, voy un poco corto. Tengo que recortarlo todo como un sastre con poca tela. ¿Qué podemos hacer, Susan? Necesitaré cada penique que tenemos en el banco. Son ciento diez libras, ¡maldita sea!

-Tendré que darte las noventa y dos libras que había ahorrado para Alfred -dijo la señora Garth, seria y decididamente, aunque un fino oído habría captado un leve temblor en alguna palabra-. Y estoy segura de que Mary tendrá ahorradas veinte libras de su sueldo. Ella nos lo adelantará.

La señora Garth no había vuelto a mirar a Fred y en absoluto calculaba las palabras que debía emplear para herirle más. Como la mujer excéntrica que era, se encontraba absorta considerando lo que había que hacer y no se le antojaba que el objetivo se alcanzara mejor con amargos comentarios y exabruptos. Pero había conseguido que por vez primera Fred sintiera algo parecido al remordimiento. Curiosamente, su angustia anterior había consistido casi exclusivamente en la sensación de deshonra ante los Garth y pérdida de su estima; no se había preocupado por el trastorno y el posible daño que su incumplimiento pudiera ocasionarles, pues este ejercicio de la imaginación respecto de las necesidades de los otros no es frecuente entre jóvenes caballeros esperanzados. La mayoría de nosotros crecemos con la idea de que la razón más poderosa para no causar daño es algo al margen de los seres que lo padecerían. Pero en este momento se vio a sí mismo como un lastimoso tunante que estaba robándoles a dos mujeres sus ahorros.

-Por supuesto que lo pagaré todo, señora Garth... al final -tartamudeó.

-Sí, al final -dijo la señora Garth, quien, no gustando de emplear hermosas palabras en ocasiones feas, no pudo en este momento callar un epigrama-. Pero a los jóvenes no se les puede iniciar en el aprendizaje al final; es a los quince cuando debe ponérseles de aprendices -nunca se había sentido tan poco predispuesta a disculpar a Fred.

-Me equivoqué por completo, Susan -dijo Caleb-. Fred me aseguró que encontraría el dinero. Pero no se quién me mandó enredarme con un recibo. Supongo que habrás probado todos los medios honrados para conseguir ese dinero -añadió, clavando en Fred sus bondadosos ojos grises. Caleb poseía demasiada delicadeza para nombrar al señor Featherstone.

-Sí, lo he intentado todo, de verdad. Hubiera tenido treinta libras de no ocurrirle una desgracia a un caballo que iba a vender. Mi tío me había dado ochenta libras y di treinta más mi viejo caballo para conseguir otro que podía haber vendido por ochenta o más -pensaba quedarme sin-, pero ha salido resabiado y se ha lesionado. Antes de ocasionarle este perjuicio desearía que los caballos y yo nos hubiéramos ido al infierno. No hay nadie por quien sienta tanto afecto; usted y la señora Garth siempre se han portado tan bien conmigo. De todo modos, decir eso ahora no sirve de nada; siempre pensarán que soy un bribón.

Fred dio media vuelta y salió de la habitación, consciente de su actitud aniñada y confusamente sabedor de que el hecho de sentirlo no ayudaba mucho a los Garth. Le vieron montar y pasar precipitadamente ante la puerta.

-Me ha defraudado Fred Vincy -dijo la señora Garth-. Nunca hubiera pensado que te involucraría en sus deudas. Sabía que era extravagante, pero no pensé que fuera tan ruin como para cargar con sus riesgos a su amigo más antiguo, el que menos se puede permitir perder el dinero. -Fui un tonto, Susan.

-Eso es verdad -dijo la esposa, asintiendo con la cabeza y sonriendo-. Pero yo no lo hubiera ido contando por el mercado. ¿Por qué has de ocultarme estas cosas? Es igual que con los botones; se te caen, no me lo dices y sales con los puños colgando. Si lo hubiera sabido tal vez hubiera podido pensar un plan mejor.

-Sé que estás muy disgustada, Susan -dijo Caleb mirando a su esposa con ternura-. No soporto que hayas de perder el dinero que con tanto esfuerzo has ido ahorrando para Alfred.

-Pues menos mal que lo había hecho; y serás tú quien tenga que sufrir, pues habrás de enseñar tú mismo al chico. Deberás dejar tus malas costumbres. A algunos hombres les da por la bebida y a ti te ha dado por trabajar sin cobrar. No deberías darte ese gusto tan a menudo. Y debes ir a ver a Mary y preguntarle a la criatura cuánto dinero tiene.

Caleb había echado la silla hacia atrás e inclinado hacia adelante movió lentamente la cabeza al tiempo que juntaba las puntas de los dedos.

-¡Pobre Mary! -dijo-. Susan -continuó con voz queda-, me temo que quizá esté encariñada con Fred. -¡Qué va! Siempre se está riendo de él; y no es probable que él piense en ella más que como en una hermana. Caleb no respondió, pero al poco rato bajó las gafas, acercó la silla a la mesa y exclamó:

-¡Maldito recibo! Ya podía estar en la luna. Estas cosas interrumpen el negocio penosamente.

La primera parte de su exclamación constituía el total de su arsenal de maldiciones y se pronunció con un gruñido fácil de comprender. Pero resultaría difícil transmitir a quienes nunca le habían oído decir la palabra «negocio», el peculiar tono de ferviente veneración, de religioso respeto con el que la arropaba, al igual que un símbolo consagrado se envuelve en un lienzo ribeteado de oro.

Caleb Garth a menudo sacudía la cabeza al meditar sobre el valor, el poder indispensable de esa tarea, multicéfala y pluriejecutada mediante la cual se nutre, alimenta y cobija a la sociedad. Se había apoderado de su imaginación en su niñez. Los ecos del gran martillo donde se construía la quilla o el tejado, las indicaciones gritadas de los trabajadores, el rugido de los hornos, el estruendo del motor, constituían para él una música sublime; la tala y carga de los árboles, el enorme tronco vibrando como una estrella distante en la carretera, la grúa trabajando en el embarcadero, el producto apilado en los almacenes, la precisión y diversidad del esfuerzo muscular cuando debía realizarse un trabajo de precisión, todas estas imágenes de su juventud habían actuado sobre él como la poesía sin necesidad de poetas, le habían proporcionado una filosofía sin precisar filósofos, una religión sin la ayuda de la teología. Su temprana ambición consistió en participar lo más eficazmente posible en esta sublime labor que quedaba especialmente dignificada por él con el nombre de «negocio» y aunque era poco el tiempo que había pasado con un supervisor y era en gran medida su propio maestro, sabía más de tierras, construcción y minas que la mayoría de los especialistas del condado.

Su clasificación de los empleos humanos era un tanto cruda y, al igual que las categorías de hombres más célebres, poco aceptable en nuestra época avanzada. Los dividía en «negocios, política, predicación, estudios y diversión». No tenía nada en contra de los cuatro últimos, pero los consideraba del mismo modo que un reverencioso pagano considera otros dioses que los propios. Del mismo modo le parecían muy bien todos los rangos, pero no le hubiera gustado pertenecer a uno en el que no tuviera un contacto lo suficientemente íntimo con el «negocio» como para no verse a menudo honrosamente decorado con polvo y argamasa, manchas de la máquina o la dulce tierra de los bosques y los campos. Aunque jamás se consideró otra cosa que un cristiano ortodoxo, y discutía sobre la gracia previa si le proponían el tema, sus auténticos dioses eran los proyectos buenos y prácticos, la precisión en el trabajo y la fiel realización de aquello a lo que se comprometía: su príncipe de las tinieblas era un trabajador vago. Pero Caleb no tenía un espíritu negativo y el mundo le parecía tan maravilloso que estaba dispuesto a aceptar cualquier número de sistemas, así como de firmamentos, si no interferían obviamente con el mejor drenaje, la sólida construcción, la exactitud de medidas y el juicioso horadamiento del carbón. En definitiva, poseía un alma reverente y una recia inteligencia práctica. Pero no sabía manejar las finanzas: conocía bien los valores, pero no poseía agudeza imaginativa para los resultados monetarios en forma de pérdidas y ganancias, y habiendo comprobado esto a su costa había decidido dejar cualquier aspecto de su querido «negocio» que precisara de ese talento. Se entregó en cuerpo y alma a los trabajos que podía realizar sin manejar un capital, y en su distrito era uno de esos preciados hombres a quien todos elegían para trabajar con ellos porque hacía bien su trabajo, cobraba muy poco y a menudo nada. No es de extrañar, pues, que los Garth fueran pobres y «llevaran una vida tan pequeña». Pero no les importaba.