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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 23.
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«¡Los caballos del Sol», dijo él,
¡Y Apolo, tu látigo mejor!
Cualesquiera que sean, te aseguro
Que los derrotaré absolutamente.»
FRED VINCY

Como habíamos visto, tenía en la mente una deuda, y pese a que una responsabilidad tan inmaterial no podía deprimir a ese joven y animoso caballero durante mucho rato, había circunstancias relacionadas con esa deuda que convertían el mero pensamiento de la misma en algo inusualmente inoportuno. El acreedor era el señor Bambridge, un tratante de caballos de la vecindad cuya compañía perseguían en Middlemarch los jóvenes tenidos por "adictos al placer". Durante las vacaciones, Fred, naturalmente, había precisado mayores diversiones de las que podía sufragar, y el señor Bambridge había sido lo bastante complaciente como para no sólo fiarle el alquiler de caballos y el gasto accidental cuando le arruinó un hermoso ejemplar, sino que además le proporcionó pequeños adelantos con los que hacer frente a algunas pérdidas al billar. La deuda sumaba en total ciento sesenta libras. Bambridge no se sentía alarmado por su dinero, convencido de que el joven Vincy estaba respaldado, pero había exigido algo que avalara su creencia. En un principio, Fred le había firmado un recibo. Tres meses más tarde renovó este recibo mediante la firma de Caleb Garth. En ambas ocasiones Fred confió en poder satisfacer la cantidad él mismo, pues disponía, en su esperanza, de amplios fondos. No iréis a exigir que su confianza estuviera basada en hechos externos; sabemos que confianzas como la suya son algo menos burdo y materialista, son una cómoda disposición que nos lleva a esperar que la sabiduría de la providencia o la necedad de nuestros amigos, los misterios de la suerte o el mayor misterio aún de nuestro supremo valor individual en el mundo nos proporcionarán resultados agradables, coherentes con nuestro buen gusto en el vestir y nuestra preferencia en general por las cosas mejores. Fred estaba convencido de que recibiría un regalo de su tío, que tendría una racha de buena suerte, que merced al «trueque» conseguiría metamorfosear un caballo de cuarenta libras en uno que le proporcionara cien en cualquier momento, siendo el «criterio» equivalente siempre a una suma no especificada de dinero contante y sonante. Y además, incluso suponiendo negativas que sólo una desconfianza morbosa podía imaginar, Fred disponía (por aquel entonces) del bolsillo de su padre como último recurso, de forma que sus activos de esperanza siempre estaban rodeados de una especie de maravillosa superabundancia. De cuál sería la capacidad del bolsillo de su padre Fred tenía tan sólo una vaga noción: ¿acaso el comercio no era elástico? ¿Y no quedaban los déficits de un año compensados con los superávits de otro? Los Vincy llevaban una vida cómoda y holgada, sin ostentaciones nuevas, conforme a los hábitos y tradiciones familiares, de forma que los hijos menores no tenían baremos económicos y los mayores mantenían parte de la idea infantil de que su padre podía pagar lo que quisiera. El mismo señor Vincy tenía los hábitos caros de Middlemarch -gastaba dinero en la caza, en su bodega y en dar cenas mientras que mamá tenía esas cuentas abiertas con los comerciantes que dan la alegre sensación de obtener cuanto uno quiere sin preguntar sobre el pago. Pero Fred sabía que los padres, por naturaleza, amohinaban a uno con el asunto de los gastos; si tenía que confesar una deuda, siempre se producía una ligera tormenta a cuenta de su extravagancia y a Fred le disgustaba el mal tiempo dentro de casa. Era demasiado buen hijo para faltarle al respeto a su padre y breaba con la tormenta seguro de que era pasajera. Pero entretanto, era desagradable ver llorar a su madre, así como verse obligado a tener un aspecto hosco en lugar de alegre, pues Fred tenía tan buen carácter que si tenía un semblante triste tras la regañina, ello era principalmente por educación. Evidentemente, el camino más fácil era el renovar el recibo con la firma de un amigo. ¿Por qué no? Con las amplias garantías de la esperanza a sus órdenes, no había razón para que no hubiera aumentado infinitamente las deudas de otras personas de no ser por el hecho de que aquellos cuyos nombres servían para ello solían ser personas pesimistas, poco inclinadas a creer que el orden universal de las cosas tendría que ser necesariamente agradable para con un joven agradable.

A la vista de un favor que pedir, repasamos la lista de nuestros amigos, hacemos justicia a sus virtudes, disculpamos sus pequeñas ofensas y, considerándolos de uno en uno, tratamos de llegar a la conclusión de que estará encantado de complacernos, siendo nuestro propio afán por ser complacidos igual de comunicable que otro tipo de calor. Aun y con todo, siempre existe un reducido número que descartamos por tibios hasta que otros se han negado. Sucedió que Fred desechó a todos sus amigos menos uno con el argumento de que recurrir a ellos resultaría incómodo, convencido de que él, al menos (fuere lo que fuere que se dijera acerca de la humanidad en general) tenía derecho a librarse de todo cuanto fuera incómodo. El que jamás pudiera encontrarse en una situación verdaderamente incómoda (tener que ponerse pantalones encogidos por los lavados, comer cordero frío, tener que caminar por carecer de caballo o «agachar la cabeza» ante cualquier evento) era un absurdo irreconciliable con la disposición animosa con la que le había dotado la naturaleza. Y Fred temblaba ante la idea de que le despreciaran por carencia de fondos para pequeñas deudas. Y así resultó que el amigo a quien decidió acudir era el más pobre, al tiempo que el más amable, a saber, Caleb Garth.

Los Garth estimaban a Fred tanto como él les quería a ellos, pues cuando él y Rosamond eran pequeños y los Garth más ricos, el leve parentesco entre ambas familias vía los dos matrimonios del señor Featherstone (el primero con la hermana del señor Garth y el segundo con la de la señora Vincy) había conducido a una amistad mantenida más a través de los niños que de los padres, merendando juntos en sus platos de juguete y compartiendo días enteros. Mary era un chicazo y cuando Fred tenía seis años la consideraba la niña más agradable del mundo, convirtiéndola en su esposa por amor de una anilla de bronce que arrancó de un paraguas. Había mantenido intacto su afecto por los Garth a través de todas las etapas de su educación, así como un segundo hogar, aunque hacía tiempo que cualquier relación entre ellos y los padres de Fred había terminado. Incluso en los tiempos en que Caleb Garth era acaudalado, los Vincy se habían mostrado condescendientes con él y su mujer, pues existían en Middlemarch claras diferencias de rango; y aunque los antiguos fabricantes, al igual que los duques, no podían ya emparentarse sólo con sus iguales, eran conscientes de una inherente superioridad social que quedaba pulcramente definida en la práctica, aunque apenas pudiera expresarse teóricamente. Desde entonces, el señor Garth había fracasado en el negocio de la construcción, que desgraciadamente había añadido a sus otras distracciones de supervisor, tasador y agente, continuando durante un tiempo ese negocio a beneficio exclusivo de sus cesionarios, viviendo con estrechez y esforzándose al máximo para poder pagar veinte chelines por cada libra. Lo había logrado, y sus honrosas fatigas le proporcionaron la estima de todos salvo quienes lo consideraban un mal precedente. Pero no existe lugar en el mundo donde el ir de visita se base en el afecto si falta el mobiliario adecuado y una vajilla completa. La señora Vincy nunca se había sentido cómoda con la señora Garth, y a menudo se refería a ella como una mujer que había tenido que trabajar para ganarse el pan -queriendo decir que la señora Garth había sido maestra antes de casarse-, por lo que la intimidad con Lindley Murray y las preguntas de Mangnall(1) eran algo parecido a la discriminación del pañero sobre los tipos de percal o la relación de un guía con países extranjeros: ninguna mujer de más medios los necesitaba. Y desde que Mary se convirtiera en el ama de llaves del señor Featherstone el desagrado de la señora Vincy por los Garth se había convertido en algo más positivo, temerosa de que Fred se comprometiera con esta chica anodina cuyos padres «llevaban una vida tan pequeña». Fred, consciente de esto, no hablaba nunca en su casa de las visitas que efectuaba a los Garth, que últimamente se habían hecho más frecuentes, el creciente ardor de su afecto por Mary volcándole más hacia los suyos.

El señor Garth tenía un pequeño despacho en la ciudad y allí se dirigió Fred con su petición.

(1) Autores de libros de texto muy usados en la época.

La obtuvo sin mucha dificultad, pues no había bastado una amplia dosis de dolorosa experiencia para inculcarle a Caleb Garth cautela en sus asuntos o deconfianza en sus semejantes antes de que éstos resultaran probadamente indignos. Además tenía de Fred la mejor opinión, estaba convencido de que «el muchacho saldría bien; era un chico noble y afectuoso con un buen fondo y del cual uno se podía fiar para todo». Este era el argumento psicológico de Caleb. Era uno de esos raros hombres, exigentes consigo mismo e indulgentes con los demás. Sentía cierta vergüenza por los errores de sus vecinos y no hablaba de ellos voluntariamente y por ende no solía apartar la mente del mejor modo de endurecer la madera y otros ingeniosos inventos para así no poder preconcebir esos errores. Si se veía obligado a culpara alguien, precisaba, antes de empezar, remover todo papel a su alcance, describir varios dibujos con el bastón, o calcular las monedas sueltas que llevaba en el bolsillo, y prefería hacer el trabajo de otro antes que sacar faltas a lo que los demás hacían. Me temo que era mal disciplinador.

Cuando Fred expuso las circunstancias de su deuda, su deseo de saldarla sin preocupar a su padre y la certeza de que el dinero llegaría de forma que no causara perjuicio a nadie, Caleb se subió las gafas, escuchó, miró a los ojos jóvenes y claros de su predilecto y le creyó, confundiendo la confianza en el futuro con la realidad del pasado. Sintió, no obstante, que era la ocasión para ofrecer un consejo amistoso respecto del comportamiento y que antes de estampar su firma debía administrarle a Fred una seria admonición. Consecuentemente, cogió el papel y se bajó las gafas, midió el espacio del que disponía, tomó la pluma y la examinó, la mojó en la tinta y volvió a examinarla, apartó un poco el papel, se subió las gafas nuevamente, frunció un tanto el ángulo exterior de sus pobladas cejas, lo que confería a su rostro una especial benevolencia (perdonad estos detalles por una vez; hubierais aprendido a amarlos de conocer a Caleb Garth) y dijo con tono tranquilo:

-Fue una mala pata, ¿verdad?, que ese caballo se rompiera la rodilla. Y luego, estos canjes, no funcionan cuando hay que tratar con ladinos tratantes. Que seas más prudente en el futuro, hijo.

Tras lo cual Caleb se bajó las gafas y procedió a escribir su firma con el esmero que siempre ponía en ello, pues cuanto hacía relacionado con su trabajo lo hacía bien. Observó las grandes letras bien proporcionadas y la rúbrica final; ladeando la cabeza un instante, se la entregó a Fred, dijo «Adiós» y volvió a enfrascarse en un plano de Sir James Chettam sobre la construcción de unas nuevas granjas.

Bien porque el interés de este trabajo le hiciera olvidar el incidente de la firma, bien por alguna razón de la cual Caleb era más consciente, la señora Garth no supo del asunto.

Desde que esto ocurriera, se había producido un cambio en el cielo que cubría a Fred que alteró su visión de las distancias y era la razón por la cual el dinero que le regalara su tío Featherstone tuviera la suficiente importancia como para que el color se le fuera y se le viniera, primero con una decidida esperanza y luego con la consiguiente desilusión. Su fracaso en los exámenes había convertido sus deudas acumuladas en la universidad en aún más imperdonables para su padre, y una tormenta sin precedentes había tenido lugar en su casa. El señor Vincy había jurado que si tenía que soportar más cosas de esta índole, Fred habría de marcharse y ganarse la vida como pudiera y aún no había recuperado un tono de buen humor con su hijo, quien le irritó sobremanera al comunicarle, en estas circunstancias, que no deseaba ser clérigo y preferiría «no continuar con eso». Fred era consciente de que la actitud hubiera sido aún más severa si su familia, además de él mismo, no le hubiera íntimamente considerado el heredero del señor Featherstone, sirviendo la satisfacción y el afecto que el anciano caballero sentía por Fred de sustituto a una conducta más ejemplar (del mismo modo en que cuando un joven aristócrata roba joyas denominamos al hecho cleptomanía, hablamos de él con sonrisa filosófica y jamás pensamos en mandarle al correccional como si fuera un harapiento chaval que robara nabos). De hecho, las tácitas expectativas de lo que el tío Featherstone haría por él determinaban el ángulo desde el cual los vecinos de Middlemarch consideraban a Fred, y en la conciencia de éste, lo que el tío Featherstone haría por él en una emergencia o lo que haría simplemente por suerte adicional, le proporcionaba siempre una altura inmesurable de etéreas perspectivas. Pero el regalo de aquellas libras, una vez hecho, era medible y, aplicado a la cuantía de la deuda, mostraba un déficit que había que saldar, bien mediante el «criterio» de Fred, bien por el azar disfrazado bajo algún otro atuendo. El pequeño episodio del supuesto préstamo en el cual había hecho de su padre el agente para obtener la certificación de Bulstrode constituía un nuevo motivo en contra de acudir al señor Vincy buscando el dinero con el que saldar su deuda actual. Fred era lo suficientemente agudo para saber que la ira borraría las distinciones y que el negar que había pedido dinero prestado apoyándose expresamente en el testamento de su tío se interpretaría como una falsedad. Se había dirigido a su padre contándole un molesto asunto, pero ocultando otro y en estos casos la revelación total siempre produce la impresión de una duplicidad anterior. Fred se preciaba de no decir mentiras, ni siquiera mentirijillas. Con frecuencia se encogía de hombros con un gesto significativo ante lo que denominaba las engañifas de Rosamond (sólo los hermanos pueden asociar semejantes ideas a una joven hermosa) y antes que incurrir en la acusación de falsedad prefería tomarse algunas molestias y moderarse. Fue por una fuerte presión interna de este tipo que Fred tomara la sabia precaución de depositar con su madre las ochenta libras. Lástima que no se las diera al señor Garth al momento, pero tenía la intención de completar la suma con otras sesenta, y con esto a la vista se había quedado con veinte libras en el bolsillo a modo de semilla, la cual, plantada juiciosamente y regada por la suerte, fructificaría triplicada -mala multiplicación cuando el campo es el alma infinita de un joven caballero con todos los números a su disposición.

Fred no era un jugador; no tenía ese mal específico en el cual la supeditación de toda la energía nerviosa a una oportunidad o a un riesgo se convierte en la necesidad que de la copa siente el borracho. Sólo tenía la tendencia hacia esa difusa forma de juego ausente de intensidad alcohólica, pero que se practica con la sana sangre que se nutre de quilo, manteniendo una animada actividad imaginativa que moldea los sucesos de acuerdo con los deseos, y, no temiendo un temporal propio, sólo ve las ventajas que para otros reportará. Ante cualquier tipo de apuesta, la esperanza conlleva un placer, porque la perspectiva de éxito es segura, y el placer sólo es mayor cuando se amplían a otros las participaciones en la recompensa. A Fred le gustaba el juego, sobre todo el billar, como le gustaba la caza o las carreras de obstáculos y le gustaba tanto más, puesto que necesitaba dinero y esperaba ganar. Pero las veinte libras de semillas -o al menos lo que de ellas no se había dispersado por la carretera- se habían plantado en vano en la verde y seductora parcela y Fred se encontraba próximo al vencimiento del pago sin más dinero a su disposición que las ochenta libras que depositara con su madre. El desvencijado caballo que montaba era un antiguo regalo de su tío Featherstone. Su padre siempre le había permitido mantener un caballo, haciendo que los hábitos del propio señor Vincy consideraran esto una exigencia razonable incluso para un hijo tan desesperante. Este caballo, pues, era propiedad de Fred, y en su angustia por hacer frente al recibo inminente decidió sacrificar una propiedad sin la cual la vida tendría un escaso valor. Tomó la decisión con una sensación de heroísmo, un heroísmo impuesto por el temor a romper su palabra ante el señor Garth, su amor por Mary y el respeto por la opinión de ésta. Partiría hacia la feria de caballos de Houndsley, que se celebraba a la mañana siguiente y... bueno, pues vendería el caballo y volvería en la diligencia con el dinero. Aunque pensándolo bien, por el caballo no le darían más de treinta libras y ¿quién sabe lo que podría ocurrir? Sería una tontería desconfiar de la suerte de antemamo. Ciento a uno a que el azar le depararía algo bueno. Cuanto más lo pensaba más improbable le parecía que no se le presentara una buena oportunidad y menos lógico que no se equipara tanto con la pólvora como con el tiro para lograrla. Iría a Hounsdley con Bambridge y Horrock, el veterinario y, sin preguntarles nada expresamente, obtendría el beneficio de su opinión. Antes de partir, Fred recobró de su madre las ochenta libras.

La mayoría de cuantos vieron a Fred partir de Middlemarch en compañía de Bambridge y Horrock camino de la feria de caballos de Houndsley creyeron que el joven Vincy iba, como siempre, de juerga, y de no ser por la conciencia de que tenía entre manos un grave asunto, él mismo hubiera tenido esa sensación de disipación y de estar haciendo lo que se espera de un joven alegre. Teniendo en cuenta que Fred no era nada tosco, que despreciaba un tanto la forma de hablar y de comportarse de jóvenes que no hubieran ido a la universidad, y que había escrito versos tan pastorales e inocentes como su forma de tocar la flauta, su atracción por Bambridge y Horrock era un hecho interesante que ni siquiera el gusto por los caballos podía explicar del todo sin esa misteriosa influencia que determina tantas elecciones mortales. Bajo otro nombre que el de «diversión», la compañía de los señores Bambridge y Horrock se hubiera tenido que considerar monótona y llegar con ellos a Houndsley una tarde lluviosa, dirigirse al Red Lion, situado en una calle ennegrecida por el polvo del carbón y cenar en una estancia amueblada con un inmundo mapa del condado, un cuadro malo de un caballo anónimo en un establo, Su Majestad Jorge IV de pie y con corbatín, y diversas escupideras de plomo, hubiera podido parecer una ardua tarea salvo por el poder respaldador de la nomenclatura que determinaba que la finalidad de estas cosas era la «diversión».

El señor Horrock poseía una aparente impenetrabilidad muy favorable a la imaginación. Su vestimenta, a primera vista, le asociaba emocionantemente a los caballos (lo bastante para justificar el ala del sombrero que se inclinaba hacia arriba a fin de escapar a la sospecha de caerse hacia abajo), y la naturaleza le había dotado de un rostro que por más de unos ojos mongoles, y una nariz, boca y mentón que parecían seguir la pauta del ala del sombrero daban la impresión de una taimada sonrisa escéptica e inmutable, expresión la más tirana para mentes susceptibles, y que cuando iba acompañada de un silencio adecuado, tendía a crear la reputación de una invencible comprensión, una infinita reserva de humor (excesivamente seca para fluir y probablemente en estado de costra consolidada) y un juicio crítico, el cual, de poder tener la fortuna de llegarse a conocer, sería el verdadero. Es una fisonomía apreciable en cualquier profesión, pero desde la que tal vez ejerza su máximo poder sobre la juventud de Inglaterra sea la de un experto en caballos.

El señor Horrock, ante una pregunta de Fred acerca del espolón de su caballo, se volvió un poco en la silla, y observó el movimiento del rocín por espacio de tres minutos, miró de nuevo al frente, sacudió las bridas y guardó silencio, con semblante ni más ni menos escéptico que antes.

El papel que así jugó en el diálogo el señor Horrock resultó de inmenso efecto. Fred fue presa de sentimientos encontrados: un loco deseo de forzar a Horrock a verbalizar su opinión refrenado por el afán de mantener la ventaja de su amistad con él. Cabía la posibilidad de que Horrock dijera algo inapreciable en el momento oportuno.

El señor Bambridge tenía una actitud más abierta y parecía ofrecer sus opiniones sin avaricia. Era gritón y robusto y en ocasiones se le calificaba de «dado a la indulgencia», principalmente en cuanto a palabrotear, beber y pegar a su mujer. Algunos de los que habían perdido contra él le llamaban vicioso, pero él consideraba la trata de caballos como la mejor de las artes y hubiera argumentado convincentemente que no tenía nada que ver con la moralidad. Era indudablemente un hombre próspero, llevaba la bebida con mayor donosura que otros la moderación y, por lo general, florecía como el laurel. Pero tenía un campo de conversación limitado y, como la hermosa cantinela Drops of Brandy, daba la impresión, tras un tiempo, de volver sobre sí misma de forma mareante para las cabezas débiles. Pero una pequeña dosis del señor Bambridge se tenía por dar tono y carácter a varios círculos de Middlemarch, y en el bar y los billares del Dragón Verde constituía una figura distinguida. Conocía algunas anécdotas de los héroes del hipódromo y varias astucias de marqueses y vizcondes que parecían demostrar que la sangre prevalecía incluso entre los farsantes. Pero la minuciosa retentiva de su memoria se manifestaba principalmente respecto de los caballos que él mismo había comprado y vendido, constituyendo aún, pasados los años, el número de millas que sin más y en un periquete podían recorrer, un tema apasionante, en el que asistía la imaginación de sus oyentes jurando solemnemente que jamás habían visto nada igual. En resumen, que el señor Bambridge era hombre hecho para la diversión y un animado compañero.

Fred fue sutil y no les comunicó a sus amigos que se dirigía a Houndsley con el empeño de vender su caballo. Quería obtener indirectamente su verdadera opinión sobre su valor, sin percatarse de que una verdadera opinión sería lo último que podría esperar de tan eminentes críticos. No constituía un punto flaco en el señor Bambridge el ser un halagador gratuito. Nunca le había llamado tanto la atención el hecho de que este desafortunado bayo padecía huélfago como para requerir la más rotunda palabra para dar una clara idea de su estado.

-¡Mal negocio hiciste con ese cambio, Vincy, no acudiendo a mí! Jamás echaste la pierna encima de mejor caballo que aquel castaño y lo cambiaste por esta bestia. Si le pones al trote parece veinte aserradores juntos. Sólo he visto una bestia que hiciera más ruidos y era un ruano. Pertenecía a Pegwell, el agente de grano. Solía tirar de su calesa hace siete años y Pegwell quiso que me lo quedara, pero yo le dije: «Gracias, Peg, pero no tengo un negocio de instrumentos de viento.» Eso mismo le dije. Corrió por todo el país ese chiste. Pero, ¡diablos! aquel caballo era una joya comparado con el tuyo.

-Pero si acaba de decir que era peor -dijo Fred, más irascible que de costumbre.

-Pues dije una mentira -dijo el señor Bambridge contundentemente-. No se diferenciaban ni en un penique. Fred espoleó el caballo y siguieron un rato al trote. Cuando aflojaron la marcha de nuevo el señor Bambridge dijo: -Aunque aquel trotaba mejor.

-Pues yo estoy satisfecho de su paso -respondió Fred, quien precisaba de la plena conciencia de encontrarse en compañía animada para seguir adelante-. ¿No le parece, Horrock, que tiene un trote extraordinariamente limpio?

El señor Horrock continuó mirando al frente con la misma neutralidad que si hubiera sido el retrato de un gran maestro.

Fred desistió de la esperanza falaz de obtener una opinión verdadera, pero al reflexionar pensó que el desprecio de Bambridge y el silencio de Horrock constituían virtualmente un estímulo e indicaban que ambos tenían mejor opinión del caballo de lo que gustaban manifestar.

Esa misma tarde, antes incluso de que la feria abriera, Fred creyó divisar un inicio favorable a la ventajosa venta de su caballo, pero un inicio que le hizo felicitarse por su previsión al traer consigo las ochenta libras. Un joven granjero, conocido del señor Bambridge, entró en el León Rojo y mencionó durante la conversación querer prescindir de un caballo de caza, que al momento denominó Diamond, sugiriendo el carácter público del animal. La razón era que, estando a punto de casarse y de abandonar la caza sólo precisaba un jamelgo que tirara del carro de cuando en cuando. El caballo se encontraba en la cuadra de un amigo a poca distancia y quedaba tiempo antes de que oscureciera para que los caballeros lo vieran. A la cuadra del amigo se llegaba por un callejón en el que, igual que en otras sórdidas calles de aquel insalubre periodo, se podía envenenar a cualquiera sin incurrir en gastos de botica. Fred no se encontraba, como sus compañeros, fortalecido por el coñac contra la repulsión, pero la esperanza de haber visto, al fin, el caballo que le permitiría ganar un dinero fue lo bastante estimuladora como para que lo primero que hiciera a la mañana siguiente fuera reandar el mismo camino. Estaba convencido de que si no llegaba a un acuerdo con el granjero, lo haría Bambridge: la tensión de las circunstancias, Fred creía, aguzaba su percepción y le dotaba de todo el poder constructivo de la sospecha. Bambridge había descalificado a Diamond como no lo hubiera hecho (tratándose del caballo de un amigo) de no tener la intención de comprarlo. Todos cuantos veían al animal, incluido Horrock, quedaban impresionados con sus méritos. Para sacarle provecho a la compañía de estos hombres había que saber deducir, y no tomarse la cosas al pie de la letra. El caballo era tordo, y casualmente Fred sabía que el mozo de Lord Medlicote andaba buscando uno así. Después de todas las descalificaciones, a Bambridge se le escapó, en el transcurso de la noche y en ausencia del granjero, que había visto venderse por ochenta libras caballos peores. Por supuesto que se contradijo una y mil veces, pero cuando se sabe lo que puede ser cierto, se pueden valorar las afirmaciones. Y Fred no podía sino pensar que sabía algo de caballos. El granjero se había detenido ante el decente si bien huelfagoso caballo de Fred lo suficiente como para indicar que lo estimaba digno de consideración y parecía probable que se lo quedara, si se le daban veinticinco libras, como equivalente de Diamond. En ese caso, Fred, cuando vendiera el caballo nuevo por al menos ochenta libras, habría ganado cincuenta y cinco libras con la transacción y tendría ciento treinta y cinco libras con las que hacer frente al recibo, de forma que el déficit cargado temporalmente al señor Garth sería de veinticinco libras a lo sumo. Cuando a la mañana siguiente se encontraba vistiéndose apresuradamente, veía con tanta claridad la importancia de no dejar pasar esta insólita oportunidad que aunque tanto Bambridge como Horrock hubieran intentado disuadirle no le habrían convencido para que interpretara directamente lo que le decían, pues hubiera pensado que pajarracos semejantes abrigaban otros intereses que los de un joven. Respecto a caballos, la desconfianza era la única pista. Pero, como sabemos, el escepticismo nunca se puede aplicar del todo, de lo contrario la vida se detendría. Siempre hay algo en lo que debamos creer y hacer y se llame como se llame ese algo, es virtualmente nuestro propio criterio, incluso cuando parece ser la dependencia más esclava de otro. Fred creía en lo magnífico de su ganga, y aun antes de que la feria estuviera muy en marcha se hizo con el tordo al precio de su propio caballo más treinta libras, tan sólo cinco libras más de lo que pensara dar por él.

Pero se sentía un poco preocupado y cansado, tal vez producto del debate mental, y sin aguardar a otras diversiones de la feria partió sólo en su viaje de catorce millas, con la intención de tomárselo con calma y mantener fresco el caballo.