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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 21.
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Su feminidad fecunda y llena
No presenta términos contrarios
Para parecer sabia.
(CHAUCER.)

Era esto por lo que Dorothea lloraba en cuanto se encontró a solas. Pero de repente una llamada a la puerta la hizo secarse las lágrimas antes de decir «Adelante». Tantripp entró con una tarjeta y el mensaje de que un caballero esperaba en la entrada. El guía había explicado ya que sólo estaba en la casa la señora Casaubon, pero le respondieron que se trataba de un pariente del señor Casaubon y quería saber si la señora le vería.

-Sí -dijo Dorothea inmediatamente-. Que pase a la sala.

Sus principales impresiones respecto del joven Ladislaw eran que se le había recalcado mucho cuando le conoció en Lowick la generosidad que hacia él mostraba el señor Casaubon, así como que ella se había interesado por las dudas del sobrino respecto de su carrera. Su respuesta era pronta a todo cuanto le daba la oportunidad para entregarse, y en este momento era como si la visita llegara para sacarla de su descontento egoísta, para recordarle la bondad de su marido y hacerla sentir que ahora tenía el derecho a ser un apoyo para él en todas las buenas obras. Esperó un par de minutos y cuando entró en la habitación contigua quedaban sólo aquellas señales de llanto que hicieron que su rostro pareciera más joven y atractivo de lo corriente. Recibió a Ladislaw con esa exquisita sonrisa de bienvenida ausente de vanidad y le extendió la mano. El era algunos años mayor, pero en ese momento parecía mucho más joven, pues su tez transparente se sonrojó de pronto y habló con un pudor totalmente distinto a la rasgada indiferencia que mostrara ante su amigo, mientras que Dorothea se mostraba aún más serena a fin de sosegarle.

-No supe que usted y el señor Casaubon estuvieran en Roma hasta esta mañana cuando la vi en el Museo Vaticano -dijo-. La conocí al momento, pero..., bueno..., quiero decir que supuse que la dirección del señor Casaubon podría encontrarla en Correos y quería saludarles a ustedes lo antes posible.

-Siéntese, se lo ruego. No está aquí ahora mismo, pero no dudo que se alegrará de tener noticias suyas -dijo Dorothea, sentándose impensadamente entre la chimenea y la luz que entraba por un ventanal y señalando una silla cercana con la tranquilidad de una apacible matrona, gesto que no hizo más que resaltar las muestras de dolor que su rostro reflejaba-. El señor Casaubon está muy ocupado, pero dejará usted su dirección, ¿verdad?, y él le escribirá.

-Es usted muy amable -dijo Ladislaw, comenzando a perder su timidez por el interés que le suscitaron las muestras de llanto que alteraban el rostro de Dorothea-. Mi dirección consta en la tarjeta. Pero si me lo permite volveré mañana a una hora en la que el señor Casaubon fuera a estar en casa.

-Va todos los días a leer a la Biblioteca del Vaticano y apenas es posible verle salvo previa cita. Sobre todo ahora. Estamos a punto de partir de Roma y está muy ocupado. Suele estar fuera desde el desayuno hasta la cena. Pero estoy segura de que deseará que cene usted con nosotros.

Will Ladislaw se quedó mudo unos instantes. Nunca había sentido un gran afecto por el señor Casaubon y de no ser porque se sentía obligado hacia él se hubiera reído, considerándolo un murciélago de la erudición. Pero la idea de que este pedante reseco, este elaborador de nimias explicaciones de la envergadura de un exceso de falsas antigüedades almacenadas en el trastero de un vendedor, hubiera conseguido, primero, que esta adorable joven se casara con él, y después, se pasara la luna de miel apartado de ella, en pos de sus enmohecidas bobadas (a Will le gustaba la hipérbole), esta repentina imagen le conmovió con una especie de cómica repulsión y se encontró a medio camino entre el impulso de soltar una carcajada y el impulso igualmente inapropiado de lanzar una diatriba desdeñosa. Por un momento sintió que la pugna contorsionaba extrañamente sus facciones, pero haciendo un gran esfuerzo consiguió dar forma a nada más ofensivo que una jovial sonrisa. Dorothea estaba sorprendida, pero la sonrisa resultaba irresistible y ella se la devolvió. La sonrisa de Will Ladislaw era deliciosa salvo que se estuviera enfadado con él de antemano: era un estallido de luz interior que le iluminaba la tez y la mirada y que jugaba sobre cada una de las curvas y las líneas como si un Ariel los dotara de nuevos encantos, disipando para siempre todo rastro de mal humor. El reflejo de esa sonrisa no pudo sino contener algo de diversión en ella también, cuando Dorothea, con las pestañas aún húmedas, inquirió:

-¿Algo le divierte?

-Sí -dijo Will, rápido de recursos-. Estoy pensando en la impresión que le debí causar la primera vez que la vi, cuando anuló mis pobres dibujos con su crítica.

-¿Mi crítica? -preguntó Dorothea, cada vez más sorprendida-. No puede ser. Me siento particularmente ignorante respecto de la pintura.

-Sospeché que sabía usted tanto como para decir justo lo que más me hería -dijo-. Supongo que no lo recuerda tan bien como yo, que la relación de mi dibujo con la naturaleza se le escapaba a usted. Al menos, esa fue la implicación -Will pudo ahora reírse además de sonreír.

-Eso fue tan sólo mi ignorancia -dijo Dorothea, admirando el buen humor de Will-. Debió ser porque nunca supe ver belleza alguna en los cuadros que mi tío decía que todo juez juzgaba como espléndidos. Y me he paseado por Roma con la misma ignorancia. Hay relativamente pocos cuadros con los que disfruto de verdad. Cuando entro por primera vez en una sala donde los muros están cubiertos de frescos o de insólitos cuadros, siento una especie de angustia, como una criatura que asiste a grandes ceremonias donde hay ropajes y procesiones; me siento en presencia de una vida superior a la mía. Pero cuando empiezo a examinar uno por uno los cuadros, o se les va la vida o poseen algo violento y extraño para mí. Debe ser mi propio desconocimiento. Estoy viendo mucho de golpe sin entender la mitad y eso siempre hace que te sientas necio. Es muy doloroso que te digan que algo es hermosísimo y que no lo puedas sentir así. Es como ser ciego cuando la gente habla del cielo.

-Bueno, hay mucho de adquisición respecto del sentimiento por el arte -dijo Will (imposible dudar ahora lo directo de la confesión de Dorothea)-. El arte es una lengua antigua con gran cantidad de estilos artificiales, y en ocasiones el mayor placer que uno obtiene al conocerlos es la simple sensación de conocimiento. Yo disfruto enormemente con todos los tipos de arte que hay aquí; pero supongo que si pudiera desmenuzar mi placer lo encontraría compuesto de innumerables hebras. Algo aporta el pintarrajear uno mismo un poco y tener una idea del proceso.

-¿Tiene tal vez la intención de ser pintor? -preguntó Dorothea interesada-. ¿Va a hacer de la pintura su profesión? Al señor Casaubon le gustará saber que se ha decidido por una.

-No, no -dijo Will con cierta brusquedad-. He decidido definitivamente no serlo. Es una vida demasiado unilateral. He conocido a muchos de los artistas alemanes que están aquí; viajé desde Frankfort con uno de ellos. Algunos son estupendos, incluso brillantes, pero no me gustaría ajustarme a su forma de ver el mundo, exclusivamente desde el estudio.

-Eso puedo entenderlo -dijo Dorothea con franqueza-. Y en Roma da la sensación de que hay cosas en el mundo que se necesitan mucho más que los cuadros. Pero si usted tiene dotes para la pintura, ¿no debería servirle eso de guía? Tal vez hiciera cosas mejores..., o diferentes, de forma que no hubiera tantos cuadros tan iguales en el mismo sitio.

La ingenuidad era inequívoca y Will respondió con sinceridad:

-Se precisan unas dotes muy poco frecuentes para efectuar cambios de ese tipo. Me temo que las mías ni siquiera me llevarían al punto de hacer bien lo que está hecho, al menos no lo bastante bien como para que mereciera la pena. Y jamás sobresaldría en nada, sólo a fuerza de tenacidad. Nunca acabo de cuajar las cosas que no se me dan bien de antemano.

-He oído decir al señor Casaubon que lamenta la poca paciencia que usted tiene -dijo Dorothea con suavidad. La sorprendía un poco este modo de tomarse la vida como unas vacaciones.

-Sí, conozco la opinión del señor Casaubon. Diferimos mucho.

El leve rastro de desdén en la respuesta ofendió a Dorothea. Su desazón matutina la hacía más susceptible respecto del señor Casaubon.

-Naturalmente que difieren -dijo con altivez-. No se me ocurriría comparales; una capacidad de perseverante devoción a la labor como la del señor Casaubon no es común.

Will vio que estaba enojada, pero esto sólo añadió mayor impulso a la irritación que ahora le producía su latente desagrado por el señor Casaubon. Era demasiado intolerable que Dorothea idolatrara a este esposo: semejante debilidad en una mujer no complace a ningún hombre salvo al marido en cuestión. Los mortales se sienten fácilmente tentados a anular la gloria de su vecino, pensando que una muerte así no es un asesinato.

-Es cierto -contestó presto-. Y es por tanto una lástima que se desperdicie, como ocurre con tanta erudición inglesa, por no saber lo que el resto del mundo está haciendo. Si el señor Casaubon supiera alemán se ahorraría mucho trabajo.

-No le comprendo -dijo Dorothea, sorprendida a inquieta.

-Simplemente quiero decir que los alemanes han tomado la delantera en la investigación histórica y se ríen de aquellos resultados obtenidos a base de ir a tientas y a ciegas por los bosques con una brújula de bolsillo cuando ellos ya han trazado buenas carreteras. Cuando estuve con el señor Casaubon comprobé que estaba sordo a estas indicaciones. Fue casi en contra de su voluntad que leyó un tratado en latín escrito por un alemán. Me dio mucha pena.

Will no tenía ulterior intención que la de dar un pellizco que invalidara esa enaltecida laboriosidad y no pudo imaginar el modo en el que heriría a Dorothea. El joven señor Ladislaw no estaba demasiado versado en los escritores alemanes, pero no se requiere mucho para compadecerse de las limitaciones de los demás.

La pobre Dorothea sintió una punzada ante la posibilidad de que la tarea que constituía la vida de su maridó pudiera ser baldía, lo cual no le dejó energía para preguntarse si este joven pariente que tanto le debía no hubiera hecho mejor reprimiendo su observación. No dijo ni una palabra, sino que permaneció sentada, mirándose las manos, absorta en lo patético de la idea.

Will, sin embargo, tras dar ese pellizco anulador, se avergonzó un poco, infiriendo del silencio de Dorothea que la había ofendido aún más, y remordiéndole la conciencia por despojar a un benefactor de lo que más le enorgullecía.

-Lo sentí especialmente -continuó, tomando el curso habitual de la alabanza insincera después de la detracción-, por el respeto y gratitud que siento por mi primo. No tendría tanta importancia en un hombre cuyo talento y personalidad fueran menos notables.

Dorothea alzó los ojos, que la emoción hacía brillar más de lo usual, y dijo con un tono lleno de tristeza:

-¡Ojalá hubiera aprendido alemán en Lausana! Había muchos profesores alemanes. Ahora no puedo servirle de ayuda.

Había una nueva luz, aún misteriosa para Will, en las últimas palabras de Dorothea. La pregunta de cómo había llegado a aceptar al señor Casaubon, que él despachara cuando la conoció diciéndose a si mismo que debía ser desagradable pese a las apariencias, no podía contestarse ahora por un método tan expeditivo y fácil. Fuera lo que fuera, no era desagradable. No era fríamente inteligente e indirectamente mordaz, sino adorablemente llana y emotiva. Era un ángel engañado. Supondría un placer muy singular el esperar y observar cómo los melódicos fragmentos brotaban de forma tan directa e ingenua de su alma y su corazón. El arpa eolia le volvió a la mente.

Debió haberse inventado ella sola algún original romance para esta boda. Y de haber sido el señor Casaubon un dragón que, simplemente y sin legalidades, se la hubiera llevado entre las garras a su guarida, hubiera sido una inevitable gesta heroica el rescatarla y postrarse a sus pies. Pero un primo era algo menos manejable que un dragón; era un benefactor con una sociedad colectiva a sus espaldas, y en ese instante entraba en la habitación con toda su impecable corrección de porte, mientras que Dorothea se encontraba alterada por la alarma y el remordimiento recién suscitados, y Will por la especulación que llevaba a cabo respecto de los sentimientos de la señora Casaubon.

El señor Casaubon experimentó una sorpresa exenta por completo de placer, pero no varió su usual cortesía al saludar a Will cuando éste se levantó y explicó el motivo de su presencia. El señor Casaubon estaba menos contento que de costumbre y esto tal vez hacía que pareciera aún más desvaído y apagado; en cualquier caso, el contraste con el juvenil aspecto de su primo hubiera producido ese efecto. La primera impresión que Will daba era de alegría y viveza, lo que acentuaba lo indeterminado de su móvil expresión. Ciertamente, las facciones mismas parecían cambiar de forma: la mandíbula daba la impresión de ser a veces grande y a veces pequeña y la ondulación de la nariz era como un anticipo de una metamorfosis. Cuando volvía la cabeza con rapidez, su pelo parecía despedir luz y había quien creía ver en estos destellos un definitivo rasgo de genialidad. Por el contrario, el señor Casaubon aparecía completamente desiluminado.

Dado que Dorothea observaba a su esposo con atención, tal vez no fuera insensible al contraste. Pero éste se entremezcló con otros motivos que la hicieron más consciente de esa nueva inquietud por su marido que era el primer indicio de una compasiva ternura alimentada por las realidades de su suerte y no por las fantasías propias. Sin embargo, fue para ella una fuente de mayor libertad el que Will estuviera allí; su similar juventud resultaba agradable, así como quizá su predisposición a dejarse convencer. Sintió la enorme necesidad de alguien con quien hablar y nunca antes había visto a nadie que pareciera tan rápido y flexible, y con tantas probabilidades de comprenderlo todo.

El señor Casaubon manifestó, adusto, que confiaba en que Will estuviera pasando el tiempo en Roma de forma provechosa además de agradable; que tenía la impresión de que iba a quedarse en el sur de Alemania. Le rogó que fuera a cenar al día siguiente cuando podrían conversar más dilatadamente, pues de momento se encontraba algo fatigado. Ladislaw comprendió, y tras aceptar la invitación se marchó inmediatamente.

Dorothea siguió a su esposo con mirada inquieta cuando éste se sentó, cansado, en un sofá, y doblando el codo apoyó en la mano la cabeza mientras miraba al suelo. Ligeramente sonrojada y con la mirada iluminada se sentó junto a él y dijo:

-Perdóname por haberte hablado con tanta ligereza esta mañana. Estaba equivocada. Temo que te herí e hice aún más fatigoso para ti el día.

-Me alegro que pienses así -dijo el señor Casaubon.

Hablaba quedamente y con la cabeza inclinada, pero sus ojos reflejaban cierta inquietud cuando la miró.

-Pero ¿me perdonas? -dijo Dorothea con un leve sollozo. Su necesidad por alguna muestra de sentimiento hacía que exagerara su culpabilidad. ¿Acaso el amor no vería que regresaba al penitente y se avalanzaría para besarle?

-Mi querida Dorothea, «aquel a quien no le satisface arrepentimiento no pertenece ni al cielo ni a la tierra». Y tú no me creerás merecedor de tan severa sentencia -dijo el señor Casaubon, esforzándose para hacer una afirmación de peso al tiempo que sonreía levemente.

Dorothea permaneció en silencio, pero la lágrima que brotara con el sollozo insistió en caer.

-Estás alterada, amor mío. Yo también estoy notando ciertas desagradables consecuencias, fruto de una excesiva perturbación mental -dijo el señor Casaubon. Lo cierto es que tenía la intención de decir... que no debía haber recibido al joven Ladislaw en su ausencia, pero se abstuvo, en parte por lo descortés que resultaría una nueva queja en el momento de su arrepentimiento, en parte porque quería evitar turbarse más a sí mismo con el discurso, y en parte porque era demasiado orgulloso para mostrar esa disposición envidiosa que no se agotaba lo bastante con sus compañeros de erudición como para que no sobrara algo para invertir en otras direcciones. Hay un tipo de envidia que pecisa poca leña; apenas es una pasión, tan sólo un añublo criado en el húmedo y oscuro desánimo del egoísmo intranquilo.

-Creo que es hora de vestirnos -añadió, mirando el reloj. Ambos se levantaron y jamás hubo otra alusión a lo que ocurriera ese día.

Pero Dorothea lo recordó siempre con la claridad con la que todos recordamos épocas en nuestra experiencia en la que muere alguna expectación entrañable o nace una nueva ilusión. Hoy había empezado a vislumbrar que la había impulsado una loca quimera al esperar del señor Casaubon una respuesta a sus emociones y había notado el despertar del pensamiento de que pudiera existir un gran vacío en la vida de su marido que le pesara tanto a él como a ella.

Todos nacemos sumidos en la estupidez moral, creyendo que el mundo es una ubre de la que nutrir nuestros privilegiados seres: Dorothea había empezado pronto a salir de esa necedad, pero le había sido más fácil imaginar cómo se dedicaría al señor Casaubon, fortaleciéndose y enriqueciéndose con la fuerza y la sabiduría de él, que concebir con esa claridad que ya no es reflexión, sino sensación -idea forjada en lo certero de sentimientos, como la solidez de los objetosque él tenía un eje equivalente de sí mismo, del cual las luces y las sombras deben proceder con una cierta diferencia