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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 19.
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L áltra vedete ch'ha fatto alfa guancia
Delta sua palma, sospirando, levo.
(Purgatorio, VII.)

Cuando Jorge IV aún reinaba sobre las soledades de Windsor, cuando el duque de Wellington era Primer Ministro y el señor Vincy era el alcalde de la vieja corporación de Middlemarch, la señora Casaubon, nacida Dorothea Brooke, había partido en viaje de bodas a Roma. En aquellos días, el mundo en general era cuarenta años más ignorante del bien y del mal de lo que es hoy. No era frecuente que los viajeros llevaran ni en la cabeza ni en sus bolsillos una información completa sobre el arte cristiano, e incluso el crítico inglés más brillante de la época (1)confundió la tumba floreada de la virgen ascendida con una vasija ornamental que obedecía a la fantasía del pintor. El romanticismo, que ha ayudado a rellenar algunos monótonos vacíos con amor y conocimientos, no había aún penetrado los tiempos con su levadura, introduciéndose en la alimentación de todo el mundo. Todavía se hallaba en estado de fermentación, visible en el distinto y vigoroso entusiasmo de ciertos

(1) William Hazlitt (1778-1830), crítico y ensayista inglés, autor, entre otras obras, de Personajes del teatro de Shakespeare (1817) y El espíritu de la época (1825).

artistas alemanes melenudos asentados en Romm2, y la juventud de otras naciones que trabajaban u holgazaneaban a su vera se contagiaban a veces del creciente movimiento.

Una hermosa mañana un joven de pelo no desmesuradamente largo pero abundante y rizado y que por lo demás era evidentemente inglés, acababa de darle la espalda al Torso de Belvedere en el Vaticano y observaba la espléndida vista que de las montañas se ofrecía desde el vestíbulo redondo adjunto. Estaba lo bastante absorto como para no notar que se le acercaba un animado alemán de ojos oscuros, el cual, poniéndole una mano sobre el hombro dijo con marcado acento:

-¡Ven aquí, rápido!, o habrá cambiado de postura.

La presteza no se hizo aguardar y ambas figuras pasaron ligeras por el Meleagro, encaminándose hacia la sala donde la recostada Ariadne, entonces denominada la Cleopatra, yace en la marmórea voluptuosidad de su belleza, envuelta por los drapeados con la facilidad y ternura de unos pétalos. Llegaron justo a tiempo de ver otra figura de pie junto a un pedestal cercano al reclinante mármol: una joven lozana y anhelante, a la cual la Ariadne no avergonzaba, vestía los grises ropajes cuáqueros. Llevaba la larga capa abrochada al cuello, echada por detrás de los hombros; una hermosa y desnuda mano servía de apoyo a la mejilla y empujaba ligeramente hacia atrás el gorro de castor blanco que, ciñendo las sencillas trenzas castañas, parecía enmarcarle el rostro como con un halo. No miraba la escultura, probablemente ni pensara en ella: fijaba sus grandes ojos ensoñadoramente en un haz de luz que cruzaba el suelo. Pero se percató al pronto de los dos desconocidos que se detuvieron de repente como contemplando la Cleopatra, y sin mirarles fue a reunirse de inmediato con una criada y un guía que esperaban a poca distancia.

-¿Qué te parece eso como hermoso ejemplo de antítesis? -preguntó el alemán, escudriñando el rostro de su amigo en busca de la correspondiente admiración, pero prosiguiendo en su verborrea sin esperar más respuesta-. Ahí yace la belleza antigua, ni siquiera cadavérica en la muerte, sino

(2) Probable referencia a los nazarenos, grupo de artistas alemanes que trabajaban en Roma.

apresada en la plena satisfacción de su sensual perfección, y aquí se alza la belleza viva, impregnada de siglos de cristiandad. Pero debería ir vestida como una monja; creo que tiene el aspecto de lo que vosotros llamáis una cuáquera. En mi cuadro, yo la vestiría de monja. De todas formas, ¡está casada! Vi su alianza en esa espléndida mano izquierda, de lo contrario hubiera pensado que el cetrino Geirtlicher(3) era su padre. Le vi despedirse de ella hace un buen rato y acabo de encontrármela en esa magnífica postura. ¡Imagínate! Tal vez sea rico y quisiera que la retrataran. ¡En fin! Es inútil admirarla. ¡Ahí va! ¡Sigámosla a su casa!

-No, no -dijo su amigo frunciendo ligeramente el ceño.

-Qué raro eres, Ladislaw. Estás demudado. ¿Es que la conoces?

-Sé que está casada con mi primo -dijo Will Ladislaw, cruzando la sala con aire preocupado mientras su amigo alemán, a su lado, le miraba con atención.

-¿Quién? ¿El Geistlicher? Parece más bien un tío..., un tipo de pariente más útil.

-No es mi tío. Te estoy diciendo que es un primo segundo -dijo Ladislaw con cierta irritación.

-Schön, schön. No seas picajoso. No estarás enfadado conmigo por pensar que Doña Prima Segunda es la más perfecta joven Madonna que jamás he visto ¿no?

-¿Enfadado? ¡Qué tontería! Sólo la he visto antes en una ocasión, un par de minutos cuando mi primo me la presentó. justo antes de marcharme de Inglaterra. Entonces no estaban casados. No sabía que fueran a venir a Roma.

-Pero, irás a verles ahora ¿no? Ya que sabes el nombre, averiguarás la dirección que tienen. ¿Vamos a correos? Y podías hablarles del retrato.

-¡Maldita sea, Naumann! No sé lo que haré. No soy tan descarado como tú.

-¡Bah! Eso es porque eres un diletante y un amateur. Si fueras un artista considerarías a Doña Prima Segunda como una forma antigua animada por el sentimiento cristiano, como una especia de Antígona cristiana, fuerza sensual controlada por la pasión espiritual.

(3) En alemán, eclesiástico.

-Sí, y que el que tú la pintaras la razón principal de su existencia: la divinidad adquiriendo mayor plenitud y casi exhausta en el acto de cubrir tu trocito de lienzo. Soy un amateur, si eso te place; en absoluto pienso que todo el universo se desviva por el oscuro significado de tus cuadros.

-Pero, ¡es que sí se desvive! En la medida en que lo hace a través de mí, Adolf Naumann: eso es inapelable -dijo el afable pintor, poniendo una mano sobre el hombro de Ladislaw y sin que le afectara lo más mínimo el inexplicable punto de irascibilidad que denotaba su tono-. Verás, mi existencia presupone la existencia de todo el universo, ¿o no?, y mi función es pintar, y como pintor, tengo una concepción totalmente genialisch de tu tía segunda o tu bisabuela como tema de un cuadro; por lo tanto, el universo suspira por ese cuadro a través de ese gancho o zarpa que se manifiesta en la forma de mi persona, ¿cierto o no?

-Pero ¿qué ocurre si otra zarpa en la forma de la mía de persona se esfuerza por malograrlo? El caso es un poco menos sencillo, ¿no?

-En absoluto: el resultado de la lucha es el mismo, con o sin cuadro, lógicamente.

Will no pudo con este carácter imperturbable y la nube que ensombrecía su rostro se tornó en luminosa sonrisa. -Vamos, amigo mío, ¿me ayudarás? -preguntó Naumann con tono de esperanza.

-¡Ni hablar, Naumann! Las damas inglesas no están al servicio de cualquiera como modelos. Y tú quieres demostrar demasiado con tu pintura. Sólo pintarías un peor o mejor cuadro, con un fondo sobre del que cada entendido ofreciera una razón diferente para apoyar o rechazar. Y al fin y al cabo, ¿qué es el retrato de una mujer? Tus cuadros y esculturas no son gran cosa después de todo. Perturban y emborronan las concepciones en lugar de elevarlas. La lengua es un medio más nítido.

-Sí, para quienes no saben pintar -dijo Naumann-. Ahí tienes toda la razón. No fui yo quien te aconsejó que pintaras, amigo mío.

El comentario del afable artista era mordaz, pero Ladislaw no se quiso dar por aludido y continuó como si no lo hubiera oído.

-El lenguaje proporciona una imagen mucho más completa, lo cual facilita la vaguedad. Al fin y al cabo la auténtica visión es interior, y la pintura te encara con insistente imperfección. Tengo esa sensación sobre todo con las representaciones de mujeres. ¡Es como si una mujer fuera una mera superficie coloreada! Hay que aguardar al movimiento y al tono. Hay diferencias incluso en su modo de respirar; cambian de un instante a otro. Esta mujer a la que acabas de ver, por ejemplo, ¿cómo pintarías su voz, dime? Y su voz es mucho más divina que cualquier cosa que hayas visto de ella.

-Ah, ya entiendo. Estás celoso. Ningún hombre debe osar pensar que puede pintar tu ideal. ¡Esto es serio, amigo mío! ¡Tu tía abuela! ¡Der Neffe alc Onkel en un sentido trágico ungeheuer!

-Tú y yo nos pelearemos, Naumann, si vuelves a llamar a esa dama mi tía.

-¿Cómo he de referirme a ella, pues? -Como la señora Casaubon.

-De acuerdo. Suponte que, a pesar tuyo, llego a conocerla y descubro que tiene un gran interés en que la pinten. -¡Sí, supongámoslo! -dijo Will Ladislaw, con soterrado desdén encaminado a cambiar el tema. Era consciente de estar molesto por causas ridículamente nimias, la mitad de las cuales eran de su propia invención. ¿Por qué alborotaba tanto acerca de la señora Casaubon?

Y sin embargo era como si algo le hubiera ocurrido respecto de ella. Hay personajes que continuamente se crean colisiones y embrollos en tragedias que nadie está dispuesto a compartir. Sus susceptibilidades chocarán contra objetos que permanecen inocentemente tranquilos.