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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 12.
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Tenía más sirga en su rueca De lo que Gervis pensaba.
(CHAUCER.)
El paseo a caballo que Fred y Rosamond dieron hasta Stone Court a la mañana siguiente les llevó por un gracioso segmento del paisaje del corazón de Inglaterra, formado casi en su totalidad por prados y pastos, con setos que aún podían crecer en hermosa espesura y ofrecer sus frutos de coral a los pájaros. Pequeños detalles conferían a cada prado una particular fisonomía, querida para aquellos ojos que los veían desde la niñez: el estanque de la esquina, donde la hierba era húmeda y los árboles se inclinaban susurrantes; el enorme roble sombreando un lugar desnudo en la medio del prado; la alta loma donde crecían los fresnos; la abrupta pendiente del margal que hacía de fondo rojo para la bardana; los apiñados tejados y almiares de las granjas sin aparentes caminos de acceso, las cercas y verjas grises resaltando contra las profundidades del bosque circundante y la aislada casucha con su viejo, viejo tejado de paja cuajado de musgosas ondulaciones con sorprendentes modulaciones de luz y sombra como las que, al correr de los años, viajamos lejos para ver y vemos mayores, pero no mejores. Estas son las cosas que conforman la gama del disfrute del paisaje para las almas nacidas en esta zona, las cosas entre las que gatearon o tal vez aprendieron de memoria, de pie entre las piernas de su padre mientras éste sostenía despreocupadamente las riendas.

Pero la carretera, incluso la secundaria, era excelente, pues Lowick, como hemos visto, no era un municipio de senderos embarrados y arrendatarios pobres y en él entraron Fred y Rosamond tras cabalgar un par de millas. Una milla más allá estaba Stone Court, visible ya la casa desde la primera mitad del camino, con aspecto de haber sido detenida en su crecimiento hacia una mansión de piedra por un inesperado florecer de edificaciones agrícolas a su izquierda que habían impedido su conversión en algo que no fuera el hogar sustancial de un caballero rural. En la distancia, el conjunto de puntiagudos almiares que equilibraban la hermosa hilera de nogales a la derecha no la convertían en un objeto menos agradable.

Pronto se pudo discernir algo que pudiera ser una calesa en la semirrotonda frente a la entrada principal.

-Dios mío -dijo Rosamond-, espero que no estén aquí ninguno de los horribles parientes de mi tío.

-Pues están. Esa es la calesa de la señora Waule, la última, la amarilla de la izquierda. Cuando veo a la señora Waule dentro me explico que el amarillo pudiera ser un color de luto. Esa calesa me parece más funeraria que un ataúd. Claro que la señora Waule siempre viste de crespón negro. ¿Cómo lo consigue, Rosy? No se le pueden estar muriendo los parientes continuamente.

-No tengo ni idea. Y tampoco es que sea evangélica -dijo Rosamond, como si ese enfoque religioso justificara totalmente el perpetuo crespón-. Y no es pobre -añadió tras una breve pausa.

-¡Ni muchísimo menos! Son ricos como judíos esos Waule y Featherstone; bueno, me refiero para gente como ellos, que no quieren gastar un céntimo. Y sin embargo, rodean a mi tío como buitres, temerosos de que se les escape un céntimo a su rama de la familia. Pero creo que les odia a todos.

Esta señora Waule que despertaba tan escasa admiración en estos lejanos parientes, acababa de decir esa misma mañana (en absoluto con aire desafiante, sino en tono bajo, amortiguado y neutral, como si la voz llegara a través de un algodón) que no deseaba «disfrutar de su buena opinión». Estaba sentada, como recalcó, en el hogar de su propio hermano, y había sido Jane Featherstone durante veinticinco años antes de convertirse en Jane Waule, lo cual le otorgaba el derecho a hablar cuando el nombre de su hermano había sido usado libremente por quienes no tenía derecho a ello.

-¿A dónde quieres llegar? -dijo el señor Featherstone, sosteniendo el bastón entre las piernas y atusándose la peluca, al tiempo que dirigía a su hermana una rápida y penetrante mirada que pareció revolverse contra él como una corriente de aire frío y provocarle un ataque de tos.

La señora Waule hubo de retener la respuesta hasta que se le pasara, hasta que Mary Garth le hubiera dado más jarabe y él hubiera comenzado a frotar la empuñadura de oro de su bastón, mirando al fuego con amargura. Era un fuego animado, pero no influía en el tinte amoratado y frío del rostro de la señora Waule, que era tan neutral como su voz, con meras ranuras por ojos y labios que apenas si se movían al hablar.

-Los médicos no controlan esa tos, hermano. Es igual que la mía, pues soy tu propia hermana, constitución y todo. Pero, como iba diciendo, es una lástima que la familia de la señorita Vincy no sepa comportarse mejor.

-¡Buah! No dijiste nada de eso. Dijiste que alguien había abusado de mi nombre.

-Lo cual se puede probar, si es cierto lo que todo el mundo dice. Mi hermano Solomon me dice que la conducta alocada del joven Vincy es la comidilla de Middlemarch, y que desde que volvió a casa no ha hecho más que apostar al billar.

-¡Bobadas! ¿Qué tiene de malo un juego de billar? Es un buen juego para caballeros y el joven Vincy no es ningún patán. Si fuera tu hijo John el que jugara al billar, ése sí que haría el ridículo.

-Tu sobrino John jamás ha sido aficionado al billar ni a ningún otro juego, hermano, y no se le ocurría perder cientos de libras que, si lo que dicen es cierto, deben salir de otro lugar que no es el bolsillo del señor Vincy padre. Porque dicen que lleva años perdiendo dinero, aunque nadie se lo pudiera imaginar, viéndole ir tanto de caza y ofreciendo mesa franca como hace. Y he oído que el señor Bulstrode censura absolutamente a la señora Vincy por su ligereza y por malcriar tanto a sus hijos.
¿Y a mí que me importa Bulstrode? No tengo cuenta con él.

-La señora Bulstrode es la propia hermana de la señora Vincy, y dicen que el señor Vincy negocia principalmente con el dinero del banco, y juzga por ti mismo, hermano, lo poco decoroso que resulta una mujer pasados los cuarenta llena de lazos rosas y riéndose siempre de todo. Pero malcriar a tus hijos es una cosa, y sacar dinero para pagarles las deudas, muy otra. Y se dice públicamente que el joven Vincy ha sacado dinero basándose en sus expectativas. No digo cuáles. La señorita Garth me está oyendo y la invito a que hable. Sé bien que como son jóvenes, se conocen.

-No, gracias, señora Waule -dijo Mary Garth-. Me disgusta demasiado oír chismorreos como para querer repetirlos.
El señor Featherstone frotó la empuñadura del bastón y soltó una carcajada convulsiva con la misma autenticidad que la risita del viejo jugador de cartas ante una mala mano. Contemplando aún el fuego dijo:

-¿Y quién pretende decir que Fred Vincy no tiene expectativas? Es lógico que un tipo tan elegante y animado las tenga.

-Hubo una breve pausa antes de que la señora Waule respondiera, y cuando lo hizo su voz parecía llena de llanto, aunque tuviera el rostro seco.

-Tanto si es así como si no, hermano, a mí y a mi hermano Solomon nos resulta lógicamente doloroso que utilicen tu nombre; sobre todo con esa dolencia tuya que se te puede llevar de pronto, y esas gentes que no son más Featherstones que los payasos de la feria contando abiertamente con que tus propiedades les pasen a ellos. ¡Siendo yo tu propia hermana y Solomon tu propio hermano! Y si así es como va a ser, ¿para qué crearía el Todopoderoso las familias? -llegado este punto las lágrimas de la señora Waule se derramaron, aunque con moderación.

-¡Suéltalo ya, Jane! -dijo el señor Featherstone mirándola-. Lo que estás queriendo decir es que Fred Vincy ha conseguido que alguien le adelante dinero sobre lo que dice conocer de mi testamento, ¿no es eso?

-No he dicho jamás eso, hermano -la voz de la señora Waule volvía a ser seca y sostenida-. Me lo dijo anoche mi hermano Solomon cuando pasó por casa de vuelta del mercado para aconsejarme sobre el trigo, ya que soy viuda y mi hijo John sólo tiene veintitrés años, aunque es formal a carta cabal. Y a él le llegó de boca de una fuente indiscutible, y no sólo una, sino varias.

-¡Memeces! No me creo ni una palabra. Es una pura invención. Ve a la ventana, Missy, me ha parecido oír un caballo. A ver si es el médico.

-Una invención que no he inventado yo, hermano, ni Solomon, que, sea lo que sea -y no niego que tiene rarezas-, ha dividido sus propiedades por igual entre los familiares con los que tiene trato, aunque por mi parte, creo que hay veces en las que unos debían pesar más que otros. Pero Solomon no hace un secreto de sus intenciones.

-¡Más tonto él! -dijo el señor Featherstone con cierta dificultad, irrumpiendo en un agudo ataque de tos que requirió que Mary Garth se le acercara, de modo que no pudo saber de quién eran los caballos que pronto se detuvieron, piafando en la gravilla de delante de la puerta.

Antes de que concluyera del todo el ataque de tos del señor Featherstone, entró Rosamond, luciendo con elegancia su traje de montar. Se inclinó ceremoniosamente ante la señora Waule, quien dijo con sequedad: «Tanto gusto, señorita», sonrió y saludó a Mary silenciosamente y permaneció en pie hasta que la tos cesó permitiendo que su tío la viera.

-Hola, hola, jovencita -dijo finalmente-. Tienes buen color. ¿Dónde está Fred?

-Atendiendo a los caballos. Vendrá enseguida.

-Siéntate, siéntate. Señora Waule, te deberías ir marchando.

Incluso aquellos vecinos que habían llamado a Peter Featherstone un viejo zorro, nunca le habían acusado de ser falsamente educado.

Es más, ella misma acostumbraba a pensar que las intenciones del Todopoderoso respecto de las familias incluían una total liberación de la necesidad de comportarse agradablemente. Se levantó con calma, sin señal alguna de resentimiento y dijo con su habitual tono monótono y borroso:

-Hermano, espero que el nuevo médico pueda hacer algo por ti. Solomon dice que se habla mucho de su sabiduría Te aseguro que deseo que te cures. Y no hay nadie más dispuesto a cuidar de ti que tu propia hermana y tus propias sobrinas, con que tan sólo lo digas. Están Rebecca, Joanna y Elizabeth, ya sabes.

-Ya, ya, ya me acuerdo..., ya verás que me he acordado de todas..., todas cetrinas y feas. Les vendría bien algo de dinero, ¿verdad? Entre las mujeres de nuestra familia nunca se dio la belleza; pero los Featherstone siempre han tenido dinero, y los Waule también. Waule tenía dinero. Era un hombre afable Waule. Sí, sí, el dinero es un buen huevo; y si tienes dinero para dejar, ponlo en un nido cálido. Adiós, señora Waule.

Y llegado este punto el señor Featherstone tiró de su peluca por ambos lados como si quisiera taparse los oídos, y su hermana se marchó rumiando sobre este discurso sentencioso. A pesar de sus celos de los Vincy y de Mary Garth, la convicción de que su hermano Peter Featherstone nunca podría dejar su principal propiedad a alguien que no fuera pariente consanguíneo yacía como el último sedimento de su parquedad mental. De lo contrario, ¿por qué se habría llevado el Todopoderoso a sus dos mujeres, ambas sin hijos, después de que él hiciera tanto dinero al aparecer el manganeso y otras cosas cuando nadie lo esperaba? ¿Y por qué había una parroquia de Lowick, y los Waules y los Powderell sentados en el mismo banco desde hacía generaciones, y el banco de los Featherstone a su lado si el domingo siguiente a la muerte de su hermano todo el mundo tuviera que saber que la propiedad había salido de la familia? La mente humana no ha aceptado un caos moral en ningún periodo, y resultado tan absurdo no se podía concebir en serio. Pero son muchas las cosas que no se pueden concebir que nos asustan.

Cuando Fred entró, el anciano le observó con un brillo especial en los ojos, brillo que el joven con frecuencia había tenido razones para interpretar como orgullo ante los detalles satisfactorios de su aspecto.

-Vosotras dos, jovencitas, marchaos -dijo el señor Featherstone-. Quiero hablar con Fred.

-Vente a mi habitación, Rosamond, el frío no te afectará por un ratito -dijo Mary.

Ambas jóvenes no sólo se conocían desde la niñez, sino que habían asistido juntas al mismo colegio de la provincia (Mary como alumna becaria), de modo que tenían muchos recuerdos en común y gustaban de hablar en privado. De hecho, este tete-à-tete era uno de los fines de Rosamond al venir a Stone Court.

El viejo Featherstone no quiso iniciar el diálogo en tanto no se cerró la puerta. Continuó observando a Fred con el mismo guiño y una de sus muecas habituales, frunciendo y abriendo la boca alternativamente. Cuando habló lo hizo en tono bajo, susceptible de tomarse por el de un soplón dispuesto a venderse más que por el tono de un ofendido superior. No era hombre dado a sentir grandes indignaciones morales ni siquiera a cuenta de abusos contra él mismo. Era natural que otros se quisieran aprovechar de él, pero para eso él también era más astuto.

-De modo, joven, que has estado pagando un diez por ciento por dinero que has prometido devolver hipotecando mi tierra cuando me haya muerto, ¿eh? Has colocado mi vida a, digamos, unos doce meses. Pero aún puedo modificar el testamento.

Fred se sonrojó. No había pedido dinero de esa manera, y ello por razones excelentes. Pero era consciente de haber hablado con confianza (tal vez incluso con más de la que recordara con exactitud) respecto de sus perspectivas de obtener la tierra de Featherstone como medio, en un futuro, de pagar deudas presentes.

-No sé a qué se refiere, señor. Nunca he pedido dinero prestado avalando con semejante incertidumbre. Le ruego que se explique.

-No señor, eres tú quien tiene que explicarse. Déjame decirte que aún puedo modificar mi testamento. Tengo la mente clara, puedo calcular el interés compuesto sin necesidad de un lápiz y recuerdo los nombres de todos los imbéciles igual que lo hacía veinte años atrás. ¡Qué demonios! No, he cumplido los ochenta. Te digo que has de rebatir esta historia.

-Ya lo he hecho, señor -respondió Fred con un atisbo de impaciencia, olvidando que su tío no distinguía verbalmente entre rebatir y desmentir. Aunque nadie estaba más lejos de confundir ambas ideas que el viejo Featherstone, quien con frecuencia se sorprendía de que tantos memos tomaran sus aseveraciones por pruebas. Pero lo hago de, nuevo. La historia es una burda mentira.

-¡Bobadas! Tienes que traer documentos. Me llega de fuentes autorizadas.

-Nómbreme la autoridad y que dé el nombre de la persona a quien le pedí el dinero. Entonces podré desmentir la historia.

-Pues tengo entendido que es una autoridad bastante buena..., un hombre que conoce casi todo cuanto ocurre en Middlemarch. Es el bueno, religioso y caritativo tío tuyo ese. ¡Vamos, vamos! -y aquí el señor Featherstone sufrió su peculiar sacudida interna, síntoma de diversión,

-¿El señor Bulstrode? -¿Quién si no?

-Entonces la historia se ha convertido en mentira como producto de algunas palabras sermonizantes que haya dejado caer respecto de mí. ¿Mantienen que él nombró al hombre que me prestó el dinero?

-Si existe tal hombre, ten por seguro que Bulstrode le conoce. Pero, suponiendo que sólo intentaras que te prestaran el dinero y no lo consiguieras, Bulstrode también lo sabría. Tú tráeme un papel de Bulstrode diciendo que no cree que jamás hayas prometido pagar tus deudas con mis tierras. ¡Venga!

El rostro del señor Featherstone precisó de toda su gama de muecas como salida muscular a su silencioso triunfo respecto de la claridad de sus facultades.

Fred se sintió ante un fastidioso dilema.

-Debe de estar bromeando, señor. El señor Bulstrode, como otros hombres, se cree cientos de cosas que no son verdad, y tiene prejuicios contra mí. No me costaría nada conseguir que pusiera por escrito que no conoce hechos palpables del informe que usted menciona, aunque podría dar lugar a tensiones. Pero no puedo pedirle que firme lo que piensa o deja de pensar de mí -Fred se detuvo un instante y luego añadió apelando diplomáticamente a la vanidad de su tío-: no es propio de un caballero pedir eso pero el resultado fue desalentador.

-Ya veo, ya, lo que quieres decir. Prefieres ofenderme a mí que a Bulstrode. Y ¿qué es Bulstrode? No tiene tierras por aquí de las que jamás haya oído hablar. Es un tipo especulador que se arruinará cualquier día, en cuanto el demonio deje de apoyarle. Y eso es lo que significa su religión: quiere que Dios Todopoderoso intervenga. ¡Qué patraña! Una cosa me quedó bastante clara cuando iba a la iglesia y es ésta: el Todopoderoso está con la tierra. Promete tierra, da tierra y enriquece a los tipos con trigo y ganado. Pero tú eliges el otro bando. A ti te gusta Bulstrode y la especulación más que Featherstone y la tierra.

-Perdone, señor -dijo Fred poniéndose en pie de espaldas al fuego y golpeándose la bota con la fusta-. Ni me gusta Bulstrode ni me gusta la especulación -hablaba con enojo, sintiéndose acorralado.

-Bueno, bueno, está bastante claro que puedes prescindir de mí -dijo el viejo Featherstone, desagradándole interiormente la posibilidad de que Fred se mostrara independiente-. No quieres ni un pedazo de tierra que te convierta en terrateniente en lugar de en un famélico cura, ni un empujón de cien libras por el camino. A mí me da igual. Puedo hacer cinco codicilos si quiero, y ahorrarme los billetes. A mí me da igual.

Fred volvió a sonrojarse. Featherstone le había dado dinero en pocas ocasiones y en estos momentos casi parecía más difícil despedirse de la posibilidad inmediata de los billetes que de la posibilidad futura de la tierra.

-No soy un ingrato, señor. No era mi intención mostrar indiferencia ante cualquiera intención generosa que pudiera tener hacia mí. Muy al contrario.

-Está bien. Demuéstralo. Tráeme una carta de Bulstrode donde diga que no piensa que has estado charlando y prometiendo pagar tus deudas con mis tierras, y entonces, si te has metido en algún lío, veremos si te puedo echar una mano. ¡Venga! Es un trato. Ahora dame el brazo, que voy a intentar caminar por la habitación.

-Pese a su irritación, Fred poseía la suficiente bondad como para sentir pena por el anciano poco respetado y poco querido; quien, con las piernas aquejadas de gota, ofrecía al caminar un aspecto aún más lastimoso que de costumbre.
-Mientras le daba el brazo, pensó que no le gustaría ser un anciano con la constitución resquebrajada, y esperó con buen humor, primero ante la ventana para oír los comentarios usuales sobre las gallinas y la veleta, y después ante las estanterías despobladas, cuyas principales glorias en piel oscura las constituían Josefo(1), Culpepper(2), el Mesias de Klopstock(3) y varios volúmenes de La Revista del caballero.

-Vamos, léeme los nombres de los libros. ¡Eres hombre de universidad! -Fred le leyó los títulos.

-¿Para qué quería Missy más libros? ¿Para qué tienes que traerle más libros?

-Le divierten, señor. Le gusta mucho leer.

-Un poco demasiado -dijo el señor Featherstone capciosamente-. Quería leerme mientras se sentaba conmigo. Pero le puse fin a eso. Tiene el periódico para leer en voz alta. Yo diría que eso es suficiente por un día. No soporto verla leyendo. Cuídate de no traerle más libros, ¿me oyes?

-Sí, señor, le oigo -Fred había recibido esta orden anteriormente y la había desobedecido en secreto. Ahora tenía la intención de hacer lo mismo.

-Toca la campanilla -dijo el señor Featherstone-. Quiero que Missy baje.

Rosamond y Mary habían estado hablando con más rapidez que los hombres. No se les ocurrió sentarse, sino que se quedaron en pie ante el tocador cercano a la ventana mientras Rosamond se quitó el sombrero, se reajustó el velo y se atusó el pelo con la punta de los dedos, un pelo de colorido infantil, ni rubio ni amarillo.

(1) Historiador judío del siglo I.
(2) Sir Thomas Culpepper, figura poco conocida que escribió sobre la usura en el siglo XVII.
(3) Friedrich Gottlieb Klopstock (1724-1803), poeta alemán famoso por su poema épico El Mesías.

Mary Garth parecía aún más insignificante, de pie en el ángulo entre las dos ninfas, la del espejo y la real, que se miraban mutuamente con ojos de un azul celeste lo suficientemente profundos como para encerrar los más exquisitos significados que un espectador ingenioso quisiera leer en ellos o para ocultar las intenciones de su dueña caso de que resultaran ser menos exquisitas. Sólo unos cuantos niños de Middlemarch parecían rubios al lado de Rosamond, y la esbelta figura que mostraba el traje de montar revelaba delicadas ondulaciones. La realidad era que la mayoría de los hombres de Middlemarch, salvo sus hermanos, sostenían que la señorita Vincy era la mejor chica del mundo, y algunos decían que era un ángel. Por el contrario, Mary Garth tenía el aspecto de una pecadora común. Era morena; el pelo, rizado y castaño, era áspero y terco; de baja estatura y no sería cierto declarar, en antítesis satisfactoria, que poseía todas las virtudes. La fealdad tiene sus tentaciones y vicios peculiares al igual que la hermosura; tiende, o bien a simular amabilidad, o bien a no simularla y mostrar toda la repulsividad de la disconformidad. En todo caso, el que a uno le llamen una cosa fea en contraste con esa bella criatura que es tu compañera, suele producir algún efecto más profundo que el sentimiento de hermosa veracidad e idoneidad de la frase. A la edad de veintidós años, Mary ciertamente no había adquirido ese perfecto buen sentido y buenos principios que normalmente se recomiendan a la joven menos afortunada, como si se pudieran obtener en cantidades prefabricadas, con un punto de resignación incorporado a la mezcla. Su agudeza tenía algo de amargo sarcasmo, renovado continuamente y nunca del todo disimulado, salvo por una fuerte corriente de gratitud hacia quienes, en lugar de decir que debía estar satisfecha, hacían algo por que lo estuviera. El camino hacia su madurez de mujer había ido suavizando su insignificancia, que era de esa especie buena y humana como la que han poseído las madres de nuestra raza, bajo un tocado más o menos favorecedor, en todas las latitudes. Rembrandt la hubiera pintado con placer haciendo que sus amplias facciones asomaran del lienzo con inteligente honradez. Pues la honradez, la justicia manifestada, era la virtud primordial de Mary; ni intentaba crear ilusiones ni se recreaba en ellas por su propia conveniencia, y cuando estaba de buen humor tenía suficiente carácter como para reírse de sí misma. Cuando ella y Rosamond se encontraron reflejadas juntas en el espejo, dijo riéndose:

¡Parezco una mancha pardusca a tu lado, Rosy! ¡Eres la compañía menos favorecedora que hay!

-¡Qué va! Nadie se fija en tu aspecto porque eres tan sencilla, Mary. La verdad es que la belleza tiene muy poca importancia -dijo Rosamond, volviendo la cabeza hacia Mary, pero manteniendo la vista en el espejo para ver la nueva perspectiva que con ello adquiría su cuello.

-Te refieres a que la mía tiene poca importancia -dijo Mary sarcásticamente.

Rosamond pensó: «Pobre Mary, se toma a mal las cosas mejor intencionadas.» En voz alta dijo:

-¿Qué has estado haciendo últimamente?

-¿Yo? Pues, atender la casa..., escanciar jarabe..., simular ser amable y estar satisfecha..., aprender a tener una mala opinión de todo el mundo.

-En una vida muy desdichada.

-En absoluto -dijo Mary secamente, sacudiendo ligeramente la cabeza-. Creo que mi vida es más agradable que la de vuestra señorita Morgan.

-Sí, pero la señorita Morgan es tan poco interesante..., además no es joven.

-Supongo que se resultará interesante a sí misma; tampoco estoy en absoluto segura de que las cosas se vayan haciendo más fáciles con los años.

-No -dijo Rosamond reflexionando-; una se pregunta lo que hacen estas personas sin ninguna perspectiva. Claro que está la ayuda de la religión. Pero -añadió, provocando sus hoyuelos-, tu caso es muy diferente. Puedes recibir una proposición.

-¿Te ha dicho alguien que piense hacérmela?

-Pues claro que no. Me refiero a que hay un caballero que puede enamorarse de ti; te ve casi cada día.

-Cierta alteración del rostro de Mary vino determinada principalmente por la decisión de no demostrar cambio alguno.

-¿Y eso hace que la gente se enamore? -respondió con indiferencia-. Se me antoja que frecuentemente es razón para que las personas se detesten.

-No cuando son interesantes y agradables. Tengo entendido que el señor Lydgate es ambas cosas.

-¡Ah! ¡El señor Lydgate! -dijo Mary con inconfundible indiferencia-. Quieres saber algo de él -añadió, poco dispuesta a complacer a Rosamond en su camino de indirectas. Simplemente si te gusta.

-Por el momento no se plantea esa posibilidad. Mi simpatía siempre requiere cierta ternura para que se avive. No soy lo suficientemente magnánima como para que me gusten las personas que me hablan sin que aparentemente me vean.

-¿Tan altivo es? -dijo Rosamond con creciente satisfacción-. Sabes que es de buena familia, ¿no?

-No; no adujo eso como razón.

-¡Mary! ¡Eres la chica más rara que he visto! Pero ¿qué aspecto tiene? Descríbemelo.

-¿Cómo se puede describir a un hombre? Te puedo hacer un inventario: tupidas cejas, ojos oscuros, nariz recta, espeso pelo oscuro, manos blancas, grandes, fuertes, y... a ver... un exquisito pañuelo de bolsillo de batista. Pero ya le verás. Sabes que ésta es más o menos la hora de sus visitas.

Rosamond se ruborizó un poco, pero dijo, meditabunda: -Me gusta bastante la altivez. No soporto a un joven charlatán.

-Yo no te dije que el señor Lydgate fuera altivo; pero ily a pour tous les goüts, como solía decir la pequeña Mamselle, y si existe alguna mujer que pueda elegir el tipo particular de engreimiento que le gustaría, yo diría que esa eres tú, Rosy.

-La altivez no es engreimiento; para mí Fred es un engreído.

-Ojalá nadie dijera cosas peores de él. Debería tener más cuidado. La señora Waule le ha estado diciendo al tío que Fred es muy inestable -Mary habló impulsada por un instinto infantil que se impuso a su sensatez. Había una vaga intranquilidad asociada a la palabra «inestable» que esperó que Rosamond dijera algo para disipar. Pero deliberadamente se abstuvo de mencionar la insinuación más específica de la señora Waule.

-¡Es que Fred es asqueroso! -dijo Rosamond. No se hubiera permitido una palabra tan inadecuada con nadie que no fuera Mary.

-¿Qué quieres decir con asqueroso?

-Es indolente, pone a papá furioso y dice que no acepta órdenes.

-Creo que tiene mucha razón.

.-Mary, ¿cómo puedes decir que tiene razón? Pensé que tenías más sentido de la religión.

-No está capacitado para ser clérigo.

-Pues debía estarlo.

-Pues entonces no es lo que debiera ser. Conozco a otros en el mismo caso.

-Pero nadie los aprueba. A mí no me gustaría casarme con un clérigo, pero tiene que haber clérigos.

-Lo cual no significa que Fred tenga que serlo.

-¡Después de que papá se ha gastado tanto educándole para que lo fuera! Y además, suponte que no le llegara una herencia.

-Me lo supongo muy bien -dijo Mary secamente.

-Pues me sorprende entonces que puedas defender a Fred -dijo Rosamond, dispuesta a seguir con este tema.

-No le defiendo -dijo Mary riéndose; defendería cualquier parroquia de tenerle de clérigo.

-Pero, claro, si fuera clérigo, tendría que ser distinto.

-Sí, tendría que ser un gran hipócrita, y eso aún no lo es.

-Es inútil decirte nada, Mary. Siempre te pones de su parte.

-¿Por qué no iba a ponerme de su parte? -dijo Mary, animándose-. Él se pondría de la mía. Es la única persona que se toma la mínima molestia por mí.

-Haces que me sienta muy incómoda, Mary -dijo Rosamond con severa tranquilidad-, no se lo diría a mamá por nada del mundo.

-¿Qué es lo que no le dirías? -dijo Mary airada.

-Por favor, no te enfades, Mary -dijo Rosamond, con la tranquilidad de siempre.

-Si tu madre teme que Fred me haga una proposición, dile que no me casaría con él aunque me lo pidiera. Pero no lo va a hacer, que yo sepa. Nunca me lo ha pedido.

-Mary, eres siempre tan agresiva.

-Y tu siempre tan exasperante.

-¿Yo? ¿De qué me puedes culpar?

-La gente inocente es siempre la más exasperante. Ahí suena la campanilla..., creo que debemos bajar.

-No era mi intención pelearnos -dijo Rosamond, poniéndose el sombrero.

-¿Pelearnos? Qué tontería; no nos hemos peleado. Si uno no se puede enfadar de vez en cuando, ¿de qué sirve ser amigos?

-He de repetir lo que has dicho?

-Como gustes. No digo lo que temo que se repita. Pero bajemos.

El señor Lydgate llegó bastante tarde esa mañana, pero las visitas se quedaron lo suficiente para verle, pues el señor Featherstone le pidió a Rosamond que le cantara y ella tuvo la amabilidad de sugerirle una segunda canción predilecta, Flow on thou shining river tras cantar Home, sweet home (que ella detestaba). Este anciano y testarudo Overreach(4) aprobaba la canción sentimental como el aderezo apropiado a las jóvenes y como algo fundamentalmente hermoso, siendo el sentimiento lo más adecuado para una canción.

El señor Featherstone aún aplaudía la última actuación asegurando a Missy que la voz de Rosamond era tan clara como la de un mirlo, cuando el caballo del señor Lydgate pasó ante la ventana.

Sus aburridas expectativas de la acostumbrada rutina desagradable con un paciente de avanzada edad que apenas se creía que los medicamentos no pudieran «remontarle» caso de ser el médico lo bastante bueno, unidas a su desconfianza por los encantos de Middlemarch, constituyeron un fondo doblemente efectivo para esta visión de Rosamond, a quien el viejo Featherstone se apresuró visiblemente por presentar como su sobrina, aunque nunca había creído que mereciera la pena hablar de Mary Garth en esos términos. Nada del grácil comportamiento de Rosamond se le escapó a Lydgate: la delicadeza y callada seriedad con que desvió la atención que la falta de gusto del anciano le había acarreado; el no mostrar sus hoyuelos cuando no debía, pero sí más tarde, al hablar con Mary, a quien se dirigió con un interés tan cordial que Lydgate, tras examinar velozmente a Mary más atentamente de lo que jamás hiciera antes, vislumbró en los ojos de
(4) Sir Giles Overreach, personaje de la pieza teatral de Philip Massinger A New Way to Pay Old Debts (1633). Basado en un personaje real, Overreach se caracteriza por la crueldad y la avaricia, de ahí la comparación con Featherstone.

Rosamond una adorable amabilidad. Pero Mary, por alguna razón, parecía no estar de muy buen humor.
-La señorita Rosy me ha estado cantando una canción. No tendrá usted nada contra eso, ¿no, doctor? -dijo el señor Featherstone-. Me gusta más que sus potingues.

-Eso me ha hecho que me olvidara de cómo pasa el tiempo -dijo Rosamond, levantándose para coger el sombrero que había dejado a un lado antes de cantar, de forma que su cabeza, emergiendo del traje de montar como una flor sobre el tallo blanco, se dibujó a la perfección-. Fred, de verdad, tenemos que irnos.

-Muy bien -dijo Fred, que, teniendo sus propias razones para no estar del mejor humor, quería marcharse.

-¿La señorita Vincy es músico? -dijo Lydgate siguiéndola con la mirada. (Cada nervio y cada músculo de Rosamond estaba ajustado a la conciencia de que la estaban observando. Era, por naturaleza, una actriz de papeles que encajaban con su propio físico: incluso representaba su propio carácter, y tan bien lo hacía, que no reconocía que fuera precisamente el suyo.)
-La mejor de Middlemarch, no me cabe duda -dijo el señor Featherstone-, sea quien sea que le vaya detrás. ¿A que sí, Fred? Habla en favor de tu hermana.

-Me temo que no soy quién, señor. Mi testimonio no serviría de nada.

-Middlemarch no tiene un nivel muy alto, tío -dijo Rosamond con gracioso desenfado mientras se dirigía hacia la fusta que había dejado un poco más lejos.

Lydgate se adelantó con rapidez. Llegó a la fusta antes que ella y se volvió para dársela. Ella inclinó la cabeza y le miró. Por supuesto la estaba observando, y sus miradas se encontraron con ese peculiar encuentro al cual nunca se llega por empeño, sino que se asemeja a un repentino y divino levantamiento de la neblina. Creo que Lydgate palideció un poco, pero Rosamond se ruborizó profundamente y sintió cierto asombro. Después tuvo verdadera ansia por marcharse y no supo qué clase de tonterías estaba diciendo su tío cuando se acercó a darle la mano.

Y sin embargo, este resultado, que ella interpretó como una impresión mutua denominada enamorarse, era precisamente lo que Rosamond había contemplado de antemano.

Desde que llegara la importante novedad a Middlemarch, había tejido un pequeño futuro, del cual algo parecido a esta escena era el principio necesario. Los desconocidos, tanto si son náufragos aferrados a una balsa como si van debidamente escoltados y acompañados de sus maletas, siempre han ejercido una fascinación circunstancial sobre la mente virgen, contra lo que el mérito indígena se ha tratado en vano de imponer. Y un desconocido era de todo punto imprescindible para el romance social de Rosamond, quien siempre había pensado en un pretendiente y un novio que no fuera de Middlemarch y que no tuviera parientes parecidos a los suyos. Es más, últimamente, la construcción parecía exigir que estuviera de alguna forma emparentado con un baronet. Ahora que ella y el desconocido se habían encontrado, la realidad resultó mucho más impactante que lo anticipado y Rosamond no dudaba que éste era el gran momento de su vida. Interpretaba sus propios síntomas como los del despertar del amor y consideraba aún más natural que el señor Lydgate se hubiera enamorado a primera vista de ella. Estas cosas ocurrían frecuentemente en los bailes; ¿por qué no iban a ocurrir a la luz del día, cuando la tez resplandecía aún más? Rosamond, aunque no mayor que Mary, estaba bastante acostumbrada a que se enamoraran de ella, pero ella, por su parte, había permanecido indiferente y puntillosamente crítica tanto hacia la rama joven como hacia el solterón ajado. Y aquí llegaba el señor Lydgate respondiendo de pronto a su ideal, ajeno por completo a Middlemarch, portador de cierto aire de distinción acorde con una buena familia, y con parientes que ofrecían visos de eso que constituía el cielo para la clase media: rango. Además, era hombre de talento, a quien resultaría especialmente encantador esclavizar. En definitiva, un hombre que tocaba su naturaleza de forma totalmente nueva, y proporcionaba a su vida un vivo interés que superaba cualquier imaginario «quizá» como el que solía contraponer a la realidad.

Así, de vuelta a casa, tanto hermano como hermana se sentían preocupados e inclinados al silencio. Rosamond, cuya base para sus estructuras poseía la acostumbrada ligereza, tenía una imaginación extraordinariamente minuciosa y realista una vez se habían presupuesto los cimientos, y antes de que hubieran cabalgado una milla se encontraba muy adentrada en la vestimenta y circunstancias de su vida matrimonial, habiendo decidido ya sobre su vivienda en Middlemarch y previsto las visitas que haría a los parientes de alcurnia de su marido, de cuyos esmerados modales se podría adueñar tan profundamente como había adquirido sus conocimientos escolares, y prepararse así para las alturas sociales más abstractas que tal vez llegaran. No entraba en sus previsiones nada de lo crematístico y aún menos de lo sórdido: a ella le interesaban lo que se consideraban refinamientos, y no el dinero que habría de costearlos.

Por otro lado, la mente de Fred bullía con una ansiedad que incluso su presta confianza no lograba apaciguar. No veía la forma de eludir la necia exigencia de Featherstone sin incurrir en consecuencias que le disgustaban aún más que la labor de cumplirla. Su padre estaba ya de mal humor con él y lo estaría aún más si llegara a ser Fred la causa de una mayor frialdad entre su propia familia y los Bulstrode. Además, detestaba tener que ir a hablar con su tío Bulstrode cuando existía la posibilidad de que, tras algunas copas, hubiera dicho alguna tontería respecto de la propiedad de Featherstone, tontería que se había ido agrandando al compás del relato. Fred pensó que quedaba poco airosa la figura de un tipo que fanfarroneaba sobre las expectativas que le proporcionaba un excéntrico y viejo avaro como Featherstone y luego iba a mendigar certificados por orden suya. Pero... ¡esas expectativas! Las tenía de verdad y no veía una agradable alternativa si renunciaba a ellas. Además, últimamente había incurrido en una deuda que le amargaba en extremo y el viejo Featherstone casi se había ofrecido a saldarla. Todo el asunto era miserablemente pequeño: sus deudas eran pequeñas y ni siquiera sus expectativas eran algo demasiado magnífico. Fred conocía a hombres ante quienes se avergonzaría de confesar la pequeñez de sus apuros. Semejantes pensamientos producían, lógicamente, un rastro de amargor misantrópico... ¡Ser el hijo de un fabricante de Middlemarch y el heredero inevitable de nada en particular cuando existían hombres como Mainwaring y Vyan...! La vida era un mal negocio cuando un animoso joven con buen apetito por todo lo mejor tenía tan pobres perspectivas.

No se le había ocurrido a Fred que la introducción del nombre de Bulstrode en todo el asunto fuera una ficción del viejo Featherstone, aunque ello tampoco hubiera afectado su posición. Veía con claridad que el anciano quería ejercitar su poder atormentándole un poco, así como obtener cierta satisfacción de verle en malas relaciones con Bulstrode. Fred creía conocer a fondo el alma de su tío Featherstone, pese a que, en realidad, la mitad de lo que en ella veía no era más que el reflejo de sus propias inclinaciones. No es para los jóvenes cuya conciencia está compuesta principalmente por sus propios deseos la difícil tarea de conocer otra alma.

El principal punto de debate de Fred consigo mismo era si debía contárselo a su padre o intentar resolver el asunto sin su conocimiento. Seguramente habría sido la señora Waule quien hablara de él, y si Mary Garth le había repetido sus palabras a Rosamond, era seguro que le llegaría a su padre, quien a su vez, y también de seguro, le preguntaría al respecto. Así que aminorando la marcha le dijo a Rosamond:

-Rosy, ¿te dijo Mary que la señora Waule hubiese dicho algo acerca de mí?

-Pues sí. -¿El qué? -Que eras muy inestable.

-¿Nada más?

-Yo diría, Fred, que ya es bastante.

-¿Estás segura que no dijo nada más?

-Mary no dijo nada más. Pero de verdad, Fred, creo que deberías estas avergonzado.

-¡Cuernos! No me sermonees. ¿Qué dijo Mary de todo ello?

-No tengo por qué decírtelo. Te importa mucho lo que diga Mary y conmigo eres demasiado grosero como para dejarme hablar.

-Pues claro que me importa lo que diga Mary. Es la mejor chica que conozco.

-Nunca hubiera pensado que era una chica de la cual enamorarse.

-¿Cómo sabes de lo que se enamoran los hombres? Las mujeres nunca lo sabéis.

-Al menos déjame aconsejarte que no te enamores de ella, Fred, pues dice que no se casaría contigo aunque se lo pidieras.

-Podía haber esperado a que lo hubiera hecho.

-Sabía que te picarías.

-En absoluto. Mary no lo hubiera dicho si tú no la hubieras provocado.

Antes de llegar a casa, Fred decidió que le contaría todo el asunto y de la manera más sencilla a su padre, quien quizá asumiera la incomodidad de hablar con Bulstrode.

LIBRO SEGUNDO
VIEJOS Y JÓVENES