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Middlemarch.  George Eliot
Capítulo 10.
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Habría cogido un enorme resfriado, de no tener más ropa que ponerse que la piel de un oso por cazar.
(FULLEA.)
El joven Ladislaw no hizo la visita que el señor Brooke le había propuesto, y tan sólo seis días después el señor Casaubon mencionó que su joven pariente había partido hacia el extranjero, dando la impresión, por su fría vaguedad, de que quería evitar más preguntas. Lo cierto era que Will había rehusado dar un destino más preciso que toda el área de Europa. Mantenía que el genio era necesariamente intolerante con los grilletes; por un lado debe tener campo para su espontaneidad, por otro, puede esperar confiado aquellos mensajes del universo que le convocarán a su trabajo determinado, colocándose simplemente en una actitud receptiva con respecto a todas las sublimes oportunidades. Las actitudes de receptividad son diversas, y Will había probado muchas de ellas con sinceridad. No gustaba excesivamente del vino, pero en varias ocasiones había tomado demasiado, como simple experimento con esa forma de éxtasis; había ayunado hasta desmayarse para a continuación cenar langosta; se había puesto enfermo con dosis de opio. Nada en exceso original había sido el fruto de estas medidas, y los efectos del opio le convencieron de que existía una total falta de similitud entre su propia constitución y la de de Quincey(1).
(1) Thomas de Quincey (1785-1859), escritor inglés autor de las Confesiones de un inglés fumador de opio (1822) en las que describe sus experiencias de adicto.

La circunstancia añadida que provocaría la genialidad no había aún llegado; el universo aún no había hecho su llamada. Incluso el destino de César, en un momento, no fue más que un gran presentimiento. Sabemos la farsa que es todo desarrollo, y las formas tan perfectas que un impotente embrión puede disfrazar. De hecho, el mundo está saturado de esperanzadoras analogías y hermosos huevos dudosos denominados posibilidades. Will veía con suma claridad los patéticos ejemplos de largas incubaciones que no habían producido polluelo alguno, y de no ser por la gratitud, se hubiera reído de Casaubon, cuya tenaz explicación, filas de libros de notas, y pequeño cirio de erudita teoría explorando las baqueteadas ruinas del mundo parecían reforzar una moral que animaba rotundamente la generosa confianza de Will sobre las intenciones del universo respecto de él mismo. Entendía esa confianza como señal del genio y, ciertamente, no es señal de lo contrario, pues el genio no consiste ni en la vanidad ni en la humildad, sino en la fuerza para hacer no algo en general, sino algo en particular. Que parta hacia el extranjero, pues, sin que nosotros nos pronunciemos sobre su futuro. De entre las múltiples formas de equivocación, la profecía es la más gratuita. Pero de momento, esta cautela respecto de un juicio en exceso precipitado me interesa más con relación al señor Casaubon que a su joven primo. Si para Dorothea el señor Casaubon había sido la mera ocasión que había inflamado el hermoso material incandescente de sus ilusiones juveniles ¿acaso de ello se deriva que el clérigo estuviera representado con justicia en las mentes de esos personajes menos apasionados que hasta el momento han dado su opinión respecto de él? Protesto contra toda conclusión definitiva, cualquier prejuicio derivado del desdén de la señora Cadwallader por la supuesta grandeza de alma de un clérigo vecino, la pobre opinión que Sir James Chettam tenía de las piernas de su rival, el fracaso del señor Brooke para extraerle las ideas a un contertulio o la crítica de Celia sobre el aspecto personal de un estudioso de mediana edad. No estoy segura de que el hombre más grande de su época, si existió alguna vez ese solitario superlativo, escapara a estos desfavorables reflejos de sí mismo vislumbrados en diversos pequeños espejos; e incluso Milton, buscando su imagen en una cuchara, ha de conformarse con tener el ángulo facial de un patán. Además, aunque el señor Casaubon tenga una retórica un tanto gélida, no es por ello seguro que no exista en él un fondo bueno y delicados sentimientos. ¿Acaso no escribió versos detestables un físico inmortal intérprete de jeroglíficos? (2). ¿Es que la teoría del sistema solar avanzó merced a la buena educación y el tacto en la conversación? Supongamos que dejamos a un lado las estimaciones externas de un hombre, para preguntarnos, con más vivo interés, cuál es el informe de su propia conciencia sobre su quehacer o su capacidad; con qué impedimentos lleva a cabo su tarea diaria; qué desvanecimiento de esperanzas, o qué profunda fijación de auto-desilusión se están cobrando los años, y con qué ahínco lucha contra la presión universal, que, un día, le resultará demasiado pesada y llevará a su corazón a su pausa final. Indudablemente su sino es importante a sus propios ojos, y la razón principal de que pensemos que exige un lugar demasiado grande en nuestra consideración debe ser la falta de espacio que le otorgamos, puesto que le remitimos a la consideración divina con absoluta confianza; es más, incluso consideramos sublime que nuestro vecino espere el máximo de ella, por poco que haya obtenido de nosotros. Además, el señor Casaubon era el centro de su propio mundo; si tendía a pensar que los demás existían providencialmente para beneficio de él y los consideraba a la luz de la idoneidad que suponían para el autor de La Clave para todas lar mitologías, éste constituye un rasgo no del todo ajeno al resto del mundo, y, al igual que las otras esperanzas mendicantes de los demás mortales, merece nuestra compasión.

Por descontado que este asunto de su matrimonio con la señorita Brooke le afectaba más que a cualquiera de las personas que hasta el momento habían mostrado su disconformidad con el mismo, y en el actual estado de las cosas, me enternece más su éxito que la desilusión del afable Sir James. Pues la verdad es que, a medida que se aproximaba el día de su boda, el señor Casaubon no sentía que su espíritu se elevara. Tampoco su visión del jardín matrimonial donde, según la experiencia, los senderos estaban bordeados de flores, se le antojaba nítidamente más cautivador que las familiares criptas por las cuales caminada, vela en mano.

(2) Probable referencia a Thomas Young (1773-1829).

No se confesaba a sí mismo, y aún menos se lo hubiera susurrado a otros, su sorpresa ante el hecho de que, a pesar de haber conquistado una joven hermosa y de noble corazón; no había conquistado el gozo, algo que también había considerado como objeto a encontrar por medio de la búsqueda. Cierto que conocía todos los pasajes clásicos argumentando lo contrario; pero descubrimos que el conocimiento de los pasajes clásicos es una forma de movimiento, lo que explica que dejen tan pocas fuerzas para su aplicación personal.

El pobre señor Casaubon había imaginado que su larga soltería dedicada al estudio había hecho que acumulara un interés compuesto por el disfrute, y que no dejarían de satisfacérsele los generosos cheques firmados por su afecto, pues a todos nosotros, serios o frívolos, se nos enreda el pensamiento con la metáfora, y fatalmente, actuamos bajo su influencia. Y ahora se encontraba en peligro de que le entristeciera la misma convicción de que sus circunstancias eran inusitadamente felices; no había nada externo que explicara cierta ausencia de sensibilidad que le embargaba precisamente cuando su expectante júbilo debía haber sido más vivo, precisamente cuando había cambiado la monotonía habitual de su biblioteca de Lowick por sus visitas a Tipton Grange. Aquí se hallaba una penosa experiencia en la cual estaba tan completamente condenado a la soledad como cuando en ocasiones le atenazaba la desesperación mientras se movía laboriosamente por las marismas de la paternidad literaria sin acercarse a la meta. Y era la suya la peor de las soledades, la que huye de la comprensión. No podía por menos que desear que Dorothea no le considerara menos feliz de lo que el resto del mundo esperaba que fuera el triunfante pretendiente; y en relación a su condición de autor, se apoyaba en la joven confianza y veneración que ella sentía. Como medio de animarse a sí mismo gustaba de extraer de Dorothea el fresco interés de ésta al escuchar; al hablar con ella su actuación e intención mostraban la confianza del pedagogo, liberándose momentáneamente de ese gélido público ideal que llenaba sus laboriosas horas infructíferas con la presión vaporosa de tintes Tartáreos.

Pues para Dorothea, tras la historia del mundo de juguete adaptada para jovencitas que había constituido la mayor parte de su educación, la conversación del señor Casaubon sobre su gran libro estaba llena de nuevos horizontes; y esta revelación, esta sorpresa ante una introducción más cercana a los estoicos y alejandrinos como seres cuyas ideas no distaban tanto de las suyas, mantenían a raya, por el momento, su natural afán por una teoría sólida que conectara bien su propia vida y doctrina con ese sorprendente pasado, y dotara a las fuentes más remotas del conocimiento de alguna relevancia respecto de sus acciones. Esa enseñanza más completa vendría con el tiempo..., el señor Casaubon se lo explicaría todo. Esperaba su matrimonio con la misma ansiedad que esperaba una mayor instrucción sobre las ideas, combinando la nebulosa concepción que de ambos tenía. Sería un grave error suponer que Dorothea se interesaba por cualquier aspecto de la sabiduría del señor Casaubon como simple habilidad. Aunque la opinión del vecindario de Freshitt y Tipton la catalogaba de inteligente, ese epíteto no la habría descrito en círculos en cuyo vocabulario más preciso la inteligencia simplemente significa aptitud para conocer y hacer, al margen del carácter. Todo su afán por la adquisición de conocimientos se encontraba dentro de esa amplia corriente de comprensiva motivación por la cual discurrían normalmente sus ideas e impulsos. No quería adornarse con la sabiduría, llevarla suelta y separada de los nervios y de la sangre que alimentaban sus acciones, y de haber escrito un libro, lo habría hecho al modo de Santa Teresa, forzada a ello por una autoridad que obligaba su conciencia. Pero añoraba algo que inundara su vida de acción, una acción racional al tiempo que ardiente, y puesto que atrás quedaban los días de las visiones alentadoras y los directores espirituales, y puesto que la oración aumentaba la añoranza pero no la instrucción, ¿qué lámpara quedaba salvo la de la sabiduría? Sólo los sabios debían poseer el auténtico aceite y ¿quién más sabio que el señor Casaubon?

Y así, en estas breves semanas, las jubilosas y agradecidas expectativas de Dorothea no se vieron truncadas y por mucho que su novio sintiera ocasionalmente cierto vacío, nunca podía imputárselo a la disminución del interés de Dorothea.

La estación resultaba lo bastante templada como para favorecer el proyecto de alargar el viaje de novios hasta Roma, y el señor Casaubon tenía mucho interés en ello porque deseaba ver algunos manuscritos en el Vaticano.

-Sigo lamentando que tu hermana no nos acompañe --dijo una mañana, algún tiempo después de que hubiera quedado claro que Celia no quería ir y que Dorothea no deseaba su compañía-. Pasarás muchas horas a solas, Dorothea, pues me veré obligado a aprovechar el tiempo al máximo durante nuestra estancia en Italia y me sentiría más libre si tú tuvieras compañía.

Las palabras «me sentiría más libre» hirieron a Dorothea. Por primera vez, al hablar con el señor Casaubon se sonrojó de enojo.

-Me debes haber malentendido enormemente -dijo-, si piensas que no iba a tener en cuenta el valor de tu tiempo... si piensas que no renunciaría voluntariamente a todo aquello que te impidiera utilizarlo lo mejor posible.

-Es un gran detalle por tu parte, Dorothea -dijo el señor Casaubon, no percatándose en absoluto de que estaba dolida-, pero si tuvieras la compañía de una dama os pondría a ambas al cuidado de un cicerone y así cumpliríamos dos objetivos en el mismo espacio de tiempo.

-Te ruego no hables más de esto -dijo Dorothea con cierta altivez. Pero al momento pensó que debía estar equivocada, y volviéndose hacia él puso la mano sobre la suya, añadiendo en tono diferente-: te ruego no te inquietes por mí. Tendré mucho en qué pensar cuando me encuentre a solas. Y Tantripp será suficiente compañía para cuidarme. No soportaría que viniera Celia, a ella no le gustaría nada.

Era hora de vestirse. Había una fiesta esa noche, la última de las que se daban en Tipton Grange como preparativos formales de la boda, y Dorothea agradeció el sonido de la campana, marchándose al punto como si necesitara más preparativos de los normales. Se avergonzaba de sentirse irritada por algún motivo que ni ella misma podía definirse, pues aunque no tenía ninguna intención de ser poco sincera, su contestación no había respondido a la verdadera herida. Las palabras del señor Casaubon, con todo y ser muy razonables, habían sido, sin embargo, portadoras de una vaga sensación de distanciamiento.

-Debo ser presa de un estado mental extrañamente egoísta y débil -se dijo a sí misma-. ¿Cómo puedo tener un marido tan por encima de mí y no saber que me necesita menos que yo a él?

Tras convencerse de que el señor Casaubon tenía toda la razón, recobró la ecuanimidad y, al entrar en el salón con el traje gris perla, el oscuro pelo castaño dividido con sencillez sobre la frente y recogido detrás en consonancia con la total ausencia en su comportamiento y expresión por buscar el mero efectismo, ofrecía una agradable imagen de serena dignidad. A veces, cuando Dorothea estaba con alguien, parecía envolverla un aire tan completo de reposo como si fuera una Santa Bárbara asomándose al exterior desde su torre; pero estos intervalos de calma hacían que la energía de su oratoria y sus emociones resaltaran aún más cuando algún factor externo la había conmovido.

Esta noche constituía, naturalmente, el tema de muchos comentarios, pues los comensales eran numerosos y bastante más misceláneos respecto de los varones de lo que habían sido en cualquiera de las cenas dadas en Tipton Grange desde que las sobrinas de señor Brooke fueran a vivir con él, de forma que la conversación se llevaba a cabo en grupos de dos o de tres más o menos heterogéneos. Estaba el recién electo alcalde de Middlemarch, que era fabricante, y su cuñado, el banquero filantrópico, que mandaba tanto en la ciudad que unos le llamaban metodista y otros hipócrita, según sus recursos léxicos. Había también varios profesionales. De hecho, la señora Cadwallader llegó a decir que Brooke empezaba a tratarse con los vecinos de Middlemarch, y que ella personalmente prefería a los colonos de la cena del diezmo, que bebían sin pretensiones a su salud y no se avergonzaban de los muebles de sus abuelos. Pues en esa parte del país, antes de que la Reforma Electoral contribuyera al desarrollo de la conciencia política, había una más clara división de los rangos y una más borrosa división de partidos, de forma que las misceláneas invitaciones del señor Brooke parecían pertenecer a esa laxitud general que procedía de su desmadejado viajar y su hábito de asimilar en demasía todo lo referente a las ideas.

Según salió la señorita Brooke del comedor, ya surgió la ocasión para algún comentario soterrado.

-¡Hermosa mujer, la señorita Brooke! Extraordinariamente hermosa, ¡vive Dios! -dijo el señor Standish, el viejo abogado, al que tanto preocupara la burguesía hacendada que se había convertido en hacendado él mismo y empleaba esa exclamación con voz cavernosa, gesto suntuoso y la dicción del hombre que ostenta una buena posición.

Parecía dirigirse al señor Bulstrode, el banquero, pero a ese caballero le disgustaba la tosquedad y la profanación y se limitó a hacer una inclinación. Recogió el comentario el señor Chichely, un soltero de mediana edad, celebridad en el ámbito de la caza de galgos, de tez parecida a un huevo de Pascua, exiguos cabellos cuidadosamente colocados y el porte que sugiere la conciencia de un aspecto distinguido.

-Sí, pero no es mi tipo de mujer, me gusta la mujer que se aplica un poco más por resultarnos agradable. Una mujer debe poseer algo más de filigrana..., de coquetería. A los hombres les gusta el desafío. La mujer, cuanto más esté en contra tuya, mejor.

-Hay algo de verdad en eso -dijo el señor Standish, dispuesto a ser genial-. Y ¡vive Dios que así suele ser! Supongo que responde a algún sabio fin: la Providencia las hizo así, ¿no es verdad, Bulstrode?

-Yo remitiría la coquetería a alguna otra fuente -dijo el señor Bulstrode-. La asociaría más bien con el demonio. -Pues claro que las mujeres debieran tener una pizca de demonio en ellas -dijo el señor Chichely, cuyos estudios sobre el bello sexo parecían haber resultado negativos para su teología-. Y me gustan rubias, con buenos andares y el cuello de cisne. En confianza, la hija del alcalde es más de mi gusto que la señorita Brooke o incluso la señorita Celia. Si yo fuera hombre para casarme, escogería a la señorita Vincy antes que cualquiera de las otras dos.

-Bueno pues, adelante, adelante -dijo el señor Standish jocosamente-, como veréis, triunfan los hombres maduros. El señor Chichely sacudió la cabeza significativamente: no iba a incurrir en el riesgo de ser aceptado por la mujer que eligiera.

La señorita Vincy que ostentaba el honor de ser el ideal del señor Chichely, no estaba, por supuesto, presente, pues el señor Brooke, con su acostumbrada objeción a ir demasiado lejos, no hubiera deseado que sus sobrinas conocieran a la hija de un fabricante de Middlemarch salvo que fuera un acontecimiento público. La parte femenina de los asistentes no incluía a nadie a quien Lady Chettam o la señora Cadwallader pudieran ponerle pegas, pues la señora Renfrew, la viuda del coronel, no sólo era excepcional en cuanto a cuna, sino interesante por su dolencia, la cual tenía perplejos a los médicos y parecía un caso claro de que un amplio conocimiento profesional tal vez requiriera el complemento de la curandería. Lady Chettam, que atribuía su propia asombrosa salud a un licor amargo casero unido a la constante atención médica, participó con gran agilidad mental en el relato de la señora Renfrew de sus síntomas, sorprendiéndose de la asombrosa inutilidad que en su caso tenía cualquier medicamento reconstituyente.

-¿Dónde irá a parar toda la fuerza de esas medicinas, hija mía? -dijo la apacible pero majestuosa viuda, volviéndose pensativa hacia la señora Cadwallader cuando alguien reclamó la atención de la señora Renfrew.

-A reforzar la enfermedad -dijo la esposa del rector, mujer demasiado bien nacida como para no estar iniciada en la medicina-. Todo depende de la constitución: hay personas que forman grasas, otras sangre y otras bilis. Ese es mi punto de vista. Y tomen lo que tomen, es grano para el molino.

-Entonces, si es así, y pienso que lo que dice es razonable, la señora Renfrew debiera tomar medicinas que redujeran su enfermedad.

-Claro que es razonable. Hay dos tipos de patatas, producto de la misma tierra. La una se va haciendo cada vez más acuosa...

-¡Claro! Como la pobre señora Renfrew... eso pienso yo. ¡Hidropesía! Aún no hay hinchazón, es interna. Yo diría que debe tomar medicamentos secantes, ¿no cree usted?... o un baño de aire seco y caliente. Se pueden probar muchas cosas que produzcan sequedad.

-Deje que pruebe los folletos de cierta persona -dijo la señora Cadwallader con un susurro, viendo entrar a los caballeros-. A aquél no le hace falta secarse.

-¿A quién se refiere, hija mía? -dijo Lady Chettam, mujer encantadora, no lo suficientemente ágil como para anular el placer de una explicación.

-El novio..., Casaubon. Lo cierto es que se ha ido secando más aprisa desde que se prometió: supongo que será la llama de la pasión.

-Yo diría que dista mucho de tener una buena constitución -dijo Lady Chettam con voz aún más baja-. Y luego esos estudios suyos, tan áridos, como usted dice.

-La verdad, al lado de Sir James, parece una calavera un tanto reparcheada para la ocasión. Mire lo que le digo: dentro de un año esa chica le odiará. Ahora le respeta como un oráculo, y con el tiempo se pasará al otro extremo. ¡Será todo volubilidad!

-¡Qué horrible! Me temo que es muy testaruda. Pero dígame, usted que le conoce bien a él..., ¿tanto deja de desear? ¿Cuál es la verdad?

-¿La verdad? Es tan nocivo como la mala medicina... desagradable de tomar y encima sienta mal.

-No puede haber nada peor que eso -dijo Lady Chettam, con una concepción tan real del medicamento que daba la impresión de haber aprendido algo muy concreto respecto de las desventajas del señor Casaubon-. Sin embargo, James no quiere ni oír hablar de la señorita Brooke. Aún dice que es el espejo para las mujeres.

-Es esa una generosa invención suya. Créame, le complace más la pequeña Celia, y ella le aprecia. Espero que a usted le guste mi pequeña Celia.

-Por supuesto; le gustan más los geráneos y parece más dócil, aunque no tiene tan buena planta. Pero hablaba usted de remedios; cuénteme algo de este joven médico, el señor Lydgate. Me dicen que es asombrosamente inteligente. La verdad es que lo parece..., tiene una frente muy hermosa.

-Es un caballero. Le oí hablar con Humphrey. Habla bien. -El señor Brooke dice que es de los Lydgates de Northumberland, gente muy bien relacionada; algo inesperado en un facultativo de ese tipo. Por mi parte, prefiero a un hombre de medicina más próximo a los criados, a menudo son los más listos. Le aseguro que siempre encontré infalible el juicio del pobre Hicks. Jamás se equivocó. Era tosco y parecía un carnicero, pero conocía bien mi constitución. Para mí fue una gran pérdida el que muriera tan de repente. ¡Dios mío! ¡Qué conversación tan animada parece estar teniendo la señorita Brooke con este señor Lydgate!

-Le está hablando de casitas y hospitales -dijo la señora Cadwallader, cuyos oídos y facultades de interpretación eran rápidos-. Tengo entendido que es una especie de filántropo, así que seguro que Brooke le protegerá.

James -dijo Lady Chettam cuando su hijo se les acercó-, trae al señor Lydgate y preséntamelo. Quiero tantearle. La afable viuda se confesó encantada con esta oportunidad de conocer al señor Lydgate, pues había oído hablar de sus éxitos al tratar la fiebre de un modo nuevo.

El señor Lydgate poseía el talante médico que le permitía permanecer perfectamente serio ante cualquier perogrullada que se le dijera, y los ojos oscuros y seguros le proporcionaban un enorme carácter como oyente. No se parecía en nada al lamentado Hicks, sobre todo en cierto descuidado refinamiento de su persona y expresión verbal. Confirmó la opinión de lady Chettam sobre la peculiaridad de su constitución admitiendo que todas las constituciones podrían denominarse peculiares y sin negar que la de ella pudiera serlo más que otras. No estaba de acuerdo con un sistema demasiado debilitador, incluidas las sangrías imprudentes, ni tampoco, por otro lado, con el abuso del oporto y la quinina. Decía «Creo que sí» con tal aire de deferencia acompañando su acuerdo con el diagnóstico, que lady Chettam se formó una cordialísima opinión de su talento.

-Estoy muy satisfecha con su protége -le dijo al señor Brooke antes de marcharse.

-¿Mi protége? ¡Dios mío! ¿Quien es ese? -dijo el señor Brooke.

-El joven Lydgate, el nuevo médico. Me da la impresión que entiende admirablemente su profesión.

-¡Ah, Lydgate! ¡No es mi protége! Conozco a un tío suyo que me escribió hablándome de él. No obstante, creo probable que sea un hombre de bandera. Ha estudiado en París, conoció a Broussais(3); tiene ideas..., quiere dignificar la profesión.

-Lydgate tiene un montón de ideas, bastante nuevas, sobre la ventilación y la dieta y todo eso -continuó el señor Brooke cuando después de despedir a lady Chettam se disponía a ser amable con un grupo de vecinos de Middlemarch.
(3) Frangois Broussais (1772-1832), médico francés.

-¡Demonios! ¿Cree que eso es sensato..., trastocar el tratamiento que ha hecho a los ingleses como son? -dijo elseñor Standish.

-El conocimiento médico está en un momento bajo entre nosotros -dijo el señor Bulstrode, que hablaba en tono moderado y tenía un aspecto un tanto enfermizo-. Yo, por mi parte, celebro la llegada del señor Lydgate. Espero encontrar buenas razones para confiarle la dirección del nuevo hospital.

-Eso está muy bien -dijo el señor Standish, a quien no le gustaba el señor Bulstrode-; si le gusta que experimente con sus pacientes en el hospital y mate a alguno por caridad, no tengo nada que objetar. Pero no voy a pagar de mi bolsillo para que experimenten conmigo. Prefiero un tratamiento un poco probado.

-Bueno, Standish, ya sabe que cada dosis que se toma es un experimento..., un experimento -dijo el señor Brooke, dirigiéndose con un gesto de la cabeza al abogado.

-Bueno, en ese sentido... -dijo el señor Standish, con toda la repulsión ante estas sutilezas no jurídicas que puede permitirse manifestar un hombre hacia un valioso cliente.

-Pues yo agradecería cualquier tratamiento que me curara sin reducirme a un esqueleto como el pobre Uraingeer -dijo el señor Vincy, el alcalde, hombre de tez bermeja, buen modelo para un estudio de los colores cálidos, en vivo contraste con los tintes franciscanos del señor Bulstrode-. Es muy peligroso que a uno le dejen sin acolchado alguno contra las flechas de la enfermedad, como dijo alguien... Y yo también la considero una buena expresión.

El señor Lydgate, por supuesto, estaba demasiado lejos para oír la conversación. Había abandonado la fiesta pronto, la cual hubiera encontrado de todo punto tediosa de no ser por la novedad que ofrecieron ciertas presentaciones, en especial la de la señorita Brooke, cuya joven lozanía, unida a su próxima boda con el decrépito soltero, y su interés por asuntos de utilidad social, la dotaban del estímulo de una combinación poco común.

-Es buena, esa hermosa criatura, pero un poco demasiada seria -pensó-. Resulta problemático hablar con mujeres así. Siempre quieren razones, sin embargo son demasiado ignorantes para entender el mérito de cualquier pregunta y generalmente echan mano de su sentido de la moral para zanjar las cosas a su gusto.

Era evidente que la señorita Brooke no encarnaba más el tipo de mujer del señor Lydgate que el del señor Chichely. Es más, considerada en relación con este último, cuya mente estaba ya madura, Dorothea era un completo error, calculada para sorprender la confianza que él tenía en las causas finales, incluida la adaptación de jóvenes hermosas a solteros de tez bermeja. Pero Lydgate era menos maduro y posiblemente le quedaran experiencias por delante que podrían modificar su opinión respecto de las cosas más excelentes en las mujeres.

De todos modos, ninguno de estos caballeros volvió a ver a la señorita Brooke bajo su nombre de soltera. No mucho después de esta cena, se había convertido en la señora Casaubon, e iba camino de Roma.