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Hermann y Dortea.  Johann Wolfgang Goethe
Capítulo 9. URANIA. PERSPECTIVA
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Musas propicias al amor sincero que habéis guiado hasta aquí al muchacho excelente en su camino y que habéis hecho posible que pueda estrechar contra su pecho a su amada antes de que fuera su novia, no dejéis de ampararlos; haced posible que se realice la unión de tal pareja y disipad prontamente los nublados que se ciernen sobre su felicidad. Pero ante todo contadnos lo que sucedía en la casa de Hermann.

La madre, impaciente, había entrado por tercera vez en la habitación de que acababa de salir, donde charlaban su esposo y sus dos amigos. Habla de la tempestad que se acerca, del súbito ocultamiento de la luna, de la larga ausencia de su hijo y de los peligros a que se expone, y censura vivamente a los dos vecinos por haberse separado tan pronto de Hermann, sin haber hablado siquiera con la muchacha, ni haberle hecho ninguna proposición de matrimonio en su nombre.

—No agraves más el mal —dijo el padre malhumorado—. Ya ves que todos estamos impacientes en espera del desenlace.

El farmacéutico, demostrando mucha tranquilidad, les dijo:

—En horas de angustia como éstas es cuando siento más agradecimiento hacia mi padre por haber extirpado en mí, cuando yo era pequeño, hasta la menor raíz de la impaciencia y por haberme enseñado a tener más paciencia que un sabio.

—¿Puede saberse —preguntó el cura— qué secreto empleó para conseguir su objeto?

—De buena gana lo diré —repuso el boticario— y que cada uno saque de ello el consiguiente provecho. Yo era muy niño entonces. Un domingo por la tarde aguardaba con mucha impaciencia el coche que debía conducirnos a la Fuente de los Tilos. Pero el vehículo no llegaba y yo corría de aquí para allá como una comadreja; subía y bajaba la escalera, iba de la ventana a la puerta; notaba picazones en las manos, arañaba las mesas, pataleaba por la habitación: me sentía próximo a llorar.

Nada de eso pasaba inadvertido a mi padre, que era hombre flemático, y viendo que mi estado se agravaba, me cogió tranquilamente por el brazo, me condujo ante la ventana y me dijo: <>. Mi imaginación me representaba todas esas imágenes como si fueran realidad, y yo veía las tablas de madera y la pintura negra preparada. Me senté tranquilamente y esperé el coche con paciencia. Desde ese día, cuando veo a alguien que, agitado por la ansiedad, corre desesperado de aquí para allá, no puedo menos de pensar en el ataúd que viene a buscarnos.

—La imagen emocionante de la muerte —dijo el cura sonriendo— no es considerada por el sabio como un objeto de terror ni por el religioso, como un acto final. Al primero le enseña a meditar sobre la vida y, en consecuencia, a obrar bien. Al segundo le sostiene en la aflicción con la esperanza de una felicidad futura. Tanto para el uno como para el otro, la muerte se convierte en vida. Por ello no aprueba la lección de su padre y considero como un error que enseñara a usted, niño sensible, la muerte en sí misma y sólo como muerte. Lo preciso es presentar al adolescente la gran perspectiva de una ancianidad que ha madurado en la práctica diaria de las virtudes, y al viejo la perspectiva de la juventud, a fin de que ambos se complazcan considerando este círculo eterno en el que la vida completa a la vida.

En este punto, la puerta se abrió de pronto y entró la pareja esperada. Los padres y los amigos, viendo la esbeltez y hermosura de la joven y lo bien que armonizaba con la gallardía de Hermann, se sintieron satisfechos. Sí, la puerta parecía demasiado estrecha para ambos. El joven presentó a Dorotea a sus padres diciéndoles con voz emocionada:

—Aquí tienen la muchacha que deseaban para la casa. Padre, acójala bien, pues así se lo merece; y usted, madre, puede preguntarle ahora mismo todo lo concerniente al arreglo del hogar y se convencerá de lo mucho que le interesa retenerla a fin de que sustituya a su hija.

Dichas estas palabras, se llevó aparte al cura y le dijo en voz baja:

—Ayúdeme a salir del aprieto y a deshacer el lío en que me he metido. Estoy espantado de lo que puede ocurrir, puesto que no he hablado con esta muchacha de casarse conmigo, sino sólo de que me siguiera como sirvienta. Ella está convencida de eso y temo que se marche ofendida y enojada así que oiga hablar de nuestro matrimonio. Sáqueme del apuro cuanto antes. No puedo seguir engañándola y también quiero salir de mis dudas. Apresúrese a darnos una nueva muestra de la prudencia que todos le reconocemos.

En seguida el pastor se volvió a los demás asistentes, pero ya era tarde. Algunas palabras del padre de Hermann, dichas en son de broma, aunque con la mejor de las intenciones, habían herido y turbado a la muchacha.

—Muy bien, hijo mío —había dicho—; me felicito que mi heredero tenga los mismos gustos que su padre. ¡Oh!, en mis buenos tiempos yo también sabía escoger. Y siempre saqué a bailar a la más bonita como asimismo escogí a la más hermosa para casarme. Aquí la tienes: es tu madre. Bien a las claras se ve el carácter del hombre por la elección de su esposa, y por la mujer conocerás los méritos del marido. No cabe duda de que no ha debido tratarse de una deliberación muy larga, y que no le ha sido difícil a la muchacha resolverse a seguir a mi hijo.

Hermann sólo había oído una parte de las palabras de su padre, pero fue más que bastante para sentir un estremecimiento indecible; los demás oyentes permanecieron en silencio.

Dorotea, herida profundamente por aquella ironía que le parecía un insulto, quedó inmóvil; su rostro y su cuello se sonrojaron de súbito. No obstante se contuvo, recobró sus fuerzas y dijo en seguida al viejo, sin disimular su disgusto:

—Ciertamente, su hijo, que me había pintado a su padre como un buen hombre, no sólo prudente, sino también poseedor de excelentes maneras, no me había preparado para semejante acogida. Ya sé que usted es persona instruida que sabe comportarse con todo el mundo según su rango y condición; sin embargo, creo que yo no he merecido por parte suya la suficiente compasión a que es acreedora una pobre muchacha que sólo acaba de franquear los umbrales de su casa dispuesta a servirle lo mejor posible; de lo contrario, no me hubiera hecho sentir, por medio de una ironía amarga, la distancia que me separa de su hijo y de ustedes. Soy pobre, es cierto, y llego con un solo paquete a esta casa, tan bien provista en todos sentidos. Y claro está, semejante condición permite una seguridad a sus alegres moradores. Me conozco muy bien y sé cuáles deben ser nuestras relaciones. Pero sepa que no tiene nada de generoso acogerme, en el preciso momento de mi llegada, con una burla que equivale a rechazarme del suelo que acabo de pisar.

Hermann, lleno de ansiedad, estaba agitadísimo y conjuraba por signos al eclesiástico a fin de que interviniera en seguida y disipara el error en un momento. El prudente sacerdote se acercó a Dorotea, consideró su dolor contenido, su sensibilidad dominada y las lágrimas que inundaban sus ojos, y cuando ya estaba dispuesto a lanzarse a deshacer el error, sintió el impulso de prolongar unos instantes la situación a fin de sondear mejor el carácter de la muchacha aprovechándose de la emoción.

—Creo —le dijo— que al decidirte tan deprisa a entrar al servicio de gente desconocida te has precipitado, si antes no reflexionaste bastante en las obligaciones a que uno se somete al poner el pie en casa de su dueño. Piensa que prometer es una cosa de momento pero que con ello te obligas para años y que un solo <> puede imponerte mucha resignación. Lo más penoso del servicio no son precisamente los encargos fatigosos, ni los sudores amargos, causados por un trabajo apremiante y siempre renovado, porque, al fin y al cabo, un dueño activo comparte sus tareas con las de sus sirvientes, sino sufrir sus malos humores, sus reprimendas injustas y sus órdenes y contraórdenes al parecer más o menos absurdas y caprichosas; disimular los arrebatos de una dueña que se exalta por el menor motivo y las groserías e insolencias de los chiquillos. Eso es lo penoso y que, sin embargo, precisa soportar, sin descontar su trabajo, sin despistarse ni murmurar. Pero tú no me pareces capaz de semejantes aptitudes, puesto que una simple chanza del jefe de la familia te ha herido tan profundamente, a pesar de que nada sea tan frecuente como gastar una broma a una chica a base de una supuesta inclinación por un joven.

Estas palabras fueron una nueva herida para Dorotea; vivamente conmovida, ya no pudo contenerse, se desbordaron sus sentimientos con energía, salieron profundos suspiros de su pecho y gruesas lágrimas cayeron de sus ojos.

—¡Oh! —dijo—, el hombre razonable que aconseja al afligido no sabe que sus frías palabras en nada pueden aliviar a un corazón de los dolores que Dios le envía. Ustedes son felices, la alegría es su compañera, ¿cómo puede herirles una broma? En cambio, el enfermo se resiente por poco que alguien le toque. No, aunque quisiera utilizarlo, de nada me serviría el disimulo. Debo decidirme en este mismo instante. Esperar más tiempo aumentaría mis penas y las haría más dolorosas; tal vez me llevaría a consumirme en silencio. Debo partir; no puedo quedarme en esta casa. Me marcharé y volveré al lado de mis pobres compañeros que he abandonado en la desgracia, sólo pensando en salvarme. Mi decisión está tomada y por lo tanto bien puedo confesarles un sentimiento que, si hubiera permanecido a su lado, hubiera llevado enterrado en mi corazón durante años y años. Si la broma del padre de Hermann a herido profundamente mi corazón no es debido al orgullo ni a una susceptibilidad poco convenientes para una sirvienta, sino a que, en efecto, he sentido una cierta inclinación por este joven que se me apareció como un liberador. Desde que me dejó en la carretera y prosiguió su camino, lo he tenido presente en mi memoria. Pensé en la felicidad de la mujer que tal vez amase y que sin duda ya tenía elegida. Cuando volví a encontrarle en la fuente, me sentí tan dichosa como si se hubiera tratado de un ser inmortal. Y cuando me propuso entrar al servicio de ustedes le seguí entusiasmada. Y también debo confesarles que, durante el camino, me entregué a la esperanza de que tal vez algún día podría hacerme merecedora de conseguir su cariño si llegaba a ser indispensable en la casa. Sólo ahora me doy cuenta de los peligros a que me exponía viviendo al lado de mi amado en secreto. Ahora veo la gran distancia que media entre una chica pobre y el joven rico, por muy virtuosa y bonita que sea la muchacha. Si me confieso con ustedes en esa forma es para que no se formen mal concepto de mí, ya que la circunstancia que me ha afligido me ha vuelto a la razón y me impone el propósito de alejarme. De otro modo, mi destino me hubiera obligado a disimular mis votos interiores y a ver como más tarde o más temprano entraba en la casa su esposa. ¿Cómo habría podido soportar entonces mi pena? Afortunadamente he sido advertida a tiempo y he confesado mi secreto antes de que el mal no tuviera remedio. Ahora ya no tengo más que decirles. Nada puede retenerme por más tiempo aquí, donde me siento confusa y avergonzada, después de haberles confesado con toda sinceridad mis sentimientos y mis locas esperanzas. Nada me detendrá: ni la noche oscura y nublada, ni los truenos que retumban todavía en los oídos, ni la lluvia que cae con rabia, ni el bramido del viento tempestuoso. Ya he soportado todas estas calamidades durante nuestra huida desastrosa y perseguidos por el enemigo. Ya estoy acostumbrada a separarme de mis afectos y a exponerme a lo que pueda sucederme, pues desde hace tiempo voy siendo arrastrada por el torbellino de la época en que vivimos. ¡Adiós! ¡Me voy!

Al decir esto se dirigió hacia la puerta, llevando bajo el brazo el paquete que trajo. Pero la madre abrazóla y le dijo asombrada:

—Pero ¿qué pasa? ¿A qué vienen esas lágrimas? ¿Cómo que te vas? Tú eres para Hermann.

El padre, enojado, miraba a la muchacha llorosa y dijo:

—De ese modo se recompensa mi complacencia y mi consentimiento, proporcionándome lo que más me subleva: el lloriqueo de las mujeres y esos gritos apasionados que llevan la turbación y el ofuscamiento a la razón y embarullan las cosas más claras. No puedo aguantar más tiempo esas escenas. Ya las acabaréis como os plazca. Yo voy a acostarme.

Y se dispuso a marcharse hacia su dormitorio, pero su hijo le retuvo y le dijo suplicante:

—Padre, no se apresure: no se vaya usted irritado con Dorotea. El único culpable soy yo. Y mi equivocación ha sido agravada por las palabras disimuladas del señor cura. Hable usted, ¡por Dios! Yo confié en sus servicios, y en lugar de aumentar nuestros pesares, sírvase despejar de una vez la situación. La veneración que me inspira quedará borrada para siempre si en lugar de disminuir las penas ajenas con su prudencia y sabiduría sólo le llevaran a burlarse de ellas.

El sacerdote respondió sonriente:

—¿Qué prudencia, ni qué sabiduría habrían podido arrancar del corazón de esta muchacha una confesión tan sincera como la que hemos oído, ni descubrirnos mejor su carácter? ¿Tu tristeza no se ha convertido aún en alegría y regocijo? Habla tú mismo. Explícate. ¿Para qué necesitas palabras ajenas?

Entonces Hermann se acercó a Dorotea y, mirándola con ternura, le dijo:

—No lamentes tus lágrimas ni el dolor sufrido; ellas confirman mi felicidad y espero que también la tuya. No, no fui a buscarte como sirvienta nuestra, sino para ofrecerte mi amor. Pero no me atreví a hablarte. Mi tímida mirada no acertó a adivinar tus sentimientos, y cuando te contemplé en el espejo del agua de la fuente sólo vi la amistad reflejada en tus ojos. Me consideraba a medio camino de la felicidad conseguir traerte a mi casa. Ahora acabas de hacerme feliz. ¡Bendita seas!

Dorotea miraba conmovida a Hermann, y no rehusó el abrazo ni el beso —dicha suprema de los enamorados cuando son largo tiempo deseados— como prenda de una felicidad futura y de una dicha al parecer ilimitada.

Entretanto, el cura había explicado el caso a los demás. Dorotea se acercó al padre, se inclinó ante él, como signo de respeto y afecto, y besándole la mano, que él trató de ocultar, le dijo, graciosa y cumplida:

—Perdone usted mis lágrimas de dolor y mis lágrimas de alegría, ocasionadas por una doble sorpresa. Disculpe también mi susceptibilidad y mi contento presente por la felicidad inopinada que encuentro y que todos compartimos. ¡Y este primer enojo que le he causado, de modo tan involuntario y sin sospecharlo, que sea el primero y el último! Los deberes que me había comprometido a ejecutar como sirvienta, y de cuya carga me habría aligerado el afecto, ahora serán cumplidos por la hija con no menos amor y fidelidad.

El padre la abrazó ocultando sus lágrimas. La madre se acercó a Dorotea y después de estrecharle las manos, la besó con efusión. Ambas mujeres se abrazaron llorando en silencio.

Entretanto, el cura se apresuró a coger la mano del mesonero y a sacarle del dedo, no sin esfuerzo, pues lo tenía gordezuelo, el anillo nupcial; cogió también el de la madre y prometió a la pareja, diciéndoles:

—¡Que estos anillos de oro puedan formar una nueva unión tan feliz como la antigua! Hermann ama a Dorotea, y Dorotea, por su parte, confiesa que siente inclinación por Hermann. Pues desde ahora y con el consentimiento de vuestros padres, y en presencia de este buen amigo como testigo, yo os bendigo como novios y espero bendeciros muy pronto como esposos.

El boticario en seguida les dio la enhorabuena con muchos cumplidos y razones. Pero el cura, al intentar poner el anillo de oro en el dedo de Dorotea, quedó perplejo y sorprendido al encontrar el otro anillo que Hermann ya había notado y que tantas inquietudes le había dado desde su encuentro en la fuente.

—¡Cómo, hija mía! —dijo guasón y sin malicia—. ¿Tal vez vas al altar por segunda vez? ¿No vendrá a oponerse el primer novio a vuestra unión?

–¡Oh! —exclamó Dorotea—, permitan que conserve un recuerdo, que bien se lo merece, de aquel joven que marchó para no volver nunca más y me dio este anillo. Presintió cuanto debía sucederle, cuando su entusiasmo por la libertad y el deseo de unirse a la revolución le llevaron a París, donde encontró la prisión y la muerte. <> Así me habló, y nunca más le he visto. Poco después perdí cuanto poseía y muchas veces he recordado sus palabras. Como aún las recuerdo en este momento en que el amor me abre las puertas de la felicidad, y las esperanzas las de un porvenir risueño. ¡Oh!, perdóname, querido Hermann, si todavía tiemblo al cogerme en tu brazo. Me tambaleo como el marinero que, abandonado el navío, aún se siente inseguro por firme que sea la tierra que pise.

Mientras exponía estas razones se puso el nuevo anillo junto al antiguo. Hermann le replicó emocionado:

—Dorotea: ¡que nuestra unión concertada en medio del desorden general sea sólida e inquebrantable! Opongamos juntos nuestro pecho a las desgracias; pensemos en conservar nuestros días, que deben sernos preciosos, y mantenernos en posesión de nuestros bienes para embellecerlos. El hombre que se exalta en una época en que todo se derrumba, agrava el desastre; pero aquel que permanece firme e inalterable se crea un mundo nuevo. No es digno de los alemanes impulsar ni propagar este movimiento terrible, ni perder el juicio de un lado para otro: nuestra conducta debe estar en consonancia con nuestro carácter. Así debemos pensarlo y sostenerlo. Lo nuestro es nuestro. Así lo demostraron también los pueblos intrépidos que se levantaron en armas para defender a su patria, para salvar sus leyes y su religión y para proteger a sus familiares. Ahora eres mía, y lo mío me pertenece aún más que antes, y me es más querido. Deseo conservarlo tranquilo y sereno, sin turbarme por temores ni inquietudes y defendiéndolo con valentía. Y si los enemigos nos amenazan, más pronto o más tarde, tú misma armarás mi brazo. Mientras tú estés en casa junto a mis padres presentaré sin temor alguno mi pecho contra el enemigo. Si todos fueran de mi parecer, la fuerza se levantaría contra la fuerza y la paz reinaría entre nosotros.

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