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Hermann y Dortea.  Johann Wolfgang Goethe
Capítulo 7. ERATO. DOROTEA
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Como el caminante que antes de ponerse el sol fija todavía sus miradas en el astro que desciende del horizonte próximo a desaparecer, y luego sus ojos deslumbrados creen verlo en todas partes, lo mismo sobre el bosque umbrío que a lo largo de la montaña, y vuélvase del lado que se vuelva, por todas partes ve flotar su imagen vacilante y sus brillantes y coloreados reflejos, asimismo aparecía ante los ojos de Hermann la silueta graciosa de la muchacha caminando por el sendero que conducía a su casa. Pero se sobrepuso a su hechizo y se dirigió hacia el pueblo, mas volvió a encontrarse con la misma visión, pues del opuesto extremo del camino se acercaba hacia él la forma resplandeciente. Después de considerarla con la mayor atención, vio que esta vez no se trataba de ninguna imagen ilusoria, sino de ella misma en persona. Ya la tenía cerca. Llevaba un cántaro en cada mano y lo sostenía por una de sus asas. Uno era grande, otro menor, e iba por agua a la fuente.

Hermann marchó con alegría a su encuentro, sintiéndose con más ánimos ante su presencia. Y acercándose a ella, sorprendida de verle, le dijo:

—¡Hola, muchacha hacendosa! Vuelvo a encontrarte en mi camino ocupada en socorrer a los demás y en aliviar sus males. ¿Por qué vas sola a la fuente, que está más lejos, pudiendo servirte, como tus compañeras, de las del pueblo? Cierto que el agua de este manantial tiene cualidades especiales y un buen sabor. Sin duda quieres llevarla a la buena mujer cuya vida salvaste con tus cuidados.

La joven le saludó con amabilidad:

—Me alegro de haber tomado el camino de la fuente y de haber encontrado de nuevo al bienhechor que nos ha colmado de sus donativos, puesto que la vista del que da no es menos agradable que sus mismos dones. Venga conmigo y verá con sus propios ojos a los que se han beneficiado con su clemencia y podrá oír sus palabras de agradecimiento. En cuanto al motivo de venir a buscar el agua de esta fuente clara y abundante, se debe a que nuestros compañeros, imprevisores, a su llegada han enturbiado todas las aguas del pueblo por haber hecho pasar caballos y bueyes por el depósito destinado al uso de la población. Además, han lavado sus ropas y utensilios en abrevaderos, pozos y fuentes, removiendo y ensuciando el agua. Cada cual sólo piensa en su propio interés. Absorbidos por la necesidad momentánea, la resuelven a prisa y de cualquier modo, sin preocuparse de las futuras consecuencias ni de las sucesivas necesidades.

Mientras iba exponiendo estas razones, descendió con Hermann los anchos peldaños de la fuente y se sentaron juntos sobre el pequeño parapeto que la rodeaba. Dorotea se bajó para coger el agua; Hermann tomó el otro cántaro y se inclinó a la vez. Sus imágenes temblorosas sobre un fondo de cielo azul se reflejaron en el manantial como si fuera un espejo. Se contemplaron sonrientes en el agua y se saludaron amistosamente.

—Déjame beber —dijo el mozo.

Ella le alargó el cántaro. Y confiados e ingenuos permanecieron sentados en el pretil, apoyados en los cántaros.

Poco después, Dorotea le preguntó:

—¿Y cómo es que te hallas aquí tan lejos del sitio donde nos encontramos por primera vez? ¿Dónde están tus caballos y tu coche? ¿A qué has venido?

Hermann inclinó la cabeza pensativo. Pero en seguida levantó los ojos hacia Dorotea y miró con ternura los de la muchacha. Sintióse confiado y más tranquilo. Sin embargo, le habría sido imposible hablarle de amor. La mirada de Dorotea no revelaba ningún destello amoroso, sino tan sólo el reflejo de una inteligencia tranquila y de una apacible serenidad. Se imponía una respuesta razonable y el joven, después de concentrarse unos instantes, le respondió en tono de amistosa confianza:

—Escucha, niña, voy a contestar a tus preguntas. Tú eres causa de mi venida. ¿Por qué te lo voy a ocultar? Vivo con mis padres y disfruto de una existencia feliz. Yo, como hijo único, les ayudo con diligencia y fidelidad a dirigir nuestra casa y a cultivar nuestras tierras. Cada uno de nosotros tiene señalado su trabajo, que no escasea. A mí me corresponde la dirección de nuestros cultivos; mi padre administra el negocio y mi madre está al frente de la casa. Pero tú, sin duda, sabes por experiencia lo que los criados apesadumbran y fatigan a una ama de casa. Unas veces por su ligereza, otras por su mala fe, se ve obligada a renovarlos con frecuencia; es decir, a sustituir unos defectos por otros. Desde hace mucho tiempo mi madre desea tener a su lado una muchacha que le alivie, no precisamente con su trabajo, sino también con su afecto y que pueda considerarla como a su propia hija, muerta muy joven, por desgracia.

Esta mañana cuando te he visto en la carretera ante mi coche y he considerado tu cara franca y serena, tu brazo robusto, tu apariencia de fuerza y salud; cuando te oí hablar en una forma tan razonable, quedé cautivado. Corrí a casa y elogié tus méritos a mis padres y a nuestros amigos. En fin, que vengo a exponerte su deseo, que también es el mío… Perdóname si no hablo más claro.

—No tema nada, acabe —respondió Dorotea—; no me siento ofendida; muy al contrario, le estoy sumamente agradecida. Puede hablar con absoluta claridad. Usted quisiera contratarme como sirvienta para que ayude a sus padres y trabaje en su casa. Usted ha creído encontrar en mí lo que les conviene: una hija juiciosa, activa y de buen carácter. Su proposición ha sido breve; mi respuesta lo será más. Sí, le seguiré ya que el destino así lo quiere. Aquí ya he cumplido con mi deber; he puesto a la madre y al hijo en manos de los suyos, que están muy contentos de que se hayan salvado; la mayor parte ya han vuelto a reunirse con ella; los demás no tardarán en llegar. Todos confían que dentro de pocos días volverán a sus casas. Los fugitivos gustan de crearse ilusiones. Yo, en estos días infelices que sólo nos anuncian nuevas desgracias y horas peores, no me dejo engañar por vanas esperanzas. Las antiguas relaciones están rotas. ¿Quién las reanudará? ¿Quién volverá a ordenar de nuevo tanta confusión? Sólo la necesidad. Así pues, si puedo ganar mi vida en casa de una familia honrada, trabajando por un hombre respetable y ayudando a una buena mujer, consiento en ello muy dichosa. La reputación de una joven que anda sola por el mundo es siempre dudosa. Sí, le seguiré en seguida que haya llevado esos cántaros a mis amigos y después de haberme despedido de ellos. Venga conmigo, deseo que los vea y que sean ellos mismos los que me confíen a usted.

Hermann, al verla tan bien dispuesta, sintió tanta alegría que titubeó unos instantes por si debía comunicarle o no sus verdaderos propósitos, pero juzgó más prudente mantenerla en su error, conducirla a su casa y dejar para más adelante el declararle su amor y pedirla en matrimonio. Por otra parte, se había dado cuenta de un anillo de oro que llevaba en un dedo, y decidió no interrumpirla y seguir escuchando atentamente sus palabras.

—Vamos —dijo—. Es costumbre murmurar de las muchachas que se entretienen demasiado en la fuente y, sin embargo, ¡es tan agradable hablar junto al murmullo de un manantial!

Hermann se alzó y ambos volvieron a mirarse en la fuente. Dorotea, presa de cierta ansiedad, cogió en silencios los dos cántaros y empezó a subir los escalones, seguida de muy cerca por él. A fin de aliviarla del peso de la carga, Hermann quiso tomar un cántaro.

—No —dijo ella—; déjeme llevarlos a mí sola; así, con un peso en cada mano, se mantiene mejor el equilibrio y la carga es menos pesada. Además, el hombre llamado a mandarme no debe empezar por servirme. Pero ¿por qué me mira con este aire compasivo, como si lamentara mi suerte? Servir es propio de nuestra condición. Y desde muy pequeñas todas las mujeres cuidan más o menos de los quehaceres domésticos. Sirviendo a los demás es como se aprende a mandar y se llega a adquirir la autoridad que una dueña ejerce en su casa. Ya de pequeña, la mujer sirve al hermano, más tarde ayuda a sus padres y se pasa los días en un continuo ir y venir, siempre ocupada en provecho de los demás. Dichosa ella si llega así a habituarse a no considerar penoso ningún camino, a no diferenciar entre las horas del día y de la noche, a no encontrar ningún trabajo cansado en demasía, ninguna aguja demasiado fina y a olvidarse, en fin, de sí misma para vivir para los otros. Si llega a madre necesitará de todas estas virtudes domésticas, pues el hijo no le permitirá descansos y la despertará cuando duerma pidiéndole alimento. Por lo tanto, dolores y cuidados no se apartarán de su lado. Reunidas las fuerzas de veinte hombres no podrían soportar el peso de tales fatigas. Claro que tampoco les corresponde. Pero, por lo mismo, debieran admirarlas.

Así hablando, llegaron a la casa donde se había refugiado la nueva madre, que descansaba junto a una de las inocentes muchachas que Dorotea había salvado. Cuando entraron llegó por el lado opuesto el juez, trayendo un niño de cada mano, que el buen hombre acababa de encontrar entre la muchedumbre. Con alegría corrieron a abrazar a su madre, que ya los daba por perdidos, y conocieron a su nuevo hermanito. Después se acercaron a Dorotea, la abrazaron y le pidieron pan, frutas y, sobre todo, agua fresca. Los cántaros pasaron de mano en mano: bebieron los niños, después la madre y a continuación las muchachas y el juez. Todos ponderaron aquella agua deliciosa que tenía un gustillo acidulado que hacía de ella una bebida sana y agradable.

La joven les miraba entristecida y les dijo:

—Tal vez sea ésta la última vez que les ofrezca el cántaro y les dé a beber agua fresca. Pero si así fuera, cuando más adelante, en un día de gran calor les reanime una buena bebida, o sentados a la sombra cerca de un manantial puro disfruten de su frescura, les ruego que piensen en mí y en los cuidados que he podido prestarles, más por afecto que por obligación familiar. Por mi parte, toda la vida recordaré con agradecimiento sus favores. Les dejo con pesar; pero en estas circunstancias cada uno de nosotros es más pronto una carga que un alivio para su prójimo, y si no podemos regresar a nuestro país, a todos nos será obligado dispersarnos en tierra extranjera. Aquí tienen al joven que ha sido nuestra providencia; a él debemos las ropas del niño y las provisiones que tanto favor nos han hecho. Ha venido a proponerme que pase a servir a sus padres, que son buenos y ricos. He aceptado, porque en todas partes las jóvenes tenemos deberes domésticos que cumplir y lo más penoso para nosotras es vivir en la ociosidad y hacernos servir por los demás. Por eso le sigo contenta. Me parece un buen chico y confío que sus padres no serán menos buenos, cualidad más preciada para mí que la opulencia. Adiós, pues, buena amiga; sea usted muy feliz y que este pequeñito sea su alegría. ¡Oh! ¡Qué hermoso y vivo es! ¡Cómo le mira! Siempre que le estreche contra su corazón, envuelto en sus ropitas, acuérdese del joven tan bondadoso que nos las dio y en cuya casa —de aquí en adelante— yo encontraré comida y vestido. Y usted, hombre excelente —continuó, dirigiéndose al juez—, déjeme darle las gracias por haberme servido de padre en más de una ocasión.

Después se arrodilló junto a su amiga, que con voz temblorosa y entrecortada por lo sollozos la bendijo conmovida.

Entretanto, el juez se volvió hacia Hermann y le dijo:

—Buen amigo, considero que debe figurar usted entre los hombres juiciosos que saben buscar para el gobierno de su casa personas aptas y honestas. Estoy muy acostumbrado a ver cómo en los mercados se pone mucha atención a los bueyes, caballos o carneros, cuando se trata de comprarlos o trocarlos, mientras que parece confiarse al azar la elección de la persona que puede salvar o arruinar una casa, porque si es honrada y laboriosa todo marcha en debida forma, pero si es holgazana y carece de principios, entonces equivale a la ruina y luego vienen los arrepentimientos tardíos e ineficaces por haber obrado a la ligera. Pero a usted me parece que no le sucederá lo mismo: ha sabido elegir muy bien a la muchacha y estoy seguro que satisfará a los padres de usted. Sepan retenerla, pues mientras la conserven en su compañía, tenga por cierto que no echará de menos a una hermana ni los padres de usted a una hija.

En este momento llegaron varios parientes de la madre, que le traían diversos obsequios, además del aviso de que le habían encontrado habitación más a propósito. Cuando supieron la decisión de Dorotea, miraron con gratitud a Hermann y sus miradas expresaron el fondo de sus pensamientos.

Una de las mujeres susurró al oído de otra:

—Si su señor llega a casarse con ella, ¡qué suerte la suya!

Hermann dijo a Dorotea:

—Partamos… El día acaba y nuestra ciudad está lejos.

Entonces todas las mujeres se abrazaron a la vez a Dorotea, hablando con vivacidad. Y mientras Hermann tiraba de su mano para llevársela, la muchacha iba dando saludos y recuerdos para sus amigos. Entretanto, los niños empezaron a llorar, y agarrados a su vestido no querían que se marchara la que era para ellos una segunda madre. Por fin intervinieron las mujeres.

—¡Basta, pequeños! Dorotea va a la ciudad a buscar los pasteles de azúcar que vuestro hermanito encargó cuando la cigüeña que nos lo ha traído pasó por delante de la confitería. ¡Ya veréis como pronto regresa cargada de cucuruchos dorados y muy bonitos!

Sólo así dejaron libre a Dorotea, y Hermann pudo arrancarla con trabajo de los nuevos abrazos de sus compañeros. Ya lejos de ellos, todavía la saludaban con sus pañuelos.