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Hermann y Dortea.  Johann Wolfgang Goethe
Capítulo 6. CLÍO. LA ÉPOCA
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El cura interrogó al juez sobre algunos detalles referentes a la desgracia de su gente y el tiempo transcurrido desde que habían huido de su pueblo.

—Nuestros sufrimientos —respondió— vienen de lejos; hemos bebido las amarguras de nuestra época, amarguras mucho más horribles por haber sido engañadas nuestras más dulces esperanzas. Cuando el primer rayo del nuevo sol apuntó en el horizonte, cuando se oyó hablar de los derechos comunes a todos los hombres, de la libertad vivificante y de la igualdad bienhechora, todos sentimos que nuestros corazones henchidos de entusiasmo latían con más fuerza y vitalidad y que nuestros pechos eran más libres. Entonces todos confiamos en una nueva vida y en una existencia mejor. Las cadenas sostenidas por la ociosidad y el egoísmo que sujetaban a tantos países, parecían próximas a desatarse. Todos los pueblos oprimidos volvían sus ojos hacia la gran ciudad, considerada, desde tiempo, como capital del mundo y entonces más que nunca digna de este título. Los nombres de los primeros hombres que proclamaron la libertad fueron igualados a los nombres célebres cuya fama llega a los cielos. Cada uno sentía renacer en sí mismo el ardor, el entusiasmo y la palabra. Nosotros, por ser los vecinos más próximos, fuimos los primeros en sentir el fuego de este ímpetu. Y la guerra se nos vino encima: los batallones franceses invadieron nuestro suelo; pero parecían movidos por sentimientos amistosos. Y en efecto, así fue en un principio. Se sentían magnánimos, plantaron gozosamente los árboles alegres de la libertad, nos prometieron que no invadirían nuestros dominios y que sería respetado el derecho de todo hombre a gobernarse por sí mismo. La juventud se sintió loca de alegría y los viejos hicieron otro tanto, y los nuevos estandartes fueron acogidos por danzas y festejos. Los franceses, triunfantes, conquistaron muy pronto el corazón de los hombres por su vivacidad y entusiasmo, y en seguida se hicieron dueños del de las mujeres por su gracia atrayente. El mismo peso de las numerosas necesidades impuestas por la guerra nos pareció ligero; las alas de la esperanza nos llevaban hacia el porvenir, en el que nuestras miradas descubrían caminos nuevos y resplandecientes. Si son hermosos aquellos días en que el mozo lleva al torbellino de la danza a su novia esperando la hora de su casamiento, más bellas fueron todavía aquellas jornadas en que aquello que el hombre considera como un bien supremo parecía tan próximo a nosotros y alcanzado fácilmente. Todo el mundo se sentía elocuente: ancianos, adolescentes y hombres maduros hablaban el mismo lenguaje y sus pensamientos eran elevados, y sublimes sus sentimientos.

>>Pero muy pronto el cielo se oscureció; una raza perversa, indigna de ser el instrumento del bien, usurpó el poder, y sus hombres se lanzaron a una matanza criminal entre ellos, oprimieron a los pueblos vecinos, sus nuevos hermanos, y arrojaron sobre sus nuevas víctimas enjambres de hombres rapaces. Los jefes nos robaban en masa, y los inferiores —incluso el más insignificante— nos desvalijaron y se llevaron nuestros despojos. Sólo mostraban un temor: olvidarse de saquear algo. Nuestra desgracia fue extrema, la opresión creció por momentos, nadie quiso escuchar nuestras quejas: eran los amos del día.

>>Entonces, la cólera y la desesperación se apoderó de los más pacíficos; todos coincidimos en el mismo pensamiento y juramos vengarnos de tantos ultrajes recibidos y de la pérdida amarga de tantas esperanzas doblemente engañadas. En un principio la fortuna se puso de nuestro lado y los franceses, derrotados, se retiraron a marchas forzadas. Pero entonces conocimos también los más funestos horrores de la guerra. El vencedor, por lo común, es grande y bondadoso; cuando menos, lo aparenta; tiene ciertas atenciones para el vencido, al que considera como un amigo de quien saca provecho y que le sirve con sus bienes. Pero el fugitivo no conoce ninguna ley y sólo piensa en su vida; desconoce atenciones y escrúpulos y roba cuanto encuentra a mano. Por otra parte le ciega el furor y la desesperación, y se lanza a los más odiosos atentados: nada hay sagrado para él, en todo hace presa. Sus feroces deseos le precipitan hacia las mujeres y mancilla el placer con el ultraje. Como en todas partes siente la amenaza de la muerte, goza de los últimos momentos como un bárbaro y se complace en la sangre vertida y en los gritos y lloros del infortunio.

>>Ante tales afrentas sentimos redoblar nuestro furor y quisimos vengar nuestras pérdidas y defender lo que nos quedaba. Todo el mundo se armó y aun centuplicaban los ánimos la precipitación de los fugitivos, sus caras pálidas y sus miradas extraviadas y temerosas. El toque continuo de las campanas sembró la alarma; el peligro futuro no detuvo ya la venganza desencadenada; de súbito los pacíficos instrumentos de labranza se transformaron en armas y las horcas y guadañas se tiñeron de sangre, el enemigo cayó sin piedad; así como el débil es tímido y astuto, la fuerza se abandona a una cólera frenética. ¡Oh, no quisiera volver a ver a los hombres presos de tan espantoso delirio! El arrebato de la bestia feroz es menos horrible. ¡Libertad! ¡Que no hablen nunca más en su nombre los incapaces de gobernarse a sí mismos! Una vez los rotos los frenos, reaparecen libres de obstáculos todas las maldades que la ley retiene en los más profundos pliegues del corazón.

—¡Ay —dijo el cura emocionado—, líbreme Dios de hacerle ningún reproche por mostrarme tan severo a la humanidad! ¡Cuántos males ha sufrido usted! ¡A cuántas pruebas le ha sometido una empresa injusta! Pero, no obstante, si echa usted una mirada hacia atrás y revive esos días calamitosos, sin duda encontrará en ellos más de una acción meritoria y cualidades sublimes que parecían sepultadas en el fondo de los corazones y que el peligro hizo brotar; y también algún hombre que en la desgracia se ha mostrado como un ángel y ha aparecido ante sus compañeros como un dios tutelar.

—Me recuerda usted cuerdamente —dijo el viejo con una sonrisa en los labios— que después de un incendio puede advertirse al propietario consternado que tal vez encuentre entre los escombros pedazos de oro y plata fundidos por las llamas. ¡Triste compensación, y sin embargo preciosa! El pobre hombre arruinado emprende su rebusca y se considera feliz si la encuentra. Asimismo me complazco yo en volver los ojos y mirar serenamente el pequeño número de buenas acciones que conservo en mi memoria. Sí, lo confieso, he vito reconciliarse a antiguos enemigos a fin de evitar una desgracia a su ciudad, he visto amigos, padres, madres e hijos intentar lo posible en favor de aquellos con quienes estaban unidos por los más estrechos lazos familiares o de amistad; he visto a jóvenes transformarse de súbito en hombres maduros, viejos rejuvenecidos y niños convertidos en adolescentes. También he visto al sexo débil, como es de costumbre llamarle, realizar actos de energía, de valor y de gran presencia de ánimo. Y entre todos, permítame que le cuente el caso de una joven magnánima y fuerte. Había quedado sola con otras compañeras en una alquería aislada, mientras los hombres hacían frente al enemigo. De pronto el patio fue asaltado por una partida de fugitivos que se entregó al pillaje y no tardó en penetrar en la habitación donde las muchachas se habían escondido; la mayor parte de éstas eran casi niñas. Ante la belleza y el cuerpo gentil de la joven y de sus agraciadas compañeras, un deseo feroz se apoderó de aquellos monstruos y se lanzaron sobre el grupo temeroso y la valiente muchacha de que le hablo, la cual, sin titubear, arrancó el sable a uno de ellos y de un golpe certero le tendió muerto a sus pies. Luego, con idéntica intrepidez masculina, se lanzó sobre los demás y alcanzó a otros cuatro, que pudieron salvarse gracias a la ligereza de sus pies. Después de libertar a sus amigas, atrancó la puerta del patio y esperó la llegada de los socorros, reclamando asistencia.

Al oír el elogio de esta joven, el cura tuvo como un presentimiento favorable a su amigo. Iba a informarse de lo que había sido de ella y de si había acompañado a los fugitivos en su éxodo, cuando el boticario se aproximó a él, y tirando de su manga le murmuró al oído:

—Según la descripción hecha por Hermann, creo haberla encontrado entre otras muchas. Venga a verla y traiga con usted al juez a fin de que nos informe ampliamente.

Pero ya era tarde, pues alguno de los suyos acababa de requerir a éste para una consulta urgente y había desaparecido de su vista.

El cura siguió al farmacéutico, y llegados ante una valla, éste le hizo mirar por encima de la misma, diciéndole en voz baja:

—Allí la tenemos. Acaba de enfajar al niño: reconozco la viaja bata de indiana y la funda azul de la almohada que contenía lo que Hermann se llevó. No cabe duda de que ha hecho un pronto y buen uso del donativo. Esos indicios no engañan y todavía menos los otros, pues el corpiño rojo acusa la redondez de su pecho; el jubón negro ciñe su talle; los pliegues delicados de su camisa forman la gorguera que encuadra su barba con gracia púdica; su cara oval y simpática acusa candor y franqueza, y las gruesas trenzas de sus cabellos están recogidas sobre la cabeza con horquillas de plata. Aunque está sentada, se adivina la elegancia de su talle; la falda azul desciende en pliegues graciosos del corpiño y le llega hasta los tobillos. No podemos dudar: es ella. Vámonos. Ahora se trata de saber si es buena, virtuosa y hábil casera.

El cura, después de reseguirla con mirada escrutadora, expuso su opinión:

—Debemos convenir —dijo— en que no tiene nada de particular que el chico se haya enamorado. La muchacha puede afrontar el fallo más exigente. ¡Dichoso aquel a quien la naturaleza ha dotado de hermosura! Lleva consigo mismo la mejor recomendación y no resulta extraño en ninguna parte. Todos le buscan, le paran y le retienen, y no saben cómo separarse de él si junta a sus cualidades exteriores otros atractivos y cualidades espirituales. Le aseguro que Hermann ha encontrado una joven destinada a proporcionarle una vida apacible y feliz que le prestará un apoyo firme y fiel en todas las circunstancias. Un cuerpo tan perfecto debe encerrar un alma pura, y su juventud hacendosa promete una dichosa vejez.

—Las apariencias a veces engañan —observó el boticario con aire sentencioso—. No es oro todo lo que reluce. Muy a menudo he comprobado la verdad del proverbio que dice: <>. Así, pues, empecemos por buscar la buena gente que la haya tratado y que pueda informarnos de su persona.

—Apruebo esta prudencia —replicó el eclesiástico, siguiéndole—, pues no tratamos de buscar una esposa para nosotros. Obrar en este sentido por cuenta ajena es cosa delicada y requiere mucho cuidado.

Así pues, ambos fueron en busca del juez, que seguía atareado en sus funciones y a quien volvieron a encontrar calle arriba de la población.

—Oiga —dijo el cura—, hemos visto en este huerto a una joven sentada bajo un manzano, cortando vestidos de niño de una bata usada que seguramente le han dado. Su aspecto nos agrada; nos parece honrada y prudente. ¿Qué sabe usted de ella? Se lo preguntamos con buenas intenciones.

El juez se aproximó a la valla, y después de mirar hacia el interior del huerto, dijo:

—Usted ya conoce a esa muchacha. Es la misma de que antes le hablé: aquella que supo defenderse a sí misma y defendió a sus compañeras. Bien a las claras se ve que es capaz de semejante acción: es fuerte y animosa. Pero no por eso deja de ser menos buena. Cuidó con toda ternura de un pobre anciano, pariente suyo, hasta que murió de pena ante las desgracias de su ciudad y el temor de verse desposeído de sus bienes. También ha soportado con resignación el dolor de saber la muerte de su novio, joven de ánimo valeroso y esforzado que, en su primer arrebato de generoso entusiasmo por secundar la causa sublime de la libertad, se fue a París, donde muy pronto encontró una muerte terrible, después de mostrarse, lo mismo que en su país, enemigo de las intrigas y del despotismo.

Así que el juez concluyó de hablar, los dos amigos le dieron las gracias por sus indicaciones. Antes de despedirse, el cura sacó de su bolso una moneda de oro (pues las de plata ya las había distribuido antes entre los fugitivos) y la ofreció al juez, diciendo:

—Repartidla entre los pobres, y quiera Dios que los donativos aumenten.

—Hemos salvado muchas cosas —respondió el juez rehusándola—; algún dinero, bastantes vestidos y otros efectos, y espero que podremos volver a nuestras casas antes de haberlo agotado todo.

Pero el cura insistió, poniéndole la moneda en la mano.

—Nadie, en estos tiempos calamitosos, debe ser lento en dar, ni tampoco debe negarse a recibir lo que se ofrece de buen grado. ¿Sabemos cuánto tiempo nos durará lo que poseemos? ¿Puede decirme los días que todavía andará errante por tierras extranjeras, lejos del huerto y del campo propios de que vivía?

—Cierto —añadió solícito el farmacéutico—. ¡Lastima de no haberme provisto de dinero! Si lo tuviera conmigo, pequeño o grande, tendría mi donativo, pues buen número de sus compañeros deben hallarse en la indigencia. No obstante, no le dejaré sin haberle hecho mi ofrenda: cuando menos conocerá mi buena voluntad, muy por encima, en este caso, de lo que vale mi entrega.

—Diciendo esto, sacó una bolsa de cuero repujado en la que llevaba el tabaco y vació su contenido: era suficiente para llenar unas cuantas pipas.

—Poco es —añadió.

—El buen tabaco —dijo el juez— siempre es grato al viajero.

Estas palabras dieron pretexto al boticario para ponerse a elogiar su tabaco. Pero el cura le interrumpió y se le llevó consigo, después de despedirse del anciano.

—Apresurémonos —dijo—. Nuestro mozo nos espera ansioso. Vamos a comunicarle cuanto antes las buenas noticias.

Redoblaron el paso y encontraron a Hermann bajo los tilos y apoyado en el coche. Los caballos impacientes piafaban machacando con fiereza la hierba. Los tenía cogidos por la brida, y con sus ojos fijos en la lejanía, estaba tan absorto en sus reflexiones que no se dio cuenta de la llegada de sus dos amigos hasta que le llamaron de lejos con gritos y señales de alegría. El farmacéutico, antes de llegarse a él, ya había empezado a hablar; pero el cura lo contuvo, y acercándose a Hermann le cogió las manos y le dijo:

—Enhorabuena, amigo; has tenido buen ojo y mejor corazonada. No te has engañado al elegir. ¡Feliz seas tú y feliz sea la mujer que será compañera de tu juventud! ¡Es digna de tu mano! Vamos, pues, montemos y llévanos hasta el pueblo para formular nuestra demanda y llevárnosla a tu casa.

Pero el joven no se movió de su sitio y, al parecer, escuchó sin conmoverse las palabras que debían llenarle de confianza y alegría. Suspiró y dijo:

—Hemos venido muy aprisa y tal vez nos corresponda volvernos a casa lentamente y llenos de confusión. Mientras les esperaba he reflexionado mucho y he sido víctima de la perplejidad, de la duda, de la desconfianza, en fin, de todos los sentimientos que pueden atormentar el corazón del hombre que ama. Por el solo hecho de que soy rico y ella se encuentra en la miseria y en el destierro, ¿opinan ustedes que nos será suficiente llegar ante la muchacha y conseguir que nos siga? La misma pobreza, cuando es merecida, tiene su orgullo. Esa joven me parece activa y modesta: el mundo le pertenece. ¿Y creen ustedes que hermosa y atractiva como es no ha sido solicitada por nadie? ¿Suponen que su corazón ha permanecido hasta ahora inaccesible al amor? ¡Oh, no corramos tan aprisa en su busca; los caballos quizá tendrían que volvernos a paso lento y deberíamos emprender mohínos y avergonzados el camino de regreso! Mucho me temo que exista algún joven que posea su corazón, y que su mano ya está comprometida a la de un rival más afortunado, que tiene conseguida su promesa de fidelidad. Imagínense mi figura, mi confusión y vergüenza ante ella, si mi demanda fuera rechazada.

El cura se disponía a animar al joven, cuando su compañero —siempre dispuesto a divagar— se le anticipó.

—¡Es cierto! En mi juventud no existían tantas dificultades y sabíamos arreglar las cosas en forma conveniente. Cuando los padres habían elegido una esposa para su hijo, lo primero que se hacía era llamar confidencialmente a un amigo, que se mandaba cerca de los padres de la interesada con el encargo de pedirla en matrimonio. El domingo siguiente, y luego de comer, el buen amigo visitaba, en traje de fiesta y como por casualidad, a la familia en cuestión, y después de los cumplidos de costumbre iniciaba una conversación general que, con muchos rodeos y gran alarde de destreza y prudencia, acababa refiriéndose a la muchacha. De paso hacía el elogio de la familia y de la hija y, como es natural, no se olvidaba de hacer lo mismo respecto a las personas que le enviaban. La familia comprendía perfectamente el intento, y el emisario, según las disposiciones que encontraba, hablaba con más claridad. Si la demanda era eludida, le negativa no tenía nada de humillante. Si, por el contrario, era aceptada, el negociador tenía desde aquel día asegurado el sitio de honor en la casa y a perpetuidad ocupaba el primer lugar en todas las fiestas familiares, pues la pareja se acordaba toda la vida de la mano hábil que ató el primer nudo de su unión. Ahora esto ya no está de moda, como tantas otras costumbres, y cada cual hace por sí mismo su petición. Así pues, es muy justo que cada uno afronte en persona la negativa, cosa que puede muy bien ocurrir, y que pase por vergüenza ante los mismos ojos de la pretendida.

—Sea, pues, lo que Dios quiera —exclamó Hermann, decidido—. Yo mismo daré este paso y sabré mi destino por sus propios labios, pues estoy cierto que ningún hombre ha confiado en mujer alguna como yo confío en ella. Sea cual sea su resolución será la mejor, pues es indudable que siendo de ella ha de ser razonable y buena. Y cuando menos habré visto por última vez sus ojos negros y su mirada franca. Si nunca he de abrazarla, por lo menos veré de nuevo su talle, su busto y sus hombros que quisiera enlazar y aquella boca de la que un <> y un beso harían mi felicidad y un <> equivaldría a mi suprema desgracia. Déjenme solo y no me aguarden. Vuelvan junto a mis padres; díganles que su hijo no se había equivocado, que la muchacha es digna de mi amor. Déjenme solo. Regresaré por el sendero que a través de la colina conduce al peral, y de allí desciende a lo largo de la viña. ¡Ojalá tuviera la carrera junto a mi amada! Pero, ¡ay!, es posible que regrese solo y que tal vez siempre más deba recorrer este sendero con tristeza.

Y dicho esto, puso las riendas en manos del cura, el cual dominando hábilmente a los caballos subió al coche y ocupó el asiento de Hermann.

Pero el cauto farmacéutico dudó un momento y dijo al cura:

—Amigo mío, le confío muy a gusto mi alma y todas mis facultades espirituales, pero en cuanto a mi cuerpo y a mis miembros, no los considero muy en seguro si son puramente materiales las riendas con que un eclesiástico debe conducirlos.

—Siéntese —respondió el cura sonriendo— y confíeme sin temor su cuerpo lo mismo que su alma. Hace mucho tiempo que mi mano está ejercitada en llevar las riendas y mi vista en saber tomas los rodeos del camino. Tengo hecha buena práctica de cuando vivía en Estrasburgo y acompañaba al joven barón. Era yo quien guiaba el coche. Pasábamos por entre la muchedumbre y los paseantes, y por las vías polvorientas llegábamos hasta los prados y los tilos lejanos.

Medio convencido por estas palabras, el boticario subió al coche, pero sentóse con precaución y como dispuesto a saltar al primer peligro. Los caballos corrían impacientes por volver a la cuadra, y sus cascos levantaban nubes de polvo.

El joven no se movió de su sitio durante mucho rato, perdido en la absorta contemplación de la polvareda que se levantaba en el aire para disiparse después. Parecía insensible, hechizado.