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Hermann y Dortea.  Johann Wolfgang Goethe
Capítulo 4. EUTERPE. MADRE E HIJO
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Mientras los tres vecinos hablaban como ya sabemos, la madre de Hermann fue en busca de éste, primero ante la casa y en el banco de piedra donde acostumbraba sentarse. Como no le encontrara allí, encaminó sus pasos hacia la cuadra, suponiendo hallarle ocupado en cuidar de los lustrosos caballos, comprados cuando sólo eran potros, y cuyo menester nunca confió a manos extrañas. La criada le dijo que Hermann estaba en la huerta. Atravesó, en consecuencia, en andar apresurado, los dos largos patios, pasó por delante de los establos y de las sólidas construcciones que servían de granero y pajar y entró en la extensa huerta que llegaba hasta los muros de la ciudad. Marchaba aprisa pero, no obstante, se fijaba, admirada, en el rápido crecimiento de las platas; y de pasó arregló algunos rodrigones que se inclinaban bajo el peso de las ramas de los manzanos y perales cargados de fruta. Después hizo caer unas orugas de entre las hojas de unas coles apiñadas, puesto que una mujer activa nunca debe dar un paso que no sea útil para algo.

De este modo, sin encontrar a su hijo, llegó hasta el final de la huerta donde había unas madreselvas cuyas ramas se entrelazaban formando puente. Seguidamente se encaminó hacia una puertecita que, gracias al favor particular otorgado a uno de sus antepasados, honrado burgomaestre, fue practicada en los muros de la ciudad.

Atravesó el foso, que estaba seco, y llegó al sendero escarpado que conduce a sus viñas cercadas y expuestas favorablemente a los rayos del sol. Subió por la senda y pudo contemplar satisfecha la gran cantidad de racimos cuya abundancia apenas podían abrigar los pámpanos. A medio camino se formaba una parra, bajo cuyo dosel se llegaba por unos informes peldaños de piedra a la cima del viñedo; de este emparrado pendían las uvas albillas y las moscateles, en racimos de un azul rojizo y de un grueso extraordinario; estos frutos, cultivados con primor, se destinaban a la mesa y eran requisito de los huéspedes; el resto del viñedo sostenía vides cuyos racimos, aunque menores, daban un vino justamente alabado. Ante tal exuberancia sintió el gozo anticipado de la plenitud otoñal que lleva consigo la alegría de la fiesta de la vendimia, durante cuyo transcurso la comarca entera entrega las uvas cantando, las estruja en el lagar y llena de vino los toneles. Por la noche los fuegos artificiales iluminan toda la comarca y estruendan e incendian el cielo para dar mayor esplendor a la más hermosa de las cosechas.

Pero la buena madre empezó a sentirse inquieta al ver que después de haber llamado dos o tres veces a su hijo sólo obtuvo la respuesta del eco lejano de los baluartes. ¡Estaba tan poco habituada a buscarle! Si alguna vez se alejaba, nunca dejaba de advertírselo antes, a fin de evitarle inquietud y temores.

Entretanto, diose cuenta de que la segunda puerta del viñedo también estaba abierta, y prosiguió de nuevo el camino confiada en encontrar más lejos a su hijo.

Avanzó por la gran extensión de los campos que formaban el dorso opuesto de la colina. Contemplaba su hacienda y consideraba complacida la hermosura de los trigales cuyas espigas de oro, agitándose en la gran extensión del campo, parecía como si la saludaran. Siguió un camino lindero y se dirigió hacia el gran peral que se elevaba sobre una colina y servía de límite a sus posesiones. Nadie sabía quien lo había plantado. Se le distinguía desde lejos y de todas partes y sus frutos eran muy reputados. Durante el mediodía, en tiempo de cosecha, los hombres comían a su sombra, y los pastores que guardaban los rebaños conocían el lugar con sus propicios y rústicos bancos de hierba y piedra.

No se había equivocado. Hermann se encontraba sentado allí, la cabeza apoyada en su mano y como si contemplara los montes lejanos. Estaba vuelto de espaldas a su madre. Con paso quedo se acercó ésta a su hijo y le puso suavemente la mano en la espalda; él se volvió en seguida: tenía lágrimas en los ojos.

—¡Madre! —exclamó con sobresalto—. Me ha sorprendido.

—¿Qué te pasa, hijo mío? ¿Lloras? —le preguntó conmovida—. Te desconozco. ¿Qué tienes? Nunca te he visto así. Dime la causa de tu aflicción. ¿Por qué vienes a sentarte solo bajo este peral? ¿Por qué lloras?

El muchacho se reconcentró unos instantes y dijo poco después:

—Madre, sería preciso tener un corazón de piedra para sentirse insensible ante la miseria de esos pobres fugitivos que van hacia el destierro; sería necesario tener una cabeza vacía de todo raciocinio para vivir en estos días sin preocuparse de nuestra situación ni de la de nuestro país. Lo que hoy he visto y oído me ha conmovido profundamente. Al salir de casa he contemplado estas admirables y extensas tierras rodeadas de fértiles colinas; las doradas espigas que ya se inclinan próximas a convertirse en gavillas, la rica cosecha que promete llenar nuestros graneros. Pero ¡ay! ¡El enemigo está muy cerca! Cierto que las aguas del Rin nos defienden, pero ¿qué pueden las olas y las montañas contra esta nación terrible que se nos viene encima como una tempestad, arrastrando consigo jóvenes y viejos y corriendo siempre impetuosa? Esta avalancha no teme a la muerte. Una multitud empuja a otra y la reemplaza. Y entretanto yo me pregunto: ¿Puede haber todavía un alemán que ose permanecer en casa? ¿Confía tal vez en ser el único que pueda escapar del desastre universal que nos amenaza? Madre mía, confieso dolerme de no haber sido alistado entre los jóvenes reclutados últimamente. Cierto que soy hijo único, y por tal motivo libre del servicio militar; cierto que nuestras tierras y sus cuidados son considerables, pero ¿no sería mejor que acudiera a defender la frontera y a luchar contra el enemigo, en lugar de permanecer aquí esperando la miseria y la esclavitud? Sí, siento una voz que me llama, y siento también en el pecho un afán de luchar y morir si así es necesario por mi país. Precisa el ejemplo. ¡Ah, si toda la juventud alemana se lanzara sobre las fronteras, determinada a no ceder un palmo de tierra a los extranjeros, estoy seguro de que no pisarían nuestro suelo, ni veríamos que nos arrebatan las cosechas, disponen de los hombres y se llevan a nuestras mujeres! Sépalo usted, madre mía. Estoy decidido a ejecutar bien pronto mi proyecto: la razón y la justicia lo exigen. Del mucho deliberar no sale la mejor solución. Ya no volveré a casa. Ahora voy a la ciudad a ofrecer mis brazos y mi ayuda a los compañeros que defienden a mi patria. Y diga a mi padre que también anida en mi pecho el sentimiento del honor y el deseo de elevarme.

La buena madre le respondí llorosa, pues las lágrimas acudían fácilmente a sus ojos:

—¡Hijo mío! ¿Qué cambio se ha efectuado en ti? Ya no hablas a tu madre como antes; ayer mismo tu corazón no tenía secretos para mí. ¿Qué me ocultas? Cualquier otra que no fuese yo, seducida por tu ímpetu, se dejaría convencer y aplaudiría tu resolución como la más generosa de las inspiraciones. Pero yo te censuro. ¿Sabes por qué? Porque te conozco mejor y adivino tu disimulo. Si algo te inclina a partir estoy cierta de que no son ni las trompetas ni los tambores militares ni el deseo de presumir tu uniforme ante los ojos de las muchachas. No digo que no seas valiente, pero tu vocación es muy distinta: consagrarte a la casa, llevar la hacienda con gran cordura y cultivar las tierras con diligencia y cuidado. Así, pues, háblame como siempre. ¿Qué ha motivado tu determinación?

—Se engaña, madre —contestó Hermann con severidad—. Todos los días no son iguales: el muchacho madura y se hace hombre, y esa madurez —que origina grandes acciones— es más precoz en una vida apacible y serena que en otra incierta y tumultuosa en la que tantos jóvenes han naufragado. Aunque mi carácter sea sumiso, mi corazón siente aversión a las injusticias o iniquidades. Creo tener una idea clara y un santo criterio de las cosas del mundo. Mis brazos y mis piernas han sido fortalecidos por el trabajo. Todo esto es la pura verdad y puedo afirmarlo y sostenerlo. No obstante, madre, usted tiene razón para reñirme. No he dicho más que una parte de la verdad: he disimulado. Pues bien, lo confieso: no es la proximidad del peligro lo que me mueve a abandonar la casa paterna, ni el impulso abnegado de defender a mi patria, ni el pánico ante los enemigos. Eso han sido sólo palabras con las que he tratado de encubrir los verdaderos desgarros de mi corazón. ¡Oh, madre mía! He formulado votos inútiles, mis deseos son vanos, deje que mi vida se pierda inútilmente pues bien sé que si todos no se consagran a la misma causa, el sacrificio de un hombre solo se expone a una pérdida segura.

—Continúa —dijo la madre—, no me ocultes nada. Confiésame desde el mayor al menor motivo de tu agitación. Los hombres son violentos y a menudo se libran a ciertos extremos; los obstáculos les ponen furiosos. En cambio, la mujer tiene la suficiente habilidad para encontrar, si es preciso, oportunos rodeos que la conducen al fin propuesto. No me ocultes nada. ¿Por qué estás en un estado de alteración como nunca te he visto? ¿Por qué estás tan exaltado? ¿Por qué las lágrimas todavía enturbian tus ojos?

Ante estas preguntas, Hermann no pudo contener su emoción y lloró y sollozó en brazos de su madre. Vencida su reserva, contestó así:

—Las censuras de mi padre me han afligido mucho. Estos reproches no los merezco ahora ni los he merecido nunca. Desde pequeño siempre he tenido especial empeño y contento en respetar a mis padres. Nadie me parecía más prudente y recto que ustedes, cuyos desvelos y cuidados guiaron mis pasos en la infancia. He soportado muchas impertinencias por parte de mis camaradas; sin embargo, el veneno de su malicia nunca ha podido perjudicar el afecto que sentía por ellos. A menudo, cuando me hacían alguna maldad, disimulaba como si no la hubiera notado. Pero si se burlaban de mi padre, cuando el domingo salía de la iglesia con paso grave y respetuoso, si llegaban a mofarse de la cinta de su sombrero o de las flores de la bata que llevaba habitualmente y que hoy hemos regalado, entonces me echaba sobre ellos a puñetazos terribles, con furor ciego, y sin saber dónde caía mi puño: les hacía sangrar las narices, y entre chillidos y lloros, apenas si podían librarse de la furia de mi persecución. Este respeto filial, con los años me ha hecho sufrir mucho, por culpa de mi padre. Si alguien le había molestado o se habían burlado de él en la sesión municipal, yo pagaba las culpas y era víctima de sus palabras injuriosas suscitadas por la cólera de las querellas o intriga de sus colegas. Usted misma me ha consolado alguna vez. Sufría estos tratos siempre convencido de que debemos honrar a nuestros padres, reconocer sus atenciones y agradecer las privaciones y sacrificios que se imponen a fin de aumentar el patrimonio de sus hijos. Pero, ¡vamos!, con sólo estos cuidados, cuyos frutos son tardíos, no se alcanza la felicidad. Tampoco se logra apilando onza tras onza, ni añadiendo un campo a otro campo a fin de ensanchar las propiedades. Los padres envejecen y los hijos siguen sus pasos y ni unos ni otros disfrutan los goces presentes, roídos por el constante temor del porvenir. Mire esos campos extensos y, más abajo, la viña y el huerto; más lejos, las cuadras, los establos, los graneros… ¡Cuánta riqueza! ¡Hermosa huerta la nuestra! Pero en el fondo de todo también diviso nuestra casa y bajo su tejado la ventana de mi habitación y recuerdo las noches que desde este cuarto he visto levantarse la luna y las mañanas en que he contemplado la salida del sol. ¡Ah! Entonces dormía bien y pocas horas de sueño me bastaban. Ahora, en cambio, todo me parece triste, desierto. Mi habitación, el corral, la huerta y los campos hermosos me cubren la colina, nada me dicen. ¡Madre! Me falta una esposa.

—Hijo mío —respondió la madre—, si tu deseo es traer a nuestra casa una mujer a fin de que la noche sea para ti una hermosa mitad de la vida, y te haga parecer durante el día menos penosos y de más provecho tus trabajos y cuidados, créeme que tus padres no lo desean menos vivamente. Siempre te hemos aconsejado y aun empujado a elegir una novia; pero sé muy bien que mientras no llega la hora verdadera, la única, y con ella la auténtica compañera, se suspende la elección; pero sucede que cuanto más se tarda, más se titubea por el temor de dar un mal paso y equivocarse. Sin embargo, tu elección es un hecho, ¿no es verdad, hijo mío? Tu aflicción y tu dolor no mienten. Nunca te habías manifestado tan sensible como hoy. Sé franco conmigo, Hermann, confiésame si es cierto lo que mi corazón me dice: tu elegida es la muchacha fugitiva.

—Sí, madre mía: es ella, es ella. Usted lo ha dicho —soltó con vehemencia el joven—. Y considere que si hoy mismo no consigo traerla a nuestra casa, como prometida; si se aleja, y, como puede suceder a consecuencia de las perturbaciones de la guerra y de tantas funestas huidas, desaparece para siempre y mis ojos no han de verla jamás. ¡Oh madre mía!, es en vano que durante todo el transcurso de mi vida estos campos se cubran de las más hermosas cosechas, es inútil que cada año la abundancia me colme de bienes. Sí, nuestra casa, la huerta, los sembrados ya no tienen ningún encanto para mí. Tampoco la ternura de una made puede consolar a este infortunado. Siento que el amor afloja todos los demás lazos cuando nos anuda a los suyos. Si la hija se aleja de sus padres para seguir a su marido, también el hombre enamorado que ve partir a su elegida se olvida de que tiene una madre y un padre. Déjenme seguir, pues, el camino hacía donde me lleva mi desesperación. ¿Qué remedio me queda? Mi padre ha pronunciado la sentencia decisiva. Su casa ya no es la mía desde el momento en que la cierra a la única persona que yo quería traerle.

—Dos hombres opuestos en sus sentimientos y parecidos a dos rocas. Orgullosos e inmóviles, ni uno ni otro quiere dar el primer paso para un acercamiento; tampoco quiere ser el primero en pronunciar unas sencillas palabras de concordia. ¿Así estamos, hijo mío? Pues bien; te aseguro que por mi parte no he perdido las esperanzas, y confió en que tu padre, a pesar de haberse pronunciado contra tu posible elección de una muchacha pobre, te permitirá el casamiento con tu preferida siempre y cuando se trate de una joven buena y honrada. No te asusten sus palabras. ¿No le conoces? Se exalta y toma resoluciones que luego olvida. ¿Cuántas veces no ha consentido en lo que primero negó? Nada perderías acudiendo a él con buenas palabras; al fin y al cabo tiene derecho a ello: es tu padre. Además, ya sabemos que sus enfados se apaciguan bien pronto después de comer. En la mesa se acalora y excita discutiendo con los demás; el vino atiza su vehemencia y es cuando se exalta y dejándose llevar por ella sólo atiende a su voluntad y a su criterio, que manifiesta sin fijarse mucho en sus palabras; sólo se escucha a sí mismo y sólo cuentan para él sus propios sentimientos. Pero, a medida que va pasando la tarde, y ya terminadas las largas conversaciones con sus amigos, se dulcifica su carácter; apagado el rescoldo del vino, comprende los posibles errores a que pudo llevarle su vivacidad y si fue o no injusto con los demás. Vamos, hagamos la prueba, pues a veces el primer intento es el mejor y el atrevimiento es compañero del éxito. Por otra parte, confío en la ayuda de los amigos que todavía le acompañan, sobre todo en la del reverendo.

Pronunciadas estas palabras, la madre, después de alzarse del banco de piedra, hizo levantar también a su hijo, y ambos emprendieron, silenciosos y meditabundos, el camino de regreso.