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Hermann y Dortea.  Johann Wolfgang Goethe
Capítulo 3. TALÍA. LOS CIUDADANOS
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El joven evitó así la indignada reprimenda de su padre, quien, no satisfecho todavía, continúo diciendo:

—De un corazón vacío nada pueda salir, y así es inútil mi espera de ver realizado el vehemente voto que había formado sobre mi hijo. Mi ilusión hubiera sido no sólo que igualara a su padre, sino que le sobrepasara. Porque ¿qué sería de una familia, de una ciudad, si cada uno, siguiendo el ejemplo de nuestros antepasados y de los demás países, no realizara un esfuerzo constante y animoso para sostenerla y mejorarla? Un hombre en modo alguno debe parecerse a un hongo que, recién salido a la tierra, se pudre en el mismo sitio donde nace y no deja vestigio alguno de su paso y de su vida. Una simple mirada sobre una casa nos basta para juzgar inmediatamente, por su aspecto, del carácter de sus dueños, y lo mismo digo de una ciudad, pues, por pequeña que sea, es suficiente pasar un momento por ella para adivinar cuál debe ser el espíritu de sus magistrados. Allí donde las torres y las murallas caen en ruinas, las calles y los fosos están obstruidos por las inmundicias; allí donde piedra caída del muro no es puesta de nuevo en su sitio, la viga aparece carcomida y el edificio espera inútilmente unos puntales que lo sostengan, se puede decir, sin duda alguna, que existe una mala administración. Cuando las autoridades superiores no cuidan del orden y la higiene del pueblo, los ciudadanos se habitúan a la suciedad y a la pereza, lo mismo que el mendigo a sus harapos. Por todo esto quiero yo que Hermann emprenda un viaje y visite cuando menos Estrasburgo, Francfort y la risueña Manheim, de construcción tan igual y al propio tiempo tan bella. Quien ha visitado grandes y hermosas ciudades no descansará hasta conseguir embellecer su ciudad por pequeña que sea. Los extranjeros que nos visitan ¿no admiran nuestras grandes puertas que hemos reconstruido así como nuestra torre blanqueada de nuevo y nuestra iglesia que parece recién levantada? ¿No alaban nuestro pavimento enlosado y nuestros canales subterráneos, tan bien distribuidos, y por los cuales corre el agua en abundancia, tan indispensable para nuestros usos como inestimable contra el peligro de un incendio? ¿Todo eso no se ha conseguido después de nuestro terrible desastre? Las seis veces que he sido concejal, el Ayuntamiento me ha encargado de la inspección de los trabajos municipales; y puedo decir que prosiguiendo con ardor las empresas, terminando los trabajos empezados por hombres honrados, y que habían quedado aplazados, he obtenido y merecido la aprobación y la gratitud palpable de mis conciudadanos. Los demás miembros del Municipio acabaron por participar en mis entusiasmos; en la actualidad todos se esfuerzan en el mismo sentido. Y la nueva calzada que nos une con la carretera ha sido terminada y constituye una obra sólida. Pero me parece que nuestra juventud no seguirá tales ejemplos. Unos sólo piensan en los placeres y en los trajes: otros se amodorran en sus casas y se acurrucan junto a la lumbre. Mucho me temo que Hermann es de estos últimos.

—Siempre eres injusto con nuestro hijo —replicó su esposa—. Y con tu injusticia nunca verás realizadas tus esperanzas. No podemos formar a nuestros hijos según nuestra voluntad; tal como Dios los da, así debemos tomarlos, guiarlos y amarlos, consagrando nuestros cuidados a su educación y sin pretender forzar su naturaleza. Éste tiene tales cualidades, aquél tales otras. Cada uno usa de las suyas, y sólo puede ser feliz y bueno de la manera que le es propia. No quiero que riñas así a Hermann; me consta que es digno de la herencia que un día le corresponderá: cultiva nuestros campos con gran cuidado; es hábil y es un modelo entre nuestros campesinos y conciudadanos. Y estoy convencida de que si llega al Ayuntamiento no ocupará el último lugar. Pero si cada día le reprochas y riñes como acabas de hacer, descorazonarás al pobre chico.

Después de estas palabras salió de la habitación en busca de su hijo, impaciente por encontrarle y darle con sus maternales palabras unos consuelos afectuosos, que bien los necesitaba.

Así que hubo salido, el padre dijo sonriendo:

—¡Qué seres más especiales son las mujeres y los niños! Sólo querrían vivir a su capricho y que siempre se estuviera presto a halagarles. En fin, resumamos y acabemos: yo me atengo a la verdad del antiguo proverbio: <>.

—Estoy conforme con este refrán, vecino —dijo el boticario en tono circunspecto—. Y en todo momento busco a mi alrededor lo que puede mejorar mi situación, siempre y cuando la novedad no me resulte demasiado cara; pero ¿qué sacamos con interesarnos y develarnos en pos de las mejoras, si la bolsa no lo permite? Confesemos que el ciudadano tiene unos medios muy limitados. ¿De qué le sirve conocer lo bueno si no lo puede adquirir? Sus necesidades son demasiado grandes y su bolsillo demasiado pequeño; a cada paso ve detenidos sus propósitos. ¡Cuántas cosas hubiera hecho yo!; pero ¿cómo no retroceder, sobre todo en la crisis actual, en los gastos que acarrean tales cambios? Hace tiempo que habría modernizado mi casa y me la figuro con el brillo que le darían unas grandes vidrieras; sin embargo, ¿cómo puedo competir con el comerciante que une a su riqueza el conocimiento de los lugares donde se encuentra lo mejor de lo mejor? Fijaos en la casa de enfrente: ¿no parece nueva? ¡Con qué magnificencia se destaca el estuco blanco de las volutas sobre el fondo verde! ¡Qué grandes son sus ventanales y cómo brillan sus cristales que más bien parecen espejos! A su lado las demás casas de la plaza quedan eclipsadas. Y, no obstante, antes del incendio, las nuestras eran las más hermosas de la ciudad: la farmacia de El Ángel y el mesón de El León de Oro. En toda la comarca se hablaba de mi jardín; todos los transeúntes se paraban para contemplar, a través del enrejado, pintado en rojo, el mendigo y el enano en traje colorado y en forma de estatuas de piedra. Cuando invitaba algunos amigos a tomar el café en mi gruta, que, aun cuando me pese confesarlo, en la actualidad está cubierta de polvo y se derrumba, quedaban admirados del aspecto de la luz brillante y coloreada que despedía la gran diversidad de conchas. Y los conocedores se deleitaban contemplando el aspecto de los corales y galenas. En el comedor se extasiaban ante una serie de cuadros en los que se veían caballeros y damas de gran gala, paseándose por un jardín y ofreciendo o llevando ramilletes de flores en la punta de sus dedos afilados. Y bien, ahora pasa el tiempo y cambian las modas. Hoy día nadie se fija en estas pinturas, y eso me da gran tristeza; también me olvido de mi jardín. Rara vez me paseo por él, pues todos se empeñan en que debe presentar otro aspecto. Me hablan de nuevas modas, que los listones y los bancos de madera sean blancos… La moda pide que todo sea sencillo, liso: ni siquiera puede hablarse de dorados ni molduras. Pero en cambio se exige madera extranjera, supongo por ser la más cara. ¡Ya, ya! Bien quisiera yo renovarme y adquirir, como tantos otros, algunos objetos de uso moderno y marchar al compás del tiempo y remudar a menudo mis muebles; pero temo dar el paso más insignificante. ¡Al precio que están los jornales, cualquiera se arriesga a emprender nuevas obras! Muchas veces he pensado en hacer dorar de nuevo la enseña de mi farmacia, el arcángel Miguel y el dragón espantoso que se retuerce a sus pies, pero el precio de la reparación es tan alto que he preferido dejarla tal cual está: al fin y al cabo maldita la falta que le hace.