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Hermann y Dortea.  Johann Wolfgang Goethe
Capítulo 1. CALÍOPE. LA DESGRACIA COMPARTIDA
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No, nunca vi las calles y el mercado tan desiertos: la ciudad parece abandonada, como muerta; apenas si quedan en ella cincuenta vecinos. ¡Cuánto puede la curiosidad! Todos se dirigen en un continuo y precipitado correr a presenciar el triste espectáculo de las pobres familias fugitivas. De la ciudad a la carretera por donde deben pasar media casi una hora de camino, y, no obstante, todos acuden allí en pleno mediodía y bajo los rigores de un polvo abrasador. Por mi parte, no pienso abandonar mi sitio para contemplar, ¡oh desgracia!, el infortunio de esas gentes que huyen de nuestra opuesta y tan hermosa orilla del Rin llevando consigo cuanto han podido salvar, acuden hacia nosotros y vagan errantes a través de nuestro valle fértil. Esposa mía: bien hiciste enviando a nuestro hijo a distribuir ropa vieja, alimentos y bebidas entre estos desgraciados; dar es obligación del rico. ¡Y qué bien guía los caballos este muchacho, y con qué dominio los conduce! Nuestro cochecito, casi nuevo, reluce como una joya: podría llevar cómodamente cuatro personas sin contar el cochero en su delantera. Esta vez lo ocupa él solo: ¡con qué ligereza ha corrido al volver la esquina de la calle!

Así hablaba a su esposa el dueño de El León de Oro, sentado en la entrada de su casa, sita cerca del mercado, dejándose llevar por el hilo de sus ideas.

—No me gusta prodigar la ropa vieja que dejamos de usar —replicó la diligente y hacendosa mesonera—, pues no faltan ocasiones en que pueda ser útil y en caso de necesidad a veces no se encuentra fácilmente ni aun pagándola cara. Pero hoy que sólo oigo hablar de niños y ancianos desnudos, he dado con alegría buen número de nuestras camisas y mantas todavía en buen uso. Y aun he llegado a más: he saqueado tu armario, y tu bata de algodón fino, aquella de indiana rameada, forrada de franela. Era muy usada y pasada de moda. ¿Te habré disgustado?

El mesonero contestó sonriente:

—Confieso que me duele separarme de esta bata vieja; era de indiana auténtica y ahora sería imposible encontrar otra parecida. Pero, va, ¡tampoco la usaba!... Hoy día es obligado presentarse bien vestido y mejor calzado: las zapatillas y el gorro ya no se estilan.

—Mira —interrumpió la esposa—, ya regresan por aquel lado algunos de los que fueron a presenciar la huida de los fugitivos; ya deben haber pasado. ¡Y qué polvorientos vuelven y cuán encendidos de rostro! Con sus pañuelos secan una y otra vez el sudor de sus caras. Por vida mía que no seré yo quien corra tanto, en plena ardencia del día, para asistir a un espectáculo que me haría llorar como una Magdalena; de sobra tendré con escuchar su relato.

—Lo que es raro —dijo el mesonero con acento reposado— es que disfrutemos de un tiempo tan magnífico en el preciso momento de una cosecha tan buena. Entraremos el trigo muy pronto, como ya hicimos con el heno, sin haber visto una gota de lluvia: el cielo está sereno y sin la nube más ligera; y el soplo del viento del este nos trae una frescura agradable. Este buen tiempo durará y el trigo está en el punto preciso de su madurez; mañana empezaremos a segar la cosecha más rica de cuantas recuerdo.

Mientras hablaba aumentaba por momentos el número de hombres y mujeres que atravesaba el mercado y volvía a sus hogares. Por el lado opuesto de la plaza llegó rápidamente frente a su casa, ha poco reconstruida, el rico vecino, comerciante el más distinguido de la localidad. Llevaba a sus hijas en su coche descubierto (construido en Landau). Las calles aparecían nuevamente animadas, pues esta pequeña ciudad contaba con bastante población, que vivía de diversas fábricas y practicaba no escaso comercio. El matrimonio seguía los movimientos de la muchedumbre y se entretenía haciendo diversas observaciones.

—Mira —dijo la mesonera—, el cura llega por este lado, en compañía de nuestro vecino el farmacéutico. Sin duda nos contarán lo que han visto; por supuesto que habrá sido un espectáculo nada agradable.

Ambos se acercaron amistosamente, saludaron a los esposos y, sentándose cerca de ellos en los bancos de madera, sacudieron el polvo de sus zapatos y se abanicaron con los pañuelos.

Después de unos mutuos cumplidos, el boticario empezó a hablar y, poco más o menos, dijo en tono compungido:

—¡Así son los hombres! Sucede una desgracia a su prójimo y todos acuden satisfechos a contemplarla boquiabiertos; se apresuran a considerar las llamas devoradoras de un incendio que sube hasta el cielo; quieren conocer al desdichado criminal que sigue el triste camino del suplicio. Hoy mismo el pueblo entero ha salido a las afueras de la ciudad para contemplar las desgracias de estas pobres gentes expulsadas de sus hogares; ni uno solo piensa que de un momento a otro puede amenazarle un parecido infortunio. Ligereza imperdonable, a mi parecer, pero que, sin embargo, es muy humana.

Lleno de buen sentido, el venerable cura escuchaba en silencio. La ciudad se sentía orgullosa de él. Aunque todavía aparentaba ser joven, estaba próximo a la madurez. Conocía las variadas escenas que constituyen la vida humana, y sus sermones se basaban en la idiosincrasia de sus auditores. Saturado de la importancia de los libros sagrados que nos descubren la condición humana y el objetivo de la Providencia, no por eso ignoraba las obras y las tendencias de los autores profanos contemporáneos.

—No me apetece —dijo el buen cura— censurar una inclinación que la naturaleza, esta buena madre, dio al hombre y no precisamente con el fin de descarriarle. Muy a menudo, esta inclinación feliz que le guía y que es irresistible, alcanza lo que la inteligencia y la razón no siempre pueden conseguir. Si la curiosidad no atrajera al hombre por medio de sus potentes atractivos, decidme si nunca hubiera conocido la sorprendente belleza de las relaciones que en la naturaleza unen a todos los seres. Lo primero que el hombre quiere es lo nuevo; en seguida busca lo útil con ardor infatigable; por último aspira a lo que es bueno por excelencia gracias a lo cual se eleva y dignifica. La ligereza es la alegre compañera de su juventud, la que le oculta los peligros y borra al instante las huellas de las amarguras así que se ha extinguido su paso. ¡Feliz el hombre que ya en edad madura, por la calma de la razón de esta loca embriaguez, despliega con éxito su actividad lo mismo en la dicha que en el infortunio: sus esfuerzos producen el bien y compensan los males sufridos!

La impaciente mesonera interrumpió:

—Digan lo que han visto. Tengo prisa en saberlo.

—Después de lo que hemos presenciado —continuó el farmacéutico en tono expresivo—, tardaré mucho en volver a sentir alegría por cosa alguna. ¿Quién podrá contar la múltiple variedad de infortunios reunidos en uno solo? Antes de descender al llano, ya vimos levantarse gran polvareda a lo lejos, y, sin que pudiéramos distinguir los objetos, la muchedumbre de emigrantes que corría de colina en colina hasta perderse de vista; llegados a la carretera que corta oblicuamente el valle, y a pesar de la prisa y la confusión de los peatones, todavía hemos podido contemplar el paso de gran número de estos desgraciados. El aspecto de cada uno nos ha dado a conocer a la vez las penas y amarguras que acarrea la huida, y el dulce sentimiento de haber salvado la propia vida gracias a una feliz oportunidad. Los numerosos efectos que una casa contiene, y cuyo dueño cuidadoso coloca a su alrededor en el sitio más conveniente, para tenerlo siempre a mano, según su utilidad, todo esto, ¡triste espectáculo!, aparecía cargado en desorden sobre distintos vehículos y carretas, y atado con precipitación. La criba y la manta de lana estaban sobre el armario, la cama en la artesa, los colchones sobre el espejo. Y exactamente lo mismo que hace veinte años, cuando el terrible incendio que sufrió nuestro pueblo, hemos vuelto a ver cómo el peligro ofusca de tal modo la razón humana que le impulsa a salvar las cosas más insignificantes y le hace olvidar las más valiosas. Asimismo en este caso, los carros tirados por bueyes y caballos arrastraban objetos sin valor: tablas viejas, antiguos toneles, pajareras y jaulas; mujeres y niños andaban penosamente cargados de canastas, cajas y cestas llenas de trastos completamente inútiles, ¡tanta pena muestra el hombre en abandonar el menor de sus bienes! La multitud avanzaba confusamente, atropellándose desordenada y tumultuosa en medio del polvo de la carretera, que, a pesar de su anchura, era estrecha para engullir tal avalancha. Para más confusión, cuantos llevaban animales escuálidos pretendían marchar lentamente, en tanto los que iban a pie intentaban avanzar más aprisa. De esta multitud estrujada y compacta salía gran confusión de gritos de mujeres y niños, mezclados con los mugidos del ganado, los ladridos de los perros y los gemidos de los viejos y de los enfermos echados sobre lechos bamboleantes puestos en la cima de los carros repletos. De pronto se oye un chirrido; la rueda de un vehículo se desprende de un eje y lo hace volcar junto a un montículo. El carro se inclina hacia el foso, mientras sus ocupantes lanzan gritos de horror y caen en un campo próximo. Afortunadamente la caída no ha sido fatal. Si las cajas y los bultos no van a parar cerca del carro, mucho me temo que los desgraciados hubieran resultado aplastados bajo el peso de los bagajes y los muebles. El carro allá quedó atascado; los infelices, desprovistos de socorro, fueron abandonados a su suerte, pues sus compañeros se alejaron a toda prisa, no pensando más que en sí mismos y a su vez arrastrados por el torrente de la multitud. Corrimos en su auxilio; se trataba de unos pobres enfermos y viejos que, en sus hogares y en sus lechos, todavía encontraban cierto alivio a sus sufrimientos pero que ahora permanecían extendidos en el suelo, llagados, clamando quejumbrosos y gimientes, y sofocados por las nubes de polvo bajo el sol inclemente.

—¡Ah! —exclamó el huésped vivamente conmovido—. ¡Ojalá les encuentre mi hijo Hermann para socorrerlos y abrigarlos! Por mi parte prefiero no verlos: el infortunio me aflige demasiado. La primera noticia que he tenido de tan grandes calamidades ya me conmovió; y fue más que suficiente para decidirme a enviarles a toda prisa una parte de nuestra abundancia, a fin de que, por lo menos, algunos de estos desgraciados fugitivos pudieran reponer sus fuerzas. Pero no sigamos hablando de tan triste sucesos. El temor y la inquietud, que detesto más que la desgracia misma, se filtran con facilidad en el corazón del hombre. Pasemos a la habitación del fondo. Es más fresca, el sol no penetra en ella y sus muros espesos no permiten la entrada al calor.

El mesonero se levantó y, dirigiéndose a su mujer, le dijo:

—Esposa mía, trae una botella de aquel vino del 783 para disipar la melancolía. Aquí no beberíamos a gusto; las moscas zumbarían alrededor de los vasos.

Los tres penetraron en la casa y se deleitaron en la frescura de su interior.

La mesonera trajo en una bandeja de estaño, muy reluciente y circular, una botella de un vino límpido y clarete, este vino maravilloso del Rin, servido en copas de cristal verde a propósito para él. Los tres se sentaron alrededor de la mesa redonda y de sólidas patas, de madera oscura, encerada, pulida y brillante como un espejo. El mesonero brindó con el cura y los vasos dejaron oír un sonido cristalino. Su compañero sostuvo el suyo pero permaneció inmóvil y pensativo. El huésped le incitó amigablemente con las siguientes palabras:

—Ánimo, señor boticario, bebamos; hasta el presente la gracia de Dios nos ha preservado de este gran desastre, y sin duda también se dignará hacerlo en lo futuro. Precisa reconocer que después del castigo riguroso que nos infligió con el horrible incendio, nunca más ha dejado de favorecernos y darnos motivos de alegría. Ha velado por nosotros de un modo constante y con idéntico cuidado que el hombre tiene por la niña preciosa de sus ojos, pues se trata del más querido de sus órganos. ¿Por qué no ha de seguir protegiéndonos? En el peligro es donde se conoce a fondo todo su poder. Nuestra ciudad es floreciente, se ha visto llena de bendiciones desde el día en que la levantamos de sus cenizas, ¿por qué debía aniquilarla por segunda vez y hundir nuestros trabajos?

—No perdáis nunca la fe —añadió el cura con suave y pausado voz—, ella nos hace prudentes en la prosperidad y nos ofrece, cuando el infortunio, el consuelo más eficaz sin dejar de alimentar nuestras más halagüeñas esperanzas.

El mesonero añadió, expresándose en un profundo sentido:

—¡Cuántas veces, al regresar de un viaje de negocios, he saludado con emoción las olas del Rin! ¡Siempre me ha maravillado su grandiosidad! Su visión me ha inspirado ideas y sentimientos elevados, pero nunca pude imaginar que su orilla agradable me serviría de muralla contra los franceses ni que su ancho lecho equivaldría a un foso infranqueable. Ved cómo la naturaleza protege a nuestros bravos alemanes que nos defienden. El Señor nos ayuda en esta forma. ¿Por qué entregarnos a un abatimiento insensato? Los combatientes están fatigados y todos los indicios anuncian una próxima paz. ¡Ojalá vea cumplido mi augurio! Entonces este día tan esperado será festejado con gran solemnidad en nuestra iglesia. El concierto del órgano irá acompañado del repiqueteo de la campana y del son estridente de las trompetas, mientras en el templo se cantará el Te Deum. ¡Ojalá en este mismo día, amado reverendo, pueda yo ver a mi Hermann, con aire decidido, presentarse con su novia ante el altar! Y quiera Dios que esa festividad, que será celebrada en todo el país, coincida con el aniversario de esta nuestra alegría doméstica. Pero estoy apenado por que mi chico, tan activo y diligente en casa, se muestra indolente y arisco fuera de ella. No le gusta mezclarse con la gente, e incluso evita el trato con las muchachas y la alegría del baile que tan gratos son a la juventud.

Después imperó el silencio. Pero no tardó en oírse el resonar lejano del trote de unos caballos que fueron aproximándose. El galope cada vez se hizo más preciso; por fin se oyó el rodar de un coche y el vehículo entró con gran rapidez bajo las bóvedas de la casa, atronándolas con su estruendo.

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