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Fausto.  Johann Wolfgang Goethe
Capítulo 3. GABINETE DE ESTUDIO
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FAUSTO (Entrando acompañado del perro de aguas.)

He dejado atrás el campo y la pradera, cubiertos por la oscura noche que, con un miedo sacro, lleno de presagios, despierta en nosotros la mejor alma. Los impulsos salvajes, con su impetuosa fogosidad, se han sumido en el sueño. Ahora despierta el amor humano y el amor a Dios va animándose.

¡Quieto, perro! ¡No corras de acá para allá! ¿Qué olfateas aquí, en el umbral? Túmbate tras la estufa, te daré mi mejor cojín. Así como en el escarpado sendero nos divertiste con tus carreras, deja ahora que te cuide como a huésped tranquilo y bienvenido.

Ay, cuando en esta estrecha celda la lámpara arde de nuevo, amigable, en nuestro pecho hay claridad, la del alma que se conoce a sí misma. La razón empieza a hablar de nuevo y la esperanza florece otra vez. Se añoran los arroyos de la vida, se ansía llegar a las fuentes de la vida.

No gruñas, chucho. El ruido animal no armoniza con las sagradas músicas que ahora envuelven mi alma. Estamos acostumbrados a que los seres humanos se rían de lo que no entienden, a que rezonguen ante lo bueno y lo bello, que a menudo les resulta fastidioso. ¿Gruñe también el perro como los hombres?

Pero, ay, ya no siento brotar satisfacción de mi pecho, aunque ponga en ello el mayor de mis empeños. ¿Por qué tiene que secarse tan pronto el arroyo y hemos de sufrir sed una vez más? Ya he experimentado eso en muchas ocasiones, pero sé cómo satisfacer esa carencia. Aprendamos a valorar lo sobrenatural: ansiemos la revelación, que en ningún lugar refulge con mayores dignidad y hermosura que en el Nuevo Testamento. Siento el impulso de abrir este volumen con el texto original y, con honesto sentimiento, traducir de nuevo el sagrado texto a mi alemán querido. (Abre el volumen y se dispone a leerlo.)

Aquí dice: «En el principio fue la Palabra». Ya empiezo a atascarme, ¿quién me ayudará a seguir? No puedo darle tanto valor a la Palabra. Tengo que traducirlo de otra manera. Si el Espíritu me iluminara... Aquí dice: «En el principio fue el Pensamiento». Piensa bien en esta línea, la primera; que tu pluma no se apresure. ¿Es el pensamiento el que todo lo crea y por el que todo se obra? Tal vez ponga «En el principio fue la Fuerza». Pero ya, al escribirlo, algo me dice que no he de dejarlo así. Me ayuda el Espíritu, veo cuál es su consejo y escribo confiado: «En el principio fue la Acción».

Si quieres compartir el cuarto conmigo, perro, deja ya de ladrar. No quiero sufrir la cercanía de un compañero tan molesto. Uno de los dos tendrá que abandonar la celda. Con disgusto deniego tu derecho a disfrutar de mi hospitalidad. Te abro la puerta, tienes libre el camino. Pero ¿qué veo? ¿Puede ocurrir esto en la naturaleza? ¿Es una sombra o realidad? ¿Qué es lo que hace que mi perro de aguas crezca y se hinche? Se alza violentamente. Esa no es la forma de un perro. ¿Qué fantasma he metido en esta casa? Ahora tiene el aspecto de un hipopótamo de ojos de fuego y dientes espantosos. Oh, serás mío, seguro. Para estos engendros del infierno es buena la Clave de Salomón.

ESPÍRITUS

Dentro hay uno preso,
no lo sigáis, quedaos.
Como en la trampa el zorro,
tiene miedo el demonio.
Mas, atención, ¡mirad!
Volad de un lado a otro.
Volad de arriba abajo,
y así se zafará.
Tenéis que ayudarlo,
no lo dejéis plantado,
pues a todos nosotros
nos colmó de favores.

FAUSTO

Para acercarme al animal emplearé ahora el conjuro de los cuatro: «¡Que arda la Salamandra! ¡Que la Ondina se enrosque! ¡Que desaparezca el Elfo y que el Duende trabaje!». Aquel que nada sabe sobre los elementos, sobre su enorme fuerza, sobre sus propiedades, nunca logrará dominar a los espíritus. «¡Desaparece en llamas, Salamandra! ¡Fluye en la rauda corriente, Ondina! ¡Elfo, brilla en el bello meteoro! ¡Duende, trae ayuda hogareña! ¡Adelántate y cierra la marcha!»

Ninguno de los cuatro está en el animal, pues está tranquilo y le rechinan los dientes. Todavía no le he hecho daño. Pero me has a oír; te invocaré aún más. ¿Acaso, compañero, ta has escapado del infierno? Mira entonces el símbolo ante el que se posterna el oscuro ejército. Ya se hincha y se le erizan los pelos. Ser vil y depravado, ¿acaso distingues la presencia del de insondable origen, del jamás nombrado y enviado del Cielo, vilmente asesinado? Tras la estufa, escondido, se hincha como un elefante y llena el cuarto entero; desea escapar. ¡No subas hasta el techo! ¡Quédate a los pies del maestro! Yo no amenazo en vano. ¡Obedece o te abraso! No quieras esperar la luz del triple fuego. No quieras esperar mi más fuerte recurso.

MEFISTÓFELES (Al disiparse la niebla aparece con la figura de un estudiante viajero desde detrás de la estufa.)

¿A qué viene tanto ruido?, ¿en qué puedo servir al señor?

FAUSTO

¿Esto es lo que había dentro del perro de aguas? ¿Un estudiante viajero? Esto me hace reír.

MEFISTÓFELES

Saludo al erudito señor. Me ha hecho usted sudar la gota gorda.

FAUSTO

¿Cuál es tu nombre?

MEFISTÓFELES

La pregunta me parece de poca categoría para alguien que desprecia la Palabra; para alguien que, desdeñando toda apariencia, busca la esencia ahondando en las profundidades.

FAUSTO

En vuestro caso, señor, se puede llegar a la esencia conociendo el nombre; esto ocurriría si supiera, con toda claridad, si os apellidáis «Dios de las moscas», «Corruptor» o «Mentiroso». Bueno, ¿quién eres?

MEFISTÓFELES

Una parte de esa fuerza que siempre quiere el mal y siempre hace el bien.

FAUSTO

¿Qué significa ese acertijo?

MEFISTÓFELES

Soy el espíritu que siempre niega. Y lo hago con pleno derecho, pues todo lo que nace merece ser aniquilado, mejor sería entonces que no naciera. Por ello, mi auténtica naturaleza es eso que llamáis pecado y destrucción, en una palabra, el Mal.

FAUSTO

¿Por qué te defines como parte si estás entero ante mí?

MEFISTÓFELES

Te diré una discreta verdad: aunque el hombre, ese pequeño mundo de locos, suele considerarse un todo, yo soy una parte de la parte que al principio lo era todo. Soy una parte de la oscuridad que la luz engendró, esa luz soberbia que le disputa a la madre noche su antiguo rango y su lugar. Sin embargo, aunque se esfuerce no lo logra, pues está presa de los cuerpos. Surge de los cuerpos y a los cuerpos embellece, pero un cuerpo opaco la detiene. Espero que esto no dure mucho tiempo y que sucumba pronto a los mismos cuerpos.

FAUSTO

Ahora capto tus dignas obligaciones. No puedes aniquilar nada grande, por eso empiezas por lo pequeño.

MEFISTÓFELES

Y cierto es que no he conseguido mucho con ello. Por más que me he empeñado, no he conseguido destruir lo que se enfrenta a la Nada, el Algo, este mundo tan tosco. A pesar de las olas, las tormentas, los terremotos y los incendios, al final se quedan en paz el mar y la tierra. Y a ese maldito engendro de vida humana y animal tampoco hay por dónde cogerlo. ¡A cuántos he enterrado ya! Y sin embargo, la sangre vuelve a fluir, nueva y fresca; y así continúa todo. Es como para volverse loco. En el aire, en el agua y en la tierra germinan miles de semillas, ya sea el medio seco, húmedo, caliente o frío. Si no me hubiera reservado el fuego, no tendría nada para mí.

FAUSTO

Así opones tú al eterno poder creador y salvífico tu frío puño diabólico, que aprietas impotente con alevosía. ¡Emprende algo diferente, extraño hijo del caos!

MEFISTÓFELES

Te aseguro que pensaremos más en ello la próxima vez. ¿Me puedo marchar ahora?

FAUSTO

No comprendo por qué me lo preguntas. Ahora que te conozco, ven a visitarme cuando quieras. Aquí tienes la ventana, ahí la puerta, incluso el hueco de la chimenea está a tu disposición.

MEFISTÓFELES

He de confesarlo: hay un pequeño obstáculo que me impide salir de aquí, la estrella de cinco puntas del umbral.

FAUSTO

¿Te hace daño esta estrella? Pues si eso te espanta, hijo del infierno, dime entonces, ¿cómo entraste aquí? ¿Cómo conseguiste burlar a ese espíritu?

MEFISTÓFELES

Fíjate en ella. No está bien trazada. El ángulo que va hacia fuera, como ves, se abre excesivamente.

FAUSTO

¡El azar ha acertado! ¡Eres mi prisionero! Pero ¿lo he conseguido por casualidad?

MEFISTÓFELES

El perro de aguas no lo vio al entrar de un salto. Pero ahora la cosa cambia, el diablo no puede salir de la casa.

FAUSTO

Y ¿por qué no sales por la ventana?

MEFISTÓFELES

Es una ley del diablo y los fantasmas. Allá por donde logramos entrar hemos de marcharnos. Para lo primero tenemos libertad, de lo segundo somos esclavos.

FAUSTO

¿Hay también leyes en el infierno? Me alegro de saberlo; entonces, ¿se podrá pactar con vosotros, señores?

MEFISTÓFELES

Podrás disfrutar lo pactado sin que te sea escatimado nada. Pero explicar esto requiere su tiempo y a tal efecto nos veremos otro día. Esta vez ruego encarecidamente que se me deje salir de aquí.

FAUSTO

Pero, quédate un momento y dime la buenaventura.

MEFISTÓFELES

¡Déjame salir! Pronto volveré. Entonces podrás preguntarme lo que quieras.

FAUSTO

Yo no te he perseguido. Has sido tú el que ha caído en la red. Aquel que ha atrapado al diablo, ¡que no lo suelte!; no volverá a atraparlo por segunda vez.

MEFISTÓFELES

Si tanto lo deseas, estoy dispuesto a quedarme haciéndote compañía a condición de poder hacerte pasar el tiempo con mis artes.

FAUSTO

Me parece muy bien, tienes permiso con tal de que esas artes sean gratas.

MEFISTÓFELES

Amigo mío, ganarás más para tus sentidos en esta hora, que en la monotonía de un año. Lo que te canten los tiernos espíritus, las bellas imágenes que te brinden, no serán un vacío juego de magia. Tendrás placer para el olfato y un agradable regusto en el paladar, y al final se encenderán tus sentimientos. No es necesario hacer preparativos. Estamos juntos, vamos a empezar.

ESPÍRITUS

Desapareced, bóvedas
oscuras de la techumbre.
Mira el mayor hechizo
del amigable y azul
éter que está penetrando.
Desvaneceos de una vez,
tenebrosas nubes negras.
Centellean estrellitas,
pues la luz de suaves soles
entre ellas se va filtrando.
Esa belleza sutil
de los hijos de los cielos,
al flotar sobre nosotras,
tímida, nos reverencia.
El deseo anhelante
acompaña nuestros pasos.
Y los aleteantes
flecos de los atavíos
cubren todas las tierras,
cubren la vegetación
de allí donde los amantes
muy solemnes prometieron
entregarse de por vida.
¡Follaje sobre follaje!
¡Sarmientos que echan renuevos!
El bien cargado racimo
cae en el receptáculo
del lagar que lo tritura,
y brota un gran arroyo
de vinos espumeantes
que se desliza por rápidos
de bellas piedras preciosas
y, dejando las alturas
tras de sí, en su caída,
se ensancha y hace un lago
y así la felicidad
reinará en las colinas.
Y un ejército de aves
paladea el placer.
Se van acercando al sol,
se aproximan a las islas
claras que, sobre las olas,
en apariencia se mueven.
Allá en coro oímos
suspiros alborozados.
Volando sobre llanuras
vemos figuras que bailan
y que se van desperezando
bajo el manto del cielo.
Algunos van escalando
por las elevadas cumbres.
Otros, cruzando a nado,
cortan las olas del mar.
Otros van volando y flotan.
Todos en busca de vida,
en busca de tierras lejanas,
de estrellas acogedoras,
de gracia y serenidad.

MEFISTÓFELES

¡Duerme! ¡Muy bien, tiernos hijos del aire! ¡Lo habéis arrullado a conciencia! Estoy en deuda con vosotros por este concierto. -¡Todavía no eres el hombre indicando para retener al demonio!- ¡Seducidlo con dulces formas oníricas, hundidlo en un mar de delirios! Mas, para romper el hechizo del umbral, requiero el diente de un ratón... Aunque no habré de conjurarlo mucho tiempo; ya oigo deslizarse a uno y pronto me escuchará.

El señor de las ratas y los ratones, de las moscas, ranas, chinches y piojos, te manda que te atrevas a salir y roas ese umbral tan rápido como si rezumara aceite. Ya veo que sales. ¡Manos a la obra! El pico que me retenía era el de la esquina de delante. ¡Otro mordisco más y ya está hecho! -Fausto, sigue soñando hasta que nos volvamos a ver.

FAUSTO (Despertando.)

Entonces, ¿he sido engañado otra vez? ¿Se disipa así la fuerza de tantos espíritus? ¿Acaso fue una mentira, un sueño, que viniera un demonio y que un perro se me escapara?