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Fausto.  Johann Wolfgang Goethe
ACTO 4. Hochgebirg
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ALTA MONTAÑA

(De impertérritas y escarpadas cumbres rocosas. Una nube se acerca a la montaña, se queda junto a ella y va descendiendo para, al llegar a un repecho saliente, detenerse y abrirse.)

FAUSTO (Apareciendo.)

Al contemplar bajo mis pies la más profunda de las soledades, piso animado el borde de estas cumbres, abandonando la nube que me trajo en días claros por encima de la tierra y el mar. Se va separando de mí sin disiparse. La abombada masa marcha hacia Oriente, los ojos la van siguiendo con asombro, ella se divide al ir avanzando, va dando lugar a ondulaciones, se modifica. Pero está tomando cierta forma... Los ojos no me engañan. En estas cimas llenas de sol veo imponentemente tumbada una imagen de mujer semejante a los dioses. Parecida a Juno, a Leda, a Helena, qué majestuosa aparece ante mis ojos. Ah, se está desbaratando, pierde la forma, se va extendiendo, se acumula en montones, se empieza a depositar en Oriente como si fuera una lejana montaña llena de nieve, y refleja deslumbrante el recuerdo de efímeros días. En torno a mí flota, alrededor de mi pecho y de mi frente, una ráfaga de neblina que me regocija con su frescor y su caricia. Ahora sube ligera y vacilante más y más arriba, y allí se va concentrando. ¿Me engaña una encantadora imagen como si fuera aquel supremo bien sólo disfrutado en la juventud y hace tanto tiempo perdido? Los tempranos tesoros brotan de las profundidades del corazón. Esto me impulsa al amor de la aurora de ligero vuelo, me lleva a aquella visión rápidamente percibida y apenas comprendida, que, una vez que perduró, superó el brillo de todos los tesoros. Al igual que la belleza del alma, esta noble figura se eleva, no se disipa, se eleva hasta el éter y se lleva consigo lo mejor de mí.

(Una pisada de bota de siete leguas retumba en el suelo; a esta sucede otra. MEFISTÓFELES baja de ellas. Las botas siguen su camino ascendente.)

MEFISTÓFELES

Esto sí que es avanzar. Pero, dime qué se te pasa por la cabeza. ¿Has bajado lleno de esos pesares por peñascos de bocas cruelmente entreabiertas y bostezantes? Conozco bien eso, pero no de este lugar, sino del fondo del infierno.

FAUSTO

Gustas de prodigar el relato de delirantes leyendas. ¿Vas a contarme una de ellas?

MEFISTÓFELES

Cuando Dios, el Señor -bien conozco yo las razones-, nos hizo emigrar del aire a las más hondas profundidades, allá donde en el centro arde un fuego eterno, nos encontrábamos ante un excesivo fulgor, muy apretados e incómodos. Los diablos empezamos a toser todos a la vez, el infierno se inundó de hedor de azufre y ácido. Se formó un gas tan horrible que la corteza de la tierra de los continentes estalló, en todo su grosor. Ahora hemos pasado al otro extremo, lo que antes era abismo ahora es cumbre. En eso se funda la recta doctrina de variar lo más bajo por lo más alto. Entonces, de la abrasadora esclavitud pasamos al aire libre. Este es un patente misterio, bien guardado, que sólo se revelará a los pueblos más tarde (Efes., 6, 12).

FAUSTO

La masa de montañas permanece distinguidamente silenciosa ante mí. No pregunto ni de dónde procede ni por qué está ahí... Cuando la naturaleza se construyó a sí misma, el globo terráqueo tomó por sí mismo una perfecta forma redonda; luego se solazó creando picos y barrancos, luego plácidamente modeló las colinas y suavizó las pendientes en el valle. Allí todo verdea y crece y para entretenerse no necesita hacer locuras.

MEFISTÓFELES

Eso es lo que tú piensas y te parece tan claro como la luz del sol, pero el que estuvo allí presente sabe que fue de forma diferente. Allí estaba cuando la masa hirviente del abismo borboteando se hinchó despidiendo una tormenta de llamas, cuando el martillo de Moloc, fundiendo unas rocas con otras, arrojaba a gran distancia los escombros del monte. En la tierra están aún inmóviles esas extrañas masas. ¿Quién puede explicar la fuerza de ese impulso? El filósofo no puede explicarla. La roca está allí y hay que dejarla, lo hemos meditado hasta perder la cabeza. El pueblo sencillo es el único que comprende sin caer en el desvarío. La sabiduría ha tenido mucho tiempo para madurar en él. Este es un prodigio que se debe atribuir a Satanás. Mi peregrino cojeando y apoyándose en su bastón se acerca a la piedra del diablo y al puente del diablo.

FAUSTO

Es curioso observar cómo contemplan los diablos la naturaleza.

MEFISTÓFELES

¿Y a mí eso qué me importa? Que la naturaleza sea como le plazca. Esta es una cuestión de honor, allí estaba el diablo. Somos los indicados para lograr grandes cosas. Tumulto, violencia y delirio; he ahí la señal. Pero, hablando en serio, ¿no hay nada en la superficie que te haya gustado? Abarcaste con la mirada lo que no tenía medida. «Los reinos del mundo en su esplendor» (Mateo, 4). Pero, insaciable como eres, ¿no has tenido nunca algún deseo?

FAUSTO

Claro que lo he tenido. Algo grande me ha atraído. ¡Adivina lo que es!

MEFISTÓFELES

Pronto te lo conseguiré. Escogería para mí una capital así: en el centro los lugares donde obtienen su sustento los ciudadanos, callejuelas estrechas y tortuosas, fachadas con pináculos, un reducido mercado con coles, nabos, cebollas, puestos de carne donde pululan las moscas para atiborrarse de grasa de carne. Allí encontrarás en todo momento hedor y actividad. Después, amplias plazas, calles anchas para mostrar cierta apariencia distinguida. Finalmente, allá donde los límites de las puertas se han superado, encontrarás arrabales sin fin. Allí me deleitaré con el rodar de los carruajes, con el vaivén del tráfico, con las idas y venidas del tránsito de un bullicioso hormiguero. Y allá donde vaya, andando o cabalgando, yo siempre parecería el centro venerado por centenares de miles de personas.

FAUSTO

Eso no me puede contentar. A uno le alegra que la gente se multiplique, que se alimente bien y a su gusto, incluso que se eduque y que se instruya... sin embargo, no se da lugar más que a rebeldes.

MEFISTÓFELES

Luego, en un agradable lugar, me construiría un palacio de recreo de estilo grandioso, como bien sé yo hacerlo. El bosque, las colinas, las llanuras, las praderas, la campiña, todo estaría dispuesto como un espléndido jardín. Ante muros de verde, rectilíneas avenidas, enramadas artificiales, cascadas que se precipitan a pares sobre las piedras y fuentes de todas las clases; allí, el agua brota majestuosa pero a los lados va saliendo susurrante y haciendo mil filigranas. Luego, a las más bellas de las mujeres les construiría una acogedora y cómoda casita y pasaría allí el tiempo sin fin, en un retiro disfrutado en buena compañía. Digo «mujeres» pues, de una vez por todas, las bellas me gustan en plural.

FAUSTO

Perverso y moderno Sardanápalo.

MEFISTÓFELES

¿Se podrá llegar a saber a qué aspirabas? Seguro que era algo sublime y audaz. ¿Te remontaste flotando tan cerca de la Luna, te llevó tu ansia allí?

FAUSTO

¡En absoluto! La esfera terrestre ofrece aún campo para grandes logros. Todavía puedo lograr lo digno de admiración. Me siento con fuerzas para un audaz empeño.

MEFISTÓFELES

¿Y así pretendes obtener la fama? Se nota que has estado entre heroínas.

FAUSTO

Obtendré la jerarquía, la propiedad. La acción lo es todo, la fama no es nada.

MEFISTÓFELES

Pero, sin duda, habrá poetas que darán cuenta a la posteridad de tu brillantez invocando a la locura con locura.

FAUSTO

Todo eso es ajeno para ti. ¿Qué sabes tú de los deseos del hombre? ¿Qué sabe tu repugnante, amargo y áspero ser de las necesidades del hombre?

MEFISTÓFELES

¡Que todo sea según tu voluntad! Confíame hasta dónde llegan tus delirios.

FAUSTO

Mis ojos miran a alta mar. Esta se hinchaba para alcanzar lo más alto, luego se hundía para romper, abarcando la extensión de la orilla. Y me apenó cómo el orgullo, a impulsos de una sangre inquieta y apasionada, lleva al espíritu libre, que respeta todos los derechos, a un sentimiento de malestar. Esto me pareció obra de la casualidad, agucé mi vista, la ola se detuvo, retrocedió y se alejó del punto que orgullosamente había alcanzado; llegada la hora, repitió su juego.

MEFISTÓFELES (A los espectadores.)

En ello no hay nada nuevo que aprender para mí. Ya lo conozco desde hace cien mil años.

FAUSTO (Continúa hablando apasionadamente.)

La masa va deslizándose estéril y difusora de la esterilidad en mil lugares. Ahora se hincha, crece y rueda cubriendo el yermo terreno de la desierta playa. Allí ejerce su dominio ola sobre ola, se retira sin haber creado nada, lo cual me produce espanto hasta la desesperación. Es una fuerza de elementos desencadenados que no tiene fin alguno. Aquí mi espíritu intenta ir más allá de sí mismo, quiero luchar, deseo vencer. ¡Y es posible!, por mucho que suba la marea, el mar cede ante cualquier colina; es posible que se siga agitando altivo, pero una pequeña altura aplaca su orgullo, una pequeña hendidura lo atrae fuertemente. Entonces fui concibiendo un plan tras otro: logra, me dije, el gran placer de sustraer al soberano mar de sus orillas, reducir sus enormes y húmedos límites y hacer que se vaya encerrando en sí. He sabido poco a poco ir madurando esto. Este es mi deseo, atrévete a propiciar su consecución.

(Se oyen tambores y música de guerra desde la lejanía, que proviene de la parte derecha del escenario.)

MEFISTÓFELES

¡Qué fácil! ¿No escuchas los tambores en la lejanía?

FAUSTO

¡De nuevo hay guerra! Al hombre juicioso no le agrada oír eso.

MEFISTÓFELES

En guerra o en paz, lo apropiado es sacar partido de las circunstancias. Hay que perseguir el momento, saber cuándo llega. La ocasión está ahí. Fausto, aprovéchala.

FAUSTO

Deja ya esa maraña de enigmas y dime lo que significan.

MEFISTÓFELES

Durante mis viajes no ha quedado para mí inadvertido que el buen Emperador está pasando apuros. Tú ya lo conoces. Cuando nosotros le pusimos en sus manos una falsa riqueza, para él todo el mundo estaba en venta. Cuando era joven aún, le correspondió en suerte el trono y llegó a la falaz conclusión de que podían ir de la mano -pues era deseable y bonito- reinar y divertirse a un tiempo.

FAUSTO

Ese es un grave error. Aquel que manda debe encontrar en el mandato su dicha. Su pecho ha de estar lleno de una alta voluntad, pero aquello que él desee debe ser insondable para todos. Lo que susurra al oído a los más fieles ya está hecho y todo el mundo queda sorprendido. Él siempre tiene que ser el supremo y el más digno; la diversión nos hace vulgares.

MEFISTÓFELES

Él no es así. Él mismo se entregó al placer y ¡de qué manera lo hizo! Entretanto, el imperio cayó en una anarquía en la que el grande y el pequeño se peleaban por aquí y por allá, en la que los hermanos se perseguían y se mataban, fortaleza contra fortaleza, ciudad contra ciudad, los gremios se rebelaban contra la nobleza, el obispo contra el cabildo y la comunidad; bastaba que uno mirase a otro para que ambos se hicieran enemigos. En las iglesias eran habituales la muerte y el asesinato; ante las puertas de las ciudades, todos los comerciantes y mercaderes estaban perdidos. En todos aumentaba no poco la osadía, pues vivir significaba defenderse. Todo, en fin, seguía su curso.

FAUSTO

Más que seguir su curso, cojeaba, caía, volvía a incorporarse, después se desplomó y rodó como un bulto.

MEFISTÓFELES

Nadie podía condenar aquella situación. Todos podían, todos querían hacerse valer. El más pequeño aspiraba a todo, pero al foral todo se hizo insoportable para los mejores. Los más esclarecidos se levantaron pujantes y dijeron: «El Señor es el que nos depara consuelo. El Emperador no puede y no quiere. Elijamos un nuevo Emperador, demos nueva vida al imperio y mientras él nos resguarda a todos, aunemos en un mundo nuevo paz y justicia».

FAUSTO

Esto suena muy clerical.

MEFISTÓFELES

También había allí clérigos, ellos aseguraban su estómago bien alimentado. Estaban más implicados que otros. El levantamiento creció, el levantamiento fue bendecido y el Emperador, al que hicimos feliz, viene aquí en retirada, tal vez para su última batalla.

FAUSTO

Me da lástima, pues me parecía bueno y franco.

MEFISTÓFELES

Vamos, veamos la situación. Mientras hay vida, hay esperanza. Librémoslo de su encierro en este estrecho valle. Salvándolo una vez, lo habremos salvado mil. ¿Quién sabe cómo caerán a partir de ahora los dados? Si tiene suerte, también tendrá vasallos.

(Suben a un monte de mediano tamaño y observan la formación del ejército en el valle. Los tambores y la música guerrera resuenan y llegan hasta la cima del monte.)

Veo que la posición está bien tomada. Con una intervención nuestra, la victoria será completa.

FAUSTO

¿Con qué vendrás ahora?, ¿con el engaño?, ¿con artificios mágicos?, ¿con vacuas apariencias?

MEFISTÓFELES

Con una astucia guerrera que nos ayudará a ganar batallas. Concibe grandes ideas, mientras que piensas en tu fin. Si le conservamos al Emperador su trono y sus dominios, te bastará arrodillarte y recibirás en donación la ilimitada playa.

FAUSTO

Tú ya has conseguido muchas cosas. A ver si ahora consigues ganar una batalla.

MEFISTÓFELES

No, serás tú el que la gane. En esta ocasión serás tú el general en jefe.

FAUSTO

Esto sería un auténtico timbre de gloria para mí: dar órdenes sobre algo de lo que no entiendo.

MEFISTÓFELES

Tú déjale eso al estado mayor, y así el mariscal quedará a salvo. Desde mucho tiempo atrás he presentido el hedor de la inmundicia bélica y al instante formé por adelantado el gabinete de guerra sirviéndome de la primitiva fuerza de los rudos primitivos de las montañas. Afortunado aquel que consigue reunirlos.

FAUSTO

¿Qué veo allí equipado con armas? ¿Has conseguido poner en pie de guerra a la gente de las montañas? MEFISTÓFELES

No, pero al igual que Peter Squenz he conseguido extraer la quintaesencia de esta ralea inmunda.

(Entran LOS TRES VIOLENTOS; Sam. II, 23,8).

He aquí a mis muchachos. Son de edades muy diversas y llevan distinto armamento y vestimenta. No te llevarás mal con ellos. (A los espectadores.) A cada uno de ellos les gusta el arnés y la gola de caballero, y aunque estos andrajos son alegóricos, se sienten muy bien con ellos.

MATÓN (Joven pertrechado con armas ligeras y vestido con un traje de mucho colorido.)

Si alguien me mira a los ojos, le suelto un puñetazo en sus morros y al cobarde que huya lo cojo por sus cabellos.

RATERO (Viril, bien armado, ricamente vestido.)

Eso son vanas bravatas, con ellas se pierde el tiempo. Ocúpate sólo de apropiarte de cosas, pregunta después por lo demás.

FORZUDO (Añejo, muy armado, sin vestido.)

Tampoco se ha ganado mucho con eso. Un gran capital rápidamente se deshace al paso de la corriente de la vida. Aunque está muy bien tomar mucho, mejor es conservar. Haz caso a tu canoso colega y nadie podrá quitarte nada.

(Todos van descendiendo.)

A LOS PIES DE LA MONTAÑA

(Resuenan tambores y música militar que viene de abajo.

Se arma la tienda del EMPERADOR.)

(El EMPERADOR, el GENERAL EN JEFE y la ESCOLTA IMPERIAL.)

GENERAL EN JEFE

Me sigue pareciendo bien trazado el plan de replegar al ejército en bloque en este bien situado valle. Espero que esta sea una buena elección.

EMPERADOR

Ya se verá el resultado. Me molesta esta especie de huida, este retroceder.

GENERAL EN JEFE

Observad, soberano, nuestro flanco derecho. Es un emplazamiento pintiparado para la estrategia bélica. Las colinas, aunque no son escarpadas, tampoco son accesibles del todo, resultan propicias para los nuestros y una trampa para el enemigo. Estando nosotros semiescondidos en la ondulada llanura, la caballería no osará adentrarse.

EMPERADOR

No me queda más remedio que aplaudir; aquí se probará la fuerza de los brazos y los corazones.

GENERAL EN JEFE

Aquí en los anchos espacios del centro de la llanura verás a la falange dispuesta para luchar. Las picas centellean en el aire al fulgor del sol que se filtra por los vapores de la niebla de la mañana. ¡Qué sombrío ondea el poderoso cuadrado! Hay millares de hombres dispuestos para una gran hazaña. Podrás reconocer la fuerza de la masa, confío en que sabrán dispersar las fuerzas enemigas.

EMPERADOR

Por primera vez veo algo tan bello de un golpe de vista. Un ejército así vale por dos.

GENERAL EN JEFE

Nada he de decir de nuestra izquierda. El inmóvil peñasco está ocupado por valientes héroes. La roca en la que ahora reluce el brillo de las armas defiende el importante paso del estrecho desfiladero. Ya presiento que, inesperadamente, aquí fracasarán las fuerzas enemigas en una sangrienta empresa.

EMPERADOR

Por allí van los falsos parientes que, llamándome tío, primo y hermano, se permitían siempre nuevas libertades. Ellos me quitaron el poder del cetro y la veneración que le corresponde al trono. Después, divididos entre sí, devastaron el imperio y ahora reunidos se vuelven contra mí. La multitud fluctúa indecisa, mas al final va como un río allá donde la corriente la lleva.

GENERAL EN JEFE

Un hombre fiel, enviado como informador, baja apresuradamente por los riscos. ¡Ojalá haya tenido suerte!

PRIMER EXPLORADOR

Nuestra trama ha salido tan bien que hemos avanzado acá y allá, pero son poco gratas las nuevas que traemos. Muchos te prometen pleno vasallaje, como gran parte de la fiel mesnada, pero disculpan su inactividad por la agitación interior, por el peligro que supone el pueblo.

EMPERADOR

La doctrina del egoísmo es y seguirá siendo guardarse a sí mismo, no lo es ni la gratitud ni el deber ni el respeto ¿No os dais cuenta de que cuando vuestra medida se haya colmado el incendio de la casa del vecino os consumirá?

GENERAL EN JEFE

Ahí se acerca el segundo explorador bajando muy despacio. A este hombre fatigado le tiemblan todos los miembros.

SEGUNDO EXPLORADOR

Primero disfrutamos viendo el errar loco de ese tumulto asalvajado. De pronto, inesperadamente, aparece un nuevo Emperador y, por sendas ya marcadas, lleva a la muchedumbre por la llanura: todos siguen las engañosas banderas desplegadas con su naturaleza de cordero.

EMPERADOR

Por mi bien, viene a mí un Antiemperador. Ahora empiezo a sentir que soy el Emperador. Antes sólo me puse el arnés como soldado, ahora me lo pondré con fines más altos. Todas las fiestas, aunque fueran lucidas y en ellas no faltara de nada, me hacían echar de menos el peligro. Cuando empezabais el juego de ensartar el anillo en la lanza, el corazón me latía, yo comenzaba a respirar el aire propio del torneo y, si no me hubieseis desaconsejado guerrear, ya resplandecería yo por mis propias heroicidades. Sentía en mi pecho el sello de la independencia cuando me vi reflejado en el reino del fuego. Este elemento se lanzó cruelmente contra mí. Sólo era una apariencia, pero la apariencia era grande. Confusamente he soñado con triunfos y gloria. Voy a reparar lo que, olvidando mi honra, desatendí.

(LOS HERALDOS son enviados para amenazar al Antiemperador. FAUSTO está provisto de un arnés y un casco con la visera entreabierta. LOS TRES VIOLENTOS, armados y vestidos como se describía más arriba.)

FAUSTO

Nos presentamos con la confianza de no ser reprendidos; aun sin necesidad, la previsión ha tenido su premio. Sabes que la gente de la montaña piensa y discurre; han estudiado en el libro de la naturaleza y las rocas. Los espíritus, que hace mucho emigraron de la Tierra, sienten más querencia que nunca por la rocosa sierra. Obran en silencio por las laberínticas grietas de las montañas en medio del gas de ricas emanaciones metálicas. En la continua escisión, la continua prueba, la continua unión, su único impulso es descubrir algo nuevo. Con la mano ligera de los poderes espirituales, ellos labran formas diáfanas y después miran en el cristal los fenómenos eternamente silentes del mundo superior.

EMPERADOR

He oído hablar de ello y te creo, ¿pero a qué viene eso, hombre valeroso?

FAUSTO

El nigromante de Norcia, el sabino, es tu fiel y honrado servidor. ¡Qué horrible suerte lo amenazaba con crueldad! Los ramajes secos empezaban a chisporrotear, el fuego empezaba a arder en forma de lenguas mezclado con pez y con azufre. Ni un hombre ni Dios ni el demonio lo podían salvar. Tu majestad rompió aquellas cadenas candentes. Esto ocurrió en Roma y él quedó en gran deuda contigo y siempre sigue atento cómo marchan tus asuntos. Desde entonces, se ha olvidado de sí mismo, sólo hace preguntas acerca de ti a las estrellas y a las profundidades. Nos encargó, como principal cometido, estar a tu lado. Las fuerzas de la montaña son grandes, allí la naturaleza actúa con libertad y con gran poder. La obtusa inteligencia de los clérigos llama a eso brujería.

EMPERADOR

En día de contento, cuando saludamos a los huéspedes que despreocupados vienen a disfrutar alegres, nos complacemos al ver cómo todos se empujan y oprimen y la entrada de un hombre tras otro va estrechando el aforo de las salas, pero se le debe dar un buen recibimiento al hombre leal cuando se presenta enérgico ante nosotros para apoyarnos en el amanecer que inquietante se avecina, pues sobre él se cierne la balanza del destino. Pero ahora, en este importante momento, retirad la mano de la presta espada, respetad la hora en que miles claman por luchar a favor o en contra de mí. El hombre es uno mismo. El que aspire al trono y la corona ha de ser personalmente digno de esos honores. Que nuestro puño lleve al reino de los muertos al fantasma que se ha alzado contra nosotros proclamándose a sí mismo Emperador y dueño de nuestras tierras, jefe de nuestros ejércitos y señor de nuestra nobleza.

FAUSTO

Sin duda sería muy glorioso que realizaras esa hazaña. Pero no me parece bien que expongas así tu cabeza. yNo está adornado tu yelmo con su cimera y su penacho? El es quien defiende la cabeza que nos aviva. ¿De qué servirían los miembros privados de cabeza? Si ella se adormeciera, todos se entumecerían. Si ella es herida, todos son inmediatamente dañados. Si ellos se reavivan, es porque ella se ha curado. Rápidamente sabe el brazo defender su firme derecho, eleva el escudo para defender el cráneo. La espada cumple con decisión su cometido, desvía el golpe y lo devuelve. El ágil pie toma parte en su fortuna asentándose sobre la nuca del adversario derribado.

EMPERADOR

Así es mi ira, así me gustaría tratarlo: hacer de su orgullosa cabeza un escabel.

LOS HERALDOS (Vienen de vuelta.)

No hemos disfrutado de mucho honor ni de mucha autoridad. Se han reído de nuestra enérgica embajada: «Vuestro Emperador -decían- se ha desvanecido como el eco en un estrecho valle. Si en alguna ocasión nos acordamos de él, decimos como en el cuento: Érase una vez...».

FAUSTO

Las cosas han sucedido según el deseo de los mejores que se mantuvieron fieles a tu lado. Allí se acerca el enemigo, los tuyos esperan llenos de ardor. Ordena el ataque, el momento es propicio.

EMPERADOR

Delego el mando. (Al GENERAL EN JEFE.) En tus manos encomiendo la responsabilidad.

GENERAL EN JEFE

Entonces, que entre en acción el ala derecha. La izquierda del enemigo, que está subiendo ahora mismo, antes de haber dado el último paso, debe caer ante una pujanza juvenil de una fidelidad puesta a prueba.

FAUSTO

Permite que este dinámico héroe retorne sin tardanza a tus filas, que se integre fuertemente en ellas y así, asociado, emplee su fuerza. (Va señalando a la derecha.)

MATÓN (Adelantándose.)

Quien me mira a la cara no la vuelve sin las mandíbulas rotas. Al que me da la espalda, le dejo descalabrados el cuello y la cabeza tirándole brutalmente de los pelos cercanos a la nuca, y si hieren tus hombres con la espada y la maza, como hago yo, el enemigo caerá, hombre a hombre, ahogándose en su propia sangre. (Se va.)

GENERAL EN JEFE

Que la falange, de nuestro centro salga quedamente, pero con astucia y todo su poder, para hacer frente al enemigo; que se desplace un poco a la derecha y allí, embravecida, nuestra fuerza de choque desbaratará su plan.

FAUSTO (Señalando al medio.)

Que este también obedezca tu palabra. Es vehemente y todo se lo lleva por delante.

RATERO (Adelantándose.)

A la bravura heroica de las tropas imperiales debe añadirse la sed de botín. Que a todos se les ponga como objetivo la rica tienda del Antiemperador. Él no volverá a pavonearse más en su sitial, me pondré al frente de la falange.

URRACA (Cantinera, se pega al RATERO.)

Aunque no estoy casada con él, es para mí el más adorable galán. Para nosotros ha madurado esta cosecha. La mujer es tremenda cuando toma algo, no tiene reparo en robar. A la victoria, que todo está permitido.

(Ambos se van.)

GENERAL EN JEFE

Como estaba previsto, su derecha ha chocado con nuestra izquierda. Hombre a hombre resistirán el furioso intento de ganar el estrecho paso entre las rocas.

FAUSTO (Indicando a la izquierda.)

Os pido, señor, que también tengáis cuidado ahí. No es malo reforzar lo que ya es fuerte.

FORZUDO (Adelantándose.)

En lo que toca al ala izquierda, que nadie se preocupe. Donde yo estoy se conservan las posesiones. En ella se acredita el viejo. Ningún rayo hiende lo que yo mantengo. (Se va.)

MEFISTÓFELES (Bajando lentamente.)

Mira ahora cómo, por detrás de cada uno de los huecos de entre las rocas, salen hombres armados para hacer aún más estrecho el angosto paso; con sus yelmos, sus arneses, sus espadas, sus escudos forman a nuestras espaldas un muro que está esperando una señal para el ataque. (Hablando en voz baja a los que están advertidos.) No debéis preguntar de dónde viene eso. La verdad es que no me he hecho el remolón, he dejado vacías las salas de armas de los alrededores. Allí estaban ellos a pie y a caballo, como si fueran los señores de la Tierra. Antes eran caballeros, reyes, emperadores, hoy no son más que conchas vacías de caracol. Un duende se ha colado por ahí y ha reavivado la Edad Media. El diablillo que ahí se esconde, quien quiera que fuese, por esta vez conseguirá su propósito. (En alto.) Escuchad cómo se enfurecen de antemano, cómo se empujan unos contra otros al choque de sus corazas. En los estandartes ondean jirones de bandera que esperaban, impacientes, airecillos frescos. Pensad que aquí hay un viejo pueblo dispuesto a tomar parte en un combate moderno.

(Sonido impresionante de trompetas que viene desde arriba. En el ejército enemigo hay una visible vacilación.)

FAUSTO

El horizonte se ha oscurecido. Sólo aquí y allá se distingue el expresivo centelleo de una luz roja llena de presentimientos, las armas relucen sangrientas. Con ellas se entremezclan los peñascos, el bosque, la atmósfera y todo el cielo.

MEFISTÓFELES

El flanco derecho se mantiene firme; entre los que ahí luchan veo cómo destaca Juan Matón, el ávido gigante, muy concentrado en sus quehaceres.

EMPERADOR

Primero vi cómo se elevaba un brazo, luego cómo se elevaban doce llenos de furia, esto no parece natural.

FAUSTO

¿No has oído hablar de unas ráfagas de niebla que viajan por la costa de Sicilia? Allí flotan nítidamente en plena luz del día, se elevan hasta la región media del aire, se reflejan en algunos vahos y aparecen extrañas visiones, van y vienen ciudades. Los jardines se elevan y bajan, se ve cómo las imágenes van quebrando una y otra vez el éter.

EMPERADOR

Pero, ¡qué raro! Veo centellear todas las puntas de las lanzas de altas picas, sobre ellas danzan pequeñas llamas, esto me parece propio de espíritus.

FAUSTO

Perdona, señor, son los vestigios de naturalezas espirituales desaparecidas, un reflejo de los Dióscuros, por los que juraban todos los navegantes. Aquí han reunido sus últimas fuerzas.

EMPERADOR

Mas dime, ¿de quién somos deudores de que la naturaleza, que vela por nosotros, reúna a nuestro favor lo más extraordinario?

MEFISTÓFELES

¿De quién sino del maestro que ha decidido acoger en su seno tu destino? Él está agitado por las violentas amenazas de tus enemigos. Su gratitud quiere verte salvado, aunque él mismo tuviera que morir en el envite.

EMPERADOR

El pueblo se congratulaba cuando me llevaba con gran pompa. Por aquel entonces yo era algo; quise hacer la prueba y, sin pensármelo mucho, encontré la ocasión de darle aire fresco a aquella barba blanca. Le hice la pascua al clero, y eso no me granjeó precisamente su simpatía. ¿Debo ahora, después de tantos años, experimentar el efecto de una buena acción?

FAUSTO

Un buen servicio reporta beneficios. Dirige tu mirada hacia delante. Me parece que quiere enviarnos un signo. Presta atención porque este se dará a conocer enseguida.

EMPERADOR

Un águila flota por las alturas. Un grifo la persigue amenazándola brutalmente.

FAUSTO

Date cuenta. Esto me parece muy favorable. El grifo es un animal fabuloso. ¿Cómo podría olvidarse tanto de su naturaleza como para medirse con un águila verdadera?

EMPERADOR

Ahora dan vueltas sobre sí mismos describiendo círculos muy amplios. En un mismo instante se lanzan uno contra otro para desgarrarse los pechos y los cuellos.

FAUSTO

Observa ahora cómo el nefasto grifo, sacudido y trasquilado, sólo encuentra dolor y, con su cola de león entre las piernas y siendo arrojado al bosque que cubre la falda del monte, desaparece.

EMPERADOR

Que se cumpla todo como se ha anunciado. Lo acepto con admiración.

MEFISTÓFELES (Vuelto hacia la derecha.)

Nuestros adversarios deben retroceder ante nuestros golpes insistentes y repetidos, y en una lucha titubeante se desplazan en tropel hacia la derecha, desordenando en el combate a su flanco izquierdo, que es su principal fuerza. La sólida vanguardia de nuestra falange se dirige a la derecha y, rápida como un relámpago, ataca el punto débil. Ahora, como si se tratara de una ola provocada por la tempestad, echando chispas, ambas fuerzas chocan furibundas una contra otra en doble combate. No se puede imaginar nada más grandioso, hemos ganado la batalla.

EMPERADOR (A la izquierda de FAUSTO.)

Mirad, aquel punto me parece muy problemático. Nuestra posición es peligrosa. No veo que se lance ninguna piedra, las rocas de los pies de la montaña están siendo escaladas. Las de más arriba han sido ya abandonadas. El enemigo, en masa, va avanzando cada vez más. Tal vez haya conquistado ya el paso. Este ha sido el resultado final de unos impíos manejos. ¡Vuestras artes se han mostrado inútiles!

(Pausa.)

MEFISTÓFELES

Ahí vienen mis dos cuervos, ¿qué mensaje me traerán? Me temo que nos va mal.

EMPERADOR

¿Qué hacen aquí estas aves de mal agüero? Vienen, planeando con sus negras alas, desde el ardiente combate que se libra entre las rocas.

MEFISTÓFELES (A los cuervos.)

Posaos a la altura de mis oídos. A quien vosotros protegéis no está perdido, pues vuestro consejo siempre es acertado.

FAUSTO (Al EMPERADOR.)

Seguro que has oído hablar de unas palomas que proceden de los países más lejanos y vuelven para hacer su nidada y lograr su sustento. Aquí ocurre lo mismo, pero con alguna diferencia. Las palomas traen mensajes de paz, mientras que los mensajes de guerra son el cometido de los cuervos.

MEFISTÓFELES

Se anuncia un desastre. ¡Ved! Mirad los apuros de nuestros héroes que rodean esa pared de roca. Las posiciones más altas han sido tomadas, nos encontraríamos en una difícil situación si los otros logran conquistar el paso.

EMPERADOR

Finalmente he sido engañado. He caído atrapado en vuestra red, me estremezco al verme preso en ella. MEFISTÓFELES

¡Ante todo, mantén alto el ánimo! Aún no está todo perdido. Ten paciencia y astucia hasta el último nudo. Normalmente al foral es cuando aparecen las mayores dificultades. Tengo a mis fieles mensajeros. Encomendadme el mando.

GENERAL EN JEFE (Que entretanto ha llegado.)

Te has ligado a estos y desde entonces me ha apenado. Los juegos de ilusión no dan lugar a una fortuna duradera. Ya no sé hacer nada para cambiar el curso de la batalla. Ellos la empezaron, así que deben acabarla. Yo depongo mi bastón de mando.

EMPERADOR

Guárdalo hasta horas mejores en las que tal vez nos dará más suerte. Me da horror este tenebroso consejero y su intimidad con los cuervos. (A MEFISTÓFELES.) No puedo confiarte el bastón, no me pareces el adecuado para ello. Con todo, manda y sálvanos, que ocurra lo que tenga que ocurrir. (Se retira a la tienda con el GENERAL EN JEFE.)

MEFISTÓFELES

¡Puede que a él le proteja ese bastón mocho! A nosotros no nos serviría de nada, pues lleva inscrita una cruz.

FAUSTO

¿Qué hay que hacer?

MEFISTÓFELES

Ya está hecho. Ahora, negros primos prestos al servicio, id al lago de la montaña. Saludad de mi parte a las ondinas y pedidles que formen la apariencia de una riada. Mediante casi insondables artes de mujer, ellas saben separar lo patente de lo aparente y todos jurarían que se tata de lo patente.

(Pausa.)

FAUSTO

Nuestros cuervos deben de haber lisonjeado totalmente a esas jóvenes dueñas de las aguas, allí se ve cómo estas empiezan a manar. En varios lugares en los que predominan rocas desnudas y áridas, brota un persistente y raudo manantial. Y la victoria para los otros es ya algo inalcanzable.

MEFISTÓFELES

Ese es un saludo singular. Los escaladores más audaces están confundidos.

FAUSTO

Un arroyo cae dando lugar a muchos arroyos, y al salir de las barrancas doblan su caudal. Un torrente se precipita en forma de arco; de pronto, se extiende sobre una llanura de rocas y empieza a formar espuma, yendo de allá para acá, y gradualmente se va derramando por el valle. ¿De qué sirve una resistencia valiente y heroica? La fuerte ondulación corre veloz y los arrastra consigo, a mí mismo me horroriza esta iracunda crecida.

MEFISTÓFELES

No veo nada de esas ilusiones acuáticas. Sólo los ojos humanos se dejan engañar. Este extraño fenómeno me llama la atención. Están cayendo a montones. Estos necios creen estar ahogándose pues respiran con dificultad en tierra firme y hacen grotescos movimientos de nado. Reina la confusión general.

(Los cuervos han vuelto.)

Os elogiaré ante el gran Maestro. Si queréis demostrar vuestra competencia como maestros, volad hasta la candente fragua donde el pueblo de los duendes golpea el metal y la piedra haciendo que salgan chispas de ellos. Pedidles, con largos discursos, un fuego tan luminoso, brillante y crepitante como puedan encender. Puede ocurrir que en una noche de verano se vean relámpagos o la caída de una estrella fugaz en la lejanía, pero no es tan fácil ver relámpagos y estrellas que pasan silbando sobre el suelo húmedo en unos tupidos y enmarañados bosquecillos. Así que, sin mucha molestia, debéis primero pedir y luego ordenar.

(Los cuervos se van. Se cumple la orden.)

Densas tinieblas para los enemigos y que sus tímidos pasos y avances los lleven a tierra de nadie. Que centellas errantes procedentes de todos los rincones formen una luz que los deslumbre. Todo esto sería maravilloso, pero todavía es necesario un ruido horrible.

FAUSTO

Las vacías armaduras sacadas de esos sepulcros que son las salas vuelven a cobrar vida al aire libre. Allí arriba se oyen crujidos y traqueteos desde hace ya un tiempo; es un estruendo maligno e iracundo.

MEFISTÓFELES

Muy bien. Ya nada puede contenerlos. Ya se oye el ruido de justas caballerescas como en los buenos y viejos tiempos. Los brazales y las grebas de los güelfos y los gibelinos reanudan su eterna lucha. Firmes, como es habitual en los de su estirpe, se muestran irreconciliables. El rugido resuena ya con amplitud e intensidad. En definitiva, en todas las fiestas diabólicas, el odio entre los partidos llega a la crueldad más extremada. Esto hace que un pánico repulsivo mezclado con un estremecimiento estridente y agudamente satánico se extienda por el valle.

(Tumulto guerrero en la orquesta, que luego se convierte en alegre música militar.)

LA TIENDA DEL ANTIEMPERADOR

(Trono de rica ornamentación.)

(RATERO y URRACA.)

URRACA

Así que somos los primeros en llegar.

RATERO

Ningún cuervo vuela tan rápido como nosotros.

URRACA

¡Oh, qué tesoro hay aquí acumulado! ¿Por dónde empezar, por dónde concluir?

RATERO

Estando esto tan lleno no sé dónde echar la mano.

URRACA

El tapiz ese me vendría muy bien, mi lecho es a menudo demasiado incómodo.

RATERO

De aquí cuelga una maza de acero. Estoy buscando algo así desde hace tiempo.

URRACA

Siempre he soñado con algo como ese manto de rojo ribeteado de oro.

RATERO (Tomando el arma.)

Con esto se arregla todo muy rápido. Se mata a uno de un golpe y se sigue adelante. Has cargado ya mucho el saco y no has metido en él nada de valor. Deja en su lugar esas baratijas y llévate uno de estos cofrecillos. Esta es la paga del ejército. En su vientre no hay nada más que oro.

URRACA

Esto tiene un peso descomunal. No lo puedo levantar, no puedo llevarlo.

RATERO

Inclínate de inmediato. Tienes que agacharte. Yo lo cargaré sobre tus fornidas espaldas.

URRACA

¡Ay!, ¡ay! No puedo más. El peso me rompe el espinazo.

(El cofrecillo cae al suelo y se abre.)

RATERO

Aquí hay oro bermejo a montones. Date prisa y apílalo.

URRACA (Agachándose.)

Pronto, métemelo en la falda. Habrá suficiente para siempre.

RATERO

Y sobrará, vámonos.

(Ella se pone en pie.)

Oh, el delantal tiene un agujero. Donde quiera que estés o que vayas siembras tesoros al despilfarrarlos.

ESCOLTA DE NUESTRO EMPERADOR

¿Qué hacéis en este sitio sagrado? ¿Qué rebuscáis en el tesoro imperial?

RATERO

Hemos arriesgado nuestros miembros y venimos a recoger nuestra parte del botín. Es lo que habitualmente se hace en el campamento del enemigo y nosotros también somos soldados.

ESCOLTA

No es lo habitual entre nosotros ser soldado y ladrón al mismo tiempo. Aquel que se acerque a nuestro Emperador ha de ser un probo soldado.

RATERO

Es cosa bien sabida: la honradez se llama contribución. Todos actuáis igual, «dame» es el lema de vuestro gremio. (A URRACA.) Date prisa y llévate arrastrando lo que tienes. Aquí no somos huéspedes bienvenidos.

(Se van.)

PRIMER SOLDADO

Di, ¿por qué no le diste un tortazo a ese sinvergüenza?

SEGUNDO SOLDADO

No lo sé, me faltaron las fuerzas. Tenían un aspecto algo fantasmal.

TERCER SOLDADO

Mis ojos se cegaron, todo temblaba, no veía bien.

CUARTO SOLDADO

No sabría cómo decirlo: ha hecho todo el día un calor tan bochornoso, tan espeso, tan insoportable. Uno estaba de pie, el otro caía, íbamos a tientas y al mismo tiempo golpeábamos. A cada golpe era derribado un adversario, delante de los ojos flotaba un halo. Después todo empezó a chirriar, a crepitar y a silbar en el oído, y así continuó. Ahora estamos aquí y no sabemos cómo ha podido ser.

(EMPERADOR con cuatro PRÍNCIPES. La ESCOLTA se retira.)

EMPERADOR

Sea como fuere, hemos ganado. En su desordenada fuga, el enemigo se dispersa por el campo de batalla. Aquí está el trono vacío. Un tesoro pérfidamente obtenido y recubierto de tapices reduce el espacio. Dignamente flanqueados por nuestra propia escolta, esperamos, en nuestra condición imperial, la venida de los enviados de los pueblos. De todos los lugares llegan buenas noticias, el imperio está pacificado, y se pliega gustosamente a nosotros. Aunque en nuestro guerrear se inmiscuyó el ilusionismo, al final luchamos solos. Es cierto que hubo sucesos que favorecieron al combatiente: del cielo cayó una piedra, al enemigo le llovió sangre encima, desde las oquedades de las rocas sonaron poderosos ruidos que hicieron que nuestro pecho estuviera henchido y el del enemigo se encogiera. Cayó el vencido en medio de una mofa interminable; el vencedor, resplandeciente, canta a su dios favorecedor. Y, sin que nadie dé la orden, al unísono, millones de gargantas proclaman estas palabras: «Dios sea loado». Pero aparto mi mirada piadosa de la más alta de las alabanzas y la dirijo al propio pecho. Un joven y dinámico soberano puede que desperdicie su tiempo, pero los años le enseñarán a valorar el significado de cada momento. Por ello, sin dilación, me uno a vosotros cuatro, hombres dignos, por el bien de la Casa, de la Corte y del Imperio. (Al primero.) A ti, príncipe, se debe la hábil ordenación del ejército y después, en el momento adecuado, una heroica y audaz dirección. En la paz actúa como lo requiera el tiempo. Te nombro Archimariscal y te lego la espada.

GRAN MARISCAL

Cuando tu leal ejército, hasta el momento ocupado en el interior, consiga en la frontera afianzarte en el trono, que nos sea permitido prepararte el banquete el día de fiesta en la sala de la espaciosa fortaleza de tu padre. Llevaré desenvainada la espada, la llevaré a tu lado, para la perpetua protección de la suprema Majestad.

EMPERADOR (Al segundo.)

Tú, que te mostraste agradable y complaciente, serás Chambelán supremo; tu cargo no será fácil. Eres cabeza de toda la servidumbre de la casa, me parece que, debido a sus disensiones internas, encuentro muchos malos servidores. Que tu ejemplo sea honrosamente mostrado como el de alguien que agrada a su Señor, a la Corte y a todos.

CHAMBELÁN SUPREMO

Servir a mi inteligente señor me reporta beneficios: el de serle útil al mejor, el de no hacerle daño al peor, y a su vez el de ser franco sin astucia y sereno sin artificio. El que tú, Señor, me mires, ya es bastante ¿Puede la fantasía concebir una alegría igual? Cuando vayas a la mesa, yo te daré el vaso de oro, te guardaré los anillos para que, en ese momento de placer, tu mano esté descansada y tu mirada me llene de regocijo.

EMPERADOR

Es cierto que me siento demasiado adusto para fiestas, pero que así sea: un comienzo alegre siempre es beneficioso. (Al tercero.) Te nombro Cocinero mayor, te encargarás de la caza, las aves del corral y la casa de labranza. Haz que se me preparen cuidadosamente mis platos preferidos, en todo momento y según los meses.

COCINERO MAYOR

Que un extremado ayuno sea para mí el deber más grato hasta que situado ante ti esté un exquisito manjar que te deleite. La servidumbre de la cocina debe unirse a mí para traer lo lejano y así adelantar las estaciones. No es de tu gusto engalanar la mesa ni con lo exótico ni con lo temprano. Lo sencillo y lo sustancioso es lo que tu gusto demanda.

EMPERADOR (Al cuarto.)

Como inevitablemente aquí estamos metidos en fiestas, conviértete para mí, joven héroe, en Copero. Copero mayor, cuida de que nuestra bodega esté siempre provista de buen vino. Sé moderado, no te dejes llevar por la tentación más allá de la serena alegría.

COPERO MAYOR

Soberano, cuando se tiene confianza en los jóvenes, se convierten en hombres hechos y derechos antes de que uno se haya dado cuenta. Yo iré también a esa gran fiesta; adornaré de la mejor manera el aparador imperial, con lujosos vasos, todos ellos de oro y plata; pero antes elegiré para ti la mejor copa: una de fino cristal veneciano donde el placer reside y en el que el sabor del vino se hace más intenso pero sin embriagar. A este maravilloso tesoro uno se confía a veces demasiado. Pero tu templanza, Soberano, es más protectora aún.

EMPERADOR

Sabed que los cargos que os he otorgado en esta hora solemne os los concedió una boca fiable. La palabra del Emperador es grande y asegura todos los dones, pero para que todo sea confirmado hace falta un valioso escrito con la fuma. Veo llegar al hombre adecuado en el momento oportuno. (El ARZOBISPO [CANCILLER] entra.) Cuando se hace descansar una bóveda sobre una piedra clave, permanecerá construida hasta la eternidad. Ahí tienes a cuatro señores principales. Ante todo hemos observado lo que más puede beneficiar a la Casa y a la Corte. Pero ahora, que todo cuanto contiene el Imperio sea, con poder y autoridad, encomendado al número cinco. Deben destacar en cuanto a la posesión de tierras y por ello ampliaré los límites de sus posesiones sirviéndome de las heredades de los que de nosotros se apartaron. A vosotros, los fieles, os lego estas bellas tierras y el derecho de extenderos más allá, según las circunstancias, por sucesión, compra y permuta. Que además os sea concedido expresamente el ejercer sin trabas los derechos que a vosotros, señores de la tierra, os corresponden. Como jueces dictaréis las sentencias definitivas, no podrá hacerse ninguna apelación ante vuestros altos ministerios. También serán vuestros los impuestos, los intereses, los tributos en especie, los feudos, los derechos de aduanas, las concesiones sobre las minas, la sal y la acuñación de moneda. Para acreditaros mi reconocimiento, os he elevado a la jerarquía inmediatamente inferior a la Majestad.

ARZOBISPO

En nombre de todos, recibe nuestro más sentido agradecimiento. Nos fortaleces y afianzas y así vas haciendo más fuerte tu poder.

EMPERADOR

A vosotros cinco os quiero otorgar un honor aún mayor. Ahora vivo para mi Imperio y tengo ganas de vivir así. Pero la cadena de nobles antepasados desvía la mirada pensativa de la febril ambición para fijarla en lo que nos amenaza. Llegado el tiempo, me separaré de mis seres queridos, entonces habrá llegado el tiempo de que elijáis a mi sucesor. Después de coronado, ensalzadle llevándolo al santo altar, y acabad pacíficamente lo que tan tormentoso fue.

CANCILLER

Con orgullo en lo más profundo de mi corazón y con humildad en el semblante, los príncipes, los primeros de la Tierra, están inclinados ante ti. Mientras la sangre fiel anime nuestras venas, seremos el cuerpo que ejecute las órdenes de tu voluntad.

EMPERADOR

En definitiva, que todo lo que sea dispuesto, sea confirmado por escrito y con mi rúbrica. En realidad, como señores, dispondréis de vuestra posesión como os plazca, pero con la condición de que sea indivisible. Y de igual modo todo incremento de nuestro legado deberá ser heredado por vuestro primogénito.

CANCILLER

Dichoso, plasmo en el pergamino este importantísimo estatuto, tan ventajoso para nosotros y para el Imperio. La copia y el sello se encargarán a la cancillería, con la sagrada firma, tú, Señor, lo acreditarás.

EMPERADOR

Retiraos, pues, para que todos podáis meditar, concentrados, la grandeza de este día.

(Los PRÍNCIPES seglares se retiran.)

ARZOBISPO (Se queda y habla con patetismo.)

El Canciller se ha marchado, el obispo se ha quedado y ha de hacerte una severa advertencia. Su corazón paternal está agitado por tu causa.

EMPERADOR

¿Qué te agita en esta feliz hora? ¡Habla!

ARZOBISPO

¡Con qué amargo dolor veo tu cabeza supremamente sacra coligada con Satanás! Parece evidente que te has afianzado en el trono, pero, por desgracia, escarneciendo a Dios Padre y al Santo Padre, el Papa. Si este se llega a dar cuenta, rápidamente condenará tu Imperio asolándolo con su santo rayo. Porque él no ha olvidado cómo en el momento supremo, en el día de tu coronación, mandaste liberar a aquel hechicero. El primer rayo de gracia que salió de tu diadema fue a parar a aquella cabeza maldita en perjuicio de la cristiandad. Pero date golpes en el pecho en señal de penitencia y expía tu sacrílega fortuna ofreciendo un modesto óbolo al santuario. El vasto terreno rodeado de colinas donde acampaste y en donde los malos espíritus se aliaron para tu defensa y donde prestaste oído obediente al príncipe de la mentira, conságralo ahora, piadosamente inspirado, a una obra santa. Conságralo junto al monte y al tupido bosque, tan lejos como estos se extiendan, junto a las cumbres que se cubren de verdor, ofreciendo su pasto, junto a los claros lagos ricos en pesca y una cantidad interminable de arroyuelos, que, formando anillos como el cuerpo de una serpiente, se precipitan en el valle. Consagra también junto a ellos, en definitiva, el mismo ancho valle, con sus praderas, sus comarcas, sus hondonadas. Así expresarás tu contrición y así encontrarás tu gracia.

EMPERADOR

Me siento tan estremecido por mi grave pecado que tú mismo fijarás el límite según tu criterio.

ARZOBISPO

En primer lugar: el espacio profanado deberá ser, tan rápidamente como se pueda, dedicado al servicio del Altísimo. Ya veo elevarse con forma espiritual sólidos muros. La mirada del sol matutino ilumina el coro, el edificio en construcción se extiende en forma de cruz. La nave se prolonga y se eleva para el gozo de los fieles que afluyen ya, llenos de fervor, por el digno portal. La primera llamada de las campanas ha resonado a través del monte y del valle, proceden de las altas torres y parecen subir al cielo. Viene el penitente buscando el comienzo de una nueva vida. En el gran día de la consagración -que ojalá llegue pronto- tu presencia será la que realce todo.

EMPERADOR

Que una obra tan grande haga patente el piadoso deseo de dar alabanza a Dios Nuestro Señor, así como de expiar mis pecados. Basta, ya veo cómo se eleva mi espíritu.

ARZOBISPO

Como canciller voy a activar la formalización y expedición del documento.

EMPERADOR

Cuando presentes el documento, siguiendo la forma reglamentada, lo firmaré con gusto.

ARZOBISPO (Se ha despedido, pero se vuelve cuando está a punto de salir.)

Tan pronto como se empiece a construir la obra, dedicarás a ella diezmos, censos y tributos a perpetuidad. Es necesario un buen montante para una digna manutención, y una administración cuidadosa supondrá unos gastos muy grandes. Para que se lleve a cabo una rápida construcción en un lugar desierto, consíguenos cierta cantidad de oro de las arcas del botín. Además, y no he de callarlo, harían falta maderas exóticas, cal, pizarra y otros materiales similares. El pueblo, aleccionado desde el púlpito, se encargará del porte. La Iglesia bendecirá a aquellos que se pongan a su servicio. (Se va.)

EMPERADOR

Es muy grande el pecado con el que cargo. Los miserables brujos me han causado un gran quebranto.

ARZOBISPO (Vuelve de nuevo y hace la más profunda reverencia.)

Perdóname, señor. A ese hombre de mala fama se le han cedido las playas del Imperio, pero sobre este caerá el anatema si no concedes, contrito, los diezmos, censos y prerrogativas de esos territorios.

EMPERADOR (Malhumorado.)

Ese territorio todavía no existe, está aún en el fondo del mar.

ARZOBISPO

Al que le corresponden unos derechos y tiene paciencia le llega también su tiempo. Que vuestra palabra mantenga en vigor este acuerdo.

EMPERADOR

Un poco más y tendré que donar todo el Imperio.