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Fausto.  Johann Wolfgang Goethe
Capítulo 25. PRISIÓN
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FAUSTO (Con un manojo de llaves y una lámpara, delante de una puertecita de hierro.)

Se ha apoderado de mí un terror fuera de lo común. Sufro en este instante toda la miseria de la humanidad. Aquí está ella, tras estos muros húmedos, y todo su crimen fue un dulce desvarío. Vacilas en llegar a su presencia; temes volver a verla. Pero, adelante. Tu vacilación hace avanzar a la muerte. (Toma el candado y dentro se oye cantar.)

MARGARITA

La puta de mi madre
fue la que me mató
y mi padre, el pícaro,
luego me devoró.
Mi pequeña hermanita
mis huesos enterró
en húmedo lugar.
Me convertí en un pájaro.
Mírame cómo vuelo.

FAUSTO (Abriendo.)

No presiente que su amado la está escuchando ni oye el chirriar de las cadenas y el crujir de la paja. (Entra.)

MARGARITA (Escondiéndose en el camastro.)

Ay, ya viene. ¡Amarga muerte!

FAUSTO (En voz baja.)

Tranquila, tranquila, vengo a liberarte.

MARGARITA (Retorciéndose ante él.)

Si eres hombre, siente mi desgracia.

FAUSTO

Vas a despertar al vigilante. (Toma las cadenas para quitárselas.)

MARGARITA (De rodillas.)

¿Quién te ha dado ese poder sobre mí, verdugo? Ya a medianoche vienes a llevarme. Ten piedad de mí y déjame vivir. ¿No es mañana lo bastante pronto? (Se incorpora.) ¡Soy tan joven!, ¡tan joven! Y tengo que morir. Fui también bella y esa fue mi perdición. Mi amigo estuvo cerca y ahora está lejos. La guirnalda está destrozada y desperdigadas están las flores. ¡No me agarres con tanta fuerza! ¡Trátame con cuidado! ¡Qué te he hecho! No me hagas que te suplique inútilmente. No te he visto en mi vida.

FAUSTO

¿Podré soportar tanto dolor?

MARGARITA

Ahora estoy en tu poder. Pero déjame darle el pecho al niño. Toda la noche he estado acariciándolo: me lo quitaron para hacerme daño y ahora dicen que lo he matado yo. Nunca volveré a estar alegre. Me cantan cancioncillas, ¡qué mala es la gente! Así es como acaba un viejo cuento... ¿Quién les manda contarlo?

FAUSTO (Arrodillándose.)

A tus pies hay un hombre que te quiere, que viene a librarte del dolor.

MARGARITA (Se arrodilla a su lado.)

¡De rodillas, recemos a los santos! Mira, debajo de esos escalones, pasado el umbral, brilla el fuego del infierno. El Maligno prorrumpe en estruendo con espantosa cólera.

FAUSTO (En voz alta.)

¡Margarita!, ¡Margarita!

MARGARITA (Con atención.)

¡Esa era la voz de aquel amigo! (Se pone en pie de un salto. Caen las cadenas sueltas.) ¿Dónde está? Lo he oído llamarme. Soy libre. Nadie habrá de sujetarme. Iré volando a abrazarlo y descansaré junto a su pecho. Me ha llamado. «¡Margarita!» Y estaba en el umbral. Entre los aullidos y el crepitar del infierno, a pesar de las burlas y las muecas de los diablos, reconozco el dulce y amoroso sonido.

FAUSTO

Soy yo.

MARGARITA

¡Tú, eres tú! ¡Dilo otra vez! (Abrazándole.) ¡Es él! ¡Es él! ¿Adónde se han ido todas las penas? ¿Adónde el miedo de la cárcel y los hierros? ¡Eres tú y has venido a salvarme! ¡Estoy salvada! Otra vez vuelve a estar ante mí la calle donde te vi por primera vez y el jardín alegre donde Marta y yo te esperábamos.

FAUSTO (Intentando llevársela.)

¡Ven conmigo!

MARGARITA

¡Oh, espera!, pues mientras estoy contigo, me encuentro muy bien. (Acariciándolo.)

FAUSTO

¡Date prisa! Si no, lo pagaremos caro.

MARGARITA

¿Cómo? ¿No puedes ya besarme? Hace tan poco tiempo que te marchaste y ya no sabes besarme. ¿Por qué tengo tanto miedo abrazada a ti, cuando antes tus palabras me llevaban al cielo y me besabas como si quisieras ahogarme? Bésame o te besaré yo. (Lo abraza.) Pobre de mí, tus labios están fríos, están mudos. ¿Dónde quedó tu amor? ¿Quién me lo ha quitado? (Le vuelve la espalda.)

FAUSTO

¡Venga! Sígueme, amor mío. Ten valor. Te querré con un fuego mil veces más ardiente, pero ahora sígueme, te lo suplico.

MARGARITA (Dándole otra vez la cara.)

¿Y entonces eres tú? ¿Eres tú de veras?

FAUSTO

Sí soy yo. Ven conmigo.

MARGARITA

Has roto las cadenas y me estrechas de nuevo contra tu pecho. ¿Cómo es que no tienes miedo de mí? ¿Sabes, amigo, a quién estás liberando?

FAUSTO

¡Ven! Que ya la oscuridad de la noche empieza a disiparse.

MARGARITA

He matado a mi madre. He ahogado a mi hijo. ¿No era un don tuyo y mío? ¡También tuyo! ¡Eres tú! Apenas puedo creerlo. Dame tu mano. Esto no es un sueño. ¡Tu mano querida! Pero... está húmeda. ¡Sécatela! Me parece que hay sangre en ella. Ah, Dios mío, qué has hecho. Guarda ya tu daga, te lo suplico.

FAUSTO

Lo pasado, pasado está. No me mates.

MARGARITA

No, debes seguir vivo. Te diré cómo serán las sepulturas que deberás cuidar a partir de mañana. Para mi madre debe ser la mejor y a su lado mi hermano. Yo debo estar un poco aparte y junto a mi seno derecho, el pequeño. ¡Nadie más yacerá junto a mí! Unirme a ti fue una tierna alegría. Pero ya no lo consigo, parece como si tuviera que forzarme para ir hacia ti y tú me rechazaras, aunque sigues siendo tú tan bueno y tan noble.

FAUSTO

Si me ves así, ven conmigo.

MARGARITA

¿Fuera?

FAUSTO

Sí, a la libertad.

MARGARITA

Fuera está la tumba y la muerte nos aguarda, vamos. Vayamos de aquí al lecho eterno y no demos ni un paso más. ¿Vas entonces? Oh, Enrique, voy contigo.

FAUSTO

¿Puedes? Pues ven, la puerta está abierta.

MARGARITA

No puedo, para mí ya no hay esperanza. ¿Para qué huir? Me acecharán. Es tan horrible tener que mendigar, y además con remordimiento de conciencia. Es terrible vagar por tierra extraña, y me apresarán de todos modos.

FAUSTO

Entonces me quedaré contigo.

MARGARITA

¡Huye!, ¡huye! Salva a tu pobre hijo. Sigue el camino que lleva arriba al arroyo. Atraviesa el puente, adéntrate en el bosque y ve a la izquierda, donde está el entablado, en el remanso. Sácalo, quiere salir y aún está pataleando. ¡Sálvalo!, ¡sálvalo!

FAUSTO

Pero vuelve en ti. Un paso y serás libre.

MARGARITA

Si hubiera pasado ya el trance... Ahí, sobre una piedra, está sentada mi madre... Siento que se me congela la sangre. Ahí está mi madre, sentada sobre una piedra, y no mueve la cabeza, ni asiente ni deniega con ella. Hace tiempo que duerme, nunca despertará. Ella durmió para que nosotros gozáramos. ¡Qué tiempos más felices!

FAUSTO

Si las palabras y las súplicas no sirven, te llevaré a la fuerza.

MARGARITA

¡Déjame! No soporto la violencia. No me agarres como si fuera un criminal. Yo lo habría hecho todo por amor.

FAUSTO

¡El día está despuntando, amor mío!

MARGARITA

¡De día! ¡Ya es de día! ¡Ya está llegando mi último día! ¡Tendría que haber sido el día de mi boda! No le digas a nadie que estuviste con Margarita. Ay de mi guirnalda, todo acabó. Nos volveremos a ver, pero no bailando. La multitud se agolpa y no se oye nada. La plaza y las callejuelas no pueden contenerla. La campana repica y ya se ha quebrado la varilla. ¡Cómo me atan y me agarran! Ya soy llevada al asiento de la muerte. Todas las nucas se estremecen ante el filo que va a cortar la mía. El mundo está mudo como una tumba.

FAUSTO

Ojalá no hubiera nacido.

MEFISTÓFELES (Apareciendo desde fuera.)

Vamos, o estáis perdidos. ¡Qué inútiles vacilaciones! ¡Qué irresolución! ¡Cuánta palabra! Mis caballos empiezan a estremecerse. Ya clarea la mañana.

MARGARITA

¿Qué es lo que está saliendo por el suelo? Es ese; échalo. ¿Qué hace en lugar sagrado? ¡Ha venido a buscarme!

FAUSTO

Has de vivir.

MARGARITA

¡Juicio de Dios, a ti me he encomendado!

MEFISTÓFELES (A FAUSTO.)

¡Ven, o te dejo con ella en la estacada!

MARGARITA

¡Soy tuya, padre! ¡Sálvame! Vosotros, ángeles, ejército sacro, rodeadme para protegerme. ¡Enrique, siento horror por ti!

MEFISTÓFELES

Está condenada.

VOZ (Desde arriba.)

Está salvada.

MEFISTÓFELES (A FAUSTO.)

Ven conmigo. (Desaparece con FAUSTO.)

VOZ DE MARGARITA (Desde dentro resonando.)

¡Enrique!, ¡Enrique!