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Fausto.  Johann Wolfgang Goethe
Capítulo 23. DÍA NUBLADO. CAMPO
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(FAUSTO, MEFISTÓFELES.)

FAUSTO

¡En la miseria! ¡Desesperada! Tristemente errante por el mundo durante mucho tiempo, y ahora presa, esa dulce e infeliz criatura encerrada como una criminal en una prisión y sometida a horribles tormentos. Hasta ahí ha llegado, hasta ahí. Espíritu traicionero e indigno, me lo has ocultado. Quédate ahí. Sí, revuelve con rabia reconcentrada tus diabólicos ojos en sus órbitas. Sí, quédate y espántame con tu insoportable presencia. ¡Está prisionera! ¡Está sumida en una desgracia irreparable! Está abandonada a los espíritus malignos y a la implacable justicia humana. Y tú, mientras, me llevas a degeneradas distracciones, me ocultas su miseria cada vez mayor y dejas que se pierda sin que nadie la socorra.

MEFISTÓFELES

¡No es la primera!

FAUSTO

Pero, ¡monstruo abominable! ¡Oh espíritu infinito, devuélvele, devuélvele a este gusano su figura perruna, esa que tenía cuando por la noche le gustaba correr delante de mí y meterse entre los pies del inofensivo caminante para echarse sobre su espalda cuando cayera! Devuélvele su forma predilecta para que se retuerza ante mí, con su vientre sobre el polvo, y pueda aplastarle con el pie de este condenado. «¡No es la primera!» Desgracia, desgracia que ningún alma humana puede comprender: que exista más de una criatura que se haya sumido en esa desgracia; que no bastara que la primera se retorciera ante los ojos del Eterno Redentor para expiar la culpa de todas las demás. La vida se me consume hasta el tuétano de los huesos sólo con ver el destino de esta, y tú te regodeas haciendo muecas al ver el destino de miles.

MEFISTÓFELES

Ya hemos llegado al límite de nuestro talento, al lugar en el que los hombres perdéis el sentido. ¿Por qué quieres mi compañía si no eres capaz de soportarla? ¿Quieres volver y el vértigo te hace sentirte inseguro? ¿Fui yo el que me acerqué a ti o tú a mí?

FAUSTO

¡No rechines contra mí tus dientes voraces! ¡Me repugna! Gran y magnífico Espíritu que te dignaste aparecer ante mí, que conoces mi corazón y mi alma, ¿por qué me has encadenado a este vergonzoso compañero que se complace en el daño y se recrea en la perdición?

MEFISTÓFELES

¿Has terminado?

FAUSTO

¡Sálvala o ay de ti! Que caiga sobre ti la más nefasta maldición a través de los siglos.

MEFISTÓFELES

Yo no puedo soltar las cadenas que ha puesto el Vengador. No puedo descorrer sus cerrojos. Sálvala. ¿Quién fue el que la llevo a la perdición?, ¿yo o tú?

(FAUSTO mira en torno a sí, perturbado.)

¿Te gustaría echar mano de los truenos? ¡Menos mal que no se os ha concedido eso a los miserables mortales! Hacer pedazos al inocente que se tiene delante es vuestra tiránica costumbre para buscar alivio en la confusión.

FAUSTO

Llévame allí. Ella tiene que quedar libre.

MEFISTÓFELES

¿Y el peligro al que te vas a exponer? Recuerda que aún tienes pendiente en la ciudad un delito de sangre, recuerda que por el lugar del crimen flotan espíritus vengadores que están al acecho esperando la llegada del asesino.

FAUSTO

¿Y tú me lo dices? ¡Que caiga sobre ti el crimen y la muerte del mundo entero, monstruo! Te digo que me lleves allí y la salves.

MEFISTÓFELES

Te llevaré, y escucha lo que puedo hacer. ¿Acaso tengo poder sobre el cielo y la tierra? Envolveré en niebla el sentido del carcelero; ¡apodérate de las llaves y sácala tú con manos humanas! Yo vigilaré. Los caballos encantados estarán dispuestos y os ayudarán a huir. Eso es lo que puedo hacer.

FAUSTO

¡Vamos allá!