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Fausto.  Johann Wolfgang Goethe
Capítulo 14. BOSQUE Y CAVERNA
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FAUSTO (Solo.)

Espíritu sublime, tú me has dado todo cuanto te pedí. Tú no has hecho que volviera en vano mi rostro hacia el fuego. Me has dado a la magnífica naturaleza por reino y fuerza para sentirla y disfrutarla. No sólo me concedes una visita fría y pasiva. Me permites mirar en su hondo pecho como en el pecho de un amigo. Haces pasar ante mí el conjunto de lo viviente y me enseñas a conocer a mis hermanos en las tranquilas frondas, en el aire y en el agua. Y cuando en el bosque brama y gime la tormenta, cuando los enormes pinos, agitándose, aplastan y tumban las ramas y los troncos vecinos, cuando con su caída retumba sorda y hueca la colina, tú me llevas a una segura caverna y allí me muestras a mí mismo y se me desvelan los secretos prodigios de mi corazón. Al subir ante mi núrada la suave luna, que todo lo apacigua, flotan sobre mí, por el húmedo bosque, en las laderas rocosas, formas plateadas que dulcifican el deseo de contemplación.

Ah, ya noto que no hay nada perfecto para el hombre. Además de este placer que me acerca a los dioses cada vez más, me diste el compañero al que no puedo renunciar, por más que, frío y descarado, me humille ante mí mismo y, con su palabrería, reduzca a nada todos tus dones. Él atiza en mi pecho el fuego salvaje que quiere atrapar esa bella imagen. Así me tambaleo yendo del deseo al placer y, una vez en el placer, ansío el deseo.

MEFISTÓFELES

¿Ya has vivido bastante este tipo de vida? ¿Cómo puede gustarte por tanto tiempo? Es bueno probar; pero después hay que volver a buscar lo nuevo.

FAUSTO

Preferiría que tuvieras otra cosa que hacer que molestarme en un precioso día.

MEFISTÓFELES

¡Bien! ¡Con gusto te dejo descansar! No hace falta que te pongas tan serio para decírmelo. No se pierde mucho dejando a un acompañante tan ineducado, loco y melancólico como tú. ¡Ya estoy bastante ocupado el día entero! Por la cara nunca se le adivina al caballero que es lo que le gusta y que no hay que tocar.

FAUSTO

¡Así es como hay que tratarte! ¡Aún quieres que te agradezca que me estorbes!

MEFISTÓFELES

Pobre hijo de la tierra, ¿cómo podrías haber vivido sin mí? Te he curado hace mucho tiempo de los devaneos de la imaginación y si no fuera por mí ya habrías sido barrido de la esfera terráquea. ¿Por qué vas a sentarte en las cavernas y en las grietas de las rocas como un búho?, ¿qué alimento absorbes como un sapo del blando musgo y de las rocas húmedas? ¡Valiente pérdida de tiempo! Aún llevas dentro al Doctor.

FAUSTO

¿Comprendes qué nueva fuerza vital me concede este caminar por el desierto? Si lo supieras serías suficientemente diabólico como para quitarme esta dicha.

MEFISTÓFELES

¡Un placer sobrenatural! Tenderte en los montes por las noches, al relente; abarcar la tierra y el cielo con deleite y crecer hasta convertirse en un dios; penetrar con el impulso de un presentimiento el tuétano del mundo y sentir en el pecho los seis días de la creación; disfrutar con no sé qué orgulloso poder; fundirse con todo disfrutando de emoción y luego concluir la alta intuición (Hace un gesto.) inefable.

FAUSTO

¡Qué vergüenza!

MEFISTÓFELES

No te place esto, entonces bien podrías decir un educado: «¡Qué vergüenza!». No se debe mencionar ante oídos castos aquello a lo que los castos corazones no pueden renunciar. Para abreviar: te dejo tu placer de engañarte de vez en cuando, pero no ha de durarte mucho tiempo. Estás otra vez a la deriva y, si sigues así, encallarás en la locura o en el miedo y el horror. Basta ya. Si tu amada entra ahí, todo le parecerá angosto y turbio. No sales de tus pensamientos y te amas sin medida. Al principio se desbordó la furia de tu amor como crece un arroyo en el deshielo, y después de verterlo en el alma, tu arroyuelo fluye tranquilo. Creo que después de ser entronizado en los bosques, el gran señor bien podría premiar por su amor a ese pobre animalito adolescente. El tiempo se le hace insoportablemente largo, se asoma a la ventana, ve las nubes sobre las antiguas murallas de su ciudad. Ella canta «¡Si yo fuera un pajarillo!» el día entero y hasta medianoche. De pronto está animada, casi siempre triste. A veces llora hasta no poder más, luego al parecer se tranquiliza y siempre está enamorada.

FAUSTO

Ah, serpiente, serpiente.

MEFISTÓFELES (Para sí.)

De acuerdo, con tal que pueda atraparte...

FAUSTO

¡Malvado! Aléjate y no te atrevas a pronunciar el nombre de esa bella mujer. No vuelvas a despertar en mis sentidos medio trastornados el deseo de poseer su tierno cuerpo.

MEFISTÓFELES

¿Qué lograrás con esto? Ella cree que has huido y más o menos tiene razón.

FAUSTO

Estoy cerca de ella y, aunque estuviera lejos, no podría olvidarla ni perderla. Incluso envidio el Cuerpo de Cristo cuando al tomarlo lo roza con sus labios.

MEFISTÓFELES

¡Muy bien, amigo! Yo muchas veces te he envidiado por esos mellizos que pacen entre las rosas.

FAUSTO

¡Apártate!, ¡alcahuete!

MEFISTÓFELES

¡Bien! Me insultas y tengo que reírme. El Dios que creó al muchacho y la muchacha reconoció como el más noble oficio buscarles la ocasión. ¡Pero menuda calamidad te espera! Tienes que ir al cuarto de tu amada, no a la muerte.

FAUSTO

¿Qué gozo celestial siento entre sus brazos? Déjame que me abrigue en el calor de su pecho. ¿No siento siempre su tribulación? ¿No soy el fugitivo sin refugio, el monstruo sin objetivo ni descanso que, en cascada y de roca en roca, cae al abismo, iracundo y lleno de deseos? Y ella, a un lado, con su sensualidad infantil y apagada vivía en su chocita de los Alpes con todos los cuidados domésticos reunidos en su pequeño mundo. Y yo, el odiado de Dios, ¿no tenía suficiente con llevarme conmigo las rocas y convertirlas en escombros? ¡Tuve también que sepultar su paz! Infierno, querías este sacrificio. Demonio, acorta el tiempo de mi angustia. Lo que ha de ser, que sea ahora mismo. ¡Que su destino caiga sobre mí y ella sucumba conmigo!

MEFISTÓFELES

¡Cómo vuelves a hervir y a arder de nuevo! Ve a consolarla, demente. Cuando un imbécil no ve la salida, se imagina que todo ha concluido. ¡Bravo por aquel que no pierde el valor! Tú ya estás bastante endemoniado y no he visto nada más ridículo que un demonio presa de la desesperación.