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La Isla del Dr. Moreau.  Herbert George Wells
Capítulo 8. Los alaridos del puma
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A eso de la una, Montgomery interrumpió el mar de confusión y sospechas en que me habían sumido mis pensamientos, seguido de su grotesco ayudante, que traía una bandeja con pan, algunas hierbas y otros comestibles, una petaca de whisky, una jarra de agua, tres vasos y tres cuchillos. Miré con recelo a la extraña criatura y la sorprendí observándome con sus enigmáticos ojos. Montgomery dijo que comería conmigo, pero que Moreau estaba demasiado preocupado con cierto trabajo y no podía acompañarnos.

––¡Moreau! ––exclamé yo––. Conozco ese nombre.

––¿Cómo diablos va a conocerlo? ––respondió––. ¡Qué estúpido he sido! No debería haberle dicho nada. De todos modos, eso le permitirá intuir cuáles son nuestros misterios. ¿Whisky?

––No, gracias. Soy abstemio.

––¡Ojalá yo lo fuera! Pero de nada sirve cerrar la puerta cuando el caballo ya ha sido robado. Fue este brebaje infernal lo que me trajo aquí. Eso y una noche de niebla. Me consideré afortunado cuando Moreau me ofreció salir de allí. Es curioso...

––Montgomery ––dije bruscamente cuando la puerta de fuera se cerró––, ¿por qué ese hombre tiene las orejas puntiagudas?

––¡Maldita sea! ––exclamó con la boca llena de comida. Luego me miró un momento y repitió––: ¿Orejas puntiagudas?

––Sí, terminan en punta ––insistí lo más tranquilamente posible, conteniendo el aliento––, y cubiertas de vello oscuro en los bordes.

Se sirvió whisky yagua con gran parsimonia.

––Creía... que el pelo le cubría las orejas.

––Se las vi cuando se acercó para servirme el café. Y le brillan los ojos en la oscuridad.

Para entonces Montgomery ya se había repuesto de la sorpresa que mi pregunta había causado en él.

––Siempre he pensado ––dijo, acentuando ligeramente su ceceo–– que había algo raro en sus orejas, a juzgar por cómo las escondía... ¿Cómo eran?

Su actitud me inducía a pensar que su ignorancia era fingida. Sin embargo, no podía decirle que era un mentiroso.

––De punta; bastante pequeñas y peludas, claramente peludas. Pero no son sólo las orejas. Ese hombre es uno de los seres más extraños que he visto en mi vida.

Desde el recinto, a nuestras espaldas, llegó el brutal alarido de dolor de un animal. Su intensidad y su volumen apuntaban al puma. Observé que Montgomery ponía mala cara.

––¿Sí? ––dijo.

––¿Dónde encontró a esa criatura?

––En... San Francisco... Reconozco que es muy feo. Y medio bobo. No recuerdo de dónde venía. Pero me he acostumbrado a él. Los dos nos hemos acostumbrado. ¿Le sorprende?

––Es antinatural ––respondí––. Hay algo en él ... No piense que soy fantasioso, pero cuando se acerca me produce una sensación desagradable, una especie de tensión muscular. Tiene un toque... diabólico.

Montgomery había dejado de comer mientras yo hablaba.

––¡Qué raro! A mí no me lo parece.

Continuó comiendo y luego añadió:

––No tenía la menor idea. La tripulación de la goleta debió de sentir lo mismo... Era evidente que todos estaban en contra del pobre diablo... Ya vio al capitán.

El puma aulló de nuevo, esta vez con más dolor. Montgomery maldijo entre dientes. Yo estaba casi decidido a interrogarle acerca de los hombres de la playa. Luego, el pobre animal lanzó una serie de alaridos breves y penetrantes.

––Esos hombres de la playa, ¿a qué raza pertenecen?

––Unos tipos excelentes, ¿verdad? ––dijo con aire distraído, enarcando las cejas cuando el animal volvió a aullar.

No dije nada más. Volvió a oírse un grito peor que los anteriores. Montgomery me miró con sus apagados ojos grises y tomó un poco más de whisky. Intentaba llevar la conversación hacia el tema del alcohol, asegurando que gracias a eso me había salvado la vida. Parecía ansioso por señalar que le debía la vida. Le respondí distraídamente.

El almuerzo había concluido. El monstruo deforme de orejas puntiagudas desapareció y Montgomery volvió a dejarme a solas en la habitación.

En ningún momento había logrado ocultar la irritación que los gritos del puma le producían. Hizo un comentario sobre su falta de sangre fría y dejó que yo lo interpretara a mi manera.

Para mí los gritos eran particularmente molestos, y su intensidad aumentó a medida que avanzaba la tarde. Al principio me daban lástima, pero su persistencia acabó por sacarme de quicio. Arrojé la traducción de Horacio que había estado leyendo y empecé a apretar los puños, a morderme los labios y a dar vueltas por la habitación.

Incluso tuve que taparme los oídos.

Los aullidos me resultaban cada vez más conmovedores, hasta que se convirtieron en tan exquisita expresión de sufrimiento que se me hizo insoportable seguir encerrado en aquella habitación. Salí al exterior, al soñoliento calor de la tarde que declinaba, pasé junto a la entrada principal ––otra vez cerrada, según vi–– y doblé la esquina del recinto.

Los alaridos sonaban con más fuerza en el exterior. Parecía como si todo el dolor del mundo se hubiera concentrado en una sola voz. Y aun a sabiendas de que el dolor estaba en la habitación contigua, creo que habría podido soportarlo ––al menos eso he pensado desde entonces–– de haber sido un dolor mudo. Pero cuando el sufrimiento halla una voz y nos pone los nervios de punta, la compasión llega a ser una molestia. Aunque lucía un sol radiante y los verdes abanicos de los árboles se mecían con la relajante brisa del mar, el mundo era una confusión de imprecisos fantasmas rojos y negros, hasta que quedé fuera del alcance de los ruidos de la casa.