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La Isla del Dr. Moreau.  Herbert George Wells
Capítulo 4. En la regala de la goleta
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Aquella noche, después de la puesta del sol, divisamos tierra y la goleta se puso al pairo. Montgomery anunció que había llegado a su destino. Estábamos demasiado lejos para apreciar cualquier detalle. En ese momento me pareció una tenue mancha azul en el incierto gris azulado del mar. Una columna de humo casi vertical ascendía por el cielo.

El capitán no estaba en la cubierta en ese momento. Tras descargar su ira sobre mí, había bajado tambaleándose, y comprendí que se marchaba a dormir en el suelo de su camarote. El piloto asumió el mando. Era el hombre demacrado y taciturno que habíamos visto al timón. También él parecía enojado con Montgomery. No nos hizo el menor caso. Cenamos con él en medio de un pesado silencio, tras varios infructuosos intentos de conversación por mi parte. Me sorprendió que los hombres sintieran tan poca simpatía por mi compañero y sus animales. Montgomery se mostraba muy reservado al respecto de sus intenciones con aquellas criaturas y al respecto de su propio destino, y aunque una creciente curiosidad se apoderaba de mí, decidí no presionarlo.

Nos quedamos hablando en la toldilla hasta que el cielo se pobló de estrellas. Salvo algún ruido ocasional procedente del castillo de proa y algún movimiento de los animales, la noche estaba en calma. El puma, aovillado en un rincón de la jaula, nos miraba con ojos brillantes. Los perros parecían dormidos. Montgomery sacó unos cigarros.

Me habló de Londres con nostalgia, haciendo todo tipo de preguntas sobre los cambios que habían tenido lugar en la ciudad. Hablaba como alguien que hubiese amado esa vida y hubiese sido brusca e irrevocablemente apartado de ella. Yo le conté todo tipo de chismes sobre esto y aquello. No paraba de pensar en lo extraño que era y, mientras hablaba, escudriñaba su pálido semblante en la penumbra de la lantía de bitácora situada a mis espaldas. Luego miré hacia el mar oscuro, entre cuyas sombras se ocultaba su pequeña isla.

Se me antojaba que aquel hombre había salido de la inmensidad únicamente para salvarme la vida. Al día siguiente saltaría por la borda y desaparecería de mi existencia. Incluso en circunstancias ordinarias me habría dado qué pensar. Pero me desconcertaba que un hombre educado viviera en una isla desconocida y portara tan extraordinario equipaje. Me sorprendí repitiendo la pregunta del capitán. ¿Para qué querría a los animales? ¿Por qué, además, había fingido que no eran suyos cuando le hablé de ellos por vez primera? Y luego estaba su ayudante, ese ser tan raro que tanto me había impresionado. Todas estas circunstancias lo rodeaban de un halo de misterio. Se agolpaban en mi imaginación, dificultándome el habla.

A eso de medianoche nuestra conversación sobre Londres languideció y permanecimos el uno junto al otro acodados en la batayola, contemplando como en sueños el silencioso mar iluminado por las estrellas, sumidos cada uno en sus propios pensamientos. Era el ambiente propicio para el sentimentalismo y decidí expresarle mi gratitud.

––Si me permite que se lo diga ––dije al cabo de un rato––, me ha salvado la vida.

––Casualidad ––respondió––; pura casualidad.

––Prefiero dar las gracias a quien tengo a mano.

––No se las dé a nadie. Usted tenía la necesidad y yo el conocimiento; le puse una inyección y lo alimenté como a cualquiera de los especímenes que recojo. Estaba aburrido y con ganas de hacer algo. Si ese día hubiera estado cansado o no me hubiera gustado su cara, bueno... quién sabe dónde estaría usted ahora.

Esto me desanimó un poco.

––De todos modos... ––comencé.

––Pura casualidad. Ya se lo he dicho ––interrumpió––, como todo en esta vida. Sólo los tontos no se dan cuenta. ¿Por qué estoy aquí en este momento, marginado de la civilización, en lugar de vivir como un hombre feliz y disfrutando de todos los placeres de Londres? Sencillamente, porque hace once años perdí la cabeza durante diez minutos, una noche de niebla.

Se detuvo.

––¿Sí? ––pregunté.

––Eso es todo.

Nos quedamos callados. Luego, él se rió.

––Hay algo en esta luz estrellada que suelta la lengua. Soy un estúpido y, sin embargo, por alguna razón me gustaría decirle...

––Diga lo que diga, puede tener la seguridad de que no saldrá de mí... Si es a eso a lo que se refiere.

Estaba a punto de decir algo cuando sacudió la cabeza dubitativamente.

––Déjelo ––dije––. Me da igual. A fin de cuentas es mejor que cada cual guarde su secreto. Aunque yo estuviese a la altura de su confianza, la única ganancia será un poco de alivio. ¿Y en caso contrario...?

Masculló algo con indecisión. Sentí que se encontraba en desventaja, que lo había sorprendido en un momento de indiscreción y, a decir verdad, tampoco me intrigaba saber qué había alejado de Londres a un joven estudiante de medicina. Podía imaginarlo. Me encogí de hombros y me alejé. Una silueta oscura y silenciosa se inclinaba sobre el coronamiento de popa, contemplando las estrellas. Era el extraño ayudante de Montgomery. Lanzó una mirada rápida por encima del hombro al advertir mi movimiento y luego volvió a observar el cielo.

Tal vez pueda parecer insignificante, pero para mí fue como un golpe inesperado. La luz más cercana a nosotros era el farol del timón. El rostro de la criatura surgió por un instante de la penumbra de popa, quedando iluminado por el farol, y vi en los ojos que me miraban un pálido brillo verdoso.

Yo no sabía por aquel entonces que algunas personas tienen en los ojos un resplandor rojizo. En ese momento me pareció decididamente inhumano. Esa silueta negra de ojos incandescentes echó por tierra mis pensamientos y sentimientos adultos y, por un instante, los olvidados terrores de la infancia poblaron nuevamente mi memoria. La sensación se fue tal como había venido. La tosca y negra silueta de un hombre, una silueta sin particular importancia, se apoyaba en el coronamiento de popa, recortada sobre la luz de las estrellas. Y entonces oí que Montgomery me hablaba.

––Creo que voy a entrar ––me dijo––; si le parece bien.

Le contesté algo incongruente. Bajamos y me dio las buenas noches ante la puerta de mi camarote.

Esa noche tuve sueños bastante desagradables. La luna menguante tardó en salir. Un débil rayo de luz blanca y fantasmagórica entraba en mi camarote, formando una siniestra forma en el entarimado, junto a mi litera. Luego los perros se despertaron y comenzaron los aullidos y los ladridos, de modo que, entre pesadilla y pesadilla, apenas pude dormir hasta el amanecer.